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Un Amor que Trascendió Dos Vidas

Un Amor que Trascendió Dos Vidas

Autor: : Destination
Género: Fantasía
El metal retorciéndose fue la última sinfonía de mi perdición. Cuando abrí los ojos, el dolor y la confusión me asaltaron: un accidente, un zumbido distante y la lluvia lavando el gris del cielo. Mi hermano, el que juró protegerme, me abofeteó sin preguntar si estaba viva. "¡Sofía! ¡Mira lo que hiciste!" su grito fue un trueno. Mis padres corrían hacia Clara, la "hija verdadera" , mimándola por un rasguño, mientras yo, la "falsa Sofía" , agonizaba atrapada entre los restos del auto, con una pierna destrozada. Fernando, el hombre que amaba, me ignoró, y Ricardo, su guardaespaldas, me arrastró a una caseta abandonada, riéndose de mi pierna rota. "¿Un doctor? Deberías dar gracias de que te dejo respirar." Morí sola, desangrándome, con mi último aliento ignorado por Ricardo para atender una llamada de Fernando, preocupado por Clara. ¡Qué increíblemente ingenua fui al pensar que podría reescribir mi destino! Ayudé a Fernando a construir un imperio, creí que éramos nosotros contra el mundo. No entendí que solo fui una herramienta, un boleto para la felicidad de Clara. Ahora, flotando como un fantasma sobre mi propio cadáver, veo cómo Ricardo, con calculada frialdad, disfraza mi muerte como una fuga, inculpándome de todo. Escucho a Fernando, furioso, jura destruirme. Pero yo ya estoy rota, y mi castigo llega demasiado tarde. El "Collar Estrella del Desierto" , nuestro símbolo, ahora adorna el cuello de Clara como una burla. Me oculto en la oscuridad de mi propia conciencia, esperando a que la verdad, tan fría como mi cuerpo, salga a la luz. Fernando, tú has jurado volver por mí. Y cuando lo hagas, te enfrentarás a una verdad gélida y despiadada que te perseguirá por el resto de tu vida.

Introducción

El metal retorciéndose fue la última sinfonía de mi perdición.

Cuando abrí los ojos, el dolor y la confusión me asaltaron: un accidente, un zumbido distante y la lluvia lavando el gris del cielo.

Mi hermano, el que juró protegerme, me abofeteó sin preguntar si estaba viva.

"¡Sofía! ¡Mira lo que hiciste!" su grito fue un trueno.

Mis padres corrían hacia Clara, la "hija verdadera" , mimándola por un rasguño, mientras yo, la "falsa Sofía" , agonizaba atrapada entre los restos del auto, con una pierna destrozada.

Fernando, el hombre que amaba, me ignoró, y Ricardo, su guardaespaldas, me arrastró a una caseta abandonada, riéndose de mi pierna rota.

"¿Un doctor? Deberías dar gracias de que te dejo respirar."

Morí sola, desangrándome, con mi último aliento ignorado por Ricardo para atender una llamada de Fernando, preocupado por Clara.

¡Qué increíblemente ingenua fui al pensar que podría reescribir mi destino!

Ayudé a Fernando a construir un imperio, creí que éramos nosotros contra el mundo.

No entendí que solo fui una herramienta, un boleto para la felicidad de Clara.

Ahora, flotando como un fantasma sobre mi propio cadáver, veo cómo Ricardo, con calculada frialdad, disfraza mi muerte como una fuga, inculpándome de todo.

Escucho a Fernando, furioso, jura destruirme.

Pero yo ya estoy rota, y mi castigo llega demasiado tarde.

El "Collar Estrella del Desierto" , nuestro símbolo, ahora adorna el cuello de Clara como una burla.

Me oculto en la oscuridad de mi propia conciencia, esperando a que la verdad, tan fría como mi cuerpo, salga a la luz.

Fernando, tú has jurado volver por mí. Y cuando lo hagas, te enfrentarás a una verdad gélida y despiadada que te perseguirá por el resto de tu vida.

