"Papá, ¡no quiero casarme con él!", gimoteó, Carolina, con palabras apenas audibles.
"No existe algo como el 'no quiero'. ¡Dije que te casarás con él! Nuestra familia necesita tu ayuda". Se inclinó más cerca de Carolina. "¡Es lo menos que puedes hacer después de que te haya criado y apoyado todos estos años!".
"¡Pero soy tu hija!".
La huella de sus dedos era claramente visible en la mejilla de Carolina tras recibir la bofetada. Enseguida, Gaspar la sujetó por los hombros y zarandeó, revelando la gravedad de las circunstancias.
La voz del hombre se alzó furiosa: "¡No eres mi hija de sangre! ¡Y lo sabes! Pero te crie y te di todo lo que tienes. ¡Me lo debes!".
"Pero ¿por qué yo?", sollozó ella, en tono tembloroso.
"No pensarás que voy a darle a mi hija a un deforme cuando te tengo a ti, ¿verdad? Después de todo, ¡tienes que servir para algo!".
La soltó con fuerza, haciendo que Carolina perdiera el equilibrio y cayera al piso. A continuación, salió de la habitación dando un portazo.
Con veinticuatro años de edad, era la hija mayor de la familia Navarro. Su madre, Paloma, fue acusada de traicionar a su marido y perdió trágicamente la vida al huir con su amante. Esto sucedió cuando Carolina tenía apenas dos años. Gaspar creyó entonces que no era su hija. Para evitar un escándalo, nunca se hizo la prueba de ADN, pero siempre se aseguró de demostrar cuánto odiaba a la niña.
El Grupo Navarro de Porcelana atravesaba un momento financiero difícil cuando se presentó una excelente oportunidad, que serviría a Gaspar para un doble propósito. No solo salvaría a su empresa en apuros, sino que también le proporcionaría una forma de deshacerse de Carolina.
El novio no era otro que Máximo Castillo, hijo único y heredero del imperio lácteo de la familia. Había sido guapo, encantador, inteligente y exitoso hasta que sufrió un accidente de avión que le dejó la mitad de la cara gravemente quemada. Ahora, tres años después del accidente, necesita una esposa y un hijo.
Carolina bajó a cenar y tanto Nadia, la esposa de su padre, como Eloísa, la hija de ambos, estaban en la mesa. Su media hermana tenía una sonrisa de suficiencia en los labios.
"¡Felicidades, hermanita! ¡Por fin encontraste a alguien que te quiera!".
"Gracias, Eloísa, pero prefiero estar soltera".
Recibió otra fuerte bofetada, esta vez de Nadia.
"¡No te atrevas a hablar así con mi hija!", gruñó, golpeando la mesa con la mano.
"¿Qué está pasando aquí?", inquirió el padre al entrar en el comedor y ver la cara de Carolina, la expresión llorosa de Eloísa y los labios temblorosos de Nadia. "¡No me gusta preguntar dos veces!".
"Gaspar, ¿cuándo será la boda? ¡Carolina acaba de insultar a nuestra hija! ¡Atacó su honor!".
Cuando él la miró con agresividad, Carolina se sintió intimidada. Temía tener que soportar un castigo; pero en lugar de eso, solo la zarandeó y la envió a su habitación sin permitirle comer.
Nadia preguntó: "¿Eso es todo? Sabes que no me gusta que castiguen a Carolina..., pero se ha excedido", continuó con lágrimas en los ojos. Gaspar la abrazó para consolarla.
"No le di una buena paliza porque su marido se quejaría. Y no podemos perder este contrato".
En la habitación, Carolina se encontraba en su cama, abrazada a la almohada y llorando. Había soportado una vida de malos tratos no solo por parte de su padre, sino también de su madrastra, que fingía ser amable; pero aprovechaba cualquier oportunidad para provocar discusiones entre Gaspar y la chica. Eloísa no era mejor que él.
"Quizá tu marido no sea tan malo después de todo, Carolina", susurró para sí. "Las cosas podrían ser diferentes a su lado".
