Marcelo Ventura
La música atronadora retumbaba en mis oídos, como si la fiesta estuviera dentro de mi cabeza, desorientándome, quebrantando mi paciencia. El agobio crecía con cada segundo que pasaba. Solo quería largarme de ahí.
-Edward, amigo, de verdad no me siento bien. Este sitio no es para mí, me siento viejo. Voy a llamar a mi conductor para que venga por mí.
Edward se giró y negó con la cabeza.
-Ni pensarlo, Marcelo. La noche apenas empieza.
Rodé los ojos. Para mí, lo único que valía la pena a esta hora era regresar a casa y dormir. No tenía ánimo para fiestas, no con el maldito dolor que sentía en el pecho.
Hacía tanto que no salía con mi amigo que ni siquiera recordaba la última vez. A mis 35 años, siendo un CEO billonario en Nueva York, me sentía más viejo de lo que realmente era. Me casé joven con Samantha, una mujer de mi misma edad, pero con el tiempo sus intereses cambiaron. Se sintió atraída por hombres más jóvenes, y al final sucumbió ante Alan, mi primo menor, un oportunista de 25 años con un físico envidiable, cabello oscuro y un BMW que le regaló mi tío.
Tal vez en la cama era justo lo que ella buscaba, porque decidió dejarme por él. Yo, en cambio, intenté perdonarla, aferrándome a lo que quedaba de nuestro matrimonio, aunque con ello sacrificara mi orgullo. Pero de nada sirvió. Fue ella quien terminó pidiendo el divorcio, ansiosa por entregarse a él sin ataduras.
-Marcelo, ha pasado un año desde que tu esposa se fue con otro y te pidió el divorcio. Y, por si lo olvidaste, se largó con un tipo diez años menor que tú... y para colmo, de tu propia familia. Relájate, amigo, disfruta. Mira a tu alrededor, hay decenas de mujeres hermosas esperando a que hombres como tú y yo las conquisten.
-Un montón de jovencitas buscando un sugar daddy, y yo no pienso convertirme en uno. Lo siento, amigo, me voy.
Di un último sorbo a mi copa y me puse de pie, decidido a marcharme. Pero justo cuando iba a hacerlo, me detuve en seco. A lo lejos, Edward alzaba su vaso en un brindis con dos chicas que le sonreían con evidente entusiasmo.
-¿Qué demonios haces? -lo tomé del brazo con fuerza-. ¿No te das cuenta de que son unas niñas? Podríamos meternos en un problema.
Edward soltó una carcajada.
-Son dos jóvenes adultas en busca de diversión... y, míralas, están espectaculares. Además, vienen hacia acá.
Sonrió con autosuficiencia, como si acabara de llevarse el premio de la noche.
Sentí un calor incómodo subir a mis mejillas. Me ajusté la chaqueta y pasé la mano por mi cabello, intentando recomponerme. Mi amigo tenía razón en algo: eran jóvenes, sí, pero también increíblemente atractivas. Y ella... en especial ella. Su rostro era dulce, carismático, con una piel pálida y apenas un toque de maquillaje. Su cuerpo, simplemente, era de infarto.
-Sigan, señoritas, queremos invitarlas a beber algo -dijo Edward con una sonrisa de triunfo, señalando los asientos junto a nosotros.
-Eres un idiota, Edward. ¿Cómo se te ocurre hacer esto? -le susurré al oído, sintiendo una vergüenza insoportable. Y, para colmo, no podía quitarme de la cabeza la absurda idea de que, de alguna forma, le estaba siendo infiel a mi exesposa... la misma que me había traicionado sin remordimientos.
-¡Hola, chicos! Me llamo Nicol y ella es Valeria -saludó la rubia con entusiasmo, señalando a su amiga, la misma que había captado por completo mi atención.
Nos presentamos. Nicol se acomodó junto a Edward con total naturalidad, mientras que Valeria, algo más reservada, se sentó a mi lado.
-Hola -fue lo único que logré decir.
