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Un Año Para Destruirte

Un Año Para Destruirte

Autor: : Emma Bronw
Género: Romance
Mía Cartel es la hija mayor de Arturo y Micaela Cartel. A sus 22 años, su vida ha dado un giro trágico: sus padres desaparecieron tras ser investigados por desfalco y lavado de dinero, dejándola sola con su hermano pequeño, Leo, de tan solo 6 años. Mía tuvo que abandonar sus estudios de medicina para trabajar como camarera y costear el tratamiento de la enfermedad cardíaca de Leo. Sin embargo, cuando la salud del niño se agrava y requiere una operación urgente, Mía se ve obligada a buscar al único hombre que puede ayudarla, aunque sabe que entrar en su mundo es un error: Liam Black. Liam Black, de 28 años, es un hombre frío y poderoso. Su odio hacia los Cartel nació hace 16 años, cuando perdió a sus padres en un accidente de auto bajo la lluvia. Esa noche, mientras agonizaba, vio a Arturo Cartel pasar de largo sin ayudarlos; también vio a una niña pelirroja de 6 años con un conejo de peluche en la mano antes de que su madre la subiera al auto para huir. Tras años en un orfanato, fue adoptado por los Miller (Julieta y Fernando) y, junto a su hermano adoptivo Noel y sus amigos Marcos y Noah Cooper, ha dedicado su vida a destruir a los Cartel. Cuando Mía suplica su ayuda, Liam le impone una condición cruel: un contrato de matrimonio. Para aceptar, la obliga a arrodillarse, y ella, desesperada por salvar a Leo, accede. Aunque la operación se paga, la vida de Mía se convierte en un infierno de desprecios. El día de la boda, Liam permite que los invitados la tachen de oportunista e interesada. La tensión crece cuando Liam conoce accidentalmente a Leo en el hospital. El niño, ajeno al odio de los adultos, cautiva a Liam con su inteligencia y sus dinosaurios. A pesar de esto, Liam sigue firme en su frialdad, incluso cuando Mía demuestra su carácter al no callarse ante sus ataques. La aparición de Daniel Taylor, el exnovio de Mía, desata los celos de Liam. A esto se suma el regreso de Alessa Flogol, la ex de Liam, quien intenta recuperar su lugar. La desconfianza llega a su punto máximo cuando una figura paterna para Liam le entrega pruebas falsas de que Mía lo ha traicionado en una licitación. Bajo la lluvia, el trauma de su pasado, Liam entrega a Mía a la policía. Sin embargo, la verdad sale a la luz. Noel y Marcos (quienes salen con Mía y Samantha, respectivamente) ayudan a liberar a Mía. Ella, herida profundamente, le firma el divorcio sin pedirle nada, ni siquiera el dinero para el tratamiento restante de Leo. Es en este punto donde los amigos y la familia adoptiva de Liam le abren los ojos: su odio lo está matando y Mía no es responsable de los pecados de su padre. Redención y Peligro Liam, arrepentido, intenta recuperar a Mía, cancelando los trámites de divorcio en secreto y enfrentándose a Luciano Morris, quien intenta cortejarla. En una cabaña donde quedan encerrados, ambos confiesan sus dolores y se reconcilian. cuando se descubre que el verdadero villano es el socio de confianza de Liam, el padre de Luciano, quien causó el accidente de sus padres años atrás. En un intento de secuestro, Luciano muere protegiendo a Mía del disparo de su propio padre. Finalmente, cuando los padres biológicos de Mía regresan para intentar quitarle la custodia de Leo usando la juventud de Mía como excusa, ella y Liam deben unirse más que nunca para proteger su verdadera familia.

Capítulo 1 PRÓLOGO: EL RUGIDO DE LA LLUVIA Y EL CONEJO DE FELPA

La memoria de Liam Black siempre se fragmentaba en tres sonidos: el grito de un neumático sobre el asfalto mojado, el llanto de un niño que no sabía que estaba a punto de quedar huérfano y el eco de una discusión que nunca debió escuchar.

Esa tarde de noviembre, el cielo sobre la ciudad se había teñido de un gris plomizo, casi metálico. A sus doce años, Liam era un chico observador, quizá demasiado para su propio bien. Estaba sentado en el asiento trasero del elegante sedán de su padre, Rolen Black, mientras su madre, Eliana, intentaba sintonizar una emisora de radio que no escupiera estática. Pero el ambiente dentro del vehículo no era el de un viaje familiar común; estaba cargado de una electricidad estática que no provenía de las nubes, sino de la oficina de la cual acababan de salir a toda prisa.

