Joaquín
Sentado en mi oficina, apenas prestaba atención a la luz que entraba por las ventanas.
La brillante tarde española era solo un telón de fondo, algo insignificante comparado con el cúmulo de problemas que tenía frente a mí.
Los informes de las sucursales parecían interminables, un desfile de números y excusas, pero había algo en particular que me estaba irritando más de lo normal.
Me detuve en la página dedicada a la oficina de Latinoamérica, y lo que vi no me gustó nada.
Las ventas estaban cayendo en picada, las quejas de los clientes aumentaban y las encuestas internas mostraban una baja satisfacción general del personal. Un desajuste tras otro, y lo más preocupante era que nadie había levantado la mano para advertirlo.
"Incompetentes", pensé, con una punzada de irritación.
Respiré hondo, agarré el teléfono y marqué a Felipe, mi mejor amigo, el tipo que estaba supuestamente a cargo de supervisar las sucursales de esa región.
Mientras sonaba el teléfono, ya sabía que su respuesta sería relajada, despreocupada... como siempre. En la tercera llamada, por fin contestó, con esa energía jovial que parecía no acabársele nunca.
-¡Joaquín! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va todo por allá? -respondió, como si yo no estuviera a punto de lanzarle el informe por la cabeza.
-Mal -dije sin rodeos, dejando que mi irritación se notara. -Estoy viendo los números de la oficina en Latinoamérica, y son un desastre. Ventas por los suelos, quejas de clientes, empleados descontentos... ¿Qué mierda está pasando ahí, Felipe?
Silencio. Podía imaginar su sonrisa apagándose un poco mientras buscaba alguna explicación que no tenía.
-¿Descontento? ¿De qué hablas? -respondió, fingiendo sorpresa. -A mí me dijeron que todo iba bien, un par de detalles sin importancia.
-Pues no es lo que veo aquí. Esto no es solo un par de detalles, Felipe. Esto es un agujero en el barco, y nadie parece darse cuenta de que se está hundiendo.
Felipe soltó una risita nerviosa. Sabía que estaba en problemas, pero su estrategia de siempre era tomarlo con ligereza.
-Mira, Joaco, no te pongas tan serio. Son pequeños detalles. Y si tanto te preocupa, ¿por qué no bajas tú a resolverlo? -me dijo, con ese tono de quien sabe que está empujando justo en el lugar correcto. -Venga, pasas un par de semanas por aquí, pones todo en orden y de paso te despejas. ¿No me digas que te has vuelto un adicto a Madrid?
Lo dijo con tanta naturalidad que me quedé callado unos segundos. Bajé la mirada al escritorio, sintiendo que una migraña empezaba a formarse en mis sienes. Felipe, siempre tan despreocupado, tan listo para lanzarme al fuego en lugar de lidiar con el problema él mismo.
-No tengo tiempo para eso -murmuré, aunque sabía que esa excusa no convencía ni a mí mismo. Quizá un viaje no me vendría mal después de todo.
-Claro que tienes tiempo. Vamos, Joaquín, eres el jefe. Si alguien puede venir y solucionar esto, eres tú. Confía en mí -insistió.
Resoplé. Lo peor es que tenía razón. Nadie más podía arreglar este desastre como yo. Era evidente que la incompetencia de los mandos medios estaba jugando en mi contra.
-Lo pensaré -murmuré, sabiendo que ya lo había decidido.
Antes de colgar, la puerta de mi oficina se abrió. Y, como si lo hubiera sentido en el aire, Victoria entró con esa seguridad tan característica de ella, que antes me había atraído... y ahora me irritaba. Felipe dijo algo, pero lo ignoré y colgué.
-Joaquín, cariño -dijo, con una sonrisa que podría haber derretido a cualquier hombre... pero no a mí, no hoy. -Llevas horas aquí encerrado. ¿Por qué no dejas esos informes y me dedicas un poco de tiempo?
Su perfume, dulce y fuerte, llenó la habitación mientras caminaba hacia mí con pasos lentos. Su vestido, ajustado en todos los lugares correctos, dejaba claro a qué venía.
"Joder", pensé, sintiendo malestar. Ya no tenía paciencia para esto. Para ella.
-Victoria, no es el momento -dije, cortante, sin levantar la mirada de los papeles.
