Conocí a Ricardo Solís por primera vez como una humilde pasante en el prestigioso "Bufete Solís". Nunca imaginé que mi destino se entrelazaría con el suyo de la forma más retorcida. La abuela de Ricardo, Elena Solís, la matriarca del bufete, me hizo una propuesta que no pude rechazar: ascender a asistente personal de su nieto, con la condición de seducirlo y que se casara conmigo en seis meses, o perdería todo.
Intenté de todo para llamar su atención, pero él era un témpano de hielo. Hasta que, bajo la presión de Elena, me vi obligada a recurrir a un acto desesperado: drogar a Ricardo en una gala. La noche siguiente, me desperté sola en una suite de hotel, con un fajo de billetes y una nota de Elena confirmando que "mi puesto estaba seguro". Pero la mirada de Ricardo al día siguiente, ni enfadada ni fría, sino extrañamente intrigada, me hizo comprender que él sabía. La cruda verdad es que no sólo no me despidió, sino que empezó a acercarse a mí.
Pronto, me enamoré perdidamente del hombre al que había engañado. Pero mi felicidad duró poco. Elena me recordó mi lugar: yo era un "medio para un fin". Y el fin llegó en la siguiente gala de la empresa, cuando Elena anunció el compromiso de Ricardo con otra mujer. Destrozada, huí de esa vida y de esa ciudad, llevándome el "bono" de Elena y una verdad impactante.
Sola en un pueblo costero, me enfrenté a la realidad. No era un ascenso; era una prueba de embarazo con dos líneas. Cinco años después, mi hijo, Leo, la viva imagen de su padre, crecía feliz en "El Refugio de las Palabras", mi pequeña librería. Nuestro mundo idílico se vino abajo cuando Ricardo Solís apareció en la puerta de mi tienda.
La conversación que siguió en la playa reveló verdades impactantes. La frialdad de Ricardo, el "accidente" de las pastillas, su conocimiento del engaño... todo fue parte de su propio y desesperado plan para escapar del control de su abuela. Cuando Elena llegó para reclamar a su "heredero", Ricardo, sin dudarlo, defendió nuestra familia. Se quedó, renunció a su carrera, construyó una nueva vida para nosotros. Y mientras caminábamos por la playa, Leo correteando delante de nosotros, me preguntó: "¿Te casarías conmigo?"
Sofía se ajustó el gafete de pasante del "Bufete Solís". El plástico barato se sentía fuera de lugar contra la seda de su blusa, la única que tenía para ocasiones importantes.
El bufete era un mundo aparte, un universo de caoba, piel y susurros de poder. Aquí, hasta el aire parecía caro.
Ella era una pieza más en el engranaje, una chica humilde con sueños demasiado grandes para su cartera. Su trabajo consistía en sonreír, ser eficiente y, sobre todo, invisible.
Pero la dueña del bufete, la matriarca Elena Solís, había decidido hacerla visible.
La señora Solís la había llamado a su oficina, un santuario con vistas a toda la ciudad.
"Sofía," dijo Elena, sin levantar la vista de unos papeles. "Eres una chica inteligente. Observadora."
"Gracias, señora Solís."
"Mi nieto, Ricardo, es el futuro de esta firma," continuó Elena, ahora sí, clavando sus ojos fríos en ella. "Es brillante, dedicado. Demasiado dedicado."
Sofía asintió, sin saber qué decir. Conocía a Ricardo Solís de vista. Era el sol alrededor del cual giraba todo el bufete. Un hombre alto, impecablemente vestido, con una mirada que parecía atravesar a las personas para ver el siguiente punto en su agenda. Era guapo de una forma intimidante, inalcanzable.
"Un hombre necesita una familia, Sofía. Estabilidad. Le da perspectiva, lo ancla a la tierra," sentenció Elena. "Ricardo solo piensa en el trabajo y eso me preocupa. Quiero que se case, que tenga herederos."
El corazón de Sofía empezó a latir con fuerza. No entendía a dónde quería llegar la señora Solís.
"Te he observado," dijo Elena. "Eres discreta, sabes cuál es tu lugar y tienes ambición. Por eso te he elegido para que seas su asistente personal."