Minutos antes de subir al auto, Liam se había quedado parado frente a la puerta entreabierta del estudio de su padre. Había escuchado voces elevadas, algo impropio del flemático Rolen.

-¡No puedes hacerme esto, Arturo! -había rugido Rolen-. Ese dinero no te pertenece, es el fondo de jubilación de cientos de empleados. ¡Es un desfalco, una maldita estafa!

La respuesta de la otra parte fue un murmullo sibilino, frío como el hielo. Liam no pudo ver el rostro del hombre desde el pasillo, pero el nombre Arturo Carter quedó grabado en su mente como una marca al rojo vivo. Su padre estaba peleando por la justicia, mientras el otro hombre parecía estar robándole el alma a la empresa familiar.

-Vámonos, Liam -había dicho su padre al salir del despacho, con el rostro congestionado y las manos temblorosas-. Tenemos que llegar a casa. Esto no se va a quedar así. Mañana mismo presento las pruebas ante el consejo.

Ahora, bajo la lluvia torrencial que empezaba a azotar el parabrisas, el auto avanzaba por la carretera costera. Las luces de los faros apenas lograban cortar la cortina de agua. Rolen conducía con una intensidad maníaca, mirando constantemente por el espejo retrovisor, como si temiera que las sombras de su oficina lo estuvieran persiguiendo físicamente.

-Rolen, por favor, ve más despacio -suplicó Eliana, apretando el bolso contra su pecho con nudillos blancos.

-No hay tiempo, Eli. Si no protejo estos documentos, Carte nos destruirá. Ese hombre es un monstruo disfrazado de caballero. No sabe de lo que soy capaz por mi familia.

Liam miraba por la ventana, viendo las gotas de agua deslizarse como lágrimas infinitas sobre el vidrio. De repente, el mundo se volvió un caos de luces blancas y chirridos metálicos. Un camión invadió su carril en una curva cerrada. Su padre dio un volantazo violento para evitar el impacto frontal, pero el pavimento, cubierto de una capa aceitosa por la lluvia, traicionó los neumáticos.

El impacto no fue seco; fue una sinfonía de cristales estallando y metal retorciéndose sobre sí mismo. El auto dio dos vueltas de campana antes de quedar volcado a un lado de la berma, justo bajo una farola parpadeante que luchaba por mantenerse encendida.

Liam recuperó el sentido segundos después. El olor a gasolina, ozono y sangre era asfixiante. Tenía la cara empapada de una calidez pegajosa que bajaba por su frente.

-¿Papá? ¿Mamá? -susurró con el corazón martilleando en sus oídos. No hubo respuesta. Sus padres colgaban de sus cinturones de seguridad como marionetas rotas a las que les hubieran cortado los hilos de la vida.

Con un esfuerzo sobrehumano, Liam logró zafarse y arrastrarse por la ventana rota. El frío de la noche lo golpeó como una bofetada de realidad. Se quedó allí, de rodillas sobre el asfalto mojado, viendo cómo el humo salía del motor de lo que alguna vez fue su refugio. Pero entonces, a través de la bruma y la lluvia, vio algo que se quedaría tatuado en sus pesadillas para siempre.

Un auto de lujo, negro y brillante, se detuvo a pocos metros del accidente. No era un servicio de emergencia. Del asiento del conductor bajó un hombre: Arturo Carte. Liam lo reconoció de inmediato por la silueta y la voz que había escuchado en la oficina. El hombre se acercó unos pasos, observó el desastre con una calma aterradora, miró directamente a los ojos de un Liam ensangrentado y, con una frialdad inhumana, no hizo nada. No llamó a una ambulancia, no corrió a ayudar a sus amigos. Simplemente se quedó allí, asegurándose de que el silencio de los Black fuera definitivo.

-¡Ayúdenos! -quiso gritar Liam, pero su voz se quebró en un sollozo seco.

En ese momento, la puerta trasera del auto negro se abrió apenas unos centímetros. Una pequeña niña asomó su cabecita. Tenía una cabellera roja que brillaba bajo la luz mortecina de la farola, un contraste violento con la oscuridad de la muerte que la rodeaba. En sus manos apretaba un conejo de felpa blanco. Sus ojos grandes y curiosos se fijaron en Liam. Ella no comprendía la magnitud de la tragedia; solo miraba al niño herido con una mezcla de miedo y fascinación infantil.

-¡Micaela, sube a la niña! ¡Vámonos ya! -gritó Arturo con urgencia.

