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Una cita a ciegas para el CEO

Una cita a ciegas para el CEO

Autor: : Madison Scott
Género: Romance
Rob Ellison es considerado uno de los hombres más poderosos del país. Su vida sería un sueño, pero una terrible maldición pesa sobre el apellido familiar. Desesperado por encontrar una esposa que le dé herederos y que no tenga miedo de su maldición, accede a viajar a un pequeño pueblito de Kansas para tener una cita a ciegas con todas las mujeres del lugar. Evelyn dejó atrás todo su mundo el día en que aceptó la propuesta de matrimonio de Gael. Sin pensar en las consecuencias, dejó su país con la idea de vivir su amor soñado. Esos sueños se truncan cuando descubre que su nuevo marido esconde muchos secretos y termina en una relación de abusos y malos tratos. Para salvar su vida, una noche consigue escapar junto a su hijo y logra ser rescatada por la patrulla fronteriza. Tras lo ocurrido, con una nueva identidad y siendo resguardada por protección de testigos, Evelyn comienza una nueva vida en un pequeño pueblito de Kansas, donde la población masculina es casi inexistente y cree que nadie perturbará su paz. Una mujer que oculta su pasado para salvar su vida. Un hombre que no quiere enamorarse por miedo a la maldición que pesa sobre él. A ambos les persigue el mismo destino, pero ninguno será capaz de librarse de las garras del amor. ¿Podrán liberarse de sus propios fantasmas y volver a ser felices?

Capítulo 1 Él acabará matándote

Eve escuchó desde su habitación cuando Gael entró a la parte trasera del rancho con sus hombres.

Sintió un escalofrío al saber lo que vendría después. Con suerte se emborracharía con ellos y se quedaría dormido sin molestarla.

Su pequeño de tres años se encontraba descansando a su lado. Se levantó con rapidez para apagar la luz y cerrar la ventana para que el escándalo que harían no perturbara el sueño de su hijo.

Su pareja la había engañado, se hizo pasar por alguien que no era y cuando la tuvo en sus manos le quitó toda su documentación y la secuestró. Llevaba más de cuatro años sufriendo un martirio, se mantenía viva por su pequeño, pero en la última paliza que le dio acabó en el hospital.

Gael se había empeñado en que Mathew no era su hijo y cada día que pasaba los malos tratos eran cada vez peores. Se mantenía en pie a fuerza de voluntad y amor por su pequeño, pero cada día que pasaba sobrevivir a aquel lugar era cada vez más difícil.

Eve estaba por quedarse dormida, cuando los gritos y las risas femeninas resonaron en sus oídos.

Sabía bien que a Gael no le importaba meter a sus amantes en la casa, ni mostrarlas frente a ella, eso había dejado de importarle hace mucho tiempo.

El amor que un día sintió por él se había agotado y solo deseaba sobrevivir para escapar de sus garras.

Imaginaba el día en que pudiera volver a desplegar sus alas y volar en libertad. Casi no podía recordar ya lo que se sentía poder vivir sin miedo.

Se cubrió los oídos y comenzó a llorar con desesperación cuando la fiesta derivó en que los hombres empezaran a hacer disparos al aire. A la primera detonación su hijo se despertó, abrió los ojos, asustado y comenzó a llorar presa del pánico.

Eve lo abrazó, pero un nuevo disparo retumbó en la noche y solo provocó que el pequeño gritara con más furia.

De pronto, todo se silenció menos el llanto de su hijo. Aunque la paz duró muy poco. Escuchó la maldición de Gael y su voz pastosa a la vez que pronunciaba su nombre.

-¡Eve, asómate, maldita perra! -el alarido furioso la hizo abrazarse con más fuerza a su hijo-. ¡Calla a ese jodido niño! ¡No me deja divertirme en paz!

Atemorizada se acercó a la ventana, si ella no lo hacía él lo tomaría como una falta de respeto.

Eve vio a la mujer que Gael tenía sobre el regazo y cerró los ojos. Le dolía la humillación, si no la quería, ¿por qué continuaba reteniéndola?

