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Una Esposa Invisible para James

Una Esposa Invisible para James

Autor: : yumyp1901
Género: Romance
Lorena Grey siempre creyó que el amor era un lujo que jamás podría permitirse. Criada bajo la sombra de una familia rota y un futuro incierto, acepta un matrimonio arreglado como último recurso para salvar a su madre y mantener a flote lo poco que le queda. Lo que no esperaba era casarse con un fantasma: un hombre del que solo conocía un nombre... Patrick James. Patrick, CEO implacable, frío y hermético, accede al matrimonio por obligaciones que nunca revela. Ocho años mayor, dueño de una mirada que intimida y de un silencio que retumba, aparece frente a ella el día de la boda como si no fuera más que un visitante, no un esposo. Es perfecto... pero inaccesible. Atractivo... pero inexpugnable. Y claramente marcado por un pasado que no está dispuesto a compartir. Lorena, que solo ansiaba sobrevivir a un matrimonio de conveniencia, comete un error fatal: se enamora a primera vista de ese hombre que apenas la mira. Patrick, en cambio, la observa desde lejos, como si ella fuera una pieza de un rompecabezas que no sabe dónde encajar. Pero nada es lo que parece. Mientras Lorena intenta acercarse, Patrick se aleja con más fuerza. Mientras ella intenta entenderlo, él construye muros más altos. Y mientras Lorena lucha por hacerse un lugar en su vida, Patrick parece pertenecer a otra persona... o a otro mundo. Entre secretos, silencios que duelen, atracciones peligrosas y verdades que pueden destruirlos, ambos deberán enfrentarse a una pregunta que ninguno quiere hacer: ¿Puede un matrimonio nacido de un contrato convertirse en un amor capaz de desafiarlo todo?

Capítulo 1 El señor James

Nunca imaginé que la vida pudiera cambiar en un solo amanecer. Dicen que el destino no avisa, que te cae encima como lluvia fría en un día despejado. Pero ese día no llovía: hacía un sol brillante, casi ofensivo, como si el cielo disfrutara ignorando la tormenta que estaba a punto de destrozar mi mundo.

Estaba en la cocina, sirviéndome café, cuando escuché el portazo del despacho de mi padre. Era un sonido seco, lleno de tensión, uno que reconocía bien. Mi padre solía golpear puertas solo cuando algo iba muy mal. Y últimamente, todo iba mal.

-Lorena -me llamó mi madre desde el pasillo, con la voz demasiado dulce para ser sincera-. Tu padre quiere hablar contigo.

Tragué saliva. Dejé la taza a un lado y me limpié las manos nerviosamente en mi pantalón. Algo dentro de mí se apretó.

-¿Qué pasó ahora? -pregunté, aunque en el fondo tenía miedo de saber la respuesta.

Mi madre evitó mi mirada, lo cual me confirmó que fuera lo que fuera, no sería algo que me gustaría.

-Ve. Él te lo explicará.

Caminé hacia el despacho intentando imaginar qué podía preocupar tanto a un hombre que llevaba semanas luchando contra bancarrotas, inversores furiosos y bancos que amenazaban con despojarlo de todo. Cuando entré, lo encontré sentado detrás de su escritorio, con las manos entrelazadas y el ceño fruncido.

-Papá... -empecé.

Él se frotó los ojos, agotado, y me indicó que me sentara frente a él.

-Lorena -dijo con voz ronca-. No voy a rodeos. Estamos al borde del colapso.

Él era tajante, directo, pero esa vez su tono tenía algo distinto: desesperación.

-Lo sé -respondí con un hilo de voz-. Pero encontraremos una solución, ¿verdad?

Mi padre tragó saliva antes de mirarme fijamente.

-Sí... ya la encontramos.

Mi estómago se revolvió. Algo en su mirada me puso la piel de gallina.

-¿Cuál es? -susurré.

Respiró hondo.

-Un matrimonio.

Parpadeé, confundida.

-¿Matrimonio? ¿De qué hablas? ¿Quién... quién se va a casar?

Él no dudó ni un segundo.

-Tú.

Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Me quedé helada.

-¿Qué? -dije casi sin voz-. ¿Yo? ¿Con quién?

-Con Patrick James.

El nombre sonó como un golpe. Patrick James... lo había escuchado antes. Era el CEO joven pero multimillonario de James Corporation, una empresa tan enorme que podía comprar y vender la nuestra sin pestañear. Un hombre del que solo había visto fotos en revistas financieras: traje perfecto, expresión seria, mirada fría. Todo en él gritaba poder.