Una mujer de cabellos rubios salió del auto, tomó a la pequeña pelirroja por los hombros y la obligó a entrar, cerrando la puerta con un golpe sordo. El auto arrancó, salpicando agua sucia sobre el cuerpo de Liam, dejándolo solo con sus muertos y su primera gran lección sobre la crueldad humana. En ese instante, la inocencia de Liam Black murió. El niño que amaba los libros de historia desapareció, y en su lugar nació un joven cuyo único combustible sería el resentimiento.

Los días siguientes fueron un borrón de paredes blancas de hospital y hombres con trajes grises que hablaban de "activos", "quiebras" y "falta de parientes cercanos". Los Miller aún no aparecían en su radar; para el sistema, Liam era simplemente el resto de un naufragio empresarial.

-Como no hay otros tutores legales disponibles y las cuentas de tu padre han sido bloqueadas por la investigación de desfalco que inició el señor Carte, el estado debe hacerse cargo de ti -le explicó una trabajadora social cuya voz sonaba como papel de lija.

Liam no lloró. Ni cuando le vendaron la cabeza, ni cuando le dijeron que el entierro de sus padres sería en una fosa común costeada por la beneficencia pública porque no había dinero. Su mirada estaba fija en un punto invisible de la pared, reconstruyendo una y otra vez la imagen del conejo de felpa y el cabello rojo.

-¿A dónde me llevan? -preguntó con una voz que ya no sonaba a la de un niño de doce años.

-A un orfanato estatal, Liam. Allí tendrás lo básico hasta que cumplas la mayoría de edad o alguien decida adoptarte. Es un lugar estricto, pero es lo único que hay para casos como el tuyo.

El viaje al orfanato fue en una furgoneta gris, escoltada por la misma lluvia que parecía negarse a abandonarlo desde la noche del accidente. Mientras veía por el cristal empañado cómo la ciudad y su antigua vida se alejaban, Liam cerró los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas, dejando medias lunas de sangre.

Él no sabía cuánto tiempo le tomaría, ni cómo lo lograría, pero mientras los pesados portones del orfanato se cerraban tras él con un estruendo metálico, hizo una promesa silenciosa a los fantasmas de sus padres.

Si los Carte eran los culpables de su miseria, él se encargaría de que algún día, esa niña pelirroja y su padre pagaran por cada segundo de soledad que él estaba a punto de vivir. El orfanato no lo rompería; lo forjaría como un arma.

Capítulo 2 EL PRECIO DE UN SUSPIRO

El aire en la pequeña cafetería de la calle 42 estaba saturado con el aroma de granos de café quemados y el siseo constante de la máquina de vapor. Para la mayoría de los clientes, era solo un ruido de fondo; para Mia Carte, era la banda sonora de su supervivencia. Llevaba seis horas de pie, sus tobillos pulsaban de dolor dentro de sus zapatillas desgastadas, pero cada vez que sentía que sus fuerzas flaqueaban, miraba hacia la mesa del rincón, la más alejada de la puerta.

Allí estaba Leo.

El pequeño cumplía seis años hoy. No había globos, ni una fiesta con magos, ni el pastel de tres pisos que solía tener cuando vivían en la mansión de los Carte antes de que el mundo explotara. En su lugar, había un pequeño muffin de vainilla con una vela solitaria que Mia había comprado con las propinas del turno de mañana. Leo, ajeno a la amargura que consumía a su hermana mayor, coloreaba con una concentración envidiable. Sus pequeños dedos sostenían un crayón azul mientras le daba vida a un tiranosaurio rex en un cuaderno de hojas baratas.

-¡Mira, Mia! Este es el general Rex -exclamó el niño, levantando el cuaderno con una sonrisa que iluminó el rostro cansado de la joven.

Mia se acercó, aprovechando un breve respiro entre clientes, y le acarició el cabello castaño. Notó, con una punzada de preocupación, que el color de las mejillas de su hermano no era el rosado saludable de la emoción, sino un tono más pálido, casi traslúcido.

-Es hermoso, Leo. El general más valiente del mundo -susurró ella, besando su frente-. En cuanto termine el turno, iremos a casa y leeremos tu libro de dinosaurios, ¿de acuerdo?

-¿Y comeremos pizza? -preguntó él con ojos brillantes.

-Comeremos la mejor pizza de la ciudad -prometió Mia, aunque sabía que tendría que contar las monedas del frasco de propinas para lograrlo.

