****
- Anne, ¿quieres escuchar una historia?
Cuando el mundo era joven y las manadas estaban aún en su estado más primitivo, un lobo solitario se dedicaba a cantar a la Diosa Luna de forma apasionada. El lobo, cuyo pelaje resplandecía bajo la luz plateada de la luna, cantaba con pasión y devoción que resonaban en los rincones más profundos de la noche. Sus aullidos eran una oda a la belleza y el misterio de la noche, una expresión de amor y admiración por la Diosa que iluminaba el firmamento nocturno.
Noche tras noche, el solitario lobo alzaba su voz hacia el cielo estrellado, y su canto se volvía más conmovedor con cada luna llena que pasaba. La Diosa Luna, que observaba el mundo desde lo alto del firmamento, se sintió profundamente conmovida por la devoción de este lobo. Se preguntaba por qué aquel lobo, una solitaria criatura de la noche, le dedicaba tales elogios y admiración.
Un día, la Diosa Luna decidió descender a la tierra para encontrarse con el lobo solitario. Descendió en forma de una mujer hermosa, con cabellos plateados que brillaban como la luna misma. Se acercó al lobo, cuyos ojos reflejaban la misma luz plateada que la de ella. El lobo, al ver a esta misteriosa mujer, se sintió aún más cautivado por su belleza y nobleza.
En esa noche única, la Diosa Luna le habló al lobo solitario: "Tu devoción y canto me han conmovido profundamente. Nunca antes criatura alguna sobre la tierra había demostrado adorarme de esta manera. Como muestra de mi gratitud, te concedo un don especial".
La Diosa Luna extendió sus manos hacia el lobo, y en ese momento, el lobo sintió una extraña transformación. Su cuerpo se estiró y cambió, adoptando una forma distinta. Se convirtió en un hombre con cabellos negros como la noche y ojos ámbar que brillaban como la luna llena. El lobo se había convertido en un ser humano, pero aún en su interior habitaba aquel ser salvaje que seguía mostrando su profundo amor por la noche y la Diosa.
Y cuando las primeras palabras intentaron salir de su boca, el suave toque de la Diosa sobre sus labios se lo impidió. En su interior, su propio deseo era que, así como hasta ahora, solo ella pudiera entender los deseos más profundos del lobo, sin que nadie más pudiera escucharlos.
- Entonces ¿ el lobo nunca habló? - pregunta la pequela de cuatro años mientras se acomoda en su cama viendo fijamente a su madre.
- Si lo hizo, aprendió a hablar como los humanos, pero guardo su forma más personal de expresar su amor a la Diosa en un idioma que solo ella pudiera entender.
***
- Estamos perdidas - es la queja de su hermana por millonésima vez - te dije que no era una buena idea regresar solas; debimos esperar a los demás.
- Y yo te dije que podías quedarte y esperarlos - responde con cansancio - nunca te dije que volvieras conmigo. Es más, fuiste tú quien se negó a que Wen viniese con nosotras.
- Claro, y cuando lleguemos a casa tú vas a explicar por qué Wen está con nosotras. - es la réplica de su hermana.
- Ya deberías decirle a Papá que son novios - comenta con tono casual - es absurdo que sigan escondiéndose, no siempre podré usarme de coartada para salir... - sus palabras son silenciadas por el aullido cercano de un lobo. Sin perder un segundo, gira su mirada hacia su hermana y nota cómo el rostro de esta pierde la tranquilidad y adopta una expresión de miedo. - ¡hey! – le llama tomando su mano - vamos, estaremos bien. - dice en un intento de calmarla mientras comienza a caminar a paso más rápido, esto sin soltar la mano de la menor. - Si nos damos prisa, llegaremos pronto.
Los aullidos llenaron de nuevo el bosque, por lo que no pudo, sino afianzar aún más su agarre en la mano de su hermana y casi sin darse cuenta, ambas comenzaron a correr. Anne podía jurar que escuchaba las pisadas presurosas del lobo detrás de ellas, pero al volver su rostro, no pudo ver nada. Apenas si habían avanzado unos cien metros cuando el peso de sus pasos se volvió cada vez mayor; los nervios y la fatiga de la carrera no eran buenos para su corazón.
- Anne. - es el bajo llamado de su hermana.
Al voltear, pudo ver a Aisling, su respiración acelerada y su rostro pálido le hicieron saber que la menor no estaba bien.
