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Una gordita en apuros

Una gordita en apuros

Autor: : Sarah Shea
Género: Romance
Diana había vivido gran parte de su vida enamorada de Bruno, su mejor amigo, pero nunca se atrevió a confesarlo. Así que, con el paso de los años, intentó verlo como lo que era, alguien inalcanzable. Todo se hace más fácil cuando Diana se fija en un compañero de trabajo, Adán, pero como todo en su vida, también es un imposible. Para ella todo estaba perdido, nunca conocería a su príncipe azul ni de ningún color. A sus veintiocho años continuaba siendo virgen y si seguía así, acabaría por casarse..., pero con Dios. Hasta que un día todo cambia. Un viaje. Una habitación de hotel compartida. Un pijama de borrego. Un muñeco de cartón tamaño real de Thor. Un sexorcismo y un mejor amigo al borde de los celos hará que toda su vida se ponga de cabeza. ¿A quién escogerá Diana? ¿Su compañero de trabajo o su mejor amigo?

Capítulo 1 Prefacio

Lo tenía frente a mí, Adán era todo lo que yo había soñado desde que comencé a trabajar en la empresa y lo vi por primera vez.

Él era un hombre demasiado guapo para alguien como yo, no había fémina que no volteara la vista al observarlo pasar. Con ese cabello negro y sus ojos verdes, ese cuerpo perfecto y esa sonrisa era capaz de derretir a cualquier mujer y yo no era la excepción.

No podía creerlo, cómo un día en la empresa se podía convertir en una experiencia tan excitante. Yo solo entré en su oficina para llevarle unos documentos que necesitaba y de pronto todo se volvió irreal.

Él me miró de una forma extraña, una que no supe definir por mi falta de experiencia con el sexo opuesto.

-Yo...Hmm, Karen me envió a entregarte estos documentos, me dijo que los necesitabas para ayer. -Me cubrí la boca con la mano e intenté ocultar la sonrisa enamorada que afloraba en mi rostro cuando lo tenía frente a mí.

Su sola presencia me hacía ponerme muy nerviosa y no lograba hilar dos pensamientos coherentes.

-Acércate, Diana, no te quedes en la puerta -su tono de voz era ronco, sensual, tan adictivo que provocó que mis piernas temblaran de anticipación.

¿Por qué me veía de esa forma? Su mirada era la de un lobo al acecho para cazar al regordete y torpe conejo. Y yo estaba tan nerviosa por encontrarme en aquellas cuatro paredes con él, que mi instinto de supervivencia me decía que me diera la vuelta y corriera de vuelta a mi escritorio.

No obedecí a esa voz interna que me gritaba que huyera, hice todo lo contrario.

Me acerqué con lentitud y sin tener la fuerza para mirarlo a los ojos. Cuando llegué al escritorio coloqué los documentos sobre el mueble y me atreví a alzar la mirada. Lo que vi me dejó más temblorosa y debía reconocer que muy excitada.

-S-señor...

-Adán, no me digas señor que siento que me hace parecer mayor. -Él se levantó del asiento y antes de que yo pudiera retroceder se acercó a mí.

Dios, ¿qué estaba ocurriendo? Invadió mi espacio personal y lo sentí muy cerca de mi espalda. Se había colocado detrás de mí y me tenía cercada con ambas manos colocadas sobre el escritorio.

-Adán -susurré-. ¿Qué haces?

Que hiciera lo que él quisiera, me dijo esa pervertida interna que llevaba dentro. Si él quería y me rozaba un poco más, estaba dispuesta a entregarle mi virginidad y mi vida si así lo deseaba.

-Me encanta cómo hueles -dijo, y se acercó a mi cuello para comenzar a olfatear mi perfume-. Siempre me has gustado, ¿lo sabes?

-¡¿Yo?! -grité con una voz aflautada por la sorpresa y los nervios.

-Sí, tú, ya no puedo soportar más estas ganas de tenerte. Cada vez que te veo paseando por la empresa como si no fueras consciente de lo duro que me pones... -Adán me sostuvo las caderas y apretó su erección contra mi trasero-. ¿Lo sientes? Diana, hoy no pienso dejar que te escapes, voy a follarte tan duro que todos escucharán tus gritos de placer.

