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Una Esposa para el Rey de la Mafia

Una Esposa para el Rey de la Mafia

Autor: : Hani
Género: Romance
Durante años, la guerra entre la mafia italiana y la rusa ha dejado un rastro de sangre y poder quebrado. Para sellar una tregua peligrosa, Alessia Bianchi, la indomable hija del jefe italiano, es obligada a casarse con Pavel Beranov, el próximo rey de la mafia rusa. Jamás se han visto, jamás se han hablado. Pavel imagina que su prometida será una joven débil, sumisa y fácil de controlar... pero su mundo se tambalea cuando conoce a Alessia por primera vez. Hermosa, provocativa y peligrosa, ella no es la muñeca de porcelana que esperaba. Alessia no se arrodilla ante nadie, y mucho menos ante un hombre que cree que puede poseerla solo por llevar su apellido. Entrenada para enfrentarse al peligro, desafía a Pavel desde el primer instante, empujándolo a sus límites, provocándolo hasta quebrarlo. Pero Pavel no es cualquier hombre. Él es frío, calculador y está acostumbrado a dominar. Lo que comenzó como una unión obligada pronto se convierte en una batalla de poder, orgullo y deseo. Mientras Alessia le demuestra que nadie puede doblegarla, Pavel descubrirá cuánto está dispuesto a soportar... hasta que ambos caigan rendidos a una pasión tan peligrosa como el mundo que los rodea.

Capítulo 1 .1.

La habitación era tan grande que podría haber albergado un ejército. Techos altos con molduras doradas, candelabros de cristal que colgaban como coronas silenciosas, y alfombras tejidas a mano que amortiguaban cualquier sonido. La mansión Beranov exudaba poder, opulencia... y peligro. Todo en ese lugar gritaba una sola cosa: él está por encima de todos.

Alessia Bianchi estaba parada en el centro de la habitación, rodeada por tres sirvientas vestidas de negro. No hablaban. Solo trabajaban con precisión, como si supieran exactamente qué hacer sin necesidad de órdenes. Una de ellas sostenía un frasco pequeño de cristal con una esencia ámbar brillante. Abrió el tapón y un perfume embriagador llenó el aire: era dulce, intenso... provocador.

-Levante los brazos, gas-pah -susurró una de ellas.

Alessia obedeció con la dignidad de una reina, aunque por dentro sentía cómo su estómago se encogía. No por miedo... no aún. Era la anticipación, el maldito peso del silencio que envolvía la noche.

Las manos frías de las sirvientas comenzaron a untar la esencia perfumada por su piel desnuda. Su cuello, sus hombros, sus brazos... Bajaban lentamente, como si marcaran un territorio que ya no le pertenecía. El aceite resbalaba con una suavidad insultante, deslizándose por su abdomen, por sus caderas, y más abajo... hasta sus piernas. Alessia contuvo el aliento. Cerró los ojos.

Esta es mi noche de bodas, pensó con amargura. Y él tiene derecho a todo mi cuerpo. A todo.

Su ahora esposo.

Pavel Beranov.

El heredero de la mafia rusa. El hombre al que llamaban el Rey de Hierro. Implacable. Frío. Intocable. Nadie se atrevía a mirarlo directamente a los ojos. Decían que su mirada era como el filo de una navaja... y cortaba sin piedad.

Ella lo había mirado a los ojos. Incluso se había atrevido a desafiarlo con palabras que, en otro tiempo, habrían costado la vida. Pero ahora... ella era su esposa.

Cuando el aceite comenzó a secarse sobre su piel, las sirvientas le colocaron una prenda que Alessia no vio venir. Un camisón de encaje blanco, traslúcido. Apenas un velo que acariciaba su cuerpo, revelando más de lo que ocultaba.

-¿Qué demonios es esto? -murmuró, apenas audible.

-Es la tradición, gas-pah -contestó una de las mujeres, evitando su mirada-. Para su rey.

El camisón se pegaba a su piel como una segunda capa de vulnerabilidad. Cada curva, cada sombra, quedaba expuesta a través de la tela fina. Alessia sintió el calor subirle al rostro, una mezcla de vergüenza y repulsión. No por él. No por su cuerpo. Sino por el hecho de saberse entregada como un trofeo. Como un peón más en el maldito juego de poder entre dos imperios mafiosos.

Pero más allá de la humillación, había algo que Alessia no podía negar: por primera vez en su vida... sentía miedo.

