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Un Papa en Apuros ¿En Busca de una Niñera?

Un Papa en Apuros ¿En Busca de una Niñera?

Autor: : Exaly
Género: Aventura
Derek Montenegro es un prestigioso editor en una de las editoriales más importantes del país. Su carrera está llena de éxitos, pero su vida personal enfrenta un problema urgente: su niñera de confianza, quien ha cuidado a sus hijos durante años, había renunciar por razones de salud. Desesperado por encontrar una sustituta, Derek emprende una búsqueda que parece no dar frutos. Cuando las opciones se agotan, acude a su antigua niñera con la esperanza de que pueda ayudarlo. Para su sorpresa, la mujer le recomienda a su nieta, quien llegó a la ciudad hace un año. Sin embargo, cuando Derek conoce a la mujer, siente que la ha visto antes. Hay algo en su mirada, en su voz, que despierta recuerdos borrosos qué no logra recordar. A pesar de la incertidumbre, la mujer acepta el trabajo con una condición: solo estará disponible por unos meses. Ahora, Derek deberá convivir con esta misteriosa y familiar presencia en su hogar mientras sigue buscando una niñera permanente. Pero ¿será realmente temporal su llegada, o terminará alterando su vida de formas que nunca imaginó?

Capítulo 1 1

DEREK

Veo la hora en el reloj de mi muñeca y siento que en cualquier momento voy a explotar. No entiendo qué está pasando. Desde que Lupita enfermo, me conseguí una niñera, pero ni siquiera me ha permitido trabajar bien. No sé si son los niños que no la tratan bien o si ella simplemente no tiene la capacidad. En cualquier momento voy a sacar canas verdes por no saber qué hacer, y peor aún ahora que las vacaciones de los niños están por empezar. No sabré qué hacer con ellos.

Llego tarde otra vez, y el CEO incluso podría darme un memorando. A pesar de que soy uno de los editores más viejo y llevo años trabajando con él, no puedo aprovecharme de su bondad. Alejandro es un hombre sumamente sofisticado. Aunque aparenta ser malhumorado, sé que me comprende. Sin embargo, no puedo abusar de su nobleza y seguir llegando tarde a la editorial.

Cuando la veo venir apresurada, la miro con enojo. Ella baja la cabeza y susurra un "lo siento".

-Ana, otra vez vienes muy tarde. Te pido por favor un poco más de responsabilidad en el trabajo. Yo también necesito llegar a tiempo para no ser despedido.

-Lo siento, señor, es que el tráfico...

-Siempre es lo mismo, Ana. Llevas apenas un mes y ya tienes excusas todos los días. Ya les di desayuno a los gemelos, ahora llévalos a la escuela.

-Sí, sí, lo haré. Discúlpeme, señor. No volverá a pasar.

-Espero que así sea. Luego vendrá la señora a hacer la limpieza. Antes de las 12, ve por los niños. El chófer te llevará.

-Sí, señor. Discúlpeme.

Ruedo los ojos y salgo de mi casa. Entro al porche, subo a mi coche y arranco a toda velocidad. Nuevamente veo la hora: son más de las ocho de la mañana. Mientras manejo, me toco la sien, sintiendo un dolor de cabeza insoportable. Antes de llegar a la editorial, paso por la cafetería y compro un café cargado. No pude descansar anoche revisando informes y organizando la entrega de varios libros. También compro unos panecillos, y al recordar que Laura estará en mi área hoy, le compro un café a ella también.

Al llegar, dejo mi coche en el estacionamiento y subo las escaleras eléctricas. Todos me saludan como siempre, pero yo me ajusto la corbata, temeroso de que mi jefe me reprenda. Entro en mi oficina y le digo a la secretaria que me informe si Alejandro llega.

-Por supuesto, señor Derek -responde con una sonrisa.

Entro y enciendo rápidamente mi computadora. En ese momento, la puerta se abre y aparece el CEO, Alejandro.

-Buenos días. ¿Puedo pasar, amigo Derek?

-Claro, pase, señor.

Me levanto y le indico que tome asiento.

-Discúlpame, Alejandro...

-No te disculpes -me interrumpe-, ya te lo he dicho: llegaste a tiempo. ¿Cómo va todo? Por cierto deja de hablarme formal.

-Como siempre... tengo problemas con la niñera. Y sabes que en el trabajo debe ser así.

