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Una relación complicada

Una relación complicada

Autor: : Atena S
Género: Adulto Joven
Disponible en AMAZON KINDLE Y TAPA BLANDA. Mía, una reconocida psicóloga de 27 años, casada con Dylan, un hombre exitoso pero celoso y posesivo, vive atrapada en un matrimonio que se va deteriorando lentamente. Aunque lo ama, sus días están llenos de silencios incómodos, inseguridades y dudas que no puede resolver ni como profesional ni como mujer. Dylan, consumido por sus propios fantasmas, contrata a un detective privado para seguir a su esposa. Ese hombre es Brandon Carter, un ex policía convertido en investigador privado, un hombre de mirada intensa, músculos esculpidos y un pasado tan oscuro como su mirada. Él se infiltrará en la vida de Mía haciéndose pasar por un paciente, pero pronto descubrirá algo que no esperaba: Mía es honesta, generosa... y rota. Lo que comienza como una vigilancia se convierte en una adicción peligrosa. Mía, sin saber la verdad, empieza a sentir una conexión salvaje con Brandon, que la lleva al límite entre el deseo y la traición. Pero cuando Brandon descubre que Dylan también tiene una amante, la línea entre la misión y el amor se desdibuja. Una historia intensa donde el sexo se convierte en escape, el amor en dolor y la pasión en una cárcel. Porque en esta relación... todos tienen algo que ocultar.

Capítulo 1 El paciente nuevo

Capítulo 1: El paciente nuevo

La noche se derramaba como tinta sobre la ciudad. Luces dispersas, humo en las aceras, bocinas lejanas... y un silencio pesado en el interior del despacho.

Brandon Carter se sirvió otro trago de whisky. El líquido ámbar bailó en el vaso, reflejando el filo de la luna que se colaba por la persiana metálica de su oficina. El reloj marcaba las 21:36. Casi cerrando. O al menos eso pensaba... hasta que la puerta crujió.

Un hombre de traje negro, elegante pero tenso, entró sin esperar invitación.

-¿Carter? -preguntó, su voz rasposa y controlada, aunque la impaciencia se le filtraba por las grietas del tono.

Brandon levantó la vista, sin dejar de sostener el vaso entre los dedos-. Depende de quién lo pregunte -respondió, con su típica arrogancia medida, esa que usaba como escudo contra el mundo.

-Dylan Brooks. Quiero contratarlo.

Brandon examinó al tipo. A primera vista, tenía todo: buena presencia, un reloj Rolex en la muñeca, zapatos de cuero bien lustrados, un corte de cabello perfecto. Pero los ojos... esos no mentían. Había ansiedad ahí. Celos. Rabia contenida.

-Tome asiento, señor Brooks -le indicó con un leve gesto.

Dylan se sentó frente a él, cruzando una pierna con precisión. Se notaba que estaba acostumbrado a mandar, pero esta vez parecía fuera de su elemento. Miraba alrededor, incómodo. Nervioso.

-Mi esposa... -empezó, tragando saliva como si cada palabra pesara más que la anterior-. Algo no anda bien. Últimamente llega tarde a casa, dice que está haciendo horas extras, pero no tengo pruebas. Solo lo... presiento.

Brandon lo observó en silencio. Había escuchado esa historia mil veces. Pero había algo en la forma en que lo decía que le llamó la atención. No era solo sospecha... era obsesión.

-¿Cómo se llama su esposa? -preguntó, sin pestañear.

-Mía -dijo. Solo eso. Como si el nombre fuera sagrado.

-¿Y qué hace? -Brandon ya tomaba notas mentales, su instinto activado.

-Psicóloga . Tiene una consulta privada, trabaja con pacientes entre semana, a veces los sábados. Dice que tiene una lista de espera larguísima, y que por eso hace horas extra...

Brandon levantó una ceja.

-¿Y usted no confía en ella?

Dylan apretó la mandíbula.

-La amo. Pero la conozco. Está distante. Se arregla más de lo normal. Cambió el perfume. Incluso sonríe cuando cree que no la miro. No puedo soportar la idea de que esté... con otro.

