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Una chica, una manada de bestias

Una chica, una manada de bestias

Autor: : Brass Wren
Género: Romance
Lillian despertó en un universo de licántropos como una completa perdedora. La buena noticia era que las mujeres gobernaban y podían tener múltiples compañeros, pero aun así terminó siendo despreciada por todos. Comparada con su talentosa hermana en todo momento, le robaron a su primer compañero y los siguientes cuatro la rechazaron sin piedad. El primer compañero fue el propio Rey de los Súcubos. En su primer encuentro, le advirtió a Lillian que solo se quedaría el tiempo necesario para recuperarse de sus heridas, y que nunca podría haber nada entre ellos. El segundo compañero fue un tritón. Él la miró una sola vez y dijo que no tenía interés en alguien como ella, lanzándole un poco de dinero con desdén para que terminara su vínculo por sí misma. El tercer compañero fue el Creador de los vampiros, con más de mil años de edad. Él admitió que admiraba a su hermana y dejó claro que no tenía interés en alguien tan poco ambiciosa como Lillian. Entonces ella rompió cada vínculo y eligió su propio camino. Pero mientras ascendía cada vez más, esos mismos hombres regresaron, llenos de arrepentimiento y suplicándole que les diera otra oportunidad. El cuarto compañero fue un hombre lobo al que Lillian había rescatado de una pelea clandestina. Ella pensó que tal vez él sí se quedaría, hasta que reveló que era de la realeza. Y, por supuesto, quería deshacer su vínculo con ella para aumentar su poder.

Capítulo 1 Rompiendo los vínculos

"Lillian Clark, te lo preguntaré por última vez", dijo Waylon Edwards con impaciencia. "¿Vas a romper los vínculos o no?".

Lillian, sin prisas, dejó a un lado el cuchillo que tenía en la mano y colocó una bolsa de núcleos de bestia sobre la mesa. La sangre todavía le goteaba de la palma. "¿Después de todo lo que hice por ustedes... nunca fue suficiente?".

Waylon la observó con claro disgusto. Se veía descuidada, muy lejos de su ideal de lo que debía ser una mujer.

"Con tu nivel F de poder espiritual, nunca pudiste calmar ni a Jaycob ni a mí", soltó él con frialdad. "Todos estos años, tu hermana menor nos ha ayudado a tus espaldas. Para nosotros, ella es nuestra verdadera Domina. Si de verdad te importamos, rompe los vínculos".

Lillian respondió sin vacilar: "Si eso es lo que sienten, les daré lo que quieren".

Hizo una pausa y lo miró. "Pero hay algo que tienen que arreglar primero. Llevamos años casados, y para compensar mi falta de poder espiritual, les entregué todos los núcleos de bestias que gané cazando bestias aberrantes. En total, eso vale cinco millones de monedas estelares. Devuélvanme el dinero y serán libres de irse".

La sorpresa brilló en los ojos de Waylon, pero fue reemplazada rápidamente por la emoción. Llevaba un año presionando para conseguir esta separación y nunca pensó que ella acabaría aceptando.

No tenía muchas monedas estelares, pero si unía fuerzas con Jaycob Warren y pedía prestado el resto, podrían pagarla. No dudó en aceptar.

Lillian se movió con la misma rapidez: sacó el acuerdo en su comunicador, lo firmó y lo envió. "Transfiere el dinero esta noche. Mañana por la tarde terminaremos el trámite en la notaría".

Solo había pasado un mes desde que Lillian ocupó este cuerpo, y con él, todos los recuerdos que pertenecían a su propietaria original.

Vivía en un mundo regido por Yggdrasil, que gobernaba múltiples planetas. Una vez que los machos de estos planetas alcanzaban la edad adulta, despertaban habilidades psíquicas acordes a su naturaleza. Para fortalecerse, cazaban bestias y recolectaban núcleos. La habilidad psíquica iba desde el nivel más bajo, F, hasta S Plus. Las habilidades psíquicas de las hembras eran iguales.

Sin embargo, había una diferencia clave. A medida que progresaban, los hombres experimentaban periodos de celo. Si no usaban supresores o el poder espiritual de una hembra para calmarse, perdían el control, se volvían irracionales o incluso morían.

Pero las hembras eran raras y muy valoradas, por lo que su estatus era alto. A través del sistema del Yggdrasil, una hembra podía ser asignada a múltiples machos, y se esperaba que estos le fueran completamente leales. Solo ella podía romper los vínculos.