Agradecí que ese día había tenido la maravillosa idea de ponerme una falda. Él era un sueño hecho realidad, el hombre perfecto, no podía creer que aquello me estuviera sucediéndome a mí. Puede que hubiera preferido una invitación a cenar, una noche de seducción y después una cama mullida en la que perder mi virginidad, pero si tenía que suceder sobre un escritorio que así fuera. Tenía veintiocho años y no era posible que me siguiera manteniendo virgen. De ese día no pasaba, la Diana tímida la iba a guardar en algún lugar recóndito de mi mente, e iba a mostrar a la mujer que ardía en deseos porque ese tremendo hombre la hiciera suya.

Me di la vuelta entre sus brazos y él me lo permitió. Quería verlo, observar y deleitarme con ese rostro tan masculino y ese cuerpo musculoso. No podía perder detalle, si aquello solo iba a suceder, yo iba a guardar en mi retina cada instante.

Cuando estuvimos cara a cara sentí mi visión borrosa y por un momento el rostro de ese hombre espectacular cambió y comenzó a parecerse mucho al de mi mejor amigo, Bruno.

«Bruno, sal de mi mente, que ya te esperé por demasiados años», me regañé a mí misma y regresé a ese instante, en el que Adán, mi compañero de trabajo, me miraba con deseo y dispuesto a arrebatarme la virginidad.

Sus manos se metieron bajo mi falda y comenzó a alzarla para descubrir mi ropa interior. Gemí al sentir sus manos sobre mi piel desnuda y cerré los ojos un instante para dedicarme a sentir. Quería que me besara y como si mi mente le ordenara qué hacer, sus labios se apropiaron de mi boca y su lengua comenzó a enredarse con la mía en un beso apasionado.

Antes de que pudiera protestar, me había subido al escritorio y se encontraba entre mis piernas abiertas. Una de sus manos se había colado bajo mi blusa y acariciaba por encima del sujetador uno de mis pechos.

Nunca un hombre me había tocado de esa forma, sentía la humedad apropiarse de mi sexo y la necesidad de tenerlo dentro de mí.

-Por favor -supliqué sin avergonzarme, estaba tan excitada que no me importaba que estuviéramos en la oficina y que alguien pudiera vernos-. Te necesito.

Adán sonrió y su mano comenzó a subir por mi pierna hasta llegar a mi zona más necesitada. Apoyé las manos sobre el escritorio, me eché hacia atrás para darle acceso con más facilidad y cerré los ojos para dedicarme a sentir. Esperé por sentir su roce, quería que sus dedos jugaran con mi sexo húmedo y me llenara de esas sensaciones que solo había conocido acariciándome yo misma. Sin embargo, nada ocurrió.

Alcé el cuerpo y lo miré. De pronto una carcajada resonó en la oficina. La expresión de Adán ya no era de lujuria, era de burla.

-¿De verdad pensabas que alguien como yo podría desearte a ti? -De nuevo una carcajada resonó en mis oídos.

Me incorporé con rapidez, bajé del escritorio y comencé a recomponer mi ropa. Quería llorar, él me miraba con asco.

-Pero tú me dijiste... Tú querías -balbuceé, para mi propia vergüenza.

Intenté que las lágrimas no hicieran acto de presencia, pero la humillación era demasiado grande.

-Oing, oing -dijo, y abrí mucho los ojos, sorprendida-. La cerdita te llamamos en la oficina, ¿de verdad creíste que yo me acostaría contigo? Eres una cerda, una gorda sin ningún atractivo. Cerda, cerda, cerda... -repitió una y otra vez.

Abrí los ojos con rapidez y ahogué un grito. En inmundo apodo que Adán me había puesto todavía palpitaba en mis oídos. Todo fue un sueño, o más bien una horrible pesadillas. A pesar de que todo fue irreal y una mala jugada de mi mente comencé a llorar.

Me cubrí la boca con las manos para que mis sollozos no fueran audibles. No quería que Bruno o Virginia pudieran escucharme en el silencio de la noche. Quería volver a dormir, olvidar esa horrible pesadilla y hacerle entender a mi cerebro que eso no había ocurrido.

Al día siguiente yo iría a trabajar y todo sería como siempre. Adán, mi fantástico y hermoso compañero de trabajo no se fijaría en mí ni para darme un saludo. Yo continuaría deleitándome con su imagen mirándolo desde mi escritorio y nada más.