- Aisling, Aisling mírame - deteniendo sus pasos, toma a su hermana por los hombros. Los aullidos estaban cada vez más cerca.
- Ya no puedo. - es la respuesta entrecortada de la menor.
- Sé que tienes miedo, pero no podemos quedarnos, tenemos que irnos. - Aun cuando su propio miedo está a flor de piel, necesita calmar a su hermana. - Debes intentarlo.
- No puedo - es la respuesta que recibe; el tono entrecortado de Aisling deja claro que el miedo le está ganando.
- Vete - dice sin vacilar - puedes salvarte.
- No te voy a dejar - es la respuesta de Aisling; sus ojos dejan ver las lágrimas que comienzan a asomar ante la idea de dejar a su hermana.
- Estaré bien - enfatiza soltando su agarre en la mano de su hermana. - Vete - al ver que esta no hace ningún movimiento, calma su respiración un poco al tiempo que su mirada se torna seria.
- ¡Ahora!
La vacilación de Aisling es notoria, pero ambas saben que es absurdo que las dos se queden allí. Puede que aquello solo sea paranoia de ambas y que estén armando un drama sin justificación, pero si es cierto el sentimiento de ser perseguidas, no tiene sentido que se queden juntas, no si hay la posibilidad de que una de ellas se salve del ataque del lobo. Cuando la figura de Aisling se perdió en la espesura del bosque, Annette reunió todas sus fuerzas para ponerse de pie
y alejarse de allí; en esos momentos, intentar respirar era tan complicado que se sentía como si sus pulmones quemaran. Los aullidos se escucharon más cerca, ajustando mejor la capa roja que la cubre, comenzó a alejarse de la dirección de dónde sintió que venían aquellos sonidos, pero cada paso se sentía como si sus pies fueran de plomo; aun así, una fracción de segundo, todo se sintió tan diferente.
"Mía."
Podría jurar que aquella simple palabra resonó dentro de su cabeza, pero esa idea era algo tan absurdo que no entendía cómo pudo siquiera pensar en ello. A lo lejos, sus oídos captaron el rumor que producía el agua al correr, ¡era el río! El sonido del agua la hizo sentir aliviada. Su padre solía decirle tanto a ella como a Aisling que, si alguna vez se perdían en el bosque, debían buscar siempre el río; seguir su cauce las llevaría a un lugar seguro. Además, si eran perseguidas por algún depredador, el agua podía cubrir su aroma, y en ese momento es lo que necesitaba.
- Por favor... - murmuró por lo bajo. Su corazón estaba cada vez más oprimido, y sus pulmones ya no podían procesar correctamente el aire que recibían. Pero sus esperanzas se renovaron al ver una formación entre las piedras en la orilla contraria del río; razón por la cual hizo un esfuerzo por ir más rápido al tiempo que imploraba que ese espacio fuera suficiente para ocultarla.
"No huyas."
Puede escuchar de nuevo esa voz en su cabeza, siendo secundada por un nuevo y solitario aullido, solo que este estaba más cerca, casi como si el lobo que lo emitía estuviera a sus espaldas. Por un momento se sintió tentada de volver su mirada y comprobar que no fuese así, pero al mismo tiempo, su instinto de supervivencia le advirtió lo estúpido que sería detenerse, justo ahora que está tan cerca de tener una oportunidad para poder vivir otro día.
"Ven a mí."
La tela de la capa y el vestido se volvieron pesadas al contacto con el agua, pero agradeció que el paso no fuera profundo y que el agua apenas si alcanzara a llegar hasta la mitad de sus pantorrillas; de haber sido más profundo, era un hecho que el peso de sus ropas le hubiera impedido cruzar o tan siquiera intentar nadar. Cuando alcanzó la formación de rocas, descubrió que el espacio era el suficiente como para permitirle esconderse; acurrucando su cuerpo lo más que pudo contra las piedras, recogió sus ropas en un intento de no dejar ningún indicio del lugar donde se ocultaba, pero de alguna forma, lograba ver lo que ocurría fuera de su improvisado escondite.
"Mi Luna."
El miedo la estaba volviendo loca, o eso era lo único que lograba pensar al volver a escuchar esa gruesa voz resonar en su cabeza. El sonido de ramas siendo pisadas la llevó a fijar su mirada fuera de aquel espacio; el aire en sus pulmones falló una vez más y el escaso oxígeno que lograba entrar los quemaba. Había estado de cacería con su padre en algunas ocasiones, pero esta era la primera vez que veía un lobo como aquel; incluso podía jurar que aquel lobo debía superar con facilidad los dos metros, su pelaje negro contrastaba con aquellos ojos grises, ojos que podría jurar estaban fijos en los suyos.