Le cubrió el rostro a su hijo para evitarle ver la depravación, mientras ella temblaba sin poder contenerse.

-Lo es-estoy inten-intentando -balbuceó casi sin poder hablar por el castañeo de sus dientes-. Vamos, bebé, deja de llorar, por favor. Te lo ruego, mi vida, no llores -susurró al pequeño y comenzó a canturrear una melodía, a pesar de que Gael se lo tenía prohibido.

Ni su abrazo, ni sus palabras, ni su voz arrullándolo, lograron que el pequeño Mateo cesara de gritar. El bebé podía sentir el terror de Eve y lo manifestaba con su llanto.

-¡Te voy a enseñar a obedecer! -volvió a gritar Gael y corrió al interior con la pistola en la mano.

Eve miró a su alrededor buscando dónde esconderse, aunque sabía que no tenía escapatoria y que estaba atrapada.

Todavía le dolía el cuerpo de los golpes de la última vez, no quería pensar en sufrir lo mismo de nuevo.

Corrió hacia un rincón de la habitación y colocó a su pequeño en la esquina. Se sentó frente a él para cubrirlo con su cuerpo y se abrazó a sus rodillas sin dejar de temblar.

-¡Pégame a mí! -gritó aterrada cuando la puerta se abrió y golpeó la pared-. Deja a Mateo, es un bebé, por favor, solo es un bebé -balbuceó sin mirarlo al rostro.

Su hijo cada vez lloraba con más fuerza, los gritos y los disparos provocaban esa reacción en él porque entraba en crisis.

Se lo había intentado explicar muchas veces a Gael, pero en todas ellas él se enfurecía y la golpeaba.

A su hijo le habían diagnosticado autismo y, aunque casi no hablaba, ella sabía que podía entender mucho de lo que escuchaba.

Sintió el metal de la pistola sobre su frente y deseó que jalara del gatillo y acabara de una vez con todo.

Su deseo no se vio cumplido, él guardo el arma en su funda para tener las manos libres.

-Te escuché cantar, perra. ¿No decías que nunca más ibas a hacerlo? Ya sabes que solo puedes cantar para mí -dijo y sin darle tiempo a que se preparara el puño golpeó en su rostro reventándole el labio.

Eve chocó con la pared debido al impacto, pero de ella solo escapó un gemido ahogado y un temblor incontrolable.

Aquello no era nada, él podía ser mucho más cruel y mientras se desquitara con ella y no con su hijo lo soportaría.

Lo miró con los ojos vacíos, sin vida, él se había llevado todo lo que ella era. Respiraba, pero Eve se sentía muerta por dentro.

-Mátame de una vez -rogó entre lágrimas-. Prefiero morir a seguir aquí.

La petición salió fruto de la impotencia y de la depresión que cada día podía con ella.

Un nuevo golpe impactó al otro lado de su rostro, en esa ocasión fue un bofetón que le provocó un dolor terrible en el oído.

Se mareó y luchó por mantenerse consciente.

-Jamás, Eve. Ni la muerte te separará de mí, eres mía y siempre lo serás. Pero a ese chamaco gritón sí voy a matarlo, no serás de otro hombre, ni siquiera de tu propio hijo -siseó con todo el veneno que esa lengua de serpiente era capaz de dar.

-¡También es tu hijo! -gritó con un valor que solo salía cuando se trataba de defender a su pequeño-. Si lo dañas, me mataré y se te acabará tu juguete. Me quieres viva para torturarme, aquí estoy, pero a él déjalo en paz.

-¡¿Te atreves a amenazarme?! -La agarró del cabello hasta levantarla del suelo. Eve intentaba soltarse sin éxito-. ¡Martín! Ven aquí ahora mismo.

Gael llamó a uno de sus hombres y este no tardó mucho en aparecer.

-Dime, patrón.