Capítulo 1

El sonido del metal retorciéndose fue lo último que escuché con claridad, después todo se volvió un zumbido sordo y distante. Cuando abrí los ojos, el mundo giraba y un dolor agudo me atravesaba la cabeza. A través del parabrisas roto, vi el cielo gris y la lluvia que comenzaba a caer.

Mi hermano, el que juró protegerme siempre, se desabrochó el cinturón con furia. No me preguntó si estaba bien, no miró si sangraba. Su rostro estaba desfigurado por la rabia.

"¡Sofía!"

Su grito fue un trueno.

"¡Mira lo que hiciste!"

Antes de que pudiera procesar sus palabras, su mano se estrelló contra mi mejilla. El golpe fue seco, brutal, y me hizo girar la cabeza hacia la ventanilla rota. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Me quedé helada, no tanto por el dolor físico, sino por la conmoción. No sentía el resto de mi cuerpo, solo el ardor en mi cara y el frío que empezaba a calar mis huesos.

Mis padres, en el asiento trasero, ya estaban saliendo del coche. Sus voces eran un murmullo de pánico, pero ninguna de sus palabras era para mí.

"¡Clara! ¡Hija, mi vida! ¿Estás bien?"

Mi madre corrió hacia el lado del copiloto, donde Clara, mi supuesta hermana, lloraba suavemente. La vi a través del espejo retrovisor que colgaba de un hilo. Tenía un pequeño rasguño en la frente, una línea roja y delgada que apenas se notaba.

"Me duele, mamá. Me duele mucho."

Su voz era un susurro lastimero.

Mi padre se unió a mi madre, ambos rodeando a Clara, protegiéndola de la lluvia con sus propios cuerpos. La abrazaban, le limpiaban la herida con un pañuelo, la consolaban con palabras dulces.

Nadie me miró.

Nadie.

Estaba atrapada en el asiento del conductor, con la puerta abollada y una pierna clavada bajo el volante. Una mancha oscura y pegajosa se extendía por mi pantalón, pero el dolor todavía no llegaba. Era como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi cerebro.

Entonces, un coche negro de lujo frenó bruscamente a nuestro lado. De él bajaron dos hombres. El primero era Fernando, el hombre al que yo amaba con toda mi alma, el hombre por el que había apostado todo. Su traje caro estaba impecable, su rostro era una máscara de fría preocupación.

Sus ojos pasaron sobre mí sin registrarme, como si yo fuera parte de los escombros del coche. Fue directamente hacia Clara.

"¿Clara? ¿Qué pasó?"

El segundo hombre era Ricardo, el guardaespaldas y asistente de Fernando. Su mirada se posó en mí, y en sus ojos no había más que un desprecio absoluto, un odio helado que me atravesó más que el propio frío de la lluvia.

Fernando ni siquiera esperó una respuesta. Se volvió hacia Ricardo, su voz era un látigo.

"Sácala de aquí. No quiero que Clara la vea cuando despierte."

"Sí, señor."

Ricardo se acercó a mi puerta. La abrió de un tirón, el metal chirrió en protesta. Me agarró del brazo sin ninguna delicadeza, tirando de mí hacia afuera. Un grito ahogado se me escapó cuando mi pierna se liberó con un chasquido horrible. Ahora sí sentía el dolor, una ola de fuego que me subía desde el tobillo hasta la cadera.

"Por favor," susurré, "necesito un doctor. Creo que mi pierna está rota."

Ricardo se rio, una risa sin humor, llena de malicia.

"¿Un doctor? Deberías dar gracias de que te dejo respirar."

Me arrastró por el asfalto mojado, lejos de la escena, lejos de las luces de la ambulancia que ya llegaba para atender a Clara. Me metió en una pequeña caseta de herramientas abandonada al lado de la carretera. El lugar olía a humedad y óxido. Me arrojó al suelo de tierra como a un saco de basura y cerró la puerta con un golpe seco, dejándome en la más completa oscuridad.

El dolor era insoportable, una tortura constante. Apreté los dientes para no gritar. Sentía la sangre caliente corriendo por mi pierna. El frío se apoderaba de mí, temblaba sin control.

