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Una noche con el Ceo

Una noche con el Ceo

Autor: : Axel2931
Género: Romance
Hana es una secretaria dedicada que trabaja para Alexander, un CEO arrogante y carismático que dirige una exitosa empresa. A pesar de su actitud desafiante, Hana ha aprendido a manejar su temperamento y a mantenerse firme en su trabajo. Sin embargo, un día, las tensiones entre ellos alcanzan un punto crítico cuando Alexander le propone una oferta inesperada: pasar una noche juntos a cambio de una considerable suma de dinero que le permitiría salir de deudas y cumplir un sueño personal que había estado posponiendo. Confundida pero atraída por la posibilidad de mejorar su situación financiera, Hana se siente atrapada entre su ética profesional y el deseo de cambiar su vida. A medida que se acerca la fecha del encuentro, comienzan a surgir sentimientos inesperados. ¿Podrá Hana resistir la atracción que siente por su jefe, o terminarán descubriendo que lo que comenzó como un simple intercambio de intereses puede convertirse en algo más profundo y complicado?

Capítulo 1 Una noche

Hana bajó la mirada a su escritorio, con los dedos temblorosos mientras organizaba los documentos. Había estado trabajando como secretaria de Alexander Holt durante casi un año, y aunque la carga de trabajo era abrumadora, nunca había tenido problemas para manejarlo. Sin embargo, aquella tarde todo había cambiado.

Esa misma mañana, Alexander la había llamado a su oficina. Ella había entrado con su actitud profesional de siempre, esperando recibir instrucciones sobre el próximo proyecto. Pero él tenía algo diferente en mente.

-Siéntate, Hana -dijo él, en un tono casi imperativo.

Ella lo obedeció, algo nerviosa bajo la intensidad de su mirada. Alexander era un hombre imponente: alto, de mandíbula fuerte y siempre vestido impecablemente. La mayoría de las personas en la empresa lo describían como "frío y distante", y ella no podía estar más de acuerdo. Sin embargo, en esa ocasión, sus ojos parecían arder con una intensidad que la incomodaba.

-Sé que trabajas duro y que eres excelente en lo que haces -empezó él, sin preámbulos-. Pero hoy quiero proponerte algo... diferente.

Hana lo miró, confundida.

-¿Qué quiere decir, señor Holt?

Alexander entrecerró los ojos, y su expresión pasó de la simple arrogancia a algo más. Algo oscuro, casi posesivo.

-Quiero que pases una noche conmigo -dijo, con la voz suave pero autoritaria. Hana sintió que su estómago se retorcía de incredulidad y repulsión-. Y, por supuesto, estaré dispuesto a compensarte generosamente por ello.

El corazón de Hana latía con fuerza. Nunca había imaginado que su jefe, el respetado CEO, le haría una propuesta tan... humillante. Su mente intentaba encontrar las palabras adecuadas, algo que dejara claro lo inapropiado que era todo aquello.

-No soy ese tipo de persona, señor Holt -respondió con firmeza, controlando el temblor en su voz-. No necesito su dinero de esa forma.

La expresión de Alexander cambió, pero no como ella esperaba. Le sonrió, una sonrisa cínica, casi como si ya hubiera anticipado su respuesta.

-Esa es tu decisión, Hana. Pero mi oferta estará abierta... por si cambias de opinión.

Hana salió de la oficina con una mezcla de furia e incredulidad. ¿Cómo se atrevía Alexander a tratarla de esa manera? Era un hombre arrogante, eso lo sabía, pero no imaginaba que llegaría a hacerle una propuesta así. Durante días intentó evitarlo, mantener las interacciones al mínimo. Pero la imagen de su jefe, de su fría sonrisa y la intensidad en su mirada, la perseguía.

***

Un par de semanas después, el teléfono de Hana sonó en mitad de la noche. Cuando vio el número en la pantalla, su corazón se aceleró: era del hospital. Su madre, que había estado luchando contra una enfermedad crónica, había empeorado.

Los médicos le explicaron la situación: el tratamiento que necesitaba era costoso, mucho más de lo que ella podía permitirse. Con lágrimas en los ojos y desesperación en el pecho, pasó días buscando alternativas. Pero cada opción la llevaba a un callejón sin salida, y el tiempo de su madre se agotaba.

La desesperación la llevó a hacer lo impensable. Esa noche, Hana se paró frente a la puerta de la oficina de Alexander, con el rostro pálido y la mirada abatida. Tocó suavemente y escuchó su voz autoritaria permitiéndole pasar.

-¿Hana? -Alexander la miró con algo parecido a la sorpresa en sus ojos, aunque rápidamente fue reemplazado por una expresión calculadora.

-Acepto su oferta -dijo ella, apenas logrando mantener la compostura. La palabra le dolía en el alma, pero no tenía otra opción.

Alexander asintió, como si hubiera sabido desde el principio que ella volvería. La llevó a su penthouse aquella misma noche. El lujo y el refinamiento del lugar contrastaban brutalmente con la humillación que sentía. Intentó convencerse de que lo hacía por una buena razón: su madre necesitaba ese dinero, y esto era solo un sacrificio temporal.

Pero lo que sucedió entre ellos esa noche cambió algo en ambos.

A pesar de su frialdad habitual, Alexander la trató con una pasión que Hana no esperaba. Ella pensó que él vería la situación como una simple transacción, pero no fue así. Alexander parecía absorto, observándola con una mezcla de deseo y fascinación que iba mucho más allá de lo superficial. Cada mirada y cada toque era intenso, como si ella fuera algo que él no podía dejar escapar.

Al final de la noche, mientras Hana se vestía en silencio, él la observaba desde el umbral de la puerta. Su mirada, sin embargo, ya no tenía esa arrogancia que siempre la había hecho sentir incómoda. Había algo diferente, algo perturbadoramente... obsesivo.

-Esto no termina aquí, Hana -dijo él, con una suavidad que hizo que se estremeciera.

Ella no respondió. Tomó el dinero, se aferró a su dignidad y salió de allí, esperando no volver a enfrentarse a aquella situación. Pero, sin saberlo, aquella noche había marcado el inicio de algo que Alexander no estaba dispuesto a dejar ir.

La vida de Hana dio un giro inesperado después de aquella noche. Con el dinero de Alexander, pudo costear el tratamiento que su madre necesitaba con urgencia. Sin embargo, la sensación de alivio venía acompañada de una profunda inquietud. No solo por lo que había hecho, sino porque Alexander parecía no estar dispuesto a dejar que aquello quedara en el pasado.