Brandon se recostó en la silla, entrelazando los dedos detrás de la cabeza. Estaba en territorio familiar. Hombres celosos, esposas con secretos, matrimonios a punto de estallar... pero algo en ese nombre, Mía, sonaba distinto. Tenía fuerza. Sonoridad. Misterio.

-Podría seguirla -dijo-, ver si se encuentra con alguien después del trabajo. Registrar sus movimientos. Clásico. Pero si realmente quiere respuestas, hay una opción más efectiva.

Dylan lo miró, intrigado.

-¿Cuál?

Brandon se inclinó hacia adelante.

-Me infiltraré como paciente. Si quiere saber qué oculta, no hay mejor lugar para descubrirlo que en el mismo sitio donde escucha y guarda los secretos de otros.

Dylan se quedó helado por un instante. Luego asintió.

-Accederá. Ella no rechazará pacientes nuevos, y menos si el caso es interesante. Yo puedo decirle que soy un empresario estresado, que necesito ayuda con el insomnio y los ataques de pánico. Lo trabajará encantada.

Brandon ya pensaba como un depredador. Sabía cómo manipular, cómo generar confianza. Pero en el fondo... algo no encajaba. Ese hombre frente a él no buscaba la verdad. Buscaba control.

-¿Qué pasa si descubro que no le está siendo infiel? -preguntó Brandon.

Dylan sostuvo su mirada, helado.

-Entonces tendré paz. Y si me está mintiendo, quiero pruebas. Videos. Fotos. Audios. Todo.

-¿Y si usted es el que le está siendo infiel a ella?

Dylan no se inmutó.

-No vine a que me juzgara, Carter. Vine a contratarlo. ¿Acepta el caso?

Brandon se quedó en silencio por unos segundos más. Luego, asintió.

-Lo acepto. Pero haré las cosas a mi manera.

Dylan sacó un sobre grueso de su chaqueta y lo colocó sobre el escritorio. En su interior, billetes de cien perfectamente doblados. Brandon no los tocó aún. Lo observó como si estuviera firmando un pacto con el demonio.

-La dirección del consultorio está aquí -añadió Dylan, dejando una tarjeta-. Ella es... hermosa. Pero no se deje engañar. Es muy inteligente.

Brandon sonrió.

-No será la primera psicóloga que intento descifrar.

Dylan se levantó sin dar más explicaciones. Salió del despacho con el mismo aire elegante con el que había entrado, pero sus ojos se delataron en el último segundo: miedo. El tipo sabía que estaba a punto de perder algo, y no sabía si quería evitarlo... o comprobarlo.

Brandon se quedó solo con el sobre, el whisky y el nombre de una mujer que, aún sin conocerla, ya empezaba a dibujarse como un enigma en su mente.

Mía Brooks. Psicóloga. Casada. Sospechada.

Y muy pronto... su psicóloga.

...

La mañana llegó cargada de una luz gris, como si el cielo presintiera que algo estaba a punto de romperse.

Brandon se había levantado temprano. Había estudiado la ubicación del consultorio de Mia la noche anterior, revisado los perfiles en línea, rastreado opiniones de antiguos pacientes, incluso fotos. Y ahí estaba ella... en una imagen de perfil profesional, con una bata blanca, cabello suelto y lacio, labios delineados con un rojo discreto pero provocador, una mirada cálida y profunda. Tenía algo que te obligaba a mirar dos veces.

No parecía una amenaza. Pero eso era lo más peligroso.

A las 9:10 a. m., Brandon ya estaba frente al edificio. Subió por las escaleras en vez del ascensor. Quería escuchar. Oler. Percibir. Cada detalle contaba.

Cuando llegó al segundo piso, la puerta de vidrio esmerilado con letras doradas lo recibió:

Dra. Mia Brooks – Psicóloga Clínica

Citas con anticipación | Confidencialidad garantizada

Tocó una vez. Y luego dos veces más, con algo más de urgencia. Respiraba agitadamente, la camisa ligeramente desabotonada, como si acabara de correr. El cuello húmedo por gotas de sudor que se había rociado minutos antes con una botella de agua. Tenía la expresión perfecta: confusión, angustia... vulnerabilidad.