-No entiendo -murmuré-. ¿Qué tiene que ver él conmigo?

Mi padre se levantó y comenzó a caminar, inquieto.

-Necesita una esposa. Y nosotros necesitamos salvar la empresa. Es un acuerdo. Su familia quiere un enlace formal para consolidar ciertos negocios internacionales. Y tú... tú eres la candidata perfecta.

Me reí, incrédula.

-¿La candidata perfecta? ¡Es ridículo! Yo no conozco a ese hombre. ¡Ni siquiera lo he visto en persona! No soy un pedazo de carne que puedas negociar en el mercado ¿Acaso tienes idea de la magnitud de lo que propones ?

-Lo conocerás el día de la boda -respondió él sin inmutarse.

-¡NO! -grité poniéndome de pie-. ¡No puede pedirme algo así! ¡No voy a casarme con un desconocido!

Mi madre entró apresurada al escuchar mis gritos.

-Lorena, por favor -dijo con voz suave-. Escucha a tu padre, no puedes permitir que quedemos en la calle, tu hermano no merece esto, yo no merezco esto.

-¡No quiero escucharlo! -solté-. ¡Esto no puede ser real! ¿Entonces yo si lo merezco?

Mi padre me miró como si cargara el peso del mundo encima.

-Hija... si no aceptas... lo perderemos todo. La empresa, la casa, todo lo que construyó tu abuelo. Todo.

Sus palabras cayeron sobre mí como una bomba. Mi familia no era perfecta, pero lo era todo para mí. Era lo único que tenía.

-Lorena -agregó mi madre acercándose-. Patrick James es un buen partido. Es educado, respetado... y puede asegurarte un buen futuro, puedes darle hijos, ser la señora James

-¿Asegurarme o venderme? ¿Hijos? ¡Carajos Mamá ! Solo quiero terminar mi carrera universitari, Siempre quise ser repostera, Pero ustedes me impusieron ser Administradora financiera, estoy a cinco meses de poder graduado y ayudarlos, buscando un empleo, Pero resulta que ahora debo casarme-pregunté con voz quebrada.

Ella guardó silencio.

Mi padre se acercó, me tomó de los hombros y dijo en voz baja:

-Por favor. Necesito que lo hagas. Yo... no puedo salvar la empresa solo, está será tu empresa en algún momento.

Mi corazón se estrujó. Mi padre nunca había hecho algo así. Nunca me había pedido algo personal... hasta ahora, tal vez lo estaba tomando muy a pecho.

-¿Y si digo que no? -susurré.

-Entonces firmaremos la quiebra mañana mismo.

Era una sentencia.

Me quedé quieta, sintiéndome atrapada. Mi respiración se volvió irregular. Y en medio del silencio, comprendí que no tenía opciones.

-Está bien -dije finalmente, apenas audible-. Me casaré.

Mi madre suspiró aliviada. Mi padre inclinó la cabeza como si hubiera recibido un indulto, aunque sabía que yo era quien acababa de perder la libertad.

-Gracias, hija -murmuró él.

No respondí. Solo me dejé caer en la silla, sintiendo que la habitación giraba.

-¿Cuándo... cuándo será la boda? -pregunté con voz hueca.

Mi padre dudó antes de responder:

-En siete días.

Mi boca cayó abierta.

-¿Una semana? ¿Estás bromeando?

-Es el plazo que Patrick impuso. No hay negociación.

Me llevé las manos al rostro. No podía creer lo que escuchaba.

-Quiero hablar con él -dije repentinamente.

Mi madre me miró como si hubiera dicho una locura.

-No puedes -respondió-. La familia James quiere discreción. No habrá reuniones previas.

-¿Entonces me voy a casar con un fantasma? -ironizé.

Mi padre suspiró.

-Lo conocerás pronto. Es un hombre ocupado.

Me mordí el labio para no gritar.

-Perfecto -dije amargamente-. Voy a casarme con un hombre demasiado ocupado para conocer a su futura esposa.

Mis padres guardaron silencio, incapaces de mirarme a los ojos.

Respiré hondo, tratando de procesar todo. Pero no había forma. Era demasiado, demasiado rápido, demasiado absurdo.

-Necesito aire -dije abruptamente.

Salí del despacho sin esperar respuesta. Caminé hacia el jardín como si mis piernas se movieran solas. Me apoyé en la baranda de madera y sentí que el pecho me dolía. El viento fresco golpeó mi rostro, pero no me calmó.