No le importaban las cicatrices. El problema era que ella quería al menos poder decidir con quién casarse. Soñaba con el día en que no tuviera que vivir bajo la opresión de su padre; sin embargo, como él nunca le permitiría estudiar ni trabajar, el matrimonio parecía ser su única opción. Se aferró a la esperanza de que aquello le daría la libertad y la independencia que ansiaba. Por desgracia, el destino frustró una vez más el deseo de tomar las riendas de su propia vida.
Dos semanas después, Carolina estaba firmando los papeles del matrimonio arreglado. No hubo boda religiosa, ya que Máximo se negó a salir de casa. En cambio, esperó a ella en su finca, que se iba a convertirse en su nuevo hogar.
'No puede ser peor que en casa de mi padre', pensó la muchacha mientras estaba dentro del coche, en dirección a la finca 'La Preciosa'.
Por supuesto, ignoraba que se había hecho un trato para que Eloísa, considerada la mujer más bella de la ciudad, se casara con Máximo Castillo. Sin embargo, estaba claro que su media hermana nunca aceptaría vivir con un hombre al que no había visto antes, y menos con uno cuya desfiguración por cicatrices era ampliamente conocida.
"¡Ya llegamos, señora Castillo!", le informó el chófer y la chica tardó un rato en darse cuenta de que era a ella a quien se dirigía.
"Gracias," respondió con voz débil.
Señora Castillo. Sonaba muy extraño a sus oídos.
Carolina respiró hondo antes de abrir la puerta del coche y salir. Miró a su alrededor y se encontró ante una enorme vivienda, rústica, desde luego, pues se trataba de una finca; pero de innegable belleza.
"¡Bienvenida, señora!". Una mujer de mediana edad se le acercó sonriendo. "Mi nombre es Dolores".
La muchacha le devolvió el gesto, queriendo ser amable.
"¡Hola, señora Dolores! Encantada, soy Carolina". Le tendió la mano a la mujer, quien se la estrechó.
'¡Esta chica es buena!', pensó Dolores. Antes había conocido a la exprometida del jefe, que era increíblemente arrogante. Ella nunca les hubiera hablado de esa forma tan amable a los empleados. Tan... humana. Fue un cambio refrescante ver a alguien gentil y accesible.
"¡Todos estamos tan contentos de que esté aquí! ¡Por favor, venga! El patrón ha estado esperando ansioso su llegada".
Carolina asintió con la cabeza.
"Estoy encantada de que me reciban con tanto cariño", respondió.
Subió las escaleras hacia la puerta principal, con el corazón latiéndole fuerte por la ansiedad. Como mujer casada, estaba a punto de conocer a su marido por primera vez, un hombre al que solo había oído describir como 'extraño'. Quería descubrir el verdadero significado de aquella etiqueta.
Justo antes de que entraran por las puertas principales, Dolores dejó de caminar y se volvió hacia ella, con aspecto un poco inseguro.
"¡Ah!, señora... El jefe es un hombre sufrido, que a veces puede parecer maleducado; pero es bueno. Le conozco desde hace años".
"Escuché que tuvo un accidente", respondió Carolina.
Dolores asintió con la cabeza.
"Sí, es cierto. Ha pasado por momentos difíciles, que lo han hecho volverse un poco reservado. También es inflexible a veces, ¿comprende? Pero le ruego que sea paciente con él", dijo, dándole una mirada tranquilizadora en la que había, además, cariño hacia su patrón.
"Haré lo mejor que pueda, Dolores".
La mujer le dirigió una amplia sonrisa y siguió caminando.
La puerta de entrada era inmensa, de madera negra. El piso, hecho también de lo mismo, brillaba por estar pulido. De hecho, hasta los muebles, incluidos los sofás, eran de madera; pero todos estaban tapizados. El ambiente desprendía un encanto rústico, aunque con un toque de gusto refinado que era sencillamente innegable.
Se detuvieron ante las puertas dobles, de madera oscura tallada a la perfección, que reflejaban el mismo diseño de la entrada. El picaporte, de reluciente oro, era un espectáculo para la vista. Dolores llamó dos veces.
"Adelante". Alguien respondió desde el interior con un profundo tono masculino. A Carolina le gustó lo que escuchaba y pensó que al menos tenía una voz preciosa.