La secretaria, una mujer joven con gafas gruesas, lo miró con sorpresa desde el mostrador.

-Señor... ¿tiene una cita? -preguntó, nerviosa por su estado.

Brandon colocó ambas manos sobre el mostrador, como si apenas pudiera mantenerse en pie.

-Por favor... necesito hablar con alguien. No... no dormí anoche. Tuve ataques de pánico. No puedo respirar. Siento que voy a morir -dijo, fingiendo entrecortadamente, su respiración rápida, los ojos vidriosos.

La secretaria se levantó.

-Un momento... voy a ver si la doctora puede verlo...

Entró por la puerta lateral que conducía a los consultorios. Brandon dejó que sus manos temblaran levemente. Cada gesto, cada palabra, era una actuación medida al milímetro.

Un par de minutos después, la puerta se abrió... y entonces la vio.

Ella.

Mia Brooks.

Vestida con una blusa blanca ajustada al pecho y una falda tubo gris que delineaba sus curvas de forma descarada. El cabello suelto y brillante le caía por la espalda como seda negra. Pero lo que más lo impactó fueron sus ojos: grandes, marrones, intensos... con una expresión maternal y fuerte al mismo tiempo. No eran ojos de víctima. Eran ojos de una mujer que había visto cosas y sabía cómo ocultarlas.

-¿Está bien? -preguntó con voz firme, acercándose a él con cuidado.

Brandon fingió tambalearse. Ella extendió el brazo y él cayó justo en su trampa, dejando que ella lo sujetara del antebrazo.

-No... no sé qué me pasa... no puedo respirar bien -murmuró.

-Acompáñeme -ordenó, suave pero autoritaria.

Lo condujo a su consultorio, y Brandon notó al instante que el lugar estaba impregnado de su esencia. Velas aromáticas, plantas pequeñas, estanterías de libros organizados por colores, una silla de terciopelo gris y un diván de cuero negro. Todo estaba en equilibrio. Como ella.

Lo hizo sentarse.

-Respire conmigo -dijo mientras tomaba asiento frente a él-. Inhale... ahora exhale.

Brandon obedeció, marcando un temblor leve en su voz.

-No sé qué me pasa. Nunca me había sentido así. Me desperté con taquicardia. Me duele el pecho. Pensé que me estaba volviendo loco.

Mia observaba cada detalle de su lenguaje corporal, pero había una chispa de compasión en su mirada.

-¿Tuvo alguna pérdida reciente? ¿O algún trauma?

Brandon negó con la cabeza.

-Trabajo en una empresa de seguridad privada. Mucho estrés. Poca vida personal. No sé cuándo empezó... simplemente... exploté.

-¿Está solo?

-Sí -respondió, y sus ojos se clavaron en los de ella por un instante-. Completamente solo.

Mia asintió y tomó una libreta. Empezó a escribir algunas cosas.

-No suelo aceptar pacientes sin cita, pero haré una excepción. ¿Está de acuerdo en iniciar un proceso de evaluación conmigo?

Brandon fingió sorpresa, como si su plan no hubiese funcionado tan rápido.

-¿De verdad?

-Sí. Pero necesito su compromiso. No trabajo con personas que no se toman en serio la terapia.

Brandon sonrió levemente, la primera expresión que dejaba ver algo más... algo oscuro. Algo carismático.

-Me comprometo.

-¿Nombre?

-Brandon Collins -respondió, usando un apellido falso.

Ella lo apuntó.

-Bien, Brandon. Esta es una sesión de emergencia. Pero a partir de la próxima semana, empezaremos con una estructura. ¿Está bien?

-Sí... gracias. De verdad. No sabía a quién acudir.

Ella le ofreció una pequeña sonrisa.

-Ya no está solo. Aquí está seguro.

Y ahí, en ese instante, Brandon supo que había ganado su primer terreno. La había hecho bajar la guardia. La había hecho abrirle la puerta... y no solo la física.