-Ayúdame con ese chamaco, agárralo. -Después la miró a ella con odio-. Obedecerás, porque si no lo haces no te dejaré ver a tu hijo -bajó el tono de voz a un susurro y le dijo junto al oído-: Yo no lo voy a matar, pero tampoco lo pienso cuidar. Ya sabes cómo debes portarte si lo quieres de vuelta.

En ese momento su mente no podía comprender la crueldad de sus palabras. Hasta que vio como su empleado se llevaba a su hijo en brazos y a ella la encerraba en la habitación.

Eve lloró y golpeó la puerta hasta caer rendida al agotamiento, pero no sirvió para que Gael escuchara sus súplicas. Hasta que Martín entró en la habitación en la mitad de la noche y le cubrió la boca para que no gritara.

Llevaba a su bebé dormido en los brazos y se lo dio a ella para que lo sostuviera, después le colocó un suéter sobre los hombros, le dio una mochila y algo de dinero.

-Te ayudaré a escapar, podré estar en malos pasos, pero jamás voy a permitir que dañen a una mujer y a su hijo. Hay un coche fuera esperándote, lo manejarás solo hasta el pueblo y de ahí lo abandonarás. Si no lo haces él podrá rastrearte.

Eve agarró a su pequeño con cuidado y lo cubrió con el suéter.

-¿Por qué lo haces? Si sabe que fuiste tú, él te matará.

Martín la miró con dolor y después dijo:

-Porque vi a mi hermana pasar por lo mismo y a ella no pude salvarla. No dejaré que te ocurra a ti lo mismo, sé que ella lo habría querido así. Huye, Eve y no mires atrás.

***

Una semana después de escaparse de Gael a Evelyn le faltaba el aire y las fuerzas. Había logrado que no la encontrara, pero su destino continuaba siendo incierto.

El pequeño se había dormido en sus brazos después de llorar hasta quedar exhausto. Por más que había priorizado a su hijo a la hora de beber y alimentarse, no había sido suficiente. Las pocas provisiones que tenían se habían acabado.

Estaba sedienta, con hambre, los labios se le habían agrietado y solo el miedo a que Gael los encontrara le daba las fuerzas para continuar.

Eve no sabía qué ángel los había cuidado en su camino, pero seguir con vida le parecía todo un milagro. Había recorrido más de 1000km para salvar la vida de su hijo y la de ella, pero aún no lo había logrado.

Evelyn era estadounidense, lo único que sabía de su familia era que su madre había sido una madre soltera que tuvo que darla en adopción por falta de medios para criarla. Estuvo a cargo del estado hasta que cumplió su mayoría de edad y desde ese momento, tuvo que buscarse la vida para sobrevivir.

Ese camino la llevó a las Vegas, nunca había sido una mujer despampanante ni tenía ese tipo de belleza que la hiciera llamativa, pero tenía una gran voz. Antes de que todo en su vida se hundiera, la habían bautizado como «El Ángel del Venetian», porque todo el que la escuchaba cantar decía que su voz lo trasportaba al cielo.

Poco quedaba ya de aquella mujer, Gael había roto su espíritu y destruido su alma. Se enamoró de él, de sus detalles, del cariño y el falso amor que le prometió. Lo siguió hasta México y poco a poco comprendió que él no era quien decía ser.

Por ser tan crédula se veía en esa situación. Huyendo del hombre que juró que si no era para él no sería para nadie. Eve no sería para nadie porque no deseaba saber nada más de los hombres, pero tampoco sería para él.

Antes de regresar a esa vida prefería la muerte.

Ella podría darse por vencida, ya no le quedaban fuerzas, pero su hijo... Evelyn no podía permitir que nada malo le sucediera a su pequeño. Él no tenía culpa de sus malas decisiones.

La visión del río Bravo la hizo exhalar un suspiro y caer de rodillas al suelo. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos.

No tenía documentación, dinero, ni una familia a la que llamar por ayuda. Intentó pedir protección al consulado de Estados Unidos, pero todos sus intentos fueron fallidos.

La justicia era corrupta en manos de quien tenía el poder para comprarla y Gael era un hombre poderoso. En eso no le mintió, lo que nunca le explicó era de la forma en que obtenía su dinero.

