"Estoy con tu esposo ahora mismo, no imaginas cómo me hace el amor."
Elise esperaba pacientemente a que su marido terminara su jornada laboral cuando un mensaje inesperado iluminó la pantalla de su teléfono. El remitente era desconocido, pero el contenido fue como un puñal directo al pecho.
Atónita, volvió a leer esas palabras una y otra vez, tratando de asimilar lo que acababa de recibir. El dolor se instaló en su pecho, mientras su mente se negaba a creerlo.
Intentó devolver la llamada, pero la línea estaba fuera de servicio.
-Debe ser una broma -murmuró, intentando calmarse.
Llevaban tres años casados y ella estaba embarazada. No podía ser cierto.
El sonido de la puerta abriéndose la sacó de su ensimismamiento.
-¿Por qué llegas tan tarde? No me gusta estar sola, menos ahora que nuestro bebé está por nacer.
José la miró con frialdad.
-Te lo he dicho mil veces, Elise. Ese bebé no me importa. Ojalá no estuvieras embarazada -espetó, pasando de largo y dirigiéndose directamente a la habitación.
-José, espera. La cena está lista. Te esperé para comer. Por favor, siéntate.
Ella lo siguió, pero él continuó ignorándola con la misma indiferencia de siempre.
Con el corazón hecho pedazos, Elise regresó al comedor. Se sentó sola, acarició su vientre y decidió que, si nadie más la escuchaba, al menos hablaría con su hijo.
La esperanza de su hijo era el único pilar que mantenía a Elise en pie. No tenía familia, solo a su esposo José, quien se había convertido en su único vínculo cercano. Pero todo cambió desde el momento en que le anunció su embarazo.
Un ruido repentino la sacó de sus pensamientos: el arrastre de unas ruedas contra el suelo. Al girarse, vio a José saliendo de la habitación con una maleta en mano.
-¿Te vas de viaje? -preguntó, sin poder disimular su sorpresa.
-No es un viaje -respondió él con frialdad-. Me largo de tu lado para siempre. No te soporto más.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin control.
-¡No, por favor, José! No me dejes. No tengo a nadie en este mundo y nuestro hijo está por nacer.
José soltó una carcajada amarga.
-Justamente por eso me voy. Eres una inútil.
Desesperada, Elise se aferró a su brazo, sollozando y con la respiración entrecortada. Pero él, sin un atisbo de compasión, la empujó con fuerza, haciéndola caer de espaldas sobre el sofá.
-No, José... te lo suplico. ¿Por qué me haces esto?
Ella había dedicado su vida a él, siendo una esposa entregada, siempre pendiente de su bienestar. Le preparaba la cena, mantenía su ropa impecable y nunca se quejaba. Lo había puesto en un pedestal, amándolo ciegamente.
-¡Déjame en paz! Me voy con una mujer que sí está a mi altura. Adiós.
La puerta se cerró de golpe tras su partida y, en ese instante, el mundo de Elise se desmoronó. ¿Quién velaría por ella y su bebé ahora?
Los días transcurrieron lentamente, y el parto se acercaba junto con la angustia de enfrentarlo sola. Apenas contaba con lo esencial para ir al hospital y regresar, y fue entonces cuando comprendió cuán sola estaba realmente.
No había amigos ni familiares a quienes recurrir. La vida de su pequeño Ángel dependía por completo de ella. Pero, entre las lágrimas y la desolación, encontró un coraje inesperado. Se prometió a sí misma que haría lo que fuera necesario para protegerlo y darle lo mejor.
Un mes después...
-Tranquilo, mi amor... calma. Mamá aún está adolorida -susurró Elise, acunando a su hijo mientras las secuelas del parto seguían presentes en su cuerpo.
Elise había agotado hasta el último de sus recursos. Desde el nacimiento de su hijo, cargaba sola con todas las responsabilidades, aún adolorida por las secuelas del parto. Sin embargo, la falta de alimentos y artículos básicos para el bebé se había convertido en una auténtica pesadilla.
Desesperada, decidió salir en busca de trabajo. Necesitaba dinero con urgencia, pero los días pasaban y nadie quería contratar a una mujer que acababa de dar a luz y llevaba a su bebé consigo.
El hambre se volvió insoportable. Llevaba días sin probar bocado y la leche apenas alcanzaba para calmar al pequeño, quien lloraba sin cesar. Su pañal estaba sucio y Elise no tenía otro para cambiarlo.