-¿Cómo acabé así? -susurré-. ¿Cómo...?

-Lorena.

Me giré. Era mi hermano menor, Daniel. Tenía diecisiete años y ojos preocupados.

-Escuché gritos -dijo acercándose-. ¿Qué pasó?

-Papá... -tragué saliva-. Papá quiere que me case. Con un desconocido.

Daniel abrió los ojos, horrorizado.

-¿Qué? ¿Estás loca? ¿Y vas a hacerlo?

-No tengo opción -respondí, y mi voz tembló.

Él me sujetó por los hombros.

-Lorena, no lo hagas. Podemos encontrar otra salida.

-No hay otra salida -dije bajando la mirada.

Daniel apretó los dientes, frustrado.

-¿Y ese tipo? ¿Quién es?

-Patrick James.

Daniel soltó un silbido.

-¿El de James Corporation? Ese hombre es... jodidamente poderoso. ¿Estás segura de que quieres casarte con él?

-No quiero -admití-. Pero debo hacerlo.

Mi hermano bajó la mirada, derrotado.

-Ojalá hubiera otra forma -murmuró.

-Yo también -susurré.

Hubo un silencio largo.

-¿Sabes algo de él? ¿Algo personal? -preguntó Daniel después de un rato.

Negué con la cabeza.

-Solo que es ocho años mayor, multimillonario, y... frío.

Daniel bufó.

-Suena a un príncipe encantador.

Me reí sin humor.

-Suena a una pesadilla.

Mientras hablábamos, un auto negro se detuvo frente a la casa. No era un auto común. Era elegante, lujoso... imponente.

Daniel y yo nos giramos hacia él.

-¿Quién...? -empecé a decir.

La puerta trasera se abrió.

Y entonces lo vi.

Un hombre alto, con traje perfectamente ajustado, cabello oscuro peinado hacia atrás y una expresión que podría congelar un volcán. Sus ojos grises recorrieron la entrada de la casa con indiferencia, como quien evalúa una propiedad, no un hogar.

Patrick James.

Sentí que mi corazón se detenía.

Daniel susurró junto a mí:

-¿Ese es...?

-Sí.

Patrick avanzó con paso seguro hacia nosotros. Cada movimiento suyo tenía una precisión casi militar. Cuando llegó frente a mí, se detuvo. Me miró. Solo unos segundos. Pero bastaron para que sintiera la piel erizarse.

-Lorena Grey -dijo con voz profunda, controlada, sin una pizca de emoción.

-Patrick James -respondí, tratando de sonar firme aunque mi voz tembló.

Daniel dio un paso adelante, desafiante.

-¿Qué haces aquí? ¿No se suponía que la boda era en una semana?

Patrick no se molestó ni en mirarlo.

-Vine a conocer a mi futura esposa, quiero ver qué mujer se -dijo simplemente.

Mi respiración se cortó.

-¿Ahora sí quieres conocerme? -pregunté con un tono que ni yo reconocí.

Patrick alzó ligeramente una ceja.

-Consideré adecuado... evaluar la situación personalmente.

-¿Evaluar? -repetí, indignada-. ¿Como si yo fuera una compra?

Él no parpadeó.

-Esto es un acuerdo, señorita Grey. No un romance, aquí no hay cortejos, ni tonterías, evitate el mal rato.

Sentí una punzada en el pecho. Daniel dio otro paso, furioso.

-Ey, bájale el tono. Ella es mi hermana.

Patrick lo miró por primera vez. Fue una mirada breve, fría, que dejó a Daniel sin palabras.

-No estoy aquí para discutir -dijo Patrick-. Solo quería asegurarme de que entiende los términos.

-¿Y qué términos son esos? -lo enfrenté.

Él sostuvo mi mirada sin suavizar nada.

-Nos casaremos. Cumpliremos con las apariencias. Mantendremos la discreción. No habrá afectos innecesarios. No habrá interferencias en mis asuntos. Tampoco espero que interfieras en mi vida privada.

Mi voz se quebró por dentro, pero fingí fortaleza.

-¿Y qué esperas, entonces?

Patrick inclinó la cabeza.

-Que seas obediente. Y discreta.

Daniel soltó un insulto por lo bajo. Yo respiré hondo para no explotar.

-¿Y tú? -pregunté-. ¿Serás... fiel?

Patrick me sostuvo la mirada un segundo más... y luego dijo:

-No prometo nada que no esté dispuesto a cumplir, no eres tú quien pone las reglas.

Mi corazón se desplomó.

