Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Urban romance > UNA CHICA CON MALA SUERTE
UNA CHICA CON MALA SUERTE

UNA CHICA CON MALA SUERTE

Autor: : Eréndida Alfaro
Género: Urban romance
María Aragall tenía mala suerte, estaba segura de ello y, aunque en algún momento de su vida no lo creyó de esa manera, tarde se dio cuenta de que lo peor que le había pasado era haberse topado con ese chico guapo, agradable y millonario que sumaría a su vida una nueva historia con final triste y desesperanzador, ¿o no?

Capítulo 1 INTRODUCCIÓN

Su vida, definitivamente no iba caminando por donde le hubiera gustado, y todos su sueños y anhelos, que a lo largo de la vida habían quedado frustrados, los seguía arrastrando consigo porque el dolor la había hecho más fuerte, según sus seres queridos, aunque, en el fondo, ella estaba segura de que todo era por no haber superado sus rencores.

Tenía desventuras para contar cada noche por al menos un par de meses y, a como veía la vida, podría llenar un calendario anual de todos sus malos ratos.

Estaba segura de que tenía mala suerte, que había nacido bajo la peor estrella, si es que le había tocado alguna, pero su madre decía que no debía de quejarse, que seguramente muchas jóvenes querrían tener su "mala suerte", que, definitivamente, su madre no pensaba era mala, se le notaba en la cara.

"Tú atraes tu mala suerte", había escuchado eso también, pero no le cabía en la cabeza semejante idea; es decir, lo único que ella deseaba era que las cosas fueran bien y tener un poco de felicidad, si se podía, entonces, no había forma de que ella hiciera que las cosas le salieran mal.

Es decir, se había esforzado demasiado en acreditar los exámenes que iba a realizar, y los había pasado con buenas notas todos y cada uno de ellos, pero entonces quedaba afuera por una nimiedad. ¿Eso no era mala suerte?

También era responsable, precavida y muy organizada, pero, de la nada, los imprevistos salían, cada vez había uno que arruinara algo, ¿acaso eso no era mala suerte?

Y ya ni hablar de sus hobbies, que no daban para mucho... Tenía talento, lo creía ella y lo había escuchado y leído de muchas personas, pero nunca era suficiente para destacar, ¿acaso no podría decirse que le faltaba suerte?

Sí, tenía una carrera, una que no había soñado jamás, y sí, tenía un empleo, pero no era el que ella anhelaba tener, y sí, tenía amor, pero ni siquiera eso era suficiente.

Tenía mala suerte, de eso estaba segura, pues lo vivía día con día y, si como dice el refrán, para demostrar la peor de las suertes solo hace falta que los orine un perro, ella definitivamente tenía mala suerte, pues ni eso le faltaba.

Capítulo 2 PRIMERO

Sentada en una banca de un parque desconocido, aguantando el inclemente frío de esa tarde de invierno, ella seguía viendo ir y venir a ese pequeño niño rubio de, quizá, tres o cuatro años.

El pequeño era divino, ella le sonreía cálidamente cada que él regresaba a su regazo y él le mostraba su blanca dentadura mientras sus ojitos azules se perdían en unas rubias pestañas alargadas.

Él recibía de la morena, de ojos profundamente oscuros, una tímida sonrisa y el permiso de esconder sus manitas heladas entre el abrigo de ella y, después de solo un momento, él volvía a salir corriendo a los columpios frente a esa banca donde ella aguardaba paciente a que algo sucediera.

Viendo cómo el pequeño volvía a irse, ella sacó sus manos de las bolsas de su abrigo y atrapó su aliento tibio para después frotar sus manos entre sí y así sentir un poco menos de frío, pero no parecía funcionar.

-Tengo hambre -dijo para sí misma mientras se levantaba de donde estaba y comenzaba a dar unos pasos para llegar hasta el pequeño que se divertía a pesar del clima.

Al sentir el viento darle en la cara se estremeció y chilló un poco, haciendo reaccionar al pequeño que corrió hacia ella con una angustiada expresión.

-¿Ya te vas? -preguntó el pequeño, un poco asustando.