Dolores se hizo a un lado, para que pudiera pasar, y le dijo: "Adelante, señora".
Ella asintió con la cabeza, puso la mano en el pomo, lo giró y respiró hondo antes de entrar.
Lo primero que le llamó la atención fue una enorme ventana con las cortinas cerradas. Lo único que pudo ver fue la parte superior de la cabeza del hombre, de cabello claro, sentado en la silla. Se encontraba dándole la espalda.
"Hola, señor Castillo", dijo a la vez que cerraba la puerta. No obstante, cuando comenzó a dirigirse hacia la mesa, él la detuvo.
"¡Quédate ahí!".
Sobresaltada por su tono, la chica lo obedeció.
"Bueno, yo...".
"No es necesario que te acerques", continuó. Bienvenida a tu casa, esposa. Te llamé para decirte las reglas".
"Oh, cierto", murmuró Carolina.
"¡No me interrumpas!", la regañó. Ella pensó en decirle 'está bien'; pero sería desobedecerlo.
Máximo aprobó que permaneciera en silencio, por lo que continuó: "Primero, no puedes entrar aquí sin que te llame. Esto se aplica a la oficina y mi dormitorio. Dolores te indicará cuál es para evitar problemas. No me busques, a menos que sea una emergencia. Espera siempre que sea yo quien lo haga primero. Y, sobre todas las cosas, no me mires".
En silencio, Carolina asintió.
"¿Entendiste? ¡Di algo!". Su tono brusco provocó que el carácter irascible de Carolina se encendiera, así que entrecerró los ojos.
"¡Bueno, me dijiste que no te interrumpiera!". Sus palabras quedaron suspendidas en el aire mientras ella se cohibía de repente, preguntándose si se había excedido.
Hubo un incómodo silencio antes de que Máximo añadiera:
"Eres una insolente".
"No puedo ver el futuro. Si no me avisas cuando termines de hablar, no podré saberlo". Odiaba que la trataran de manera injusta. Había pasado por eso en la casa de su padre.
'Y yo creyendo que sería diferente', pensó con burla.
Él respiró hondo.
"Lo dejaré pasar esta vez, pero cuida tus palabras a partir de ahora", le advirtió. Ella volvió a ignorarlo.
"Entonces, sé más claro. No puedo verte ni leer tus expresiones. Necesito que me digas tus deseos o, mejor para ser exactos, tus órdenes".
Máximo, quien miraba por la ventana, no pudo evitar sonreír. ¡Debía admitir que esa mujer era valiente!
"Sal. Ve a tu habitación y familiarízate con ella. Descansa. Hoy te servirán allí la comida. Espérame más tarde".
"¿Esperar a ti?".
Él giró la cabeza, como si pudiera mirar por encima del hombro, y dijo:
"Sí. Es nuestra noche de bodas".
Ya que Carolina no había pensado en eso, comenzó a sentirse estúpida. ¡Se habían casado, el hombre necesitaba un heredero! '¡Eres tan tonta!', se reclamó.
"¿Carolina?", llamó Máximo, cauteloso. A la chica le gustó la forma en que pronunció su nombre. Sin embargo, cuando recordó por qué lo hacía, tuvo que negar con la cabeza.
"Ah... Sí, entendí. Correcto, entonces..., me voy. Hasta luego".
Se giró, dispuesta a marcharse; antes de que diera el primer paso, él la llamó de nuevo.
"¡Carolina!".
"¿Sí?", respondió ella, luego de contar hasta cinco.
"No dije que pudieras irte, ¿o sí?".
"¡Oh, cómo lo lamento, patrón! ¿Puedo salir? ¿Tengo su permiso ahora?".
Máximo sonrió, divertido por la ironía en su tono y cómo pasó de tutearlo a tratarlo de "usted" en un segundo.
"Sí, ya puedes".
Carolina abrió la puerta y lo dejó solo.
'¡Qué hombre tan insufrible! ¿Quién se cree? ¿Acaso piensa que soy su esclava?'.
"Señora, venga", dijo Dolores en cuanto la vio. "Le mostraré su dormitorio".
Carolina se volvió hacia ella y sonrió con timidez.