Él dio un paso atrás y añadió:

-La boda es en siete días. Prepárate.

Se giró hacia su auto.

Y justo antes de entrar, volvió la cabeza apenas.

-No esperes amor de mí. No tengo nada de eso para dar, mi corazón ya está comprometido.

Se metió en el vehículo y se marchó sin mirar atrás.

Yo me quedé allí, inmóvil.

Daniel me abrazó fuerte, y recién entonces me permití temblar.

Y mientras lo hacía, solo podía pensar:

Me casaré con un hombre que ya tiene el corazón en otro lugar.

Capítulo 2 Un hombre que no sabe amar

No dormí esa noche.

¿Cómo iba a hacerlo después de lo que Patrick James me había dicho?

Las palabras se repetían en mi cabeza como un eco cruel:

"No esperes amor de mí. No tengo nada de eso para dar."

Sentí una mezcla de rabia, miedo y una humillación que no sabía cómo manejar. Una parte de mí quería gritarle que se fuera al infierno; otra parte quería esconderme bajo las sábanas y desaparecer del mundo.

Al amanecer, cuando finalmente logré cerrar los ojos, escuché golpes en la puerta de mi habitación.

-Lorena -dijo la voz de mi madre-. Tenemos que hablar.

Gemí, enterrándome en la almohada.

-No quiero hablar.

-No es opcional -insistió.

Me incorporé lentamente. Tenía los ojos hinchados, el cabello enredado y la mente hecha pedazos. Abrí la puerta y mi madre me miró con una mezcla de preocupación y prisa.

-Baja al comedor. Tu padre quiere discutir los preparativos.

-¿Preparativos? -repetí, irritada-. ¿Pretenden planificar una boda mientras yo intento no desmayarme del estrés?

-Lorena -susurró ella-. Entiende que es necesario.

La seguí de mala gana.

En el comedor estaban mi padre, con su laptop abierta, y Daniel, con cara de pocos amigos. Mi padre hablaba por teléfono, discutiendo fechas, tiempos, acuerdos, como si estuviera negociando una fusión empresarial... no la vida de su hija.

-Sí, señor James, claro -decía él con tono sumiso-. Todo estará listo. Sí... sí, por supuesto.

Colgó. Cuando levantó la mirada hacia mí, trató de sonreír, pero falló miserablemente.

-Lorena, siéntate. Hay mucho que organizar.

-Yo no voy a organizar ni una flor -dije secamente.

-Hija...

-No empieces -lo interrumpí-. Solo dime lo esencial.

Mi padre respiró hondo.

-Tu boda será en el salón principal del hotel Crown. Esta misma tarde deberás ir a probarte vestidos, elegir anillos y firmar un par de documentos previos.

-¿Documentos? -pregunté con suspicacia.

-Un acuerdo prenupcial -respondió, sin mirarme a los ojos.

Daniel golpeó la mesa.

-¿Un prenup? ¡Ah, claro! Porque tu hija es un activo, ¿verdad? Qué conveniente para el señor James.

-¡Daniel! -lo reprendió mi padre.

-No -lo detuve-. Él tiene razón. ¿Qué dice ese documento?

Mi padre abrió la carpeta.

-Establece las condiciones del matrimonio... y de una posible separación futura.

Me encogí de hombros, tratando de no mostrar que me dolía.

-¿Qué condiciones?

-Pues... -miró el papel-. Que no puedes revelar información personal del señor James. Que no puedes interferir en sus decisiones empresariales. Que debes mantener la imagen pública que él determine. Y... -traga saliva- debes residir en su mansión. Sin excepciones.

-¿Debe? -repetí-. ¿No tengo opción?

-No. El acuerdo es muy claro.

Daniel bufó.

-Y seguro también dice que debe pedir permiso para respirar.

Mi padre cerró la carpeta.

-Lorena, el documento te protege económicamente.

-No quiero dinero -dije fría-. Quiero mi vida.

-Hija, esto también te da estabilidad.

Lo miré con una mezcla de incredulidad y decepción.

-Papá... ¿de verdad crees que yo estaré estable casándome con un hombre que no me quiere cerca?

Mi padre evitó mi mirada.

Daniel carraspeó.

-¿Y el señor James? ¿Volverá a aparecer hoy de la nada?

Justo en ese instante, como si el universo quisiera torturarme, el timbre de la casa sonó. Los tres nos quedamos quietos.

-No... -susurré-. No puede ser él otra vez.

Mi padre se levantó apresurado.

-Mejor vamos -dijo.

Fuimos a la puerta.