En los días siguientes, Hana intentó comportarse como siempre en el trabajo, manteniendo una distancia profesional. Sin embargo, Alexander parecía decidido a desafiar cada uno de sus intentos de volver a la normalidad. Sus miradas eran cada vez más intensas, y aunque no decía nada explícito, estaba claro que él no había olvidado lo sucedido.

Una tarde, mientras revisaba algunos documentos en su escritorio, Alexander se acercó. Ella sintió su presencia antes de verlo; había algo en el aire que le indicaba cuando él estaba cerca.

-Hana, necesito que vengas a mi oficina -ordenó con una voz suave, pero con la autoridad que lo caracterizaba.

Sin tener opción, ella se levantó y lo siguió. Al cerrar la puerta tras ella, Alexander le hizo un gesto para que se sentara en la silla frente a su escritorio. Él permaneció de pie, observándola con una intensidad que hacía que el ambiente se volviera asfixiante.

-¿Te encuentras bien? -preguntó él, con una preocupación fingida que a Hana le pareció casi una burla.

-Sí, señor Holt -respondió, manteniendo su tono formal.

Él esbozó una sonrisa leve, la misma sonrisa arrogante que había aprendido a detestar.

-Hana, creo que no estás siendo honesta conmigo -dijo, y su tono pasó de ser aparentemente amable a uno más frío-. ¿Por qué sigues evitándome?

Ella lo miró a los ojos, con la intención de mantener su dignidad.

-Señor Holt, lo sucedido fue una decisión personal y temporal. No creo que deba influir en nuestro trabajo.

Alexander soltó una leve risa, y dio la vuelta a la mesa para acercarse a ella. Se inclinó, colocando sus manos en los brazos de la silla, encerrándola entre sus brazos.

-¿Crees que puedes simplemente seguir como si nada hubiera pasado? -susurró, y su mirada se oscureció-. No, Hana, no pienso dejar que me ignores. Esa noche fue solo el principio.

Hana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La intensidad en los ojos de Alexander la aterrorizaba y la confundía a partes iguales. No se trataba solo de deseo; él parecía obsesionado, como si ahora fuera incapaz de verla como alguien ajeno a su vida. Pero ella no iba a ceder. Ya había cedido una vez, y no tenía intención de repetirlo.

-Con el debido respeto, señor Holt -dijo con voz firme-, no tengo intención de que lo sucedido interfiera con mi trabajo. Estoy aquí solo para cumplir mis responsabilidades.

Alexander frunció el ceño, claramente irritado por su respuesta. Se enderezó y volvió a su lugar detrás del escritorio, pero su mirada nunca dejó de evaluarla, como si estuviera estudiando la mejor manera de quebrarla.

-Muy bien, Hana. Si eso es lo que quieres... lo respetaré -dijo, aunque su tono implicaba que no sería tan sencillo.

Hana se sintió aliviada cuando la reunión terminó. Sin embargo, su sensación de alivio fue breve. En los días siguientes, Alexander encontró formas sutiles de ejercer control sobre ella. La llamaba constantemente para que revisara documentos en su oficina, enviaba correos electrónicos pidiéndole informes a altas horas de la noche y la incluía en reuniones que antes no requerían su presencia.

El ambiente en la oficina se volvió sofocante. Alexander la seguía con la mirada, como si estuviera esperando el momento en que ella cediera a su presión. A veces, le lanzaba comentarios ambiguos en tono bajo, frases que solo ella podía oír y que hacían que la sangre le hirviera en las venas.

Una noche, después de una larga jornada de trabajo, Alexander se le acercó en el estacionamiento.

-Déjame llevarte a casa, Hana -dijo, con una voz suave que no admitía un no como respuesta.

Ella intentó declinar, pero él la observó con una mezcla de determinación y desafío. Hana entendió que estaba sola con él y que negarse no era una opción fácil. Así que, resignada, subió al auto y trató de mantener la calma durante el trayecto.

Alexander, en silencio, manejaba con una expresión tranquila, pero de vez en cuando le lanzaba miradas rápidas, como si estuviera midiendo cada uno de sus movimientos. El aire en el coche era tan denso que apenas podía respirar.

Al llegar a su apartamento, él detuvo el auto y se quedó observándola, sin intención de despedirse aún.

-¿Vas a seguir ignorándome? -preguntó en un susurro, sus ojos ardían con una intensidad que la hacía sentir atrapada.

-No estoy ignorándolo. Solo quiero seguir con mi vida y mi trabajo -respondió, tratando de mantener la calma.

-Pero ya no eres la misma, Hana. Y tampoco soy el mismo desde aquella noche -dijo él, sus palabras sonaban peligrosamente cerca de una confesión.

Antes de que ella pudiera responder, Alexander se inclinó hacia ella y, sin advertencia, la besó. Fue un beso intenso, dominado por la desesperación y la frustración. Hana intentó resistirse, pero una parte de ella sentía una atracción tan fuerte como su voluntad de alejarse. Finalmente, se separó y salió del auto, cerrando la puerta detrás de ella sin mirar atrás.

Sin embargo, esa noche, mientras se recostaba en su cama, las emociones se agolpaban en su mente. Sabía que lo correcto sería poner límites, mantener la distancia, incluso buscar otro empleo si era necesario. Pero algo en ella no podía negar la atracción prohibida que sentía por Alexander, una atracción que cada vez la empujaba más a la vorágine de su obsesión.

Para su desgracia, tampoco sabía hasta dónde llegaría él para mantenerla cerca.

Los días pasaron, pero la tensión en el ambiente de la oficina solo crecía. Hana hacía todo lo posible para evitar los encuentros a solas con Alexander, aunque él parecía siempre encontrar la manera de arrinconarla en algún rincón, en alguna reunión "necesaria" o en algún almuerzo "imprevisto" que organizaba sin consultar. Su obsesión era cada vez más evidente y peligrosa, y Hana sentía que estaba perdiendo el control sobre su propia vida.

Una tarde, mientras se concentraba en revisar unos informes, recibió un correo electrónico. Al ver el remitente, su estómago se tensó; era de Alexander. Con un suspiro, abrió el mensaje, solo para descubrir una invitación. Una invitación para asistir a una cena de gala en representación de la empresa.

Hana pensó en negarse. Sabía que esa cena implicaría horas en compañía de Alexander, pero dudaba que tuviera una opción real para rechazarlo. Decidió aceptar la invitación, esperanzada de que la velada fuera lo más breve y profesional posible.

