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Um final feliz

Um final feliz

Autor: : Andressa Miranda
Género: Romance
Érase una vez un hombre y una mujer con historias completamente distintas que se conocieron gracias a una persona en común. Él tiene un hijo pequeño al que cría solo, con la ayuda de su hermano pequeño, tras la muerte de la madre del niño. Ella, que descubre tras un suceso de su pasado que nunca podrá tener hijos biológicos. Ella se siente sola. Él tiene a su familia. Ella siempre sonríe. Él es metódico. Un simple encuentro hace que la historia de estos dos se vaya entrelazando y apasionando cada vez más

Capítulo 1 Prólogo

Alana Souza era una mujer hermosa, menuda, de 1,59 metros de estatura, con hermosos ojos verdes, pelo negro liso y piel oscura. Una mujer sencilla que ha perdido mucho a lo largo de su vida, pero que sigue afrontándolo con una sonrisa en la cara, dejando salir su tristeza sólo cuando nadie la ve. Es fuerte y se da cuenta de ello, a pesar de sus barreras.

El hecho de que siempre caminara sonriente y nunca mencionara en público ninguno de los problemas de su vida hacía pensar a la gente que Alana era perfecta, tal y como era su vida, sin problemas ni traumas, pero la verdad distaba mucho de serlo. Era como cualquier otra mujer, con sus problemas y reflexiones diarias, en la seguridad de su hogar.

La diferencia entre ella y muchas otras de su edad era que su tormento había comenzado cuando tenía 18 años. Pero no era un problema cualquiera. Su primer reto llegó en forma de accidente. A una edad temprana, Alana sufrió un accidente con sus padres y su hermana de cinco años, en el que ella fue la única superviviente.

El accidente hizo pensar a muchos que el destino no parecía dispuesto a dejar que Alana fuera una niña normal, pero ella fue persistente y nunca se rindió a pesar del trauma y la añoranza que desde entonces siempre ha estado presente en su pecho.

Cómo lo consiguió, no tenía ni idea, pero cuando despertó en el hospital y supo lo que le había pasado a su familia, se arrepintió de no haber ido con ellos, le parecía injusto que ella fuera la única allí, viva y con un brazo roto, pero Alana siempre supera sus problemas. Poco a poco, aquella herida empezó a cicatrizar.

Sin embargo, un año más tarde, Alana descubrió que nunca podría tener hijos, ni siquiera aunque realmente lo deseara algún día. Al principio no pasaba nada, al fin y al cabo sólo tenía 19 años y entonces no pensaba ni quería tener hijos, pero el tiempo pasa.

Por desgracia, con el paso de los años, las cosas tomaron otro cariz. Algo dentro de ella estaba cambiando y esa verdad empezó a pesar mucho en su vida. No poder tener hijos interfería sobre todo en el tema de las citas, un tema que no iba nada bien.

Muchas relaciones terminaron en el momento en que la joven dijo por fin la verdad que la había estado atormentando durante los días difíciles. Su primer novio rompió con ella porque quería tener hijos en el futuro. El último, que parecía perfecto, después de todo él tampoco podía tener hijos y menos aún quería esa carga en su vida, como siempre solía decir, resultó ser algo completamente diferente. Lo que se dice en un momento de emoción no siempre es verdad, como aprendió Alana por las malas.

Pero Alana se pasó la vida sonriendo, con amigos que se convirtieron en su familia, que comprendían sus momentos de sonrisa y silencio, pero los problemas siempre la seguirían allá donde fuera. Nunca le daban tregua y lo único que tenía que hacer era enfrentarse a ellos.

A veces se preguntaba si alguna vez sería plenamente feliz, si podría recordar sus días y no ver aquellos en los que la tristeza la consumía, pero eran preguntas que durante mucho tiempo quedaron sin respuesta, que Alana aprendió viviendo y por eso todo cambió.

Tenía 25 años y su vida por fin iba a cambiar y lo único que Alana tenía que preguntarse era cuánto de su pasado podía revelar antes de que todo volviera a perderse. ¿Renunciaría a su felicidad por la verdad? Sólo había una forma de averiguarlo y estaba dispuesta a arriesgarse. Por las personas adecuadas, esta mujer lo arriesgaría todo.

