POV: Elara
Ochenta y cinco centímetros.
Esa es la distancia entre mi cordura y el desastre. La mido cada vez. Con cada uno. Es lo único que me mantiene entera.
Y hoy, Kai Torrance la está destruyendo.
-Más cerca -dice, y no es una petición.
Su silla se desliza. Ochenta y cuatro. Ochenta y tres.
-Los puedes ver bien desde ahí. -Mi voz suena más aguda de lo que pretendía.
-Puedo. -Ochenta y dos-. Pero quiero verte a ti cuando te das cuenta de que cometiste un error.
Se detiene. Ochenta centímetros. Puedo sentir el calor de su cuerpo alterando el aire entre nosotros. Mi piel eriza. Cada vello en mis brazos levantándose como antenas.
-No cometí ningún error.
-El ángulo de disuasión en el nivel cuarenta está tres grados fuera de especificación. Lo corregiste anoche a las dos de la mañana. ¿Cómo lo supe?
Mierda.
-Porque revisas obsesivamente todo.
-No. -Sonrisa pequeña. Peligrosa-. Porque tengo notificaciones cada vez que accedes al sistema. Y porque me pregunto constantemente qué tipo de mujer trabaja a las dos de la mañana en lugar de dormir.
Mi corazón martillando. Él puede ver mi pulso en mi cuello. Lo sé porque sus ojos se desvían ahí.
-Una profesional.
-Una mentirosa. -Se inclina. Setenta y ocho centímetros-. ¿Sabes cómo sé que mientes, Elara?
No puedo hablar. Si abro la boca, va a salir un jadeo.
-Tu respiración cambia. Se vuelve superficial. Justo aquí. -Levanta la mano, apuntando al espacio donde mi pecho sube y baja demasiado rápido-. Y tus pupilas se dilatan. Solo un poco. Pero lo noto.
-Eres un psicópata.
-Soy observador. Hay una diferencia. -Baja la mano. La deja sobre la mesa. A centímetros de la mía-. Algún día vas a dejar de esconderte de mí.
-No me estoy escondiendo.
-Sí lo haces. -Sus dedos moviéndose. Acercándose-. Y lo fascinante es que mientras más te escondes, más desesperado me vuelvo por encontrarte. Es como un acertijo que mi cerebro no puede dejar de resolver.
Dos centímetros.
Retiro mi mano. Me pongo de pie.
-La reunión terminó.
-¿Asustada?
-Ocupada.
-Mentirosa. -Pero se levanta, respetando mi espacio otra vez-. Nos vemos el lunes, Elara.
Cuando llega a la puerta, se gira.
-Por cierto. La próxima vez que trabajes a las dos de la mañana, deja las luces apagadas. El brillo de tu pantalla se ve desde la calle.
-¿Cómo sabes...?
-Porque pasé por tu edificio. Tres veces esta semana. Solo para asegurarme de que estuvieras bien.
Sale antes de que pueda responder.
Me desplomo en la silla. Manos temblando. Puños apretados.
Kai Torrance está vigilándome. Estudiándome. Cazándome.
Y lo peor es que una parte de mí - algo oscuro y hambriento que llevo tres años enterrando - quiere ser atrapada. Algo debajo del miedo. Debajo de la haptefobia. Una presencia dormida que se agita cuando un alfa se acerca demasiado y que llevo años silenciando porque escucharla significaría admitir lo que soy.
Conté treinta segundos hasta que el ascensor bajó. Después me acerqué a la mesa. Extendí la mano, deteniéndola a un centímetro del calor residual donde estuvo su taza.
Mi piel erizándose. Hormigueo eléctrico subiendo por el brazo hasta la columna.
Y la presencia dormida - mi omega, la que no nombro, la que fingo que no existe - ronroneó por primera vez en meses.
________________________________________
Tres horas después. Consultorio del Dr. Leo Croft.
-Quítate la blusa.
Tragué. -¿Perdón?
Leo ni siquiera levantó la vista de su tablet. -Dijiste que te dolía la espalda. Necesito examinar la zona. Blusa fuera.