Seguiría casta y pura, tan virgen como siempre y sin que nadie me amara. Esa había sido mi vida, el poco amor que recibí solo fue por parte de mi padre, porque mi progenitora se avergonzaba de mi aspecto y siempre intentó convertirme en alguien que no era.

Si para mi mala suerte la primera desgracia de mi vida me la provocó mi madre poniéndome un nombre que fue la burla de todos los niños de la escuela. Dolores Diana Parto García. Tuve que sufrir durante años que se rieran de mí llamándome Dolores de parto, Dolores menstruales, Dolores de estreñimiento, no importaba qué. Yo simplemente era la gorda Dolores, la fea de la cual reírse y burlarse. Me mataron la autoestima de tal forma que nunca logré tener una pareja, no era capaz de sentirme amada y creer que un hombre podría fijarse en mí.

Podía dar gracias a Bruno y a Virginia, mis mejores amigos y con los que convivía en el mismo apartamento. Bruno siempre fue mi primer amor, lo conocí en la universidad y fue imposible que una mente romántica como la mía no soñara con casarse con él y formar una familia.

Él era rubio, de ojos azules, arquitecto, guapo, con un encanto y una simpatía que era imposible no amarlo, pero con los años comprendí que él me adoraba, pero no de la forma en que yo quería. Así que intenté borrar esos sentimientos y quedarme con la hermosa amistad que teníamos. Al final, moriría solterona y sola, ¿quién iba a quererme a mí? Para mi suerte y mi estabilidad mental, ese enamoramiento con mi amigo se fue difuminando cuando entré a trabajar y conocí a mi actual compañero, el mismo que se había colado en mis sueños para hacerme pasar una noche horrible.

Miré el reloj y vi que todavía faltara una hora para que sonara la alarma. Intentaría descansar, tal vez si dormía un poco lograra sacarme de la mente el dolor que me había provocado esa pesadilla. Cerré los ojos y comencé a dejarme envolver por el calor de las mantas...

Dormiría y todo ese dolor iría desapareciendo.

Capítulo 2 Un día más en mi desastrosa vida

«¡No puede ser!, son las siete de la mañana, ¡llegaré tarde al trabajo!». Un golpe sonó después de que viera la hora y me diera cuenta de que el despertador jamás sonó. Tras el susto, y enredarme entre las sábanas, acabé en el suelo a la vez que tiré todo lo que encontré a mi paso.

-¡Ay, mi espalda!

Me froté hasta que el dolor cesó y se trasladó a otra parte más mullida de mi cuerpo..., las nalgas. Habría pasado unos minutos dándoles cariño si no fuera por la interrupción de Bruno.

-¿Diana, estás bien? -Se encontraba detrás de la puerta y por el tono de voz parecía preocupado.

-Sí, tranquilo, solo me caí.

«Y me rompí todos los huesos del cuerpo», pero eso no lo dije, ya sabía que era torpe, no ganaba nada con demostrarlo.

Desde la universidad compartía apartamento con él y Virginia. Eran mis dos mejores amigos, a decir verdad, los únicos.

Bruno, a sus veintinueve años, seguía conservando ese brillo juvenil que me cautivó desde que cruzamos una mirada. Fue el primer hombre por el que mi corazón, nada más verlo, se enloquecía como si corriera un maratón. Algo que agradecía mi circulación sanguínea, ya que no era muy dada al ejercicio.

¿Cómo no enamorarme del perfecto Ken? Con su cabello rubio dorado y sus intensos ojos azules. Incluso podría reconocer que era guapo. ¿A quién engaño? Siempre fue el espécimen masculino más hermoso en todo el universo. Y no solo por su físico, él fue la única persona del género masculino que no me infravaloró.

Virginia era todo lo que yo no era, un tremendo bellezón. Su cabello largo y negro junto a sus ojos oscuros, iban a juego con unas facciones perfectas. Tenía un rostro simétrico al igual que el resto de su persona. Las visitas en nuestro apartamento, de origen masculino, siempre eran por su parte.

En estos años nunca supe cuántos hombres pasaron por su habitación, cada uno de ellos, según su criterio, fueron el amor de su vida. Era capaz de enamorarse en una sola noche y perder el amor al día siguiente. A veces quisiera ser como Vicky, tal vez no en lo de enamorarme de una persona diferente cada noche, sino en lo de amar y ser correspondida.

