Hacía milenios que ningún ángel era desterrado del cielo, pero ese día, un solo error, provocó que lo echaran al más profundo de los abismos.
Era el milenio de los truenos, donde había mucho trabajo por hacer y Daniel, el más poderoso de los ángeles tenía problemas causados por su único defecto, la bondad.
-Me llevarán ante el consejo, sólo porque hice algo que le salvó la vida a un humano -renegó. Aquel había sido el segundo más grave error, alzarle la voz a Dios.
-Arrodillate ante mí, pídeme perdón, humillate y dame gracias por darte la vida -odeno Dios.
Daniel se arrodilló ante él, como lo había hecho muchas veces y como lo hacían todos.
-Perdóname Dios, todo poderoso, generoso, alfa y omega, tú eres y serás siempre el único Dios en el universo -dijo mientras una lágrima se derramaba por sus mejillas.
Estaba cansado de que el "gran yo soy" los humillara, les pidiera que se arrodillaran y les recordará una y otra vez que él era el señor de señores y rey de reyes. Que les echará en cara que los había creado y que los castigaría duramente por cada acción, que ni sus mentes tenían privacidad y que él, se daba cuenta de todo, por ende, había miedo en los cielos.
-Vete y espera que tengas algo de compasión por ti -dijo "el gran yo soy" de los cielos.
Daniel se marchó de la presencia de Dios y fue a llorar hasta un rincón, el rincón más oculto del cielo.
-Daniel, Daniel -una voz femenina retumbaba por toda la estancia.
-Demonios -jadeo mientras se despertaba de aquel sueño que había tenido, el cual le recordó, la razón por la que estaba convertido en demonio disfrazado de humano.
-Demonio, tu -dijo la mujer-. Si no fueras el jefe, ya estuvieras despedido.
Daniel era el mejor neurocirujano de toda España, dueño y director del hospital donde trabajaba. Imponente, su voz tan ronca que mostraba el demonio que era, pero unos ojos, que mostraban el ángel que un día fue. Como había salido del abismo profundo en el que su creador lo había enviado era una larga historia que jamás contaría, su corazón estaba tan duro como una roca y sus sentimientos, estaban a flor de piel pero eran malos, sentimientos de rencor y dolor pero no era malo, aunque sonará contradictorio.
-Sabrina, más me valió ser el jefe.
-Mira, hay una joven que tiene un problema de la vista, tal parece, se está produciendo por un tumor, vamos a hacerle estudios, se va a atender aquí y pues nada, aquí tienes su expediente y vendrá a hablar contigo mañana, la cita de ella es a primera hora.
-Bien, bien, perfecto.
-Ah, y viene con el programa de televisión.
-Bien, bien.
Daniel tomó aquel expediente, probó el café frío que tenía en una taza y se dispuso a leer aquellos documentos. Con cada cosa que leía de ella, más seguro estaba de que se trataba de la humana de la cual fue su ángel guardián y por salvarle la vida, lo habían mandado al destierro. Suspiro, no sabría que sentiría al verla, puesto que no podía negar que la llegó a querer mucho, cosa que no suele pasarle a los ángeles guardianes, pero a él le pasó y por eso, cuando la muerte le lanzó un rayo, él, lo detuvo y ahora ella estaba ciega y él, desterrado.
Por otro lado, la simple mortal estaba luchando con sus fantasmas, con todo aquello que temía. Recordaba los momentos en los que era feliz, tenía una buena vista y con ello, una buena vida, pero se había quedado sin ángel guardián, sin luz en sus ojos y sin empleo, tan solo una pensión de discapacidad con la que podía pagarse un diminuto apartamento de diez metros cuadrados muy cerca de la Casa Socorro en San Sebastián, planeaba dejar aquella ciudad, puesto que vivir ahí cada día era más costoso; una ciudad turística no era lo más ideal para una joven que vivía de su pensión, el único motivo por el que aún no se iba era porque un programa de televisión, se ofreció a pagarle todo el tratamiento para su vista, con la condición de documentar todo el proceso, a lo que ella rápidamente aceptó, pero todo aquello, le asustaba y más aún por que era una persona sola, sin nadie con quien contar, solamente una amiga incondicional que no podía tomarse el tiempo de cuidarla porque dicha amiga, tenía dos trabajos para poder tener dinero suficiente.