Profesional. Clínico. Pero el sonido de sus guantes de látex hizo que algo en mi abdomen se contrajera.
-Puedes examinarme con la blusa puesta.
Ahora sí me miró. Esos ojos grises que ven demasiado.
-¿Tienes algo que ocultar?
Solo siete líneas en mi espalda que brillan cuando un alfa compatible me toca.
-Marcas de nacimiento. Feas. Me avergüenzan.
-Soy médico, Elara. He visto de todo. -Se acercó. Distancia medida. No como Kai, que invadía. Leo calculaba cuánto podía acercarse sin asustarme-. Y tú no eres alguien que se avergüence fácilmente.
Tenía razón. Maldito fuera.
Me quité la blusa. Dejé el sostén puesto. Boca abajo en la camilla. El papel crujiendo.
Cerré los ojos. Esperé.
Sus dedos encontraron el nudo en mi trapecio.
-Aquí -murmuró-. Dios, Elara, es como concreto.
Presionó. Profundo. Sus pulgares cavando en músculo que llevaba tres años sin relajarse.
Y algo en mí se rompió.
No dolor. Liberación. Como si cada lágrima que no lloré, cada grito que tragué, cada momento de terror se hubiera almacenado en ese punto.
Un sonido salió de mi garganta. Mitad gemido, mitad sollozo.
Las manos de Leo se detuvieron.
-¿Te lastimé?
-No. -Estrangulada-. No pares.
-Elara...
-Por favor.
Sus manos reanudaron. Diferentes. Más lentas. Más deliberadas. Como si cada movimiento fuera pregunta y mi cuerpo respondiera sí, ahí, más.
Círculos. Presión firme. Calor atravesando la tela.
Cerré los ojos. Error. Porque sin visión, cada sensación se amplificó. Sus dedos. Su respiración acelerada. El olor de jabón antiséptico mezclándose con algo más cálido.
Su pulgar rozó el borde de mi sostén.
Nos congelamos.
-Perdón -dijo, sin sonar arrepentido. Sonaba tenso-. Necesito ir más abajo para el músculo completo. ¿Puedo?
Debería decir que no.
-Sí.
Sus dedos se deslizaron bajo la tira. Centímetros. Solo lo necesario.
Pero su piel estaba caliente. Y la mía hipersensible.
Presionó justo debajo del omóplato.
Y yo gemí. No un suspiro. No un jadeo. Un gemido que llenó el consultorio estéril.
Las manos de Leo se convirtieron en puños contra mi espalda.
-Para -susurró.
-¿Qué?
-Necesito que pares de hacer ese sonido.
-No estoy-
-Sí estás. -Voz cruda-. Y si sigues, voy a olvidar que soy tu médico.
Silencio espeso. Su control resquebrajándose. Sus manos temblando cuando las retiró.
Me giré para mirarlo.
Ojos oscuros. Pupilas dilatadas. Respiración irregular como la mía.
-Esto no es profesional -dijo.
-Lo sé.
-Deberías irte.
-Lo sé.
Pero ninguno se movió.
-Elara. -Mi nombre en su boca como súplica-. ¿Qué me estás haciendo?
-No lo sé. ¿Qué me estás haciendo tú?
Se pasó la mano por el cabello. Paso atrás. Dos. Distancia a la fuerza.
-Regresa la próxima semana. Y por favor... usa una camisa más gruesa.
Salí. En el pasillo, apoyada contra la pared. Porque por primera vez en tres años, no quise que el contacto terminara.
Quise más.
Y la presencia dormida - mi omega - se agitó debajo de mis costillas con algo que no era miedo. Era hambre. Hambrienta como yo. Despierta como yo no me atrevía a estar.
________________________________________
Esa noche. Restaurante "Eminencia."
Rhys Kane cortaba su filete con la precisión de un cirujano. O un asesino.
-Necesito que los archivos de votación sean accesibles, pero no obvios -dijo, deslizando el documento donde mi mano iba a caer. Todo con Rhys era coreografía.