-Siempre dices eso -murmuró, acercándose más, hasta que sentí el calor de su cuerpo casi pegado al mío. -¿Por qué no dejas de preocuparte tanto por todo y te relajas conmigo?
Pero, como siempre, no lo entendió o, mejor dicho, no quiso entenderlo. Se acercó más, hasta quedar a solo unos centímetros de distancia.
Solté un suspiro pesado, levantándome de la silla. Caminé hacia la ventana, dándole la espalda, mirando las calles de Madrid desde mi oficina en la planta alta. El sol ya se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un tono naranja que normalmente me hubiera calmado. Pero no ahora.
-Victoria -dije, sin voltear. -Estoy cansado.
La sentí acercarse más. Su voz bajó una octava, ese tono sensual que sabía que me había funcionado antes.
-¿Cansado? Yo puedo ayudarte con eso -susurró, deslizando sus manos por mis brazos.
Finalmente me giré, mirándola directamente a los ojos. Mi expresión era fría, distante. No me molesté en disimularlo.
-No me refería a eso. Estoy cansado de esta... situación -espeté, bajando la mirada hacia ella. -No tengo tiempo para esto, ni para ti, Victoria. Es mejor que te vayas.
La sorpresa cruzó su rostro solo por un segundo, pero lo reemplazó con una expresión fría, casi cruel. Siempre había odiado que alguien la rechazara.
-¿Así que ahora soy parte del problema? -dijo, con una risa amarga.
-Sí, Victoria. Y ahora mismo lo que menos necesito son más problemas, -me giré hacia ella, tratando de mantenerme calmado. -Tengo que viajar.
-¿Viajar? -su tono se volvió agudo, su expresión desencantada. -¿A dónde?
-A Latinoamérica. Trabajo. Algo importante -dije con una firmeza que dejaba claro que no hablaría más.
Me miró como si hubiera recibido una cachetada. Sus labios se fruncieron en una sonrisa irónica.
-Siempre trabajo, ¿no? -murmuró, acercándose más, buscando alguna grieta en mi decisión. Puso una mano sobre mi pecho, intentando atraerme hacia ella. -Sabes que puedes dejar todo eso para después. Quédate conmigo esta noche.
Tomé su mano y la aparté. Sus ojos se encendieron, pero no me importó.
-Tengo que irme ya -dije, tomando mi chaqueta del respaldo de la silla.
Y sin darle tiempo a reaccionar, salí de la oficina con la misma rapidez que había decidido marcharme. Sentí una extraña liberación mientras bajaba por el pasillo.
Era oficial: me iba a Latinoamérica.
Cuando llegué a mi apartamento, me quedé unos segundos quieto en la entrada, respirando hondo.
Dejé caer las llaves sobre la mesa de la entrada y mi chaqueta en el respaldo del sillón. El apartamento era espacioso, con muebles de líneas simples y elegantes, como me gustaba.
Todo estaba perfectamente ordenado, como siempre. Un reflejo de mi vida. O al menos, del control que trataba de mantener sobre ella.
Fui directamente a la habitación. Mi maleta estaba en su lugar habitual, lista para comenzar una nueva aventura. Abrí el armario con un tirón y saqué varias camisas, pantalones y lo esencial, todo con movimientos automáticos.
Mientras lo hacía, no pude evitar que los pensamientos comenzaran a arremolinarse en mi mente.
Era absurdo, realmente.
Cualquier otro CEO habría delegado esta situación, habría mandado a un equipo de confianza para que lidiara con el problema.
Pero no yo.
A mí me tocaba ir en persona, no solo por el desajuste en la oficina, sino por esta vida que me estaba asfixiando. Victoria había sido la gota que colmó el vaso. Esa mujer... tan insistente, tan calculadora.
Al principio, me atrajo su seguridad, esa forma en la que siempre parecía conseguir lo que quería, pero ahora solo veía en ella un eco de mis propios problemas. Control, poder, y la constante lucha por mantener el mando en todo.
"¿Cuándo empezó a ser tan agotador?", me pregunté mientras doblaba una camisa blanca y la metía en la maleta.
Todo en Madrid, todo en mi vida aquí, se estaba volviendo insoportable. El trabajo, la presión constante, la gente esperando algo de mí...