La realidad es que ellos son mi familia. No mantengo mucho contacto con la mía ya que, a cada visita que hago, mi madre se empeña en darme de comer lechuga como si fuera conejo. Siempre se avergonzó de mí; así que, para ahorrarle el bochorno, no los visito muy seguido.

Quiero mucho a Virginia, pero con el que mejor me llevo es con Bruno.

Mentiría si no mencionara que, cuando lo conocí, me enamoré de él; aunque nunca se lo dije para no estropear nuestra bonita amistad. Por suerte, esos sentimientos se evaporaron cuando conocí a Adán.

En nuestra época universitaria Bruno y yo nos hicimos una estúpida promesa: si al cumplir treinta aún no habíamos encontrado a una persona que nos quisiera, él y yo nos casaríamos. Habría que señalar que estábamos ebrios. Bueno, él lo estaba y había terminado con su novia.

Esa noche fue como un sueño hecho realidad. No estaba feliz por su ruptura. ¡Ah, deja de mentir! Estaba pletórica. No por verlo sufrir, sino porque volvía a ser libre y, si aguantaba así hasta los treinta, le haría cumplir la palabra dada, porque si había un príncipe azul debía ser él.

Después de arrastrarme por el suelo, quejarme del dolor de cadera y de rodillas, salí de la habitación y corrí a toda prisa por el pasillo para llegar al baño. Como siempre ya estaba ocupado.

-¡Sal de una vez! Tengo prisa, debo ducharme o llegaré tarde -grité tras la puerta.

-¡Entra! No verás nada que te asuste.

Obedecí; a la vez que recordaba que mi vejiga estaba llena, así que junté las piernas y me adentré en el habitáculo con caminar de sirena seductora.

-¡Joder me lo hago encima!

En cuanto fui consciente de la imagen que me esperaba en el interior, me emocioné. Bruno estaba allí, mojado y con una toalla alrededor de la cintura. Como no podía ser de otra forma perdí la estabilidad y me resbalé con el agua que había en el suelo. Para no romperme la cara me sujeté de lo más próximo que encontré. Para mi desgracia, lo más cercano fue su toalla. Aquel odioso trapo que cubría esa maravilla de cuerpo cayó y lo dejó como Dios lo trajo al mundo. Lo siguiente que vi, además de toda su desnudez, fue el lavabo y mi frente colisionando con él. Finalicé mi recorrido de rodillas y con sus gloriosas partes masculinas frente a mis deseosos labios.

Lo que podría comenzar como una película porno de bajo presupuesto, acabó por convertirse en un capítulo de Mr. Bean en cuando vi el rostro de Bruno.

Parecía avergonzado y se debatía entre ayudarme, o cubrirse.

-Diana, ¿te encuentras bien?

Quería contestar un «sí» rotundo, pero mi mente estaba obnubilada por el trastazo en la frente y por el hombre desnudo que me sujetaba.

-¡Eh! Sí, solo fue un tonto golpe... para no variar.

En cuanto estuve de pie, con la frente roja y las mejillas incluso más, Bruno levantó la toalla y se cubrió.

-No pongas esa cara, parece que nunca hayas visto a un hombre desnudo. -Comenzó a reírse, quizá lo hacía por la situación, o de mi cara.

Lo cierto era que, sin importar el motivo de su hilaridad, yo deseaba meterme debajo de una piedra.

-¡Ya sabes que así es! -Iracunda lo empujé para que dejara el baño libre.

-Deberías ponerte algo de hielo en ese golpe, no tiene buena pinta -aconsejó a la vez que me robaba un beso en la mejilla y escapaba carcajeándose.

Tardé varios minutos en recordar el motivo de aquella situación embarazosa.

-¡Joder! Llegaré tarde al trabajo.

Ya no me daría tiempo a ducharme así que, como la mujer práctica que era, me dispuse a darme el lavado del gato. Mientras me enjabonaba la cara busqué entre los botes la crema para peinar, coloqué un poco en la mano libre y la extendí a lo largo del cabello. La dejé hacer su trabajo y me enjuagué el rostro. Cuando por fin mi visión quedó libre de restos de espuma, pude ver como un prominente bulto se esparcía rojo e hinchado por la frente. Llegaría tarde y encima tenía un alien asomándose a mi cara.

-¡No!, ¡¿por qué?! -grité al darme cuenta de que, la crema que esparcí tan bien sobre mis greñas, no era para peinar, sino la corporal que usaba Virginia.