El cuerpo que Lillian ahora ocupaba pertenecía a alguien que compartía su nombre, pero sus vidas no podían ser más diferentes. Esta Lillian había sido considerada la hembra menos capaz de su familia, condenada a un Nivel F de poder espiritual.

Su hermana menor, Justine Clark, representaba el contraste absoluto. Desde su nacimiento, tenía un Nivel S de poder espiritual, algo sumamente raro. Muchas hembras nunca lograban avanzar ni un solo nivel en poder espiritual, por lo que alguien como Justine era de un valor inmenso. Su familia la consideraba el orgullo de la familia, y le daba lo mejor de todo. Lillian, por su parte, tenía que luchar por todo lo que quería. Aun así, cualquier cosa que lograba obtener a menudo terminaba en manos de Justine.

La antigua Lillian conocía sus límites. Carecía del poder espiritual necesario para calmar a los dos machos de Nivel A, Waylon y Jaycob, que le fueron asignados cuando alcanzó la mayoría de edad. Para compensarlo, se pasaba los días luchando en el Matorral Aberrante, esforzándose al máximo para reunir más núcleo de bestias para ellos.

En casa, se rebajaba a hacerlo todo: se encargaba de cocinar, lavar la ropa y mantener el lugar limpio, pero ninguno de esos hombres se encariñó con ella.

Más tarde esa noche, Lillian se sentó a comer con su vecina, Rosalyn Scott, y le contó su decisión de romper sus vínculos con Waylon y Jacob al día siguiente.

Rosalyn se sorprendió: "¡Eso es increíble! ¿De verdad te pidieron eso? ¿Cómo se atreven? ¡No has hecho más que ser buena con ellos!".

A Lillian no pareció afectarle. "Justine los alejó de mí durante el primer año después de que se formaran los vínculos. Nunca he compartido cama con ellos. Y todo lo que podía hacer para calmarlos era darles una palmadita en la cabeza. No tiene sentido obligarlos a quedarse conmigo".

Rosalyn se quedó callada un rato, visiblemente sorprendida. Luego, su expresión se suavizó al recordar el débil poder espiritual de Lillian.

"No tienes por qué preocuparte demasiado", dijo. "El Directorio Federal no dejará a una hembra sin compañeros. Una vez que rompas los vínculos, Yggdrasil te asignará nuevos machos".

Lillian dejó escapar un suspiro frustrado y respondió: "Ese es el problema. No quiero volver a vincularme. Siempre pasa lo mismo: no les gustaré a los machos".

Ya podía ver cómo se desarrollarían las cosas. Si terminaba vinculada a machos capaces, Justine volvería a intervenir y se los llevaría, como antes.

Rosalyn miró a Lillian de pies a cabeza antes de volver a hablar. "En realidad no tienes elección. La vinculación es obligatoria, y nuevos machos vendrán a buscarte quieras o no. Al menos intenta cambiar tu apariencia. Siempre pareces recién salida de la selva. Aunque los machos no tengan el mismo estatus que las hembras, deberías intentar causar una buena primera impresión".

Durante años, Lillian solo se había vestido para sobrevivir. Sus hábitos se habían moldeado por la caza de bestias aberrantes y la recolección de hierbas en el Matorral Aberrante, sin dejarle espacio para preocuparse por su aspecto.

Ahora, un pensamiento cruzó su mente. ¿Quizá Waylon y Jaycob mantuvieron las distancias por su aspecto desaliñado? Si esa era la razón, entonces a sus ojos no eran más que machos superficiales.

Se le escapó un suspiro silencioso. "De acuerdo, lo entiendo".

Rosalyn le entregó una entrada. "Toma. Es para un combate de lucha clandestino. Ve a ver algo divertido y distráete. El dueño del bar me dio las entradas. Podemos ir juntas".

Lillian la aceptó y respondió: "Gracias".

Al día siguiente, tras pensarlo un poco, la joven decidió tomarse un breve descanso. Como ya tenía el dinero de Waylon y Jaycob, no tenía de qué preocuparse.

Se dio una ducha larga, luego, pidió vestidos elegantes por su comunicador y siguió tutoriales para peinarse con ondas suaves.

Su belleza natural era realmente notable. Tenía la piel suave y unos rasgos que no tenían nada que envidiar a los de Justine. Los años que pasó al aire libre moldearon su cuerpo hasta convertirlo en algo equilibrado y fuerte. Había firmeza en sus músculos, pero sus movimientos tenían una ligereza controlada.

