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Un trato con el casanova

Un trato con el casanova

Autor: : Ornella Carey
Género: Romance
«Un trato, una venganza y un corazón que se descongela». Dominic, el casanova más reconocido del estado de Luisiana, se acaba de enterar que debe casarse antes de su cumpleaños número treinta y cinco o no recibirá la herencia que su abuelo dejó, una que necesita para sus planes de venganza. Ante la abrupta noticia, busca todas las formas para anular semejante disparate, pero no da con nada que sea su salvación, lo que deja al hombre más ecuánime de todos fuera de control. Por eso termina en un bar con su mejor amigo en busca de ahogar sus penas, al grado de quedar tan ebrio que le propone matrimonio a la sexy barténder de carácter indomable que los atiendes, quien lo sacude sin nada de agrado por ser un cliente molesto. No imagina que una semana después de ese evento, ella se presente en su oficina con un acuerdo que les cambiará las vidas. Uno que los llevará a develar los secretos del otro y a conocerse de formas tan insospechadas que podrían derretir sus corazones de hielo. Eso sí, todo eso mientras lidian con las múltiples consecuencias.

Capítulo 1 Dominic

Me tienen que estar jodiendo.

No podía creer lo que el abogado me acababa de comunicar, debía ser una broma de muy mal gusto, un artilugio tonto para tomarme el pelo de la forma más retorcida posible. Pero al ver la seriedad del hombre, el pesar de la asistente de mi abuelo, la sonrisa cínica de mi padre y el triunfo de mi madrastra, supe que esa basura era real, muy real.

¡Maldita sea!

-¿Por qué no se me informó sobre este asunto en la lectura del testamento? -pregunté a un paso de perder mi mierda.

-Fue por petición del mismísimo señor DeVille, dispuso que, si usted no estaba casado en el momento de su muerte, debía informarse de la cláusula hasta seis meses después de la misma -explicó y Agnes, la mujer operada hasta las pestañas que se le metió por los ojos a mi despreciable padre, se carcajeó.

Estaba gozando de mi desgracia.

-¡Esto se puso muy interesante! El viejo bastardo sabe jugar sus juegos, ¿eh? -expresó de forma jocosa.

En ese instante quise matarla, retorcerle el maldito cuello por atreverse a siquiera burlarse. Cuando mi madre se murió, mi abuelo blindó las acciones que habían pasado a mí, a tal punto que bloqueó los intentos de mi padre para hacerse con ellas. Fue una batalla campal, por eso la noticia me golpeó tan fuerte, él más que nadie entendía mi problema con el bastardo y su mujer. No podía creer que hubiese establecido algo así.

Era inconcebible.

El abogado buscó en el maletín, sacó un sobre sellado que tanto mi padre como mi madrastra vieron con sospecha. Si no cumplía con la cláusula antes de que terminase el año desde la lectura del testamento, las acciones que mi abuelo me había legado podían ser compradas por otros, menos por mí. Se sentía como una traición difícil de asimilar, así que cuando el abogado me tendió aquel sobre, estuve a nada de romperlo con rabia.

Tuve que hacer un esfuerzo monumental para tomarlo, sin embargo, no iba a ser tan tonto como para abrirlo delante de los buitres. Lo coloqué en la mesa de roble, y no hice ninguna otra expresión más que mi habitual semblante de seriedad, el que les regalaba a todos en la oficina.

-Aquí te explica todo con sus razones -dijo antes de levantarse y recoger todo-. Cualquier cosa, me puedes llamar o ir directamente a la oficina.

Se despidió y acto seguido, mi padre suspiró y su maldita mujer solo se rio como si no hubiese mañana. Él la miró en forma de reprimenda, lo que hizo que se callase. Nubia, la asistente del abuelo, una mujer que casi pisaba la tercera edad, regordeta y buena persona, me miró con algo que detestaba: compasión. Ante ello, no me quedó más remedio que levantarme para retirarme de una vez por todas.

Debía leer por qué mi abuelo había hecho aquello.

No le encontraba ninguna lógica que me obligase a casarme.

Sabía que no creía en ello, que la sola idea me repugnaba, que tenía un historial nefasto de ejemplos evidentes de que el matrimonio no significaba nada. Ver a mi madre perderse debido al hombre que amaba, era una de las cosas que jamás pensé jamás hacer, que no podía vivir. El mundo era cruel, la realidad me había enseñado que lo que primaba era el poder, la fuerza, la inteligencia. Dejarse llevar por el calor del momento, por ideas como el romance, era una completa pérdida de tiempo.