El rueda los ojos para luego negar.

Alejandro es mi amigo y siempre me ha aconsejado que no me preocupe si llego tarde, pero no quiero aprovecharme de su bondad, y menos cuando su padre y su madre visitan la editorial. Sé que llevo años trabajando con él, pero no me gusta depender de nadie. Soy un simple trabajador que ha dado lo mejor en este literato y así seguirá siendo siempre.

No soy un empresario, pero sueño con algún día tener mi propio editorial. Me gusta escribir libros y, aunque mi trabajo es demandante, a veces escribo pequeños relatos. Por eso, cuando Alejandro me ofreció un puesto en su prestigiosa agencia literaria como editor, no pude rechazarlo. Sé que es una gran oportunidad y he dado lo mejor de mí.

***El día estaba pasando volando después de hacer unas correcciones a una de las autoras más destacadas de la editorial Literato de Nicaragua. Dejé de hacer lo demás y observé un libro de una nueva autora. Sin embargo, tenía muchos errores ortográficos. Busqué su correo, entré y le envié el borrador para que lo corrigiera nuevamente. Le di unos puntos básicos para que empezara de nuevo con la corrección, de modo que luego yo pudiera hacer la maquetación y enviarle la primera copia en unos quince días.

Al terminar, salí de mi despacho, pero me encontré con Laura. Venía hacia mí y, sin previo aviso, me abrazó. Me alejé un poco, con respeto.

-Recuerda que no estamos en casa, Laura. En la editorial se mantiene la compostura.

-Siempre eres un aguafiestas. Estoy aburrida.

-Yo estoy muy cansado. No nos vamos a poder ver hoy.

-Quiero ir a bailar.

-Pues ve tranquila.

-¿En serio me das permiso?

-¿Desde cuándo tú me pides permiso para salir?

-Tienes razón -dijo con una sonrisa-. Iré con una amiga.

-Está bien.

-Pero el fin de semana podemos vernos.

-Claro, no te preocupes.

-¿Y tus niños?

-Ellos siempre están conmigo los fines de semana.

-Tienes razón. Bien, entonces nos vemos. Voy a salir temprano, ya he hablado con mi primo.

-Qué suerte la tuya. Salgo después de las cuatro.

-Te compadezco. Pero bueno, es lo que te gusta hacer: corregir y corregir un montón de libros, tanto de escritoras buenas como malas.

-Es a lo que me dedico.

-Bien, te quiero mucho.

-Igualmente.

Me dio un beso en la mejilla y se fue. Sonreí y luego entré a mi despacho. Apagué la computadora, busqué mi maletín y decidí ir a la oficina de Alejandro para que firmara el primer borrador de una de las escritoras más destacadas de Literato. Al llegar, Alejandro me recibió con un cafecito al estilo europeo. Le mostre el contrato de la edición, los leyó detenidamente y firmó.

-Muy bien. Eres muy rápido. ¿Cuándo te entregaron el borrador?

-Creo que hace una semana.

-Deberías tomarte unas vacaciones.

-¿Crees tú?

-Claro que sí. Tienes mucho trabajo.

-Sí, me daré un tiempo cuando los niños estén de vacaciones. Te pediré que me las apruebes, ¿te parece?

-Buena opción. Así estás con ellos.

-Sí, porque con Ana no sé qué pasará. Es un poco irresponsable. A veces llega tarde, a veces no llega.

-Creo que necesitas buscarte otra niñera.

-No sabes cuántas veces lo he hecho. Quisiera conseguir a una señora como Lupita.

-Ojalá sea pronto. Por cierto y Laura ¿Como van?

-Laura... bien, pronto se aburrirá de mi, casi no le dedicó tiempo.

-No lo creo amigo. Pero quizá debes empezar a pasar tiempo con ella.

-Es una relación que ni yo mismo entiendo. En mis tiempos libres se lo dedico a mis hijos- Mi amigo suspiro para luego asentir - ¿Y tú?

-Ya ves, mi esposa solo pasa en su estudio dibujando y creando lienzos.

-¿Y cuándo tendrán un hijo?

-No lo sé, pero todo bien.

-¿Seguro?

-Se podría decir que todo bien. Recuerda que me casé sin amor.

-Lo recuerdo. Bueno, me despido. Ya corregiste y firmaste, ahora necesito despabilarme muero de hambre.