A Sofía se le cortó la respiración. ¿Asistente personal del señor Solís? Era el ascenso que había soñado.
"Pero hay una condición," añadió la matriarca, y su voz se volvió seda afilada. "Tu verdadero trabajo no será organizar su agenda. Será organizar su vida personal."
Sofía la miró, confundida.
"Quiero que te ganes su interés, Sofía. Que hagas que te vea como mujer. Tienes seis meses para que Ricardo formalice una relación contigo."
La mandíbula de Sofía casi cae al suelo.
"Señora, yo..."
"Si lo logras," la interrumpió Elena, "tu futuro en esta firma está asegurado. Tendrás un contrato indefinido, un sueldo que ni te imaginas. Si no lo logras," su sonrisa desapareció, "tu contrato de pasantía no será renovado. Y me aseguraré de que no encuentres trabajo en ningún otro bufete de la ciudad. ¿Entendido?"
Era un ultimátum. Una orden envuelta en una amenaza.
Sofía se sintió atrapada. Su futuro, sus sueños, su capacidad para ayudar a su familia, todo pendía de un hilo. De seducir a un hombre que apenas sabía que ella existía.
"Sí, señora Solís," susurró, la voz apenas un hilo.
"Bien," dijo Elena, volviendo a sus papeles, dándola por despedida. "Puedes empezar mañana. Él ya está avisado de que tendrá una nueva asistente. No me decepciones."
Sofía salió de la oficina sintiendo que el suelo se movía. Se miró en el reflejo de un cristal. Una chica sencilla, sin lujos, sin un apellido importante. ¿Cómo iba a llamar la atención de alguien como Ricardo Solís?
Al día siguiente, con el estómago hecho un nudo, se presentó en la oficina de Ricardo. Él estaba de espaldas, hablando por teléfono. Llevaba un traje gris oscuro que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos.
Cuando colgó, se giró. Sus ojos grises la escanearon de arriba abajo con una indiferencia que la heló por dentro.
"Tú debes ser Sofía," dijo, su voz era grave y sin emoción.
"Sí, señor Solís. Soy su nueva asistente."
"Bien. Mi agenda está en la tablet. Necesito que confirmes mis reuniones de la tarde y que prepares el resumen del caso Ferrer. Lo quiero en mi escritorio en una hora."
No hubo una sonrisa, ni una palabra de bienvenida. Solo órdenes.
Sofía pasó el día intentando hacer su trabajo a la perfección. Le llevó un café, exactamente como le habían dicho que le gustaba.
Lo dejó en su escritorio, diciendo en voz baja: "Su café, señor Solís."
Él ni siquiera la miró.
"Déjalo ahí," murmuró, sin apartar los ojos de la pantalla de su computadora.
El rechazo fue como una bofetada silenciosa. Era más que indiferencia, era un muro de hielo. Se dio cuenta de que la tarea que le había encomendado Elena no era difícil. Era imposible.
Cuando Sofía regresó esa noche al pequeño cuarto que compartía con otras dos pasantes, el ambiente estaba cargado.
Mariana, una chica de familia acomodada que veía la pasantía como un pasatiempo, la miró con una sonrisita burlona.
"¿Qué tal el primer día con el dios griego, Sofi? ¿Ya te pidió matrimonio?"
La otra chica, Laura, que era más callada pero igual de competitiva, soltó una risita.
"Déjala, Mariana. Seguro que el señor Solís ni se dio cuenta de que existe."
Sofía no dijo nada. Dejó su bolso en la cama y se quitó los zapatos. Sentía el peso del día en sus hombros. La indiferencia de Ricardo, la burla de sus compañeras, la presión insoportable de Elena. Se sentía sola, completamente sola en esa jungla de apariencias.
Mariana continuó su ataque.
"Escuché que la abuela te eligió a dedo. Qué suerte tienes. Algunas tenemos que trabajar duro para que nos noten, pero a ti te lo han puesto en bandeja de plata."
"No sabes de lo que hablas," respondió Sofía, su voz sonando más cansada de lo que pretendía.
