Me desperté con el incesante murmullo de la televisión y la voz de mi suegra, Doña Carmen, quejándose de la leche.
No era un sueño; el calendario marcaba la misma fecha fatídica en que mi vida se había desmoronado.
Este día, esta escena, ya la había vivido, hasta la humillación de la maceta robada y el insoportable Jorge defendiendo a su madre ladrona.
Cinco años en prisión, abandonada y traicionada por el hombre que amaba, todo por la cleptomanía de mi suegra, una enfermedad que mi familia política se negaba a ver como tal, mientras yo perdía mi vida.
Pero esta vez, al mirarme en el espejo, supe que no sería la víctima; la que iría a la cárcel sería ella, lo juro.
Ximena se despertó con el sonido de la televisión a todo volumen desde la sala, un murmullo constante de un programa matutino que siempre le había parecido insoportable, pero el ruido que realmente la sacó del sueño fue la voz aguda y quejumbrosa de su suegra, Doña Carmen.
"¡Ya te dije, Jorge, que esa leche no me gusta! Sabe a cartón, ¿qué no entiendes? Quiero de la otra, la de la caja roja."
Ximena se quedó quieta en la cama, con los ojos abiertos de par en par, mirando el techo agrietado de su habitación, el corazón le latía con una fuerza descontrolada, no por la discusión mañanera, que era tan común como el amanecer, sino por la abrumadora sensación de familiaridad.
Este día, esta discusión, esta luz que entraba por la ventana, ya lo había vivido.
No, no podía ser, se dijo, cerrando los ojos con fuerza, intentando alejar el pánico que le subía por la garganta, era solo un mal sueño, una pesadilla recurrente producto del infierno que había vivido, pero al abrirlos de nuevo, todo seguía igual, el calendario en la pared marcaba la misma fecha fatídica, el día en que su vida se había derrumbado.
"Estoy de vuelta", susurró para sí misma, y el terror inicial fue reemplazado por una calma fría y cortante, "estoy de vuelta".
Lentamente, se levantó de la cama, sus movimientos eran deliberados, calculados, ya no era la misma Ximena ingenua que se había levantado esa mañana en su vida anterior, la prisión y la traición la habían forjado en algo más duro, algo más afilado.
Bajó las escaleras y entró en la cocina, donde la escena era exactamente como la recordaba, Jorge, su esposo, intentaba calmar a su madre con una paciencia que a Ximena ahora le parecía patética.
"Mamá, por favor, es la misma leche de siempre", le decía Jorge, con el cartón en la mano.
"¡No me mientas! Quieres envenenarme, seguro fue idea de esta", dijo Doña Carmen, señalando a Ximena con un dedo acusador en cuanto la vio entrar.
En su vida pasada, Ximena se habría defendido, habría discutido, habría intentado razonar con una mujer que no conocía la razón, el resultado habría sido una pelea a gritos que la dejaría agotada y frustrada antes de las nueve de la mañana.
Pero esta vez, Ximena simplemente sonrió, una sonrisa pequeña y vacía.
"Tiene razón, suegra, a mí tampoco me gusta esa leche", dijo con una voz suave, "Jorge, ve a comprarle la que le gusta a tu mamá, no quiero que empiece el día de mal humor".
Jorge y Doña Carmen la miraron, completamente desconcertados, el cambio en su actitud los descolocó, esperaban una pelea, no una rendición tan rápida.
"¿Ves? Hasta ella me da la razón", dijo Doña Carmen, triunfante, aunque todavía con un dejo de sospecha en la mirada.
Jorge, aliviado por evitar la confrontación, tomó las llaves del coche sin decir una palabra más y salió de la casa, Ximena se sirvió un café, ignorando deliberadamente a su suegra, que ahora la observaba con curiosidad, como a un animal extraño.
Minutos después, mientras Ximena bebía su café en silencio, sonó el timbre, Doña Carmen se sobresaltó, como si la hubieran atrapado haciendo algo malo, una reacción que Ximena conocía muy bien.
"Yo abro", dijo Ximena, levantándose con calma.
En la puerta estaba la vecina de al lado, Doña Elvira, una mujer de unos sesenta años con cara de perpetua preocupación.
"Ximena, qué pena molestarte tan temprano", dijo la vecina, apenada, "pero, ¿de casualidad no has visto mi maceta de geranios? La que tenía junto a la puerta, era un regalo de mi hija".
Detrás de Ximena, Doña Carmen se asomó.