-¿Quieres que la gente piense que tiene acceso cuando en realidad no tiene nada?
-Quiero que la gente vea lo que quiero que vean. -Sonrisa más amenazante que tranquilizadora-. ¿No es así como funciona todo?
-Supongo.
-No supongas. Sabes. -Sorbo de vino-. Eres mejor mentirosa de lo que finges ser.
Mi tenedor a medio camino. -¿Disculpa?
-Finges ser Beta. Finges ser solo una diseñadora de seguridad. Finges que esto -gesticuló entre nosotros- es solo profesional.
El aire espesándose.
-Es profesional.
-Por supuesto. -Su rodilla encontrando la mía bajo la mesa. Presión firme. Deliberada-. ¿Te molesta?
Me congelé. Mi cerebro gritando muévete. Mi cuerpo paralizado. Mi omega - la dormida, la silenciada - despertando otro grado bajo la presión de su rodilla.
-No.
-Mentirosa. -Retiró la rodilla-. Pero aprecio la cortesía. La mayoría huye de mí. Tú te quedas quieta. Como una presa que decide cooperar.
-No soy una presa.
-No. -Inclinándose. Ojos recorriéndome como evidencia-. Eres algo más interesante. Un acertijo.
-No hay nada que resolver, Rhys.
-Hay todo que resolver. -Voz baja-. ¿Por qué una mujer con tu talento trabaja desde un loft barato? ¿Por qué pagas en efectivo? ¿Por qué no existes en ningún sistema antes de 2023?
Mierda.
-Eres paranoico.
-Soy abogado. Es lo mismo. -Sonrió-. No te preocupes. Tus secretos están a salvo. Por ahora. Me gustan los acertijos sin resolver.
-¿Y cuando lo resuelvas?
-Entonces tendré que decidir qué hacer contigo. Espero que valga la pena la espera.
La amenaza colgando en el aire envuelta en seda.
Pagué la cuenta. Salí.
Tres encuentros. Tres alfas. Tres formas diferentes de derribar las paredes que llevo tres años construyendo.
Kai con distancia que se acorta. Leo con manos que sanan y destruyen. Rhys con preguntas que desenterraban lo que había enterrado.
Y debajo de todo - debajo del miedo, de la haptefobia, de la identidad falsa y los tres años de esconderme - mi omega. Despertando. Después de tanto silencio que había olvidado su voz.
Tres hombres. Y ella dentro de mí diciendo más.
POV: Elara
La Estación de Bomberos #7 huele a humo viejo y dolor fresco.
Finn O'Connell me guía entre los camiones rojos, su mano flotando cerca de mi espalda baja. Nunca toca. Solo protege el espacio. Como si supiera - sin que nadie le dijera - que el espacio entre su mano y mi cuerpo es sagrado.
-Es aquí -dice. Voz rasposa por años de humo.
La sala de reuniones es un santuario. Seis rostros sonríen desde los hologramas que diseñé. Seis hombres que nunca volverán a casa.
-Los queremos así -murmura Finn-. Vivos. Riendo. No como estatuas frías en un cementerio.
Ajusto la iluminación. Finn se para detrás de mí. Tan cerca que siento su calor. Y era calor real - no metáfora. Finn irradiaba temperatura como una estufa. Podía sentirlo a medio metro de distancia.
-Michael -dice, señalando un holograma-. Tenía una risa que llenaba toda la estación. A veces me quedo tan quieto que juro que todavía puedo oírla.
Su voz se quiebra. Veo sus puños cerrarse, las cicatrices en sus nudillos blanqueándose.
Y hago algo increíblemente estúpido.
Extiendo mi mano y la poso sobre su puño cerrado.
Ambos nos sobresaltamos.
Su piel caliente. Marcada por quemaduras. La mía fría. Siempre fría. Pero donde nos tocamos, arde. Mi omega - la dormida, la que anoche ronroneó por primera vez en meses con Kai - se estremeció. Diferente a lo de anoche. Esto no era electricidad ni tensión ni juego. Esto era calor encontrando frío. Algo más básico. Más antiguo.
