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Un Destino Cruel: Amor en Cautiverio

Un Destino Cruel: Amor en Cautiverio

Autor: : Vivie Doeringer
Género: Mafia
El olor a pintura, cemento y el bullicio de Tepito eran el mundo de Sofía, una artista que plasmaba en murales los rostros olvidados, exigiendo justicia con cada trazo. Un día, su vida dio un giro brutal cuando "El Patrón", el temible dueño de la ciudad, se fijó en su talento y, sin dudarlo, la secuestró para convertirla en su "artista personal". Enjaulada en un palacio de oro y miedo, Sofía se vio forzada a fingir amor y adaptarse a un infierno de lujo y crueldad, sobreviviendo a base de engaños, manipulaciones y sacrificios impensables, incluso el de su inocencia y parte de su alma. ¿Por qué ella? ¿Por qué esta cruel paradoja la obligaba a pintar la jaula que la aprisionaba mientras el odio crecía en su pecho? ¿Por qué el hombre que creyó su única familia, Mateo, se convirtió en una sombra indescifrable? Pero el golpe más devastador llegó cuando Mateo le reveló la verdad: sus padres no murieron en un accidente, fueron asesinados por "El Patrón". Y su abuela, Doña Elvira, lo sabía todo, preparando el terreno para una venganza que trascendía generaciones. Con la verdad revelada y el fuego de la venganza ardiendo, Sofía, con la astucia de un depredador y la ayuda leal de quienes amaba, se preparó para tomar el trono, no para gobernar, sino para quemar el imperio de sangre de su captor hasta los cimientos.

Introducción

El olor a pintura, cemento y el bullicio de Tepito eran el mundo de Sofía, una artista que plasmaba en murales los rostros olvidados, exigiendo justicia con cada trazo.

Un día, su vida dio un giro brutal cuando "El Patrón", el temible dueño de la ciudad, se fijó en su talento y, sin dudarlo, la secuestró para convertirla en su "artista personal".

Enjaulada en un palacio de oro y miedo, Sofía se vio forzada a fingir amor y adaptarse a un infierno de lujo y crueldad, sobreviviendo a base de engaños, manipulaciones y sacrificios impensables, incluso el de su inocencia y parte de su alma.

¿Por qué ella? ¿Por qué esta cruel paradoja la obligaba a pintar la jaula que la aprisionaba mientras el odio crecía en su pecho? ¿Por qué el hombre que creyó su única familia, Mateo, se convirtió en una sombra indescifrable?

Pero el golpe más devastador llegó cuando Mateo le reveló la verdad: sus padres no murieron en un accidente, fueron asesinados por "El Patrón". Y su abuela, Doña Elvira, lo sabía todo, preparando el terreno para una venganza que trascendía generaciones.

Con la verdad revelada y el fuego de la venganza ardiendo, Sofía, con la astucia de un depredador y la ayuda leal de quienes amaba, se preparó para tomar el trono, no para gobernar, sino para quemar el imperio de sangre de su captor hasta los cimientos.

Capítulo 1

El olor a pintura en aerosol y a cemento húmedo era el perfume de Sofía.

Se aferraba a su ropa, a su pelo, a la piel debajo de sus uñas.

Desde lo alto del andamio, el barrio se extendía como un monstruo de ladrillos sin pintar y techos de lámina, un laberinto de callejones donde el sol apenas se atrevía a entrar.

Abajo, el ruido de la vida no paraba, una mezcla de cumbias escapando de ventanas abiertas, el grito del que vende tamales y el ladrido de perros callejeros.

Este era su mundo. Tepito. El corazón bravo de la Ciudad de México.

Y Sofía lo pintaba.

Su mural era enorme, cubría toda la pared de un edificio de tres pisos. No eran flores ni paisajes bonitos. Eran rostros. Rostros de jóvenes desaparecidos, de mujeres asesinadas, de gente olvidada por el sistema. Sus ojos, pintados con un realismo brutal, parecían mirar directamente a la calle, exigiendo justicia.

Su abuela, Doña Elvira, estaba sentada en una silla de plástico en la entrada de su pequeña casa, justo al otro lado de la calle. No decía nada. Solo miraba. Sus ojos, pequeños y afilados como obsidiana, no se perdían ni un solo movimiento de su nieta.

