El aroma a sal y pescado en el muelle siempre había sido el perfume del trabajo duro para Armando, hasta el día en que se mezcló con el luto que el aire traía consigo.
"Su hijo... no sobrevivió", le dijo la monótona voz del policía, y cada palabra fue un golpe seco, pero la realidad, la muerte de su Juanito, su campeón, aún no se asentaba en su mente.
Con el teléfono temblándole en la mano, llamó a Sofía, su esposa, buscando compartir este dolor que amenazaba con partirlo en dos.
Pero en lugar de la voz preocupada de una esposa, un estruendo de mariachi y risas le respondió: "¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que mi primo necesita más promoción", dijo Sofía, irritada, y colgó.
El pitido final fue más doloroso que cualquier golpe, pues mientras su único hijo yacía en la morgue, ella seguía en una fiesta, una fiesta para celebrar la carrera del primo Ricardo, financiada con las deudas por las que Juanito había muerto trabajando.
¿Cómo era posible tanta frialdad, tanta indiferencia? ¿Cómo la mujer que compartía su cama, la madre de su hijo, podía ser tan ajena a la tragedia, tan preocupada por un parásito que su propio hijo?
Armando apretó el teléfono, sintiendo el crujir del plástico bajo sus dedos, y una certeza helada, más allá del dolor, se instaló en su pecho: el tiempo de la sumisión había terminado, y ahora, la verdad saldría a la luz.
El olor a sal y a pescado se mezclaba con el zumbido de las moscas en el muelle, un olor que para Armando era el perfume del trabajo duro, del pan de cada día. Pero hoy, ese olor le revolvía el estómago, se sentía pesado, como si el aire mismo estuviera de luto.
Sostenía el teléfono con una mano que temblaba, la pantalla rota mostraba el contacto de su esposa, Sofía.
El policía se lo había dicho con una voz monótona, casi aburrida, "un accidente de motocicleta, señor, en el libramiento. Su hijo... no sobrevivió".
Cada palabra había sido un golpe seco, pero la realidad todavía no terminaba de asentarse en su mente.
Juanito. Su muchacho. Su campeón.
El teléfono sonó una vez, dos veces, el tono de espera era un taladro en su cerebro.
Necesitaba escuchar la voz de Sofía, necesitaba que ella compartiera este dolor que amenazaba con partirlo en dos.
Finalmente, la llamada se conectó.
Pero no fue la voz preocupada de una esposa lo que escuchó, sino un estruendo de música de mariachi y risas.
"¿Bueno? ¿Quién habla?", gritó Sofía para hacerse oír por encima del ruido.
La voz de Armando se quebró.
"Sofía... soy yo, Armando".
"¡Ah, eres tú! ¿Qué quieres? Estoy muy ocupada ahorita, no puedo hablar".
La música sonaba más fuerte, podía distinguir la letra de una canción de moda, una de esas que le gustaban al primo de Sofía, Ricardo.
"Sofía, por favor... es Juanito".
"¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que se apure, que mi primo necesita más promoción para su nuevo sencillo", dijo ella, con un tono de fastidio.
Armando sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
"Sofía... Juanito tuvo un accidente".
Hubo una pausa del otro lado, pero no fue de silencio, sino que la música pareció bajar un poco de volumen.
"¿Un accidente? ¿Está bien? Mira, Armando, no tengo tiempo para tus dramas, Ricardo está a punto de cantar la canción que le compuse. ¡Es su gran noche! Llámame luego".
Y antes de que Armando pudiera decir nada más, Sofoía colgó.
El pitido final del teléfono fue más doloroso que cualquier golpe.
Se quedó mirando el aparato, la pantalla todavía iluminada con el nombre "Sofía".
En el fondo, la música de la fiesta de su primo. Una fiesta para celebrar.
Mientras su hijo, su único hijo, yacía en una plancha de metal fría en la morgue.
Juanito había estado trabajando horas extra en la motocicleta de reparto, una chatarra que apenas funcionaba, para ayudar a pagar las deudas.
Las deudas de Sofía.
Deudas que ella había acumulado para comprarle trajes de charro a Ricardo, para pagarle clases de canto, para financiar una carrera que solo a ella le importaba.
Armando apretó el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió.