-Elara... -Susurro roto.
-Lo siento. Por tu pérdida. Por tus amigos. Por todo lo que cargaste solo.
-No tienes que...
-Lo sé. Pero quiero.
Sus dedos se relajaron bajo los míos. Lentamente. Como flor abriéndose. Su mano se giró envolviendo la mía.
Simple. Devastador.
Cada cicatriz en su palma. Cada quemadura. Cada momento en que arriesgó todo para salvar a alguien. Y su calor subiendo por mi muñeca, por mi brazo, llegándome al pecho donde mi omega absorbía cada grado como alguien que lleva años pasando frío.
-Gracias -susurró-. Por esto. Por verlos como eran. Por estar aquí.
Conté los segundos porque era lo único que me mantenía anclada. Retiré mi mano primero. Tuve que hacerlo.
Porque si me quedaba, iba a hacer algo peor. Como quedarme para siempre.
-Los hologramas están listos -dije. Voz ronca.
-Elara.
Me giré en la puerta. Sus ojos húmedos. No lloraba. Pero casi.
-Si alguna vez necesitas a alguien que solo escuche... -Tragó-. Estoy aquí. A cualquier hora. Siempre.
Asentí. No confié en mi voz.
Finn O'Connell no era como los otros tres. Kai me acechaba. Leo me desarmaba. Rhys me interrogaba. Finn simplemente estaba ahí. Caliente. Abierto. Esperando.
Y mi omega, debajo de todo, quería acurrucarse contra ese calor y no moverse nunca.
________________________________________
Esa noche. El Gato Negro.
Jax Mercer me esperaba en la mesa del fondo. Espalda contra la pared. Ojos escaneando cada sombra como si esperara que alguna atacara.
-Nuevas identidades -dijo, deslizando un disco cifrado por la mesa pegajosa.
Nuestros dedos se rozaron al tomarlo. Rápido. Áspero. Intencionado.
Sonrió. Expresión que no llegaba a sus ojos del color del hielo sucio.
-Te gusta vivir peligrosamente, ¿eh, pequeña Beta?
-No soy quien contrata mercenarios en bares clandestinos.
-No, tú eres quien crea las identidades para esos mercenarios. -Se inclinó, olfateando el aire entre nosotros-. Mucho más peligroso.
-Solo hago mi trabajo.
-Hueles raro.
Mi sangre congelándose. -¿Qué?
-Como Beta. Te mueves como Beta. Pero a veces... -Ojos entrecerrándose-. A veces hay un destello debajo. Como oro bajo pintura barata.
Mi omega se encogió. Esconderse. Más profundo. Que no la huela. Que no la encuentre.
-Es el perfume.
-Claro. Perfume. -Su pie encontrando el mío bajo la mesa. Presionando-. Sabes, todos mis clientes tienen secretos. Pero tú tienes un arsenal completo enterrado ahí dentro. Y un día, preciosa, voy a desenterrarlo todo. Cada. Maldito. Secreto.
No aparté el pie. Paralizada. Mi omega paralizada. Pero no de miedo - de algo peor. De la certeza de que este hombre era el más peligroso de los siete y que lo peligroso no la asustaba tanto como debería.
-Y cuando lo haga -continuó, sonrisa peligrosa-, vas a tener que decidir si me matas o me besas. Personalmente espero lo segundo. Pero estaré preparado para ambos.
-Estás loco.
-Estoy interesado. Hay una diferencia. -Se reclinó-. Ahora lárgate antes de que decida seguirte a casa solo para ver dónde vive una mujer que no existe.
Me fui. Sus ojos me siguieron hasta la puerta. Los sentí en mi espalda como mira de francotirador.
Jax Mercer era todo lo que debía evitar. Violento. Impredecible. Sin reglas.
Y mi omega - la que se encogía de miedo con los demás - se había quedado quieta con él. No calmada. Quieta. Como un animal que reconoce a otro animal y decide no huir.
________________________________________
Estudio de Cole Vance.