Capítulo 2 Inicio

Alana estaba a punto de terminar su turno en el restaurante donde trabajaba y estaba más que dispuesta a irse a casa y disfrutar del buen vino que le había regalado su primo, sólo porque le apetecía. Lo único que quería en aquel momento era relajarse y olvidarse de sus responsabilidades, aunque sólo fuera por unas horas. Por muy alegre que intentara ser para afrontar sus casi siempre turbulentos días, en los que tenía que enfrentarse y sonreír a mucha gente -ahora ya no tan desconocida-, seguía necesitando sus horas de descanso.

Era imposible estar sonriendo todo el día y no sentirse cansada al final de la jornada, sobre todo con los secretos que llevaba a cuestas, ocultándolos incluso a los más cercanos y que probablemente merecían saberlo. Siempre le pesaba la culpa y el miedo a lo que pasaría si todo el mundo lo supiera. Podía soportar todo eso si evitaba las miradas de lástima. Odiaba esas miradas. Era su peor pesadilla.

Suspirando y apartando los nebulosos pensamientos que empezaban a surgir, se dirigió a deshacerse de la última mesa ocupada del restaurante. Cuando iba a marcharse por fin, se tropezó con un niño de tres años, que sonrió al reconocerla. Su sonrisa era idéntica a la de su mejor amigo y Alana imaginó que había tomado esa parte de su padre, al igual que su piel oscura y los hermosos rizos castaños y cortos en lo alto de la cabeza.

Buscaba a su tío, el hermano de su padre, pero su tía le serviría igual. Le caía igual de bien.

- Thomas, ¿qué haces aquí? Deberías estar detrás con tus juguetes. - dijo Alana, agachándose para quedar casi a su altura. No era muy alta.

- El tío vendrá enseguida. - dijo, a su manera infantil, arrastrando aún las palabras, lo que siempre hacía sonreír a Alana. No podía resistirse a aquellos niños y casi siempre hacía lo que querían. Su sobrina Nadia también era objeto de su afecto.

- No te preocupes cariño, ya se está deshaciendo del viejo gordo.

Le susurró, haciéndole reír. Thomas siempre se divertía con la tía Alana, pero esta vez los pillaron con las manos en la masa.

- ¡Alana Souza! ¿Otra vez enseñándole esas cosas a mi sobrino? - dijo Leandro, intentando parecer serio.

Fue Alana quien enseñó a Thomas a hacer bromas o a decir cosas equivocadas, casi siempre en el momento equivocado. Al final, los avergonzados eran él y el padre del chico, aunque a veces era divertido, Leandro tenía que admitirlo, sobre todo cuando el blanco era uno de los antiguos amigos de la madre del chico, que parecía fingir no darse cuenta de lo mucho que le caía mal.

- La tía Alana es la mejor. - dijo Thomas, sonriendo, mientras su tía se limitaba a contener la risa, sin importarle que hubiera dicho su apellido. Él no la asustaba. Al fin y al cabo, eran los mejores amigos.

Pero el chico estaba aprendiendo mucho de ella, tenía que admitirlo. A veces pensaba que el padre de Thomas aparecería en cualquier momento para pelearse con ella, pero eso nunca ocurría. Aquel hombre seguía siendo un desconocido para la mujer.

Leandro miró a Alana, que sonrió inocentemente. Era imposible intentar ser un adulto con aquellos dos juntos. Eran invencibles.

- Si Tomás vuelve a decir alguna de esas cosas graciosas que le enseñas cerca de mi hermano, te denuncio. - le dijo Leandro a su mejor amigo.

- ¿Qué va a hacer? ¿Matarme? ¿Él haría eso? - dijo ella, fingiendo preocupación, pero sólo consiguió hacerle reír.

- Igual te lo voy a presentar. - replicó Leandro, recordando que Guilherme era el único que quedaba fuera del numeroso grupo que habían formado. En su humilde opinión, su hermano estaba demasiado ocupado y necesitaba unos días de descanso.

- ¿Cuándo? ¿Después de declararte a mi prima?

Su amiga sabía exactamente dónde y cuándo apretarle las clavijas. Siempre había sido un tema complicado.

Leandro suspiró. Odiaba cuando salía el tema. Seguía siendo delicado para él, que nunca había encontrado el valor ni el momento adecuado para hablar con la prima de Alana.

- No puedo hacerlo. Lo sabes muy bien.

