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Un Amor Más Que Sangre

Un Amor Más Que Sangre

Autor: : A Chu
Género: Xuanhuan
Morí aplastada bajo el sol, con el cuerpo destrozado por una explosión. Mi suegra, la mujer que me crió como a una hija, murió conmigo. Todo por culpa de Ricardo, mi esposo y un cobarde que nos abandonó, y de Brenda, su amante maliciosa. Ese fue el fin de mi vida anterior. Pero ahora estoy de vuelta. El mismo sol calcinante, el mismo campo polvoriento y la misma escena de pesadilla. Mi suegra, Elena, pálida como un fantasma, tiene un pie plantado firmemente en el suelo. Bajo su zapato gastado, una mina terrestre espera en silencio. El ligero "clic" que hizo al pisarla todavía resuena en mis oídos. «Sofía, hija... llama a Ricardo», suplica Elena con voz temblorosa, llena de pánico. En mi vida pasada, le rogué, le supliqué por teléfono. Su respuesta fue fría, llena de desprecio. Dijo que era un drama, que estábamos exagerando. Se negó a venir. Y por su culpa, morimos. «No», digo con una firmeza que me sorprende a mí misma. «A ese hombre no le voy a llamar». Elena me mira confundida, el miedo luchando contra la sorpresa. «¡No lo hará, mamá! ¡No le importamos!». El recuerdo amargo de Ricardo yéndose de la casa con Brenda, sin mirar atrás, sin una palabra para la madre que lo crió o para la esposa que lo había apoyado, flota entre nosotras. Los vecinos empiezan a arremolinarse a una distancia prudente, susurran entre ellos. «Pobrecita doña Elena». «¿Y el hijo? ¿Dónde está el bueno para nada de Ricardo?». «Dicen que anda con esa mujer rica, la tal Brenda. Se olvidó de su madre». Las palabras son como avispas zumbando a mi alrededor, pero no me afectan. Solo tengo ojos para la mina y para la mujer que está parada sobre ella. Esto no es un sueño. No es un recuerdo. He renacido. He vuelto al día de nuestra muerte. Una extraña calma se asienta sobre mí. El pánico inicial se disuelve, reemplazado por una resolución fría como el acero. Si el destino me ha dado una segunda oportunidad, no la desperdiciaré. No cometeré los mismos errores. Esta vez, Ricardo no decidirá nuestro destino. Yo lo haré.

Introducción

Morí aplastada bajo el sol, con el cuerpo destrozado por una explosión.

Mi suegra, la mujer que me crió como a una hija, murió conmigo.

Todo por culpa de Ricardo, mi esposo y un cobarde que nos abandonó, y de Brenda, su amante maliciosa.

Ese fue el fin de mi vida anterior.

Pero ahora estoy de vuelta.

El mismo sol calcinante, el mismo campo polvoriento y la misma escena de pesadilla.

Mi suegra, Elena, pálida como un fantasma, tiene un pie plantado firmemente en el suelo.

Bajo su zapato gastado, una mina terrestre espera en silencio.

El ligero "clic" que hizo al pisarla todavía resuena en mis oídos.

«Sofía, hija... llama a Ricardo», suplica Elena con voz temblorosa, llena de pánico.

En mi vida pasada, le rogué, le supliqué por teléfono.

Su respuesta fue fría, llena de desprecio.

Dijo que era un drama, que estábamos exagerando.

Se negó a venir.

Y por su culpa, morimos.

«No», digo con una firmeza que me sorprende a mí misma.

«A ese hombre no le voy a llamar».

Elena me mira confundida, el miedo luchando contra la sorpresa.

«¡No lo hará, mamá! ¡No le importamos!».

El recuerdo amargo de Ricardo yéndose de la casa con Brenda, sin mirar atrás, sin una palabra para la madre que lo crió o para la esposa que lo había apoyado, flota entre nosotras.

Los vecinos empiezan a arremolinarse a una distancia prudente, susurran entre ellos.

«Pobrecita doña Elena».