"Oh, sí, por supuesto. Vamos".
Hizo un gesto con la mano para que Dolores la guiara, y ella obedeció.
Cuando entraron en un amplio pasillo, la anciana volvió a hablar.
"¿Qué le pareció el jefe? ¿Le gustó?".
'¡Pobrecita, ella jura que es genial!', pensó.
"¡Sí, claro!", respondió Carolina, no queriendo lastimar sus sentimientos. Ella volvió a sonreírle, más emocionada.
"¡Qué maravilla! Mire, la de aquí es su habitación y aquella...", señaló una al final del pasillo, que tenía enormes puertas, "Es la del patrón".
"Gracias, Dolores. Voy a tomar una ducha y dormir un poco".
"Por supuesto. Discúlpeme y bienvenida de nuevo". La criada comenzó a alejarse, luego se detuvo y miró a Carolina: "Traeré la cena más tarde, señora. Como a las cinco".
"De acuerdo. Gracias, Dolores".
Una vez que se marchó, Carolina abrió la puerta del dormitorio. La decoración era preciosa, parecía una habitación de algún hotel prestigioso. Las paredes estaban pintadas de un suave tono amarillo y las cortinas eran de un beige claro. La cama tenía sábanas blancas con delicadas flores bordadas.
Después de darse un relajante baño en la enorme bañera, Carolina se quedó dormida. Había programado el despertador para una hora más tarde.
Luego apenas se despertó, alguien llamaba a la puerta.
"¡Qué puntuales son!". Después de hablar, fue a abrir la puerta. Dolores le entregó una bandeja con un plato de Cochinita Pibil y unas tortillas.
"¡Gracias!", dijo recibiéndola de buena gana. Resultó que, a Carolina, le encantó.
Cuando terminó de comer, vio una nota en la bandeja, y no pudo resistirse a abrirla.
'Dentro del armario hay una caja. Vístete con lo que hay en ella. Cuando el reloj marque las ocho, ve a mi habitación. Entra, ponte la venda y espérame en la cama', leyó. Era un mensaje de Máximo.
Carolina deslizó los dedos suavemente sobre las letras, le pareció que eran elegantes y hermosas, antes de levantarse para buscar la caja que había mencionado.
Cuando el reloj dio las ocho, Carolina abrió la puerta y echó un vistazo al exterior. Estaba vestida con un precioso camisón de seda negra, cubierto por una bata que hacía juego. Al comprobar que no había nadie, se apresuró a entrar en la habitación al final del pasillo.
Carolina había imaginado que su vestido de novia sería de un hermoso blanco, pero su madrastra le proporcionó uno mucho más extravagante. Lamentablemente, sus intenciones no tuvieron nada que ver con amabilidad o cariño; sino que fueron una cruel burla por haberse casado con aquel hombre. A pesar de las acciones de Nadia, Carolina encontró consuelo en saber que el vestido elegido por su marido no solo era precioso, sino también de una elegancia sin igual.
La habitación estaba en completa oscuridad. Buscó a tientas el interruptor de la pared, pero sus dedos solo encontraron una superficie lisa. Presa del pánico, esforzó los ojos para ver algo, ¡cualquier cosa!, pero lo único que encontró fue el vacío. Con las manos extendidas, dio un tímido paso adelante. Él le había dicho que esperara en la cama. Así que obedeció, sintiéndose vulnerable y expuesta; escuchando para distinguir cualquier señal de su llegada.
Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, oyó un murmullo en el pasillo. Aunque forzó la vista, no pudo diferenciar su figura en la oscuridad.
'No quiere que lo vea, claro', pensó aturdida. Con rapidez, buscó a tientas el pañuelo y se lo colocó alrededor de los ojos.
Aquello no hizo sino intensificar los nervios de Carolina, ya que podía escuchar todo, aunque continuaba sin ver una cosa.
El sonido de la tela llenó la habitación y, de repente, la cama empezó a hundirse bajo su peso. Fue entonces que se dio cuenta de que él se encontraba encima y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Estaba tumbada, frágil e indefensa ante la presencia masculina.