-Entonces nos vemos.

-Nos vemos. Pasaré por Multicentros porque necesito comprar unas cosas para mis hijos.

-Bien, pasa buenas tardes.

-Igualmente, Alejandro. Nos vemos.

Al salir de la oficina de Alejandro, puse mi huella en el registro y me despedí. Bajé por la escalera eléctrica y al llegar al vestíbulo, solte un suspiro. Tenía una llamada perdida de mi madre. Rápidamente, marcé su número y activé el altavoz mientras encendía el coche.

-¿Cómo estás, Derek?

-Muy bien, Madre. Saliendo de Literato. ¿Y tú?

-Bien, aquí con tu padre.¿Cuándo vendrás al campo, hijo?

-Madre, sabes muy bien que no tengo tiempo ni para mis pobres hijos. ¿Por qué no vienen ustedes un tiempo a la ciudad?

-Sabes que nos gusta el campo. ¿Qué vamos a hacer en la capital? Deberías venir un fin de semana con ellos, los extraño.

-Lo sé. Te avisare ¿Cómo está Karelia?

-Bien, ya sabes cómo es ahora, después de aquello.

-Sí, lo sé. ¿Quieres hablar con los niños cuando llegue?

-Está bien. Me haces una videollamada hijo.

-Claro que sí, má. Saludos a papá y a Karelia de mi parte.

Colgué la llamada y pasé por Multicentros. Compré pastelitos de chocolate, un subway para Jade y unos batidos. También un pollo asado para mi hijo y para mi. Al llegar a la residencia, di mi código al guardia. El aire fresco del atardecer era tranquilizante. No haría mucho calor esa noche... veo algunos vecinos ejercitarse. Al llegar guardo mi automóvil en el porche, vi a Ana conversando con un señor en la entrada. Al verme, ella se despidió de él.

-Buenas tardes, señor Derek. Ya ha regresado.

-Sí, Ana. ¿Y los niños?

-Bueno, la niña Jade esta en su habitación y el niño Jader esta jugando con su móvil.

-Ana ya puedes irte.

-Está bien señor- Ana entró por su bolso. Al salir, cerré la puerta con seguro.

Suspiré y entre a la casa.

Al entrar a la sala, encontré a mi hijo tirado sobre el sofá, con los pies en el respaldo y el teléfono en las manos. A su alrededor, el desastre era evidente: zapatos tirados, mochilas en el suelo y papeles esparcidos por todas partes. Elevé una ceja y crucé los brazos.

En cuanto me vio, bajó el teléfono con cierta culpa.

-Buenas tardes, padre.

-¿Qué estuviste haciendo todo el día? ¿Por qué está todo esto tirado? -pregunté, recorriendo la escena con la mirada.

Él se encogió de hombros y soltó un suspiro.

-Porque esa mujer no ayuda aquí...

Fruncí el ceño.

-Jader, sabes muy bien que ya eres un hombrecito y tienes que aportar en la casa -dije con firmeza, mientras empezaba a recoger los papeles del suelo. Sin esperar respuesta, lo puse a levantar sus zapatos, su bolso y su mochila.

Dejándolo con la tarea pendiente, caminé hasta la habitación de mi hija. Ella estaba sentada en su escritorio, lápiz en mano, concentrada en su cuaderno de matemáticas.

-¿Cómo estás, cariño?

Al escucharme, alzó la vista y me regaló una sonrisa.

-¡Hola, pa! Ya te extrañaba -dijo antes de acercarse y darme un beso en la mejilla.

-¿Qué haces?

-Estoy tratando de resolver estos problemas de matemáticas... y tu querido hijo creo que ni siquiera ha empezado su tarea.

Negué con la cabeza y suspiré.

-Está bien, gracias por decírmelo.

-Siento darte quejas.

-¿Tienes hambre? Les traje lo que pidieron.

-¡Gracias, papi!

Salí de la habitación y dejé las bolsas de comida sobre la encimera de la cocina. Mis hijos se acercaron de inmediato, listos para cenar. Antes de empezar, llamé a Jader.

-Quiero que termines de comer y, cuando acabes, quiero ver tus tareas. No te lo voy a repetir dos veces, ¿queda claro?

Bajó la mirada, jugueteando con el tenedor.

-Sí, papá... Discúlpame. Solo estuve jugando un poco.