Lo difícil no sería atraparla.

Lo difícil sería no quedar atrapado él.

Capítulo 2 El Juego Comienza

Capítulo 2: El Juego Comienza

Mia se acomodó en su silla mientras observaba con discreción al hombre sentado frente a ella. Era imposible ignorarlo. El modo en que su pecho se movía con la respiración profunda, como si aún intentara controlar su ansiedad. Los músculos tensos bajo la camisa ajustada, ligeramente arrugada, que apenas disimulaba la solidez de su cuerpo. Las manos grandes, venosas, se entrelazaban sobre sus muslos como si intentara sostenerse a algo más que el presente.

Pero era su rostro lo que la descolocaba.

Barba recortada con precisión. Mandíbula firme. Ojos marrones oscuros, intensos, que parecían estudiarla tanto como ella lo estudiaba a él.

¿Qué hace un hombre como él en mi consultorio?, pensó, reprimiendo un suspiro. No era un pensamiento profesional. Pero era real.

Él la miraba también, y no con la desesperación de alguien al borde del colapso, sino con una calma calculada. Había algo en él... algo que la hacía sentir expuesta, como si sus propias paredes mentales se agrietaran frente a su presencia.

-¿Brandon? -comenzó ella, cruzando las piernas mientras tomaba su bolígrafo-. Quiero que me hables un poco de ti. ¿Cuál es tu historia?

Él sonrió apenas, un gesto suave pero cargado de intención.

-No hay mucho que decir. Treinta y tres años. Trabajo en seguridad. Tengo una empresa pequeña, privada. Manejo clientes exigentes, protección personal, investigaciones... todo lo que implique riesgo. Supongo que eso también me consume mucho .

Mia asintió. Anotó con rapidez en su libreta, pero no dejó de observarlo.

Seguridad privada. Hombre acostumbrado al control, al peligro. Pero también a leer personas, pensó.

-¿Familia? ¿Pareja? ¿Hijos?

Brandon inclinó la cabeza, sus ojos fijos en los de ella.

-Soltero. Nunca casado. No hijos... que yo sepa -añadió con una media sonrisa provocadora.

Ella no pudo evitar reír levemente. La respuesta la había tomado por sorpresa. Su sonrisa se desvaneció tan rápido como llegó, y retomó el tono profesional.

-¿Y relaciones largas? ¿Has tenido alguna que consideres significativa?

Brandon pareció pensar un momento, luego bajó la mirada.

-Sí. Una, hace años. Creí que era real... pero las personas no siempre son lo que parecen.

La frase la tocó más de lo que esperaba. Sintió una punzada en el pecho. ¿Cuántas veces ella había pensado lo mismo sobre Dylan últimamente?

La habitación se llenó de un silencio espeso. El aire era denso, cargado.

Brandon levantó la vista y cambió de posición. Se inclinó apenas hacia adelante, los codos sobre las rodillas.

-¿Y tú? -preguntó, con tono casual-. ¿Estás casada?

La pregunta cayó como una piedra en el agua. Mia parpadeó. No porque la pregunta fuera inapropiada, sino por cómo la formuló. Como si no fuera una curiosidad trivial, sino algo que quería confirmar por sí mismo.

-Sí, estoy casada -respondió, con un tono que intentó sonar neutral-. Pero eso no es relevante aquí. Soy yo quien hace las preguntas, Brandon.

Él alzó las cejas y sonrió, no con burla, sino con admiración.

-Lo siento. Tienes razón. Solo... supongo que parte de mí quería saber si alguien como tú podía estar con alguien como yo.

Mia tragó saliva.

¿Alguien como tú?, pensó.

¿A qué se refería? ¿A su atractivo físico? ¿A su intensidad? ¿A esa manera en que la estaba desarmando sin siquiera tocarla?

Se aclaró la garganta.

-¿Tienes antecedentes de ansiedad en tu familia?

-Mi madre -respondió él, esta vez con una sombra de sinceridad-. Era nerviosa. Medicada por temporadas. Murió hace unos años.