Maldecía una y mil veces aquella vida, deseaba morir pero cada que se tomaba una taza de café y recordaba cuántos libros había leído, volvía a sentir que la vida tenía algo de sentido por la añoranza de volver a poder leer una de esas novelas que tanto le gustaban.
-No entiendo -dijo Alma, con su vista apagada y perdida en la nada, bajo la atenta mirada de su única amiga-. Antes, no se cuanto tiempo atrás, sentía que mi vida tenía paz, vivía como tú, tú sabes, trabaje y trabaje pero con todo y eso, era feliz, sentía una paz, una llenura; ahora siento en mi alma como si algo me faltará.
-Quizá es porque no tienes familia -respondió, Valeria, quien trabajaba mucho, para poder costearse todos sus gastos sin problema y ahorrar para seguir pagando el piso en él que vivía-. Te he dicho que vengas a vivir conmigo.
Valeria era una joven que no podía estar todo el tiempo al pendiente de su amiga, pero iba a visitarla cada que podía; ya le había dicho muchas veces que se fuera a vivir con ella, pero Alma padecía de una gran depresión que ocultaba muy bien, sin embargo, se dejaba ver, cuando prefería estar encerrada y sola que acompañada.
Al otro lado del país, estaba el consejo de los ángeles caídos, que estaban al tanto del demonio, querían sacarlo del destierro en el que sus malos sentimientos lo habían sumergido. Era alguien caído, alguien que estaría por siempre, desterrado del cielo pero en la tierra, no necesitaba un cielo cuando tenían a los dioses y un Olimpo, por eso, debían buscarlo y guiarlo por el camino correcto antes de que hiciera cosas feas que afectarán al mundo. Cada que Dios, expulsaba a un ángel, ellos lo buscaban antes de que este se volviera oscuro, para llevarlo por el buen camino pero con éste, se habían tardado más tiempo, aun así, quedaba oportunidad de salvarle.
-Aún tenemos tiempo -dijo Max, el líder-. Irás tú y lo convencerán de que acepte a los dioses, ellos lo protegerán, no lo juzgarán, explícale, pronto tendrá una elegida y será feliz, pero debemos sacarlo de donde está.
-Soy un ser de mucha luz, papá, no puedo ir ante él, es demasiado oscuro, no me recibiría bien -se quejó y con justas razones.
-Por eso mismo, debes ser tú, además, jamás te quedas sin terminar algo, eres bien terca y él no es cosa fácil, vas a ir ahí y lo vas a traer ante el consejo.
Era un ángel lleno de luz y su misma luminiscencia provocaba que tuviera una manera especial de hacer las cosas, jamás se quedaba con la duda de algo y nunca se había dado por vencida, por eso era la mejor opción para que aquel ángel caído, se convirtiera en un ángel más. Ya no del cielo, nadie quería regresar, pero si, ser un ángel de luz para la tierra.
-Bien, solo déjenme terminar el proyecto que tengo con los lobos -dijo, aceptando aquella misión casi imposible pero suspiro optimista. Nada podía ser imposible para ella que hasta la fecha, no había fallado una.
La tristeza inundaba todo su ser, pero no lo demostraba, tenía orgullo. Su pecho dolía pero fumaba un cigarro y con el humo, tragaba su dolor y sus lágrimas. Era un demonio, él no lloraba, ya no lloraba. Salía tarde del hospital, había veces que pasaba haciendo dobles turnos, pero no podía mostrar que no se cansaba; no era humano pero trabajaba y vivía entre ellos, por ende, debía mostrarse como uno de ellos. Dolía llegar a casa y encontrarse solo; había perdido toda fe en el cielo, pero eso era porque aún, tenía tan poco de haber llegado a la tierra que no sabía que existían más dioses, puesto que Dios del cielo, les metía en la cabeza que él era el único, cerrándole los ojos para que no miraran más allá y lo adorarán siempre.