-Jugaste casi toda la tarde. No permito eso. Si no me haces caso, tendré que quitarte el móvil. ¿Estamos?

-Sí, padre... estamos.

Solté un suspiro pesado y me senté con mis hijos. Antes de comer, dimos gracias a Dios por el alimento y luego cenamos en relativa tranquilidad.

Cuando terminamos, limpié la cocina y dejé una nota para la señora de servicio, pidiéndole que pusiera las sábanas en la lavadora a la mañana siguiente. Me aseguré de que todo estuviera en orden, apagué la válvula del gas y las luces.

Pasé por la habitación de mi hija; ya estaba acostada, lista para dormir. Luego entré a la de Jader, quien me mostró su tarea. Había hecho todo, aunque con algunos errores. Me senté a su lado y le di algunos consejos para mejorar.

Al terminar, fui directo al baño a darme una ducha rápida. El cansancio pesaba sobre mis hombros como una carga invisible. Preparé una taza de té de manzanilla con té verde, intentando relajarme antes de dormir.

Tomé el teléfono y vi algunos mensajes de Laura, pero el agotamiento me impidió responder. No tenía ánimos para conversaciones en ese momento.

Cerré los ojos y solté un largo suspiro. Ser padre y trabajador al mismo tiempo no era fácil, pero no tenía opción. Desde que la madre de mis hijos falleció, me ha tocado ser ambos para ellos.

Mañana sería otro día pesado. Así que, por ahora, lo único que podía hacer era descansar.

Capítulo 2 2

MILENA

Intento concentrarme en las clases, pero mi mente divaga una y otra vez en los recuerdos que me atormentan. Ya llevaba un año desde que regresé a mi país natal, y aún así, el pasado parecía seguirme como una sombra que se negaba a soltarme. Un dolor de cabeza punzante se instala en mi sien, cada vez más intenso, acompañado de una sensación extraña, como si una parte de mi memoria intentara aflorar sin éxito.

Levanto la mano con discreción y le pido permiso al maestro para ir a la farmacia. Me concede la salida con un ademán rápido y, sin pensarlo dos veces, recojo mis cosas y me encamino hacia el establecimiento más cercano. Pido un analgésico y lo tomo de inmediato con un sorbo de agua. Luego, decido pasar al baño de mujeres. Frente al espejo, mis ojos reflejan el cansancio de los últimos días: rojos, irritados y con rastros de insomnio. Me enjuago la cara con agua fría y respiro hondo. Siento que cada vez que estos dolores me asaltan, vienen acompañados de imágenes difusas, recuerdos fragmentados que no logro situar en mi vida.

Chasqueo la lengua y me obligo a concentrarme. Esta maestría es crucial para mi futuro, no puedo darme el lujo de distraerme. Necesito, además, encontrar un trabajo de medio tiempo, algo estable que me ayude a costear mis estudios y los medicamentos de mi abuela. Sus necesidades médicas son prioritarias, aunque ella tenga un seguro medico, no obstante algunos tratamientos no las tiene, por otro lado, sus dolores se han intensificado con el tiempo.

Regreso al aula y me esfuerzo por seguir el ritmo de la clase. Las horas pasan rápido y, al finalizar, ajusto mi bolso sobre el hombro y salgo del edificio. Me dirijo al metro, coloco mis audífonos y dejo que la música amortigüe el bullicio de la ciudad. A través de la ventana, observo las calles en reparación. Están construyendo un puente para evitar inundaciones durante la temporada de lluvias. Un suspiro escapa de mis labios. Hay tantas cosas que cambian y, sin embargo, hay otras que parecen permanecer inamovibles, como el vacío dentro de mí.

Al llegar a casa, empujo la puerta con suavidad y encuentro a mi abuela sentada en su sillón favorito, con la Biblia abierta sobre su regazo.

-Hola, buenas tardes, abuelita Lupita.

-Buenas tardes, Lena. ¿Cómo fue tu día, cariño?

-Normal, como todos los días -respondo con un suspiro antes de servirme un vaso de agua y sentarme a su lado.

Ella se quita los lentes y acaricia mi mano con ternura.

-¿Cómo te has sentido?

-Estos días me ha dolido mucho la cabeza. No sé por qué, nunca se me quita.

-Con el tiempo sanarás, cariño.

-¿Tú crees?