Recordaba cómo lo había tratado. Cómo se había negado a bajar la cabeza, incluso cuando su padre le suplicó que no lo provocara. Ella lo había desafiado con palabras, con miradas, con su actitud. Y ahora... él tenía en sus manos la oportunidad perfecta para hacerla pagar.

La puerta se abrió con un leve crujido. Las sirvientas se retiraron sin decir una palabra. El aire se tensó. Y el sonido de pasos firmes sobre la alfombra anunció que el Rey de Hierro había llegado.

Y que la noche apenas comenzaba.

...

Días antes

Los jadeos llenaban el aire, seguidos de gemidos ahogados y el sonido húmedo de los cuerpos en movimiento. La habitación, impregnada de deseo y humo de habano, era testigo de otro encuentro ilícito en la cama del hombre más temido del este de Europa.

Irina montaba sobre él, con el cabello desordenado, el rostro encendido y las uñas marcadas en su pecho. Cuando sus cuerpos llegaron al clímax, ella se desplomó sobre su torso, agotada, con el corazón retumbando en su pecho. Ambos respiraban con dificultad, intentando recuperar el aliento.

-¿Por qué te vas a casar con ella? -susurró Irina, su voz aún temblando, pero con una nota de interés más allá del sexo.

Pavel Beranov no abrió los ojos, solo murmuró con desdén:

-Porque es un trato firmado cuando solo teníamos quince años.

Irina levantó la cabeza, molesta por su respuesta.

-Pero no la amas... ni siquiera la has visto -insistió, tratando de sonar dulce, aunque la manipulación era evidente en su tono.

-Es un negocio. -La voz de Pavel era fría, cortante.

Irina frunció los labios.

-Yo también soy de una buena familia. Podrías casarte conmigo...

Pavel abrió los ojos y la miró con una mezcla de aburrimiento y lástima.

-Cariño... ella es la princesa de la mafia italiana. Nuestra mayor competencia. Es un tratado de paz. No es amor, es estrategia.

Irina arrugó el rostro con desprecio.

-¿Y si es fea?

Esa frase bastó para que la paciencia de Pavel se resquebrajara. Se incorporó, con el ceño fruncido.

-No importa. -Su voz fue seca, autoritaria. Molesto. Cortante como un cuchillo-. El trato está hecho. Punto.

-Pero yo te amo... nos la pasamos tan bien juntos... -lloriqueó Irina, tratando de tocar su rostro.

Pavel soltó una risa sarcástica que llenó la habitación como un golpe.

-¿Crees que no sé que te acuestas con otros cuando no estás conmigo? No me importa con cuántos estés. Pero no voy a casarme con una puta.

La apartó sin delicadeza, y se levantó de la cama. Caminó hacia una cómoda, sacó un fajo de billetes y se los arrojó sin mirarla.

Irina, ahora con lágrimas en los ojos, gritó, furiosa:

-¡No necesito tu maldito dinero!

Pavel se giró, su mirada como hielo.

-Aún así tómalo. Y vete de mi habitación.

Su tono final fue como un disparo.

-El matrimonio entre tú y yo... jamás podrá ser.

Pavel se dirigió al baño y cerró la puerta tan fuerte como pudo.

El agua caliente caía en cascada sobre el cuerpo de Pavel, deslizándose por su piel como si quisiera arrastrar también sus pensamientos.

En su mente, la voz de Irina seguía dando vueltas, como un eco persistente.

¿Y si mi futura esposa es fea? La pregunta, que en otro momento podría haber desestimado sin más, ahora se colaba con insistencia entre sus ideas.

Trató de calmarse. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el agua le cubriera la cara, el cuello, los hombros. No importa cómo sea. Aunque sea fea, tengo que hacerlo. Es un negocio. Un pacto firmado por mi padre, por la familia. No puedo negar lo que ya fue decidido.

Se frotó el rostro con fuerza, como intentando borrar la imagen que había formado en su mente, esa idea que se negaba a desaparecer. Sabía perfectamente lo que estaba en juego. No era solo su futuro, era el de toda la mafia rusa. El futuro rey debía cumplir con su destino, y su destino estaba sellado en ese matrimonio.

Mi padre dijo que solo me convertiré en el Rey de Hierro si me caso con ella, pensó con un dejo de resignación. Así que debo hacerlo. No puedo fallarle. Ni a mi familia.

Capítulo 2 .2.

Mientras la espuma se escurría por su cuerpo, Pavel escuchó la voz de su madre que resonaba desde fuera del baño.