Y sí.

Era Patrick.

De pie, impecablemente vestido con un traje gris oscuro. Sus ojos grises recorrieron la entrada y se posaron en mí. No había calidez ni amabilidad. Solo una observación fría.

-Buenos días -dijo con voz baja y controlada.

Yo apreté las manos a los costados.

-No sabía que vendrías tan temprano.

-No suelo avisar. -Sus palabras eran cuchillos envueltos en terciopelo-. Necesito hablar contigo a solas.

Daniel gruñó.

-¿Por qué no hablas aquí? Si tanto te interesa "evaluar" a mi hermana...

Patrick lo miró de reojo, sin inmutarse.

-No vine a discutir con un adolescente.

-¿Ah, no? Porque lo estás haciendo -respondió Daniel, cruzando los brazos.

-Daniel -lo frené-. Está bien. Yo hablo con él.

Patrick hizo un gesto con la cabeza, invitándome a caminar hacia el jardín. Lo seguí, manteniendo cierta distancia, como si acercarme demasiado fuera peligroso.

Nos detuvimos junto a la fuente. El agua brotaba en silencio, pero ni eso lograba calmar el ambiente cargado.

-¿Qué quieres? -pregunté al fin.

Él me observó un largo momento. Demasiado largo. Y luego dijo:

-Ayer estuve... brusco.

-¿Brusco? -me reí con ironía-. ¿Así le llamas a tratarme como un mueble?

Él no reaccionó.

-No soy un hombre que hable de sentimientos -admitió con frialdad-. No sé cómo suavizar palabras. Digo lo que es y punto.

-Pues te digo algo yo -repliqué-. No soy un objeto que puedas manipular sin consecuencias.

Patrick inclinó la cabeza.

-Jamás te compararía con un objeto. Eres un compromiso.

-¿Eso es mejor? -bufé.

Sus labios se tensaron apenas.

Respiró hondo.

-He venido para aclarar algo importante -dijo-. Nuestro matrimonio es un acuerdo, pero no pretendo humillarte ni hacer tu vida miserable.

-Ya empezaste bastante bien -contesté.

Sus ojos grises brillaron con una intensidad que me hizo sentir expuesta.

-Eres mucho más desafiante de lo que imaginé.

-¿Esperabas que me quedara callada? ¿Obediente? -arqueé una ceja-. Lo siento, no soy una muñeca.

-No te quiero dócil -murmuró él, para mi sorpresa-. Solo necesito... orden.

-¿Orden? -repetí.

-Mi vida no tiene espacio para el caos emocional. -Su tono era firme, casi tajante-. No busco amor, ni dramas, ni expectativas románticas.

Me mordí el labio para contener un comentario ofensivo.

-¿Y qué buscas entonces?

Patrick fijó su mirada en la mía, tan seria que me obligó a tragar saliva.

-Quiero una esposa que pueda acompañarme en público, mantener la imagen que necesito y no invadir mi vida privada. A cambio tendrás estabilidad, protección y acceso a todo lo que necesites.

-Creo que te estás confundiendo -respondí manteniendo la voz firme-. No necesitas una esposa. Necesitas una actriz.

Él no se ofendió.

-Quizá -admitió.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Sentí el viento moviendo mi cabello, y sus ojos lo siguieron por un instante. Fue un instante mínimo, pero lo noté. Como si evaluara algo más allá de lo superficial. Me incomodó.

-¿Voy a vivir en tu casa? -pregunté.

-Sí.

-¿Tengo libertad allí?

-Libertad vigilada -respondió con sinceridad brutal.

-¿Puedo trabajar? -insistí.

Me miró como si la idea fuera insólita.

-Si tus actividades no interfieren con mis horarios, sí.

Quería golpearlo.

-Y si quiero irme... ¿puedo?

Patrick frunció el ceño.

-¿A dónde?

-A donde sea. A respirar lejos de ti.

Un músculo se movió en su mandíbula. Algo parecido a irritación.

-Si necesitas espacio, lo tendrás. Pero no me interesa perseguirte por cada rincón de la ciudad. -Pausa-. Lo único que te pido es que no me dejes en ridículo en público.

Mi risa fue amarga.

-No sabía que te preocupaba el ridículo.

-Me preocupa la reputación -corrigió.

Lo miré fijamente.

-¿Y qué hay de tu familia? ¿Saben quién soy?

Patrick me sostuvo la mirada con frialdad calculada.

-Mi familia no opina sobre mis decisiones. Ellos solo quieren que esté casado. Nada más.

