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Una Historia Miserable de Preferencia

Una Historia Miserable de Preferencia

Autor: : Chill Out
Género: Moderno
Mi vida de pescador era dura, pero con mi hijo Juanito a mi lado, todo valía la pena; él, una promesa del fútbol, era nuestro futuro, nuestra esperanza. Pero esa madrugada, una llamada destrozó esa esperanza: Juanito sufrió un accidente, y al llegar al hospital, la indiferencia de mi esposa Sofía, más preocupada por la fiesta de su primo Ricardo, me golpeó más fuerte que cualquier ola. Mientras mi hijo agonizaba, ella celebraba el éxito musical de Ricardo, el mismo al que había subvencionado con nuestros ahorros, endeudándonos hasta el cuello y obligando a Juanito a trabajar para pagar sus caprichos. Cuando el hospital me dio la noticia fatal, las palabras de Sofía, susurrando por teléfono que "lo de Juanito fue una lástima, pero esas cosas pasan", y que "la plata es para que Armando no ande de preguntón", me congelaron el alma. El amor se convirtió en hielo, y con cada bocanada de sangre que toso, prometo que la verdad de Juanito se alzará desde las profundidades del mar, y ellos pagarán por cada lágrima y cada traición.

Introducción

Mi vida de pescador era dura, pero con mi hijo Juanito a mi lado, todo valía la pena; él, una promesa del fútbol, era nuestro futuro, nuestra esperanza.

Pero esa madrugada, una llamada destrozó esa esperanza: Juanito sufrió un accidente, y al llegar al hospital, la indiferencia de mi esposa Sofía, más preocupada por la fiesta de su primo Ricardo, me golpeó más fuerte que cualquier ola.

Mientras mi hijo agonizaba, ella celebraba el éxito musical de Ricardo, el mismo al que había subvencionado con nuestros ahorros, endeudándonos hasta el cuello y obligando a Juanito a trabajar para pagar sus caprichos.

Cuando el hospital me dio la noticia fatal, las palabras de Sofía, susurrando por teléfono que "lo de Juanito fue una lástima, pero esas cosas pasan", y que "la plata es para que Armando no ande de preguntón", me congelaron el alma.

El amor se convirtió en hielo, y con cada bocanada de sangre que toso, prometo que la verdad de Juanito se alzará desde las profundidades del mar, y ellos pagarán por cada lágrima y cada traición.

Capítulo 1

El teléfono sonó, un ruido agudo y fuera de lugar en el silencio de la madrugada, solo roto por el suave golpeteo de la lluvia contra el techo de lámina.

Armando se levantó de la hamaca, el cuerpo adolorido por las largas horas en el mar. El olor a sal y a pescado impregnaba la pequeña casa, un olor que era el sustento de su familia.

Miró el identificador de llamadas. Número desconocido. Un mal presentimiento le recorrió la espalda.

"¿Bueno?"

La voz al otro lado era profesional, sin emoción.

"¿Hablamos con el señor Armando Cruz?"

"Sí, soy yo."

"Le llamamos del Hospital General. Su hijo, Juanito Cruz, ha sufrido un accidente."

El mundo de Armando se detuvo. El sonido de la lluvia, el olor a sal, todo desapareció. Solo existían esas palabras, flotando en el aire como un mal augurio.

"¿Cómo... cómo está él?" preguntó, la voz temblorosa.

Hubo una pausa, una que pareció durar una eternidad.

"Señor, es mejor que venga al hospital."

Armando no necesitó más. Colgó el teléfono, las manos le temblaban tanto que apenas pudo volver a colocarlo en su base. Su primer instinto fue buscar a Sofía, su esposa. Necesitaba compartir esa carga, necesitaba que ella estuviera a su lado.

Marcó su número. Una, dos, tres veces. El tono de llamada sonaba y sonaba, sin respuesta. La desesperación comenzó a arañar su garganta.

"Contesta, Sofía, por favor, contesta."

Finalmente, al cuarto intento, la llamada se conectó. Pero no era la voz preocupada de su esposa lo que escuchó. Era música, música de mariachi a todo volumen, risas y el bullicio de una fiesta.

"¿Bueno? ¿Quién habla?" la voz de Sofía sonaba lejana, irritada por la interrupción.

"Sofía, soy yo, Armando," dijo él, la voz rota. "Es Juanito... tuvo un accidente. Tienes que venir al hospital."

Hubo un silencio del otro lado, solo interrumpido por el sonido de una trompeta.