-Mami -escuchó la vocecita de su hijo contra su pecho.

El niño miraba al cielo con los ojos llorosos y el rostro lleno de polvo y suciedad.

Se veía agotado, sucio y hambriento.

No sabía cuánto más podría soportar de esa forma.

-Ya casi, peque, confía en mamá -le dijo e intentó sonreírle para infundirle calma-. Vuelve a dormir, cuando despiertes te prometo que estaremos a salvo.

Los labios del pequeño comenzaron a temblar, sabía que, lo que continuaría, sería un llanto desesperado casi imposible de calmar. Estaba hambriento y no tenía nada que ofrecerle.

Se quitó la pequeña mochila que había cargado todo el camino y buscó en ella con desesperación. Allí ya no encontraría nada, pero soñaba con un milagro y que, por arte de magia, en su interior apareciera algo con lo que alimentar a su hijo.

Agarró una botella de agua a la que le quedaban unas cuantas gotas y la colocó en los labios resecos del pequeño.

-Toma, mi amor, bebe un poquito -le susurró con cariño y con las lágrimas desbordándose en sus ojos.

El pequeño la agarró con sus manitas y la sostuvo como si fuera un biberón.

Eve miró el río, ese día le hacía honor a su nombre y se veía embravecido.

«Es ahora o nunca», se dijo a sí misma para darse ánimos. Sabía que no aguantaría mucho más.

Se mantenía de pie por convicción, pero la debilidad por el hambre y la ser comenzaban a hacer huella en su cuerpo. Se quitó el suéter que llevaba y lo colocó alrededor de su pecho para atar a su hijo a su cuerpo. Tenía miedo de perder las fuerzas al cruzar el río y que su pequeño cayera.

Cuando lo tuvo asegurado, apartó el miedo y miró al cielo.

-Dios mío, no me abandones ahora -pidió y, casi sin ver por dónde pisaba, se adentró en el agua.

La corriente era fuerte y Eve luchó por mantenerse en pie. Caminó unos pasos, pero las piedras del fondo resbalaban y la hicieron caer al suelo.

Apretó a su hijo contra su cuerpo cuando el agua los cubrió y volvió a emerger haciendo acopio de todas sus fuerzas.

Su pequeño tosía y los gritos de terror que escapaban de sus pulmones sería algo que nunca podría olvidar.

Continuó en una ardua lucha contra la corriente. La fuerza del agua no les daba tregua y el miedo a morir ahogados era cada vez mayor. En la última caída fueron arrastrados varios metros.

Se sentía desfallecer y la vista cada vez la tenía más nublada. Su cuerpo le pedía rendirse y dejarse arrastrar, pero de alguna forma milagrosa logró mantenerse con vida.

El frío le calaba hasta los huesos y el llanto de su hijo se mezclaba con el suyo. Tiritaba y lloraba con la misma fuerza.

Se colocó de espaldas para flotar y que el cuerpo del pequeño quedara en la superficie.

-Por favor -lloró y tomó aire para sacar el impulso de gritar-. ¡Ayuda! -el alarido resonó en el aire y lo dejó escapar con las últimas fuerzas.

No podía aguantar más.

La orilla estaba tan cerca, pero sus fuerzas ya eran inexistentes.

Iba a desmayarse y no había logrado salir del agua. Los ojos se le comenzaban a cerrar cuando unas voces se escucharon cada vez más cerca.

Hablaban en inglés.

Estaba de vuelta en casa, fue lo último que pensó antes de desvanecerse y pedir al cielo que su hijo lograra sobrevivir.

Capítulo 2 Está bien, haré lo que me pides

Dos años después...

Attica, Kansas.

Evelyn había conseguido sobrevivir después de ser rescatada por los oficiales estadounidenses de protección fronteriza. Tras contar su historia a las autoridades, tanto ella como su pequeño Mateo, fueron puestos a resguardo en el programa de protección de testigos.

Los problemas de Gael con la justicia iban más allá de ser un maltratador y ella lo sabía.