Las paredes cubiertas de pinturas. Todas eran yo. Pero no yo. Formas que sugerían mis curvas. Colores que evocaban mi piel. Sombras que susurraban mi nombre.
Perturbador. Hermoso. Obsesivo.
-Hoy es textura -anunció Cole, pincel entre los dientes-. Cierra los ojos.
-Cole...
-Confía en mí.
-Esa es una petición peligrosa.
-Lo sé. Por eso es interesante.
Cerré los ojos.
El pincel tocó mi clavícula. Las cerdas trazando una línea desde mi hombro hasta el esternón. Frío que se convertía en calor. Sentí su intención a través de las cerdas como corriente eléctrica.
-¿Sientes? -Voz cerca de mi oído-. La pintura lucha contra el lienzo. Pero sobre la piel es rendición absoluta.
El pincel descendió por mi brazo. Cada cerda dejando un rastro que mi omega seguía desde adentro. Con Kai había habido electricidad. Con Leo, liberación. Con Finn, calor. Con Jax, peligro. Con Cole era otra cosa. Era ser vista. No con los ojos que evaluaban o diagnosticaban o interrogaban. Con los ojos que componían.
-Estás temblando.
-Tengo frío.
-Mentirosa. El miedo y el deseo tienen el mismo temblor. La única diferencia es a qué le pones nombre.
Abrí los ojos. Los suyos, color óxido húmedo, me estudiaban como se estudia una obra que todavía no está terminada.
-¿Cómo le pones nombre tú? -pregunté.
-Inspiración. Obsesión. Necesidad. -El pincel rozó mi muñeca-. He pintado cien versiones de ti. Ninguna es correcta. Porque ninguna captura esto.
-¿Esto?
-El momento justo antes de que te rompas. Estás en ese filo ahora mismo.
Mi respiración cortándose. Mi omega temblando. No de miedo. De la sensación de ser leída por alguien que no usaba palabras ni datos ni leyes. Que leía en colores.
-Para -susurré.
-¿Por qué?
-Porque si no paras, voy a pedirte que sigas.
-Los mejores errores son los que cometemos con los ojos abiertos, musa. -Retrocedió-. Volverás. Porque ahora que sabes cómo se siente, vas a querer más.
Salí antes de demostrarle que tenía razón.
Cole Vance no tocaba como los demás. No medía distancia ni diagnosticaba ni interrogaba ni calentaba ni amenazaba. Cole pintaba. Y ser pintada por él era más íntimo que cualquier toque de piel.
________________________________________
Mi apartamento. Domingo.
Zane Thorne en mi umbral. Como cada domingo.
-Tu sistema tiene una falla. Ventana del baño. Sensor desalineado.
-¿Por qué vienes cada semana?
-Porque no eres simple. Probablemente no eres Beta. -Un paso adelante-. Y porque hueles a miedo y secretos.
-¿Y?
-Y porque cuando estoy aquí, el ruido en mi cabeza se detiene.
-¿Qué ruido?
-Voces. Explosiones. Gritos que nunca se apagaron. -Sus ojos recorriendo mi rostro-. Tú eres silencio.
Di un paso hacia él. Mi omega hizo algo que no había hecho con ninguno de los otros: se aquietó. No se agitó, no se encogió, no tembló. Se aquietó. Como si Zane fuera el único lugar del mundo donde ella podía dejar de estar alerta.
-¿Alguna vez para completamente? -pregunté.
-Nunca. Excepto aquí. Contigo.
Nos quedamos así. De pie. En mi umbral. Sin tocarnos. Sin necesitarlo. La distancia entre nosotros no era vacío - era conexión. El tipo que no necesita contacto para existir.
Dos minutos. Después retrocedió.
-Falla reparada. Hasta la próxima semana.
Se fue. Y yo me quedé en el umbral con la certeza de que Zane Thorne era el más peligroso de todos.
Porque los demás me hacían querer más.
Zane me hacía querer quedarme.
________________________________________
Medianoche.
Me quité la camisa frente al espejo.