-¿Y tú? ¿Has consultado antes?

Brandon negó.

-Nunca. Supongo que tenía miedo de mostrarme vulnerable.

-¿Y qué cambió?

-Tu foto en la página web -respondió sin pestañear-. No sé por qué... sentí que podía confiar.

Mia sintió el calor subirle por el cuello. No era la primera vez que un paciente cruzaba la línea con un comentario ambiguo, pero esto era distinto. Brandon no jugaba. No era un adolescente coqueteando. Era un hombre que sabía muy bien el poder de sus palabras.

-Brandon... esta será una relación profesional. Si en algún momento sientes que no puedes manejar la línea entre lo terapéutico y lo personal, será necesario derivarte.

Él asintió, sin perder esa sonrisa enigmática.

-Entiendo. Te aseguro que no cruzaré la línea. A menos que tú me lo permitas.

Esa frase. Ese maldito tono. Esa mirada.

Mia desvió los ojos hacia la libreta. Sus dedos apretaron el bolígrafo.

Necesitaba recuperar el control.

-Volvamos al motivo de la consulta. ¿Qué te provoca exactamente los ataques de ansiedad?

Brandon se recostó levemente. Su mirada cambió. Dejó de ser tan provocadora y se volvió más introspectiva.

-No dormir bien. Ruido mental constante. Desconfianza. A veces siento que la gente que tengo cerca... miente. Que no dicen la verdad. Que hay algo detrás de cada gesto.

Mia sintió el corazón acelerarse.

Como Dylan.

Como las noches en que él llegaba tarde.

Como las veces que lo sentía desconectado, ausente, culpable.

Se obligó a mantener la compostura.

-¿Sueles investigar a la gente que te rodea?

Brandon la miró fijamente.

-Todo el tiempo. Es parte de mi trabajo... pero también de mi naturaleza. Me gusta descubrir lo que otros ocultan. Lo que no dicen. Lo que sus ojos traicionan.

Silencio. Largo. Tenso. Insoportable.

Mia desvió la vista al reloj.

-Nos queda poco tiempo hoy. Pero para la próxima sesión quiero que completes un registro de emociones. Anota cada vez que sientas ansiedad, con hora, lugar, situación. ¿De acuerdo?

Brandon asintió. Se levantó despacio, sin apuro. Su altura llenó el espacio entre ellos. Se inclinó apenas sobre el escritorio mientras ella escribía.

-Gracias por aceptarme sin cita. Lo necesitaba.

Ella levantó la vista. Su mirada se cruzó con la de él.

-De nada, Brandon. Nos vemos la próxima semana.

-Lo estoy deseando.

Y con esa última frase, salió de la consulta, dejando tras de sí un aroma leve a loción amaderada... y una tensión que aún flotaba en el aire como electricidad estática.

Mia respiró hondo. Cerró su libreta.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo la había tocado... bajo la piel.

Brandon salió del consultorio de Mia con paso firme, pero su mente estaba lejos de su entorno. Caminó por el pasillo de la clínica sin mirar a nadie, ignorando el bullicio habitual, las voces bajas, el olor a café y desinfectante. Todo se desvanecía detrás de un pensamiento dominante: ella.

Fase uno completada.

El contacto inicial. La entrada. La puerta entreabierta a su mundo.

Hasta ahora, no había señales que la señalaran como infiel. Ningún gesto esquivo, ninguna mirada de culpa o ansiedad relacionada con una doble vida. Todo en Mia gritaba equilibrio, responsabilidad, incluso nobleza. Estaba completamente centrada en su papel, en su vocación.

Era evidente que se tomaba su trabajo muy en serio.

Y sin embargo...

¿Por qué Dylan sospechaba tanto de ella?

Brandon repasó mentalmente las palabras del esposo: "Llega tarde. Me esquiva. Está rara. La conozco. Me está ocultando algo."

Pero lo que Brandon había visto no encajaba con ese perfil.

Mia no parecía una mujer infiel.

Parecía una mujer leal. Cansada, quizás. Tensa, sí. ¿Pero infiel?