Un gato negro se acercó, se acomodo al lado del demonio y ronroneo mientras esté lo acariciaba.
-Dicen que somos malos -le hablo al gato-. Pero yo digo, que somos más buenos que los malos, que las palabras están confundidas; me pregunto, ¿cómo Dios puede ser llamado bueno y hacer lo que hace? Por eso, yo digo que bueno significa malo y malo, significa bueno.
Nadie que fuera bueno, tendría el valor de enviar al abismo profundo a alguien que actuó, con amor. Se suponía que el amor era infinito y que Dios no juzga por amar, pero los ángeles no podían amar. Daniel no entendía muchas cosas y eso lo llenaba de odio porque no comprendía como llamaban bueno, a alguien que creaba seres para hacerlos sentir inferiores; para que lo adoraran de rodillas y se humillaran. Él, siendo el demonio en el que se había convertido, no le gustaría ni permitiría que alguien se arrodillara ante él; ni que alguien fuera juzgado por amar. No comprendía porque Dios, era llamado bueno, si castigaba sólo porque alguien amaba, como era posible que un acto tan bueno y bondadoso, el gran yo soy, lo castigará.
-Yo prometo nunca dejarte -le dijo, nuevamente a su gato.
Encerrado, solo con su gato, no parecía malo porque en realidad no lo era; era un ser oscuro con una alma noble que luchaba día con día contra sus demonios y malos deseos. Daban ganas de hacer mal, de dañar, cuando miraba tanta maldad pero se ponía a reflexionar que si hacía cosas malas, a los malos, él también terminaría siendo malo. Era oscuro, pero no hacía cosas malas.
No iba preparado pero sí, con valentía. Entró como todos los días, saludando al personal, ya fueran de limpieza, recepcionistas, médicos, enfermeros y auxiliares, él saludaba a todos, no sonreía, porque no podía, no lo sentía, nunca nadie lo había mirado sonreír pero era amable y aunque aparentaba tener un mal carácter, era educado y nunca había hecho sentir mal a nadie.
-Daniel, la joven ya te está esperando -dijo su secretaria tras él, mientras se dirigía a su consultorio.
-¡Buenos días! -dijo, Daniel, a la única joven que estaba ahí, una linda mujer con sus ojos apagados.
-Que pase -pidió como siempre, entrando a su escritorio.
Al verla, sintió aquella conexión, aquello que sentía cuando cuidaba de ella. Quiso protegerla como lo había hecho siempre, pero no podía mostrar más interés del debido. Sus expresiones estaban muertas, podía morir de tristeza, enojo o como esa mañana, de amor pero no lo mostraba y eso en gran parte le ayudaba.
-Mira, cariño -dijo Sabrina a la pequeña Alma-. El que te saluda, es el médico que te atenderá, vamos.
La secretaria la ayudó, tomándole la mano y la guió hasta el consultorio donde el demonio ya estaba tomando café, puesto que Sabrina, lo que tenía de hermosa, lo tenía también de trabajadora y responsable. Todo el tiempo, en cuanto llegaba a su puesto de trabajo, llevaba el café de su jefe al consultorio, para que él, no tuviera que pedirlo, solo se sentaba a tomar su café y trabajar. Ese día, tenía una cirugía importante, le abriría el cráneo a un niño de diez años, así que debía ser rápido con Alma, para preparase bien para aquella cirugía.
Alma se sentó frente al demonio, este la miraba y estaba molesto, sentía el hambre que ella tenía, el dolor de cabeza y todas sus preocupaciones. Esa mañana, Alma no había comido, ya que durante el día, solo se podía permitir una comida y era la cena. No podía cocinar, así que el dinero le alcanzaba para hacer un pedido a domicilio al mismo restaurante de siempre.