Doña Elvira era una leyenda en el barrio. Una mujer que había sobrevivido a todo y a todos. Se decía que conocía los secretos de cada familia, que los políticos la buscaban en tiempos de elecciones y que los criminales le pedían consejo. Su poder no estaba en el dinero ni en las armas, sino en una red de favores y miedos que había tejido durante décadas.

Ella era la única familia que Sofía tenía, la muralla que la separaba de los peligros que acechaban en cada esquina.

Sofía bajó del andamio para admirar su trabajo. La cara de una madre buscando a su hijo la miraba con una tristeza infinita. Había capturado su dolor.

"Te va a quedar bien, mija," dijo una voz rasposa a su espalda.

Eran "El Cacas" y sus dos amigos, los parásitos del barrio. Siempre buscando a quién molestar.

"¿Qué quieres, Cacas?" respondió Sofía sin voltearse, limpiando una boquilla de aerosol con un trapo.

"Nomás admirando el arte," dijo con una sonrisa burlona. "Aunque como que le falta color, ¿no? Algo más alegre. Unas chichis o algo."

Sus amigos se rieron.

Sofía se giró lentamente. Los miró de arriba abajo, con una calma que los puso nerviosos.

"Esta pared tiene más memoria que tú y tus dos neuronas," dijo Sofía, su voz plana. "Y cuenta historias más importantes que las pendejadas que se te ocurren. Así que lárguense antes de que se conviertan en un mal recuerdo."

El Cacas se puso rojo. Dio un paso adelante.

"¿A quién le dices pendejo, pinche artistilla de cagada?"

"Al que le quede el saco," respondió Sofía, sin retroceder ni un centímetro.

En ese momento, la puerta de la casa de Doña Elvira rechinó al abrirse un poco más. Nadie salió, pero todos sintieron la mirada desde la oscuridad del interior. Fue suficiente.

El Cacas tragó saliva. Miró a la puerta, luego a Sofía.

"Hoy estás de suerte," masculló. "Vámonos, güeyes."

Se fueron, tropezando con sus propios pies.

Sofía soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y volvió a su mural. Sabía que eso no se quedaría así. El Cacas era un idiota, pero un idiota con orgullo.

Esa noche, mientras cenaba unos tacos de suadero con su abuela, no hablaron del incidente. Hablaron del clima, del precio del aguacate, de cualquier cosa. Pero cuando Sofía se fue a dormir, escuchó a su abuela hacer una llamada.

Su voz era baja, casi un susurro, pero las palabras eran duras como piedras.

"Te encargo a un muchacho, se apoda 'El Cacas' . Anda molestando. Dale un susto, que aprenda a respetar."

Hubo una pausa.

"No, nada más un susto. Pero uno bueno. Que no se le olvide."

A la mañana siguiente, el barrio amaneció con un rumor. Al Cacas y a sus amigos los habían levantado en una camioneta sin placas. Nadie vio nada, pero todos sabían. Horas después, los encontraron en los límites de la ciudad, golpeados, sin zapatos y con la cabeza rapada.

Nunca volvieron a acercarse a menos de tres cuadras del mural de Sofía.

Sofía sintió un escalofrío. El poder de su abuela era real, silencioso y terriblemente efectivo. Era su protección, pero también su jaula.

Los días siguientes fueron tranquilos. Sofía casi terminó el mural. La gente del barrio pasaba y le dejaba una botella de agua, una fruta, una palabra de aliento. Su arte era la voz de todos ellos.

Entonces, una tarde, todo cambió.

El ruido familiar de la calle se cortó de repente. Un silencio pesado, antinatural, cayó sobre Tepito. Sofía, en lo alto del andamio, sintió el cambio en el aire.

Bajó la mirada.

Tres camionetas negras, Suburban del año con vidrios polarizados, habían bloqueado la calle. Hombres con ropa de marca y armas largas que no intentaban ocultar bajaron de ellas, moviéndose con una eficiencia profesional que helaba la sangre.

La gente desapareció. Las puertas se cerraron, las cortinas se corrieron. El barrio entero contuvo la respiración.

De la camioneta del medio bajó un hombre. Era alto, vestía un traje caro sin corbata y tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sus botas de piel de cocodrilo resonaron en el pavimento silencioso. Irradiaba un aura de poder absoluto y crueldad casual.

Era él. "El Patrón" .

El hombre cuyo nombre solo se susurraba. El dueño de la ciudad, el señor de la vida y la muerte.

Ignoró a los hombres armados, ignoró el barrio entero. Sus ojos se clavaron en el mural. Caminó lentamente hacia él, como si estuviera en una galería de arte. Inclinó la cabeza, estudiando los rostros pintados.