Las siete líneas en mi espalda brillaban en la oscuridad. Suaves. Como las primeras estrellas cuando cae la noche.
Siete líneas. Siete hombres. Siete formas diferentes de derribar lo que llevo tres años construyendo.
Mi omega - la presencia sin nombre que se había agitado con Kai, acurrucado con Finn, escondido con Jax, temblado con Cole y aquietado con Zane - ronroneó en la oscuridad. Despertando un poco más con cada encuentro. Después de tres años de silencio, ahora era murmullo.
Pronto sería voz.
Y cuando lo fuera, iba a pedirme algo que no podía darle.
Más.
Afuera, siete hombres regresaban a sus vidas creyendo cada uno que era el único que sentía este tirón.
Y yo contaba los segundos hasta que todo se desmoronara.
Porque cuando pasara - y iba a pasar - no iba a ser una ola.
Iba a ser un tsunami.
Y yo nunca aprendí a nadar.
POV: Elara
Me desperté con el zumbido.
No en mis oídos. En la sangre. Un eco de siete casi-toques que se negaba a silenciarse.
Demasiado temprano para todo excepto mis demonios.
La cafetera temblaba en mis manos. El olor me recordó a Kai. A su control obsesivo.
En la mesa, siete diarios abiertos. Cada uno dedicado a un hombre. Un mapa de mi locura.
Abrí el de Leo. Cuero negro como sus guantes.
"Notó la cicatriz. ¿Sabe más de lo que admite?"
Lo cerré de golpe.
Mi teléfono vibró. Rhys: "Reunión 9 AM. No llegues tarde."
Luego Finn: "Los hologramas funcionaron. Gracias."
No respondí. Fui a la ducha.
Bajo el agua, con los ojos cerrados, los sentí más fuerte. Las manos de Leo. La presencia de Zane. El calor de Finn. Mi omega - la dormida, la que había pasado la noche agitándose entre ronroneos - absorbía cada recuerdo como esponja. Más despierta que ayer. Más hambrienta.
Tres años manteniéndola callada. Tres años de supresores y distancia y reglas. Y ahora siete hombres estaban despertándola sin saber lo que despertaban.
El teléfono sonó mientras me vestía. Número desconocido.
-¿Hola?
Respiración. Luego:
-Sé lo que eres.
Se me heló la sangre.
-Una Omega Cíclope. Rara. Valiosa. -Voz femenina. Clínica-. Mis sensores detectaron actividad feromonal anómala. Siete Alfas convergiendo en un solo punto.
-No sé de qué hablas.
-Elara Ashford. Dada de alta del programa después del Incidente. Tres años escondida. Pero tu biología no puede esconderse. Te encontré.
El Instituto. Mi omega se encogió en mi pecho. Terror puro. El tipo de terror que tiene memoria muscular.
-Déjame en paz.
-Eres mi obra inacabada. Y vengo por ti.
-¿Quién eres?
-Dra. Miriam Kove. Nos conocimos antes de que casi mataras a mis Alfas de prueba.
Colgué. Manos temblando.
Tres años de libertad. Acabados con una llamada.
________________________________________
Debí quedarme en casa. Fui a trabajar porque la rutina era lo único que me mantenía cuerda.
Error fatal.
A las diez, mientras trabajaba en los hologramas de Rhys, lo sentí.
Un tirón. En mi pecho. Luego en mi columna.
Las siete líneas en mi espalda ardieron.
Y mi omega - la dormida, la silenciada - abrió los ojos de golpe. No como el despertar gradual de los últimos días. Esto fue violento. Como un animal que se despierta y encuentra fuego.
Otro tirón. Más fuerte. Siete cuerdas invisibles jalándome en siete direcciones.
Sentí a Kai. Kilómetros lejos. Apretando su teléfono hasta que el plástico crujió.
Leo en su clínica. Pulso disparándose. Lo sentí en mis costillas.
Jax en alguna azotea. Algo ardiendo en su hombro que ardía en el mío.