Con el corazón acelerado, entró apresuradamente al supermercado. Caminó entre los pasillos, miró a su alrededor y, sin pensarlo más, tomó un paquete de pañales. Estaba a punto de salir cuando chocó con una mujer alta, quien la observó con desdén.
-¡Señor Sam, aquí! -gritó la mujer, señalando a Elise como si se tratara de una criminal peligrosa-. ¡Venga rápido, esta mujer está robando!
Elise se quedó helada. Su rostro perdió el color y, por instinto, estrechó a su bebé contra su pecho, como si aquel gesto pudiera protegerlos de la vergüenza y el dolor. En ese instante recordó que ya no había un marido que la respaldara, que estaba completamente sola.
-¿Qué está pasando? ¿Por qué tanto escándalo? -La voz grave y pausada del viejo Sam resonó en el lugar. Él era el dueño del supermercado, un hombre de mirada cansada, pero bondadosa.
La mujer no tardó en responder, con un tono cargado de desprecio.
-Mírela bien, Sam. Usa a su hijo como excusa para robar. Llame a la policía, esta mujer debería estar tras las rejas.
Sam desvió la mirada hacia Elise, quien, con los ojos llenos de lágrimas, solo pudo bajar la cabeza.
-¿Es cierto eso, muchacha? -preguntó el anciano, su voz más suave que dura, como si ya intuyera la verdadera historia detrás de aquella escena.
Elise se apresuró a limpiarse las lágrimas, avergonzada por su aspecto y por la situación en la que se encontraba. El bebé seguía sollozando en sus brazos, como si sintiera el desamparo de su madre.
-Ya voy, señor Matías -respondió Clara con un tono empalagoso, cambiando de inmediato su actitud altanera por una sonrisa servil.
El hombre, impaciente, desvió la mirada hacia Elise y la bolsa de víveres que Sam estaba empacando. Sus ojos, de un azul profundo y penetrante, se detuvieron un instante en el rostro cansado de la mujer y luego en el pequeño envuelto en una manta deshilachada.
-¿Algún problema aquí? -preguntó, con un leve ceño fruncido.
Sam negó con la cabeza y sonrió con amabilidad.
-Nada que no podamos resolver con un poco de humanidad, señor Matías.
El hombre asintió, como si esas palabras fueran suficientes para comprender la escena. Clara, por su parte, bufó con desdén y se dirigió apresurada a preparar el café.
-Gracias, señor Sam -murmuró Elise, apretando la bolsa contra su pecho-. No sé cómo agradecerle.
-Solo cuida de tu pequeño y mantente fuerte. Y no olvides que te llamaré si encuentro algo para ti -respondió el anciano, palmeando su hombro con ternura.
Matías observó en silencio cómo Elise salía del supermercado con la cabeza baja y el paso vacilante, mientras su bebé se acurrucaba contra su pecho. Algo en esa imagen lo inquietó profundamente.
-Sam, ¿quién era esa mujer? -preguntó finalmente, sin apartar la vista de la puerta que aún se balanceaba por la reciente salida de Elise.
-Una madre luchando contra la vida, señor. Una de esas personas que solo necesitan una oportunidad para salir adelante.
Matías guardó silencio por un momento, luego sacó su billetera y dejó un par de billetes sobre el mostrador.
-La próxima vez que venga, asegúrate de que no le falte nada. Y consígueme su número, Sam. Tal vez yo tenga algo para ella.
Sam sonrió con complicidad y asintió.
-Sabía que dirías eso, señor Matías. Sabía que dirías eso.
-Señor Rochefort, aquí está ocurriendo algo vergonzoso... pero vámonos, no vale la pena. Disculpe usted. -La mujer no apartaba la mirada despectiva de Elise, quien, incapaz de defenderse, solo podía bajar la cabeza, sonrojada de humillación ante aquel hombre.
Lucien Rochefort. El imponente presidente de Industrias Rochefort.
Como cada tarde, pasaba por el supermercado de Sam a comprar un café. Siempre el mismo ritual, siempre la misma expresión: rostro impasible, mirada gélida y desprovista de cualquier emoción.