Luego, levantó la vista y sus ojos encontraron a Sofía, paralizada en el andamio.

Su sonrisa se amplió.

"Así que tú eres la artista," su voz resonó en el silencio. No era una pregunta.

El miedo, un miedo frío y paralizante que nunca antes había sentido, se apoderó de Sofía. Sus manos temblaban, la lata de aerosol se sentía como un bloque de hielo.

"Baja de ahí," ordenó El Patrón.

La voz de su abuela sonó desde la puerta de su casa, fuerte y clara.

"Ella no va a ningún lado contigo, Aureliano."

El Patrón se giró para mirar a Doña Elvira. La sonrisa desapareció de su rostro.

"Doña Elvira," dijo con un respeto fingido. "Qué sorpresa. Pensé que ya estaba retirada de los negocios."

"De los tuyos, siempre," respondió la anciana, saliendo a la luz. Sostenía una escoba, pero en sus manos parecía un arma. "La niña se queda. No es parte de tu mundo."

El Patrón se rió, un sonido seco y sin alegría.

"Creo que ahí te equivocas, Doña. Con ese talento, ella es exactamente lo que mi mundo necesita. Me la llevo."

Dos de sus hombres comenzaron a caminar hacia el andamio.

Fue entonces cuando Sofía reaccionó. El instinto de supervivencia gritó más fuerte que el miedo. Dejó caer la lata y saltó del andamio, cayendo al suelo con un golpe que le sacó el aire. No se detuvo. Empezó a correr.

Corrió hacia el laberinto de callejones que conocía como la palma de su mano. Escuchaba los gritos y los pasos pesados de los sicarios detrás de ella.

"¡No le disparen, la quiero viva!" gritó la voz de El Patrón a lo lejos.

Sofía dobló una esquina, luego otra, tirando un puesto de verduras para bloquear el camino. Su corazón latía tan fuerte que sentía que se le saldría del pecho. El aire le quemaba los pulmones.

Conocía un pasadizo, una rendija estrecha entre dos edificios que llevaba a otro patio. Era su única oportunidad.

Se deslizó por la abertura justo cuando uno de los hombres la alcanzaba. Sintió un tirón en su camisa, la tela se rasgó. Pero logró liberarse. Salió al otro lado y siguió corriendo.

Estaba a punto de llegar a la avenida, a la multitud, a la salvación.

Pero otro hombre la estaba esperando.

Salió de la sombra de una puerta, moviéndose con una velocidad y una gracia que no encajaban con su complexión. Antes de que Sofía pudiera gritar o cambiar de dirección, él ya la tenía.

Un brazo de hierro rodeó su cintura, levantándola del suelo. La otra mano le tapó la boca con una fuerza brutal.

Luchó con todas sus fuerzas, pateando, mordiendo, pero era inútil. El hombre era una roca.

La arrastró de vuelta al callejón, hacia la oscuridad.

Cuando sus ojos se encontraron, Sofía vio algo inesperado. El hombre era joven, no mucho mayor que ella. Tenía una cicatriz que le cruzaba una ceja y sus ojos eran oscuros, llenos de un tormento que no pudo ocultar. No había crueldad en su mirada, solo una especie de resignación cansada.

"No grites," susurró, su voz apenas audible sobre la propia respiración agitada de Sofía. "No hagas esto más difícil. Si te resistes, será peor para ti."

Era una amenaza, pero sonaba casi como una advertencia, como un consejo.

Era el Joven Sicario.

La arrastró de vuelta a la calle principal, donde El Patrón la esperaba junto a la puerta abierta de la Suburban. Doña Elvira estaba de pie, inmóvil, rodeada por dos sicarios. Su rostro era una máscara de furia impotente.

Sus miradas se cruzaron. En los ojos de su abuela, Sofía vio una promesa. No de rescate. Sino de venganza.

El Patrón le acarició la mejilla. Su tacto era repulsivo.

"Te dije que vendrías conmigo, florecita," sonrió. "Vas a pintar para mí ahora."

El Joven Sicario la empujó dentro de la camioneta. La puerta se cerró con un sonido pesado y definitivo.

Mientras la Suburban aceleraba, llevándola lejos de su barrio, de su arte, de su única familia, Sofía miró por la ventana polarizada. Lo último que vio fue el rostro de su abuela, una promesa de fuego y sangre en medio del barrio que la había visto nacer y que ahora la veía ser secuestrada.