Ella no respondió a su pregunta, a cambio, le hizo una pregunta a él

-¿Vendrá alguien por ti? -preguntó la chica y el niño agachó la mirada y apretó los puños en las piernas de su pantalón.

-No lo sé -confesó casi en susurro el pequeño, comenzando a sollozar.

La morena levantó la cabeza y suspiró con resignación. Llevaba una hora en ese parque donde había encontrado un niño que lloraba desconsoladamente y, al enterarse de que él estaba completamente solo, decidió hacerle compañía en lo que alguien iba por él, pero nadie había aparecido.

El pequeño no sabía su dirección, no sabía su teléfono, solo sabía que se llamaba Mateo y que su tío casi nunca estaba en casa, su abuelo siempre trabajaba y su abuelito lo cuidaba, pero ese día, mientras paseaba con su abuelito, se habían separado.

Ella había tenido una mañana terrible, la oportunidad que había ido a buscar tan lejos de casa acababa de irse al caño y no había desayunado de rabia, pero el frío era tan fuerte que fue capaz de apagar el fulgor del coraje que tenía; además, para serenar a ese chiquillo, ella debió fijar a su rostro una sonrisa que la relajó tras varios minutos de sostenerla.

-Vayamos a comer algo -sugirió la chica morena de treinta años ofreciéndole al pequeño una sonrisa y una mano.

Solo cruzarían la calle, con el hambre que ella tenía lo que sea que le pudiera ofrecer esa cafetería, al otro lado de la calle, sería bastante bueno.

Entraron a la cafetería y la diferencia de clima le hizo suspirar, ese sitio se sentía fenomenal; además, el olor a café y chocolate caliente le hizo esbozar una sonrisa.

Supuso que las cosas mejorarían, que ya habría una nueva oportunidad para ella, con suerte, una mejor que la perdida..., y, al menos, estaba lejos de su ciudad y de ese hombre que tanto le dolía; además, adentro de la cafetería ya no se sentía tanto frío.

Eligió un lugar cerca de un ventanal, por si alguien llegaba por Mateo pudiera reconocerlo. Pidieron una hamburguesa cada uno, él chocolate y ella un té, no era la mejor combinación, pero tenía hambre y tenía frío, no se pondría a ver la estética de la comida.

Estaban terminando de comer cuando un hombre mayor de edad entró al establecimiento reconociendo al pequeño hombrecito en la mesa de la chica.

-¡Mateo! -dijo con gran alivio el anciano de lentes y ojos azules y vidriosos al pequeño que corría a sus brazos que le esperaban abiertos.

Mientras se daba el emotivo reencuentro, ella pagó la cuenta y, después de eso, se dirigió al hombre que la miraba con un poco de recelo.

Quizá creía que ella lo había robado, pero no lo había hecho. Ella no necesitaba secuestrar a alguien, no precisaba dinero y no quería a un niño; ella no necesitaba más problemas en su vida, consigo misma no podía, menos quería tener que cuidar una cría.

Pero le gustaba considerarse buena persona, por ello ayudaba a quienes lo requerían, y ese niño la había necesitado minutos atrás, por eso no lo dejó y por eso le sonreía.

-Abuelito, ella es Mari, me cuido cuando me perdí -anunció el pequeño al hombre que sostenía la manita del niño con la intención de no perderlo de nuevo.

-Muchas gracias, señorita, soy Mateo Durán, lamento las molestias que le haya causado mí bisnieto -se disculpó el hombre y la chica sonrió.

El anciano parecía agradable, y la calidez le hacía muy bien en ese momento.

-Ninguna molestia, fue agradable conocerlo y pasar tiempo con él -aseguró la joven acariciando la mejilla del pequeño que le sonreía.

-Usted no es de aquí, ¿cierto? -cuestionó el hombre y la chica negó con la cabeza mientras de nuevo sonreía-. Su acento me parece algo familiar, aunque en realidad no estoy seguro de donde sea, lo lamento.

-Está bien, mi acento me delata en todas partes -mencionó la chica divertida-. Soy del centro del país, del estado de Jalisco.

-Eso es bastante lejos. ¿Que le trae al norte del país? -preguntó el hombre de rostro suave y sonrisa amable.

Ella alargó un suspiró y dio su respuesta.