«¿Y el hijo? ¿Dónde está el bueno para nada de Ricardo?».

«Dicen que anda con esa mujer rica, la tal Brenda. Se olvidó de su madre».

Las palabras son como avispas zumbando a mi alrededor, pero no me afectan.

Solo tengo ojos para la mina y para la mujer que está parada sobre ella.

Esto no es un sueño.

No es un recuerdo.

He renacido.

He vuelto al día de nuestra muerte.

Una extraña calma se asienta sobre mí.

El pánico inicial se disuelve, reemplazado por una resolución fría como el acero.

Si el destino me ha dado una segunda oportunidad, no la desperdiciaré.

No cometeré los mismos errores.

Esta vez, Ricardo no decidirá nuestro destino.

Yo lo haré.

Capítulo 1

Morí aplastada bajo el sol, con el cuerpo destrozado por una explosión.

Mi suegra, la mujer que me crió como a una hija, murió conmigo.

Todo por culpa de mi esposo, Ricardo, un cobarde que nos abandonó por otra mujer, y de esa mujer, Brenda, cuya malicia nos empujó a la tumba.

Ese fue el final de mi vida anterior.

Pero ahora... ahora estoy de vuelta.

El mismo sol calcinante, el mismo campo polvoriento y la misma escena de pesadilla.

Mi suegra, Elena, está pálida como un fantasma, con un pie plantado firmemente en el suelo, sin atreverse a moverse ni un milímetro.

Bajo su zapato gastado, una mina terrestre espera en silencio.

El ligero "clic" que hizo al pisarla todavía resuena en mis oídos, un eco del pasado que se ha convertido en mi presente.

«Sofía, hija... llama a Ricardo», suplica Elena, con la voz temblorosa, llena de un pánico que conozco demasiado bien. «Él sabe de estas cosas, fue soldado, él puede ayudarnos».

Sus ojos, normalmente llenos de calidez, ahora están inundados de terror.

La miro, y el recuerdo amargo de la traición me quema la garganta.

Llamar a Ricardo.

En mi vida pasada, le rogué. Le supliqué por teléfono mientras Elena lloraba de miedo. Su respuesta fue fría, llena de desprecio. Dijo que era un drama, que estábamos exagerando.

Se negó a venir.

Y por su culpa, morimos.

«No», digo, con una firmeza que sorprende incluso a mí misma.

Mi voz es seca, dura.

«A ese hombre no le voy a llamar».

Elena me mira confundida, el miedo luchando contra la sorpresa.

«Pero, hija, es el único que puede...».

«No lo hará, mamá», la interrumpo, usando el título que siempre le he dado, el que se ganó con años de amor y cuidado. «No le importamos. ¿Ya lo olvidó?».

El recuerdo de Ricardo yéndose de la casa con Brenda, sin mirar atrás, sin una palabra para la madre que lo crio o para la esposa que lo había apoyado, flota entre nosotras.

El abandono nos dejó en la miseria, luchando por sobrevivir mientras él vivía una nueva vida de lujos.

Los vecinos empiezan a arremolinarse a una distancia prudente. Susurran entre ellos, sus caras una mezcla de lástima y morbo.

«Pobrecita doña Elena».

«¿Y el hijo? ¿Dónde está el bueno para nada de Ricardo?».

«Dicen que anda con esa mujer rica, la tal Brenda. Se olvidó de su madre».

Las palabras son como avispas zumbando a mi alrededor, pero no me afectan.

Solo tengo ojos para la mina y para la mujer que está parada sobre ella.

El sol me golpea la nuca, el sudor me corre por la espalda. Todo es idéntico. La posición del sol, el vestido floreado de Elena, el miedo en el aire.

Esto no es un sueño. No es un recuerdo.

He renacido.

He vuelto al día de nuestra muerte.

Una extraña calma se asienta sobre mí. El pánico inicial se disuelve, reemplazado por una resolución fría como el acero. Si el destino me ha dado una segunda oportunidad, no la desperdiciaré.

No cometeré los mismos errores.