No lloró. El miedo se había transformado en algo más duro, más frío. Odio.

Y en la oscuridad de la camioneta, sintió la mirada del Joven Sicario sobre ella. No era la mirada de un captor a su prisionera. Era algo más. Algo que no pudo descifrar.

Su nueva vida, o su nueva prisión, acababa de empezar.

Capítulo 2

La hacienda de El Patrón era una monstruosidad dorada en medio de la nada.

Muros altos con alambre de púas, cámaras de seguridad en cada esquina y hombres armados patrullando los jardines perfectamente cuidados. Por dentro, era aún peor. Muebles ostentosos, pieles de animales exóticos en el suelo y grifos de oro en los baños. Todo gritaba "dinero nuevo" y "mal gusto" .

Era un palacio construido con sangre y miedo, y ahora era la jaula de Sofía.

Los primeros días fueron un infierno silencioso. La encerraron en una habitación lujosa pero sin ventanas al exterior. Le daban comida cara que no podía tragar y ropa de diseñador que se sentía como un disfraz. Nadie le hablaba, excepto para darle órdenes.

El Patrón no la tocó. Simplemente la observaba. A veces, entraba en su habitación y se sentaba en un sillón, mirándola durante horas sin decir una palabra, como si fuera un trofeo recién adquirido. Su mirada la desnudaba, la poseía, y Sofía aprendió a construir un muro dentro de su mente, un lugar donde él no podía entrar.

Pero Sofía no era una víctima pasiva. Observaba todo. Los horarios de los guardias, las rutas de patrullaje, las dinámicas de poder entre la gente de El Patrón. Y sobre todo, observaba al Joven Sicario.

Se llamaba Mateo, aunque todos le decían "El Silencio" porque casi nunca hablaba. Era la mano derecha de El Patrón, su ejecutor más letal y, paradójicamente, el encargado de vigilar a Sofía.

Un día, El Patrón finalmente le dio su primera "tarea" .

"Quiero que pintes mi despacho," le dijo, llevándola a una oficina enorme con un escritorio de caoba del tamaño de un coche. "Quiero algo que demuestre mi poder. Leones, águilas, lo que sea. Sorpréndeme."

Le dieron todo lo que pidió: lienzos, pinturas, aerosoles.

Sofía miró las paredes blancas y vio su oportunidad. No pintó leones ni águilas. Pintó una selva. Una selva oscura, densa, llena de depredadores ocultos en las sombras. Ojos brillantes que acechaban, serpientes enroscadas en las ramas. A primera vista era una obra de arte impresionante, llena de vida. Pero si mirabas de cerca, sentías la amenaza, la violencia contenida, la lucha constante por la supervivencia.

Era una metáfora de ese lugar. Y era hermosa.

Cuando El Patrón la vio, se quedó sin palabras. Caminó por el despacho, tocando las paredes, fascinado.

"Cabrón," murmuró. "Esto... esto es más que poder. Es la verdad."

Se giró hacia Sofía, y por primera vez, la miró con algo que parecía admiración.

"Tienes un don, niña. Un don de verdad."

A partir de ese día, su estatus cambió. Ya no era solo la prisionera, el capricho. Era "la artista de El Patrón" . Le dieron más libertad para moverse por la hacienda, siempre bajo la mirada de Mateo.

Esto la puso en contacto con el resto de los habitantes de la jaula dorada. Estaba la amante oficial de El Patrón, una ex reina de belleza llamada Brenda, que la odiaba con cada fibra de su ser operado. Y estaban los lugartenientes, hombres violentos y ambiciosos que veían a Sofía como una nueva amenaza a su posición.

El primer roce ocurrió en el comedor. Sofía estaba sentada sola, comiendo. Brenda entró con dos de sus "amigas" .

"Mira nomás, la pintorcilla ya se cree la dueña," dijo Brenda en voz alta, asegurándose de que todos la escucharan. "Seguro le hizo un trabajito extra al Patrón para que la trate tan bien."

Sofía la ignoró. Siguió comiendo.

Brenda se acercó a su mesa.

"¿Qué, ahora eres sorda? Te estoy hablando, gata."

Sofía levantó la vista lentamente. Dejó los cubiertos sobre el plato.

"¿Sabes cuál es la diferencia entre tu trabajo y el mío, Brenda?" preguntó Sofía, su voz tranquila. "Que mi trabajo va a seguir en esas paredes mucho después de que a ti te cambien por un modelo más nuevo. Y créeme, no falta mucho."

