Nuestra noche de bodas debería haber sido el culmen de mi amor con Máximo, el magnate que sané con mi devoción. Llevábamos cinco años juntos, y pensé que mis 99 obras y el 59% de su amor eran suficientes.
Pero todo se derrumbó cuando su primer amor, Yolanda, regresó de Miami, recordándome que solo fui un reemplazo. La vi sonreír, el tatuaje de mariposa en su tobillo un espejo del suyo, y comprendí que Máximo la amaba con un brillante 90%, y que yo no era más que una sustituta.
La indiferencia de su familia, la arrogancia de Yolanda y las mentiras de Máximo me asfixiaron. Mi embarazo, que debió ser de alegría, se volvió una carga cuando escuché sus pensamientos y vi su mano en el tobillo de Yolanda, bajo la mesa en medio de mi familia política. Los vídeos de Roy me mostraron la cruda verdad: mi esposo, mi Ceiba, siempre fue de ella.
¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo pude creer que un amor a medias, un 59%, sería suficiente cuando él ya entregaba el 95% de su alma a otra?
Con un último aliento, pedí a mi Padrino que me sacara de aquel destino cruel. "Abandona este mundo, Lina", me dijo. Y así, mi vida terminó, consumida por el dolor y la traición.
Pero el universo, en su infinita sabiduría, me concedió una segunda oportunidad. Al despertar, no estaba en el fondo del mar, sino en mi propia cama, antes del accidente que me dejó sin mi baile. Máximo también ha vuelto, sin recuerdos claros, solo un vacío que lo guía a buscarme de nuevo.
Esta vez, no hay sistemas ni profecías, solo dos almas con una nueva oportunidad para amarse, desde cero.
Es nuestra noche de bodas.
La fiesta en la mansión colonial ha terminado, y ahora solo quedamos Máximo y yo en la enorme habitación.
Llevamos cinco años juntos. Cinco años desde que yo, una camarera con el sueño roto de ser bailarina, conocí al hombre más poderoso y triste de La Habana, el magnate del ron, Máximo Castillo.
Él me sostiene por la cintura, bailamos una rumba lenta y silenciosa. Su cuerpo es cálido y su mirada, intensa.
"Mi Yemayá", susurra en mi oído.
Es el apodo que me puso, comparándome con la diosa del mar, poderosa y libre.
Pero yo sé que "Yola", el apodo de su primer amor, Yolanda Salazar, suena peligrosamente parecido.
Ella estaba en la boda, recién llegada de Miami. La vi. Vi el tatuaje de una mariposa monarca en su tobillo.
Sé que Máximo tiene uno a juego en la espalda: un árbol de ceiba. Un símbolo sagrado de conexión en Cuba.
Un escalofrío recorre mi cuerpo.
"Abuela", digo en voz baja.
Es nuestra palabra clave. La señal para detenernos si algo no está bien. Máximo se detiene al instante, su rostro muestra confusión.
"¿Te sientes mal, Lina?".
"Sí, un poco. Voy a buscar agua".
Bajo al salón principal, ahora silencioso y vacío. Sobre una mesa, hay una pequeña caja de regalo que no había visto antes.
La abro. Dentro hay una pintura en miniatura, un paisaje vibrante de Miami. Es el estilo de Yolanda.
Le doy la vuelta. Hay una nota escrita a mano, no de Yolanda, sino de Máximo.
"Deseaba que estuvieras a mi lado, pero sé que amas tu libertad".
Mi teléfono vibra. Es un mensaje de mi Padrino, el santero que me ha guiado todo este tiempo.
"El aché de ese hombre para ti ha bajado. 59%".
Recuerdo sus palabras cuando lo conocí, después del accidente que casi me deja sin poder caminar.
"Para sanar tu espíritu y tu cuerpo, debes lograr que el hombre más atormentado de La Habana, Máximo, te ame de verdad. Su corazón está cerrado".
He hecho 99 "obras", rituales y ofrendas, para ganar su corazón. Pero siempre me estanco en el 59%.
El Padrino me lo mostró en una consulta con caracoles: el aché de Máximo por Yolanda es de un brillante 90%.
"Esta es tu centésima obra, Lina. Si fallas, debes aceptar tu destino. Abandona este mundo y busca otro camino".
Máximo baja las escaleras y me encuentra de pie, temblando, con la pintura en la mano.
"¿Qué pasa, mi amor? ¿Te duele el estómago?".
Él me quita la pintura de la mano sin mirarla y la deja sobre la mesa. Me guía a la cocina.
"Te prepararé un té de manzanilla. Te calmará".
Con gestos tiernos y familiares, prepara el té. Pero justo antes de dármelo, abre un frasco y le añade una cucharada de miel.
Él olvida que no soporto la miel.
Quien ama la miel es Yolanda.
Máximo se disculpa inmediatamente.
"Lo siento, Lina, lo olvidé por completo. Estoy un poco distraído esta noche".
Se apresura a prepararme otra taza, esta vez sin miel. Su amabilidad me duele más que su olvido. Es como si me estuviera cuidando, pero pensando en otra persona.
A la mañana siguiente, me despierto sola en la enorme cama. El lado de Máximo está frío.
Lo busco por la casa. Lo encuentro en su estudio, de espaldas a la puerta.
Está mirando algo en sus manos. Cuando me oye entrar, lo esconde rápidamente en un cajón de su escritorio.
"Buenos días, mi Yemayá", dice, girándose con una sonrisa que no llega a sus ojos. "¿Dormiste bien?".
"Sí", miento. "¿Qué hacías?".
"Nada importante. Solo revisando unos papeles viejos".
Se acerca y me besa en la frente. Su gesto es cariñoso, pero siento una distancia entre nosotros.
Más tarde, cuando él sale a hacer unas gestiones, la curiosidad me vence. Entro en su estudio y abro el cajón.
Dentro hay una fotografía antigua, con los bordes gastados.
Es Yolanda.
Está de pie bajo un flamboyán en flor, sonriendo a la cámara con una alegría desbordante. Se ve joven, libre, llena de vida.
Siento un dolor agudo en el pecho. Cierro el cajón justo cuando oigo el coche de Máximo regresar.
Cuando él entra, me encuentra sentada en el sofá, pálida.
"¿Estás bien, Lina? Pareces cansada".
"Solo es el cansancio de la boda", respondo, forzando una sonrisa.
Esa tarde, me miro al espejo. Las ojeras, la piel pálida. He perdido el brillo que tenía cuando bailaba. Esta misión, este amor, me está consumiendo.
Tomo una decisión desesperada.
Abro mi neceser y saco un labial rojo intenso, un rojo granada. El color que Yolanda siempre usa. Me pinto los labios con cuidado, intentando imitar su estilo audaz.
Cuando Máximo me ve, se queda quieto por un momento.
"Qué parecida...", murmura, casi para sí mismo.
La palabra me atraviesa. No dice "qué guapa", sino "qué parecida".
"Te amo, Máximo", le digo, buscando alguna seguridad en sus ojos.
"Y yo a ti, mi amor", responde, acariciando mi mejilla.
"¿Solo a mí?".
Él no responde directamente. En lugar de eso, me da un beso suave en los labios, manchando los suyos de rojo.
"Eres la única que está a mi lado, Lina".
Su respuesta es una evasiva perfecta, y me deja con el corazón más vacío que antes.