Pavel salió del baño con una toalla envuelta alrededor de su cintura, aún con gotas de agua resbalando por su piel. Al abrir la puerta, lo esperaba una escena que lo hizo fruncir el ceño. En su habitación estaban reunidos su madre, su padre, su hermano Aden y su primo Rafael.

Su madre, como siempre, se acercó primero y le dio un beso en la mejilla con cariño. Su padre, de pie junto a la ventana, lo observó con una media sonrisa antes de preguntar:

-¿Estás listo?

La pregunta lo irritó más de lo que debía.

-No soy un niño pequeño -gruñó-. Voy a conocer a mi futura esposa, no a la escuela.

Las risas llenaron la habitación tras su comentario, lo que solo incrementó su molestia.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse y entraron su prima política Eve y Kat, la esposa de Aden. Pavel cerró los ojos, sintiendo cómo la paciencia se le deslizaba entre los dedos como el agua de la ducha.

-¿Por qué toda la maldita familia viene a mi habitación? -espetó con fastidio.

Kat se acercó a él con una sonrisa burlona mientras le despeinaba el cabello como si todavía tuviera diez años.

-Porque el chico va a conocer a su futura esposa y queremos desearle buena suerte -bromeó.

-No me llames chico -murmuró Pavel, claramente irritado.

-No lo haremos cuando te cases -se burló Eve con una sonrisa cómplice.

Pavel apretó la mandíbula y señaló la puerta.

-Tengo que prepararme, ahora todos fuera.

-Lo haremos, pero antes quiero darte algo -dijo Aden, deteniéndose antes de salir.

Pavel lo miró con sospecha.

-¿Qué es eso?

Aden le entregó una tarjeta con un número escrito.

-El número del cirujano plástico de Kat. Por si tu futura esposa resulta ser... ya sabes -dijo con una sonrisa provocadora.

La carcajada colectiva fue inmediata. Incluso Kat rodó los ojos antes de darle un puñetazo en el hombro a su esposo por la broma.

Pavel no dijo nada. Se quedó allí, en medio del cuarto, mientras todos salían entre risas. Pero su expresión seguía seria. Se vistió lentamente, en silencio, dejando que sus pensamientos lo invadieran.

No hay fotos. No hay redes sociales. No hay nada.

La única hija del Rey de la Mafia Italiana. Alessia Bianchi.

Su futura esposa era una incógnita. Un misterio. Un acuerdo de paz con forma humana.

Poco después, Pavel descendió al garaje donde su padre y Aden ya lo esperaban en el primer coche. Rafael lo aguardaba en el segundo. Sin decir palabra, se subió con él. Ambos vehículos salieron de la mansión Beranov fuertemente escoltados. A pesar de la tregua, nadie confiaba plenamente. No todavía.

Durante el trayecto, Pavel no dejó de pensar en ella. ¿Y si realmente es fea? La pregunta lo martillaba sin cesar. Pero no importaba. Me casaré con ella si quiero ser rey de la mafia rusa. Y de la italiana.

El viaje concluyó frente a la imponente mansión de los Bianchi. Una estructura elegante, de inspiración clásica, donde el mármol blanco y los detalles dorados reflejaban una riqueza antigua y peligrosa. Los guardias italianos los recibieron con semblantes imperturbables y los guiaron hasta la oficina principal.

Allí, detrás de un escritorio ornamentado, estaba él: Vittorio Bianchi, el temido patriarca. Sonreía como un lobo que ofrecía la rama de olivo con una mano, mientras sostenía un puñal con la otra.

Pavel lo miró directamente a los ojos, y su padre le devolvió el gesto. Apretaron manos como socios, como enemigos obligados a sellar la paz con sangre nueva.

-Hoy es el principio del fin de esta guerra -declaró Vittorio, con voz profunda-. Y todo comenzará con la unión entre tu hijo... y mi hija.

Pavel, de pie junto a su padre, asintió con la mandíbula tensa. No sabía qué rostro iba a encontrar del otro lado de esa puerta, pero lo único que tenía claro era esto: no había vuelta atrás.

Mientras los acuerdos se discutían dentro de la majestuosa oficina de los Bianchi, Pavel apenas podía prestar atención. Su mente estaba nublada por la ansiedad y la incertidumbre. Y entonces sucedió.

La puerta se abrió de golpe y una joven entró con paso firme y mirada segura. Caminó como si el mundo le perteneciera, como si no existieran hombres armados, enemigos ni tensión. Sin embargo, su vestido era anticuado, su rostro no era agradable, y su actitud... demasiado segura. Se sentó con total naturalidad al lado de Vittorio Bianchi y saludó a todos con una sonrisa desagradablemente confiada.