"Claro que sé," insistió Mariana, levantándose de su cama. "Todas sabemos para qué te puso ahí la vieja. Quiere una nietecita política dócil y manejable. Y tú eres la candidata perfecta."
Sofía sintió una oleada de rabia y humillación. Pero sabía que discutir era inútil. Ellas no entendían su desesperación, la necesidad que tenía de ese trabajo. Para ellas era un juego, para Sofía era su vida.
Se metió en la cama y se tapó hasta la cabeza, ignorando sus risas. Debajo de las sábanas, las lágrimas que había contenido todo el día comenzaron a brotar. Lloró en silencio, por la injusticia, por la impotencia.
Pero mientras las lágrimas corrían, una chispa de determinación se encendió en su interior. No iba a dejarse vencer. No les daría la satisfacción de verla fracasar. Si tenía que jugar este juego sucio para conseguir su libertad y un futuro, lo haría. Se secó las lágrimas con rabia. Mañana sería otro día.
A la mañana siguiente, llegó al bufete antes que nadie. Preparó la oficina de Ricardo, ordenó sus documentos y le preparó un café recién hecho. Recordó un detalle que escuchó por casualidad: a Ricardo le gustaba el pan dulce de una panadería artesanal que estaba al otro lado de la ciudad.
Sin pensarlo dos veces, salió del edificio, tomó un taxi y fue a comprar una concha de vainilla, su favorita según los rumores.
Cuando regresó, Ricardo ya estaba en su oficina, reunido con dos socios importantes. Ella entró con la cabeza gacha.
"Disculpen. Señor Solís, su café y... le traje esto."
Dejó la taza y la bolsita de papel sobre su escritorio.
Ricardo levantó la vista, y por primera vez, vio un destello de algo que no era indiferencia en sus ojos. Era molestia. Pura y dura.
Los otros dos abogados la miraron con curiosidad. La situación era incómoda.
"Sofía, estamos en una reunión," dijo Ricardo, su voz era un témpano de hielo. "Llévate eso. Y no vuelvas a interrumpir."
La humillación la golpeó con fuerza, un calor que le subió por el cuello hasta las mejillas. Se sentía como una idiota. Los otros abogados disimularon una sonrisa.
"Lo... lo siento, señor," balbuceó, recogiendo la bolsa de pan. Salió de la oficina casi corriendo, sintiendo sus miradas clavadas en su espalda.
El resto del día fue una tortura. Ricardo no le dirigió la palabra, comunicándose solo a través de correos electrónicos cortantes.
A última hora de la tarde, el teléfono de su escritorio sonó. Era la extensión de Elena Solís.
"¿Cómo va todo, Sofía?" preguntó la voz aterciopelada de la matriarca.
"Bien, señora. Estoy aprendiendo la rutina del señor Solís."
Hubo un silencio.
"No te pago para que aprendas su rutina, Sofía. Te pago por resultados," dijo Elena, su tono endureciéndose. "¿Ha habido algún progreso?"
"Él... está muy centrado en su trabajo," titubeó Sofía.
"Lo sé. Por eso estás tú ahí," replicó Elena con impaciencia. "El tiempo corre, querida. El cóctel de la empresa es en dos semanas. Espero ver un cambio significativo para entonces, o tendré que empezar a buscar a tu reemplazo."
La llamada terminó. Sofía se quedó mirando el teléfono, el corazón martilleándole en el pecho. Dos semanas. Le había dado un plazo.
La desesperación comenzó a ahogarla. Había intentado ser profesional, atenta, incluso personal. Y todo había fracasado. Ricardo Solís era una fortaleza inexpugnable.
Se dio cuenta de que los métodos convencionales no funcionarían. Las sonrisas, los cafés, los detalles amables... nada de eso rompería su armadura.
Elena no quería progreso. Quería un resultado. Y si no podía conseguirlo por las buenas, solo quedaba un camino. Un camino oscuro y peligroso que nunca pensó que consideraría.
Tenía que tomar una medida extrema. Una que la asustaba, que la repugnaba, pero que parecía la única salida para asegurar su futuro y cumplir con el diabólico pacto que había hecho.