-Nos vemos, Nubia -le dije de forma educada.

-¿Quiere que haga algo por usted? -pidió antes de que llegase a la puerta.

-Dile a mi asistente que reprograme todo, hoy me tomaré el día -pedirle aquello se sentía extraño en mi lengua y ella, a pesar de tener una mirada sorprendida, asintió.

-Nunca creí ver el día en el que te tomases un descanso, ¿así es como caen los poderosos? -espetó la maldita de Agnes.

Cerré los ojos por un segundo y me contuve de apretar el puño para no darle la satisfacción. No debía darle ni importancia, ni mucho menos hacerle caso a la víbora que había entrado en mi familia con malicia. Salí dejándola con la palabra en la boca, preguntándome cuándo mi padre se había vuelto un pelele bajo su sombra.

*****

Llegué a mi apartamento y me aflojé la maldita corbata. Sentía que me asfixiaba, que me presionaba como a un desgraciado, en un vano intento de sacarme de mi maldita miseria. Coloqué el sobre sobre la impoluta mesa de madera que tenía como comedor, como si fuese un veneno a punto de intoxicarme. Era un completo desastre, y contuve mis respiraciones antes de que un maldito ataque de ansiedad me jodiera por completo.

Casarme.

Esa maldita palabra no estaba en mi diccionario, no formaba parte de mis planes de vida, de mi venganza, de mis ansias de acabar con un legado maldito de mentiras. Fui directo al bar, tomé un vaso de cristal que la diseñadora de interiores que había contratado se había dispuesto a exhibir junto con el juego completo y me serví un trago de bourbon como si fuese agua.

Jodidamente lo necesitaba.

Tras ella, decidí abrir el bendito sobre, lo hice sin tener cuidado, con prisa, solo para saber de una maldita vez qué quería conseguir el abuelo. Era un hombre que admiraba, respetaba por encima de todo y que creí, era una de las personas más inteligentes que conocía, sin embargo, que hubiese puesto una cláusula en la que se me exigía estar casado para recibir las acciones del conglomerado, era como un cuchillo clavándose por la espalda.

El viejo sabía muy bien lo que pensaba de ello, mi promesa, mi lucha contra un sistema. Obligarme a que lo hiciera, se sentía como si me hubiese escupido en la cara desde el más allá. De él había aprendido el lujo de no comprometerse, los beneficios que tenía vivir la vida solo, sin mayores responsabilidades que las de uno mismo. Mi madre había sido una sorpresa para él, un error del que se hizo cargo, pero él nunca jamás se casó, vivió muchas experiencias, estuvo con las mujeres más hermosas de diversas épocas, así que no entendía.

El mayor pecado fue que estipula notificarme delante de mis malvados enemigos.

Miré el papel que comenzaba a ponerse amarillento sin leerlo, con la rabia hirviendo en cada poro de mi piel como si estuviera a punto de perder la calma. Por ello saqué mi teléfono y llamé a Andrew, mi mejor amigo y abogado. Él podría ayudarme a buscar alguna forma de escaquearme de la disposición que mi abuelo había puesto. Tomé asiento y esperé pacientemente a que me contestase.

-¿Qué sucede, Dominic? -preguntó él con su característico tono de fastidio.

-El abuelo me la ha jugado... El abogado me ha dicho que para que pueda hacer uso y disposición de las acciones que me heredó al año de su muerte, tengo que cumplir con una cláusula o todo se irá a la mierda -expresé en tono sumamente serio.

-¿Qué se inventó el viejo? A ver, seguro es alguna tontería de que viajes a conocer un pueblo exótico o servicio comunitario. ¿Tal vez fue una construcción nueva para los desamparados? Ilústrame... El viejo era un hombre muy creativo -dijo con diversión.

Si hubiese sido alguna de ella, lo hubiese hecho divertido, con una sonrisa y toda la seguridad del mundo. Era lo que esperaba de mi abuelo, alguna especie de aventura, no el maldito desastre de un matrimonio.

Me había enloquecido.

Capítulo 2 Dominic

-No -dije tragando saliva con fuerza-, el viejo exigió que para que la titularidad se hiciera efectiva, tengo que estar casado.