Miró hacia el mar, las olas rompían con una calma que se sentía como un insulto.
Se acabó.
Todo se había acabado.
No solo la vida de su hijo, sino también cualquier cosa que alguna vez sintió por esa mujer.
Una frialdad se instaló en su pecho, una certeza helada que desplazó al dolor por un instante.
Estaba solo en esto.
Completamente solo.
Un par de horas después, una patrulla se detuvo frente a su humilde casa de bloques de cemento. Un oficial joven, con una expresión de incómoda compasión, le pidió que lo acompañara para la identificación formal del cuerpo.
El trayecto en la parte trasera del vehículo fue un borrón de luces y calles silenciosas.
En la morgue, el olor a desinfectante y a una tristeza antigua llenaba el aire.
Cuando el encargado corrió la sábana blanca, Armando sintió que sus rodillas cedían.
Era su Juanito.
Su rostro, usualmente lleno de vida y sonrisas, ahora estaba pálido y quieto. Tenía un rasguño en la mejilla y un pequeño corte en el labio. Parecía que estaba durmiendo, pero era un sueño del que nunca despertaría.
Armando extendió una mano temblorosa y tocó la frente fría de su hijo.
"Mi niño... mi campeón...", susurró, y entonces el dique se rompió.
Un sollozo desgarrador brotó de lo más profundo de su ser, un sonido animal de pura agonía. Se aferró a la plancha de metal, su cuerpo sacudido por espasmos incontrolables.
El oficial le puso una mano en el hombro, pero Armando no la sintió.
Estaba perdido en un océano de dolor.
Cuando finalmente pudo salir de allí, caminando como un autómata, el sol comenzaba a despuntar en el horizonte, tiñendo el cielo de colores naranjas y rosas.
Frente a la casa de la madre de Ricardo, a unas pocas cuadras de la suya, vio el desastre de la fiesta.
Había botellas vacías por todas partes, serpentinas en el suelo y un enorme arreglo de flores, de esas caras, con lirios y rosas blancas, que se estaba marchitando en la entrada.
Las mismas flores que se usan para las coronas funerarias.
La ironía lo golpeó con la fuerza de una ola.
Flores para celebrar la carrera de un cantante mediocre, mientras su hijo no tendría ni una sola flor en su tumba si de Sofía dependiera.
La imagen de las flores, tan hermosas y tan fuera de lugar, fue la gota que derramó el vaso.
Armando cayó de rodillas en medio de la calle de tierra, sin importarle las piedras que se clavaban en su piel.
Levantó el rostro al cielo y gritó.
Gritó el nombre de su hijo, gritó su dolor, su rabia, su impotencia.
Se golpeó el pecho con los puños, una y otra vez, tratando de sacar el dolor que lo quemaba por dentro.
Fue entonces, en medio de su desesperación, que escuchó voces provenientes de la casa de la fiesta.
Se arrastró, pegándose a la pared, hasta quedar debajo de una ventana abierta.
Era la voz de Sofía, pero sonaba diferente, melosa, conspiradora.
"Ay, primo, no te preocupes por el dinero. Tú sabes que para ti, lo que sea".
Luego la voz de Ricardo, arrogante como siempre.
"Pero, prima, ¿de dónde sacas tanta lana? Creí que el pescador ese apenas y les daba para comer".
La risa de Sofía fue como veneno en los oídos de Armando.
"¡Ay, Ricardo! ¿De verdad te crees el cuento de que somos pobres? Eso es pura pantalla, mi amor. Una farsa para que Armando no me esté chingando y se la pase trabajando. Él y el otro... así juntan más. Yo tengo mis ahorros, buenos ahorros. Todo es para ti, para que seas una estrella".
Armando se quedó helado.
La sangre se le congeló en las venas.
Una farsa.
La pobreza, el sacrificio, las horas extra de Juanito en esa motocicleta destartalada... todo era una mentira.
Una cruel y elaborada mentira para complacer a su primo.
El dolor de la pérdida de su hijo se mezcló con el ácido de la traición, creando una emoción tan tóxica que sintió que iba a vomitar allí mismo.
Se levantó lentamente, cada hueso de su cuerpo protestando.
Ya no había lágrimas.
Solo un vacío inmenso y una oscuridad que comenzaba a tomar forma en su interior.