Pasaron los minutos, o quizá horas, no lo sé. Perdí la noción del tiempo. Escuché pasos afuera y reuní las últimas fuerzas que me quedaban.

"¡Ayuda!" grité, mi voz era un graznido ronco. "Por favor, ayúdenme."

La puerta se abrió y la silueta de Ricardo se recortó contra la luz gris del exterior.

"Cállate. Vas a despertar a la señorita Clara."

"Me estoy desangrando," le supliqué. "Voy a morir aquí."

Él me miró por un segundo, una fracción de segundo en la que creí ver una duda en su rostro. Pero entonces su teléfono sonó. Lo sacó y contestó al instante.

"Señor Fernando," su voz se suavizó, llena de respeto. "Sí, la señorita Clara está bien, los médicos dicen que solo fue el susto y un rasguño. Está durmiendo ahora... Sí, señor... Sofía está... controlada... Sí, llamaré a un médico para ella... en cuanto me desocupe. Lo principal es la señorita Clara."

Colgó y me miró. Su rostro volvía a ser una máscara de desprecio.

"Ya oíste. Espera."

Cerró la puerta otra vez. La oscuridad me envolvió de nuevo, y con ella, la certeza de que nadie vendría. La esperanza, esa pequeña y estúpida llama, se extinguió por completo.

Ricardo se quedó afuera un rato, asegurándose de que Clara estuviera cómoda en la ambulancia, seguramente en brazos de Fernando. Luego, mucho después, cuando el silencio era casi total, escuché sus pasos de regreso.

Abrió la puerta de la caseta.

Quizá venía a ver si seguía viva. Quizá venía a cumplir su tardía promesa de llamar a un médico.

Pero yo ya no podía verlo.

Mi cabeza estaba inclinada sobre mi pecho, mis ojos abiertos miraban a la nada. La gran mancha de sangre en el suelo de tierra se había vuelto negra.

Ricardo se quedó paralizado en la entrada. Su cuerpo se tensó. Vi, desde un lugar extraño y flotante sobre mi propio cuerpo, cómo sus ojos se abrían de par en par, cómo el color desaparecía de su rostro. Dejó caer el teléfono que tenía en la mano. El golpe sordo del plástico contra la tierra fue el último sonido de mi primera vida.

Capítulo 2

No soy Sofía.

Bueno, no la Sofía original de esta historia.

Mi nombre real no importa, porque esa persona murió en un accidente de coche en otro mundo, sola y olvidada. Cuando desperté, estaba en el cuerpo de Sofía, un personaje de una novela que había leído. Una novela de "falsa y verdadera hija" .

Yo era la "falsa hija" , la carne de cañón destinada a ser odiada y despreciada por todos después de que la "verdadera hija" , Clara, apareciera. Mi destino en el libro era horrible, terminaba loca y en la miseria, sirviendo de escalón para que el amor entre Clara y el protagonista masculino, Leonardo, floreciera.

Cuando me di cuenta de que había transmigrado cinco años antes de que la trama principal comenzara, sentí un alivio inmenso. Tenía tiempo. Podía cambiarlo todo.

No quería competir con Clara. No quería el amor de una familia que no era mía, ni el de un prometido que nunca me quiso. Así que tomé la iniciativa. Investigué y encontré las pistas que llevaron a mis padres adoptivos a encontrar a su verdadera hija, Clara. Fui yo quien les dio el empujón final para que la trajeran a casa.

También fui a ver a Leonardo, mi prometido en la historia original. Le dije que no sentía nada por él, que nuestro compromiso era un error y que debía ser libre para encontrar a su verdadero amor. Él, que siempre me había tratado con fría indiferencia, aceptó con un alivio que no se molestó en ocultar. Lo dejé ir, para que pudiera cumplir su destino con Clara.

Creí que al hacer todo esto, al renunciar a todo lo que supuestamente me "pertenecía" , podría salir de la trama y vivir mi propia vida.