Esa noche, al llegar a la lujosa gala, Hana intentó mantenerse al margen, socializando lo justo y necesario con los otros invitados. Sin embargo, Alexander no tardó en localizarla en la multitud. Se acercó a ella, vestido impecablemente en un esmoquin negro que le hacía lucir más intimidante de lo habitual. Le ofreció su brazo y, a pesar de la tensión que sentía, Hana lo tomó. Sabía que, al menos por esa noche, debía cumplir con su papel.

Durante la cena, Alexander mantenía una mano en su espalda, un toque que, aunque superficial, se sentía como una cadena. La velada transcurrió con normalidad hasta que, después de varias horas, él le susurró al oído:

-Acompáñame afuera, Hana. Necesito hablar contigo.

Intentó negarse, pero él ya había tomado su mano, guiándola hacia la salida. Una vez en el balcón, Alexander la soltó y se apoyó en la barandilla, observándola con esa intensidad que la hacía sentir atrapada.

-No puedo dejar de pensar en ti, Hana -confesó finalmente, su tono calmado pero firme.

Hana sintió que su corazón se aceleraba, pero trató de mantenerse firme.

-Alexander, lo que sucedió aquella noche fue... un error. Yo lo hice por necesidad. Eso no significa que yo... -vaciló, intentando no mostrarse débil.

Él no le dio tiempo a terminar. Se acercó y tomó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo a los ojos.

-¿De verdad crees que puedes alejarte de mí después de todo lo que pasó? -susurró, sus ojos reflejando una mezcla de deseo y una posesión peligrosa.

-Alexander... esto no es sano. Usted tiene que dejarme en paz. Yo... -Hana intentó zafarse, pero él la sujetó con más fuerza, sin dejarla escapar.

-No quiero que me llames "señor Holt" ni que me mantengas a la distancia -dijo con voz baja y contenida-. Lo que pasó entre nosotros no fue solo una transacción para mí. No estoy dispuesto a perderte.

Sus palabras hicieron que Hana sintiera una mezcla de temor y confusión. Sabía que Alexander estaba siendo sincero, pero también que su obsesión lo volvía un hombre que no aceptaría un no por respuesta.

-Esto no puede continuar así, Alexander -dijo ella, con más convicción de la que realmente sentía-. Ambos necesitamos espacio.

Alexander soltó su rostro con una mueca de frustración. Se pasó una mano por el cabello, y por un momento pareció estar conteniendo una tormenta interna.

-No tienes idea de cómo me haces sentir, Hana. Nadie ha logrado desafiarme como tú. -La intensidad en su voz le dio escalofríos. En vez de distanciarse, Alexander parecía más decidido que nunca.

Ella trató de marcharse, pero él se interpuso en su camino.

-No tan rápido. -La miró de arriba abajo, y su mirada, aunque suave en apariencia, llevaba un mensaje oculto-. Acepta que también sientes algo por mí. Lo vi aquella noche, Hana. No puedes seguir negándolo.

-No es tan simple, Alexander -respondió ella, con voz temblorosa-. Lo que tú sientes no me da derecho a vivir bajo tu control.

Alexander suspiró y la dejó pasar finalmente, aunque no sin antes susurrarle:

-Crees que puedes ignorarlo, Hana, pero me aseguré de que necesitaras mi ayuda una vez. Y puedo hacerlo de nuevo.

Capítulo 2 Vendida

Hana se apartó de él con el corazón acelerado, y se dirigió rápidamente a la salida de la gala. La intensidad de Alexander la asfixiaba y la hacía cuestionarse cómo alguien tan frío y calculador podía albergar una pasión tan desmedida. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ella? ¿Y qué estaba dispuesta a sacrificar para mantener su independencia?

Esa noche, en su apartamento, se prometió a sí misma que debía encontrar una manera de salir de esa situación, de recuperar su vida y poner distancia entre ella y Alexander. Sabía que si no lo hacía, terminaría atrapada en una relación que la consumiría lentamente.

Pero Alexander no era alguien que dejara escapar lo que deseaba fácilmente, y Hana intuía que, de alguna manera, él encontraría la forma de arrastrarla de vuelta a su vida.

Los días siguientes fueron una prueba de resistencia para Hana. Cada vez que cruzaba la puerta de la oficina, sentía los ojos de Alexander sobre ella, siguiéndola en silencio, acechándola como un cazador a su presa. Él no le dirigía palabra alguna, pero estaba allí, presente en cada uno de sus pensamientos, en cada rincón de la oficina. A pesar de su decisión de mantener distancia, Hana empezaba a sentir que escaparse de él sería mucho más difícil de lo que había imaginado.

Una tarde, cuando terminaba de organizar algunos archivos, Hana recibió un mensaje de Alexander pidiéndole que subiera a su oficina. Se armó de valor, repitiéndose que podía controlarse, que no dejaría que él la intimidara ni la doblegara.

Cuando entró, él estaba en su escritorio, inmerso en papeles y con la expresión concentrada que lo caracterizaba. Sin embargo, en cuanto la vio, sus ojos brillaron con esa intensidad peligrosa.

-Gracias por venir, Hana. Siéntate -le indicó, señalando la silla frente a su escritorio.

Ella se sentó con la espalda recta, buscando proyectar una imagen de seguridad, aunque sentía que su corazón latía a toda prisa.

-Tengo que discutir algunos proyectos que quiero que manejes directamente -dijo él, con voz calmada, entregándole una carpeta.

Mientras ella revisaba los documentos, notó que había algunas secciones marcadas específicamente con notas a mano de Alexander. Eran proyectos importantes, contratos significativos y de alto perfil. Hana intentó concentrarse en los detalles, pero cada vez que levantaba la vista, encontraba la mirada fija de Alexander sobre ella, observándola con una mezcla de admiración y posesión que la hacía sentirse vulnerable.

-Esto parece... mucha responsabilidad para mí sola -murmuró, tratando de mantenerse neutral.

Alexander sonrió ligeramente, un gesto que bordeaba lo intimidante.

-Confío en ti, Hana. Más de lo que confío en cualquiera de esta empresa -respondió él, y su tono de voz le provocó un escalofrío.