Hacía dos años que su vida se había convertido en un campo de batalla. Dejó atrás los libros de medicina, las prácticas en el hospital y los sueños de ser cirujana para convertirse en el único pilar de un niño que apenas entendía por qué papá y mamá ya no estaban. Sus padres, Arturo y Micaela, no solo les habían robado el futuro con sus crímenes; les habían robado la seguridad. Se habían marchado como cobardes, dejando a una chica de veinte años a cargo de un niño con un corazón defectuoso.

A medida que avanzaba la tarde, el cielo exterior se oscureció y una lluvia fina comenzó a golpear los cristales. Mia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Odiaba la lluvia; le recordaba a los faros de un auto y al llanto de un niño bajo una farola, un recuerdo borroso de su propia infancia que nunca lograba ubicar del todo.

De repente, el sonido del crayón cayendo al suelo atrajo su atención.

-¿Leo?

El niño no respondió. Estaba apoyado sobre la mesa, con el rostro hundido entre sus brazos. Mia dejó caer la bandeja que sostenía, ignorando el estrépito de las tazas rompiéndose. Corrió hacia él y, al tocar su piel, soltó un jadeo. Leo ardía.

-Mia... me duele -logró decir el pequeño con una voz débil, apenas un hilo. Sus labios tenían un tinte azulado que hizo que el corazón de Mia se detuviera-. Siento que... que el general Rex está pisando mi pecho.

-Tranquilo, mi amor. Respira conmigo. Solo respira.

El pánico, ese viejo enemigo que Mia intentaba mantener a raya, se desbordó. No esperó a que el dueño de la cafetería gritara por los destrozos. Tomó a Leo en brazos, sintiendo lo ligero y frágil que era, y salió corriendo hacia la calle bajo la lluvia inclemente. No tenía dinero para un taxi, pero la adrenalina le dio alas. Corrió seis manzanas hasta la clínica pública más cercana, apretando el cuerpo tembloroso de su hermano contra su pecho.

-¡Ayuda! ¡Es su corazón! -gritó al entrar en la sala de emergencias.

Las luces fluorescentes y el olor a antiséptico la transportaron de regreso a su vida anterior, pero esta vez ella no llevaba la bata blanca. Esta vez era la familiar desesperada que observaba cómo un equipo de enfermeros se llevaba a su hermano en una camilla mientras ella se quedaba atrás, sola, empapada y con las manos temblando violentamente.

Pasaron dos horas que se sintieron como siglos. Mia se sentó en una silla de plástico rígido, con la mirada fija en las puertas batientes de la unidad de cuidados intensivos. Finalmente, un médico de mediana edad, el doctor Harrison, salió con una expresión que Mia reconoció de inmediato. Era la expresión de las malas noticias.

-¿Cómo está? Por favor, dígame que está bien -dijo ella, poniéndose de pie de un salto.

-Lo hemos estabilizado, Mia, pero la fiebre ha causado una sobrecarga en su ventrículo izquierdo. La válvula está fallando más rápido de lo que esperábamos -el doctor suspiró, frotándose el puente de la nariz-. La medicación ya no es suficiente. Leo necesita la cirugía de reemplazo valvular. Ahora.

-Háganla -dijo ella con firmeza-. Hagan lo que sea necesario.

-No es tan simple. Sabes cómo funciona esto. Es una operación de alta complejidad, requiere especialistas y un equipo que esta clínica no tiene de forma gratuita. El costo del procedimiento, incluyendo el postoperatorio y los insumos, asciende a doscientos cincuenta mil dólares.

La cifra golpeó a Mia como un mazo. Doscientos cincuenta mil dólares. Ella ganaba ocho dólares la hora más propinas. Podría trabajar tres vidas enteras y nunca alcanzaría esa suma.

-Doctor, tiene que haber una forma. Un fondo, una beca...

-Ya lo hemos intentado todo, Mia. Debido a los antecedentes legales de tus padres, muchas fundaciones han cerrado sus puertas a la familia Carte. Es injusto, lo sé, pero el hospital requiere un depósito inicial para programar el quirófano en las próximas setenta y dos horas. Si no se opera en ese plazo, el corazón de Leo simplemente se detendrá.

Mia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se apoyó contra la pared fría, cerrando los ojos. La imagen de Leo coloreando al dinosaurio hacía apenas unas horas se mezcló con la imagen de su hermano entubado en una cama de hospital.

"Doscientas cincuenta mil razones para morir", pensó con amargura.