-¡¿Estar qué?! -exclamó en un grito que me hizo alejar el teléfono de mi oído-. No, no era contigo, tranquila, si tengo algo para ti, te lo pediré... -le dijo a la pobre asistente de turno en tono duro-. Tienes que estar jodiendo.

-No miento, el abogado nos llamó a los accionistas mayoritarios para que escucharan porque así lo dispuso -escupí molesto-. Dejó claro en su testamento que, a los seis meses, luego de una revisión de las condiciones legales, daría una estipulación de ser requerida. Dejó todo dispuesto para que juntos supiéramos que tengo que estar casado antes de los treinta y cinco años o no hay trato. No podré acceder a las acciones y estas podrán ser vendidas al público.

Era una pesadilla.

-No puede ser...

-¿Hay algo que podamos hacer? -pregunté con desespero.

-Tengo que revisar todos los documentos, por lo que lo ideal es que le pidas todo al abogado que está gestionando todo, así como al albacea -explicó-. No pierdas la mierda todavía, revisemos a ver qué vacío podemos hallar. Seguro es una burla del viejo, algo para timarte un poco, hacer que los Adams comentan un paso en falso.

Ojalá tuviese razón.

-Bien, te espero en mi departamento mientras gestiono todo.

-Iré al salir.

Por un breve momento creí en las palabras de mi mejor amigo. Era un tipo sabio, algo tosco, pero sincero que veía cosas que yo no podría ver en esas circunstancias. Esperé que, tras evaluar, pudiese hacer lo necesario.

No me quería casar, preferiría vivir una reacción alérgica de las avispas que el maldito sacrificio.

Pasaba de ello.

*****

Una semana después de aquella llamada, tanto Andrew como yo estábamos de manos atadas. El viejo había blindado todo, tenía los informes médicos, el aval de salud mental, los testigos fiables, las firmas y el sello notariado que hacía que todo cobrara el debido peso. Según los estatutos y leyes de Luisiana, al crear un testamento con todas las bases, el estado debe hacerlo cumplir a cabalidad, siempre y cuando lo estipulado esté dentro del marco de la ley, sean condiciones razonables y preserven las sucesiones, de no ser así, pude haberme hecho con lo que correspondía sin problemas al ser un «beneficiario desnudo».

Lo que era una total mierda.

El viejo me había jodido y no me daba la gana de leer la maldita carta, una que tenía doblada en mi bolsillo como si fuese una especie de amuleto, como un recordatorio de lo rápido que podía cambiar todo. Lo más patético de todo, era que después de agotar todos los recursos, me había topado con la arpía de la esposa de mi padre en el mismo plan que yo. Ella no me vio, pero no me costó deducir lo que hacía.

Debido a eso, Andrew me arrastró con él.

-Tienes que casarte en menos de tres meses, Dominic -dijo mi mejor amigo mientras estábamos en la barra de Bourbon 'O' Bar, un bar que le gustaba, y al que nunca asistía porque no eran los sitios que solía visitar.

-¿Crees que no lo sé? -pregunté con ironía-. En ochenta y dos días tengo que casarme o el legado del viejo pasará a formar parte de cualquiera. Lo único que se me ocurre es que cuando comience la puja, compre todo a través de un intermediario...

No dejó siquiera que terminase la línea de pensamiento.

-Esa mierda es un testaferro e incurre en cientos de problemas legales que ni siquiera pienso mencionar -espetó con molestia y supe que lo había sacado de sus casillas-. Otra ronda por aquí, por favor.

El barténder asintió y en esas, una pequeña morena se coló en la barra, lo distrajo y este le explicó algo. Me inquieté por la lentitud, pero me mordí la lengua. La chica fue a la parte trasera, al regresar tenía una especie de uniforme que no dejaba nada a la imaginación. Debía medir menos del metro setenta centímetros, pero tenía unas poderosas curvas que me calentaron la sangre. Se recogió una coleta, y giró hacia nuestro frente mientras acomodaba las botellas.

Enseguida supe que era la otra barténder que nos atendería, por lo que asumí que nos atendería el resto de la noche. Para mi sorpresa, al ver a Andrew, se acercó con una genuina sonrisa y los pedidos que había hecho. Había un cierto aire de familiaridad que me sorprendió un poco, no obstante, decidí observar la interacción. Probablemente él había probado tamaño caramelo, y si era así, no sería capaz de intentar algún movimiento. Nos dio el bourbon y se inclinó sobre la barra.