Cuando Rosalyn vio a Lillian, se quedó paralizada, su reacción casi cómica. Tardó un momento en volver a hablar: "¿Por qué escondías antes una cara así? Incluso sin un fuerte poder espiritual, los machos se volverán locos por ti. ¡Waylon y Jaycob se van a arrepentir!".

Capítulo 2 Compró al hombre lobo moribundo

Lillian sonrió levemente, pensando que Rosalyn solo intentaba consolarla.

Sin embargo, al llegar a la arena de lucha clandestina, ella atrajo las miradas de muchos hombres.

Rosalyn encontró sus asientos y guio a su amiga hasta ellos. Se sentaron justo cuando la pelea subía de tono; el ambiente era brutal, con luchadores lanzando golpes y patadas mientras el público gritaba con emoción.

Al principio, Lillian no mostró interés, pero todo cambió cuando un hombre lobo fue arrastrado a la plataforma, encadenado. Tenía las orejas grises paradas en señal de alerta, y los ojos con un brillo rojizo opaco que captó de inmediato su atención.

El hombre lobo estaba en celo.

"¡Aquí tenemos a un esclavo que lleva mucho tiempo en celo!", gritó el presentador con entusiasmo. "¡Todas las hembras lo han rechazado, no ha comido en una semana y no ha probado ni una gota de agua! ¡Quien consiga derribarlo se gana cien núcleos de bestias de alto grado!".

Uno tras otro, los luchadores se lanzaron a la pelea, pero el hombre lobo los dominó a todos y los sacó del escenario, fuera de control.

Con cada asalto, él recibía más heridas y terminó con una garra rota. Se quedó agachado en el ring, tosiendo sangre y aguantando el dolor en silencio, negándose a emitir un solo sonido.

Cuando sonó el cuerno final, el hombre lobo levantó la cabeza. Sus ojos inyectados en sangre se cruzaron con la mirada de Lillian, y la mezcla de furia y desesperación en su expresión la hizo apretar los labios.

Rosalyn suspiró y dijo con una pizca de lástima: "Dicen que viene del Planeta Errante y lleva bastante tiempo aquí. Recuerdo haberlo visto la última vez; tiene antecedentes penales y no tiene familia, así que se las arregla por su cuenta. Seguramente esta sea la última vez que pise el ring con vida".

Todos sabían que un macho que pasaba demasiado tiempo sin una mujer que lo calmara perdía el juicio y terminaba destruyéndose.

La expresión de Lillian se ensombreció, pues algo en la soledad de ese hombre le resultaba familiar.

Al final, el hombre lobo reunió las pocas fuerzas que le quedaban, derrotó a su último oponente y se desplomó, con aspecto de que podía morir en cualquier momento.

"¿Cómo puedo comprarlo?", preguntó Lillian de repente.

"¿Qué? ¿Quieres comprarlo?", preguntó Rosalyn, mirándola sorprendida.

"Solo por diversión. Está permitido, ¿no?", respondió Lillian, ladeando un poco la cabeza.

Rosalyn intentó convencerla de lo contrario, pero no lo logró. Como conocía al dueño de la arena, llevó a Lillian a conocerlo y le explicó su intención de comprar al hombre lobo.

"¿Quiere a Samuel? Ya pensaba deshacerme de él. Señorita, si se lo lleva, gastará una enorme cantidad tratando de curarlo; simplemente no vale la pena", dijo el dueño, desconcertado.

Lillian lo ignoró y se agachó frente a Samuel Burton, que había vuelto a su forma humana por el agotamiento. Incluso en ese estado, era sorprendentemente guapo, con una presencia intimidante. Aún conservaba un par de orejas suaves y peludas.

Lillian extendió la mano y las acarició con suavidad. Samuel se estremeció y, sobresaltado, se incorporó de golpe, a punto de atacar a la persona que tenía delante.

Pero en cuanto reconoció a Lillian como la llamativa mujer de aspecto amable que había visto antes entre la multitud, su garra levantada se detuvo a mitad de camino.

La hostilidad desapareció de sus ojos; no podía herir a una mujer inocente. Así que bajó la cabeza y se acurrucó sobre sí mismo, rechazando en silencio su contacto.

Lillian decidió no molestarlo más. Siempre se había movido por su cuenta o, en ocasiones, se unía a grupos de caza de bajo nivel, viajando a los límites exteriores del Matorral Aberrante para cazar pequeñas bestias aberrantes y recolectar hierbas solo para sobrevivir. Aun así, las ganancias apenas eran suficientes, y los núcleos de bestias de bajo grado que absorbía no tenían ningún efecto real en la mejora de su poder espiritual.