"¡Ay, Elvira! Con los vientos de anoche, seguro se voló", dijo con una naturalidad pasmosa, "estos chamacos de ahora no saben ni amarrar las cosas".
Ximena miró a su suegra, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió ira, sino una especie de lástima fría, la mujer era una autómata de la mentira, una esclava de su propia compulsión.
"No se preocupe, Doña Elvira", intervino Ximena, con la misma voz calmada, "si la vemos, se la devolvemos de inmediato".
La vecina se fue, no muy convencida, Ximena cerró la puerta y se giró para enfrentar a su suegra, la maceta de geranios, la reconoció al instante, estaba escondida detrás de un sillón en la sala, apenas visible.
"¿Por qué hace eso?", preguntó Ximena, no como una acusación, sino como una pregunta genuina, una curiosidad casi clínica.
"¿Hacer qué?", respondió Doña Carmen, haciéndose la ofendida, "¿ahora también me vas a acusar a mí? ¡Igual que tu familia de muertos de hambre, siempre viendo moros con tranchete!".
En ese momento regresó Jorge, con el cartón de leche de la caja roja en la mano.
"¿Qué pasa ahora?", preguntó, cansado.
"¡Tu mujer, que me está acusando de ratera!", chilló Doña Carmen, corriendo a refugiarse en el papel de víctima, "¡solo porque le hablé con amabilidad a la vecina!".
Jorge miró a Ximena con reproche.
"Ximena, por favor, ya empezamos, mi mamá no haría algo así".
Ximena lo miró fijamente, al hombre por el que había ido a la cárcel, al hombre que la había abandonado sin mirar atrás, vio su debilidad, su cobardía, la facilidad con la que su madre lo manipulaba como a un títere.
En su vida anterior, habría llorado de impotencia, esta vez, Ximena solo asintió lentamente.
"Tienes razón, Jorge", dijo, y su voz sonó hueca, "tu mamá no haría algo así, fue un malentendido".
Se dio la vuelta y subió a su habitación, dejando a madre e hijo en la cocina, Doña Carmen con una sonrisa de victoria y Jorge con la expresión de alguien que cree haber restaurado la paz, sin saber que la guerra apenas comenzaba.
Encerrada en su habitación, Ximena se sentó en el borde de la cama, los recuerdos de su vida anterior la golpearon con la fuerza de un tren, no eran imágenes borrosas, sino sensaciones vívidas, el olor a desinfectante de la celda, la textura áspera de la manta de la prisión, el sabor amargo de la soledad.
Recordó los años de matrimonio, una sucesión interminable de pequeños incidentes, de "malentendidos" que siempre terminaban con ella pidiendo disculpas por cosas que no había hecho, Doña Carmen tenía una compulsión, una enfermedad que la familia se negaba a ver, para ellos, eran solo "cositas", manías de una señora mayor.
Una vez, desapareció un salero de plata de un restaurante caro donde celebraban su aniversario, Jorge pagó la cuenta a toda prisa, arrastrándola fuera mientras le siseaba que no hiciera un escándalo, días después, Ximena encontró el salero en el fondo del costurero de su suegra.
Cuando la confrontó, Doña Carmen lloró y dijo que seguro se le había caído en el bolso por accidente, Jorge le creyó, siempre le creía.
"Es que tú no la entiendes, Ximena, tuvo una vida muy dura", le decía.
La humillación más grande, antes de la catástrofe final, ocurrió en una cena de Navidad en casa de su jefe, Ximena se había esforzado por causar una buena impresión, era una oportunidad importante para la carrera de Jorge, todo iba bien hasta que, al despedirse, la esposa del jefe notó que faltaba un juego de cubiertos de plata antiguos.
La vergüenza fue total, las miradas de sospecha, el silencio incómodo, Ximena sabía, con una certeza que le helaba la sangre, quién era la culpable, al llegar a casa, revisó el bolso de su suegra, y allí estaban, envueltos en una servilleta de tela.
"¡Mamá, por Dios!", gritó Jorge, viéndolos, por primera vez, pareció entender la gravedad del asunto.
Pero la reacción de Doña Carmen fue una obra maestra de la manipulación, se tiró al suelo, fingiendo un ataque de pánico, jurando que alguien se los había metido en el bolso para perjudicarla, para perjudicarlos a todos.
"¡Esa gente rica nos odia, Jorge! ¡Nos ven como bichos raros!", sollozaba.