Ella asintió, intentando esconder su incomodidad. La reunión se alargó más de lo necesario. Cada vez que ella intentaba ponerse de pie para marcharse, él encontraba algún otro aspecto del proyecto que "debían revisar juntos". Finalmente, cuando no quedaba nada por revisar, se acercó a ella y le colocó una mano en el hombro, impidiendo que se levantara.

-No tienes que seguir fingiendo que no sientes nada por mí, Hana -murmuró él, inclinándose hacia ella. Su voz era suave, pero sus palabras estaban cargadas de una intensidad que la hacía estremecer.

-Alexander, esto es inapropiado. Estoy aquí para trabajar, no para... -Hana se detuvo, notando el deseo ardiente en sus ojos.

-¿Para qué, Hana? -la interrumpió él, acercándose aún más, con una mano apoyada en el respaldo de la silla, rodeándola-. Dime que no sientes nada. Dime que aquella noche no significó nada para ti, y dejaré de insistir.

Hana respiró profundamente, intentando apartarse de la atmósfera sofocante que él creaba. Quería decirle que no sentía nada, que había sido solo una noche de necesidad, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Había algo en él que la atraía, algo que la desestabilizaba y le hacía cuestionarse a sí misma.

-No puedo seguir haciendo esto, Alexander. Esto es tóxico, y lo sabes. -Se levantó rápidamente, sin mirarlo, e intentó dirigirse a la puerta.

Antes de que pudiera abrirla, él se colocó frente a ella, bloqueándole el paso. La frustración y el deseo reflejados en su rostro eran innegables.

-¿Tóxico? -repitió, con una sonrisa amarga-. Lo único tóxico aquí es que te niegues a aceptar lo que hay entre nosotros. Y te lo demostraré.

Él tomó su rostro con firmeza y la besó, un beso cargado de pasión y desafío, intentando quebrar sus barreras. Hana luchó para resistirse, pero su cuerpo la traicionó. Era como si aquella tensión contenida durante semanas explotara, como si cada segundo cerca de Alexander hubiese estado alimentando una chispa que ahora se transformaba en un incendio incontrolable.

Finalmente, se apartó de él, con el rostro enrojecido y la respiración entrecortada.

-No puedo hacer esto, Alexander. No puedo... no quiero ser controlada por ti -dijo ella, tratando de recuperar la compostura. No podía seguir cayendo en ese juego peligroso. Él era su jefe, y cada paso que daba hacia él sentía que se acercaba más al borde de un precipicio.

-No es control, Hana. Es... necesidad. Eres la única persona en mi vida que no puedo dejar de desear. -Su tono era suave, pero cada palabra retumbaba con intensidad-. Sé que también me deseas.

Ella negó con la cabeza, confundida y agobiada.

-No puedo, Alexander. Esto tiene que parar aquí, antes de que perdamos todo el control.

-¿Control? -repitió él, con una mirada de burla en su rostro-. No tienes idea de lo que haces en mí. No voy a dejar que te alejes.

Hana retrocedió unos pasos y, sin más opción, se giró y salió de su oficina. Sabía que él la seguiría buscando, pero no podía permitir que su vida y sus emociones giraran en torno a él. Esa noche, pensó en renunciar, en buscar un nuevo empleo y empezar de cero. Sin embargo, la idea de dejarlo así, de simplemente desaparecer de su vida, se sentía incompleta, como si una parte de ella no estuviera lista para rendirse.

Al día siguiente, recibió un mensaje de Alexander en su teléfono personal. Era directo y claro, y aunque ella sabía que era una mala idea, algo en su interior la empujaba a responder.

**Alexander:** "Nos vemos esta noche. Te mandaré la dirección. Hablaremos sin interrupciones."

Con el corazón en la garganta, Hana decidió responder.

**Hana:** "Esta será la última vez, Alexander. Después de esto, ambos debemos seguir adelante."

Lo que ella no sabía era que para él, esta sería la noche definitiva, la noche en la que decidiría que nunca la dejaría escapar.

Cuando Hana llegó al lugar indicado por Alexander, un elegante restaurante privado en el centro de la ciudad, sintió el peso de su propia decisión. Había accedido a verlo una vez más, con la esperanza de poner fin a aquella relación tortuosa y lograr el cierre que necesitaba para seguir adelante. Se repetía a sí misma que esta era la última vez, que esta reunión cerraría la puerta definitivamente.

Al llegar, un anfitrión la condujo a una mesa privada en una terraza iluminada tenuemente, donde Alexander la esperaba. Vestido con su impecable traje negro, la miraba con una mezcla de intensidad y deseo. Sin decir palabra, se levantó y le ofreció la mano para ayudarla a sentarse.

-Gracias por venir, Hana -dijo con voz tranquila pero cargada de una emoción contenida.

Hana asintió, sin saber bien cómo iniciar la conversación. Durante unos minutos, se quedaron en silencio mientras el camarero les servía una botella de vino. Ella apenas probó el suyo, con el estómago revuelto por los nervios.

-Alexander, sabes que esto tiene que terminar -dijo finalmente, rompiendo el silencio-. Esta... conexión que sientes, esta obsesión... no puede continuar. Me está afectando y a ti también.

Alexander la miró fijamente, como si intentara memorizar cada línea de su rostro, y luego suspiró.

-He intentado sacarte de mi cabeza, Hana. He intentado controlarme, mantenerme alejado, pero no puedo. Desde aquella noche... -Él hizo una pausa y la miró con la misma intensidad que siempre la desconcertaba-. Eres lo único en lo que pienso.

Ella bajó la mirada, tratando de no dejarse llevar por sus palabras. Sabía que ceder a sus sentimientos solo la ataría más a él, y eso era precisamente lo que quería evitar.

-Alexander, ambos sabemos que esto no está bien. No es justo ni para ti ni para mí. -Intentó mantener su tono firme-. Necesito mi independencia, mi vida propia, sin que me persigas en cada paso. No puedo trabajar sabiendo que me tienes vigilada constantemente, que tienes poder sobre mí.

Él se inclinó hacia ella, dejando la copa de vino a un lado, y la observó como si quisiera desentrañar cada uno de sus pensamientos.

-¿Independencia? ¿Eso es lo que necesitas? -preguntó, sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y vulnerabilidad-. Hana, si me das una oportunidad, haré cualquier cosa para que veas que esto puede funcionar. Lo que siento por ti es real, y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerte a mi lado.

-¿A cualquier cosa? -preguntó ella, sorprendida. La voz de Alexander sonaba sincera, pero en lo profundo, Hana temía lo que sus palabras realmente significaban.