Pavel tragó saliva. ¿Esa... es Alessia? ¿La princesa de la mafia italiana?

Aden, sentado a su lado, soltó una carcajada apenas contenida. Rafael también comenzó a reír, tapándose la boca. Aden, para rematar la humillación, le envió discretamente a Pavel el número del cirujano plástico otra vez. Esta vez con un emoji de guiño.

Pavel sintió que el mundo se le caía encima.

¿Qué mierda es esto? gritó en su cabeza. No, no quiero hacer esto. No quiero casarme con ella. Pero ya acepté este matrimonio. ¡Soy el soltero más codiciado de Europa! ¿Y ella... es mi futura esposa?

Pero antes de que su desesperación pudiera intensificarse, la voz de Vittorio lo sacó de su espiral mental.

-Quiero presentarles a mi segunda esposa -dijo con orgullo, señalando a la joven sentada a su lado.

Pavel parpadeó, confundido. ¿Su segunda esposa? Miró a la chica de nuevo y comprendió. No era Alessia. No era la princesa. Una mezcla de alivio y disgusto cruzó por su rostro. ¿Cómo pudo casarse con una chica de la edad de su hija? Pero esa era su preocupación, no la de él. Lo único que importaba ahora... era que ella no era Alessia.

Relajado, se acomodó mientras los dos jefes mafiosos hablaban sobre fechas, tratos, logística.

Sin embargo, Pavel ya no quería estar ahí. Se levantó sin decir nada y salió de la oficina. Caminó por los pasillos silenciosos de la mansión, admirando la arquitectura. Columnas talladas a mano, suelos de mármol, candelabros traídos de Florencia... todo respiraba poder y tradición.

Entonces la vio.

En el jardín, junto a una fuente, de espaldas a él, estaba una figura femenina vestida con un maxi blanco que se movía suavemente con la brisa. Llevaba perlas verdes en su cuello, y el contraste con su piel oliva era exquisito. Sus curvas delineaban una silueta perfecta. Algo en su porte lo hipnotizó. Se acercó con cautela, sin poder apartar la vista.

Y cuando ella se giró... el tiempo se detuvo.

Sus ojos eran color avellana, brillantes, llenos de vida y peligro. Sus labios eran de un rojo natural, como fresas recién cortadas, y su cabello largo y ondulado caía como una cascada castaña por sus hombros. Era como una obra de arte. No... era más que eso. Era un ángel. Un ángel con aura letal.

Pavel no podía moverse. No podía pensar.

En ese instante, un camarero pasó cerca, tembloroso, llevando una bandeja con tazas de café. Tropezó. Una de las tazas se volcó justo sobre el vestido blanco de la joven.

Pavel dio un paso al frente, furioso. Iba a gritarle, a golpearlo por su torpeza. Pero no le dio tiempo.

En menos de tres segundos, la joven desenfundó un arma de la parte posterior de su vestido, la cargó con precisión y disparó.

Una sola bala. Directa a la cabeza del camarero.

El cuerpo cayó con un golpe seco sobre el mármol del jardín, y el café siguió derramándose... esta vez, mezclado con sangre.

Pavel se quedó helado.

La chica guardó el arma con una elegancia escalofriante, giró su rostro hacia él... y sonrió.

-Odio el café frío -dijo con voz serena.

Pavel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Esa... debe ser Alessia Bianchi.

Y, por primera vez en su vida, Pavel Beranov sintió que algo, o más bien alguien, podía destruirlo por completo.

Capítulo 3 .3.

Pavel seguía allí, de pie, con la mirada fija en el cadáver aún tibio que yacía sobre el mármol. Su mente, siempre afilada y en control, ahora era un torbellino de pensamientos. En su rostro, que rara vez mostraba emoción, había una chispa de asombro. No por la sangre. No por la muerte. Eso era rutina para él. Lo que lo sacudía era ella.

Alessia Bianchi cruzó junto al cuerpo como si pasara por encima de una flor marchita. La delicadeza de su andar contrastaba brutalmente con el caos que había causado. Iba erguida, serena, como si hubiera disparado a una taza rota y no a un ser humano. Su sirviente apareció en silencio, arrastró el cadáver sin una palabra y comenzó a limpiar el charco de sangre con la misma eficiencia que si recogiera vino derramado.

Pavel tragó en seco.