Ella asintió con una leve sonrisa, y el silencio que siguió se sintió extraño. Me removí en mi asiento, incómodo. Era mucho menor que yo, y jamás en mi vida me había fijado en alguien con una diferencia de edad significativa. Siempre me pareció un absurdo... pero Valeria era realmente hermosa.
Edward, por su parte, ya se había consolidado como el sugar daddy de la noche, pagando todo lo que las chicas quisieran, mientras Nicol se colgaba de su cuello como si fueran pareja de toda la vida. En cambio, Valeria y yo apenas habíamos intercambiado un par de frases. Pero, de alguna forma, entre las copas y el ambiente, terminé en la pista de baile con ella.
-Dime, Valeria... ¿cuántos años tienes? -pregunté mientras nos movíamos al ritmo de la música.
Ella me sonrió y, con un brillo travieso en los ojos, respondió.
-¿Cuántos crees que tengo? -sus caderas se movían con una sensualidad hipnótica frente a mí, y en ese instante, mi concentración se fue al diablo. Negué con la cabeza, sin atreverme a aventurar una respuesta.
Entonces se acercó más, demasiado, hasta que su aliento cálido rozó mi oído.
-Tengo veintiuno... ¿y tú?
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Catorce años de diferencia. Era absurdo siquiera considerar la posibilidad de sentirme atraído por alguien tan joven. Así que, sin pensarlo demasiado, decidí mentir. Por fortuna, mi físico me favorecía: me cuidaba bien, comía sano, me ejercitaba. Podía salirme con la mía sin problemas.
-Treinta -respondí con naturalidad.
Y así, con esa simple mentira, sellamos lo que se convertiría en una noche descontrolada. Las bebidas hicieron lo suyo, derribando cualquier barrera entre nosotros. No nos preocupamos por detalles personales, ni por pasados, ni por futuros. Solo importaba el momento, el presente.
No recordaba la última vez que había bailado tanto con alguien. La energía de Valeria era abrumadora, su vitalidad, contagiosa. Se movía con una libertad que me hacía sentir más joven, y su risa, llena de vida, era realmente fantástica.
Por un instante, todo desapareció. El dolor, la traición, la imagen de mi exesposa cabalgando a mi primo como si yo jamás hubiera existido. Durante casi un año no había encontrado razones para sonreír, y sin embargo, en unas pocas horas, Valeria logró arrancarme más sonrisas de las que podía contar.
No supe en qué canción ni en qué momento exacto, pero de pronto, se colgó de mi cuello y me miró fijamente.
-La he pasado muy bien contigo, Marcelo.
Su dulce mirada me enredó los pensamientos, me atrapó sin remedio.
-Y yo contigo, Valeria. Tienes una energía preciosa.
Se mordió el labio inferior, y eso fue todo lo que necesité para rendirme. La mire fijamente a los ojos, y ella, sin más tapujos se lanzó sobre mis labios, y me besó, maldita sea mi suerte, estaba rendido ante sus encantos, respondí con la misma pasión.
Al día siguiente
Abrí los ojos con dificultad. La resaca me estaba matando. Mi cabeza latía con fuerza y los recuerdos llegaban a ráfagas confusas. Había bebido demasiado.
Me incorporé de golpe al darme cuenta de que no estaba en mi mansión.
El cuarto de hotel era elegante, impecable... y ajeno.
Apreté los ojos cuando caí en conciencia, me giré para darme cuenta de que no estaba solo.
Valeria dormía profundamente, envuelta en una sábana que apenas cubría su piel desnuda. Su respiración era pausada, tranquila, y en ese momento parecía un ángel.
Me llevé una mano al rostro.
¿Qué demonios he hecho?
Me acosté con ella y ni siquiera lo recordaba.
Soy un maldito animal.
Contuve el aliento y, con el mayor sigilo posible, me levanté de la cama. Me vestí sin hacer ruido, recogí mis pertenencias y, antes de salir, dejé un buen fajo de billetes sobre la mesa de noche.
No sabía exactamente por qué lo hacía, pero me pareció una forma de agradecerle por la noche.
Sin mirar atrás, crucé la puerta y me fui.