Pero, por alguna razón, esta vez sus ojos se detuvieron en Elise. Solo un instante, pero fue suficiente para que, detrás de su aparente indiferencia, algo se agitara en su interior. La mujer, con su bebé en brazos, irradiaba fragilidad. No solo era hermosa, sino que había algo en esa escena-la desesperación, la vulnerabilidad-que tocó una fibra que Lucien ni siquiera sabía que existía en él.
Sin comprender del todo por qué, aceleró el paso, como si alejarse pudiera apagar aquella repentina inquietud.
-Sam, buenas tardes. Perdona a mi secretaria, siempre tiene la manía de meterse en asuntos que no le incumben.
-¡No hay problema, muchacho! -respondió Sam con una sonrisa indulgente, mientras la expresión de Clara se mantenía rígida, como si saborear la derrota le resultara insoportable-. Anda, Clara, déjame a mí encargarme de esto.
Clara y Lucien salieron del supermercado. Iban con retraso a la reunión, pero la mente de Lucien ya no estaba en su agenda. Las palabras de su secretaria seguían resonando en su cabeza, y, sin poder evitarlo, rompió el silencio mientras mantenía la vista fija en la carretera.
-¿Qué demonios pasó allá adentro? ¿Por qué tardaste tanto?
-No lo va a creer, jefe -respondió Clara, exhalando con fastidio-. Esa mujer con el niño en brazos... ¡Estaba robando! Yo misma la sorprendí, pero, como era de esperarse, se puso a llorar como si fuera la víctima. Sam, el muy blando, se dejó conmover y en lugar de llamar a la policía, decidió regalarle comida. ¿Y sabe qué más?...
-¿Qué? Dígame de una vez -respondió Lucien con impaciencia, aunque, en realidad, las palabras de su secretaria le resultaban irrelevantes. Su mente estaba en otro lado, dándole vueltas a un problema mucho más urgente: la niñera de su hijo había renunciado y, conociendo el carácter indomable de Phillippe, no sería fácil encontrar una nueva.
-Pues resulta que Sam, en lugar de echarla, se ofreció a ayudarla a buscar trabajo. ¡Imagínese! ¿Quién contrataría a una ladrona? No es alguien en quien se pueda confiar.
-Sí, tienes razón -respondió Lucien sin apartar la mirada del camino, como si la conversación no le concerniera. Sus pensamientos seguían anclados en la misma preocupación: ¿qué iba a hacer con su hijo? No confiaba en nadie y cada intento por encontrar a alguien que lo cuidara terminaba en fracaso.
Phillippe, con solo seis años, aún no lograba adaptarse a la pérdida de su madre. Su rebeldía era un grito silencioso de dolor, un desafío constante que ahuyentaba a cualquier cuidadora en cuestión de días. Ninguna parecía capaz de soportar su carácter indomable.
Desde la muerte inesperada de su esposa, Lucien había volcado su vida en dos pilares: su empresa y su hijo. Y aunque se esforzaba por ser un padre presente, el trabajo le robaba tiempo, dejándolo con la amarga sensación de no hacer lo suficiente.
La última niñera, Teresa, había llegado con buenas referencias y una paciencia admirable... hasta que se topó con Phillippe.
-¡Lárgate de aquí! No te quiero, quiero a mi mami -gritó el niño, cruzando los brazos con la determinación de quien se niega a ceder.
-Pero tienes que comer, pequeño. Si no, te vas a enfermar -suplicó Teresa, tratando de mantener la calma.
-¡No quiero! ¡No quiero comer! -Y, sin pensarlo dos veces, arrojó el plato de comida sobre el vestido impecable de la niñera, quien quedó paralizada por el asombro y la impotencia.
El caos no terminó ahí. Phillippe comenzó a lanzar todo lo que tenía a su alcance: juguetes, cojines, lo que fuera con tal de reforzar su punto.
-¡Ya basta, Phillippe! Por favor... -La voz desgarrada de Teresa resonó por toda la casa, alcanzando el primer piso.
Lucien, alertado por los gritos, subió las escaleras de inmediato, con el ceño fruncido y la paciencia colgando de un hilo.
Pero ¿Qué está pasando aquí? -el desastre hecho por su hijo, realmente no era una sorpresa para él.
-Que no quiero a esta niñera papi, yo quiero a mi mami.
-Ya lo hemos hablado pequeño, tu mami está en el cielo, es difícil que vuelva-Lucien lo abraza, aunque sabía que el comportamiento de su hijo no era el mejor, comprendía que al igual que él, el amor de la mujer que se había ido les hacía falta.