"Yo-yo nunca...", balbuceó, incapaz de completar la frase. Carolina se había reservado para el hombre del cual se enamoraría, pero, por desgracia, las cosas no salieron como planeó.
Máximo se paralizó al instante. Solo había visto su foto, pero ahora le impresionó más su belleza. Sin embargo, no deseaba que ella lo viera. Temía que, dado su terrible aspecto, ella sintiera repulsión y el matrimonio no se consumara.
Pensó que todo sucedería deprisa y que, con suerte, quedaría embarazada al primer intento. Aunque se sentía atraído por la chica, la idea de hacerlo así le parecía humillante para ambos. Cuando supo que aún era virgen, tuvo que respirar hondo. No podría tratarla de esa forma, haciéndolo rápido y dejándola abandonada sin más.
"De acuerdo", respondió de un modo que, para Carolina, sonó sensual. Le puso la mano en la pierna y ella dio un respingo. "Tranquila, intentaré ser lo más suave posible", continuó.
La muchacha asintió con la cabeza.
Máximo cumplió su promesa, besando su cuerpo como si fuera una pieza de arte tan delicada que pudiera romperse con un toque equivocado. No obstante, cuando ella intentó alcanzarlo, le agarró las muñecas para impedírselo.
"No. Por favor, no me toques. Mantén las manos en el colchón y deja que yo me ocupe del resto", le dijo con firmeza.
"Pero...", intentó argumentar.
"¡Carolina!", la interrumpió, utilizando un tono mandón, aunque sin llegar a ser grosero. La chica suspiró cediendo.
Cada toque y caricia aceleraron su corazón y la hicieron sentir nerviosa. Si bien nunca la besó en los labios, del cuello hacia abajo no quedó ni una parte que no fuera explorada por él.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, Carolina se encontró sola en su dormitorio. Al incorporarse, un dolor sordo le recorrió el cuerpo. Aunque su marido se comportó con delicadeza la mayor parte del tiempo, en un momento dado se volvió bastante brusco, casi animal, e incluso le pidió disculpas por su comportamiento.
Miró al techo mientras sonreía. Él le había besado el cuerpo y ella se sonrojó al recordarlo. A pesar de que fue doloroso, también resultó increíblemente placentero.
En cuanto se levantó, vio una caja sobre la mesita. Parecía un joyero; había una nota en su interior:
'La noche fue maravillosa. Aquí tienes tu pago', leyó.
La sonrisa que antes jugaba en los labios de Carolina desapareció, siendo sustituida por una expresión de disgusto. Se cambió de ropa a toda prisa, se lavó, tomó la caja y salió de la habitación furiosa, ignorando el malestar que sentía entre las piernas.
Mientras la chica dormía, Máximo buscó información al respecto. El nombre de Carolina estaba ligado a la historia de su madre y todos decían que era igual de fácil que ella. Aquello no hizo más que enfadarlo, y fue la razón principal para que le 'pagara' por sus servicios. Al menos así tal vez ella no se involucraría con otros hombres. No le exigiría amor, ya que tampoco estaba dispuesto a darlo. ¿Pero ser un cornudo? ¡Por supuesto que no!
El teléfono sonó, era su padre.
"¿Estás disfrutando de la vida de casado, hijo mío?", César Castillo preguntó esperanzado.
Máximo se removió en la silla y soltó una carcajada.
"No está tan mal. Y si todo va según lo previsto, pronto sabremos si Carolina está embarazada".
"¿Carolina?", le preguntó, confundido.
"Sí, papá, mi esposa. Ese es su nombre, ¿no te acuerdas?", habló Máximo con impaciencia.
"Ah...". César parecía inseguro, tal vez ausente, aunque no hizo ningún comentario al respecto. "Espero buenas noticias, entonces. ¡Tu abuela estará encantada!".
Se había acordado que Eloísa, la mujer más bella de la ciudad, se convirtiera en la esposa de Máximo Castillo. No obstante, era evidente que ella jamás aceptaría casarse con un hombre al que nunca había visto, ni mucho menos con uno desfigurado.
La llamada terminó y César dejó escapar un profundo suspiro. Si bien debió esperárselo, no evitaba que se sintiera molesto.