-¿Ni siquiera les importa con quién?

-No.

Sentí un nudo en la garganta. Qué triste debía ser tener una vida donde ni siquiera tu familia te mirara como ser humano.

-¿Puedo hacerte una pregunta personal? -dije suavemente.

Patrick vaciló, apenas.

-Puedes intentarlo.

-Ayer dijiste que tu corazón ya tiene dueña. ¿Es cierto?

Su expresión se volvió impenetrable. Fría. Distante.

-No es asunto tuyo.

-Voy a casarme contigo -respondí-. Creo que sí es mi asunto.

Patrick dio un paso hacia mí. Fue sutil, pero suficiente para sentir la intensidad de su presencia. Me miró con dureza.

-No vuelvas a preguntar por eso.

-¿Por qué? -mi voz tembló-. ¿Porque aún la amas?

Él no respondió.

Solo clavó sus ojos en mí como si hubiera cruzado una línea peligrosa.

-Lorena -dijo finalmente-. Hay cosas que no puedo darte. Ni explicarte. Ni compartir.

-¿Es ella la razón de tu frialdad? -susurré.

-No. -Su voz fue un filo-. La razón es que no tengo tiempo para estupideces sentimentales.

Retrocedí, herida.

Patrick notó mi reacción, pero no suavizó su tono.

-He venido a avisarte que esta tarde iremos a ver el vestido -dijo-. Mi asistente vendrá a recogerte a las cuatro.

-¿Tu asistente? -arqueé una ceja-. ¿No vas a acompañarme?

-No es necesario.

Sentí un fuego subir desde el estómago hasta la garganta.

-¿Te molesta tanto pasar tiempo conmigo?

-No lo suficiente como para cancelar la boda -respondió-. Pero no veo la utilidad de estar presente en detalles irrelevantes.

-¿Irrelevantes? -quise gritar.

Con una calma provocadora añadió:

-Al final, el vestido terminará en el suelo. Y no pienso discutir por telas.

Me quedé muda.

Mi cara ardía. No sabía si de vergüenza, ira o ambas.

-Eres un idiota.

Patrick no reaccionó ni un centímetro.

-Probablemente. Pero soy el idiota con el que te vas a casar.

Y dicho eso, se dio media vuelta.

Yo estaba tan sorprendida por su descaro que tardé unos segundos en procesarlo. Recién cuando caminaba hacia el auto, me animé a gritar:

-¡¿Y por qué demonios aceptaste casarte conmigo entonces?!

Patrick se detuvo.

Solo un segundo.

Sin girarse, respondió:

-Porque necesito orden. Y tú... pareces más fuerte de lo que crees.

Se metió en el auto y partió.

Yo me quedé en el jardín, temblando, con mil emociones mezcladas. Cuando Daniel salió corriendo hacia mí, yo aún seguía en shock.

Y mientras él me preguntaba qué había pasado, yo solo pude pensar:

Estoy a punto de casarme con un hombre que no sabe amar... pero que espera que yo funcione como si fuera un accesorio más en su vida perfecta

Capítulo 3 La verdadera cara de mamá

Nunca pensé que un vestido pudiera pesar más que mis propios miedos.

Pero ahí estaba, frente al espejo del salón blanco, con un corsé ajustado a mi pecho, la falda de tul cayendo en cascada sobre mis piernas y un nudo enorme atorado en la garganta.

Me quedaba perfecto.

Y lo odiaba.

La modista tironeó suavemente la tela.

-Señorita Grey, ¿está cómoda?

Quise responder que no. Que me sentía atrapada. Que me costaba respirar. Que quería arrancarme el vestido y salir corriendo por la puerta principal. Pero mi madre, sentada en una silla del rincón, me fulminó con la mirada antes de que pudiera abrir la boca.

-Está perfecta -respondió ella en mi lugar, con esa sonrisa falsa que solo usaba cuando quería manipular a alguien-. Continúe, por favor.

Me observé otra vez en el espejo. Una versión de mí que nunca había visto antes me devolvió la mirada: impecable, preciosa, elegante... completamente ajena.

-Parezco... -tragué saliva-. Otra persona.

Mi madre se incorporó, acercándose a mí con paso firme.

-Pareces la esposa de un James -dijo como si fuera una victoria personal-. Que es lo que serás mañana, quieras o no.

Su tono me atravesó como un cuchillo.

-¿Puedes no recordármelo cada dos minutos? -pregunté con sarcasmo ácido para disimular el temblor de mi voz.