Entonces, consideró que este hombre lobo podría ayudarla a aventurarse más profundamente en el Matorral Aberrante, donde podría encontrar hierbas de calidad y núcleos de bestias más fuertes para elevar su poder espiritual.

Al menos, parecía un plan factible.

"Pagaré un millón", dijo Lillian con calma. Volvió su atención al dueño y espetó con firmeza: "Es un trato justo para usted, ¿no? Aunque se recupere, el coste de los supresores por sí solo es muy elevado. Y sin una hembra que lo calme, de todos modos no podrá volver a la arena".

No se equivocaba, pues en ese momento, Samuel era un hombre lobo rebelde sin ningún valor real. Tras un momento de reflexión, el dueño aceptó su oferta.

Después de sacar a Samuel de la arena subterránea, Lillian se dio cuenta de que su comunicador no dejaba de vibrar con llamadas perdidas y mensajes. Abrió uno de los mensajes de vídeo.

Jaycob apareció en la pantalla, con el rostro enrojecido por la ira mientras bramaba: "¡Lillian, llevamos una eternidad esperándote en la notaría! ¡No pongas a prueba nuestra paciencia! Ya tomaste el dinero y firmaste el acuerdo de separación. ¿Ahora te quieres echar atrás?".

Sin el permiso de la mujer, los hombres no podían romper los vínculos.

Por la prisa de comprar a Samuel, Lillian se había olvidado por completo del asunto con Jaycob y Waylon.

Se volvió rápidamente hacia Rosalyn y le dijo: "Por favor, lleva a Samuel a mi casa. Allí hay material médico almacenado. Usa lo que necesites y asegúrate de que se recupere".

"Claro, déjamelo a mí", respondió Rosalyn con confianza.

Cuando Lillian llegó a la notaría, Waylon y Jaycob ya estaban de pie junto a Justine.

Lillian se acercó a ellos y dijo: "Siento haberlos hecho esperar".

Los dos la miraron sorprendidos, como si no la reconocieran de inmediato.

"¿Lillian?". Jaycob la observó de arriba abajo. Se veía más atractiva que antes, pero cuando se dio cuenta de que llevaba un vestido blanco igual que Justine, soltó una carcajada burlona, pues supuso que intentaba imitarla para ganarse su simpatía y evitar la separación.

Waylon pareció llegar a la misma conclusión y, con desdén, dijo: "No hace falta que imites a Justine. Lo que nos importa no es solo su aspecto, sino su amabilidad. No pierdas el tiempo haciendo algo inútil".

Justine sonrió con suavidad, adoptando una actitud frágil y apologética mientras le decía a ella: "Lillian, de verdad que no quería arruinar tus vínculos ni quitarte a tus compañeros. Por favor, no me odies, ¿sí?".

Justine estaba convencida de que su hermana estaba desesperada por esos hombres. Verla vestida como ella hoy solo reforzaba su creencia de que había venido a suplicar una reconciliación.

Sin embargo...

Capítulo 3 Por fin encontró una forma de mejorar su poder espiritual

"Claro".

Lillian asintió. Apenas miró a su hermana antes de dirigirse directamente al mostrador de registro.

Sin perder tiempo en formalidades, pidió al empleado que sellara los documentos de inmediato.

El trabajador procesó los papeles y le entregó tres certificados de separación. "Ya está registrada como mujer soltera", dijo con una sonrisa cortés. "Yggdrasil le asignará nuevos compañeros pronto. Mañana podrá consultar los resultados en su correo".

Lillian asintió, se dio la vuelta y, con un movimiento rápido, les lanzó los certificados a Waylon y Jaycob. "Listo. A partir de ahora, ustedes dos son la pareja destinada de Justine".

Su hermana se quedó rígida por un momento, con la sorpresa reflejada en su rostro. "Lillian, ¿de verdad rompiste los vínculos con ellos? ¿Así de fácil? ¿Ya no los amas?".

La aludida soltó una carcajada fría mientras negaba con la cabeza. "¿Amor? Nunca hubo amor entre nosotros, solo era una obligación. Y yo no te detendré para que te quedes con mi basura".

Waylon se enfureció al escuchar eso y estalló: "¡Lillian, cuida tus palabras! ¿Crees que puedes hablar así de nosotros? Nos negamos a servirte por Justine. Es a ella a quien amamos de verdad".