Entonces... ¿y si el problema no era ella?

Se detuvo en la calle, apoyándose contra su moto, con la chaqueta de cuero medio abierta. Respiró hondo. El aire frío le ayudó a centrarse, aunque no del todo.

Porque su mente todavía estaba allá dentro.

Con ella.

Mia.

Sus labios carnosos, naturales, sin maquillaje excesivo. Su forma de morderlos brevemente cuando pensaba.

Sus ojos marrones, profundos, expresivos, con ese brillo que oscilaba entre el profesionalismo y algo más... algo que él no terminaba de descifrar.

Su voz. Su forma de hablar: firme, directa, pero envolvente.

Se le había quedado grabada. Como una imagen impresa a fuego.

-Concéntrate, Brandon -murmuró para sí, pasándose una mano por la nuca.

Esto era un trabajo. Uno más. Ya había hecho esto antes. Hacerse pasar por paciente, infiltrarse en la vida de alguien, conseguir información, descubrir la verdad.

Era su especialidad. Su terreno.

Pero esta vez...

Había algo que no encajaba.

Ella.

Mia no era como otras mujeres que había observado, investigado, expuesto.

No era frívola. No era coqueta. No era una mujer que buscara ser deseada.

Y sin embargo... había algo magnético en ella. Algo que no se esforzaba por mostrar, pero que brillaba igual.

Brandon se subió a su moto y encendió el motor. Pero no arrancó de inmediato. Se quedó inmóvil, mirando al frente, mientras el sonido grave del motor vibraba bajo él.

-¿Qué tienes de especial, Mia?

Era una pregunta que no podía responder todavía.

Pero lo haría.

Porque eso era lo que mejor sabía hacer: mirar debajo de la superficie.

Y esta vez, no solo estaba motivado por el pago de Dylan...

Estaba motivado por ella.

Capítulo 3 Silencios que gritan

Capítulo 3:Silencios que gritan

Mia conducía en silencio, con una mano al volante y la otra jugueteando inconscientemente con un mechón de su largo cabello negro. El atardecer bañaba la ciudad con una luz dorada, pero ella apenas lo notaba. Su mente estaba lejos del tráfico, de la rutina, del mundo exterior.

Estaba pensando en él.

En ese paciente que había aparecido sin cita, como una tormenta repentina.

Brandon.

Algo en él la había descolocado. Su voz grave y modulada, su mirada intensa, el contraste entre su aspecto rudo y su aparente vulnerabilidad.

Había dicho que tenía ataques de ansiedad... pero su lenguaje corporal hablaba de alguien que dominaba cada gesto, cada pausa.

¿Quién era realmente Brandon?

¿Por qué la forma en que la miraba la había hecho sentir expuesta... observada?

Se estacionó frente a su casa. La fachada familiar no logró disipar la sensación que se había instalado en su pecho. Algo se estaba moviendo en su vida, algo que no lograba identificar todavía.

Entró en la casa y dejó las llaves sobre la mesa del recibidor. El lugar estaba en penumbras, y el silencio la recibió como una sombra pesada.

-Dylan -llamó suavemente.

Ninguna respuesta.

Se dirigió a la cocina y puso agua a calentar, esperando que al menos un té calmara el revoltijo de emociones que sentía. A los pocos minutos, escuchó la puerta principal abrirse.

Era él.

Dylan entró, luciendo impecable como siempre, su traje oscuro perfectamente alineado, el cabello peinado hacia atrás. Su expresión era neutra, casi impasible, pero sus ojos no ocultaban cierta tensión.

-Hola -saludó sin mirarla.

-Hola -respondió ella, observándolo. Algo en su pecho se apretó. Esa frialdad no era nueva, pero esta vez se sentía diferente... más densa, más cargada.

Él dejó su maletín en la mesa y caminó hacia el refrigerador. Se sirvió un vaso de agua. Bebió en silencio.

Y ella no pudo más.

-¿Me ocultas algo, Dylan?