-Sabrina -habló el médico por el teléfono-. Trae algo para que la señorita coma, le traes agua y café.
-Está bien, enseguida -desconcertada, Sabrina llamó a un restaurante que quedaba justamente, frente al edificio del hospital. Jamás el cirujano había pedido comida para un paciente, pero eso, Alma no lo sabía, al escucharlo, pensó que era algo que hacía con todos.
-Muchas gracias -sonrió, Alma.
-Vamos a comenzar a grabar -dijo el director del programa.
-Aún no, la señorita va a comer primero, no puedo comenzar si ella no ha comido.
Al director no le gustaban los retrasos, pero tampoco podía contradecir al mejor neurocirujano del país y por el cual, el programa era un éxito. Por su parte, al demonio no le gustaba trabajar con él en un programa de televisión, pero lo hacía, porque era una buena manera de ayudar a personas que no podían costear aquellos servicios tan costosos y delicados.
Al llegar la comida, Alma dio las gracias una vez más y se dispuso a comer, pero al hacerlo de una manera bastante torpe, el demonio se apresuró a ayudarle, dándole de comer en la boca.
-Me siento tan incómoda, inútil y desgraciada, no estoy acostumbrada a que alguien me ayude pero no quiero ser grosera -dijo, luego de que tragara el primer bocado que el cirujano le dio.
-Lamento que te sientas así, prometo que pronto estarás bien -dijo -. Mientras tanto, déjame cuidarte, que lo hago con mucho gusto.
Sabrina miraba aquella escena con el ceño fruncido, estaba confundida pero al mismo tiempo feliz. Ella apreciaba mucho a su jefe y jamás lo había visto preocuparse tanto por alguien, lo que significaba que estaba enamorado y eso era bueno, porque lo miraría sonreír, si era amor, su jefe sonreirá pronto y eso a ella le hacía feliz.
Jamás se había sentido tan querida, cuidada y protegida pero recordaba que estaba en un programa de televisión y pensaba que todo aquello, se debía al trabajo que el médico hacía ante las cámaras, sin embargo, era hermoso sentirse así.
Luego de que ella terminara de comer, el rodaje comenzó, primero, grababan todo sin pausa alguna, sin cortes, grababan todo, y ya luego, editaban, cortaban y acomodan el programa al antojo de la producción y demás. Al demonio no le gustaba que lo interrumpieran con cortes y repetidas escenas, porque decía que era médico, no actor. Le hizo todas las preguntas y revisó a la humana como si las cámaras no existieran, y al final de todo, le mando todos los estudios que debía hacerse en el mismo hospital.
-Bueno, pueden irse, yo me quedaré con la paciente -informó el médico al equipo de grabación.
Todos desocuparon el lugar, quedando solo el ángel caído con la humana mirada apagada. Él la miró suspirando, quería protegerla y lo haría a la costa que fuera; no sabía si lo que sentía era su instinto de ángel guardián que un día fue de ella o porque a como Dios había dicho, tenía sentimientos humanos hacía ella, fuera como fuera, él le haría caso a sus sentimientos que increíblemente, aún tenía.
-¿Qué debe decir? -pregunto, Alma, sintiéndose algo incómoda porque tenía la sensación de que el médico no dejaba de verla.
-Mira, debes mudarte, es que, con el programa, viene un piso...
-No me voy a mudar, para luego volver a mi... mini apartamento -interrumpió, suspirando lo último.
-Bueno, es necesario, porque posiblemente te haga una cirugía que posteriormente necesite un cuidado óptimo, es por tu salud, porque entonces, de qué serviría tanto esfuerzo si terminas muriendo de una infección.
-Bien, bien -acepto -. El director no me dijo nada sobre esto.
-Ah, es que de esto, me encargo yo, dependiendo lo delicado que sea el caso -respondió con mentiras.
Mentía, pero lo hacía porque no se sentiría bien, hasta saber que ella estaba siendo bien cuidada, ni siquiera sentí deseos lujuriosos, solo quería protegerla y nada más.