Cuando Aisling logró salir de la espesura del bosque, se topó con un grupo de cazadores que regresaban de la fiesta; sin dudar ni un momento, se acercó a ellos para pedir ayuda. Si había una oportunidad de ayudar a Anne, no importa cuán pequeña fuera, debía tomarla sin perder ni un solo segundo.
Anne podía sentir como si su corazón palpitara dentro de su boca; el lobo no se había movido ni un poco desde que se dejó ver en la otra ribera del río. No sabía cuánto tiempo había pasado, lo que sí sabía era que, en ese punto, sus lágrimas ya corrían libremente bañando su rostro.
"Déjame verte, mi luna."
Sus manos apretaron su cabeza, como si eso pudiera evitar que volviera a escuchar aquella voz. Cerró sus ojos con fuerza en un intento de reforzar aquella idea, pero luego, un escalofrío recorrió su columna y disparó las alarmas de su cuerpo. Abriendo sus ojos, notó que aquel lobo ya no estaba en la ribera, pero eso no la calmó; por el contrario, al no saber en qué parte exacta se encontraba aquel animal, no hizo sino aumentar su preocupación y miedo.
"Déjame acercarme a ti, no debes temerme... Sal de allí."
Pequeños puntos de colores se dibujaron ante ella, respirar en ese punto se tornó imposible; sus manos sudorosas se sentían frías, los sonidos en el entorno se fueron apagando hasta que todo se volvió silencio y oscuridad.
El sonido de la lluvia es fuerte y claro en sus oídos, pero, aun así, todo su cuerpo se siente tibio y cómodo; un fuerte contraste con el frío y la dureza de la noche anterior. Intentó abrir sus ojos, pero una fuerte punzada en su cabeza y pecho se hicieron presentes en el momento en que la luz tocó la leve abertura de sus ojos, por lo cual volvió a cerrarlos.
- Descansa un poco más, - dice suavemente una gruesa voz - el médico dijo que estuviste cerca de la muerte.
Esa voz no era la de su padre ni la de alguno de sus conocidos. ¿El médico dijo? Entonces, había logrado escapar de aquel lobo, la habían encontrado y ahora estaba en un hospital, ¿verdad?
- No sabes lo asustado que estuve, mi luna.
¿"Luna"? Aquella era la palabra que había resonado en su cabeza durante la noche mientras el lobo la asechaba, y aquella voz era la misma voz que las había pronunciado. Su cuerpo le pedía poder dormir un poco más, pero su instinto, bueno, este estaba partido a la mitad. Una parte le decía que debía salir de allí lo antes posible, mientras que la otra le hacía sentir que estaba segura, que no había razones para temer o correr, pero prefirió silenciar esta última. Abrir sus ojos de golpe, ignorando, o por lo menos intentando ignorar aquella punzada constante, su cabeza dolía horrores, mientras que su corazón parecía partirse poco a poco.
- Veo que eres terca. - El sonido de pasos acompañó las nuevas palabras. - Pero también lo bastante insensata como para no escuchar a tu cuerpo, aun cuando este te pide descansar.
Cuando su mirada pudo por fin enfocar su entorno, fue consciente de la habitación en la que se encuentra. La cabaña es pequeña, pero no por ello deja de ser acogedora; la cama sobre la que descansaba está ubicada en un rincón de la estancia junto a la ventana. La chimenea está centrada en el lado derecho de la estancia, y el calor proveniente de ella es lo que mantiene tibio el lugar. Un sofá de tres plazas, otro individual y una mesa para seis son los que terminan de llenar el espacio. Pero faltaba algo, alguien había hablado, ella había escuchado pasos, entonces...
- ¿Dónde...? - murmura levemente, sus palabras, completando sus ideas, ideas que son cortadas por la respuesta obtenida.
- Pensé que tendrías hambre al despertar. - aquella gruesa voz resuena una vez más en la habitación, pero esta vez es acompañada del sonido de una puerta al abrirse. - Te preparé un poco de carne. - aquel desconocido da énfasis a sus palabras levantando un poco la bandeja con comida que traía en sus manos.