Alana sonrió con cariño.

- Deberías intentarlo.

- Ella quiere a Vitor. Tú también deberías aceptarlo.

- Como amigo. ¡Y quiere a Helena! Sabe que están juntos porque eran buenos amigos y es bueno con Nadia. Tú también puedes serlo, quieres a Thomas como a tu propio hijo.

Los dos se miraron pensativos.

- Prometo pensarlo.

celebró Alana.

- Bien, porque quiero ser madrina. Ahora vete. Yo cerraré todo. Lleva a tu sobrino a casa.

Leandro aceptó encantado y fue a recoger sus cosas.

Antes de irse, le dio un beso en la mejilla, igual que había hecho Tomás. Se había convertido en una rutina.

- ¡No te olvides de cambiar los pañales! - dijo Alana riendo.

Lo decía cada vez que Leandro se iba de viaje, los días que se llevaba a Thomas, ya que las primeras veces su amigo se olvidaba de este detalle y ella o su jefe le ayudaban. Pero tenía sentido cuando aún las llevaba puestas. En los últimos meses, era el pequeño Thomas quien contestaba.

- Ya no llevo pañales, tía.

Alana sonrió y saludó a sus dos guapos hijos, antes de empezar a cerrar y dirigirse también a casa.

Al entrar en su coche y arrancarlo, su mente se llenó de los pensamientos que antes había intentado alejar. Muchas cosas parecían estar cambiando en la vida de las personas que le rodeaban, las que realmente importaban. La pareja de amigas por fin había conseguido quedarse embarazada. Renata era una de esas mujeres a las que más les costaba tener un hijo, pero después de mucho luchar por su parte, con Alana a su lado, por fin funcionó.

Nadia, su preciosa sobrina, crecía cada vez más y se convertía en una preciosa niña, a pesar de los problemas por los que pasó en sus primeros meses de vida. Emily pasó por muchas cosas durante su embarazo, desde ser abandonada por el padre de la niña hasta complicaciones. Por suerte para su prima, tenía a su familia, incluida Alana, para apoyarla.

Thomas, el sobrino de Leandro, siguió el mismo camino, también con problemas que no tenía ni idea de que existían. Lo vio por primera vez cuando apenas tenía un año, llevaba pañales y hablaba mucho menos que ahora.

Los niños parecían crecer y hacerse más grandes a su alrededor, pero en aquel momento no era un problema.

A veces le apetecía tener sus propios hijos, otras simplemente se alegraba por los que podía tener. Este era el día de la segunda opción y Alana también se alegraba por sí misma.

Capítulo 3 Guilherme Rodrigues

Guilherme Rodrigues tenía unos treinta años, unos preciosos ojos azules, el pelo negro como el carbón, la piel bronceada y, lo más importante, era el hermano mayor de Leandro y el padre del pequeño Thomas. Era un poco diferente a él en algunos aspectos, sobre todo en lo que se refería al trabajo, ya que los hermanos Rodrigues trabajaban en áreas completamente distintas.

Leandro decidió dejar el negocio familiar poco después de una fuerte discusión con su padre hace unos años, meses después de la muerte de su madre, a la que estaba más unido. Guilherme lamentó la distancia que se había creado entre ellos, pero apoyó a su hermano pequeño en todo lo que fue necesario. Después de todo el tiempo transcurrido, de todo lo que habían pasado, siempre se sintió orgulloso de los dos. No tenía ninguna duda de que iban por el buen camino, incluso con un hijo de tres años al que criar.

Acababa de llegar a casa y podía decir que había sido uno de los peores días de aquella semana, que por desgracia parecía no acabar nunca. Además de las innumerables reuniones y problemas que resolver, se quedó sin nadie que cuidara de su hijo. En momentos así, no podía imaginar qué haría sin su hermano.

Así que lo primero que hizo al llegar a casa y tirarse en el sofá fue llamar a Leandro. Ese día siempre tardaba más en salir del trabajo. Entendía por qué su hermano pequeño quería trabajar, lejos del negocio familiar, pero a veces lo único que quería era sacarlo de allí y tenerlo cerca.