Sus palabras salieron suaves, pero firmes. Él la miró por encima del borde del vaso, y durante unos segundos, ninguno habló.

Luego, él sonrió... pero no con ternura.

-Eso mismo te iba a preguntar yo.

Mia entrecerró los ojos.

-¿Perdón?

-¿Tú me ocultas algo, Mia? -repitió él, más despacio, cada palabra cargada de una acusación velada-. Últimamente llegas tarde. Estás distante. Te noto... ¿ausente?

Ella se cruzó de brazos, sintiendo el calor del enojo comenzar a hervir bajo su piel.

-¿Trabajo, Dylan? ¿Recuerdas eso? -soltó Mia con una mezcla de rabia y decepción en la voz-. Me quedo hasta tarde porque estoy cubriendo sesiones extra... para poder comprarte ese maldito reloj que tanto querías desde hace meses.

Lo miró directamente, sin parpadear.

-Iba a ser una sorpresa. Pero ¿sabes qué? No te la mereces. No mereces mi esfuerzo.

Apenas terminó de hablar, Dylan se tensó. Su expresión cambió. De la frialdad pasó a una furia contenida, oscura, como una tormenta que estalla sin aviso.

Y sin decir una palabra, se acercó de golpe y la sujetó por el cuello.

No la apretó fuerte. No al punto de lastimarla. Pero lo suficiente para que ella sintiera el frío control de su fuerza sobre su piel.

-Si descubro que me has engañado, Mia... -su voz fue baja, grave, un susurro venenoso- te juro que no volverás a ejercer como psicóloga en esta ciudad.

Te destruiré.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, el corazón palpitando con violencia. Quiso gritar, responder, empujarlo... pero se quedó quieta. Por miedo. Por rabia. Por confusión.

Después de unos segundos eternos, Dylan soltó su cuello y se alejó, como si nada hubiera pasado.

Y en ese silencio, mientras ella se tocaba la garganta con las manos temblorosas, solo una imagen volvió a su mente.

Brandon.

Mia se quedó sola en la sala de estar, el eco de las últimas palabras de Dylan todavía vibrando en el aire. Se tocó el cuello de nuevo, no había marcas visibles, pero la sensación de sus dedos fríos aún quemaba su piel. Se sentía sucia, humillada... traicionada por un hombre que se suponía debía protegerla, no intimidarla.

No había llorado. No todavía. Pero sus ojos ardían, como si las lágrimas estuvieran atrapadas en un nudo en la garganta que no sabía cómo deshacer. Se dejó caer en el sillón, con los codos sobre las rodillas, y se tapó el rostro con ambas manos.

No entendía cómo habían llegado a esto. Hace unos años, Dylan la miraba con admiración... ahora, solo la vigilaba como si fuera su enemiga.

Dormir fue imposible.

Se pasó la noche en vela, dando vueltas en la cama, pensando en si debía contarle a alguien lo que Dylan había hecho, si debía marcharse, o simplemente actuar como si nada hubiera pasado. Al final, eligió lo que había aprendido desde niña: aguantar.

Al día siguiente, se maquilló con más dedicación de la habitual. Un poco más de corrector bajo los ojos, un delineado más marcado. Una máscara perfecta para tapar la tormenta que rugía por dentro. Se vistió con un conjunto sobrio, pero ajustado. Tenía que lucir fuerte. Invulnerable.

Pero cuando Brandon entró a su consulta, la máscara tembló.

-Buenos días, doctora -dijo él con esa sonrisa tranquila y confiada que tan poco combinaba con el papel de "paciente ansioso" que fingía.

Mia lo miró, sintió que por unos segundos su cuerpo se tensaba involuntariamente, como si él pudiera ver más allá de su fachada.

-Pasa, Brandon -respondió con voz suave, casi robótica.

Él se sentó frente a ella, observándola con más atención que la primera vez. Algo en ella estaba diferente. No era solo el cansancio. Había algo... roto, algo frágil en sus ojos, como si se hubieran apagado un poco.

-¿Se encuentra bien? -preguntó, serio esta vez, dejando de lado el disfraz.