«¿Se puede comenzar mejor la mañana?».

Mi cabeza tenía una capa grasosa, para colmo ya no había tiempo de arreglarlo y, la verdad, ¡qué más daba! Nunca se daban la vuelta para mirarme, nadie se fijaba en mí o en mi aspecto. Podría ir a trabajar vestida de vaca y no repararían en ello.

Salí corriendo, asalté el armario y me coloqué lo primero que encontré. Sofocada intenté escapar de la casa, pero choqué con Bruno que no me quitaba el ojo de encima; le agradecí su distracción con un nuevo empujón y desaparecí de su visión sin mirar atrás.

Capítulo 3 ¿Cómo se acostumbra una persona a ser la burla de todo el mundo

Eran las ocho en punto y apenas llegaba a la parada de autobús que se encontraba junto a mi trabajo. Bajé corriendo y murmurando entre dientes: «¡Tengo que hacer más ejercicio!». Mientras corría podía sentir como el aire luchaba por entrar a mis pulmones.

Llegué a la recepción del edificio y caminé con paso rápido hacia el ascensor.

«¡Mierda! Fuera de servicio, ¿algo más?». Miré al techo como si hablara con Dios. Salí corriendo de nuevo y busqué la odiosa escalera. «Cuatro plantas, Diana, no son tantas, ¡ánimo!».

La primera la subí corriendo. La segunda mi lengua escapó de mi boca en un intento de conseguir oxígeno, a la vez que mi espalda se encorvaba como si tuviese joroba. La tercera me hizo mutar de persona a perro y terminé de subirla a cuatro patas. Cuando estaba por finalizar mi trayecto, la extraña mutación volvió a actuar y acabé reptando como una serpiente. Desparramada en el suelo, con las mejillas enrojecidas y sin aire.

«Tengo que comenzar a hacer deporte, mañana me pongo a ello».

Allí estaba, moribunda y rezando para que nadie me viera en aquel mísero estado; pero mis rezos no sirvieron, ya que escuché una maravillosa voz. Esa tan masculina que me hacía estremecer y pensar en el pecado capital de la lujuria.

-¿Te encuentras bien?

Frente a mí estaba Adán, me miraba con gesto extraño y me tendía una mano para ayudar a incorporarme.

-Emm yo emm, sí.

Habría que mencionar que, cuando me ponía nerviosa, no solía ser muy elocuente.

-¿Te caíste?

No era de extrañar que pensara eso. Yo siempre estaba en el suelo.

Si gracias a la caída estaba roja, al verlo, toda la sangre de mi cuerpo se instaló en mis cachetes y en otras partes que no merece la pena mencionar.

-No. ¿Por qué lo preguntas?

«Disimula y haz tu mejor actuación, que no note que estás para lanzarte al cubo de basura».

-Por el golpe de la frente, deberías mirarlo, no tiene buena pinta.

Gruñí al recordar el alien e intenté esbozar una sonrisa.

-¡Ay, sí! Gracias -balbuceé-. Discúlpame, llego tarde. -Intenté escapar tan rápido que casi tropecé con mis propios pies-. ¡¿Dios, por qué me odias tanto?!

Me disponía a llegar al despacho de Karen cuando choqué con algo duro y sentí como un líquido caliente me quemaba el pecho. Grité como una posesa, ¡maldita mi suerte! Aquello dolía.

-¡Estúpida!, ¡¿estás ciega o qué te pasa?! Me tiraste todo el café. -Frente a mí estaba Sonia junto a su amiga Alicia.

Ali me miraba con cara de asco, mientras Sonia, si las miradas mataran, estaría preparando mi entierro. Aunque, si seguía accidentándome, lo mejor sería que me hiciera amiga del Conde Drácula para que me dejara compartir su sarcófago.

-Discúlpame.

«Lo único que me falta es ponerme a llorar para terminar la humillación».

-¿Disculparte?, ¡no, niña!, ¿sabes lo que cuesta esta camisa? Más de lo que tú ganas en un mes. Ni se te ocurra pensar que te irás de rositas, vas a pagarme la lavandería.

¡Más gastos! Lo que me faltaba.

-Sí, claro; me haces llegar la factura -murmuré a la vez que me escabullía entre las dos arpías.