"¿Un accidente? Ay, Armando, ¿qué tan grave es? Justo ahora no puedo, de verdad."

La incredulidad golpeó a Armando con la fuerza de una ola.

"¿Cómo que no puedes? ¡Es nuestro hijo, Sofía!"

"Lo sé, lo sé," dijo ella, con un tono que intentaba ser tranquilizador pero que solo sonaba a fastidio. "Pero es la fiesta de Ricardo. ¿Sabes lo importante que es esto para él? Es su gran noche, por fin consiguió el contrato con la disquera. No puedo irme así como así y arruinarle el momento."

Ricardo. Su primo. El aspirante a cantante de mariachi por el que Sofía había vaciado sus ahorros, el motivo por el que se habían endeudado hasta el cuello con usureros. El motivo por el que Juanito, su hijo de diecisiete años, un prodigio del fútbol, había tenido que dejar los entrenamientos para tomar un segundo trabajo como repartidor en motocicleta, solo para ayudar a pagar las deudas que su madre había acumulado.

"Sofía," la voz de Armando era apenas un susurro cargado de dolor. "¿Me estás escuchando? Juanito está en el hospital."

"Sí, te escucho. Mira, en cuanto pueda me escapo. Tú ve para allá y me mantienes al tanto, ¿sí? Dale un beso de mi parte."

Y colgó.

Armando se quedó mirando el teléfono, el sonido de la línea muerta resonando en sus oídos. Un beso de mi parte. Las palabras eran veneno.

Sin pensar, salió de la casa y corrió bajo la lluvia, no hacia el hospital, sino hacia el salón de fiestas más caro del pueblo, "El Capricho". Sabía que ella estaría allí.

La música se escuchaba desde la calle. Al asomarse por una de las grandes ventanas, la vio. Sofía, vestida con un traje rojo brillante que él nunca le había visto, reía a carcajadas, con una copa de champán en la mano. Estaba de pie junto a Ricardo, quien, ataviado en un traje de charro blanco y dorado, era el centro de atención. La mesa frente a ellos estaba repleta de botellas caras y platillos que Armando sabía que costaban más de lo que él ganaba en un mes.

Era una traición visual, una bofetada en medio de su angustia. Mientras su hijo yacía en un hospital, su esposa celebraba.

Entró al lugar, empapado, con la ropa de trabajo sucia. La gente lo miró con desdén. Caminó directamente hacia ella, abriéndose paso entre los invitados.

"Sofía."

Ella se giró, y al verlo, su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de enfado y vergüenza.

"¿Armando? ¿Qué haces aquí? ¿No te dije que me llamaras?" susurró, tratando de no llamar la atención.

"Tenemos que irnos. Ahora," dijo él, ignorando a Ricardo, que los miraba con fastidio.

"No voy a ir a ningún lado," espetó ella en voz baja. "Esta es la noche de Ricardo. No la voy a arruinar por un simple raspón de motocicleta."

"No es un raspón," la voz de Armando se quebró. "El doctor dijo que era grave."

Sofía puso los ojos en blanco.

"Los doctores siempre exageran. Anda, vete a casa, Armando. Estás haciendo una escena."

Se dio la vuelta, dándole la espalda, y levantó su copa para brindar con su primo.

Armando se quedó paralizado. Vio cómo ella volvía a reír, cómo le susurraba algo al oído a Ricardo, cómo su mundo seguía girando como si nada, como si él y Juanito no existieran.

En ese instante, algo dentro de Armando se rompió para siempre. No era solo el dolor por su hijo, era el frío y cortante entendimiento de que la mujer que estaba a su lado ya no era su esposa, quizás nunca lo había sido de verdad.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, sin mirar atrás. El sonido de la fiesta, de la risa de su esposa, lo siguió hasta la calle, donde se mezcló con el llanto silencioso de la lluvia. Ya no había esperanza, solo una certeza helada. Estaba solo en esto.

Capítulo 2

El camino de regreso a casa fue una tortura. Cada paso era pesado, cada gota de lluvia se sentía como un golpe. La imagen de Sofía riendo en la fiesta estaba grabada a fuego en su mente, superponiéndose a la angustia por Juanito.

Apenas entró en la casa, el teléfono volvió a sonar. Era el hospital de nuevo.

"Señor Cruz," dijo la misma voz sin emociones, "necesitamos que venga a la morgue para identificar el cuerpo."

Morgue. Identificar el cuerpo. Las palabras no tenían sentido, eran un idioma extranjero que su cerebro se negaba a procesar.