Él asintió, y su expresión cambió a una mezcla de desesperación y promesa.

-Puedo ceder el control que te incomoda. Seré el hombre que necesitas, si eso es lo que quieres. Pero no puedo dejar que te alejes. No puedo.

Hana sintió un nudo en la garganta. Aquella confesión lo hacía parecer vulnerable, algo completamente opuesto a la imagen implacable que siempre había proyectado. Pero, aun así, algo en ella dudaba. ¿Podría él realmente cambiar? ¿O seguiría ejerciendo poder sobre ella, intentando moldear su vida según sus propios deseos?

-No puedes controlarlo todo, Alexander. Las relaciones no funcionan bajo el dominio de una sola persona. Y... -Hana respiró hondo, buscando las palabras adecuadas-. Tampoco puedo prometerte nada, porque no estoy segura de mis propios sentimientos.

Alexander frunció el ceño, y en su mirada apareció un atisbo de tristeza.

-Dame tiempo, Hana. Dame tiempo para demostrarte que puedo ser mejor, que esto no tiene que ser una guerra entre nosotros. Sé que he sido dominante, pero puedo aprender a cambiar, por ti.

Su sinceridad, inesperada y desarmante, la hizo sentir un destello de esperanza, aunque sabía que poner su confianza en Alexander era un riesgo enorme. Antes de responder, el camarero apareció con la cena, rompiendo el hechizo del momento. Comieron en silencio, ambos sumidos en sus pensamientos, en sus propias luchas internas.

Cuando terminaron de cenar, Alexander se acercó a ella, tomando su mano entre las suyas. Su tacto era cálido, protector.

-No quiero presionarte más, Hana. Haré lo que me pidas, pero, por favor, no me alejes completamente de tu vida. Permíteme demostrarte que puedo amarte de una manera que no te ahogue.

Hana lo miró, sus ojos reflejaban una mezcla de emociones que le resultaba difícil descifrar. Sabía que él la amaba, aunque ese amor estaba teñido de control y posesión. Si de verdad podía cambiar, tal vez, solo tal vez, podrían intentarlo. Pero, ¿cómo saber si su promesa era sincera?

Finalmente, asintió, dejando salir el aire que había estado conteniendo.

-Te daré una oportunidad, Alexander -dijo en un susurro-. Pero necesito espacio. Necesito que respetes mi vida fuera de la oficina, que me des tiempo para ver si de verdad esto puede funcionar.

Él asintió lentamente, como si sus palabras fueran a la vez un triunfo y una derrota. Se acercó a ella, rodeándola con sus brazos, y Hana se permitió quedarse ahí, dejándose envolver por su abrazo. Por un instante, se sintió protegida, como si él realmente pudiera convertirse en alguien que no la asfixiara.

-No te defraudaré, Hana. No esta vez -susurró Alexander, y en su voz había una promesa y una decisión firme.

Esa noche, cuando ella regresó a su apartamento, se dio cuenta de que había puesto su confianza en él una vez más. Sabía que el riesgo era enorme, que podía salir lastimada, pero también que tal vez valía la pena intentarlo. Sin embargo, aún quedaba una duda en su mente: ¿sería él capaz de cambiar verdaderamente, o solo había ganado otra batalla temporal en su obsesión por controlarla?

Lo descubriría en el tiempo que tenían por delante, aunque algo en su interior le decía que Alexander no se rendiría tan fácilmente si las cosas no resultaban como él deseaba.

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos. Alexander cumplió su promesa de darle espacio a Hana. Aunque ambos se cruzaban en la oficina, él mantuvo las distancias, limitándose a interactuar con ella solo por motivos laborales. Pero incluso en su silencio, Hana podía sentir su presencia, una constante en su vida que era tan familiar como inquietante.

Por primera vez en semanas, Hana comenzó a relajarse. Su vida recobraba cierto equilibrio, y cada día que pasaba sin que Alexander interfiriera en su vida personal era un paso más hacia una relación más sana. Aunque, en el fondo, sabía que esa calma podría ser solo temporal.

Una tarde, Alexander la llamó a su oficina. Hana sintió su estómago revolverse, pero decidió afrontar la reunión con firmeza. Quería ver si el cambio en él era real o si simplemente estaba esperando el momento adecuado para volver a presionarla.

Al llegar, Alexander la invitó a sentarse. Parecía más relajado de lo habitual, pero su expresión seguía siendo intensa.

-Gracias por venir, Hana. No te preocupes, esta reunión es puramente de trabajo -dijo, intentando mostrar una sonrisa amigable.

Ella asintió, relajándose un poco.

-De acuerdo. ¿Qué es lo que necesitas?

Alexander le entregó una carpeta con un proyecto nuevo. Era una gran oportunidad para ella, algo que le permitiría demostrar su habilidad y autonomía.

-Quiero que seas la encargada de esta expansión. Es un proyecto importante para la empresa, y confío en que puedes llevarlo a cabo sin problemas -dijo, mirándola directamente a los ojos-. Sé que necesitas espacio, y este proyecto te dará precisamente eso. Además, es una oportunidad para que demuestres todo lo que eres capaz de hacer.

Hana parpadeó, sorprendida. No esperaba esta muestra de confianza en un proyecto tan relevante. Revisó los documentos con interés; si todo salía bien, esto la posicionaría en un lugar muy alto dentro de la empresa.

-Gracias, Alexander. Realmente aprecio la confianza -respondió, tratando de no mostrar demasiada emoción, aunque sentía que él estaba dándole una especie de libertad que nunca antes había tenido en el trabajo.

-Hana, quiero que sepas que estoy dispuesto a hacer lo necesario para que este proyecto sea un éxito y para demostrarte que puedo cambiar. Mi intención no es interferir en tu vida; solo quiero apoyarte en todo lo que necesites. -Su tono era suave, casi vulnerable-. Te prometo que esta oportunidad es tuya y que no la condiciono a nada personal.

Hana asintió, agradecida, aunque una parte de ella seguía siendo cautelosa. Le era difícil olvidar el pasado, pero quería creer que él realmente estaba intentando cambiar. Al salir de la oficina, se sintió extrañamente esperanzada. Este proyecto no solo representaba un desafío profesional, sino también la oportunidad de redefinir su relación con Alexander en un plano más formal.

Sin embargo, esa noche recibió un mensaje de él. Aunque era simple y breve, su contenido le aceleró el corazón:

**Alexander:** "Sé que pediste espacio, pero quiero invitarte a una cena de celebración por el nuevo proyecto. Será solo eso, te lo prometo."