Valeria Collen
Salí de la habitación del hotel con el estómago revuelto y la indignación ardiendo en mi pecho. ¿Quién demonios se creía ese tipo? ¿Pensaba que yo era una prostituta? ¿Qué podía pagarme y largarse como si nada? ¡Desgraciado!
Cogí el rollo de billetes sin siquiera molestarme en contarlos y me fui directo a mi pequeño departamento. Tampoco dejaría el dinero sobre la mesa, como si no me estuviera haciendo falta. Nicol ya estaba allí, esperándome con ansias la pobre quería saberlo todo.
-Casi no llegas, Valeria. Me tenías preocupada. La próxima vez, al menos mándame un mensaje. -Se lamió la cuchara con la que se comía su helado y me miró con picardía-. ¿Y bien? ¿Cómo te fue con el maduro? Dios, qué tipos más deliciosos...
Puse los ojos en blanco y le lancé una mirada de advertencia.
-No sé qué decirte. Y ya deja de hablar así, suena horrible, Nicol. Solo quiero descansar, esta noche tengo turno en el restaurante.
Tiré mi bolso sobre la encimera y suspiré, pero mi amiga no tenía intenciones de dejarme escapar tan fácil.
-No vas a dormir sin contarme todo con lujo de detalles. A mí me fue increíble con Edward. Wow, ese hombre es espectacular. Y ni hablar del dinero que tiene... lástima que no quiera nada serio, hubiera sido el benefactor perfecto.
Se abrazó a su bote de helado con un suspiro soñador.
-Bien por ti si lo disfrutaste, pero quítate esa idea de la cabeza. Nadie va a mantenerte, Nicol, mejor ponte a trabajar, además depender de un hombre no es bueno.
Lo dije mientras recordaba el fajo de billetes dentro de mi bolso.
-Ay, yo sé que algún día encontraré a alguien que me dé lo que merezco -canturreó, divertida-. Pero dime, ¿por qué tan molesta?
Me quedé en silencio, perdida en los recuerdos de la noche con Marcelo. Nunca me habían atraído los hombres mayores, pero nueve años no era tanta diferencia.
Era dulce, atento, cariñoso... especial.
Lástima que para él solo hubiera sido una "noche loca". Porque pudo haber sido algo más.
Dos meses más tarde
Marcelo
Después de un año refugiándome en mi mansión, consumido por el dolor de la traición de mi exesposa, decidí que era momento de volver a la empresa. No podía seguir encerrado entre esas paredes llenas de recuerdos, de momentos compartidos con una mujer a la que, a pesar de todo, seguía amando. Le había rogado que no se fuera, que no destruyera lo que habíamos construido, pero nada de eso importó. El día que formalizó su relación con mi primo, mi corazón se hizo trizas.
-Señor, bienvenido. Me alegra tenerlo de vuelta en la compañía -me recibió Neila, mi secretaria, con una cálida sonrisa.
No tenía tiempo para amabilidades. Debía retomar mi lugar.
-Gracias, Neila, pero sigamos adelante. ¿Cuántas entrevistas tenemos hoy? Necesito un asistente de gerencia cuanto antes.
-Cinco, señor. La primera en menos de una hora. He seleccionado a las mejores candidatas para usted.
Le devolví la sonrisa, aunque se desvaneció de inmediato cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Dos figuras emergieron de allí, dos personas que conocía demasiado bien.
Samantha.
Mi exesposa estaba deslumbrante. Vestía un ceñido vestido rojo que acentuaba sus curvas y su melena oscura caía en ondas suaves sobre sus hombros. Sus labios, pintados de un rojo intenso, eran una provocación en sí mismos. Pero no venía sola.
A su lado, como una burla del destino, estaba Alan Ventura, el hijo menor de mi tío. El hombre que me había arrebatado todo.
Pasaron junto a mí sin detenerse. Samantha me recorrió con la mirada de arriba abajo, como si fuera un extraño. Como si no hubiéramos compartido años de vida juntos. Ni un saludo, ni una palabra. Solo indiferencia.
Un puñal directo al corazón.