No hacía falta decir que no éramos amigas. Esas dos parecían estancadas en la época de la secundaria. Eran superficiales y odiosas, muy lindas eso sí, pero unas perras sin corazón que se dedicaban a hacerme la vida imposible. Un par de brujas que en vez de trabajar zorreaban con todo pantalón que vieran. ¿Ya dije que no éramos amigas?

Las llamaba Zipi y Zape. Sonia, la pelirroja natural con los ojos tan azules como los de Bruno, era el cerebro del mal de las dos arpías, aunque dudaba que, aun juntándolas en un mismo cuerpo, llegaran a obtener el CI de un orangután.

Alicia pretendía ser rubia, pero había decolorado tanto su cabello que estaba próximo al blanco. Presumía unos ojos verdes falsos como toda ella. Ambas lucían un par de protuberancias, estáticas y redondeadas que salían de sus torsos. Estaba segura de que el cirujano les hizo un dos por uno a la hora de operarlas, y no tuvo que ser muy reconocido porque no se veían muy naturales.

Siempre llevaban más escote del indicado para ir a trabajar, y sus faldas por lo cortas que eran deberían ser cinturones anchos. No era por ser mal hablada, ni criticar, a mí eso no me gustaba, pero ¡eran un par de guarras!

Llegué agotada, sudorosa y humillada al despacho de mi jefa.

-Karen, discúlpame por llegar tarde -pronuncié después de llamar a la puerta y que me indicase que pasara.

-¡Por Dios!, ¿qué te ocurrió? -Se levantó con el semblante preocupado y caminó hacia mí-. No es por dar con el dedo en la herida, pero te ves horrible.

-Lo sé, no pude tener una mañana peor.

Aguanté las lágrimas de forma estoica. Estaba tan nerviosa y agotada que mis fuerzas comenzaban a disiparse.

-Deberías mirarte el golpe de la frente.

Ahí estaba de nuevo alguien más que me recordaba el dolor que tenía en la cabeza.

-Lo sé, tuve un pequeño accidente en casa, si me permites voy al baño a limpiarme y me pongo a trabajar.

-Ve, Diana, y si necesitas algo dímelo.

Le regalé una sonrisa sincera y salí del despacho. Ella y Adán eran lo único bueno de trabajar allí.

Caminé hacia el sanitario mientras me debatía en mi siguiente paso a seguir, que no sería otra cosa que colgarme con los cordones de los zapatos para acabar de forma rápida con mi humillación.

En cuanto llegué comencé a mojarme el rostro, y a limpiarme con toallas de papel los restos de bebida de la odiosa. Aquello no servía. El bulto se expandía por la frente, tenía ojeras, el cabello pegajoso y la ropa sucia. Acababa de comenzar la mañana y ya no podía más.

Las lágrimas que tanto intenté reprimir se dieron paso sin control, pero ni llorar me dejaban.

Escuché las voces de las dos arpías y se dirigían hacia donde me encontraba. No podía dejar que me vieran así, o la vergüenza de ese día aún no habría terminado. Recogí con rapidez mis cosas y me escabullí en el interior de un baño vacío. Me senté en el inodoro y rogué por controlar mis sollozos.

La puerta exterior se abrió, y por ella entraron Zipi y Zape riéndose con tantas ganas que parecía que les faltaba el aliento, ¿quién sería la victima a la cual despellejaban?

-¿Viste a relamida Mobi Dick? -pronunció una de ellas sin dejar de reír. Era como escuchar a una hiena.

-Sí; esta mañana la peinaría una vaca lamiéndole el cabello, o quizá ella misma con su lengua -la voz de la rubia acompañó los insultos.

-Y eso no era lo mejor, ¿quién la embarazaría? La bola tenía otra bola en la frente.

-Si no fuera porque te tiró el café encima, hoy hubiera sido una buena mañana.

-No te preocupes, me vengaré de la ballena, enviaré a lavar toda mi ropa sucia y le pasaré la factura.

Si aún me quedaban dudas de quién era la víctima, ahí estaba, era yo. ¡¿Quién más podría ser?!

Me abracé a mis piernas durante largo rato y dejé que las lágrimas escaparan sin control. Intentaba que sus palabras no me dañaran, pero dolía. No tendría que ser así, después de tantos años debería estar acostumbrada; sin embargo, ¿cómo se acostumbra una persona a ser la burla de todo el mundo?

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