Hana dudó. Quería mantener los límites claros, pero también sabía que Alexander la había ayudado en esta nueva etapa. Con un suspiro, decidió aceptar.

**Hana:** "Solo una cena, Alexander. Y sin promesas de más."

**Alexander:** "Por supuesto. Te recogeré a las ocho."

La noche de la cena, Alexander llegó puntualmente a su puerta. Vestía un elegante traje oscuro, y le sonrió con un gesto genuino cuando ella salió de su apartamento. Fueron a un restaurante discreto, lejos de los lugares que solían frecuentar juntos. Hana apreciaba la elección, como si Alexander estuviera realmente esforzándose por respetar sus límites.

Capítulo 3 Te quiero para mi

-Estefan, tanto tiempo sin verte. -Catherine lo saludo con una gran sonrisa y unos ojos coquetos.

Verlo después de mucho tiempo fue muy grato, tenía que admitir que el azabache se veía muy bien, mucho mejor que la última vez que se vieron, bueno de eso ya habían pasado más de quince años, Estefan era un adolescente al igual que ella, pero algo había cambiado, sus ojos no eran los mismos, eran más fríos y distantes.

Estefan asintió secamente mirando su Louis Moinet, eran su hora de comida, lo tomaría como tal mientras Catherine le decía que era lo que quería, tenía tiempo necesario para terminar con esto lo más pronto posible y llegar a la reunión con Dereck.

-Inna no me dijo lo guapo que te habías puesto -Catherine dijo tímida poniendo su cabello detrás de su oreja, mientras seguía observando a Santoro.

Ella estaba pensado en lo tonta que había sido al terminar con él, aunque había sido a causa de seguir con su carrera de modelaje.

Tuvo que salir de su zona de confort y mudarse a la ciudad antes de que él lo hiciera también, recordó cómo le había roto el corazón, aunque era más que una amistad que un verdadero amor, ahora no lo reconocía, estaba totalmente diferente, era como si no fuera él exactamente y le dio curiosidad preguntar que había pasado con él. -Tal vez es el porqué no la he visto en 15 años. -Estefan dijo irónico e indiferente y tomó la carta leyendo el menú.

Parecía ser un poco más interesante que la plática de Catherine, Estefan la recordaba bien, era esa chica que su mamá le gustaba para su novia, sí, él solo le daba gusto a Inna, haciéndole creer que la quería, cuando en realidad él jamás había podido querer a nadie.

A esa edad era un hijo complaciente, no le quedaba de otra, así que solo había sido un buen pasatiempo. Catherine siempre había sido el tipo de chica que se pensaba, la más bonita, la inalcanzable y con sueños exorbitantes que nunca pensó que realizaría, para la sorpresa de Estefan había logrado lo que quería y tenía que reconocerlo, era alguien que mucha gente conocía en los círculos sociales. Después de tanto tiempo se vinieron a encontrar, había escuchado de su trabajo, pero él no tenía el suficiente interés para buscarla, era como cualquier otra persona. El azabache ordenó casi enseguida, era su restaurante favorito, así que ya sabia que pedir, tenía el tiempo limitado, al menos comería en esta pérdida de tiempo. Estefan siguió esperando que le dijera cuál había sido la razón de que pidiera una cita con él, creía que el pasado se había quedado allá y que el hecho de que ni siquiera la hubiera buscado estando en la misma ciudad daban entender que no quería ninguna relación, de ningún tipo con ella. Tal vez esa había sido la razón de por qué había aceptado verla ahora y dejarle las cosas más claras. -Mejor dime que hago aquí -Estefan continuó, tomando de él Grape Wine Dry. Era un buen vino para acompañar su comida, era uno de sus favoritos, así que se lo tomo con mucho gusto, al menos disfrutaría de eso. Su acompañante se acomodó mejor en su asiento y lo miro cautelosa.

Estaba nerviosa, ya que había escuchado de Estefan Santoro, el prestigioso y multimillonario Ceo de la empresa más exitosa en Chicago. La elegancia era lo que más desprendía de su, pero esa aura misteriosa le ganaba a todo lo demás, pensó que lo que decía de él era solo mitos, ahora que lo podía observar de cerca tenía que admitir que cuando escucho decir que era un hombre intimidante y que incluso causaba escalofríos con una sola mirada decían la verdad.

En ese momento no sabía cómo iniciar la conversación, se miraba las manos y se acomoda en su lugar, lo cual era un poco extraño en ella, ya que Catherine siempre fue una mujer segura de sí misma, imponente y llamativa ante los hombres, lamentablemente con Estefan no podía ser así y eso poco a poco la frustró un poco. Así que era tiempo de poner las cartas sobre la mesa y ver que pasaba al respecto. -Tu madre cree que es momento de... bueno, ya sabes -Estefan frunció el ceño, expectante ¿Su madre? ¿A caso ella había habla con Inna?

Eso era algo bueno, todo este tiempo trato de mantener su pasado donde estaba, no quería saber de nadie y menos de su madre, ahora venía ella y se lo recordaba como si fuera cualquier cosa. El azabache soltó el cubierto de su mano y limpio su boca con algo de brusquedad, eso si había arruinado por completo su comida, entonces la miro de mala gana, Catherine se dio cuenta de su semblante, seguía mirando sus manos.

-Como decirlo... de que formes una familia y que mejor para eso que alguien que ya conoces. Sabe lo que ambos teníamos antes...

Estefan no cambio su semblante, seguía molesto, sin embargo, no sé preocuparía por esconder lo que realmente sentía, no como él hubiera querido demostrar, en otras circunstancias, Catherine ya estaría sobre el respaldo de su sillón mientras la azotaba con el cinturón, sabía que no podía perder el control y menos delante de la gente.

Aguanto cada uno de sus impulsos, y apretó su mandíbula cuando recordó a su madre, esa que lo ignoro por años cuando apenas era un niño, ahora mandaba a alguien para querer darle órdenes. No sabía si reír de rabia. ¿Quién se creía? El azabache suspiro pesado tratando de tranquilizar su enojo e inspeccionó mejor a Catherine, debía distraerse, y ella era lo que tenía al alcance. Era bonita y tenía buen cuerpo, era modelo, tenía que tenerlo, por su forma de actuar y de acercarse sabía que ella estaba interesada en él, nada nuevo, a todas las mujeres les atraía el aura de chico malo que desprendía.