Dolores ordenaba las almohadas en el salón.
"Buenos días, Dolores. ¿Podría decirme dónde está mi marido, por favor?", preguntó Carolina, haciendo un esfuerzo por no ser grosera con la anciana, que no tenía nada que ver.
Ella abrió mucho los ojos y levantó la cabeza para mirar a su señora, asustada.
"¡Ah!, buenos días. Él se encuentra en la oficina". Como la muchacha comenzó a caminar en esa dirección, agregó: "Señora, ¡deténgase! ¡No vaya!".
Dolores fue detrás de ella, para impedírselo.
Carolina siguió caminando mientras decía furiosa: "Tengo que hablar con él".
"Señora, a él no le gustará...".
"Dolores, se atrevió a tratarme mal, ¡ahora me va a oír!".
La anciana desistió y se detuvo.
"Llame primero, por favor". No añadió otra palabra; Carolina asintió.
Una vez llegó a la puerta, golpeó con energía. El sonido resonó en el silencioso pasillo.
"¿Quién es?". La voz de Máximo sonaba casi molesta. Aquello no hizo más que avivar su furia.
"¡Soy yo!", respondió con brusquedad. "¡Carolina!".
"¡Vete!", fue la cortante respuesta.
Se quedó de pie en el lugar, con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose totalmente rechazada y ofendida.
'¡Qué atrevido!', pensó.
Carolina intentó abrir la puerta cerrada, pero fue en vano. Frustrada, la dio un puñetazo.
"¡Máximo Castillo!". De nuevo, golpeó con fuerza.
"¡Dije que te vayas!", respondió él, con el mismo tono demandante.
"¡No lo haré! ¡Abre la puerta, ahora!".
Máximo no respondió; pero en seguida dos hombres entraron en la mansión y se le acercaron.
"Señora, el jefe le pidió que se fuera", dijo gentil el hombre más alto, que llevaba sombrero.
"No lo haré hasta que hable conmigo", le respondió con la misma amabilidad antes de volverse hacia la puerta. "¿Eres lo bastante hombre para acostarte conmigo y enviarme esta nota, pero no para enfrentarte a mí? ¿Es eso?".
Los hombres que la rodeaban se quedaron boquiabiertos, intercambiando miradas incómodas; nunca nadie se había atrevido a dirigirse con tanto descaro hacia su jefe.
De pronto, un ruido procedente del despacho acabó con la tensión cuando la llave entró en la cerradura y Carolina vio que el picaporte empezaba a girar.
Antes de que Carolina pudiera reaccionar, la arrastraron hasta el despacho y la empujaron de cara a la puerta. Aunque vio la mano de Máximo, llena de cicatrices, no pudo prestarle mayor atención porque estaba justo detrás de ella, respirándole en el cabello.
No lo entendía. Aun cuando estuvo llena de miedo por un momento, la desagradable sensación pronto fue sustituida por cierta excitación.
"¿Qué dijiste?", le preguntó Máximo en la oreja en un susurro ronco y enfadado. Tenía una mano apretándole la cintura con casi demasiada fuerza y una pierna entre las suyas, además de las caderas pegadas a su espalda.
"¡Me... me trataste como si fuera una prostituta!", se quejó, luchando por respirar y mantener la compostura. Su presencia estaba mareándola.
Sin embargo, no imaginaba que para él pudiera ser igual.
Máximo no había experimentado una satisfacción tan intensa con una mujer, a pesar de que ni siquiera se besaron y ella no lo tocó en ningún momento. Después de dejarla en su habitación en medio de la noche, volvió a la propia y repasó en su mente el tiempo que pasaron juntos. Deseaba desesperadamente algo más, pero no se atrevía a volver. Si se despertaba y lo veía... Si lo rechazaba, no podría soportarlo.
El chico se encontró en una situación difícil. Apretándola contra la puerta y con sus cuerpos a escasos centímetros de distancia, tuvo que recurrir a toda su voluntad para resistirse a darle la vuelta y besarla. O ir más allá. Sin embargo, el comentario anterior sobre su masculinidad solo consiguió enfurecerlo.