-Sabrina -llamó por teléfono-. Ven, por favor.
Pronto la joven y hermosa secretaria estaba ahí, sonriendo como siempre.
-Necesito a una enfermera para que acompañe a la señorita, dia y noche; también a una señora que se encargue de la casa y llama a la agencia de mudanza, ella se mudara para el piso donde se mudan los que obtienen ese beneficio del programa -mintió, la secretaría sabía que eso último era mentira pero comprendió.
-Bien, yo me encargo de todo -sonrió, Sabrina. Por algo, ella era la única que había durado tantos meses trabajando con él complicado cirujano, según el demonio, era la empleada perfecta.
-Me siento, no se -dijo, Alma -es que, es demasiado bueno y al mismo tiempo, da miedo de que todo salga mal y quede peor.
-No entiendo, antes eras tan positiva, le mirabas siempre el lado bueno a las cosas... -se quedó callado, no debía hablar de ella, porque cómo explicar que la conocía perfectamente porque fue un ángel guardián, hacía tan solo, unos pocos años atrás.
-Usted, ¿me conoce o me confunde?
-Ninguna de las dos, solo hable así, porque me gusta usar la psicología, de recordar a mis pacientes lo bonito que miraban la vida, antes de estar enfermos, estoy seguro de que usted era una señorita con mucha seguridad y positivismo.
-Si, de hecho.
-Bueno, vamos, Alma, yo me encargo de todo -interrumpió, Sabrina -. Te aseguro que recuperarás no solo tu vista, sino que tu vida será mucho mejor.
Mientras las mujeres salían de su consultorio, él suspiraba; al quedar solo, sintió ganas de golpearse la cabeza contra la pared por lo estúpido que había sido.
-Que estúpido, fui -se regaño por lo bajo.
Alma sentía deseos de salir directo a hablar con su amiga y decirle todo lo que había pasado. Estaba emocionada y no pensaba esperar a que Valeria tuviera unas horas libres, para que fuera a verla, en esa ocasión, estaba tan emocionada, que se aventuró a ir.
-¿Para dónde vas al salir de aquí? -preguntó Sabrina.
-Voy al hotel donde trabaja mi amiga -respondió con una mirada neutra pero acompañada de una pequeña sonrisa-. Es lo unció que tengo y quiero contarle todo.
-Bien, ahora le llamo al chófer de Daniel, para que te lleve.
-No, no, no, no quiero causar más molestias.
-No, tranquila, no pasa nada.
Sabrina llamó al joven que conducía y ya cuando esta, estaba afuera del edificio, la secretaria llevó de la mano a Alma, por aquellos largos pasillos. Mientras caminaban, Alma iba imaginando el lugar, lo imaginaba muy diferente a como en verdad era. Era lujoso, habían sillones en lugar de sillas; había para hacer café, servise agua fría o temperatura ambiente; era lujoso y hermoso pero ella se lo imaginaba como los hospitales que ella solía frecuentar antes de que perdiera la vista y que también siguió yendo, luego de se sus dos luces se apagaran.
-Alma, sé que esto es nuevo para ti, pero danos un voto de confianza, verá que todo saldrá demasiado bien -dijo, Sabrina.
-Gracias, Sabrina, de verdad.
-Bueno, prepárate mañana para la mudanza, cualquier cosa que necesites, llámame, no importa la hora y cuando digo, cualquier cosa, es cualquier cosa.
Alma tenía móvil, su amiga le había comprado uno de teclado, uno que era muy barato, aun así, había costado mucho conseguirlo, ya que esos móviles no se usaban en dicho país con frecuencia. Le guardaban los contactos anteponiendo un número al nombre, por lo que, para llamar a Sabrina, debía presionar la tecla que bajaba, durante cuatro veces.
Se despidieron y pronto, la hermosa niña de mis perdida, llegó al hotel, donde pidió hablar con su amiga, mientras tanto, un joven le dijo que se sentará en el lobby.