Don Ricardo, su suegro, un hombre silencioso y cómplice, la levantó del suelo y la abrazó.
"Ya, ya, Carmen, tranquila, fue un error".
Al día siguiente, Jorge fue a devolver los cubiertos, inventando una historia ridícula sobre cómo se habían mezclado con sus cosas, su jefe nunca lo volvió a mirar de la misma manera, la oportunidad de ascenso se esfumó.
Ximena intentó hablar con ellos, con Jorge, con Don Ricardo.
"Esto no es normal", les dijo, sentados en la sala, "necesita ayuda, ayuda profesional".
"¡No voy a permitir que llames loca a mi madre!", explotó Jorge.
"Tú siempre exageras todo, Ximena", añadió Don Ricardo, con su habitual pasividad, "son solo cosas, no le hace daño a nadie".
"¿Que no le hace daño a nadie?", replicó ella, incrédula, "¿Y la reputación de Jorge? ¿Nuestra vida?".
"La única que está haciendo un problema de esto eres tú", sentenció Doña Carmen, que había estado escuchando desde el pasillo.
Fue entonces cuando Ximena comprendió que estaba sola, atrapada en una red de negación y complicidad.
Y luego vino el día que ahora estaba reviviendo, el día del mercado de antigüedades de La Lagunilla, Doña Carmen insistió en ir, decía que quería "ver cosas bonitas", a Ximena le dio un mal presentimiento, pero Jorge, como siempre, cedió.
Paseaban entre los puestos llenos de reliquias y polvo, Doña Carmen se detenía en cada baratija, sus ojos brillando con una codicia infantil, Ximena la vigilaba de cerca, intentando mantenerla alejada de los objetos pequeños y brillantes.
Pero en un momento de distracción, mientras Jorge regateaba el precio de un viejo libro, sucedió.
Doña Carmen se acercó a un puesto que exhibía artefactos prehispánicos, el anticuario, un hombre serio y de pocas palabras, la observaba con atención, en el centro de la mesa, sobre un terciopelo rojo, descansaba un pequeño amuleto de jade, una pieza exquisita y, evidentemente, muy valiosa.
Ximena vio cómo su suegra, con una rapidez increíble, tomó el amuleto y, en un movimiento fluido, lo deslizó dentro del bolso de Ximena, que colgaba de su hombro.
"¡Oiga, señora!", gritó el anticuario, "¡Usted, deténgase!".
Todo pasó muy rápido, el hombre las alcanzó, la gente se arremolinó a su alrededor, las acusaciones, los gritos.
"¡Revise el bolso de ella!", gritó Doña Carmen, señalando a Ximena con un pánico fingido, "¡Yo la vi, yo la vi metiéndose algo!".
Jorge, blanco como el papel, no supo qué hacer, la policía llegó, y ante la mirada de docenas de extraños, un oficial sacó el amuleto de jade del bolso de Ximena.
La negación de Ximena fue inútil, las lágrimas de su suegra, conmovedoras, "¡Mi nuera, no puedo creerlo, siempre fue tan buena muchacha, debe tener un problema!", decía a los policías, llorando desconsoladamente.
La llevaron a la delegación, el amuleto era una pieza de museo, robada años atrás, el valor era incalculable, el delito, federal.
Jorge contrató a un abogado, pero las pruebas eran contundentes, Doña Carmen, la única testigo, mantuvo su historia, llorando, dijo que Ximena la había obligado a ir al mercado, que la había usado como distracción.
La sentencia fue de cinco años de prisión, cinco años que destruyeron su vida, Jorge dejó de visitarla al segundo año, un día, a través de una carta de su abogado, se enteró de que había solicitado el divorcio, poco después, supo que se había vuelto a casar y que esperaba un hijo.
Cuando salió, era una extraña en un mundo que había seguido sin ella, sin dinero, sin familia, sin futuro, la desesperación fue un pozo negro que casi la consume.
Pero ahora, sentada en esa misma cama, en esa misma habitación, el pozo negro se había transformado en un volcán de furia helada, no iba a permitir que la historia se repitiera.
Se levantó y se miró en el espejo, la mujer que le devolvía la mirada ya no era una víctima, sus ojos, que antes eran cálidos y confiados, ahora tenían un brillo duro, calculador.
"Esta vez", se dijo a sí misma, tocando el frío cristal del espejo, "la que irá a la cárcel serás tú, Carmen, te lo juro".