-Si te lo recuerdo es porque aún no comprendes lo que está en juego -respondió ella bajito, pero con ese filo en la voz que siempre me hacía sentir pequeña-. Tu matrimonio no es un capricho, Lorena. Es una solución.

-¿Una solución para quién? -dije apretando los dientes-. ¿Para ti? ¿Para tus deudas? ¿Para la imagen que quieres dar?

-Para todas -respondió sin el más mínimo remordimiento.

Cerré los ojos. Respiré profundo.

Ella nunca cambiaría.

La modista dio un último ajuste y se retiró a buscar más alfileres. Mi madre se quedó parada detrás de mí, observando mi reflejo con la misma mirada con la que un joyero observa una pieza valiosa.

-Mañana empiezas una nueva vida -dijo-. Una vida mejor que la que jamás podrías darte sola.

Abrí los ojos de golpe.

-Yo no pedí esto.

-No, pero te conviene -respondió ella sin pestañear-. Patrick James te dará estabilidad, estatus, protección. Es el mejor candidato que jamás tendrás.

-Tú hablas como si fuera un concurso -dije con una risa amarga-. "La mejor oferta entre hombres ricos, pase adelante".

-No seas ridícula -chasqueó la lengua-. Esto no es sobre amor, Lorena. Es sobre sobrevivir.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Entró un hombre alto, delgado, de traje negro. Reconocí su rostro: era Ethan Clarke, el asistente personal de Patrick. Su expresión siempre seria, siempre compuesta, se tensó al verme.

-Señorita Grey -me saludó con una leve inclinación-. El señor James me pidió que supervisara que todo esté en orden para mañana.

Mi madre sonrió falsamente.

-Todo está más que en orden -respondió-. Lorena está preciosa.

Ethan la ignoró por completo, clavando los ojos en mí.

-¿Se siente bien? -preguntó con una preocupación que Patrick jamás expresaría.

Me aferré a la ironía para no quebrarme.

-Estoy fenomenal. A punto de desmayarme, pero fenomenal.

Ethan frunció el ceño.

-Parece muy pálida.

Mi madre intervino enseguida.

-Ella siempre exagera. Está perfectamente bien.

-Puedo hablar sola, gracias -dije apretando la mandíbula.

Ethan dio un paso más cerca. Más de lo necesario. Más de lo apropiado. Y de repente... me sentí observada. No como un trámite. No como una obligación. Sino como una mujer que está a punto de casarse con un hombre que no conoce.

Ethan carraspeó, incómodo.

-Si necesita descansar un momento, puedo...

-No -mi madre lo interrumpió con su voz autoritaria-. El vestido debe ajustarse ahora.

-¿Y si me desmayo? -pregunté con sarcasmo.

-Te levantarás -respondió mi madre sin emoción.

Me dolió. Mucho más de lo que debería.

Ethan exhaló y guardó silencio. Pero su mirada decía todo: desaprobación, incomodidad, algo que parecía una mezcla de enojo... ¿y preocupación?

Me pregunté si Patrick le había dicho que viniera o si él se había ofrecido. Algo en su postura rígida sugería lo segundo.

La modista regresó y empezó a colocar alfileres en la parte baja del vestido. Yo me quedé quieta, sin respirar, porque sentía que si lo hacía... me rompería.

Ethan seguía observando.

-¿Está Patrick al tanto de... todo esto? -le pregunté sin disimular la ironía.

Ethan bajó la mirada.

-El señor James quiere que todo sea impecable mañana.

-¿Impecable? -reí, amarga-. Qué tierno. Lástima que no quiera que sea feliz, solo impecable.

Mi madre aspiró aire por la nariz, molesta.

-Lorena, controla esa lengua.

-¿Y por qué? -pregunté cansada-. ¿Porque incomoda? ¿Porque no encaja en la imagen perfecta que quieres vender?

Mi madre endureció la mirada.

-No estamos hablando de imagen. Estamos hablando de deber.

-Mi deber es casarme con un hombre al que no le importo -respondí al borde del temblor-. ¿Ese es mi deber, mamá?

Ella se acercó de golpe, sosteniéndome los brazos con fuerza.

-Tu deber es obedecer.

Las palabras resonaron como una bofetada.

Ethan dio un paso hacia nosotros, alarmado.

-Señora Grey, por favor, suéltela.

-Esto no es asunto suyo -respondió mi madre.

-Sí lo es -replicó Ethan, conteniendo su rabia-. El señor James no toleraría que maltraten a su futura esposa.

Mi madre lo fulminó, pero soltó mis brazos.