Entró nuevamente a la mansión, pero su mente seguía atrapada en el jardín. No le asustaba la muerte. Había crecido entre cadáveres y pólvora. A los trece años, aplastó el cuello de un traidor con sus propias manos. Desde entonces, se ganó el apodo de Rey de Hierro. Ese día, su destino quedó sellado. Por eso su padre lo eligió a él, y no a Enzo, su hermano mayor, como el heredero de la mafia rusa.

Los hombres de su mundo eran armas andantes. Las mujeres, sin embargo, eran porcelanas de lujo: bellas, costosas, delicadas. Su madre jamás tocó un arma. Kat y Eva se desmayaban si veían sangre. Eva, incluso, vomitaba.

Pero Alessia Bianchi era otra cosa. Ella era... como él. Y por primera vez, eso le gustó.

Una sonrisa sutil se dibujó en sus labios al pensar en ello.

Cuando volvió al salón, su padre y Vittorio Bianchi discutían la fecha del matrimonio como si fuera una reunión de negocios más. Pavel se dejó caer al lado de Aden en el sofá, aún algo distraído.

Minutos después, las puertas volvieron a abrirse.

Y ella entró.

Ahora vestía un vestido de tono melocotón, suave pero ceñido, que se amoldaba a cada una de sus curvas como si hubiera sido hecho para ella. Su piel oliva brillaba bajo la luz cálida del salón. Su cabello, aun suelto, caía como una ola perfecta sobre sus hombros. Pavel no podía mirar otra cosa.

Sus ojos vagaron desde los de ella -cálidos y oscuros como la avellana tostada- hasta sus labios suaves, luego hacia sus pechos redondeados y la elegante curva de su cintura. La belleza de Alessia era un golpe seco al corazón... pero lo que más lo sacudía era la dualidad que presenciaba: el ángel y el demonio, en un solo cuerpo.

Aden soltó un suspiro apreciativo. Rafael hizo un gesto que no pasó desapercibido. Pavel apretó la mandíbula. Su sangre comenzó a hervir.

Giró lentamente la cabeza y los fulminó con la mirada. Aden bajó la vista de inmediato. Rafael tosió y apartó los ojos. Satisfecho, Pavel volvió a concentrarse en ella.

Alessia se acercó con calma. Saludó dulcemente al padre de Pavel, con una educación impecable. Luego a Aden. Luego a Rafael. La dulzura en su voz era tan perfecta que parecía fingida. ¿La misma mujer que le voló la cabeza a un camarero hace diez minutos? Imposible creerlo... pero era ella. La misma.

Entonces, finalmente, sus ojos se encontraron.

Pavel se encontró mirando fijamente esos ojos angelicales... pero fríos. Tan fríos que no encontró en ellos el menor atisbo de calidez. Ella no sonrió. No dijo nada. Solo lo miró... como si no le importara quién era él.

Se fue a sentar junto a su padre con la misma gracia de una reina. Pavel no lo entendía. Algo en su reacción lo desconcertó. ¿No debería estar impresionada? ¿Asustada? ¿Curiosa, al menos? Era el heredero de la mafia rusa. El hombre más temido en todo el este de Europa. ¿Y ella... simplemente lo ignoraba?

La observó sin cesar. Tal vez ella lo sintió, porque lentamente volvió la mirada hacia él.

Esta vez, no fue frialdad lo que vio. Fue irritación.

Ella frunció sutilmente el ceño, como si su mirada la molestara. Murmuró algo al oído de su padre, se levantó con elegancia, saludó de forma educada al padre de Pavel una vez más... y se marchó del salón.

Pavel se quedó inmóvil.

¿Qué demonios fue eso?

Por primera vez, una mujer no solo no lo deseaba... sino que parecía no soportarlo.

Y eso, más que su belleza o su frialdad, lo hizo sentir algo nuevo.

Deseo.

Y tal vez... una peligrosa obsesión.

Pavel se levantó de inmediato, ignorando las risas sofocadas de Aden y Rafael que resonaron como cuchillas afiladas detrás de él. Ni siquiera los miró. Si hubieran sabido lo que era bueno para ellos, sabrían que reírse de Pavel Beranov no era algo que se hiciera dos veces.

Caminó decidido hacia la terraza trasera. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo con tonos ámbar y violeta. La brisa era suave, pero su interior hervía. A lo lejos, la vio sentada junto a la piscina, con las piernas cruzadas, el vestido melocotón ondeando suavemente con el viento. Su postura era tan elegante como despectiva, como si el mundo le importara poco... o nada.

Se acercó y se sentó junto a ella, sin decir una palabra.