Su expareja era un hombre peligroso, mucho más de lo que pensó en un principio. Sus nombres fueron cambiados a Evangelina y Mathew. Desde entonces, comenzaron una nueva vida en un pequeño pueblo llamado Attica, en el estado de Kansas.

Su vida era tranquila y poco a poco fue perdiendo el miedo a ser encontrada por Gael, pero la condición de su hijo y el escaso dinero que cobraba en la cafetería donde trabajaba, los tenía en una situación crítica.

-¡Eve, te tengo una noticia! -Adeline, su mejor amiga, llegó gritando como era su costumbre-. Te apunté a una entrevista de trabajo. Así que haz una maleta que te vas a Manhattan. Por Mathew no te preocupes que yo lo cuido.

Eve la miró con una mueca de incredulidad en el rostro.

-¿Estás ebria? Porque no veo otra explicación. -Negó con la cabeza y continuó preparando la cena-. No me puedo permitir un viaje a Kansas City, menos a Manhattan que está mucho más lejos.

Adeline colocó los brazos en jarra y la miró desafiante.

-Te estoy diciendo que te he conseguido una entrevista que les cambiará la vida. Y ya me conoces, no hago las cosas a medias, así que prepara la maleta que debo llevarte al aeropuerto.

-No... Imposible, no puedo dejar solo a Mathew. Además, Manhattan, no, no, demasiada gente. Mucho ruido, ¿ya te dije que mucha gente? Ni lo sueñes.

Adeline no aceptó un no por respuesta.

Por ese motivo, Eve se encontraba en la ciudad de Manhattan, después de un vuelo que se le hizo eterno y con un sobre en la mano donde su amiga le había apuntado la dirección de la entrevista.

Al llegar a la octava planta del edificio, lo primero que encontró fue a una mujer llorando a la vez que escapaba de una oficina.

Al pasar a su lado le dio un empujón y Eve cayó al suelo, pero eso no fue lo más horrible del día. La falda que llevaba se alzó en la caída y terminó por dejarle cubierta la espalda y no su trasero.

Con la cara contra el piso pensó que aquello no podía ser peor. Escuchó la risa de las mujeres, pero nadie la ayudó a levantarse.

-¿Ya viste sus bragas? ¡Qué mal gusto! Parecen las de mi abuela -se carcajeó una de ellas y Eve se apresuró a bajarse la falda y ponerse de pie.

Por más avergonzaba que se sintiera, no podía huir. Entró a la sala y las mujeres la observaron.

Todas se veían hermosas, elegantes, muy maquilladas y más jóvenes que Eve.

A sus treinta años y con la triste vida que había llevado, lo que menos le importaba era su aspecto físico.

Con un carraspeo nervioso, se sentó en uno de los asientos y esperó, pero una voz muy masculina se escuchó a través de un altavoz.

-Por favor, señoritas, mantengan la ropa en su lugar. No crean que mostrar sus atributos les dará más posibilidades.

«Trágame tierra», pensó y supo que no había comenzado bien.

***

Rob Ellison contaba con una de las fortunas más importantes del país.

Su familia siempre había tenido suerte en los negocios, pero hasta ahí llegaba su suerte, porque pertenecer a su familia era como encontrarse en la guillotina a la espera de ver esa enorme navaja caer y que acabara con su vida.

Sin importar su fortuna, los Ellison llevaban generaciones luchando contra una maldición que afectaba en su mayoría a los varones de la familia. Por ese motivo había accedido a los planes de su primo y mano derecha.

Harrison tuvo la brillante idea de apuntarlo en una agencia matrimonial para que pudiera escoger esposa. Él vivía su vida sin pensar en la maldición que pesaba sobre los Ellison porque era adoptado y no tenían la misma sangre.

-Rob, deja de moverte de un lado a otro, me estás mareando -se quejó Harrison.

-Tienes suerte de que solo te esté mareando, porque en realidad quisiera asesinarte. Esto no va a funcionar, siempre me acabas enredando en tus absurdas ideas. ¡Madura de una vez!