Yo me quedé mirando a Ethan, sorprendida.

¿Patrick había dicho eso? ¿De verdad?

Ethan acomodó su corbata, incómodo.

-El señor James dijo que quería que llegara al altar en perfectas condiciones -aclaró-. Ni más, ni menos.

Ah.

Ok.

No era cuidado.

Era control.

Perfecto.

La modista terminó con los alfileres. Retiró las manos y sonrió.

-Listo. Puede moverse un poco para ver si le resulta cómodo.

"¿Cómodo?"

Quise reír, llorar y gritar al mismo tiempo.

Me miré al espejo.

El vestido era hermoso. De princesa. Perfecto.

Y no era mío.

No era yo.

-Puedo verlo mañana en el altar -dijo mi madre con una lágrima falsa en el ojo-. Mi niña... casándose con un James.

Me revolvía el estómago escucharla.

-¿Y si mañana no quiero? -pregunté en voz baja, casi un susurro.

El silencio cayó como una losa.

Mi madre endureció el rostro.

-No digas estupideces, Lorena. Mañana te casas. Eso no está en discusión.

Sentí un mareo. El aire me faltaba. La presión en mi pecho aumentó.

-Necesito... aire.

-No puedes salir así -dijo la modista alarmada.

-No seas dramática -respondió mi madre-. Termina y agradece lo que se te está dando.

-¿Agradecer? -dije sentiendo cómo la voz se me quebraba por primera vez en años-. ¿Agradecer que me vendas como si fuera mercancía?

Ethan dio un paso adelante, esta vez decidido.

-Señorita Grey, venga conmigo.

-Ni lo sueñes -respondió mi madre-. Ella no irá a ninguna parte.

-Aquí no es bienvenida su opinión -replicó Ethan, tan frío como Patrick por primera vez-. La señorita Grey necesita un momento. Y se lo daré.

Mi madre abrió la boca para protestar, pero Ethan se plantó frente a ella.

-El señor James me ordenó que me asegurara de su bienestar. Y esa orden está por encima de cualquiera de sus deseos.

Mi madre palideció.

Yo... simplemente temblé.

Ethan me ofreció el brazo. Dudé. No quería parecer débil. No quería que nadie me viera derrumbarme. Pero mis piernas estaban cediendo.

Lo tomé.

-Solo un minuto -dije con voz temblorosa.

-El tiempo que necesite -respondió él.

Salimos del salón hacia un pasillo silencioso. Ethan no hablaba. Solo permanecía a mi lado, una especie de sombra protectora que ni siquiera sabía que necesitaba.

Me apoyé en la pared.

-Lo siento... no suelo... -me cubrí la cara-. No suelo perder el control.

-No ha perdido nada -respondió él con calma-. Solo... es humano. Y está pasando por algo muy difícil.

-¿Patrick te envió porque pensó que haría un escándalo? -pregunté con amargura.

-Patrick me envió porque suele anticiparse a todo -corrigió-. Y porque sabe que usted... no se deja manejar fácilmente.

-¿Y él cree que puede manejarme? -pregunté con un amago de risa.

Ethan me miró fijamente.

-Creo que él está intentando averiguarlo.

Un escalofrío me recorrió.

No supe si de miedo o de rabia.

-¿Él dijo algo sobre... mí? -pregunté casi sin querer.

Ethan dudó.

-No debería...

-Habla -le exigí con la poca fuerza que me quedaba.

Ethan suspiró.

-Solo dijo que... era complicado no mirarla.

Mi corazón se detuvo un segundo.

-¿Qué...? -balbuceé-. ¿Qué significa eso?

-Que lo complica -dijo con voz baja-. Usted complica todo para él.

-¿Para bien o para mal?

-Eso debe descubrirlo usted misma.

La modista me ayudó a quitarme el vestido. Volví a mi ropa normal y seguí temblando. Mi madre no habló más. Pero su silencio decía más de lo que jamás admitiría.

De regreso a casa, la noche cayó como un telón pesado.

Me encerré en mi habitación. Me acurruqué en la cama. Apagué la luz.

Y por primera vez en mucho tiempo... dejé de pelear.

Las lágrimas salieron solas. Silenciosas. Amargas. Incontenibles.

Mañana sería la esposa de Patrick James.

Un hombre frío. Un desconocido. Un muro con traje.

Y yo...

Yo era una sombra en un vestido de princesa.

Una sombra que estaba derrumbándose.

Sola.

Completamente sola.

Y lloré hasta quedarme dormida.

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