No podía permitirme ser el tipo que fallaba, el CEO que dejaba que las cosas se fueran de las manos. Pero, ¿por qué cada vez que lograba mantenerlo todo en su lugar, algo más se salía del control?
No era solo un desastre en la oficina de Latinoamérica. Era yo. Estaba empezando a fallarme a mí mismo.
Me agaché para coger los zapatos de vestir y los coloqué con cuidado en el fondo de la maleta. Mi mente seguía corriendo.
"Felipe, maldito cabrón. Cómo puede tomarse todo tan a la ligera."
Había momentos en que admiraba esa despreocupación en él, pero ahora mismo no entendía cómo no había visto lo que estaba ocurriendo. Me enviaba a mí, sabiendo perfectamente que, si iba, era porque el asunto era mucho más grave de lo que él quería admitir.
"Al menos estaré lejos de aquí", pensé con cierto alivio.
Me dejé caer sobre la cama, el cuerpo pesado, pero la mente todavía a mil por hora. No era la primera vez que tenía que salir corriendo para solucionar un desastre, y probablemente no sería la última.
"No me queda otra que resolver esto", me repetí.
Porque si no lo hacía, si no tomaba el control de esta situación; del trabajo, de mi vida, no estaba seguro de qué quedaría de mí.
Camila
Me desperté de golpe, sobresaltada por el sonido del despertador que llevaba minutos ignorando.
El cansancio me pesaba en los párpados y los músculos me dolían, como si no hubiera dormido en absoluto. Miré el reloj en la mesita de noche y el corazón se me aceleró: las siete y cincuenta.
"¡Mierda!", pensé, mientras saltaba de la cama, casi tropezando con las sábanas enredadas en mis pies.
Los niños llegarían tarde a la escuela, y yo, por supuesto, llegaría tarde al trabajo.
-¡Nathan! ¡Amy! -grité mientras me ponía una camiseta cualquiera y unos pantalones de jean.
No tenía tiempo para nada, excepto para correr. Y ellos tampoco.
Salí del cuarto y corrí al de Nathan. Lo encontré aún en la cama, enredado entre las sábanas como un pequeño bulto.
Los libros de su proyecto de ciencias estaban desparramados por el escritorio, las hojas manchadas de tinta y dibujos torpes que habíamos terminado juntos hasta bien entrada la madrugada. Me acerqué y lo sacudí con suavidad en el hombro.
-Nathan, arriba -le dije con un tono suave, aunque mi urgencia se hacía evidente. -Vamos, llegamos tarde.
-No quiero ir... -murmuró, sin abrir los ojos del todo, y se dio la vuelta para hundirse más en la almohada.
Suspiré, mirándolo con una mezcla de cansancio y ternura. Se había quedado hasta tarde anoche trabajando en su proyecto de ciencias, y sabía que estaba agotado.
Después de la muerte de su madre, hace más de un año, Nathan había perdido algo de confianza. Y yo, su tía de repente convertida en madre sustituta, trataba de llenarle esos vacíos lo mejor que podía.
-Tienes que ir, o todo el esfuerzo que hicimos se va a la basura. Vamos, hoy entregas ese proyecto, ¿recuerdas? -le sonreí, despeinándole un poco el cabello.
Nathan abrió un ojo, me miró unos segundos y asintió, aunque sin muchas ganas. Al menos se incorporó, y eso ya era algo.
Salí de su habitación y caminé hacia la sala, esperando encontrar a Amy lista, pero, claro, tampoco lo estaba.
En lugar de vestirse, estaba en la cocina, parada frente a la sartén, con una expresión concentrada. Un olor quemado ya flotaba en el aire, mezclándose con el aroma de algo que, sospechaba, iban a ser huevos revueltos.
Nathan apareció detrás de mí, arrastrando los pies, y sin dudarlo lanzó el comentario que yo había evitado hacer.
-Eso huele a basurero, Amy -dijo con una risita, tapándose la nariz exageradamente.
Me llevé la mano a la frente, pero no pude evitar sonreír un poco. Amy lo miró de reojo, entre ofendida y frustrada, y movió la sartén tratando de salvar lo que ya estaba perdido.
-Quería preparar algo rápido antes de irnos -dijo, dejándose caer en una silla, dejando la sartén en el fuego con una resignación que me dolió en el alma.