Y en esa nueva vida, había alguien a quien quería salvar más que a nadie: Fernando.

Fernando era el segundo protagonista masculino, el poderoso y trágico millonario destinado a enamorarse perdidamente de Clara, a ser utilizado por ella y a morir para protegerla en el clímax de la novela. Su amor no correspondido era una de las partes más dolorosas del libro.

Yo me enamoré de él, del personaje, y ahora, de la persona. Decidí que no dejaría que su destino se cumpliera. Lo ayudé en sus negocios, le di consejos basados en mi conocimiento del futuro, lo ayudé a evitar traiciones y a consolidar su imperio. Lo vi pasar de ser un hombre poderoso a ser una leyenda en el mundo de los negocios. Y él pareció corresponderme. Me llenó de regalos, de atenciones, de promesas. Creí que lo había logrado.

También salvé a Ricardo, el antagonista. En la novela, su odio hacia mí (la Sofía original) y su lealtad ciega a Fernando lo llevaban a cometer crímenes y a terminar en la cárcel. Lo mantuve cerca, le di un buen trabajo, traté de ser una buena jefa, pensando que si le daba estabilidad y un propósito, no caería en la oscuridad.

Qué ingenua fui.

Creí que estaba reescribiendo la historia, creando un final feliz para mí y para los que quería salvar. No me di cuenta de que solo estaba cavando mi propia tumba más rápido.

No entendí que el corazón de Fernando nunca me perteneció. Cada sonrisa, cada regalo, cada palabra de amor estaba condicionada a una cosa: que Clara estuviera feliz y segura. Él no me amaba a mí, amaba la tranquilidad que yo le proporcionaba al cuidar de su verdadero amor. Yo era una herramienta conveniente.

Y Ricardo... su odio no era hacia la "falsa hija" . Su odio era hacia la mujer que estaba al lado de Fernando, el lugar que él creía que le correspondía a Clara. Su lealtad no era solo a Fernando, era una devoción secreta y enfermiza hacia Clara. Cada acto de amabilidad que yo le mostraba, él lo veía como una manipulación para alejar a Fernando de su destino.

Ahora, flotando sobre mi cuerpo sin vida, lo veo todo con una claridad dolorosa.

Veo a Ricardo, todavía paralizado en la puerta. No hay remordimiento en su rostro, solo un pánico frío. Pánico por las consecuencias, no por mi muerte. Su primera reacción no es de pena, es de cálculo. ¿Qué le dirá a Fernando?

Su lealtad a Clara es absoluta, inquebrantable.

Escucho el teléfono de Fernando sonar de nuevo en la distancia. Ricardo se sobresalta, como si saliera de un trance. Corre hacia la ambulancia.

"Señor," le dice a Fernando, su voz temblando ligeramente, pero no de tristeza. De miedo. "La señorita Clara ha despertado. Pregunta por usted."

Fernando, que estaba a punto de preguntar por mí, olvida mi existencia en un instante. Toda su atención vuelve a Clara.

Lo veo entrar en la ambulancia, tomar la mano de Clara, susurrarle palabras tranquilizadoras.

Más tarde, mucho más tarde, cuando ya están en el hospital privado más caro de la ciudad, Fernando finalmente se acuerda de mí. Llama a Ricardo.

"¿Y Sofía? ¿Ya la llevaste al hospital? Asegúrate de que no muera, la necesito para que asuma toda la culpa de esto."

Su voz es fría, calculadora.

Miro a Ricardo, que está en un pasillo solitario del hospital. Mira a su alrededor para asegurarse de que nadie lo oye.

"Sí, señor," dice, su voz es un susurro. "Ella está... bien. Se está recuperando en otro hospital. No se preocupe."

Una mentira. Una mentira para proteger a Fernando, para proteger a Clara, para protegerse a sí mismo.

Fernando cuelga, satisfecho. Y yo, o lo que queda de mí, me quedo atrapada en esta dolorosa conciencia, viendo cómo mi muerte no es más que un inconveniente menor en la gran historia de amor de Clara.

Soy, una vez más, carne de cañón.

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