-Señor, ¿está bien? -preguntó Neila, notando cómo la tormenta se reflejaba en mi rostro.
Tragué en seco, alcé la cabeza y solté un suspiro, dispuesto a recomponerme.
-Sí, estoy bien.
Sin añadir nada más, me dirigí a mi oficina. Serví una copa de vino y me dejé caer en la silla, intentando recuperar la compostura. Samantha quería destruirme, no había duda. ¿Cómo pudo tirar a la basura seis años de nuestra vida? ¿Cómo tuvo el descaro de hacerlo? Mi cabeza se llenó de ideas descabelladas. Quería venganza. Quería una mujer más joven a mi lado, alguien a quien presumir frente a ella, que la hiciera ver que ya no tenía poder sobre mí. Pero no iba a enamorarme de la noche a la mañana, y mucho menos de alguien demasiado joven.
Estaba perdido.
-Señor... la primera candidata ha llegado.
La voz de Neila me sacó de mis pensamientos.
-Dile que pase, por favor.
Asintió y desapareció tras la puerta. Me apresuré a acomodar mi escritorio y a recomponer mi expresión. Me sentía fatal.
Entonces, la puerta se abrió.
Un par de piernas largas cruzaron el umbral, seguidas por una figura esbelta envuelta en un elegante traje oscuro. Pero cuando levanté la vista y reconocí su rostro, sentí que el mundo se sacudía bajo mis pies. Mi pulso se aceleró, mis mejillas ardieron y mis manos temblaron.
-Buenos días, señor... -Valeria también se congeló al verme. Su expresión se tornó pálida y, por un instante, pareció dispuesta a dar media vuelta y marcharse.
Pero fui más rápido.
-Adelante, por favor. Es una entrevista de trabajo.
Con evidente nerviosismo, cruzó la habitación y se sentó frente a mí. Durante unos segundos, el silencio nos envolvió, pero no tenía sentido prolongarlo. Éramos adultos. Debíamos actuar como tal. Sin embargo, jamás imagine que la volvería a ver, y mucho menos en esta situación.
-Valeria, qué gusto verte de nuevo.
-El gusto es mío, Marcelo. -Esbozó una sonrisa tensa y añadió-: Recé muchas veces para que el destino volviera a cruzarnos, aunque nunca imaginé que sería así. De todas formas... -abrió su bolso y sacó algo-. Tengo algo que olvidó aquella noche loca.
-¿Para mí? -pregunté, desconcertado.
Valeria hurgó en su cartera y sacó una pequeña bolsa de papel, extendiéndomela con expresión serena.
-¿Qué es esto? -Al abrirla, el contenido me dejó sin palabras.
-Su dinero. Yo no soy una mujer que cobra por sus servicios. Y, si le sirve de consuelo, esa noche entre usted y yo no pasó nada.
Sus palabras hicieron que mi mente se tambaleara. Sentí un vértigo extraño, una punzada de vergüenza recorriéndome el cuerpo.
-Valeria, lo siento si te ofendí, esa no era mi intención. Yo... yo solo quería...
-No se preocupe, señor. Ahora debo irme. Vine por una entrevista de trabajo, pero al verlo, mi objetivo cambió. Ya cumplí con lo que esperaba después de dos meses. Gracias por su tiempo.
Se levantó decidida, y por un instante, me quedé paralizado. No podía dejar que se marchara así. Salí de detrás del escritorio y corrí hacia la puerta antes de que se fuera.
-Tu entrevista aún no ha terminado, Valeria. No mezclemos las cosas -dije, cerrando la puerta con firmeza. Por una extraña razón no quería dejarla ir.
Ella me miró de arriba abajo.
-Nunca imaginé que sería usted quien me entrevistaría. No sabe cuántas veces envié mi solicitud a esta compañía. Esto debe ser una broma... -Su voz sonaba amarga, como si el destino se burlara de ella.
-¡Cálmate, por favor! Lo de la otra noche fue un malentendido. La pasé muy bien, pero después no tuvimos contacto.