-Su hijo es un niño malcriado señor, ¡renuncio! -Teresa sale corriendo de allí, era la tercera niñera que desistía en estar con él en la última semana.
Aunque Lucien, era un millonario que tenía todo el dinero para pagarle a quien quisiera por la crianza y el cuidado de su hijo, no había encontrado a la persona idónea, que además de hacer eso, le diera el amor que un niño pequeño necesitaba.
Por otro lado, Elise volvió al super de Sam para encontrar un empleo.
-Buenas tardes, señor. ¿me recuerda?
-Claro que te recuerdo, ¿Cómo estás? Veo que ya está más recuperada y el pequeñito ¿Cómo está?
-Muy bien, creciendo mucho, pero también su apetito, quería preguntarle, ¿ha sabido sobre algún empleo?, la verdad necesito conseguir algo muy pronto ¿tal vez usted aquí en su super pudiera? -él la interrumpe.
-Bueno muchacha, no he sabido nada, y aquí por desgracia solamente vendemos para mi esposa y para mí, es algo pequeño es suficiente con nosotros, pero lléname tu currículo, posiblemente será más acertado si se lo entregó a los vecinos de por aquí, he escuchado que buscan empleadas de servicio.
-Muchas gracias, señor, claro que si-ella se dispone a llenar su hija de vida, pero nuevamente como una casualidad del destino, la puerta del super se abre, era la hora del café de Lucien, esta vez venía solo.
-Buenas Tardes Sam, lo mismo de siempre-él entra sin ni siquiera percatarse de la presencia de Elise.
-Hola señor Rochefort, claro que si-Sam sale directo a la máquina de expreso para traer su orden, Lucien está al lado de Elise, pero le es completamente indiferente, mientras que ella sí lo había reconocido por su olor, y sobre todo por su presencia, ¿quién podría olvidarse de un hombre tan llamativo como él?
Lucien siente como ella lo está mirando y aunque su rostro no demuestra una sola expresión, se incomoda, sin embargo, no le presta atención, saca un billete y se lo entrega a Sam.
-Aquí tiene-Lucien no podía disimular su cara de estrés, sentía como le hervía la sangre por no haber encontrado quien se hiciera cargo de su hijo y eso para Sam no fue indiferente
-Lucien, ¿estás bien? -él le pregunta.
-No Sam, ¿sabes de alguna mujer preparada para cuidar a Phillippe? No he podido encontrar a alguien que sea su niñera, y no tengo tiempo para estar con él cien por ciento.
-Es muy complicado recomendar a alguien para una responsabilidad así señor, pero si se de alguien que esté preparado para su hijo, inmediatamente le comunico.
Elise al escuchar una oferta de empleo, no escatimo en interrumpir la conversación de los dos hombres, tal vez las casualidades existen y si el destino los había puesto allí, era por algo.
-Yo señor, yo podría ser la niñera de su hijo-cuando él escucha su voz, mira hacia su lado y ahí estaba la menuda mujer, aunque no la reconoció de inmediato, por él bebe y su rostro sabía que se trataba de la mujer de la otra vez.
-¿Tú? -se queda viéndola de arriba abajo.
-Si, yo señor, no estoy preparada profesionalmente, pero puedo garantizar que se mucho de las labores del hogar y sobre todo de la crianza de un hijo-en eso ella estaba mintiendo, pues era madre solo de su pequeño y hasta ahora comenzaba con él.
En ese momento Lucien recordó las palabras de su secretaria.
¿Quién podría confiar en una ladrona?
Sin embargo, por prudencia no la llamó así en ese momento, simplemente decidió omitirla.
-No señorita, gracias por su ofrecimiento, pero estoy buscando alguien más calificado. -la mirada de Lucien era hiriente
Ella agacha su cabeza, se siente mal por sus palabras, pero por lo menos lo había intentado.
Lucien sale nuevamente del lugar, y aunque ella nuevamente lo había cautivado, no era una opción, ni siquiera sabía de quién se trataba.
-Qué tipo tan arrogante-ella le dice a Sam.
-No hija, él no es asi, solo que su pequeño tiene problemas comportamentales, además es viudo, está en tu misma situación, son padres solteros, así que confiar se le hace difícil, además su secretaria es quien te descubrió robándome el otro día, así que no creo que piense en qué puedes ser una persona de fiar.