Pude detallarla, me dio mucha curiosidad. Tenía unas tetas de infarto que enseñaba con orgullo, una sonrisa bonita que dejaba vislumbrar un pequeño diente torcido, unos labios que fácilmente podía ver dándome una mamada, lo que hizo que mi pene se levantase en una clara erección. Mierda. Era preciosa de una manera a la que no estaba acostumbrado, tenía un diminuto piercing en la nariz que la ponía en una categoría de rebelde. Sin embargo, fueron sus ojos cálidos los que cerraron el trato.

La quiero gimiendo debajo de mí.

-¡Qué sorpresa verlo por aquí, doctor Sers! Tenía mucho tiempo sin venir y trajo compañía -dijo ella en una voz que me hizo acomodarme en la silla porque fue directo a mi polla.

-Yo también te extrañé, Tams -respondió Andrew con una sonrisa verdadera, algo que no le regalaba a todo el mundo-. Hoy es una noche en la que beberemos mucho, mucho, bourbon... Así que estás advertida.

Ella asintió con una ceja arqueada y lo señaló luego colocándose la mano en la cadera.

-Espero que no sean unos malos bebedores o les patearé el trasero -espetó y mi amigo solo se echó a reír.

Yo los miré con incredulidad.

Andrew Sers jamás se reía tan libremente.

-Bien, trataré de no caer bajo tus pies -respondió él con una jocosidad que me hizo encararlo enseguida y carraspear-. Este es mi buen amigo Dominic.

Me presentó y ella asintió de forma educada, menos entusiasta que como había saludado a Andrew, lo que me irritó, lo suficiente como para incomodarme. Supuse que como era un desconocido, le bajaba a su efusividad.

-Tamsin, para servirte, estamos aquí de martes a domingo hasta las tres de la mañana -dijo y se marchó.

El detalle de que no me dejara continuar la interacción no me pasó desapercibido, la seguí hasta que se perdió hacia el fondo del local.

-Ni se te ocurra, Casanova, Tams es una buena chica y un hueso muy duro de roer -expresó mi amigo haciéndome verlo con una sonrisa retadora-. No es de las que va con un hombre porque sí, tengo dos años viniendo aquí y se ha vuelto alguien especial para los clientes asiduos, así que mejor olvídalo... Es una chica.

-Es una mujer y bien mayor de edad -dije por joderlo.

-Mejor deberías pensar cómo carajos casarte -espetó con una sonrisa arrogante y se me borró mi buena expresión-. Tendrás mujeres más dispuestas a hacer el trato, tienes que buscar a una que te ayude, ofrécele algo que quiera, que sea discreta y que no represente ninguna maldita molestia.

-Todas las mujeres representan una molestia -respondí cansado- Hallar a una adecuada que se calle, será una maldita misión imposible.

-Bueno, si no hubieses follado con media Luisiana, tal vez las mujeres no fueran tan difíciles contigo -murmuró antes de tomar un trago.

Tenía un punto, que no me gustasen las relaciones no quería decir que no adoraba el sexo, lo amaba, follar era parte de mi esencia, era placer, necesidad. No se relacionaba con el amor, por eso que luego de dos o tres encuentros, me alejaba porque las mujeres tenían una idea muy errada de lo que podía significar ello. Le dejaba claro a lo que iban y aun así esperaban más.

Jamás iba a dárselo.

Sin embargo, Andrew tenía un punto, debía encontrar a una mujer supiera su lugar.

-Tengo que buscar a alguien -cedí finalmente-. Una mujer que cumpla con los requisitos...

Así conversamos Andrew y yo, mientras bebimos más de lo que podíamos admitir, sin tener la puta idea de que la barténder no había estado escuchando desde el principio.

Un pequeño detalle me cambió por completo.

Claro, luego de beber mi peso en bourbon y hacer el ofrecimiento del siglo guiado por mi polla.

Capítulo 3 Tamsin

Estaba harta de mi vida, de las deudas que tragaban a mi familia por doquier. Miré los sobres desperdigados que notificaron todas y cada una de las cuentas por pagar que teníamos pendientes, unas que parecían ser interminables, lo que me tenía al borde del colapso.

«Me sumergiré en el Mississippi con cuatro bloques que me hundan hasta el fondo si veo otro sobre» pensé con ironía.