Rhys en una audiencia. Mandíbula tensándose. La mía apretándose en espejo.
Finn en la estación. Su corazón rompiéndose. Dolor fantasma en mi pecho.
Cole en su estudio. Pincel cayendo de dedos entumecidos. Mis dedos abriéndose.
Zane meditando. Respiración cortándose. La mía sincronizándose.
Siete hombres. Siete sensaciones. Un cuerpo intentando contenerlos a todos.
Mi omega rugió. Desde adentro. Con una fuerza que no sabía que tenía. Tres años de supresión detonando en un segundo. La llamada de Kove la había aterrorizado y el terror la había liberado de golpe.
Caí de la silla. El suelo golpeó mis rodillas pero no lo sentí. Espalda arqueándose. Dedos arañando el suelo. Boca abierta sin sonido.
Y peor que el dolor vino el anhelo.
Una necesidad tan primitiva que superó todo pensamiento. Los necesitaba. A los siete. Aquí. Ahora. Tocándome. Llenando este vacío que mi omega abría en mi centro como agujero negro.
Mi mente gritó por ellos.
Y ellos respondieron.
________________________________________
La puerta de mi loft explotó.
Kai entró primero. Se detuvo en seco.
Porque no estaba solo.
Leo subía las escaleras con maletín médico. Rhys salía del ascensor. Finn atravesaba la puerta de servicio. Jax se deslizaba por la ventana del baño. Cole dejaba caer su kit de pintura. Zane simplemente estaba ahí - como si nunca se hubiera ido.
Siete hombres. Siete extraños que no se conocían entre sí.
El silencio duró dos segundos. Después:
-¿Qué mierda hacen todos aquí? -Jax, mano moviéndose hacia su costado.
-Podría preguntar lo mismo. -Rhys evaluando amenazas.
-Todos sintieron lo mismo -dijo Zane. Calma que era más intimidante que la furia de Jax-. El tirón. La urgencia. Ella nos llamó.
-Sin palabras -murmuró Finn-. Pero nos llamó.
Se miraron. Siete hombres viéndose por primera vez. Reconociéndose sin entender qué reconocían. Y debajo del reconocimiento, algo más crudo: rivalidad. Siete lobos oliendo al mismo alfa y queriendo lo mismo.
Leo me vio en el sofá.
-¡Elara!
Se movieron al mismo tiempo. Y se detuvieron a la misma distancia. Como si una línea invisible los contuviera.
-Aléjense -gruñó Kai.
-Soy médico. Necesita ayuda. -Leo sacando la tablet.
-No la tocas hasta que sepamos qué pasa. -Jax bloqueando.
-Muévete. -Leo con un filo que nunca le había escuchado.
-Hazme.
-Suficiente. -La palabra salió de mi garganta como vidrio roto.
Los siete se congelaron.
Me senté. Todo me dolía. Mi omega temblando dentro de mi pecho como algo recién nacido que no sabe dónde está.
-Dejen de pelear y explíquenme por qué están aquí.
-Porque algo me dijo que estabas en peligro -dijo Kai-. Cada instinto gritaba que viniera. -Miró a los otros-. ¿Ustedes también?
Asintieron. Uno por uno.
-Así que todos conocen a Elara -dijo Rhys.
-Profesionalmente -mintió Kai.
-Claro. Por eso corrimos como si el edificio ardiera. -Jax no sonaba convencido.
Leo se arrodilló frente a mí.
-¿Puedo examinarte?
-No la toques -Kai, más cerca.
-No te estoy preguntando a ti. -Leo sin mirarlo-. Elara, ¿puedo?
Asentí.
Sus dedos encontraron mi muñeca. Tomó mi pulso.
Y en el momento que su piel tocó la mía, los otros seis gruñeron. Bajo. Gutural. Primitivo.
Leo soltó mi muñeca como si quemara.
Se miraron. Horrorizados. Porque el sonido no fue voluntario. Salió de un lugar que ninguno controlaba. De los lobos que todavía no tenían nombre.
-¿Qué fue eso? -susurró Finn.