Ella sonrió levemente, esa sonrisa mecánica que usan los profesionales cuando deben seguir funcionando aunque por dentro estén hechos pedazos.

-Soy yo quien hace las preguntas, ¿recuerdas?

Brandon entrecerró los ojos. Era evidente que algo no estaba bien, pero decidió esperar. No podía arriesgarse a confrontarla directamente. Aún no.

-Está bien -dijo él, acomodándose-. ¿Por dónde empezamos?

Mia cogió la libreta, pero en lugar de anotar algo, lo miró directamente.

-¿Alguna vez has tenido miedo de alguien cercano? -preguntó con una voz que intentaba sonar profesional, pero que temblaba por dentro.

Brandon la miró un segundo más de lo necesario antes de responder.

-Sí. Una vez.

-¿Cómo lo manejaste?

-Haciéndome el fuerte. Esperando el momento correcto para actuar.

Ella tragó saliva, bajando la mirada como si eso la hubiera tocado más de lo que quería admitir.

-¿Y esa persona... te había lastimado físicamente?

-No, pero estaba cerca de hacerlo. Y eso fue suficiente.

Mia asintió lentamente.

-A veces uno no necesita moretones en el cuerpo para saber que está siendo herido -murmuró.

Brandon se inclinó un poco hacia adelante, captando la insinuación.

-¿Usted... está bien, doctora?

Ella levantó la mirada, sus ojos se cruzaron por un segundo cargado de tensión, y respondió con una sonrisa que dolía más que un grito:

-Estoy bien. Solo... cansada.

Brandon supo que mentía. No como paciente, sino como hombre. Su instinto le gritaba que algo en esa casa no estaba bien. Y Mia... Mia parecía más atrapada de lo que Dylan había sugerido.

-¿Tiene problemas con alguien cercano? -se atrevió a preguntar-. ¿Su esposo, tal vez?

Ella se tensó un segundo, luego soltó una risa breve, sin humor.

-¿Vas a psicoanalizarme tú ahora?

-No -respondió Brandon, mirándola a los ojos-. Solo me preocupa que quien ayuda a los demás, muchas veces olvida que también necesita ayuda.

Mia se quedó en silencio. Las palabras de Brandon le golpearon en el centro del pecho. ¿Cómo podía un desconocido entenderla mejor que el hombre con el que compartía la cama?

Ella se quedó en silencio unos segundos, observando la forma en que Brandon la miraba. No era una mirada común. No era la de un paciente. Había algo en su expresión que la inquietaba... y la atraía al mismo tiempo.

-Dices que estuviste cerca de casarte... -comentó con fingida indiferencia, escribiendo algo en su libreta-. ¿Qué falló?

Brandon sonrió, esa sonrisa ladeada que parecía siempre esconder una verdad más profunda.

-Supongo que no era la persona correcta. A veces creemos que lo es... hasta que dejamos de reconocernos al mirarnos al espejo.

Mia asintió lentamente, con la mirada fija en el papel.

-¿Y ahora? ¿Hay alguien en tu vida? ¿Alguien que te espere en casa?

Brandon la observó en silencio unos segundos. Sabía lo que ella estaba haciendo. Lo notó en el tono casual y en la forma sutil en la que desviaba la mirada, como si no quisiera parecer interesada.

-No. Nadie me espera. Y si lo hiciera, probablemente me diría que deje de venir aquí.

Ella soltó una pequeña risa. Breve. Sincera.

-¿Por qué?

-Porque venir aquí se está volviendo... interesante.

Mia levantó la mirada. Sus ojos se encontraron por un segundo demasiado largo. Fue ella quien desvió la vista primero, retomando el control.

-Brandon... estás aquí para trabajar en tu ansiedad, no para coquetear con tu psicóloga.

Él no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz más baja, más íntima.

-Tal vez... no estoy fingiendo tanto como pensé.

Ella tragó saliva, disimulando el impacto que le provocaron esas palabras.

-La sesión ha terminado -dijo con un tono firme, aunque por dentro... se sentía temblando.

¿Qué quiso decir eso?

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