Me consideraba una mujer fuerte, centrada, educada, pero tras perder la beca porque mi historial crediticio y el de mi madre estaban arruinados, empecé a ver todo con cierta oscuridad, cierta amargura que no podía asimilar. Una que poco a poco iba redirigida el hombre que apestaba a alcohol y roncaba a pierna suelta en nuestro jardín, aplastando las pequeñas flores silvestres que mamá cuidada como si fueran su vida.

No lo tragaba.

Mi madre siempre daba gracias porque a pesar de todo podía tener un plato en la mesa, pero eso cada día se volvía más difícil. Me llevó a considerar muchas cosas estúpidas. Lastimosamente, no me quedaba tiempo ni de respirar por los dos trabajos en los que me partía la espalda para ayudarnos. Recogí todos los sobres, y dejé el origen de nuestros problemas en su estado de miseria.

No tenía tiempo ni ganas de lidiar con ello.

Dejé todo en la mesa, pasé doble seguro y me aseguré de que todo estuviese cerrado para que el borracho de mi progenitor no entrase a robar. Debía esperar por mí o por mamá para hacer lo que siempre hacía: rogar, pedir y largarse. Teníamos un ciclo vicioso, uno horrible. Por ello, me metí en el auto, y al encenderlo, el ruido lo hizo moverse, más no levantarse, lo que me dio un pequeño suspiro y salí de casa sin problemas.

Vivía en una de las zonas más marginadas de la ciudad, por no decir la más: el distrito nuevo. Fue uno de los sitios que Katrina golpeó con toda la fuerza de su ira, dejó a una comunidad sumergida en las aguas, sin nada de sus pertenecías y con una estela de muertos a su paso, entre ellos mi hermano mayor, un chico que estaba a nada de graduarse de preparatoria, unirse a los marines y desarrollar con ellos su complejo de héroe.

Bueno, eso no salió nada bien.

Mientras mi padre y mi madre me sacaron para evitar el desastre, él se perdió para intentar sacar a la mayor cantidad de gente atorada posible. Todo fue bien hasta que por las ráfagas de viento, un poste le cayó encima, le golpeó en la cabeza y la corriente violenta de las aguas lo arrastraron al punto del ahogo. Fue uno de los tantos que quedaron enganchados en algo, y por eso el agua no lo arrastró hacia el río.

Los rescatistas dijeron que tuvimos suerte de recuperar el cuerpo. Sin embargo, a la niña de seis años que vivió los hechos no le pareció eso. Nuestra suerte fue de mal en peor, quedamos de albergues en albergues en albergues hasta que se nos dio la oportunidad de volver a la zona, en una casa que no era lo que conocía como hogar, sin un hermano, y una crisis económica que, al desatarse, dejó a mi padre sin su maldita jubilación. En el año dos mil diez cuando tuvo un accidente laboral y lo dieron de baja médico, todo se terminó de ir al diablo.

Ahí, a la tierna edad de once años, descubrí cómo se veía la depresión.

Lo único valioso era que tenía una madre que sacó agallas para lidiar con una niña que entró en la adolescencia y un hombre discapacitado que al que se le habían apagado las ilusiones. La mujer merecía una maldita estatua por ser la mejor madre y esposa que el bastardo y yo pudimos tener.

Por ella era que seguía lidiando con la ira por todos los malditos desastres que nos ocurrieron como una estampida. Sin embargo, jamás perdonaría a mi papá porque se dejó vencer, porque no nos eligió, porque no éramos una buena motivación. A la adolescente rebelde que había en mí no le gustaba eso, su egoísmo por encima de todo.

Con un suspiro intenté alejar mis pensamientos.

Necesitaba llegar a mi trabajo como limpiadora en un edificio de oficinas para luego ir a la maratónica jornada del bar. Fueron trabajos opuestos que pude en conseguir en tiempo récord cuando dejé la universidad y me despidieron de mi empleo como camarera. Era un poco jodido, pero no me podía quejar. Era dinero que nos daba para medio vivir, y que últimamente se iban en las cuentas médicas de mi madre.

Necesitábamos saber de una vez por todas qué era lo que tenía.