Al observar al dueño de aquella voz, sintió cómo el aire se queda atrapado en sus pulmones una vez más. Aquel hombre debía tener cerca de unos treinta años, o tal vez los pasaba únicamente por un par de años, cercano a los dos metros y de musculatura marcada, unos leves mechones de cabello rojo enmarcan su rostro, mismo que es decorado por dos profundos ojos grises; un color tan pálido que por un momento puede jurar que es como si viera la luna en ellos.
- ¿Está todo bien? - pregunta mientras se acerca un poco más a ella. - Luces como si te fueses a desmayar de nuevo.
- ¡No te acerques! - su cuerpo vibra envuelto en temor, no sabe dónde está, quién es aquel hombre y mucho menos entiende qué está pasando, solo sabe que quiere salir de allí e ir a casa.
- Está bien, - dice deteniendo sus pasos. - no me acercaré si eso es lo que quieres, pero debes calmarte y comer un poco.
- ¿Dónde estoy? - pregunta al tiempo que se retrae en la cama.
- Estás a salvo, en la manada del Sur, - responde con calma mientras deja la bandeja sobre la mesa del comedor. - Te traje conmigo hace unos días. Pensaba respetar tu decisión de no mostrarte aún ante mí, pero cuando comenzó la lluvia y seguías sin moverte de aquel lugar. Me preocupó que el latir de tu corazón fuese tan bajo, así que crucé la ribera; fue entonces cuando noté que te habías desmayado, así que no podía simplemente dejarte allí.
¿"Manada"? ¿"Unos días"? No, simplemente aquello es absurdo. Primero porque las manadas son cosas de animales y... ¡No! Se regaña a sí misma al pensar en aquellas viejas historias que le contaba su madre. Segundo, fue apenas la noche anterior que se había escondido entre las piedras en la ribera del río para escapar del lobo que la seguía.
- Me diste un gran susto, estabas tan pálida y fría. - dice aquel extraño cortando su línea de pensamiento. - El médico dijo que estuviste cerca de la muerte, pero gracias a la Madre Luna, tus signos vitales se calmaban cuando me acercaba, así que me quedé al pie de tu cama los últimos cinco días. No sabes la paz que sentí al verte recuperar tu color; tus mejillas son aún más hermosas si están bañadas por el tenue rubor natural que tienen.
Pero ¿de qué demonios habla ese tipo? No lo sabe, pero tampoco planea quedarse para averiguarlo.
- Quiero salir de aquí, por favor - dice con voz entrecortada.
- Bueno, aún llueve un poco y no es bueno que salgas con este clima. - responde con calma - Como te dije, el médico...
- ¡Quiero irme a mi casa! - grita cediendo al temor. - ¡Quiero irme ahora!
- Cálmate, si me dejas, te explicaré.
- ¡No quiero una explicación! - expresa subiendo más el tono de su voz. - quiero irme de aquí, no sé quién eres ni dónde estoy, solo, quiero ir a casa.
- Ahora esta es tu casa - replica en tono calmado.
- ¡Estás loco! - no puede decir de dónde sale su valor, pero hace el amago de levantarse de la cama - Tú...
No sabe exactamente en qué momento aquella imponente figura atravesó la estancia; lo que sí sabe es que, en un abrir o cerrar de ojos, estaba acorralada en la cama. En otros momentos se hubiese preocupado de aquella mano que sujeta con fuerza su cintura o de la que encierra sus muñecas, pero eso es lo de menos; en ese momento, lo que desea poder entender es cómo fue posible que la mirada de aquel desconocido cambiara de aquella manera tan inhumana. Sus ojos, ahora bañados de un profundo color rojo, son como los de una bestia, una bestia que, por alguna razón, está herida. En medio de su negación y horror, su memoria le deja ver de dónde reconoce aquella mirada.
- El lobo...
- Duerme, mi rebelde luna, ahora.
Tras aquellas palabras pronunciadas en un tono grave, Lían observó cómo los ojos de la contraria se comenzaron a cerrar de forma lenta; en ningún momento retiró su vista de aquellas dos piezas de cielo que adornan el rostro de su Luna. Acomodando el cuerpo de esta sobre la cama, la cubre para mantenerla caliente; el clima aún se mantiene inclemente y frío, y ya le basta con que la chica esté alterada; no necesita que recaiga de nuevo su salud.