-No tuvimos contacto porque usted desapareció sin decir nada. No pidió mi número, no dejó el suyo, simplemente se fue. Pero da igual, ya no importa. ¿Podemos comenzar la entrevista? -preguntó con algo de molestia.
Se sentó frente a mí y sacó de su bolso una carpeta con su hoja de vida. A simple vista, su experiencia laboral era escasa; aún estaba en la universidad y su perfil no encajaba con ningún puesto en la empresa, mucho menos para el cargo de asistente que necesitaba cubrir.
No entendía porque mi secretaria la había escogido como candidata, parecía una obra sucia del destino.
Sin embargo, Valeria era perfecta para algo más. Si Samantha me viera con una mujer tan joven y hermosa, tal vez se replantearía su decisión. Tal vez se arrepentiría de haberme dejado, y quisiera volver conmigo.
Ella decía que no habíamos tenido intimidad, pero yo estaba seguro de lo contrario. Su sola presencia me traía imágenes de aquella noche que mi mente no terminaba de ordenar.
Me quedé observándola en silencio, imaginando la reacción de mi exesposa al verme con Valeria. Podría convertir esto en un trato, algo en lo que ambos ganáramos. Si realmente buscaba trabajo, podía ofrecerle algo mucho mejor: un contrato donde fingiera ser mi pareja. Le pagaría mucho más de lo que una asistente ganaría jamás.
-¿Pasa algo, señor Ventura? -Su voz me sacó de mis pensamientos.
-Valeria, necesito hablar contigo.
-¿Hablar? ¿Sobre qué, señor? -Su trato frío y distante me hizo apretar la mandíbula. Era como si lo que ocurrió entre nosotros no hubiera significado nada para ella.
-Tu perfil no encaja con el puesto de asistente... pero tengo otra oferta. Una con un salario mucho más alto.
Valeria me miró con incredulidad, alisó la falda de su traje y carraspeó, como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien.
-¿Ah, ¿sí? ¿Y de qué se trata, señor? -preguntó con evidente suspicacia.
Inspiré hondo antes de soltar la propuesta más absurda de mi vida.
-Quiero que finjas ser mi novia ante la sociedad. Firmaremos un contrato y, a cambio, seré tu benefactor. Te daré lo que quieras, cumpliré cada uno de tus caprichos y te pagaré diez veces más de lo que ganarías como asistente.
Tan pronto como las palabras salieron de mi boca, supe lo ridículo que sonaba. Ni siquiera había considerado los términos del acuerdo ni los deseos de Valeria.
Se puso de pie de golpe, sus ojos destellaban furia, y antes de que pudiera reaccionar, su mano impactó contra mi mejilla en una bofetada ardiente. Apenas cerré los ojos ante el dolor.
-Se equivoca conmigo -su voz temblaba, no supe si de indignación o decepción-. Sé que nuestra primera impresión no fue la mejor, pero no soy la clase de mujer que usted cree. Tengo principios, valores, y jamás permitiría que un hombre me mantuviera o, peor aún, me comprara. Usted es un atrevido.
Giró sobre sus talones dispuesta a marcharse, pero la sujeté del brazo, desesperado. Mis emociones me desbordaron, y sin poder contenerme más, las lágrimas nublaron mi vista.
Ella se quedó inmóvil, mirándome con desconcierto. No intentó soltarse ni pronunció palabra. Solo me observó, como si intentara descifrar en qué momento había perdido el control sobre mí mismo.
-Escúchame, por favor -supliqué, como si mi vida dependiera de ello.
Pero en lugar de conmoverse, Valeria soltó una carcajada. No fue cruel, pero sí incrédula, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
-Marcelo, ¿otra vez llorando? -negó con la cabeza, divertida-. La noche que pasamos juntos... No hicimos nada. No tuvimos sexo, ni siquiera nos desnudamos. Solo nos besamos y luego tú te pusiste a llorar por tu exesposa hasta quedarte dormido. ¿Por qué me estás pidiendo esto? Tranquilízate, por favor.
Su forma de decirlo me hizo sentir patético, pero no podía detenerme.