-Creí que venía a buscar una oportunidad -respondió María con melancolía-, pero tal vez solo estaba huyendo, porque, ahora que se rompieron mis sueños, aun no quiero volver a casa.

-Eso suena complicado -concluyó el hombre y ella asintió. Realmente lo era.

María se despidió de ellos intentando irse, pero el señor Mateo insistió mucho en llevarla a casa y, pensando que era buena idea recibir un poco de esa calidez que ellos emanaban, aceptó la oferta.

Después de subir a un lujoso automóvil, y de transitar por un montón de desconocidas y heladas calles, llegaron al complejo de apartamentos donde la chica se hospedaba.

-Creía que te hospedaría en un hotel, ¿tienes mucho aquí? -preguntó el hombre y María negó con la cabeza.

-Llegué aquí antier, el departamento es de mi mejor amigo -explicó la joven desde afuera del auto, mirando por la ventanilla a un anciano y un niño que, quizá por agradecimiento, parecían demasiado interesados en ella-. Cuando supo que venía me ofreció prestármelo y, considerando mi economía, lo acepté.

-¿Te quedarás mucho tiempo? Me gustaría agradecerte apropiadamente que cuidaras de mi nieto -explicó el anciano la razón de su curiosidad hacia ella.

-Pues, supongo que me quedaré el resto de la semana -respondió la joven, terminando por suspirar-. Sería agotador montarme en un avión ahora mismo, pero no queda nada a qué quedarme... Y, no hay necesidad de agradecer, me basta con que me trajeran a casa, está bastante frío afuera.

Mari sonrió, agradeció el favor recibido y se dirigió a su hogar temporal sin mirar atrás.

Capítulo 3 SEGUNDO

Entrando al edificio donde el departamento de su amigo estaba, saludó al portero del lugar, tomó el elevador al piso tres y, al entrar a casa, suspiró en soledad, deduciendo que ese estado era como el suyo, y como cualquier lugar en el mundo, quizá, con gente amable y otra no tanto.

Dejó su bolso en el sofá de la sala y se encaminó por una taza de café, el frío lo ameritaba; entonces regresó a la sala y, sentándose en el sofá donde antes dejó su bolso, se perdió en mil pensamientos hasta que el sonido de su teléfono celular le sacó del ensueño.

Mari tomó su bolsa, buscó su teléfono para responder a la llamada y en la pantalla de su celular leyó el nombre de su mejor amiga. Aceptó la llamada y escuchó una ansiosa pegunta de parte de una chica que tenía tiempo sin hacer más que apoyarla en todo.

-¿Y bien?, ¿cómo te fue? -preguntó Malena y Mari suspiró.

-Me fue horrible -anunció la cuestionada-, perdí mi maleta, el manuscrito estaba en ella, y también estaba ahí la memoria USB donde la guardé.

-No inventes -soltó la del otro lado de la línea luego de un sonido que delató su sorpresa por lo que escuchaba.

-No invento, de verdad me pasó en serio -aseguró la joven-. Llegué al aeropuerto y esperé por casi una hora y mi maleta nunca apareció, los guardias me dijeron que harían lo que pudieran, pero que no sería pronto, que me avisarían.

-¿Por qué no lo guardaste en tu bolso de mano? -preguntó Malena intentando con muchas ganas abrir un nuevo universo donde su mejor amiga no hubiera perdido su razón de viajar tan lejos de casa.

-Por pendeja, amiga -respondió Mari-. Sabes, debí esperarlo. Es decir, con la suerte que me cargo, y todo lo que había pasado antes de venir, debí darme cuenta de que las cosas no terminarían bien.

Al otro lado del teléfono, y a muchos kilómetros de distancia, Malena asintió. No es que ella creyera en cosas como la suerte, pero había atestiguado todo lo que había pasado antes de que Mari volara a Monterrey, y, si creyera en mala suerte, estaba segura de que era así como se veía.

Es decir, su vuelo de dos días atrás había sido cancelado y pospuesto hasta que al fin pudo volar, en otras aerolíneas no había vuelos a su destino, porque la temporada era baja, así que había volado sin mucho tiempo de sobra.