A veces olvidaba que ella también era solo una niña. Sus intentos por ayudar me partían el corazón, sobre todo porque sabía que estaba intentando hacer más de lo que debía, como si también se sintiera responsable de que todo saliera bien en casa.
-Está bien, cariño, no te preocupes -me acerqué a la cocina apagando la hornilla con un giro rápido de la muñeca. -Hoy no hay tiempo para cocinar. Desayunamos algo en el auto, ¿te parece? -le sonreí mientras tomaba un par de barritas de cereal de la despensa y se las ofrecía.
Amy me miró, aún con la expresión de derrota en su rostro, pero aceptó las barritas sin decir nada. Sus ojos me recordaban tanto a los de mi hermana, que un nudo comenzó a formarse en mi garganta.
Me agaché frente a Amy y le di un suave apretón en el hombro, tratando de animarla.
-Hoy será un buen día, ¿de acuerdo? -le dije, tratando de sonar convincente aunque por dentro estaba igual de cansada que ella.
Sabía que, para ellos, yo tenía que mantenerme fuerte, aunque la carga a veces me pesara más de lo que podía admitir.
-Voy a vestirme -murmuró Amy, levantándose de la silla y caminando hacia su habitación, todavía descalza y con el uniforme a medio poner.
-¡Ponte los zapatos también! -grité detrás de ella, ya con un toque de humor en la voz.
Mientras ella desaparecía por el pasillo, Nathan ya se había sentado a la mesa, con su mochila aún abierta y los papeles sobresaliendo de ella. Me acerqué a él y le di un suave empujón en la cabeza con mi mano.
-Y tú también, ¿vale? Zapatos. Y rápido -le dije.
-Ya, ya, tía. -Nathan sonrió, algo más despierto ahora, y agarró su mochila con desgana.
Mientras ellos terminaban de prepararse, yo apoyé las manos en el borde del fregadero, dejando que la frialdad del mármol me diera un poco de claridad. Respiré hondo, cerrando los ojos por un segundo.
"Un día más. Un día más de carreras, de tratar de mantener el equilibrio."
Desde la muerte de mi hermana, todo había cambiado. Mi vida ya no era mía. Ahora era de ellos, de Nathan y Amy. Y aunque daría lo que fuera por mantenerlos a salvo y hacer que todo saliera bien, había días como hoy en los que me preguntaba si lo estaba logrando.
Sacudí la cabeza y volví a enderezarme. No había tiempo para pensamientos pesados.
-¡Nathan, Amy! ¡Vámonos ya! -grité mientras recogía mi bolso y las llaves.
En menos de cinco minutos, los tres estábamos en el auto, casi tropezándonos los unos con los otros para llegar a tiempo.
Me detuve frente a la entrada del colegio y miré por el espejo retrovisor. Amy y Nathan se lanzaron las mochilas al hombro, todavía masticando las barritas de cereal que no habíamos tenido tiempo de terminar en el viaje.
-Se portan bien, ¿si? -les dije, intentando sonar animada, aunque por dentro aún sentía el estrés corriendo por mis venas.
-Lo intentaremos -respondió Nathan con una sonrisa traviesa, abriendo la puerta del auto.
-Eso espero -dijo Amy con un suspiro, siempre más seria, bajando del auto con el uniforme perfectamente puesto.
Los vi caminar hacia la puerta del colegio mientras yo me apresuraba a mirar la hora en el teléfono.
El tráfico estaba lento como siempre, y yo no podía parar de pensar en que otro día más llegaría tarde a la oficina. Apreté las manos sobre el volante, sintiendo la tensión en mis hombros, y traté de respirar hondo.
El auto no parecía avanzar más rápido por mucho que lo deseara. Mi mente seguía corriendo a mil por hora: los pendientes que tenía en el trabajo, los niños, las responsabilidades, las cuentas.
Últimamente todo parecía aplastarme de golpe, como si no hubiera un segundo para mí misma. Apenas podía recordar la última vez que no sentí que estaba corriendo a contrarreloj.
Cuando por fin llegué a la oficina, estacioné como pude y prácticamente salté del auto.
Corrí, ajustándome la cartera al hombro y agarrando los papeles que tenía que entregar esa misma mañana.