-Valeria, no voy a mentirte. Perdí lo que más amaba y, después de tener el control de todo, ahora no tengo nada. Quiero que ella regrese, y si darle celos la hace volver, entonces haré lo que sea necesario. Tú eres perfecta para esto. Podemos hacer un contrato...
Cada palabra me hundía más en mi propia desesperación, pero no me importaba. Valeria, en cambio, me miraba como si acabara de tocar fondo frente a ella.
-Marcelo... No puedo. Lo siento mucho -su voz fue firme, -. No voy a jugar a esto. Discúlpame, pero si lo que buscas es una jovencita dispuesta a ser tu juguete, estoy segura de que no te faltarán candidatas. Yo no soy esa mujer, y mucho menos con ese propósito.
Y con esas palabras, sentí que todo se derrumbaba.
Levanté la cabeza, saqué un pañuelo del bolsillo y me sequé las lágrimas. Parecía un idiota. Un hombre como yo, derrumbado por el amor de una mujer... era ridículo.
-No me respondas ahora -dije, recuperando la compostura-. En unas horas, recibirás en tu correo toda la información sobre el contrato. Tienes tres días para pensarlo. Si aceptas, regresas conmigo. ¿Te parece?
Valeria suspiró con cansancio.
-Haz lo que quieras, pero mi respuesta sigue siendo no.
Sin más, salió de mi oficina.
Me quedé de pie, viendo la puerta cerrarse tras ella, con el corazón latiéndome en los oídos. No sabía exactamente qué estaba haciendo, solo tenía claro que necesitaba que aceptara. No podía permitir que Samantha me viera destruido. Yo debía volver a ser quien era: un hombre poderoso, altivo, lleno de vida. No una sombra de lo que ella dejó atrás.
Sin pensarlo dos veces, cancelé las entrevistas restantes y delegué la selección del asistente a alguien de confianza. Luego, tomé mi laptop y comencé a redactar el contrato.
Valeria tenía que aceptar, ni siquiera sabía porque había creado esa inmediata obsesión por ella, pero debía firmar ese contrato.
Valeria
Quería salir indignada, molesta con Marcelo, pero no pude. Su propuesta me había divertido demasiado. ¿Quién en su sano juicio pagaría por tener una sugargirl a los treinta años solo para darle celos a su exesposa? Y lo más absurdo: ¿con una mujer tan simple y sin clase como yo? Lo único que realmente lamentaba de aquella tarde era haber perdido la oportunidad de la entrevista de trabajo. Mis obligaciones me asfixiaban: mi madre enferma esperaba dinero en su pueblo para mantener a mis dos hermanos pequeños, y sobrevivir en esta ciudad no era precisamente barato.
Regresé a mi diminuto apartamento. Necesitaba descansar antes de mi turno en el restaurante, donde hacía doble jornada para arañar algo más de dinero. Siempre me rondaba la loca idea de encontrar un trabajo mejor, pero cada intento terminaba igual: un rechazo tras otro. La empresa de Marcelo no había sido la excepción.
Por pura curiosidad, revisé mi correo. Nada. Era ridículo pensar que él enviaría algo. Justo cuando estaba por cerrar la bandeja de entrada, un mensaje apareció con su dirección.
Asunto: Contrato de benefactor.
Abrí el correo sin pensarlo demasiado, y a medida que leía las bases y condiciones del contrato, no pude evitar soltar carcajadas. Cada cláusula era más absurda que la anterior. Pero claro, así eran los ricos, sin la menor idea de qué hacer con su dinero.
Nicol apareció en la puerta, se detuvo un segundo al verme reír y luego salió corriendo. Antes de desaparecer, me plantó un beso en la mejilla y echó un vistazo curioso a la pantalla de mi laptop.
-¿Qué es eso? ¿Qué te causa tanta gracia?
-Un contrato para ser una sugargirl -respondí, aún incrédula, sin dejar de leer.
-¡Ay no, amiga! Si tú no quieres, yo sí. Bueno, imagino que será un anciano de setenta años, pero ¿qué más da? Con tal de tener la vida que necesitamos... ¡déjame ver!