Al momento de tomar la carne que había dejado sobre la mesa, logra escuchar un lúgubre aullido a lo lejos; aullido que reconoce al instante. Acercándose a la ventana, su mirada lobuna logra colarse entre la bruma, distinguiendo a lo lejos un lobo gris, su desterrado y viejo padre. Dejando salir un gruñido de advertencia, los pasos en reversa del lobo le indican que este fue captado por el mayor; retirándose de la ventana, se gira para ir a la cocina y guardar la comida, luego hablaría y le explicaría las cosas a su Luna.
.
.
.
- Hay algo que se mueve desde la frontera humana. - Expone aquel hombre mientras caminan por los empedrados pasillos del lugar.
- Sí, también he sentido la extraña presencia de una profunda oscuridad que corre en el viento. Es como si ya se hubiera puesto en marcha algo que amenaza a nuestras manadas.
Ambos lobos guardan silencio por un momento, cada uno perdidos en su pensamiento, cada uno buscando una explicación para lo que pasa.
- Durante el solsticio, hubo una fuerte luz cubriendo el bosque con su armonía. No pude identificar qué es, pero sé que no fue como algo que sintiera antes.
- Los tiempos han cambiado desde que éramos jóvenes. Nuestras manadas han enfrentado muchos cambios a lo largo de los años, pero esto parece diferente, más sutil, pero no menos peligrosa.
Con pasos lentos, ambos lobos se detuvieron al estar frente a uno de los ventanales principales del lugar. después de un momento, el anciano líder habló: Debemos prepararnos para proteger a los más débiles.
- Si sospecha de algo tan grave, no sería lo mejor advertir a las manadas y prepararlos para lo que sea que está por pasar.
- Es muy bonita ¿verdad? - dice una pequeña y dulce voz. - es como ver la luna.
El suave toque de aquella pequeña mano en su mejilla le hace salir de su somnolencia, abriendo sus ojos con suavidad, la luz en la habitación es lo primero que recibe, después de un momento, logra enfocar su vista y lo primero que capta es a una pequeña niña risueña.
- ¡Hola! - saluda emocionada. - soy Ellen, y tú eres mi nueva tía.
- ¡Ellen! - llama una segunda voz. - ven aquí, déjala tranquila.
Sentándose en la cama, Anne observa el espacio, la pequeña esperanza de que todo fuese un mal sueño mientras se encuentra en el hospital se derrumbó al momento de reconocer la cabaña con la cual se encontró la última vez que estuvo consciente. En un rápido recorrido de su irada por el espacio, nota que las únicas presentes son aquella pequeña niña y una mujer.
- El tío Lían está con los ancianos, pero vendrá pronto, - comenta feliz la pequeña. - él nos pidió a Mami y a mí que cuidemos de ti mientras él regresa.
- Mi hermano estará de regreso muy pronto, no debes preocuparte ¿de acuerdo?
¿Su hermano? Entonces, si ese hombre que la llevó hasta allí era su hermano, y esa mujer se mantiene tan tranquila al decirlo, no había ninguna esperanza de que le ayudara a salir de allí.
- Agua - dice en tono bajo.
- Claro, que grosero de mi parte, - se apresura a responder la contraria. - de seguro también debes tener hambre, Ellen, por favor, trae un poco de fruta, te prepararé algo ligero, no es bueno comer pesado cuando se ha estado tantos días sin alimento.
En el momento que la pequeña niña abrió la puerta de la casa y su madre ingreso en un espacio que antes no había notado, el cual rápidamente dedujo que era la cocina, Anne vio su oportunidad de salir de ese lugar. No sabe en qué momento exacto quitó la colcha de su cuerpo o salió de aquella casa, cuando se dio cuenta de lo que pasaba, ya se encontraba corriendo hacia la espesura del bosque mientras escucha a sus espaldas la voz de la pequeña llamando a su madre.
¿A dónde vas? ¡regresa!
No, no de nuevo aquella voz en su cabeza. Aunque aquella voz era distinta a la escucha antes, es totalmente consciente de que, si deja de correr, no volverá a tener otra oportunidad como esta, razón por la cual, su buen juicio pelea contra el instinto que le dice que regrese y dejé de alejarse. El aullido de un lobo a la distancia le hace revivir el miedo que sintió noches atrás, y al igual que esa vez, puede sentir como su pecho se contrae y sus pulmones duelen ante la entrada de oxígeno, pero no puede detenerse, debe encontrar la forma de volver con su padre y su hermana.
- ¡Demonios! - cuando su vestido se atascó contra la saliente de un árbol, sintió la adrenalina crecer aún más. En el momento que la tela de este se desgarró, fue el mismo en que unas manos la tomaron con fuerza de la cintura evitando que se diera de bruces contra las raíces salientes.