Empujé la puerta de cristal de la oficina y entré casi a toda velocidad, con la respiración agitada.
Por supuesto, en mi prisa, apenas levanté la vista y seguí caminando. Y entonces, ocurrió.
Me dí de lleno con un hombre que parecía haber aparecido de la nada. Fue un golpe seco, y todo lo que llevaba en las manos; los papeles del informe, la carpeta con documentos, mi bolso, salió volando hacia el suelo en un caos de hojas desparramadas.
-¡Dios! Lo siento mucho -dije de inmediato, moviéndome para levantar todo, sintiendo mis mejillas arder. Lo último que necesitaba era hacer el ridículo.
El hombre, por su parte, se quedó quieto. No se agachó, no dijo nada. Solo me observaba desde su altura, y por alguna razón, su silencio me molestó más que si hubiera dicho algo. ¿No podía al menos ofrecer una disculpa también?
Mis dedos temblaban un poco mientras juntaba los papeles, aún avergonzada.
Levanté la vista, solo para encontrarme con unos ojos verdes oscuros que me miraban con una expresión seria, distante. No dijo nada.
Me enderecé, con los papeles en las manos y lo miré, esperando algún tipo de respuesta, pero él seguía allí, inmóvil, con las manos en los bolsillos de su pantalón.
Era alto, con una mandíbula firme y una mirada que parecía evaluar todo a su alrededor. Su expresión era fría, como si el pequeño accidente no hubiera sido más que una distracción sin importancia.
-Oh, ya veo... -dije, con una ceja levantada y el sarcasmo goteando de mi voz mientras terminaba de recoger los últimos papeles. -El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.
Por un segundo pensé que iba a decir algo, pero lo único que hizo fue inclinar la cabeza ligeramente, casi como un gesto de asentimiento, y se giró para seguir su camino.
Me quedé allí, atónita. ¿Eso era todo? ¿Ni una palabra?
Lo observé alejarse con esa postura segura, como si el mundo entero girara en torno a él. "Qué tipo más raro." No pude evitar sentir una pequeña decepción mientras terminaba de reorganizar mis papeles.
No había tiempo para quedarme pensando en eso. Seguro que solo era otro ejecutivo arrogante que se creía mejor que todos los demás. Tenía cosas más importantes en las que centrarme.
"Bien, Camila", me dije a mí misma, ajustando la mochila y empujando la puerta hacia el interior de la oficina. "Solo un día más, y esto no importará."
Pero mientras caminaba hacia mi escritorio, volvía a pensar en la cara de ese tipo y en cómo había sido como un muro de piedra: sin disculpa, sin palabras.
"Qué imbécil."
Joaquín
Caminaba por el edificio con la mente en piloto automático.
Después de más de 12 horas de vuelo y apenas un par de horas de sueño, mis pies me guiaban más por costumbre que por voluntad.
Mi objetivo: llegar a la oficina de Felipe, discutir los problemas de la sucursal y empezar a ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo aquí.
Claro, no había necesidad de hacer un escándalo. Solo quería pasar desapercibido por ahora, observar, entender qué estaba fallando antes de tomar cartas en el asunto.
Me dirigí hacia el pasillo cuando, de repente, todo cambió en un segundo.
Me golpeé con alguien de lleno. Sentí el impacto primero en el pecho, como un choque que me sacó de mi ensimismamiento.
Los papeles volaron, hojas desparramadas por el suelo como una explosión de caos. Miré hacia abajo, a la persona contra la que había chocado. Una chica, agachada ya, recogiendo lo que había soltado.
-¡Dios! Lo siento mucho -dijo rápidamente, su voz era suave pero nerviosa.
Se inclinó para recoger los papeles y, durante unos segundos, me quedé allí, inmóvil, mirando cómo sus manos se movían con prisa, recogiendo todo del suelo.
Mis pies se quedaron clavados en el suelo.
No era una reacción habitual en mí; por lo general, estaría ya de camino a otra cosa, sin prestar atención.
Pero algo en ella me detuvo. No era solo el hecho de que me había chocado conmigo; a esas alturas, eso ya no importaba, algo en sus movimientos que me llamó la atención.
Su cabello caía suelto sobre sus hombros, y cuando levantó la mirada por un momento, sus ojos se encontraron con los míos, oscuros, expresivos.