-Si, lo sé-ella suspira decepcionada, hubiese podido ser una buena oportunidad.
-Clara, necesito que me ayude a conseguir una niñera, la empleada no puede seguir haciéndose cargo de las labores de la mansión y de él al mismo tiempo, y ya se viene el gran contrato con los Ferragamo, mi tiempo será más limitado.
-Señor Rochefort, ya le dije, usted es muy exigente con el perfil de las niñeras, no se ya a quien más decirle, además en las agencias ya no quieren saber de Phillippe, todas las niñeras se han abstenido por su comportamiento.
-Pero debe haber alguien en el mundo que lo cuide, publique la oferta laboral y si es necesario duplique el sueldo, no comprendo por qué nadie cuida a mi hijo.-Clara apenas tuerce los ojos.
-Señor, ya se lo dije, Phillippe necesita ayuda psicológica.
-Él la tiene, su trauma por la pérdida de su madre ha sido difícil de superar, necesito alguien que lo quiera, que vea más allá de su cuidado personal.
-Señor, eso es muy difícil, le aconsejo que busque a alguien menos profesional y más maternal, eso de pronto pueda ayudar.
-Pero ¿qué me dices Clara? Necesito alguien que le ayude en los deberes de la escuela y le enseñe.
-¿Acaso no quiere que alguien también le de amor? -Clara trata de persuadirlo.
-Si, eso quiero-Lucien estaba realmente confundido, sabía que era muy difícil encontrar todas esas cualidades en una misma persona y si las encontraba, el otro problema era que su hijo la aceptara, se estaba volviendo loco.
Lucien no tiene idea de que va a hacer con su pequeño hijo, pero las palabras de Clara le sonaban como un eco en su cabeza, y no se le ocurría quien sería una opción.
Él y Elise atravesaban por diferentes situaciones, pero tenían similares necesidades, ambos luchaban por cuidar de sus pequeños, sin importar que.
Elise seguía en la búsqueda de empleo, había ido un par de veces donde Sam y se había ganado su confianza.
Él la había recomendado para hacer turnos en diferentes sitios, pero nada estable, así que el dinero seguía sin alcanzar.
Por fortuna para ella la esposa de Sam, era muy amable, y le ayudaba a cuidar a su bebe mientras ella trabajaba, había creado un vínculo muy cercano con ellos.
Una tarde, pasó a recoger su bebe después de su largo turno de trabajo.
La puerta del super se abrió.
-¡Ya te dije Clara, debemos firmar ese contrato de inmediato!! -la áspera voz de Lucien, hizo eco en lugar, haciendo que Elise lo mirara de inmediato
-Pero señor, es que...-Clara se fija en la presencia de Elise .
-Ah, ¿pero que tenemos aquí?, la pequeña ladronzuela-Lucien voltea a confirmar y se trataba de ella nuevamente, Elise se avergüenza, y ni siquiera es capaz de defenderse.
-Hola Clara, ¿lo mismo de siempre? -Sam trata de romper el hielo de la situación, pero es Lucien quien lo hace.
-Si Sam, rápido por favor, estamos de afán.
-Enseguida.
-Señor, creo que debemos de cambiar de sitio, no podemos frecuentar un lugar en donde reciben personas como esta mujer, no puedo creer cómo es que Sam, aun le sigue recibiendo en esta lugar. -Lucien la mira con algo de molestia.
-Es el único café cerca de la compañía, ¿A dónde vamos a ir a tomar uno como el que hace Sam? Déjate de pavadas-Clara simplemente aprieta sus labios, su jefe la había hecho quedar en ridículo.
En ese momento Elise solo podía guardar silencio, hasta que el teléfono de Lucien interrumpe, le llamaban de su casa.
-Señor, habla con Greis, no puedo más con su hijo, venga por él, o yo me voy
-Ah no Greis, no eso sí que no, no puedes renunciar, llevas 10 años con nosotros, ten paciencia mientras conseguimos la niñera, ¡por favor! -Lucien no podía evitar levantar la voz.
-Señor, o usted consigue una niñera, o le juro que me voy-a mujer cuelga el telefono, Lucien queda de una sola pieza ante sus palabras, en ese momento se da cuenta de que Elise no deja de verlo, y aunque le parecía algo demasiado arriesgado, decide hablar con ella.
-Señorita, ¿ya consiguió empleo? – Elise voltea a ver a otro lado, pero ve que está hablando con ella, se sorprende y se señala a sí misma con su dedo
-¿Yo?