-¿No tuviste la oportunidad de imprimirlo de nuevo? -cuestionó Malena sin poder salir de su asombro.

-No -respondió Mari-, te digo que la memoria estaba en la misma maleta, y de la computadora lo había borrado cuando subí mis archivos al... Ahg, maldición, la tenía en la nube... Maldición, podía haber ido a imprimirla en lugar de perder mi tiempo en el aeropuerto... Te digo que soy pendeja.

Mari volvió a llorar, enojada y decepcionada ahora de ella misma, no solo de su mala suerte, aunque puede que fuera mala suerte que se olvidara de que sus archivos tenían un respaldo en la nube.

-¿Vas a regresarte pronto? -preguntó la del otro lado del teléfono luego de que sintió que había transcurrido el tiempo prudente para interrumpir el llanto de su mejor amiga.

-La verdad es que esperaba no tener que hacerlo hasta el mes siguiente -declaró Mari con pesar-, pero no tengo a que quedarme ahora que nada me detiene acá.

-Amiga, lo lamento tanto. Lamento haberte incitado, pero es que realmente creo que tu manuscrito era perfecto, estaba segura de que tendrías muchas posibilidades de ganar el concurso -se excusó la que, prácticamente, la subió al avión para que asistiera al evento que la editorial ofrecía para los escritores aspirantes a publicar en ella.

-Pues ya ni llorar es bueno. También creía que ganaría el concurso de escritura, pero no tuve ni la oportunidad de participar, eso me dejó sin posibilidades -dijo y ahogó un gemido provocado por ese llanto que ya no quería dejar salir-. Acá también se acabaron mis sueños.

-Lo lamento mucho, bonita, de verdad que sí -aseguró Malena, sintiendo pena por la pena de su mejor amiga y escritora favorita en todo el mundo-. Y, si de pronto quieres distraerte un poco, te envié la propuesta de modificaciones para la novela, puedes revisarlos.

-La revisaré y te marco para que discutamos -dijo la aspirante a escritora regresando a su realidad, una en que había más que un desperfecto que afrontar.

-¿Tenemos que discutir? -preguntó la mejor lectora que Mari conocía, y una de las mejores escritoras, a su criterio, también.

Malena también escribía, aunque géneros diferentes a los que ella, y aun así amaban leer a la otra, y también se daban consejos para mejorar.

A decir verdad, Mari no se imaginaba escuchando consejos o ideas de alguien más; bueno, tal vez de un profesional, si alguna vez algún editor profesional le diera la oportunidad... algo tonto que soñaba de vez en vez.

-Pues, si no quieres discutir conmigo, no deberías hacerles tantos cambios a mis escritos -bromeó la morena con su mejor amiga, respirando por medio segundo algo diferente a su pesar.

-No podemos llamar prostituta a un personaje solo porque te cae mal -explicó burlona la que había leído, amado y modificado solo un poco algunas partes de la novela de su amiga.

-Por eso le puse puta, no prostituta -señaló Mari y ambas se rieron.

Cuando María ponía los dedos en el teclado de la computadora, la historia comenzaba a correr prácticamente por su cuenta, por lo que habitualmente no se detenía a revisar la redacción, así que los cambios que hacían en sus escritos eran básicamente ortográficos y gramaticales.

Aunque, de repente, le pasaba que se ensañaba con quien hacía sufrir a su protagonista, y se le pasaba un poco la mano con ella. Es por eso que su lectora beta abogaba por los antagonistas a los que, al final, la escritora les hacía pagar cada uno de sus pecados, a veces demasiado caro.

-¿Cómo puedes odiar a alguien que nace en tu imaginación? -le preguntó en tono de burla Malena, Mari sonrió.

-Ni idea -dijo-, solo sé que pasa -y, después de hablar un poco más, se despidieron y Mari se puso a trabajar.

Después de ver la sugerencia que hacía su editora, en la que en lugar de que la antagonista de la novela cayera del balcón al intentar tirar a la protagonista, ésta última perdonara a la primera, le exigiera que se fuera y la otra lo hiciera sin más, suspiró.

-Solo déjame matarla -susurró y escribió "Aceptado", pues sabía que era mucho mejor para el personaje ser una buena y bondadosa persona.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022