-Valeria, Alma te busca -dijo, el joven sonriente.
Valeria estaba en la lavandería, tenía mucho que lavar pero según la hora, tenía diez minutos para un descanso y qué mejor, que pasarlo con su amiga, sin embargo, se sintió algo preocupada porque jamás había ido al trabajo, a buscarla.
-No te asustes, la veo feliz, creo -sonrió sonrió joven.
-Gracias, ya voy, solo dejo esto en orden.
El joven, corrió hasta el bar y compró un refresco, emocionado y sonriendo, llegó hasta donde estaba Alma y se sentó a su lado.
-Mira, toma un refresco, soy el mismo que...
-Si, se que eres el mismo que me sentí aquí -interrumpió -. He aprendido a conocer a las personas por su voz y su olor.
-¿Huelo bien? A sudor, ¿verdad?
-No -dijo, Alma sonriendo-. Hueles bien y tu voz es hermosa.
Aquellas palabras provocaron un leve sonrojó en las mejillas del joven, sonrojó que Valeria notó al llegar a donde ambos estaban hablando.
-Alma -habló Valeria para que supiera que estaba ahí, ya que estaba hablando muy amena.
-Valeria, tengo mucho que contarme, me ha ido muy bien.
-Bueno, yo me voy, ha sido un gusto conocerte -dijo el joven-. Valeria habla mucho de ti, habla tanto, que ya sentía que te conocía.
Al joven le faltó de decir, que se la había imagino bien fea, pero que al verla, sintió algo en su pecho, algo que no lo había sentido por nadie.
-Eres muy lindo -sonrió, Alma.
No quería despedirse, pero Valeria, con la mirada lo corrió así que le dejó un beso en la mejilla de Alma y se marchó.
-Cuéntame, ¿qué ha pasado?
Alma comenzó a hablar de una forma muy emocionante, tanto que contagió de positivismo a su amiga. Valeria la miraba sonriendo; suspiraba de felicidad porque su amiga, aquella de antes, que siempre le miraba el lado bueno a lo malo, había vuelto.
Valeria despidió a su amiga, con un beso y abrazo, prometiendo ir a visitarla el sábado por tarde a su nueva dirección, dirección que aún no tenía, pero que Alma prometió, pedirle el favor a Sabrina, para que le enviara la dirección. La joven siguió con su labor: lavar aquella ropa, ordenarla y guardarla. Mientras estaba en su afán, hablando con las demás que hacían el mismo trabajo, llegó Alán, el joven que no dejaba de pensar en la hermosa joven de la que su compañera tanto hablaba.
-¿Qué... qué haces aquí? -preguntó, Valeria sonriendo, por el desconcierto, no entendía que podría hacer su amigo ahí y a esa hora.
-Tu amiga es muy linda -dijo, algo nervioso.
Valeria, llena de ternura, miró a su amigo pero luego volvió la vista a la ropa que debía arreglar. Era mucho el trabajo que tenía por hacer pero la mirada de Alán, gritaba los deseos de hablar sobre Alma.
-Mira, Alma es lo más maravilloso que alguien pueda conocer, puedes ser su amigo, pero no creo que logres ligar, ella no... no se, no le conozco novio.
Valeria jamás se había detenido a pensar en la vida amorosa de su amiga. No le conocía un romance o aventura, no había nada, quizá era porque debían estar trabajando todo el tiempo sin parar, o quizá tenía algún trauma psicológico por la vida que había llevado; no sabía con exactitud pero pensaba preguntar la razón de aquella soledad a la que su amiga estaba entregada.
-Vamos a visitarla -propuso el joven.
-Bien, vamos el sábado -respondió -. Ahora, déjame terminar esto.