-Claro que sí.

Dudo por un instante antes de soltar la pregunta que siempre me ronda la mente.

-Abuelita, ¿por qué no recuerdo mi niñez ni mi adolescencia? No tengo memorias o creo que si.

Ella suspira y sus ojos se oscurecen con un dejo de melancolía.

-Cuando eras más joven, estuviste viviendo fuera del país y sufriste un accidente. Tal vez por eso no recuerdas.

Frunzo el ceño, intentando aferrar un fragmento de aquel supuesto accidente, pero nada viene a mi mente.

-Bueno, no lo recuerdo muy bien que digamos. En fin, necesito conseguir un trabajo de medio tiempo antes de regresar a Manhattan, la maestría será solo los sábados.

-¿Quieres regresar?

-Sí. No sé por qué, pero aquí no me siento bien.

Mi abuela me observa con comprensión y luego sonríe con dulzura.

-Tranquila, Dios te guiará. Ojalá encuentres pronto un buen trabajo. Mira, estaba leyendo sobre la vida de Jesús al nacer. ¿Quieres que te cuente?

-Me encantaría. Gracias.

Después de escucharla leer un pasaje de San Mateo, me siento más tranquila. Me retiro a mi pequeño cuarto y me detengo frente al espejo. Paso los dedos por mi frente y, por un instante, noto una pequeña cicatriz sobre mi cabeza. Instintivamente, la cubro con el cabello y sonrío de lado antes de soltar un suspiro y dirigirme al baño. Una ducha caliente me ayuda a relajarme. Al salir, me pongo un short y una camiseta cómoda, luego enciendo la laptop y comienzo a buscar empleo. Ya no quiero seguir trabajando de noche, había pedido unos días pero pronto entraré a trabajar.

Reviso anuncios de trabajos como maestra, pero sin un título aún, las opciones son limitadas. Me detengo en una publicación de un cafetín que busca empleados. Aunque no soy torpe, el fuego me da cierto miedo. A pesar de ello, siempre me ha gustado la cocina y preparar postres. Quizá sea una opción. Anoto algunos números en una libreta y, cuando me siento agotada, cierro la laptop.

Tomo mi teléfono y me pierdo en las redes sociales, viendo publicaciones de artistas hasta que el sueño me vence. Sin cenar y con la luz apagada, dejo que la noche me envuelva en su abrazo silencioso.

***

Por la mañana, desperté con el aroma del café y el pan tostado impregnando el aire. Me desperecé lentamente antes de levantarme, con el cuerpo aún perezoso por el sueño. Caminé descalza hasta la cocina y allí estaba mi abuelita, como todas las mañanas, preparando el desayuno con esa calma que la caracterizaba. Me acerqué y le di un beso en la mejilla, sintiendo su piel cálida y suave.

-Buenos días, abuelita.

Ella me sonrió con ternura mientras removía los huevos en el sartén.

-Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien?- moví la cabeza con un leve asentimiento.

Abrí la puerta de la refrigeradora y saqué un vaso de jugo. Me senté en la mesa y la observé en silencio por un momento. No podía evitar sentirme mal por ella; todas las mañanas estaba despierta desde temprano, ocupándose de la casa, de la comida, de mí.

-Abuela, ¿descansaste bien anoche?

-Sí, cariño, no te preocupes.

-Me hubieras dejado a mí preparar el desayuno.

-Pero si me gusta hacerlo -dijo con una sonrisa serena-. Me he acostumbrado, no me gusta estar sin hacer nada.

Suspiré y bajé la mirada al vaso entre mis manos.

-Me da mucha pena contigo, abuelita. Voy a buscar otro trabajo. He estado revisando algunos contactos, a ver si me sirve de algo.

Ella frunció el ceño con preocupación, pero asintió despacio.

-Está bien, cariño. ¿Estás segura? ¿Y ese trabajo de noche que es...?

Rápidamente desvió la conversación en otra.

-Sí, como te dije, la maestría solo es los fines de semana, así que no quiero estar todo el día sin hacer nada. Necesito trabajar. Además, hay cosas que pagar: la despensa, el agua, el wifi, la línea telefónica...

-Claro, claro, mi amor. Si eso es lo que deseas, te apoyo.

Sonreí con alivio y di otro sorbo a mi jugo.

-En fin, abuela, ¿has sabido algo de Marjorie?