No me moví ni dije nada, a pesar de que algo en mi interior me empujaba a hacerlo. Solo la observé por unos segundos más, tomando cada detalle, aunque sabía que debía seguir mi camino.
Mis manos permanecieron en los bolsillos, el cuerpo rígido, manteniendo esa fachada que ya me había vuelto costumbre.
Se levantó con los papeles apretados contra su pecho y me lanzó una mirada que, al principio, parecía algo avergonzada, pero luego noté el cambio. De vergüenza, pasó a una especie de... enojo.
-Oh, ya veo... -dijo, sus ojos brillando de ironía. -El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.
Me quedé quieto. ¿Qué?
Esa no me la esperaba. Y, aunque en otro momento habría soltado un comentario cortante o simplemente ignorado a la persona, su reacción me arrancó una pequeña sonrisa, aunque ella no la viera.
Algo en su respuesta me descolocó de una manera que no esperaba. Parecía tener carácter, eso estaba claro.
Pero no dije nada. Tal vez porque no sabía qué decir o porque, en ese momento, me di cuenta de que no quería complicar las cosas.
Tenía un propósito aquí, y quedarme demasiado tiempo observando a alguien que ni siquiera conocía no estaba en mis planes.
Así que, con un gesto casi imperceptible, asentí. Algo que podría haber sido un "perdón" en otro idioma, pero sin pronunciarlo. Noté su sorpresa, y cómo su ceja se arqueaba con algo de incredulidad mientras yo, simplemente, me di la vuelta y seguí mi camino.
Sentí sus ojos en mi espalda mientras caminaba hacia la oficina de Felipe. Cada paso que daba, sin embargo, me parecía más pesado de lo normal.
Había algo en la forma en que me habló, en esa mezcla de nerviosismo y sarcasmo, que me dejó pensando. No era común que alguien me hablara así. Y eso me gustó. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me había hablado sin importarle quién era, aunque claramente ella no lo sabía.
Llegué a la oficina de Felipe, empujando la puerta con más fuerza de la necesaria. Lo encontré sentado, con los pies en el escritorio, despreocupado como siempre.
-¡Joaquín! -dijo con esa sonrisa amplia, como si no tuviera una preocupación en la vida. No parecía haber notado el desastre que yo había presenciado en los informes. -¿Qué tal el viaje?
Lo miré, todavía con el eco de esa voz femenina y ese toque de ironía en mi cabeza, pero lo oculté bajo la misma máscara de siempre.
-Largo -respondí, quitándome la chaqueta y dejándola sobre una silla. -Y me parece que esto va a ser más largo de lo que pensaba.
Me miró con una mezcla de curiosidad y diversión, probablemente esperando algún comentario sarcástico de mi parte, pero en mi mente seguía girando esa imagen de la chica del pasillo, su ceja levantada, los papeles en el suelo, y ese tono desafiante que, por alguna razón, no pude ignorar.
Pero me obligué a concentrarme. Había venido aquí por un motivo, y lo demás tendría que esperar.
-¿Por dónde empezamos? -le pregunté, mientras tomaba asiento frente a él.
Pero, incluso mientras hablaba, una parte de mí seguía regresando a ese choque fortuito, a esos segundos de confusión que, por alguna razón, me dejaron más curioso de lo que quería admitir.
Mi amigo estaba sentado en su silla, con los pies aún sobre el escritorio y las manos cruzadas detrás de la cabeza, irradiaba despreocupación.
Yo, en cambio, ya empezaba a sentir cómo la paciencia me flaqueaba. El viaje largo, el cansancio acumulado y, para colmo, el choque con aquella chica que no me había dejado de rondar la cabeza, todo me tenía en un estado que no admitía bromas.
Pero claro, eso a Felipe no le importaba.
Me miraba con esa sonrisa traviesa que siempre anticipaba algún tipo de estupidez. Ya lo conocía demasiado bien.
-Vamos, Joaquín, sígueme -dijo de repente, levantándose de la silla con un resorte de energía que parecía inagotable en él. Me hizo un gesto para que lo siguiera mientras salía de su despacho sin más explicaciones.
-¿Qué demonios tienes en mente? -le pregunté, con el ceño fruncido y una sospecha creciente en la boca del estómago.