- Te tengo pequeña. - dice la persona tras de ella.
Al levantar su vista, se encuentra con un hombre mayor, sus canas, las arrugas y las marcas en su rostro, dejan muestra de las dificultades que ha tenido a lo largo de su vida, pero, aun así, su mirada es suave y cálida, tanta, que Anne puede jurar que sus miedos se disiparon en solo un momento.
- Ayúdeme, por favor - es lo primero que dice. - me secuestraron, yo...
- No deberías hacer que un lobo comience a cazarte - es la primera respuesta que recibe. - y menos aún si es un alfa tan terco como el que tienes a tus espaldas.
Lían no se mostró muy contento de ser citado por los ancianos, más allá de la animadversión que siente por ellos, es porque sabe que el tema de reunión es referente a su Luna. Cuando el medico asistió a la cabaña y le informó no sólo sobre el estado de salud de su pequeña pareja, sino también su origen, sabía que no tomaría mucho tiempo para que todos supiesen que la madre luna le había dado como pareja a una humana.
- No entiendo porque no arrancaste la lengua del doctor, - son las palabras Alan, su hermano menor. - ese idiota nunca ha sabido mantener la lengua cerrada.
- No es como si yo pensara ocultar el origen de mi luna por mucho tiempo. - es su simple respuesta.
Al ingresar en la sala del consejo, tanto Lían como Alan se mantuvieron altivos ante los ancianos, gesto que dejó ver una clara inconformidad en el rostro de la mayoría.
- ¿Por qué razón soy citado ante el concejo? - al hablar Lían no ocultó su disgusto por tener que estar presente en aquel lugar.
- ¿Y aún es capaz de preguntarlo? - responde uno de los más ancianos del consejo. - sabe que es obligatorio que cada Alfa presente a su Luna una vez que este la encuentra, entonces ¿Cómo es posible que el Alfa de la Manada del Sur no hiciera público el hallazgo de su Luna?
- Dado que fue un tercero que informo de la aparición de mi Luna... - al hablar, Lían fijó su mirada en el anciano - me parece extraño que el Doctor Jhonson no les informara de igual forma de igual forma que en estos momentos mi Luna no se encuentra en una buena condición de salud.
- Eso es bastante extraño ¿No le parece Alfa Lían? - Ante la mención del Doctor, el anciano representante de la Manada del Norte no dudo de intervenir. - no es normal que un lobo presente una condición de salud débil.
- ¡No tiene que fingir! - dice abruptamente la voz de Alan - Todos los que estamos aquí sabemos el verdadero motivo de esta reunión, la razón por la que nos citaron es simplemente porque el amable Doctor informó el origen de la Luna de nuestra manada. - No
Tras las palabras del menor de los alfas, el consejo se mantuvo en un breve silencio, mismo que fue roto por las palabras del mayor de los ancianos.
- Está escrito que las parejas de los líderes Alfas deben ser un complemento para este, incrementar su poder y ayudar en el desarrollo de la manada. - su suave tono de voz, no fue suficiente para ocultar el veneno que carga sus palabras. - No lo tomé persona Alfa Lían, pero en este caso, estamos hablando de una humana, y aún peor, una humana débil y...
- ¡Es mi Luna! - Lían no estaba dispuesto a escuchar ni una sola palabra que pudiera vulnerar la honra de su pareja. - y nunca escuche de ningún lobo que se atreva a retar al destino.
- Estamos hablando de una humana...
- Estamos hablando de la Luna destina no sólo a mi vida, sino a mi manada. - le corta totalmente convencido.
- No puede estar hablando en serio, ninguna manada aceptará a una humana como la Luna de su Líder.
- La mía lo hará - declara con firmeza.
- ¿Por qué está tan seguro de ello?
- Porque mi manada entendió que los tiempos cambian, no nos quedamos atrapados en viejas y absurdas tradiciones.
- ¿Estaría dispuesto a demostrar lo que dice? - desafía aquel anciano.
- Lo estoy.
- Entonces que así sea - concede el mayor. - si no has logrado que tu manada acepte a tu Luna en los próximos dos plenilunios, la humana morirá y tú serás desterrado.
Alan estaba por decir algo, pero la mano de su hermano levantándose frente a él lo detuvo. Sin decir nada, ambos alfas salieron de aquel recinto.
.
.
.
.
.