Su expresión se ensombreció al instante. Dejó el sartén a un lado y se secó las manos con un paño antes de responder.

-No he sabido nada. Lo único que sé es que cruzó la frontera y está trabajando en Estados Unidos. Espero que esté bien...

Su voz se apagó en un suspiro, pero luego agregó en un tono más duro:

-Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Suspiré. Sabía lo mucho que le había dolido lo que ocurrió con Marjorie.

-Sí, abuelita, lo sé. De verdad lo sé.

-La crié como mi nieta y mira cómo me pagó. Aún no puedo creer que me haya robado el dinero de mi liquidación. No puede demandarla, la quise mucho.

-Pero bueno, abuela, ¿qué podíamos hacer? No todo el mundo es como uno espera.

-Es una lástima, pero tienes razón.

La conversación quedó en el aire mientras terminábamos de desayunar. Me levanté, recogí los platos y limpié la cocina. Luego, tomé mi bolso y me preparé para salir.

-Por cierto, abuela, iré a buscarte unos tratamientos.

-No tenías que molestarte, cariño.

-No es molestia. Además, Gerardo me mandó un poco de dinero.

-¡Oh! Me da pena contigo Lena.

-No te preocupes, abuelita. Gerardo es un buen chico.

-Sí, lástima que no puedas enamorarte de él. - Comento mirándome con las cejas alzadas.

Reí sin humor.

-No sé por qué, abuelita. Intenté hacerlo, pero fallé.

Ella acarició mi rostro con cariño y sonrió comprensiva. Terminado el desayuno, me coloqué los audífonos y salí de la casa. Caminé hasta la estación del metro mientras revisaba mi atuendo: un pantalón sencillo, unas Converse desgastadas y una camiseta básica. Recogí mi cabello en una coleta alta y me observé en el reflejo de un escaparate. Parecía una jovencita, aunque pronto cumpliría los treinta años.

La verdad, ni siquiera recordaba cuántos años tenía. Muchos recuerdos se habían esfumado de mi mente. No solo sufrí un accidente en mi infancia, sino también hace algunos años. Eso me dejó con una memoria fragmentada. Solo me guía por lo que dice mi identificación: que rondo los treinta.

Sonrío para mí misma y dejo escapar un suspiro mientras pongo una alabanza en mis audífonos. Espero el metro con paciencia, con la esperanza de encontrar un buen trabajo hoy.

Capítulo 3 3

MILENA.

Al llegar a la plaza, caminé sin rumbo fijo, observando el hermoso lugar de tres pisos. Todo estaba impecablemente ordenado, con personas yendo de un lado a otro, muchas de ellos universitarios con mochilas al hombro y libros en mano. El aroma de la comida se mezclaba con el dulce olor de los postres, provocándome una sonrisa y un repentino antojo.

Mis pasos me llevaron hasta una vitrina donde había visto un anuncio. Tras el cristal, una joven de apariencia encantadora atendía a los clientes con rapidez. Apenas me vio, me dedicó una mirada cansada, pero amable. Quería preguntarle por el anuncio pero me dio pesar, interrumpirla.

Me quedé de pie, moviendo los pies de un lado a otro con impaciencia. El lugar estaba abarrotado, y la joven comenzaba a mostrar signos de desesperación.

-¿Puedo ayudarte? -le pregunté.

Ella me miró por un instante, dudando, pero luego asintió con un suspiro de alivio.

-Por favor.

Sin dudarlo, entré tras el mostrador, dejé mi bolso a un lado, lavé mis manos y comencé a ayudar. Llené vasos descartables con bebidas frías, colocando hielo de la máquina de Coca-Cola. Luego, me encargué de envolver pastelillos mientras la chica, ahora más relajada, me alcanzaba un gorro de trabajo.

-Soy Cris -dijo de repente, sonriendo levemente.

No supe cuánto tiempo pasó, pero cuando finalmente pude tomar un respiro, ella se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio.

-Gracias. De verdad, gracias -dijo con sinceridad.

Recordé el anuncio y no pude evitar preguntar:

-¿Entonces, sigue siendo válido?

Ella asintió.

-Sí, estoy buscando un ayudante. Este cafetín... bueno, pensé que no funcionaría, pero aquí estoy. Apenas llevo quince días, y las ventas han sido mejores de lo que imaginé. Yo preparo los pastelillos, las tortas, pero a la hora de atender a los clientes que piden café, batidos, gaseosas... todo se complica aquí sola.