Se llevó las manos a la cara, tratando de pensar. Solo había una persona en toda la ciudad con esa cantidad de dinero y con un motivo lo suficientemente oscuro para disfrutar verla suplicar. Sabía que buscarlo era abrir las puertas del infierno, que ese hombre la odiaba por pecados que ella no había cometido, pero la vida de Leo no era negociable.

Sacó de su bolsillo un viejo recorte de periódico que guardaba como un amuleto maldito. En la foto, un hombre de rasgos afilados, ojos gélidos como el invierno y una presencia que irradiaba poder absoluto miraba a la cámara. El titular decía: "Liam Black, el nuevo rey de las inversiones, adquiere la antigua sede de los Carte".

Él no solo tenía el dinero; él tenía su casa, su pasado y ahora, el destino de su hermano en sus manos.

-Lo siento mucho, Leo -susurró Mia hacia la puerta de la UCI, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas-. Voy a hacer un trato con el diablo para que tú puedas seguir coloreando.

Mia se enderezó, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y salió del hospital. La lluvia seguía cayendo, pero ya no sentía frío. Solo sentía una determinación gélida. Mañana por la mañana, Mia Carte dejaría de existir para convertirse en lo que Liam Black quisiera, con tal de que Leo viviera para ver su séptimo cumpleaños.

Capítulo 3 EL TRATO CON EL DIABLO

El edificio de Black Industries se erguía en el centro de Manhattan como un monolito de cristal y acero, un monumento a la ambición y al éxito implacable. Para Mia, cada paso hacia la entrada principal se sentía como caminar hacia el cadalso. Llevaba puesta su mejor ropa: un vestido sencillo que había logrado conservar de su vida anterior y un abrigo que no lograba ocultar el temblor de sus manos.

Al cruzar las puertas giratorias, el aire acondicionado la golpeó con una frialdad que parecía emanar del propio dueño del lugar. Se acercó al mostrador de mármol de la recepción, donde una mujer de aspecto impecable la miró con una mezcla de curiosidad y desdén.

-Tengo una cita con el señor Black -mintió Mia, manteniendo la barbilla en alto-. Soy Mia Carte.

El nombre surtió un efecto inmediato. La recepcionista palideció ligeramente y, tras una breve llamada interna, le indicó que subiera al piso cuarenta y dos. El ascensor subió con una velocidad silenciosa que le revolvió el estómago. Al abrirse las puertas, se encontró con una oficina de concepto abierto que gritaba opulencia, pero sus ojos se clavaron en la gran puerta de roble negro al final del pasillo.

No tuvo que llamar. La puerta se abrió automáticamente.

Dentro, la oficina era vasta, bañada por la luz grisácea de un Nueva York lluvioso. Sentado tras un escritorio de obsidiana, se encontraba él. Liam Black no levantó la vista de inmediato. Estaba revisando unos documentos con una pluma estilográfica que se movía con precisión quirúrgica. Sus rasgos eran más afilados de lo que Mia recordaba de las noticias; su mandíbula estaba perpetuamente tensa y sus ojos, cuando finalmente se posaron en ella, eran dos pozos de hielo que parecían ver a través de su piel.

-Mia Carte -su voz era un barítono profundo, carente de cualquier calidez-. No esperaba que tuvieras la audacia de pisar mi edificio después de lo que tu padre hizo.

Mia tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta. No entendía por qué Liam hablaba con tanto veneno personal. Sabía que su padre había cometido delitos financieros, pero el odio en la mirada de Liam iba más allá de un simple desfalco empresarial. Parecía algo visceral, algo antiguo.

-No vengo a hablar de mi padre, Liam. Él se ha ido, y yo no tengo nada que ver con sus negocios -dijo ella, tratando de que su voz no flaqueara-. Vengo porque necesito... necesito un préstamo.

Liam soltó una carcajada seca, un sonido que no llegó a sus ojos. Se reclinó en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos sobre el escritorio.

-¿Un préstamo? Los bancos están para eso, aunque dudo que le den un centavo a la hija de los mayores estafadores de la década. ¿Por qué vendrías a mí, al hombre que se encargó de desmantelar el imperio de tu familia?

-Porque no tengo tiempo para los bancos -confesó Mia, dando un paso al frente, la desesperación ganándole al orgullo-. Mi hermano, Leo... tiene seis años. Su corazón está fallando. Necesita una cirugía de urgencia en las próximas cuarenta y ocho horas o morirá. Necesito doscientos cincuenta mil dólares.

