Sofía Ramírez abrió los ojos en un hospital, el mundo completamente en blanco.
Su mejor amiga le reveló la brutal verdad: su accidente fue la culminación de siete años de obsesión por Alejandro Vargas, un hombre que la despreciaba y, lo peor, la abandonó en una carretera solitaria por otra.
Aun sin recuerdos, su móvil era un archivo viviente de humillaciones y llamadas no respondidas, y el encuentro con él en el hospital confirmó su cruel indiferencia.
Pero la traición definitiva llegó en un evento público, donde Alejandro, sin dudar, la empujó a una fuente, una dolorosa humillación que desató una avalancha de todos sus recuerdos.
¿Cómo pudo una Sofía haber soportado tanto desprecio y traición, incluso viendo cómo él la ignoraba en un incendio mientras salvaba a Isabella?
Libre ya de ese pasado tóxico, y con el apoyo inquebrantable de Mateo, Sofía decidió que era hora de enfrentar la injusticia, reescribir su propia historia y construir un futuro donde el verdadero amor y el respeto florecieran.
Sofía Ramírez abrió los ojos.
Todo era blanco.
Un pitido constante sonaba a su lado.
"¿Dónde estoy?", preguntó, la voz ronca.
Valeria Vargas, su mejor amiga, se inclinó sobre ella.
"En el hospital, Sofi. Tuviste un accidente de coche."
Sofía frunció el ceño.
"¿Accidente? No recuerdo..."
Valeria la observaba con una mezcla de preocupación y algo más, algo que Sofía no pudo descifrar.
"Llamó Alejandro. Estaba... bueno, preguntó por ti."
Sofía la miró, confundida.
"¿Alejandro? ¿Quién es Alejandro?"
Valeria suspiró, un gesto de cansancio.
"No empieces otra vez con tus bromas, Sofía. Sabes perfectamente quién es Alejandro Vargas."
"No, de verdad," insistió Sofía, la confusión genuina en su rostro. "No sé quién es."
Para convencerla, Sofía juró por la memoria de su abuela, lo más sagrado para ella.
Valeria vio la sinceridad en sus ojos.
La ligera irritación en el rostro de Valeria se transformó en pura alarma.
"Dios mío, Sofi. ¿De verdad no lo recuerdas?"
Sofía negó con la cabeza, sintiendo un vacío donde debería haber un nombre, un rostro.
Valeria se sentó al borde de la cama, con el rostro pálido.
Le costaba empezar, las palabras parecían atascarse en su garganta.
"Alejandro Vargas..." comenzó Valeria con voz temblorosa. "Lo conociste en la universidad. Estabas... bueno, estuviste obsesionada con él durante siete años."
Sofía escuchaba, intentando encajar esa información en su mente en blanco.
Obsesionada. Siete años.
"Lo perseguiste," continuó Valeria, la voz cargada de un dolor antiguo, como si reviviera cada momento. "Soportaste desprecios, humillaciones. Él... él nunca te tomó en serio."
Sofía sintió una punzada, un dolor que no era suyo pero que resonaba en su interior.
"El accidente," Valeria tragó saliva, "ocurrió porque Alejandro te dejó tirada en una carretera secundaria. Había una tormenta terrible."
"¿Me dejó tirada?", repitió Sofía, incrédula.
"Sí. Para ir a recoger a Isabella Montoya. Su exnovia. La que él siempre ha idealizado. Volvía del extranjero."
Isabella Montoya. Otro nombre vacío.
Sofía se llevó una mano a la cabeza. Sentía que iba a estallar.
Valeria le pasó el móvil a Sofía.
"Mira. Quizá esto te ayude."
Sofía lo tomó con manos temblorosas.
La contraseña. Valeria se la dijo.
"Es la fecha de cumpleaños de Alejandro."
Sofía la introdujo. El móvil se desbloqueó.
Abrió la galería de fotos. Cientos de imágenes.
Muchas de un hombre atractivo, de sonrisa fácil pero mirada fría. Alejandro.
En las fotos donde aparecía ella, una versión de sí misma que no reconocía, él casi nunca la miraba. Y si lo hacía, era con indiferencia, a veces con fastidio.
Luego, los mensajes. Conversaciones unilaterales. Declaraciones de amor de ella. Respuestas cortas, monosilábicas de él. O silencios.
Encontró un diario íntimo digital.
Entradas desgarradoras. Días, semanas, meses, años de anhelo y dolor.
"Hoy Alejandro me ha ignorado en la presentación."
"Isabella ha vuelto a escribirle. Él parecía feliz."
"Me ha dicho que soy una carga."
Sofía leía y sentía el dolor de esa otra Sofía, la que había olvidado. Un dolor ajeno, pero profundo.
Se horrorizó. ¿Cómo pudo alguien vivir así?
Con una determinación fría, Sofía empezó a borrar.
Primero las fotos de Alejandro. Todas.
Luego su número de la agenda de contactos.
Después, los mensajes. Hilo por hilo.