"Te casaste por dinero, ¿verdad? Después de todo, el matrimonio implica sexo. Y si tienes sexo por dinero, eso te convierte en prostituta, ¿o me equivoco?", respondió con furia. "Ahora, dime, ¿¡cómo te atreves a cuestionar mi hombría!?".
Se retorció, apretándole aún más la cintura mientras empujaba sus caderas hacia delante. La chica soltó un pequeño gemido y él no supo si lo había entendido mal.
"¡No soy una... prostituta!", afirmó enfadada, tanto por sus palabras como por lo mucho que estaba disfrutando de la proximidad de su cuerpo.
"¿Crees que no soy un hombre?", preguntó moviendo las caderas para que Carolina pudiera sentirlo en su espalda. "¿Quieres que te demuestre cuán hombre soy?".
Carolina no era consciente de los demonios que se habían apoderado de ella, obligándola a pronunciar las siguientes palabras.
"¡Sí! ¡Muéstrame!".
Máximo se quedó momentáneamente atónito, pero pronto una sonrisa astuta se dibujó en su rostro. La chica estaba ante él con un ligero vestido veraniego; no pudo resistirse a deslizar los dedos por su muslo, haciéndola soltar suaves jadeos de placer.
Tras bajarse la cremallera del pantalón, inclinó el cuerpo de ella hacia delante; pero notó que la diferencia de altura sería un inconveniente.
"Cierra los ojos".
"¿Eh?".
"¡Que cierres los ojos!", ordenó y Carolina asintió, obedeciéndolo de inmediato. Sintió que le daban la vuelta y el aliento de Máximo le acarició el rostro. La chica soltó el joyero que aún sostenía e intentó tocarlo; pero él la detuvo.
"¿Puedo agarrarme a tus brazos? Llevas puesta una camisa, ¿verdad?", preguntó entre suspiros.
"De acuerdo", dijo mientras la soltaba. Carolina levantó las manos para aferrarse a los brazos de Máximo. Él miró sus labios sonrosados, que eran ligeramente carnosos, y la besó.
La muchacha deseaba poder acariciarle el cabello; sin embargo, le fue prohibido, por lo que se contuvo. En cambio, abrió la boca y él profundizó el beso. Sintió que la conducía hacia algún lugar, hasta que la levantó del piso y la sentó en lo que reconoció como una mesa.
Incapaz de resistirse por más tiempo, subió las manos hasta su cabello. Máximo se detuvo por un instante, cuando los dedos se deslizaron sobre la calva en su sien. Como a ella no parecía importarle, dejó que lo tocara solo ahí.
"¿Todavía te duele?", murmuró en medio de los besos.
"No", mintió ella, saboreando la sensación de aquellos labios sobre los propios.
Los dos capataces esperaron fuera hasta que oyeron caer cosas al piso y consideraron si debían entrar. No obstante, se detuvieron de golpe al oír los fuertes gemidos de Carolina.
"Creo que...".
"Deberíamos irnos. Los jefes ya lo solucionaron", dijo el más bajo, y juntos abandonaron el lugar.
Dolores, que se había quedado cerca, sonrió al escuchar a la chica. En el fondo de su corazón, deseaba con honestidad que ambos pudieran ser felices juntos, ya que ella le parecía una buena persona. Por tanto, sin perder la feliz sonrisa en sus labios, se retiró.
Máximo y Carolina respiraban con dificultad. Él le puso la mano detrás de la cabeza y la atrajo hacia sí. Tenía la mejilla apoyada en el pecho. Incluso si no se quitó la camisa, Carolina podía sentir el calor que emanaba de su piel y los latidos de su corazón.
'¡No puedo creer que lo hiciéramos de nuevo!', pensó, mordiéndose el labio mientras mantenía los ojos cerrados.
Hacía mucho tiempo que Máximo no tenía intimidad con una mujer, por lo que no estaba seguro de si la necesidad de estar junto a ella se debía a la prolongada abstinencia o al hecho de que Carolina era diferente en realidad. En cualquier caso, le aliviaba sentirse menos tonto como hombre y, a juzgar por la reacción de ella, le parecía que disfrutó lo que hicieron juntos.