El silencio que siguió fue sepulcral. Liam la observó con una intensidad aterradora. Por un segundo, Mia creyó ver un destello de algo en su mirada cuando mencionó a Leo, pero desapareció tan rápido que pensó que lo había imaginado.

-¿Y qué me ofreces a cambio, Mia? -preguntó él, levantándose lentamente. Era mucho más alto de lo que parecía sentado, una presencia física que llenaba la habitación-. No eres más que una camarera arruinada. No tienes propiedades, no tienes acciones. No tienes nada.

-Me tengo a mí misma -respondió ella en un susurro-. Haré lo que sea. Trabajaré para ti, seré tu asistente, limpiaré tus suelos... lo que quieras. Solo salva a mi hermano.

Liam caminó alrededor del escritorio hasta quedar a pocos centímetros de ella. El aroma de su perfume, una mezcla de madera de sándalo y lluvia, la envolvió. Él bajó la voz, volviéndola peligrosa.

-¿Lo que sea? Sabes, Mia, durante años soñé con este momento. Soñé con ver a un Carte suplicando. Pero no quiero una empleada. Quiero algo que me permita destruirte lentamente, día tras día, así como tu familia destruyó la mía.

-No entiendo de qué hablas... -balbuceó ella, confundida por la alusión a su familia-. Solo somos niños, Leo no tiene la culpa de nada.

-¡Nadie es inocente en esa estirpe! -rugió él, perdiendo la compostura por un breve instante antes de recuperar su máscara de frialdad-. Quieres el dinero. Muy bien. Lo tendrás. Pero no será un préstamo. Será un pago.

Liam sacó un sobre de su escritorio y lo lanzó sobre la superficie de obsidiana. Dentro había un contrato de varias páginas. Mia lo tomó con manos temblorosas y leyó el encabezado: CONTRATO MATRIMONIAL.

-Un año, Mia -sentenció él-. Serás mi esposa ante el mundo. Vivirás bajo mis reglas, asistirás a cada evento social a mi lado y soportarás cada uno de mis desprecios. Serás el trofeo que le arrebaté a Arturo Carte para recordarle su derrota. Y al final del año, te daré el divorcio y no volverás a ver un solo centavo mío.

Mia leyó las cláusulas. Era una prisión legal. Pero entonces recordó el rostro de Leo en la cama del hospital, sus labios azules, su cuaderno de dinosaurios olvidado. No tenía elección.

-Acepto -dijo ella, buscando una pluma.

-No tan rápido -la detuvo Liam, una sonrisa cruel curvando sus labios-. Para que yo firme ese cheque ahora mismo, quiero que me demuestres cuánto vale la vida de tu hermano para ti. Quiero que reconozcas que no eres nada ante mí.

Mia lo miró, confundida. Liam señaló el suelo frente a sus pies.

-Arrodíllate, Mia. Pídeme el dinero de rodillas, como la mendiga que eres.

El mundo pareció detenerse. El orgullo de Mia, lo último que le quedaba de su dignidad, gritó en señal de protesta. Pero la imagen de Leo se impuso sobre todo lo demás. Sus piernas temblaron, pero con una lentitud tortuosa, Mia se dejó caer. Sus rodillas golpearon la alfombra costosa con un sonido sordo. Bajó la cabeza, dejando que su cabello rojo ocultara las lágrimas de humillación que empezaban a brotar.

-Por favor, Liam... -sollozó-. Por favor, salva a mi hermano. Te lo ruego.

Liam la observó desde arriba, sintiendo una mezcla de triunfo y una extraña, molesta punzada en el pecho que se apresuró a sofocar con el recuerdo de la lluvia y el accidente. Verla allí, tan vulnerable, debería haber sido el clímax de su venganza, pero el vacío en su interior no se llenó.

-Firma -dijo él, arrojándole la pluma-. El equipo médico de Leo será trasladado al mejor hospital privado en una hora. La cirugía está pagada.

Mia tomó la pluma y firmó con mano temblorosa, entregándole su libertad al hombre que, sin que ella lo supiera, la culpaba de haberlo dejado solo en el mundo hace dieciséis años. Liam tomó el documento y llamó a su abogado, Marcos Cooper.

-Marcos, tengo el contrato firmado. Prepara todo para una boda inmediata. La señora Black acaba de unirse a la familia.

Liam salió de la oficina sin mirar atrás, dejando a Mia arrodillada en el suelo, llorando de alivio por Leo y de terror por el futuro que acababa de comprar. No sabía que acababa de entrar en una guerra donde el amor y el odio eran las únicas armas permitidas.

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