Harrison entrecerró los ojos y bufó.

-Con ese optimismo, seguro que no. Además, si te dejas enredar por mí es porque sabes que tengo razón. Mira, parece que ya todas llegaron -dijo señalando a la pantalla donde salían las imágenes de la cámara-. Y aquella te está enseñando las nalgas, vienen con ganas.

Rob se fijó en la pobre mujer que acababa de caer al suelo, la vio levantarse, avergonzada y agarró el micrófono para hacerles llegar un mensaje.

-Por favor, señoritas, mantengan la ropa en su lugar. No crean que mostrar sus atributos les dará más posibilidades.

Ninguna de las mujeres que allí se encontraban eran lo que él estaba buscando.

Quería a alguien sencilla, anodina, sin atractivo.

Una mujer de la cual no enamorarse. Así formarían un matrimonio destinado a engendrar hijos lo más pronto posible y en la mayor cantidad. Solo por un mero trámite.

-Diles a todas que se retiren, no continuaré con esto, la última salió llorando.

-Rob, así no llegaremos a ningún lado, al menos permíteles hacer la entrevista. ¿Cuántos años llevamos trabajando juntos? Sé tus gustos, todas son bonitas como tus amantes.

-Tú lo has dicho, «amantes». Necesito una esposa y pronto. Ya tengo treinta y cinco años y ya sabes que en nuestra familia...

-Sí, sí, ya sé. Los Ellison no llegan a los cuarenta años con vida -pronunció Harrison haciendo una mala imitación de él.

Volvió a fijarse en la mujer que había llegado en último lugar.

-Enfoca a la que se cayó, quiero verla de cerca.

Harrison obedeció.

Tenía el cabello recogido en un moño estirado, llevaba una camisa blanca pasada de moda y abotonada hasta el cuello. Acompañaba la horrenda prenda con una falda que le llegaba mucho más abajo de la rodilla, de color violeta y unos zapatos negros dignos de una anciana.

-Era mi candidata preferida -murmuró Harrison-, pero ahora comprendo por qué no adjuntaron su foto. Es una pena, tenía toda mi fe puesta en ella.

Rob continuó mirándola.

Se retorcía las manos sobre su regazo y parecía muy asustada.

-Es la que más se acerca a lo que busco -pronunció pensativo.

-¿Por qué quieres torturarte de esa forma? Está bien que no quieras enamorarte, pero recuerda que en nuestra familia son muy tradicionales y el matrimonio es hasta que la muerte los separe.

-Tampoco me queda tanto, podré soportarlo. Esa mujer es justo lo que busco, poco llamativa, sencilla y que no me atraiga ni un poco. ¿Qué sabes de ella?

-Su nombre es Evangelina Jones, vive en Attica, Kansas, mi pueblo natal. Dios, extraño a mi familia. -Harrison suspiró-. Cuando supe de dónde venía sentí que era una señal del destino, Rob. Tiene treinta años y un hijo de cinco, es fértil, justo lo que buscas, pero no esperaba que fuera... Así.

-Ponte esto en la oreja -ordenó Rob dándole a Harrison un audífono-. Mi tiempo vale oro y quiero acabar con esto cuanto antes. Les harás las preguntas que yo te iré diciendo. Desde aquí lo veré todo y según eso escogeré.

Harrison lo observó sin pestañear.

-Pero Rob, no se van a casar conmigo. Además, el guapo eres tú. Si me ven a mí se desilusionarán.

Él se ajustó la corbata y después se frotó el cuello para aliviar el dolor que toda aquella tensión le estaba provocando.

-La que acepte sin verme será la que está lo suficiente desesperada por casarse. No quiero cuentos de amor, quiero una mujer para que mi familia me deje de atosigar con mi deber de tener hijos.

-Está bien, haré lo que me pides.

Capítulo 3 ¿Sí, quiero

Eve estaba a punto de levantarse y salir corriendo cuando un hombre vestido de forma elegante y con el cabello demasiado largo y engominado hacía atrás, salió de la oficina.