'Las prostitutas saben fingir de maravilla', sonó una voz amarga en su mente.
"Mantén los ojos cerrados. Te ayudaré a llegar a la puerta", le dijo. Carolina arrugó el entrecejo.
"Quiero verte".
"No", respondió él con brusquedad.
"Pero... ya somos íntimos. ¡Estamos casados!", protestó, aunque no abrió los ojos.
"Dije que no. Solo me permites tocarte porque no me has visto".
"¡Eso no es verdad!", replicó indignada.
"Entonces, ¿eres tan profesional que puedes pasar por alto mi aspecto?", inquirió manteniendo ese tono desagradable. Carolina comprendió a qué se refería. Incluso de hallar las palabras correctas, estuvo segura de que no podría describir el dolor que la atravesaba.
Lo apartó de un empujón manteniendo los ojos cerrados y se levantó de la mesa, casi tropezando.
"¡Eres un imbécil!", se quejó, conteniendo las lágrimas. "Te di mi virginidad, ¿¡cómo puedes decir eso!?".
"¡Nada que una simple cirugía no pueda resolver!", se burló.
Carolina gritó de rabia, dio unos pasos hacia delante y abrió los ojos para ver por dónde iba. Se fijó en el joyero que estaba en el piso y, con el impacto de la caída, se abrió para exponer un impresionante collar de diamantes. De una patada lo apartó y abandonó furiosa el despacho.
Máximo, quien fue testigo de todo, negó con la cabeza.
'¡Si cree que me engaña, se equivoca!', pensó, enojado.
Mientras tanto, César estaba en la capital, furioso a más no poder.
"¿Qué pasa, hijo mío?", preguntó Yolanda, apoyándose en el marco de la puerta y mirándolo.
"No fue Eloísa la que se casó con Máximo", se quejó él, levantándose.
Su madre, una mujer mayor, entró en la oficina.
"Déjame ver a la chica", pidió.
César, quien tenía una foto de la familia Navarro en su computadora, abrió el archivo. Yolanda señaló a la impresionante joven de cabellos oscuros y ojos color miel.
"¿Es ella? ¡Pero si es bellísima!".
"¡No tan hermosa como su hermana, Eloísa!", se quejó César, señalando a la muchacha rubia.
Yolanda examinó a las dos jóvenes.
"Para mí, Carolina es más bella. Tiene un aura mucho más suave", afirmó. "La otra parece arrogante. ¡Fíjate en su expresión!".
Todos estaban de acuerdo en que la menor de las Navarro era preciosa, aunque tenía un carácter difícil por estar demasiado mimada. Sin embargo, César era consciente de que muchos hombres deseaban salir con ella, lo que le sumaba valor. Quería lo mejor para su hijo, lo cual incluía a una mujer digna de concebir los futuros herederos Castillo.
"Mamá, pero...". Empezó a protestar; fue interrumpido por la voz tranquilizadora de Yolanda.
"Cálmate, César", interrumpió su madre. "Míralo desde otro punto de vista", añadió, poniendo una mano reconfortante en el hombro de su hijo. "El que esta chica no sea tan solicitada como otras hace más probable que tenga los pies en la tierra y sea humilde. Nuestro muchacho necesita a alguien así, ¿no crees? Y recuerda que Eloísa ya lo ha rechazado sin la menor consideración. ¡Ni siquiera se dignó verlo!".
César frunció el ceño, pensativo. Al cabo de un momento asintió.
"De acuerdo, no diré nada a los Navarro. Al menos, todavía no".
Yolanda sonrió volviendo a centrar su atención en la foto de Carolina que había estado admirando. Algo en la chica le hizo pensar que sería la pareja perfecta para Máximo.
Más tarde, ese mismo día, Carolina permaneció encerrada en la habitación, perdida en sus pensamientos y rehusándose a bajar para comer. La puerta no tardó en abrirse con un chirrido.
Sobresaltada, la chica dio un respingo, sujetándose la almohada que tenía en el regazo, donde había estado leyendo un libro.
"Pero... ¿¡Qué demonios está pasando aquí!?", exclamó, ahora irritada.
Sin embargo, no había nadie delante de su puerta.