La cara de Brenda se desfiguró por la ira. Le lanzó una copa de vino.

El líquido rojo manchó la blusa blanca de Sofía.

Sofía no se inmutó. No gritó. No se movió. Simplemente se quedó sentada, con la mancha roja extendiéndose sobre su pecho como una herida.

Mateo, que estaba parado en una esquina, dio un paso al frente. Pero Sofía levantó una mano, una señal sutil para que se detuviera.

Se levantó de la silla con una calma aterradora. Miró a Brenda a los ojos.

"Gracias," dijo Sofía. "Necesitaba un poco de rojo para mi próximo mural."

Se dio la vuelta y salió del comedor, dejando a Brenda temblando de rabia y a todos los demás en un silencio atónito.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. No estaba peleando con Brenda. Estaba mandando un mensaje a El Patrón.

Esa noche, El Patrón la mandó llamar a su despacho. El mural de la selva parecía más oscuro, más amenazante que nunca.

"Me contaron lo que pasó en el comedor," dijo, sin mirarla. Estaba de espaldas, sirviéndose un whisky.

"¿Y?" preguntó Sofía.

"Brenda es una idiota. Pero es mi idiota. Nadie la humilla."

"Ella me tiró el vino," dijo Sofía. "Yo solo le dije la verdad."

El Patrón se giró. Sus ojos eran fríos.

"En esta casa, la verdad es lo que yo digo que es. Y tú, por muy artista que seas, sigues siendo mía. Te di libertad, no poder. No lo confundas."

Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Podía oler el alcohol en su aliento.

"Quiero que te disculpes con ella."

Sofía sintió una oleada de desafío. Pero la reprimió. Sabía que una confrontación directa era un suicidio. Tenía que jugar a largo plazo.

Miró al suelo, fingiendo sumisión.

"Lo siento," murmuró. "No volverá a pasar."

La respuesta pareció satisfacerlo.

"Bien," dijo, retrocediendo. "Ahora lárgate. Y ponte algo bonito. Mañana tengo invitados importantes y quiero que estés ahí."

Sofía salió del despacho. Su corazón latía con furia. Pero su mente estaba fría, calculadora. Había mostrado su debilidad a propósito. Había dejado que él creyera que la había doblegado.

Afuera, en el pasillo, Mateo la esperaba. Su rostro, como siempre, era inexpresivo.

"El Patrón a veces... se excede," dijo en voz baja. Era lo más cercano a una disculpa que le había escuchado decir.

"No me importa," respondió Sofía. "Solo hago mi trabajo."

Pero mientras caminaba de regreso a su habitación, una idea comenzó a formarse en su mente. Una idea peligrosa y retorcida.

Necesitaba un aliado. Un aliado leal. Y sabía exactamente cómo conseguirlo.

Al día siguiente, encontró a una de las sirvientas más jóvenes, una chica llamada Lucía, llorando en la cocina. Tenía una marca roja en la mejilla.

"¿Qué te pasó?" preguntó Sofía suavemente.

"Fue la señora Brenda," sollozó la chica. "Dijo que no limpié bien su baño."

Sofía sintió una punzada de ira, pero su rostro no mostró nada. Puso una mano en el hombro de Lucía.

"No te preocupes," le dijo. "Yo me encargo."

Esa tarde, Sofía buscó a Mateo. Lo encontró en el campo de tiro, disparando a siluetas de papel con una precisión aterradora.

Esperó a que terminara de vaciar un cargador.

"Necesito un favor," dijo ella.

Él la miró, levantando una ceja.

"Brenda golpeó a una de las sirvientas. A Lucía."

Mateo no dijo nada. Empezó a recargar su pistola.

"Esa chica tiene un hermano pequeño," continuó Sofía. "Está enfermo. Necesita medicinas caras. Ella es la única que trabaja para mantenerlo."

Mateo siguió en silencio, pero sus manos se detuvieron por un segundo.

"El Patrón nunca se va a enterar. Y si lo hace, no le va a importar. Para él, Lucía no es nadie," dijo Sofía, su voz cargada de una falsa desesperanza. "Supongo que así son las cosas aquí. Los fuertes abusan de los débiles. Y nadie hace nada."

Se dio la vuelta para irse, como si hubiera perdido toda esperanza.

"Espera," dijo Mateo.