- ¡Eh, Leandro! ¿vienes? - preguntó en cuanto contestó su hermano. Oyó de fondo la risa de su hijo y no pudo evitar sonreír. Hacía unos años no imaginaba la posibilidad de tener hijos, ni que algún día querría tener uno, y ahora allí estaba, sonriendo sólo por oír a su hijo reír como un tonto, y no le importaba en absoluto.

- ¡Eh, Guilherme! Sí, Alana se quedó para cerrar por mí. Ya casi estamos en casa. - replicó Leandro, impidiendo que los pensamientos de Guilherme fueran a donde no debían.

Guilherme ya no se sorprendió al oír aquello. Siempre que Leandro se quedaba con Thomas ocurría lo mismo, pero siempre le dejaba un sentimiento de culpa; al fin y al cabo, era su hijo, no el de su hermano, y mucho menos el de su mejor amigo.

- ¿Otra vez? Sabes, casi me siento culpable de que tenga que ser la última, solo porque estás con mi hijo.

Leandro se echó a reír. No era la primera vez que su hermano decía aquello, de hecho Guilherme repetía las mismas palabras cada vez que estaba con Thomas.

- Seguro que aceptaría una botella de vino. - dijo el más joven, haciendo conjeturas sobre lo que diría su hermano al respecto.

- Todavía voy a averiguar si tenéis algo más que amistad. - se burló el hermano mayor.

Guilherme rió, sabiendo que su hermano debía de estar maldiciendo mentalmente, como hacía siempre que mencionaba sus posibles relaciones románticas.

-Está bien. La próxima vez no impediré que Alana le enseñe algunas cosas al chico.

El padre de Thomas no pudo evitar hacer una mueca. La última vez que había aprendido algo, el niño le había dicho algunas cosas poco amables a Beatriz, la antigua mejor amiga de Eduarda, que había venido a visitarlos. Las dos tenían sus opiniones sobre la mujer, pero Guilherme odiaba tener que remediar la situación.

- Entendido. Una botella de vino. Mejor, ¡dos!

Leandro se rió de su hermano, recordando todas las veces que Thomas se metía en algo, y eran muchas. No siempre era a propósito, era un buen chico, pero aun así había incidentes, a veces hilarantes, de los que tenía que contenerse para no reírse y alentarlos.

- ¡Genial! Yo también quiero uno para mí.

- Igual te voy a matar, hermanito.

Colgó sin despedirse, sin contener la sonrisa. Sólo eran ellos tres, pero siempre se sentía afortunado por la familia que tenía, aunque sospechaba que pronto aumentarían los miembros de aquella pequeña familia. Estaba bastante seguro de que a Leandro le gustaba alguien, pero nunca reveló de quién se trataba. Guilherme comprendió sus reservas y lo dejó solo, a pesar de su curiosidad.

Dejando a un lado sus pensamientos y aprovechando que los dos aún no habían llegado a casa, Guilherme se dirigió a su baño caliente antes de preparar la cena para los tres. Se sentía mejor allí que en cualquier otro sitio, cerca de los que de verdad le importaban y rodeado de un ambiente que siempre le había tranquilizado. Quizá por eso había superado tan rápido la muerte de Eduarda, al menos para los que habían sido amigos de la pareja y sus familiares. Pero tenía que reconocer que era feliz como era, con lo que había llegado a ser. No quería cambiar. No tenía por qué cambiar y alejarse de sus aficiones y amistades, como la madre de Thomas se empeñó en decir e intentar hacer desde el momento en que le vio por primera vez y empezaron a salir. Estaba agradecida por el hijo que habían hecho juntos, pero casi siempre se arrepentía de haber dejado que aquella relación siguiera un camino tan tortuoso y complicado.

Le hubiera gustado tener algo tranquilo y sin tantas exigencias imposibles de cumplir, por mucho que lo intentara. Pero Eduarda ya estaba muerta y no había nada más que hacer con aquella vieja relación, que ella ya no tenía por qué soportar. Podía ser el mismo Guilherme de siempre. A veces se sentía culpable por pensar así de la difunta madre de su único hijo, que murió poco después de dar a luz al niño. Pero aquella noche en particular, arrepentirse de algunos de sus errores pasados y alegrarse de poder ser él mismo, sin pretensiones ni la culpa de no ser como ella quería que fuese, era suficiente para William. Cada vez le importaba menos lo que la gente dijera o pensara de él, incluso los que consideraba cercanos. Lo estaba superando. Era feliz.

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