"No... no entiendo," balbuceó Armando. "Hubo un error. Mi hijo... él solo tuvo un accidente."

"Lo lamento mucho, señor. Su hijo no sobrevivió. Falleció hace veinte minutos."

El teléfono se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un ruido sordo. Un grito ahogado escapó de su garganta, un sonido animal, primario. Se dobló por la mitad, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, y vomitó la poca comida que tenía.

Sus piernas no lo sostuvieron más y se derrumbó en el suelo de tierra de su humilde casa. El frío del piso se filtró a través de su ropa mojada, pero no lo sintió. Solo sentía un vacío inmenso, un agujero negro que devoraba todo dentro de él. Juanito. Su muchacho. Su campeón. El que tenía una patada más fuerte que cualquiera en el pueblo. El que le prometió que con su primer sueldo de futbolista profesional le compraría un barco nuevo.

Se quedó ahí, hecho un ovillo, por un tiempo que no pudo medir. Horas, quizás.

La puerta se abrió de repente y la luz del pasillo iluminó la habitación. Era Sofía.

Entró con paso arrogante, todavía con su vestido rojo de fiesta. El olor a perfume caro y a alcohol llenó la pequeña sala, un contraste nauseabundo con el olor a miseria y a muerte que ahora impregnaba el lugar.

"¿Todavía estás así, Armando?" dijo, su voz teñida de irritación. "Parece que viste un fantasma. Te dije que no era para tanto."

Armando levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, rojos e hinchados, se encontraron con los de ella.

"Se murió, Sofía," susurró. "Juanito está muerto."

La sonrisa de fastidio de Sofía vaciló por un segundo, solo un segundo. Luego, compuso una máscara de tristeza.

"Ay, no. No puede ser," dijo, pero su voz carecía de la desesperación que Armando sentía. Era una actuación, y una muy mala.

Él no respondió. Simplemente la miró, y en su mirada había un abismo de dolor y acusación. La vio a ella, con su vestido lujoso, sus aretes brillantes, y pensó en la motocicleta destrozada, en el cuerpo sin vida de su hijo. La conexión era tan clara, tan brutal, que le quemaba por dentro.

Sofía, incómoda bajo su escrutinio, se acercó y trató de abrazarlo.

"Mi amor, lo siento tanto..."

Armando se apartó de su contacto como si quemara.

"¡No me toques!" gritó, y el grito resonó en las paredes desnudas de la casa. Fue un grito que venía desde el fondo de su alma rota, un torrente de dolor, de rabia, de impotencia. Se puso de pie, temblando de pies a cabeza, y por primera vez en su vida, sintió un odio puro y sin adulterar por la mujer que tenía delante.

Roto, se tambaleó hacia la pequeña habitación que compartían, buscando un refugio que ya no existía. Se dejó caer en la cama y hundió la cara en la almohada, ahogando sus sollozos.

Fue entonces cuando la escuchó. Sofía había sacado su teléfono y estaba hablando en susurros en la sala. Con el corazón hecho pedazos, Armando aguzó el oído.

"Sí, primo, ya estoy en casa," decía ella. "No, no te preocupes, la fiesta estuvo increíble. Eres el mejor."

Hubo una pausa.

"¿Armando? Ah, está devastado. Ya sabes cómo son los dramáticos... Sí, lo de Juanito. Una lástima, pero bueno, esas cosas pasan."

Armando contuvo la respiración, el veneno de cada palabra infiltrándose en sus venas.

"¿La plata? No, primo, de eso ni te apures. Este teatrito de ser pobres es solo para que Armando no ande de preguntón. Tú sabes que yo tengo lo mío guardado. Mientras tú sigas triunfando, a mí no me falta nada. Tu carrera es lo primero, ¿entiendes? Lo primero."

Un trueno lejano retumbó afuera, pero no fue nada comparado con la explosión que ocurrió dentro de Armando. El dolor por la muerte de su hijo se mezcló con el ácido de la traición. No era solo negligencia. No era solo egoísmo. Era un engaño. Una farsa cruel y prolongada. Su pobreza, el sacrificio de su hijo, todo había sido una mentira para financiar la vanidad de un cantante de mariachi mediocre y la obsesión de su esposa.

El llanto se detuvo. En su lugar, un frío glacial se apoderó de él. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se quedó mirando la pared, viendo no la pintura descascarada, sino el rostro sonriente de la mujer que había destruido su vida.

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