*****

Media hora después, conduje el auto viejo hacia el estacionamiento del edificio y me reporté con mi jefa, Graciela, una mujer latina de armas tomar, con un carácter un poco difícil, pero una empatía que muy pocos tenían. Me recibió de buen humor, y me asignó el área en la que trabajaría ese día: la tercera planta. Respiré profundo y agradecí, las oficinas que ahí funcionaban eran de las sencillas, solo funcionaban unos consultorios de psicólogos que no tenían muchas cosas por limpiar, lo que indicaba que tendría una buena jornada. Lo mejor del asunto, es que trabajaría con Jenna, mi mejor amiga.

Era igual de marginada que yo, pero a diferencia de mí, pudo terminar sus estudios y saldría en la próxima cohorte de la Universidad de Nueva Orleans. Me alegraba por ella. Así que, con tranquilidad, me puse el uniforme de trabajo, tomé todos los instrumentos de limpieza que necesitaba y subí al ascensor. No era un día de consulta, por lo que no me sorprendió verla bailar al ritmo de lo que sea que escuchaba en sus audífonos inalámbricos, muy probablemente, alguna canción de Jason Derulo.

Aquello me hizo sonreír.

Cuando me vio, bajó los audífonos y sacó su teléfono para poner la canción a sonar a través de este. Se meneó y me invitó a unirme a ella, por eso dejé de lado todo para menear las caderas bajo el sonido de Take you dance. Nos sincronizamos con facilidad y movernos al son de la coreografía que muchas veces intentamos replicar. Terminamos cantando a viva voz, y riendo como desquiciadas por la tontería.

Me gustaba que la belleza de piel oscura tuviese siempre una sonrisa perenne y que, a pesar de todo, su luz siempre brillase de esa forma tan especial. Envidiaba un poco su vibra, no era una mujer amargada, en realidad, me gustaba ser espontánea, solo que tenía una mala racha desde que dejé el último año escolar para avanzar con la licenciatura y adelantar lo necesario para la maestría. Perder ese ganar-ganar fue tan agrio que me había bajoneado por completo.

-¿Cómo va todo? -preguntó una vez que comenzamos a limpiar juntas.

-Bien, pero estoy preocupada por mamá, últimamente llega más cansada de lo normal, los dolores de cabeza se hacen más permanentes -expresé con sentimiento.

-Rose es fuerte, probablemente sea algo pasajero, por lo que sole necesite vitaminas y cosas así -explicó en un intento de alentarme.

Lo agradecí, pero no era tonta, algo le pasaba, algo que seguramente sería muy costoso. Demasiado para poderlo pagar y eso era lo que me tenía al borde del fondo del abismo.

-Ojalá y sea eso -respondí y seguí sacudiendo el polvo de los diplomas que estaban colgados en la pared.

-Sabes, creo que necesitas una salida divertida, un poco de ánimo y tal vez una cita. Alguien que te estremezca entera -dijo con descaro sacándome una sonrisa.

-Claro que sí...

No pude evitar el sarcasmo.

-Sabes que sí, necesitas pasión y una buena revolcada para que te alineé todos los chacras -apuntó sacándome una carcajada.

-Vamos, Jenna, las complicaciones de una relación no es lo que necesito ahora... Es algo para lo que no tengo tiempo, y mucho menos cabeza -admití con franqueza.

-No te estoy diciendo que te eches un novio, te estoy diciendo que te dejes coger, que para eso puedes sacar tiempo sin problemas, que con unas dos horas que te saques vas relajada, aunque lo ideal es que te ponga en todas las posiciones durante todo un fin de semana -dijo subiendo y bajando las cejas con sugerencia-. Deberías ir conmigo al nuevo local nocturno que abrirán, ahí deben abundar hombres sexys que no tendrán problemas con tener sexo de una noche y pasar la página.

Aunque mi amiga era un sol, la alegría de la huerta, no sentía ni ganas de tener sexo porque nunca había sentido las ganas de llegar hasta ese paso. Sí, había experimentado de todo, sabía dar mamadas, me habían comido el coño, a pesar de que no había sido la mejor experiencia, podía hacer el trabajo manual y hasta dejé que mi exnovio me colocara un collar de perlas y me acabara en la cara. No era una ignorante, solo que ese paso jamás había pasado porque los hombres con los que había tenido intimidad no me habían prendido.

Nunca le había explicado eso a ella, una vez me encontró encima de mi ex y solo asumió. Aunque a diferencia de mí, Jenna era abierta a contar sus proezas, yo solía ser completamente discreta. Me gustaba mantener ciertas cosas para mí, no todas las experiencias eran aptas para todo público.

No, gracias.

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