-Muy bien, señoritas, para no perder mi tiempo y el vuestro, decidí hacer la entrevista grupal. -Todas asintieron y se colocaron en sus mejores poses. Eve curvó la espalda, sacó joroba y deseó haberse marchado antes. El hombre colocó el índice en su oreja y después habló-. ¿Qué buscan de una relación?

Las candidatas fueron contestando en orden.

«Amor, romanticismo, un marido atento, detalles, viajes», fueron las respuestas que una a una fue dando hasta llegar a ella.

-¿Evangelina? -el hombre se dirigió a Eve al verla en silencio-. Faltas tú por responder.

-¿Yo? Ah, sí, yo, por supuesto. Hum, la realidad es que no busco una relación.

-¿No quieres una relación? -preguntó con incredulidad-. ¿Entonces qué te llevó a presentarte?

Eve no comprendía la extraña situación, podía esperar que le preguntaran por qué debían contratarla, o por qué podría ser buena para ese puesto. Ignoró lo de la relación y contestó su verdadero motivo para estar allí.

-La necesidad de dinero, ¿qué más podría ser?

Escuchó una carcajada en la oficina y supo que había alguien más escuchando detrás de esa puerta.

-Sinceridad ante todo, creo que acerté con mi intuición -murmuró el hombre rascándose la oreja-. De acuerdo, siguiente pregunta, si tuvieran que puntuar su fertilidad... ¿En serio tengo que decir eso? -dijo mirando a una cámara que había en el techo, después se escuchó la voz de otro hombre que gritó: «¡hazlo!»-. Está bien, como iba diciendo, hum. ¿Cuántas relaciones sexuales calculan que deberían tener para quedar embarazadas?

Las candidatas al puesto se miraron unas a otras sin entender, una murmuró un: «¿Me puede repetir la pregunta?». Otras fueron contestando que todavía no se habían planteado ser madres, seguido de un no estoy segura y demás respuestas ambiguas.

Eve cada vez estaba más incómoda, cuando llegó su turno de contestar no quería hacerlo. Ya no estaba segura de necesitar ese extraño puesto, pero aun así tomó aire y contestó.

-Imagino que le preocupa que alguna de nosotras se embarace y no pueda atender su trabajo -susurró y lo dijo en plural para no sentirse tan observada.

Eve no era capaz de mirar a ese hombre a los ojos, así que se concentró en la punta de sus zapatos.

-Dígame, Evangelina, en la información que tengo sobre usted dice que tiene un hijo. -El hombre parecía igual de avergonzado que ella cuando continuó-. ¿Cu-cuántas relaciones sexuales necesitó antes de..., ya sabe, embarazarse?

-Yo... Yo... -Al otro lado de la puerta se escuchó un: «¡Ya quedó claro que fue ella, dile que conteste!»-. No sabría decirle, fue rápido, mi... El padre de mi hijo era muy insistente, en el primer mes estaba embarazada -logró pronunciar-. ¡Pero ya no lo hago! Soy una mujer muy casta y no salgo con hombres.

***

Rob se estaba divirtiendo con aquella entrevista. Le pidió a su primo que despidiera a las demás candidatas y se quedara solo con Evangelina.

Ya tenía la decisión tomada, pero quería molestarla un poco más.

-Pregúntale hace cuánto tiempo dejó de hacerlo. -Harrison miró a la cámara con expresión horrorizada y lo obedeció.

-Eso... ¡Eso no es de su incumbencia! Pero ¿qué clase de entrevista es esta? -gritó ella y se levantó del asiento.

-No dejes que se marche -le ordenó a su primo sin dejar de reír-. La quiero preparada a las cuatro de la tarde, ni un minuto más.

Dispuesto a marcharse miró una vez más a la cámara y vio como Harrison intentaba retener a la mujer.

Ese día tendría una esposa, estaba decidido.

***

Eve estaba dispuesta a marcharse cuando ese hombre la retuvo.