Pero Alessia no era de las que ignoraban una presencia no deseada. Se levantó de inmediato, con los ojos chispeando hielo puro.

-¿Te di permiso para sentarte aquí? -preguntó con tono firme, casi desdeñoso.

Pavel sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. Nadie le hablaba así. Nadie que siguiera respirando, al menos. Sus labios se apretaron. Su paciencia se desgastaba a un ritmo alarmante. En un movimiento rápido, le sujetó los brazos por detrás, presionándolos contra su espalda con firmeza. Ella no gritó. No se quejó. Solo lo miró... con desafío.

Se acercó a su oído, su voz baja y peligrosa como el filo de una daga.

-No necesito el permiso de nadie para sentarme aquí. Soy dueño de este mundo, todo -inhaló su perfume, almizclado y floral- incluido tú. Eres mía, Alessia, así que mejor ten cuidado con tus palabras la próxima vez.

Ella soltó una carcajada seca, sin humor. Luego lo miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

-¿Quién dijo que soy tuya? -espetó, alzando la barbilla con altivez-. Todavía estoy en territorio italiano. Así que será mejor que mantengas tus manos y tus órdenes lejos de mí.

Pavel apretó la mandíbula. Su voz temblaba de furia contenida.

-Cariño -dijo con una sonrisa oscura-, pronto estarás en mi territorio. Pronto seré tu esposo. Y no estoy acostumbrado a este tipo de comportamientos. Así que mejor cuida tu actitud.

-Bueno -replicó ella con lentitud, con la voz venenosa como la miel agria-, todavía no eres mi esposo, así que será mejor que recuerdes tus límites.

Fue demasiado. Alessia Bianchi estaba tentando al diablo con una sonrisa.

Pavel la sujetó por la cintura con una fuerza dominante. La atrajo hacia él hasta que sus cuerpos se tocaron por completo, sin espacio entre ellos. El calor de ella lo envolvió, y el desafío en su mirada lo excitaba y lo exasperaba a partes iguales.

Se inclinó hacia su oído, su aliento rozando su piel.

-Tarde o temprano, aprenderás que en este mundo, nadie me dice qué hacer. Te guste o no, vas a ser mía. Porque cuando quiero algo... lo tomo.

Ella lo miró, imperturbable. Sus labios rozaban los de él, pero no cedía. No se encogía. No se asustaba.

-¿Y si no me dejo tomar? -susurró, con una sonrisa helada.

Pavel entrecerró los ojos. Su corazón palpitaba como un tambor de guerra.

-Entonces, cariño... tendrás que resistirme. Pero te advierto algo -agregó, bajando la voz-: el fuego que hay entre nosotros... va a consumirnos a los dos.

Los ojos de Alessia brillaron, no con miedo, sino con algo más oscuro. Curiosidad. Tentación. Furia.

Ella lo empujó con ambas manos, separándose de su cuerpo con elegancia forzada.

-Ya veremos, Pavel Beranov -dijo, dándose media vuelta-. Pero no te emociones demasiado. Que yo haya matado a un hombre no significa que no sepa cómo derribar a otro.

Pavel la miró alejarse con una mezcla de furia y asombro. Nadie lo desafiaba así. Nadie se le enfrentaba de esa manera... y mucho menos una mujer. Estaba sorprendido. Y furioso.

Ha cruzado todo límite. Cree que puede jugar conmigo como si yo fuera uno más de sus sirvientes o súbditos italianos.

Pero no.

Ella iba a pagar el precio por meterse con él.

Sin pensarlo dos veces, dio un paso largo y le tomó del brazo con fuerza, haciendo que se detuviera en seco. Alessia se giró con un brillo asesino en los ojos, pero no tuvo tiempo de decir nada. Pavel tiró de ella bruscamente hasta aprisionarla entre sus brazos.

-¡¿Qué demonios crees que haces?! -exclamó ella, luchando por soltarse.

Pero no tuvo tiempo para más palabras. Pavel la sujetó por los hombros, presionando su cuerpo contra el de él, y entonces la besó.

Furiosa. Violentamente. Como si pudiera borrar su arrogancia y su desafío con la fuerza de sus labios.

Sus manos atraparon las de ella, presionándolas detrás de su espalda mientras la acercaba aún más, como si la rabia y el deseo se fundieran en un solo instinto primitivo. Ella gimió de frustración, no de dolor, sino de impotencia. No estaba acostumbrada a que alguien la dominara. No así.

El beso duró apenas unos segundos, pero para ambos fue eterno.

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