Esta vez, Ricardo no decidirá nuestro destino.

Yo lo haré.

Capítulo 2

A pesar de mi negativa, la bondad de nuestros vecinos no se hizo esperar.

Don Ramiro, el dueño de la tiendita de la esquina, un hombre mayor con manos callosas y un corazón noble, se acercó con cuidado, manteniendo la distancia.

«Sofía, niña, no seas terca. Déjame le marco yo. Ese cabrón tendrá que venir por su madre», dijo, sacando un viejo celular de su bolsillo.

No me opuse. Sabía que era inútil. Sabía cuál sería la respuesta de Ricardo, pero quizás Elena necesitaba escucharlo por sí misma para finalmente entender la clase de monstruo que había criado.

Don Ramiro marcó el número que Elena le dictó con voz temblorosa. Puso el altavoz.

El teléfono sonó una, dos, tres veces.

Finalmente, una voz arrastrada por la impaciencia contestó.

«¿Bueno? ¿Quién habla? Estoy ocupado».

Era él. La voz de Ricardo, la misma que una vez me susurró promesas de amor eterno, ahora sonaba lejana y fastidiada.

«Ricardo, soy Ramiro, el de la tienda», dijo el hombre con urgencia. «Es tu mamá, Elena. Necesitas venir rápido. Está en peligro».

Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de una risa burlona y cruel.

«¿Mi mamá? ¿Qué nuevo drama se inventó ahora para que vuelva? Dígale que no tengo tiempo para sus jueguitos, estoy en algo importante».

«¡No es un juego, muchacho irresponsable!», gritó don Ramiro, perdiendo la paciencia. «¡Tu madre pisó una mina en el campo de atrás! ¡Una de esas porquerías que dejaron los militares hace años!».

La respuesta de Ricardo fue una puñalada helada.

«Ah, ¿una mina? Pues qué mala suerte. Que se quite con cuidado y ya. No es mi problema. Además, seguro es Sofía la que está inventando todo esto para joderme. Díganle de mi parte que se busque a otro pendejo para sus teatros».

Y colgó.

El silencio que siguió fue más pesado que la tierra misma.

Las palabras de Ricardo, amplificadas por el altavoz del teléfono, resonaron en el aire caliente, cargadas de un veneno que hizo que todos los presentes se quedaran mudos.

Vi cómo el último ápice de esperanza se desvanecía del rostro de Elena.

Sus hombros se hundieron.

Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas arrugadas, silenciosas y devastadoras.

«Mi hijo... mi propio hijo...», susurró, con la voz rota por un dolor tan profundo que me partió el alma. «Perdóname, Sofía. Perdóname por haberte traído a esta familia. Perdóname por haber criado a un monstruo».

Se estaba rindiendo. El abandono de su hijo la estaba matando más rápido que la mina bajo su pie.

Me acerqué a ella, ignorando las advertencias de los vecinos.

Puse mis manos sobre sus frágiles hombros.

«Mamá, escúchame», le dije, mi voz firme para contrarrestar su temblor. «No es tu culpa. Tú me diste un hogar cuando no tenía a nadie. Tú me has querido más que mi propia madre. No tienes nada de qué disculparte».

Ella sollozó, incapaz de hablar.

«Él no nos va a derrotar», continué, mirándola directamente a los ojos. «Ni él, ni su amante, ni esta maldita cosa en el suelo. Estamos juntas en esto, como siempre. ¿Me oyes?».

Mi mente voló hacia el pasado, a cuando yo era una adolescente huérfana y asustada.

Elena me encontró, me acogió en su humilde casa, me alimentó, me vistió y me dio el amor de una madre que nunca tuve.

Ella me defendió de Ricardo cuando él empezaba a mostrar su lado cruel.

Ella fue mi único apoyo, mi única familia.

No iba a dejar que muriera.

No otra vez.

La vida que me dio valía más que la mía. Si tenía que sacrificarme para salvarla, lo haría sin dudarlo.

Mi decisión estaba tomada.

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