Sofía se detuvo, de espaldas a él. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, una que él no podía ver.

"¿Qué quieres que haga?" preguntó él.

"Nada," respondió Sofía, girándose para mirarlo. Sus ojos estaban llenos de una tristeza calculada. "No puedes hacer nada. Si te enfrentas a Brenda, El Patrón se enojará contigo. Podrías perder tu posición. O algo peor. No vale la pena por una sirvienta."

Lo estaba retando. Estaba apelando a ese trozo de humanidad que vio en sus ojos el día que la capturó.

"No te preocupes por mí," dijo Mateo. "Brenda no volverá a tocarla."

Esa noche, hubo una discusión terrible en la habitación de Brenda. Gritos, cosas rompiéndose. Sofía escuchó todo desde su cuarto.

A la mañana siguiente, Brenda apareció con unas gafas de sol enormes que no ocultaban la hinchazón alrededor de un ojo. Y Lucía pudo trabajar en paz.

Pero Sofía sabía que había puesto a Mateo en una posición imposible. Lo había obligado a elegir entre su lealtad a El Patrón y su propio código moral.

Y esa era solo la primera parte de su plan.

Días después, Sofía estaba trabajando en un nuevo mural en uno de los patios interiores. Lucía se acercó tímidamente.

"Gracias, señorita Sofía," susurró. "La señora Brenda ya no me molesta."

"No me agradezcas a mí," dijo Sofía, sin dejar de pintar. "Agradécele a Mateo. Él fue quien habló con ella."

Luego, con una voz conspiradora, añadió: "Pero ten cuidado. Brenda le contó todo al Patrón. Dijo que Mateo la amenazó. Está furioso con él. No sé qué le vaya a hacer."

Era una mentira. Pero una mentira perfecta.

El pánico se apoderó del rostro de Lucía.

"¡No! ¡Es mi culpa! ¡Él solo me defendió!"

"Lo sé," dijo Sofía, su voz llena de una falsa compasión. "Pero El Patrón no escucha. Valora más a su amante que a su mejor hombre."

Dejó que la idea se asentara en la mente de la chica.

Esa tarde, durante la cena con los invitados importantes, mientras El Patrón presumía su poder y su riqueza, Lucía, la sirvienta invisible, hizo algo impensable.

Se acercó a la mesa, temblando de pies a cabeza.

"Patrón," dijo, su voz apenas un hilo.

Todos se callaron. El Patrón la miró con fastidio.

"¿Qué quieres? Estoy ocupado."

"Es sobre la señora Brenda," dijo Lucía, las lágrimas corriendo por sus mejillas. "Ella miente. El señor Mateo nunca la amenazó. ¡Fui yo! ¡Yo la insulté! ¡Le dije que usted se iba a cansar de ella! ¡Por eso me pegó! ¡El señor Mateo solo me dijo que me callara! ¡Él es leal a usted, Patrón! ¡A mí deberían castigarme!"

La sala quedó en un silencio sepulcral.

Brenda se puso pálida. El Patrón miró de Lucía a Brenda, y luego a Mateo, que estaba de pie junto a la pared, con el rostro como una piedra.

Sofía, sentada en un rincón, observaba la escena con el corazón helado.

El sacrificio de Lucía era el movimiento final de su trampa.

El Patrón se levantó. Caminó hacia Brenda.

"¿Me has estado mintiendo?" gruñó.

"¡No! ¡Aureliano, mi amor, la sirvienta está loca!" gritó Brenda.

Pero la duda ya estaba sembrada. La lealtad de Mateo contra la palabra de una amante celosa. La confesión desesperada de una sirvienta.

El Patrón abofeteó a Brenda con tal fuerza que la tiró de la silla.

"¡Llévensela!" le gritó a dos guardias. "No la quiero volver a ver en mi vida."

Luego miró a Lucía, que seguía arrodillada y llorando.

"Y a ti... aprecio tu lealtad. Pero aquí nadie me interrumpe." Hizo un gesto a otro guardia. "Llévala a la cocina. Que le den una lección."

Finalmente, sus ojos se posaron en Sofía. La miró durante un largo rato, una mirada indescifrable.

Sofía sostuvo la mirada, su rostro una máscara de inocencia y conmoción.

Pero por dentro, sentía un triunfo frío y amargo.

Había sacrificado a una sirvienta inocente y destruido a su rival. Y todo sin mancharse las manos.

Había demostrado que en esta selva, ella también podía ser una depredadora.

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