-Instinto territorial -dijo Zane-. Todos lo sentimos.
-Eso solo se activa con... -Rhys se detuvo. Miró a los otros.
-Con vínculos potenciales -terminó Cole. Primera vez que hablaba-. Con Omegas compatibles.
-Pero ella es Beta -dijo Finn-. ¿Verdad?
Todos me miraron.
Mi omega tembló. Las mentiras pesaban tres años y ya no podía cargarlas.
-No -dije-. No soy Beta.
Silencio.
-Soy una Omega. Y soy lo que llaman Cíclope. Puedo vincularme con múltiples Alfas simultáneamente.
-¿Cuántos? -Kai. Peligrosamente calmado.
Miré a cada uno.
-Siete. Ustedes siete.
El caos.
-No soy parte de ninguna colección -gruñó Jax.
-No es elección. Es biología -dijo Leo.
-¿Cuánto tiempo lo supiste? -Rhys.
-Tres años. Desde el Incidente.
-¿Qué incidente? -Finn.
-Me usaron de prueba. Tres Alfas a la vez. Mi cuerpo intentó sincronizar. Uno murió. Dos con daño cerebral. Sobreviví. Me clasificaron como defectuosa. -Pausa-. Y escapé. Aproveché un fallo de seguridad y corrí. Tres años escondida. Identidad falsa. Supresores para oler a Beta.
-No eres defectuosa -dijo Finn.
-Soy peligrosa.
-Para ellos. -Jax sonrió. La primera genuina-. Para nosotros, aún no decides.
Mi teléfono sonó. Número desconocido. Puse altavoz.
-Veo que tus Alfas te encontraron. Conveniente. Ahora puedo recolectarlos a todos de una vez.
-¿Quién eres? -Kai, voz de acero.
-Dra. Miriam Kove. Instituto de Investigación Omega. Elara es propiedad intelectual. Y ustedes siete son datos valiosos.
Colgó.
Silencio. Los siete mirándome. Mi omega encogiéndose de terror porque Kove significaba Neo-Eden significaba jaulas significaba inyecciones significaba todo lo que llevaba tres años escapando.
Finn fue el primero en hablar.
-No dejaremos que nadie te lleve.
No lo conocía. No conocía a ninguno de los otros seis. Pero lo dijo con la voz de alguien que entraba a edificios en llamas para sacar desconocidos. Y mi omega - la aterrorizada, la que quería correr - se detuvo. Escuchó. Y por primera vez en tres años, consideró la posibilidad de que quedarse fuera más seguro que huir.
-Necesitamos un plan -dijo Kai.
-Y entender qué eres -dijo Leo. Sin dureza. Con la curiosidad de un médico que acaba de encontrar algo que cambia todo.
-¿Qué somos para ti? -preguntó Rhys.
-Mis compatibles. Mis vínculos. Los siete. Mi cuerpo los atrajo. Por eso están aquí.
-¿El Instituto? -Zane.
-Un lugar donde te abren y te miden y te usan y cuando se rompe algo lo anotan en un archivo y prueban de nuevo. -Mi voz más firme de lo que esperaba-. No voy a volver.
Kai miró a los otros. Seis desconocidos que habían corrido hasta aquí por instinto. Que se habían gruñido por territorialidad. Que ahora estaban parados alrededor de una mujer que acababa de decirles que su biología los había elegido sin preguntarles.
-Mañana -dije antes de que organizaran mi vida-. Comenzamos mañana. Esta noche necesito estar sola.
Uno por uno asintieron. Uno por uno se fueron.
Cuando la puerta se cerró detrás del último, me desplomé.
Mi omega ronroneó. Exhausta. Aterrorizada. Pero por primera vez en tres años, no sola.
Siete lobos habían venido corriendo sin saber por qué. Y uno de ellos - el del fuego, el de la voz rota, el que dijo "no dejaremos que nadie te lleve" sin conocerme - le había dado a mi omega algo que tres años de huir no habían podido darle.
La posibilidad de que quedarse no fuera rendición.
Fuera elección.