Solo había un problema, él no estaba interesado en ella, ni siquiera para tener sexo, no lo haría, ya que pondría al descubierto su secreto, y el sexo casual ni siquiera se le apetecía, era algo en lo que no se arriesgaría y bueno ¿formar una familia? El mismo se dio risa, y pesar en esa posibilidad era casi un chiste, casarse no estaba en sus planes, ni ahora ni nunca, él moriría soltero y completamente solo, eso lo daba por hecho. No había nadie que valiera la pena para él, solo existía su propio placer y nada más. Nada podía llenarlo completamente como lo hacía ese acto tan extraño, nada había funcionado para él y si estaba bien con eso seguiría hasta que no pudiera más. Lo realmente preocupante era que su madre hubiera mandado a Catherine para seducirlo. No cabía duda que esa señora no lo conocía en lo absoluto, jamás lo hizo, jamás le importo su bienestar, ni aun siendo niño y ahora se preocupaba por su descendencia, para él, era no tener vergüenza. Solo acepto verse con Catherine como un favor personal, no podía venir a ordenarle cosas cuando él era cien por ciento independiente y si Estefan decía que no así debía ser. Lo sentía por la chica, ya que sería cruelmente despreciada. Santoro comenzó a comer tranquilamente otra vez, mientras escuchaba lo que tenía que decir, pensó que era mejor tomar las cosas con calma y dejar que la chica hablara tanta sandez. Catherine le contó sobre su madre y como había realizado una misa la semana pasada por el aniversario de la muerte del señor Santoro y como Inna había esperó su presencia. El azabache río con amargura, ella sí que quería arruinarle no solo la comida sino el día entero.

Estefan negó completamente, no sabía hasta qué grado podía llegar su desfachatez, jamás volvería a Clovelly y menos a visitar la tumba del hombre que lo crio e hizo su vida, un infierno infinito del que le costó mucho salir y que aun después de haberlo hecho seguía sintiendo que seguía en ese mismo lugar oscuro y depravado.

Que estuviera muerto era lo mejor que le había pasado en la vida y recordarlo era lo que menos le gustaba. Era un bocado amargo que solo le daba mucho más rencor. Catherine había podido hacer lo que no cualquier podía, y era hacerlo, recordar y sentir lo que él muchas veces luchaba por olvidar, definitivamente el haber ido a ese sitio fue un error y se arrepentía de ello.

-Siento mucho que mi madre te haya hecho venir hasta aquí para perder el tiempo, lo cierto es que no me interesa comenzar una relación ahora ni nunca. -dijo Estefan terminado su copa de vino mientras la miraba directo a los ojos y totalmente seguro de sus palabras. La azabache bajo la mirada, triste. O al menos trataba de que el azabache sintiera pena por ella, no creía que su corazón fuera de piedra, Catherine no conocía qué grado de dureza tenía el corazón de Estefan. Como lo había dicho Santoro, ella perdió su tiempo completamente porque nada haría que él sintiera algo, ni siquiera lástima por alguien.

-¿Sales con alguien más? -Catherine musito con tristeza. Estefan entonó los ojos, ¿No había sido claro? Parecía que no se iba a dar por vencida. Esto sería más molesto de lo previsto.

-Dicen que eres recatado y que jamás te han conocido una relación, pero no puedo pensar que todo este tiempo te hayas mantenido soltero, dime ¿tienes una relación secreta y es por eso que me rechazas? Porque es la única explicación lógica que le encontraría a tu rechazo.

La azabache no suponía que pudiera despreciarla de esa forma, ella era Catherine Wood, a caso no la había visto ya, era hermosa y que decir encantadora y tierna, él debía estar sobre sus pies. Estefan sonrió sin creer que ella fuera tan frívola. No tenía tiempo ni ánimo para explicaciones, así que solo le dijo lo que quería escuchar. Era mejor ahorrará tiempo que seguir con este juego que se estaba poniendo más insoportable y tedioso. -Me has descubierto, en efecto tengo a alguien y es por eso que no puedo aceptar tu proposición. Dile a Inna que mis parejas las escojo yo -Estefan lo dijo hasta un poco gracioso y sin titubear.

Ya se había cansado de esta charla, así que se paró de su silla, acomodando su traje fino, sacó efectivo de su cartera y lo puso sobre la mesa mientras observo serio a Catherine.

-Yo Invito no te preocupes. -Terminó de decir y salió del restaurante sin dejar que Catherine dijera algo más.

Esta se quedó casi con las palabras en la boca, era una locura porque él había ordenado todo y ella solo había tomado una copa de vino y se atrevía a humillarla de esta forma.

Esto era caso inaudito, se sentía tan lastimada, sobre todo el ego que se cargaba estaba más que molesta. Así que mientras veía la salida por donde había salido Estefan apretó sus puños y mordió su labio, esto no se quedaría así, nadie despreciaba a Catherine Wood y eso lo podía jurar, ya le enseñaría a Estefan lo que había dejado ir y haría lo qué fuera necesario para que Santoro se arrepintiera de lo que había hecho. De regreso en su oficina y con el humor exaltado por el recuerdo de su padre, trató de olvidarse del mal rato que le había hecho pasar Catherine. Tomó asiento en su silla y respiró profundamente cerrando los ojos.

Necesitaba tranquilizarse y meditar, eso jamás le ayudaba, pero necesitaba al menos intentarlo antes de que esa maldita voz, esos malditos gritos, los lamentos de su madre y luego golpes inundaran su cabeza por completo y no pudiera pararlo. Se tocó el pecho al sentirse sin aire, recordando su infancia, su maldita infancia. En ese instante supo que no había retorno y maldijo.