Lillian ni siquiera se molestó en responder, pues no valía la pena discutir con ellos.

Entonces se marchó y se dirigió a casa antes de que el cielo se oscureciera.

Más temprano, Rosalyn le había enviado un mensaje. Le había dicho que le había puesto una inyección a Samuel que lo mantenía con vida, pero que su condición no había mejorado. Estaba perdiendo la razón y necesitaba un supresor o un hembra que lo calmara lo antes posible.

En cuanto Lillian llegó a casa, encontró a Samuel en la habitación de invitados. Estaba arrodillado en la alfombra, con el cuerpo encorvado por el dolor, luchando contra oleadas de dolor. Soltaba quejidos tensos mientras una de sus manos, ya convertida en garra, buscaba clavarse en su propia carne.

Lillian endureció el gesto, se lanzó hacia adelante y lo sujetó de la muñeca para detenerlo.

Al verla, Samuel se quedó quieto un segundo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares y su voz salió áspera cuando dijo: "No deberías acercarte a mí. Podría perder el control y hacerte daño".

"No voy a dejarte así". Lillian le sujetó la cabeza con cuidado y dejó que su poder espiritual fluyera hacia él para intentar frenar su agonía.

Sin embargo, Samuel no se relajó. El dolor lo atravesaba sin descanso, como si le estuvieran separando los huesos para luego volver a aplastarlos. Algo invisible parecía presionar a lo largo de su columna vertebral, rompiéndola poco a poco. La agonía lo arrastraba cada segundo más cerca del abismo.

"Gracias por ayudarme". Samuel notó que el poder de ella no era suficiente para calmarlo. Apretó los dientes y la apartó con suavidad. "Me enfrentaré solo a mi destrucción".

Lillian se mostró ansiosa. Las normas hacían imposible utilizar supresores en alguien con antecedentes penales. Sin una hembra dispuesta a calmarlo, no había forma de sacarlo de esa situación.

Ya había intentado calmarlo con el tacto, pero no bastó. Solo quedaba una opción: el apareamiento.

Normalmente, estaba reservado a la pareja destinada de un hembra.

Nunca había hecho algo parecido. Ni en su vida anterior ni en la actual se había entregado a nadie.

Sin embargo, al ver a Samuel retorcerse delante de ella, Lillian dudó solo un instante antes de decidirse. Se inclinó, le sujetó la cabeza entre las manos y presionó sus labios contra los de él con firmeza.

La sorpresa brilló en los ojos de Samuel en el momento en que sus labios se encontraron. Algo en su interior cambió de una forma que no podía explicar. Nunca había sentido nada parecido.

Por primera vez, experimentó lo que era ser calmado por una hembra.

La tensión de su cuerpo se disipó de repente. Sus músculos se relajaron y el agudo dolor que le desgarraba los huesos se desvaneció, como si una fuerza invisible se lo hubiera llevado.

Un temblor lo recorrió mientras el alivio lo invadía. Impulsado por el instinto, sus brazos se movieron por sí solos. Rodeó la cintura de Lillian y la acercó, abrazándola con fuerza contra él. La necesidad de su consuelo se apoderó de él y profundizó el beso instintivamente.

Lillian, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y terminó sentada en su regazo. Samuel entrelazó su lengua con la de ella, lamiéndola y succionándola sin cesar; de vez en cuando la rozaba con sus dientes afilados, haciéndola estremecer.

Una extraña sensación se extendió por su cuerpo, dejando su mente en un estado de confusión. No solo notó un cambio físico, sino que también sintió algo inusual en su espíritu.

Su poder espiritual, antes agotado, se hinchó de repente como una esponja absorbiendo agua, atrayendo todo lo que brotaba de él. La energía salvaje que lo rodeaba fluyó hacia ella, y la convirtió en su poder espiritual, usándolo para calmarlo.

El tiempo pasó sin que lo notara. Cuando el beso terminó por fin, su poder espiritual se había agotado por completo. Su cuerpo cedió y se desplomó contra Samuel, perdiendo el conocimiento por el agotamiento.

Para Samuel, el tormento no había desaparecido del todo, pero la tormenta en su interior se calmó lo suficiente como para que pudiera volver a pensar con claridad.

Con cuidado, cargó a Lillian y la tumbó en la cama. Se quedó contemplándola, antes de optar por no tumbarse a su lado. En lugar de eso, se sentó en el suelo y se quedó allí, observándola en silencio. Sus ojos reflejaban emociones complejas.