Sabía que cuando él tenía esa expresión, no podía significar nada bueno.
-Confía en mí, esto va a ser divertido -respondió, sin volverse a mirarme, mientras me guiaba por el pasillo hasta la oficina abierta.
"¿Divertido para quién?", pensé.
Aunque la verdad, no estaba de humor para sus bromas. Había venido aquí a solucionar un desastre, no a participar en las payasadas de mi mejor amigo.
Al llegar al área común, lo vi detenerse de golpe. Frente a nosotros, un par de empleados, cada uno concentrado en sus computadoras, hablando en susurros o tecleando sin parar.
Y ahí estaba ella, la chica del pasillo, sentada en su escritorio al fondo. Estaba inclinada sobre unos papeles, completamente ajena a lo que Felipe estaba a punto de hacer. Sentí un nudo en el estómago.
Claro, ella también estaba en esta oficina.
Perfecto. Justo lo que necesito.
Felipe se aclaró la garganta y, sin previo aviso, se paró en medio de la sala, llamando la atención de todos. Noté cómo las cabezas se giraban hacia él, y sentí una ola de incomodidad subiendo por mi cuerpo.
"No puede ser...", pensé, pero claro, con Felipe, todo podía ser.
-¡Atención todos! -dijo con ese tono jovial suyo, levantando una mano como si estuviera haciendo un anuncio importante. -Quiero presentarles al nuevo empleado que se nos une hoy. Este es... -Felipe hizo una pausa dramática, volviéndose hacia mí con una sonrisa que me dio ganas de estrangularlo -Joaquín, nuestro nuevo pasante.
Sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza y mis músculos se tensaban de inmediato. ¿Pasante? ¿Qué demonios estaba diciendo este tarado?
Antes de que pudiera abrir la boca para corregirlo; porque, claramente, no iba a dejar que eso pasara sin más, escuché una risa. Al principio fue suave, pero luego se hizo más fuerte.
Levanté la vista y la vi. Ella. La chica del pasillo, con una sonrisa entre burlona y divertida, mirándome directamente.
-Bueno, primero enséñale buenos modales -dijo, con un toque de sarcasmo que, para mi desgracia, hizo eco en toda la oficina.
Felipe soltó una carcajada estruendosa, como si la frase le hubiera parecido la cosa más graciosa del mundo. Y, como era de esperar, los demás empleados se sumaron a la risa, creando una especie de coro que me hizo sentir como si estuviera en medio de una escena de esas comedias de oficina que odio.
-¡Me gusta esta chica! -exclamó Felipe, dándome una palmada en la espalda como si estuviéramos en algún tipo de broma interna.
Me quedé allí, completamente inmóvil, mirando a Felipe y luego a ella, sin saber si lanzarle una mirada asesina a él o a ella.
Sentí cómo mi mandíbula se tensaba mientras trataba de mantener la compostura.
Mi instinto inicial fue dejar que todos supieran quién era realmente, acabar con esa broma de inmediato y poner orden, pero... algo me detuvo. La risa de ella, su sonrisa burlona... de alguna manera, me desarmó por completo.
Felipe seguía riendo, y los empleados miraban, divertidos.
Me costaba creerlo. Yo, Joaquín Salinas, CEO de una empresa multinacional, estaba siendo presentado como pasante. Y no solo eso, estaba siendo ridiculizado, y por alguna razón, no podía encontrar la forma de responder sin parecer un imbécil.
-¿No es muy mayor para ser pasante? -musitó alguien más desde el fondo de la sala, lo que provocó una nueva ronda de risas.
Felipe me miró con esa sonrisa cómplice que siempre tenía cuando conseguía meterse en problemas... o meterme a mí en problemas.
-Ya verás, será divertido -me susurró. -Solo sigue el juego.
Quería decirle que se fuera al diablo, que no estaba en el humor para sus tonterías, pero la situación me superaba.
La miré de nuevo. Ella seguía sonriendo, cruzada de brazos, con los papeles ya organizados sobre el escritorio, observándome con una mezcla de curiosidad y diversión.
Sentí un calor que no esperaba, como una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con la vergüenza.
-Muy bien... -logré murmurar entre dientes, intentando ocultar mi frustración mientras la miraba. -Vamos a ver cuánto tiempo dura este "juego".