Se inclinó sobre la pantalla, devorando cada palabra. A medida que avanzaba, su interés crecía. Sus ojos se abrían de par en par al ver las cifras.
-No es ningún hombre de setenta años -solté con una sonrisa irónica-. Es Marcelo. El amigo de Edward, los de la otra noche.
Se quedó boquiabierta, llevándose la mano a la boca.
-¿Qué? ¿Estás loca? ¿Qué esperas para decirle que sí? No me interesa cómo se conocieron, pero lo que estoy leyendo es perfecto. ¡Ni siquiera tienes que acostarte con él! Yo sí lo haría, está que se parte de lo bueno. Además, es un jet set de la industria, uno de los maduros más cotizados de todo Nueva York.
-Sí, pero ya sabes que esas cosas no me van. Soy joven, pero quiero lograr mis metas por mí misma. No quiero depender de un hombre para conseguirlo.
-Cariño, esto es un empleo, no una limosna. Te está ofreciendo un trabajo porque valora lo hermosa que eres. Siempre te lo he dicho, tienes potencial para moverte en la alta sociedad. Además, solo será por un año... En ese tiempo podrías tener todo lo que quieras. ¿Te imaginas? La hermosa casa que podríamos tener cerca de la playa.
Nicol, se sentó a mi lado suspirando, haciendo planes con lo que aun no existía.
Las palabras de Nicol seguían taladrando en mi cabeza. Era difícil aceptar estar con alguien que solo me quería para darle celos a su ex, pero la propuesta era tentadora. Muy tentadora.
Y, aunque no quería admitirlo, Marcelo había estado en mi mente estos últimos dos meses más de lo que debería. Era como si dentro de mí se hubieran sembrado sentimientos que ni yo misma lograba descifrar. Pero él era un hombre mayor. No solo eso. Su clase social, los estigmas, las diferencias entre nosotros... todo nos separaba.
-No lo voy a aceptar, Nicol. Por más que necesite el dinero, ya mismo le diré que no -anuncié, decidida, mientras abría el correo para escribirle.
Justo entonces, mi teléfono sonó.
-Hola, mamá, ¿estás bien? -pregunté al ver su número en la pantalla.
Pero no era ella.
-Hola, cariño. Soy tu tía... y no tengo buenas noticias para ti.
El mundo se me vino abajo en un instante. Un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Qué pasó? ¿Es mi mamá?
-Sí, cariño. Está hospitalizada. Su estado es grave, pero no tenemos dinero para costear su tratamiento. Sé que estás lejos, que haces todo lo que puedes, pero... no sabemos qué hacer.
Después de diez minutos de conversación, tras sentir cómo todo se desmoronaba, con la presión de la situación y el insistente eco de las palabras de Nicol en mi mente, hice lo único que podía hacer en ese momento.
Respiré hondo.
Y envié la respuesta a Marcelo.
«Acepto. Seré tu sugargirl y acataré todas tus condiciones. Quedo atenta a comentarios».
Presioné "enviar" y cerré los ojos, sintiendo cómo mi destino acababa de cambiar con un solo clic.
Esa noche no recibí respuesta. Me fui a trabajar y, en los pocos momentos libres que tuve, me dediqué a investigar sobre la vida de mi futuro "jefe". Además de ser un hombre famoso, millonario y encantador, descubrí que no tenía treinta años, sino treinta y cinco. El muy cínico me había mentido. Era mucho mayor que yo. Pero ¿qué importaba? Lo único que realmente me interesaba era el dinero.
Pasaron dos días sin noticias de Marcelo. Tal vez el contrato de novia falsa nunca fue real. Quizá solo jugaba conmigo. Ya no tendría un benefactor y, lo que era peor, tampoco el dinero para ayudar a mi madre. Trague entero, el tiempo apremiaba y las esperanzas de salvarla, eran muy pocas.
Me sequé las lágrimas y volví a la realidad. Necesitaba un empleo. Dejar de creer en golpes de suerte y hacerme a la idea de que, como siempre, estaba sola en esto.