-Discúlpeme, Evangelina, pero no se vaya -le dijo y con su mirada de arrepentimiento parecía intentar calmarla-. Mi jefe nunca tiene sentido del humor, pero justo hoy decidió sacarlo. Por favor, ¿podría acompañarme a la oficina para tener más intimidad?

Eve se quedó en el umbral de la puerta, con los músculos contraídos y una expresión de perplejidad.

-No... No voy a acostarme con usted si eso es lo que piensa. Esto es un error, no qui-quiero ningún tipo de intimidad. -Sintió el párpado de su ojo derecho comenzar a palpitar.

Estaba tan nerviosa y tenía tanto miedo en ese momento que su cuerpo se negaba a moverse del lugar. No podía dar un solo paso.

-Mi nombre es Harrison Foster, aunque ahora no lo crea, soy una persona seria y Dios me libre de pedirle que se acueste conmigo. Me gustan los hombres... machos, grandes, con pelo en el pecho. Está muy segura conmigo.

Eve apretó su pequeño bolso contra su pecho y se abrazó a él antes de entrar en la oficina.

Cuando regresara a Attica ajustaría cuentas con su mejor amiga. En cuanto ese hombre la dejara marchar saldría corriendo de allí.

-Siéntese, no tenemos mucho tiempo, le haré unas preguntas rápidas y saldremos. -La miró de arriba abajo y frunció el ceño-. Debo llevarte a una estética, conseguirte ropa decente y convertirte en... Dios, ayúdame.

Eve se sentó, colocó las manos en su regazo y fijó su mirada ahí.

-Señor Foster -pronunció en un susurro-. Creo que ha habido un error, mi mejor amiga me presentó a esta entrevista, pero yo no estoy segura de ser lo que está buscando. Preferiría marcharme ahora, ya no me interesa el puesto.

El hombre pareció ignorar sus palabras.

Abrió una carpeta y comenzó a leer.

-Vives en Attica, trabajas en la única cafetería del pueblo. ¿Sigue perteneciendo al viejo Jason? Bueno, no importa, seguro es así. -Pasó a la siguiente hoja sin esperar a que ella contestara y prosiguió-: Tienes un hijo de cinco años llamado Mathew, padece autismo y según la información que dejaste en la agencia... Cito de forma literal: «Evangelina necesita un padre para su hijo, dinero para salir de este pueblo de mala muerte y un hombre sexualmente activo que le quite lo mustia».

Eve entreabrió los labios con sorpresa, después, cuando asimiló lo que su amiga había puesto en su información, los unió en una fina línea y enrojeció hasta la raíz de su cabello.

-Hum, todo es falso, menos lo del dinero. Eso es cierto que lo necesito, pero no a costa de venderme a mí misma -sintió su voz aflautada y unas terribles ganas de salir corriendo-. Mi hijo me tiene a mí y ni él necesita un padre ni yo un hombre. Ahora, si me disculpa, voy a retirarme.

No había terminado de levantarse cuando Harrison habló.

-Tendrá un millón de dólares en su cuenta bancaria con solo decir «sí, quiero». -Como Eve no contestó y solo lo miró, incrédula, Harrison subió su oferta-. Cinco millones solo para su uso personal, pero sus gastos y los de su hijo serán cubiertos aparte. Vivirá como una reina. -Ella continuó en silencio, sin entender.

»¡Oh, vamos! Eres buena negociando, pero yo lo soy más. Conozco Attica como la palma de mi mano y sé que allí no hay nada, aparte de cabras y menos hay futuro. Tu hijo, Evangelina, podrá crecer con todo lo que necesite. Todo -recalcó.

Eve pensó en Mathew, en todos los problemas que estaba teniendo, en las dificultades que tenía para aprender en la pequeña escuela, en todas las carencias.

Continuaba sin saber para qué la querían, pero su amiga no la habría apuntado a algo malo, ¿no?

Con ese pensamiento miró a Harrison y pronunció en tono de pregunta:

-¿Sí, quiero? -El hombre sonrió, se apoyó en el respaldo de la silla como si un gran peso se le hubiera quitado de los hombros y dijo:

-¡Perfecto!

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