-Si, usted
-No, no señor ¿Por qué?
-¿Tiene tiempo para una entrevista? -Sam la mira, asienta y le sonríe, conocía a Lucien de hace muchos años y sabía que era un buen hombre, algo huraño, pero bueno y aunque a ella la conocía hacía pocos meses, se daba cuenta que también era buena.
-Si, claro que sí.
-Nos vemos mañana a las 8 en esta dirección, llegue puntual por favor-él le entrega una tarjeta con los datos de su mansión, ella la recibe y sus ojos se iluminan.
Clara, que estaba en total desacuerdo, solo quiere explotar de la ira, no comprendía la decisión tan apresurada de su jefe.
Al día siguiente.
-Buenos días, señor Rochefort-ella había llegado impecable y puntual esa mañana.
-Buenos días, señorita, me recuerda su nombre por favor-él ni siquiera se había tomado la molestia de preguntarle quién era, le recibe su currículo y se queda viéndolo.
-Soy Elise Willys, ahí lo dice en mi hoja de vida-una seguridad abrumadora la acompañaba esa mañana, pues la motivación por su hijo la hacía sentir segura
-Pero, en su hoja de vida, además de no tener estudios, tampoco tiene experiencia como niñera, y eso me preocupa-él sube una ceja mientras sigue revisando la información, no le convencía completamente
-Señor, soy madre, y ayude a la mía con la crianza de dos pequeños más, mis hermanos menores, puedo asegurar que experiencia tengo bastante
-Hum-Lucien ahora la mira de arriba abajo.
Elise era bastante humilde, sus vestiduras lo demostraban, pero era muy culta y hermosa.
Su cabello rubio y su cuerpo delgado mostraban una belleza natural, pero eso no era lo importante, lo cautivaba su carisma, y también la urgencia por conseguir quien cuidara su hijo.
-Señor, le aseguro que si me contrata haré lo posible por ser la mejor niñera de su hijo, soy bastante paciente.
-Mire, este es el salario-él le pasa una hoja con las condiciones laborales, por poco y ella pierde su quijada, aunque se controla, no debía mostrar su necesidad real.
-Muy bien señor Rochefort, usted me dirá ¿Cuándo empiezo? -convencida de que ya tenía el trabajo, trata de persuadir a Lucien.
-Un momento por favor, debe pasar la prueba más importante-cuando él le dijo eso, ella sintió como su esperanza se desmoronó, pues suponía que la prueba era la aceptación de su hijo, y ella jamás se había relacionado con niños.
-Phillippe, hijo, por favor, ven aquí-dos minutos después viene el pequeño por las escaleras, su rostro estaba pálido, pues no le gustaba salir al sol, sus ojos mostraban tristeza y su gélido rostro al igual que el de su padre, carecían de cualquier sentimiento.
-¿Otra niñera papi?, no quiero-el niño se cruza de brazos.
-Necesitamos quien te ayude a cuidar-el niño no le quita los ojos de encima a Elise , ella se intimida por un momento, pero su instinto maternal le ayuda a que encaje un poco mejor.
-Pequeño, me llamo Elise , mucho gusto-ella le extiende su mano, pero él esconde la suya.
-Si quieres, podemos jugar juntos, me gusta jugar, ¿a ti te gusta? -él niega con la cabeza, ella sabía que ya estaba perdiendo.
-Él no es de juegos, tenemos una rígida rutina de estudio y aprendizaje, el juego por lo general no es parte de esa rutina. -Lucien interviene enseguida.
-¿Cómo que no juega? Si es tan solo un niño-ella se tapa la boca, sabía que habia cometido un gran error.
-Papi, yo sí quiero jugar, dile a ella que me enseñe como hacerlo-esas palabras hicieron que el corazón de Elise se arrugara, no había que ser sabio para darse cuenta de que al niño le faltaba amor.
Lucien, al no tener más alternativas por el momento, simplemente accede.
-Está bien, está contratada, pero eso si su horario va de 9 de la mañana a 5 de la tarde, a esa hora llego yo a hacerme cargo de él, ah y no puede traer su bebe al trabajo, mire que puede hacer con él, si no tiene ninguna objeción, firmamos de inmediato.
-Perfecto señor Lucien, ahora sí ¿Cuándo empiezo?
-Hoy mismo.