"GUARDA SILENCIÓ"... "ESCUCHO UN SOLO SOLLOZO Y LO LAMENTARAS"... "TE DIJE QUE TE CALLARAS NIÑO IDIOTA... VEN AQUÍ AHORA PODRÁS GRITAR CON PROVECHO" El azabache cerro con más fuerzas sus ojos hasta el punto de doler, pero le dolía más los recuerdos que poco a poco lo estaban dejando más sin aire. -¿Estefan? -De pronto lo llamó Stone, mirándolo expectante. Santoro abrió los ojos de golpe y se inclinó sobre su asiento. Se encontraba con la mente perdida, ni siquiera se había dado cuenta de que Dereck estaba a su oficina-. ¿Pasa algo?. -Su amigo le preguntó al verlo un tanto extraño. Santoro regresó a la realidad cuando sintió el toque en su brazo, parpadeo varias veces hasta recordar en donde estaba y con quien, hace mucho que no le pasaban esos episodios de supresión mental. No cabía duda que recordar a su progenitor no le hacía nada bien. Había creído todo este tiempo, lo tenía resultó, sabía que no al cien por ciento, pero al menos controlado, la desesperación invadió su cuerpo porque eso significaba que tanta terapia y psicólogo no había servido de nada. Aun así, no lo dio a demostrar, tenía que guardar las apariencias delante de Stone, nadie debía saber lo que realmente guardaba en su interior. -Perdón Dereck... ¿Pasa algo? -Estefan pregunto. Trato de aparentar normalidad, aunque para su amigo eso no estaba muy claro. Seguía mirándolo de forma extraña. Aun así, no dijo nada. Él era conocido por mantenerse siempre frío e indiferente con cualquiera y en cualquier situación, casi como su fuera inhumano, pero esta vez era todo lo contrario, Stone podía jurar que notó en sus ojos una chispa de miedo, miedo verdadero y eso si lo descoloco totalmente. Desvió su mente de esa idea no debía ser nada y tal vez solo estaba malinterpretando toso, así que lo dejo pasar. Mejor se concentraría en lo que había ido a hacer. Levantó los documento que llevaba en la mano. No preguntaría nada, Está siempre había sido demasiado reservado con su vida e incluso siendo amigos no conocía nada de él. -Claro, toma asiento. -Estefan dijo con tranquilidad y señalo la silla frente a su escritorio, se acomodó mejor en su lugar y disipó sus recuerdos, hace mucho que lo había logrado, ahora no entendía por qué volvían a surgir, pero después se encargarían de eso. Como sea se dispuso a trabajar, era lo que realmente podía ocupar su mente y distraerlo. Dereck Stone formaba parte del comité directivo, era su abogado y ya tenían muchos años de conocerse hasta formar lo que hoy era su amistad, al contrario de él, Dereck era más alegre y risueño, aun así, nadie conocía su verdadero yo y no deseaba que nadie lo hiciera, aún fueran muy cercanos. -Todo está en orden, los desarrolladores tendrán el prototipo en una semana, tendremos tiempo de corregir cualquier error para el día de su lanzamiento. -Dereck le informo y él asintió mirando los documentos que le acaba de entregar con el reporte de la nueva App. Este era el proyecto de su vida, así que estaba poniendo suma atención a cada detalle. -Glenn se encargará de encontrar a la modelo para la campaña de marketing -exclamo el azabache, sin levantar la mirada, su asistente siempre era de una gran ayuda. -Confías demasiado en ese asistente tuyo. ¿No? -Dereck alzo una ceja sugerente, sabía a lo que se refería y Santoro negó rotundamente. -No es lo que imaginas, Glenn es un buen elemento, solo eso -Estefan dijo esta vez levantado la mirada para verlo serio, diciendo la verdad, su asistente era demasiado competente y jamás lo había decepcionado, pero esa tarde sabría qué había hablado demasiado rápido o por primera vez. -Perdón Señor. -Glenn irrumpió en la oficina, se notaba preocupado mientras miraba a ambos aludidos con cierta preocupación. Estefan había visto solo una vez esa mirada en Glenn y fue cuando no pudo conseguir su Kirguiz blanco para el evento de gala en Milán. Así que pudo prever la molesta situación. -¿Nos disculpas? -Santoro miro a Stone y este asintió dándole una palma dita en la espalda. Si lo había entendido, él seguía pensando que su amigo veía en su asistente más que solo un empleado, el chico conocía más a Estefan que el mismo, y tenía que admitir que a pesar de ser amigos él no lo había llegado a conocer a ese punto. -Nos vemos Glenn -Dereck se despidió y este asintió con una reverencia. Era momento de marcharse. -¿Qué ha pasado? -su jefe preguntó atento a su respuesta. Glenn boqueó tratando de creer en cómo se lo diría, había estado todo el camino con ese mismo pensamiento y hasta ese momento seguía con la misma incógnita, aunque supuso que lo mejor era ser directo sin tanto rodeó. -Lo siento tanto, señor... -Primero se disculpó. -No quiero oír excusas, solo dime que paso -Estefan exclamó reteniendo su molestia. Sabía lo mucho que le molestaba que se escuadra ante las disculpas. -La prepago... la chica no pude localizarla -dijo apenado-. Traté de hablar con el dueño del lugar, pero me negaron la entrada, dicen que el Señor Bruno no atiende a cualquier persona. -Glenn dijo y luego bajo la mirada. Estefan tenso la mandíbula, no se había esperado eso, hoy más que nunca necesitaba desahogar su estrés. La necesitaba con urgencia. -Ofrecieron mandarle otra prepago si es que usted... -Glenn fue cruelmente interrumpido. -¡Basta!... la quiero a ella. Supongo que tal vez se tomó el día libre. -Estefan trato de tomarlo con calma, no era el fin del mundo, pero cuando Glenn desvío la mirada, supo qué era otra mala señal para él. Se acercó lentamente hasta su asistente mirándolo desde arriba con seriedad. Era mucho más alto, así que el chico era diminuto ante él. -¿Qué no me estás diciendo, Glenn? -pregunto expectante-. ¿Tendré o no a esa chica? -Investigue un poco con algunos de sus compañeros, me dijeron que Hana hizo algo que no le gusto a su jefe y que esté la había castigado fuertemente. No estará disponible en varios días -Glenn menciono las últimas palabras de forma sensible. Solo Dios sabía que tanto estaba sufriendo la pobre chica en ese momento.

De pronto Estefan dejo de fruncir el ceño por el enojo de no tenerla y empezó a pensar en cómo debían de estar castigando a la chica. No dijo absolutamente nada, sin embargo, apretó sus puños con furia, no podía imaginar a la hermosa rubia llorando, no lo podía tolerar, pero entonces freno cuando se empezó a sentir extraño y se asustó.

Le asusto, lo que sintió al saber que Hana podría estar lastimada y sufriendo, Estefan Santoro no podía sentir apego por nadie y menos por una prepago que apenas conocía, pero no pudo reprimir lo que en su pecho empezaba a nacer y sin meditarlo mucho le puso nombre. Lástima, si ese era el sentimiento desconocido que sentía, Santoro no podía sentir nada más que solo lástima por ella. Porque de no ser así él estaría empezado a sentir y él no sentía.

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