El joven salió de aquel lugar, feliz y con muchas ganas de gritar por la felicidad. Alma estaba acostada; no pediría cena, a como lo acostumbra a hacer, ya que había almorzado muy bien y se ahorraría el dinero de la comida. Su corazón estaba lleno de esperanza; estaba emocionada por lo que se le venía y esperaba que cuando saliera de aquel piso que le estaba dando el programa, pudiera permitirse pagar algo mejor de lo que al quedarse ciega, tuvo. Por otro lado, el ángel caído estaba encerrado en su apartamento, acariciando a su gato negro que ronroneaba con las caricias del demonio.
Daniel había tenido un dia lleno de trabajo, había hablado con la humana; había hecho un cirugía exitosa donde con sus dones, venció a la muerte, alejándose de aquel niño; también se había enfrentado a su secretaria que se tomaba mucha confianza preguntando cosas que no eran de su incumbencia pero no podía despedirla, porque hasta la fecha, había sido la única persona que hacía su trabajo de una excelente manera.
-Es linda y parece ser muy buena -había dicho, Sabrina, cuando ya estaban por despedirse del día de trabajo.
-Si, lo sé -dijo el demonio.
-Es bueno que la ayudes y no la dejes de ayudar, lo malo, son las mentiras.
-Y sabes, también es malo hacer enojar al jefe -le dijo para después salir de aquel lugar.
En su apartamento, seguía acariciando a su gato, recordando que ese día, había salido huyendo de su secretaria, ya que ésta, tenía intenciones de hablar sobre la humana y al demonio le asustaba asimilar lo que sentía. Había sido duramente juzgado por aquellos sentimientos, que le daban miedo, pero que no podía evitar; sentir la intensa necesidad de ayudarla y protegerla. Las palabras de Dios, retumbaban en sus oídos una y otra vez, cuando le decía que era un impuro, abominable, por sentir lo que sentía por la humana. Eso dolió, recordarlo era como volver a vivirlo y eso le impedía ser feliz; él, pudiendo disfrutar de la eterna vida que tenía en la tierra, sentía como si Dios lo miraba y juzgaba todo el tiempo; hasta para ir al baño, se sentía vigilado porque Dios le había metido la idea de que él, lo miraba todo, fuera donde fuera, que habría nunca un sitio donde se pudiera ocultar de él; esas ideas, las metía con la intención de manipular mentalmente a sus ángel y así si, estos ni siquiera se atrevieron a pensar mal de él.
Esa misma noche, la ángel de luz, estaba con su padre, preparando los últimos detalles del encuentro de ella con el demonio. Su estadía, sería en un hotel, ya que vivía lejos del hospital y todos los lugares que el demonio frecuentaba.
-Tengo planeado ir a su hospital -dijo la joven-. Porque él, en cuanto me vea, sabrá quien soy, no me veo lógica esperar a que parezca una casualidad.
-Sé que sabes como hacerlo, así que no necesitas mi consentimiento, tú sabrás.-respondió, Max, orgulloso de su hija.
La pequeña ángel a su corta edad, había trabajado con muchas manadas de lobos y con todo tipo de ser mágico. En esa ocasión, no estaba muy convencida de querer trabajar con el demonio, pero gracias a la insistencia de su padre, ya había dado su palabra y lo cumpliría.
Al día siguiente, era temprano cuando en San Sebastián, la joven y ciega humana comenzaba a mudarse, era poco lo que tenía en realidad, tan solo una maleta, un sofá cama y dos cajas pequeñas con los utensilios de cocina; eso era todo y el camión de mudanza grande, pero eso, ella literalmente no lo miro. La pequeña ángel, ya estaba en su hotel, acostada en la cama sin ganas de salir a buscar al demonio y mirando su teléfono móvil, riéndose de los chismes que acontece en el mundo, se repetía una y otra vez: "la estupidez humana, no tiene límite" -suspiraba: "yo también, por mirar estas estupideces en lugar de hacer mi trabajo" -se regañaba. No lo quería aceptar pero realmente estaba indecisa por el hecho, de que ella tenía demasiado luz, como para tratar con alguien tan oscuro, no serían para nada compatible, aun así, dejó su móvil móvil un lado, se puso un ropa más adecuada ya que estaba en pijama, y salió del lugar.