-Estoy buscando trabajo -comenté-. Aunque estudio los sábados, estoy en una maestría para ser maestra de niños.

-¿De lunes a viernes estás disponible?

-Sí.

Cris sonrió, pero luego adoptó un tono más serio.

-Las ventas son buenas, pero el pago... aún tengo que cubrir el alquiler, los permisos de la alcaldía y otros gastos. Puedo ofrecerte 250 córdobas al día, de 10 de la mañana a 4 de la tarde.

No era mucho, pero en ese momento, cualquier ingreso me venía bien.

-Me parece perfecto.

-Si encuentras algo mejor, no te preocupes -agregó ella-. Mientras tanto, si quieres, podemos intentarlo.

-Por supuesto.

Me entregó un delantal y seguimos atendiendo. No me di cuenta de la hora hasta que eran más de la una de la tarde. Cris me ofreció un almuerzo sencillo: unas canelitas de azúcar con queso y un refresco de cacao, ya que casi no me gustaban las gaseosas. Agradecida, lavé mis manos, me quité el gorrito y disfruté del postre.

Las horas pasaron rápido y, antes de darme cuenta, ya eran las cuatro. Cris cerró el cafetín y, tras pagarme 300 córdobas en lugar de los 250 acordados, me sonrió.

-Muchas gracias.

-Peor es nada -respondí, riendo.

-Nos vemos mañana a las 10.

-Claro.

Al despedirme, supe que su nombre real era Natalie. Solo que le gustaba mas llamarse Cris. Ella había decidido emprender con su cafetín y, pese a las dificultades, le estaba yendo bien. Guardé el dinero en mi bolso y seguí caminando por la plaza. Miré otro cartel de empleo, pero decidí que, por ahora, apoyaría a Natalie. Sabía que no podía pagar más, pero lo comprendía.

Justo cuando iba a continuar mi camino, giré y sin darme cuenta choqué contra alguien.

-¡Lo siento! -dije apresuradamente.

El impacto fue lo suficientemente fuerte como para hacerme perder el equilibrio, pero sus manos firmes me sujetaron por la cintura antes de que pudiera caer.

-¿Estás bien? -preguntó una voz masculina.

Levanté la mirada y me encontré con un hombre elegante, de porte distinguido.

-Sí, sí... -murmuré, recogiendo mi bolso y colocándolo sobre mi hombro.

Antes de que pudiera decir algo más, una voz a lo lejos llamó su atención.

-Alejandro, Apúrate, Derek me esta esperando.

-Hasta luego -me dijo con una leve inclinación de cabeza antes de marcharse.

Observé su figura alejarse y solté un suspiro. Sacudí la cabeza y seguí mi camino hasta una farmacia. Saqué el papel con la receta y leí el nombre de la pastilla: "Gavantina de 400".

-No sé cómo mi abuelita puede tomar esto -murmuré, recordando que era una indicación médica y que no había opción. Pero a veces no la dejaba dormir sin embargo era necesario.

Tras comprar el medicamento, subí al metro. Afuera, la oscuridad comenzaba a extenderse sobre la ciudad. Me coloqué los audífonos y observé las luces de los edificios y tiendas pasar rápidamente por la ventana. Cerré los ojos por un instante.

De repente, fuego.

Mucho fuego.

Un calor sofocante me envolvió y un grito desgarrador escapó de mi garganta. Desesperada, traté de moverme, de salir, pero algo me retenía. Me estaba quemando.

Abrí los ojos de golpe, jadeando y con el corazón desbocado. Miré a mi alrededor, tratando de recuperar la calma. Revisé la hora. Apenas había pasado media hora.

Decidí bajarme en el parque. Quizás caminar un poco me ayudaría. Me dirigí a uno de los balancines y me senté, todavía sintiendo la angustia en el pecho.

Otra vez. Otra vez esa pesadilla.

Siempre era lo mismo. Fuego. Dolor. Miedo. Estar atrapada en un auto sin poder escapar.

Cerré los ojos y miré al cielo estrellado, pidiéndole a Dios que esas pesadillas desaparecieran de una vez por todas. No entendía su significado, pero cada vez que lo soñaba, se sentía tan real...

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