No entendía por qué alguien como ella se esforzaría tanto solo para salvarlo.

Ni podía comprender qué había hecho él para merecer su ayuda.

Para él, ella era perfecta.

Cuando Lillian finalmente despertó, ya había pasado un día y una noche enteros. Sintió calor a su alrededor y notó que aún le sujetaban la mano con firmeza.

Al girar ligeramente la cabeza, vio a Samuel tumbado en el frío suelo junto a la cama, profundamente dormido.

Él notó el pequeño movimiento y se agitó casi al instante, incorporándose y clavando sus ojos azules en ella.

Había algo intenso en su mirada. No le quitaba los ojos de encima y, con sus rasgos rudos pero llamativos, hizo que el corazón de la joven latiera con fuerza.

Lillian hizo una pausa antes de extender la mano. Sus dedos rozaron su pelo desordenado y luego le tocaron la oreja. "Samuel, ¿por qué dormiste en el suelo?", preguntó en voz baja.

El aludido soltó un sonido grave al contacto. Siendo un hombre lobo, sus orejas y su cola eran muy sensibles. "Estoy acostumbrado. Y... gracias por salvarme y dejar que me quede aquí".

Esa respuesta no era cierta. No se había acostumbrado a dormir en el suelo. Pero había visto a demasiados como él ser llevados por hembras que los trataban como un capricho pasajero. Se iban con ellas sonriendo, solo para volver más tarde con el cuerpo cubierto de heridas.

Algunos de esas hembras, respaldados por su estatus, no dudaban en cruzar la línea y tratar a sus esclavos como meras herramientas para sus propios deseos.

Después de ver suficiente de eso, Samuel había llegado a una conclusión: si quería sobrevivir, tenía que soportar lo que se le presentara y ser obediente.

Pero Lillian lo interrumpió: "No digas cosas así. Deberías dormir en la cama".

Lillian apartó las sábanas y se levantó de la cama, y lo ayudó a ponerse de pie. Solo entonces se dio cuenta de lo alto que era. De pie junto a él, apenas le llegaba al pecho, lo que la obligó a inclinar la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos.

Un rastro de timidez apareció en su rostro antes de volver a hablar. "Después de lo que pasó anoche... ¿ahora te sientes mejor?".

Samuel se quedó atónito por un instante antes de responder: "Sí. Me ayudaste a superar el celo sin problemas".

El recuerdo de aquel beso persistía en su mente, y su mirada se desvió hacia los labios de ella sin que se diera cuenta. Tragó saliva instintivamente.

Se dio cuenta de que los rumores en el Planeta Errante eran ciertos. Una vez que un macho experimentaba un alivio profundo por parte de una hembra, la sensación lo marcaba para siempre, atrayéndolo hacia ella una y otra vez. Ya sentía esa atracción.

"Espera... ¿de verdad lo superaste gracias a mí?". La emoción se reflejó en el rostro de Lillian. "¿Así que lo que hice funcionó?".

Cuando Samuel lo confirmó, todo cobró sentido para ella. La forma en que funcionaba su poder espiritual no era la misma que la de las demás.

Los núcleos de bestia nunca mejoraron su poder espiritual, por muchos que hubiera utilizado. Todos esos años luchando contra bestias aberrantes no habían cambiado nada. Ahora, por fin entendía por qué. Su poder espiritual no crecía de esa manera.

Y lo que ocurrió anoche fue más allá del simple contacto. Fue una conexión más profunda que le permitió atraer mucha más energía que antes, potenciando su poder espiritual.

Instintivamente, Lillian abrazó al hombre, incapaz de ocultar su alegría. "¡Gracias, Samuel!".

El repentino abrazo lo tomó por sorpresa. Un leve rubor cubrió su rostro y no supo cómo reaccionar. Todos sus instintos le decían que desconfiara de ella, pero no pudo hacerlo.

Se obligó a apartarse, aclarando sus pensamientos antes de hablar. "No deberías tratarme tan bien. No merezco tu amabilidad. Tengo antecedentes penales y estoy marcado como esclavo del Planeta Errante. Si la gente se entera de lo que hiciste por mí, se reirán de ti".

"No", respondió Lillian, tomándole la mano, con una sonrisa inquebrantable. "Traerte a casa fue la mejor decisión que he tomado. ¡Eres mi amuleto de la suerte!".

Lo miró y agregó: "Quédate conmigo, Samuel. Quizá seas el único que lo haga".

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