Cambió la contraseña del móvil. Ya no sería su cumpleaños.
Cada toque en la pantalla era un pequeño acto de liberación.
Sentía como si estuviera limpiando una herida infectada.
El dolor por su "yo" del pasado era intenso, una empatía que la ahogaba.
Pero también sentía una rabia sorda contra ese hombre, Alejandro, que solo conocía por imágenes y palabras crueles.
Y una rabia contra sí misma, la Sofía olvidada, por haberse sometido a tanto.
Cuando terminó, respiró hondo.
Llamó a sus padres. Vivían en Sevilla.
"Mamá, papá... he decidido aceptar la beca."
Hubo un silencio sorprendido al otro lado de la línea.
"¿La beca de investigación en arquitectura sostenible en Sevilla?", preguntó su madre.
"Sí. La que pospuse." Sofía no añadió "por Alejandro". No hacía falta. Ellos lo sabían.
"Hija, ¿estás segura? ¿Y Alejandro?", preguntó su padre con cautela.
"No hay ningún Alejandro," dijo Sofía con firmeza. "Ese capítulo se cerró."
Era su forma de romper, de empezar de nuevo.
Sevilla. Un nuevo comienzo. Lejos de Madrid, lejos de un pasado que, aunque olvidado, la llenaba de una tristeza prestada.
Días después, Sofía seguía en el hospital en Madrid.
Se recuperaba lentamente de las heridas del accidente.
Valeria la visitaba a diario, trayéndole noticias del exterior, intentando llenar los huecos de su memoria con cuidado, evitando los temas más dolorosos.
Una tarde, mientras Valeria había salido a por un café, Sofía decidió dar un pequeño paseo por el pasillo, agarrada al soporte del gotero.
Al doblar una esquina, casi choca con un hombre alto.
Él la miró con fastidio.
"¿Es que no ves por dónde vas?", dijo él con voz arrogante.
Sofía levantó la vista. Era el hombre de las fotos. Alejandro Vargas.
No sintió nada. Ni reconocimiento, ni el dolor que había visto en su diario. Solo una extraña incomodidad ante su hostilidad.
"Lo siento," murmuró ella.
Alejandro la escrutó de arriba abajo. Una mueca de desdén se dibujó en sus labios.
"¿Hasta el hospital me sigues, Sofía? ¿No te cansas nunca?"
Sofía parpadeó, confundida por la acusación.
"Yo... no te estaba siguiendo. Estoy ingresada aquí."
Él soltó una risita incrédula.
Justo en ese momento, una mujer elegante y llamativa salió de una habitación cercana.
Isabella Montoya. Sofía la reconoció por las pocas fotos que había visto en su móvil antes de borrarlas.
"Alejandro, cariño, ¿qué pasa?", preguntó Isabella con voz melosa, acercándose a él y tomando su brazo.
Toda la atención de Alejandro se volcó en ella. Su expresión se suavizó.
"Nada, mi amor. Solo un pequeño tropiezo," dijo él, acariciándole la mano.
Isabella miró a Sofía. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Oh, Sofía, ¿verdad? Alejandro me ha hablado de ti."
La forma en que lo dijo, el tono, implicaba que lo que le había contado no era precisamente bueno.
Sofía se sintió pequeña, expuesta.
"Ella es... una antigua compañera de la universidad," dijo Alejandro, presentándola de forma casual, casi despectiva. "Trabajó un tiempo en la firma."
Como si fuera una nota a pie de página en su vida.
La frialdad con la que pronunció esas palabras confirmó todo lo que Valeria le había contado y lo que ella misma había leído.
Este hombre era incapaz de sentir empatía.
Isabella se acercó un poco más a Sofía.
Su perfume era caro y abrumador.
"Pobrecita, he oído lo de tu accidente. ¿Estás bien?"
La preocupación en su voz sonaba completamente falsa. Un teatro bien montado.
Sofía solo asintió, incapaz de articular palabra.
Alejandro, mientras tanto, miraba a Isabella con adoración, ajeno a la tensión, o quizás ignorándola deliberadamente.
No le dirigió ni una mirada a Sofía, ni una palabra de cortesía por su estado.
Para él, Sofía seguía siendo invisible, una molestia.
La Sofía del pasado se habría desmoronado.
Pero la Sofía amnésica sintió una aversión instintiva, una necesidad de alejarse de esa pareja.
Se dio la vuelta sin decir nada más y caminó lentamente de regreso a su habitación.
Alejandro la siguió con la mirada.
Notó algo diferente en ella.
Normalmente, Sofía se habría quedado, habría intentado hablar con él, habría buscado su atención de alguna forma.
Hoy, simplemente se había ido.
Había una dignidad en su retirada que lo sorprendió ligeramente.
Incluso una indiferencia que nunca antes había visto en ella.
Frunció el ceño por un instante, una fugaz perplejidad.
Luego, Isabella le susurró algo al oído y él sonrió, olvidándose de Sofía al instante.
Ella no era más que un recuerdo molesto, una anécdota pasajera.
O eso creía él.