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Una terapia para el Ceo.

Una terapia para el Ceo.

Autor: : PH. MUÑOZ
Género: Romance
Sinopsis. Savannah Lewis es la mejor terapeuta del momento, con sus nuevos métodos alternativos para tratar a sus pacientes, se ha forjado un nicho que hoy la tiene ad portas de empezar un programa de televisión para ayudar a quién lo necesite. En el día es una perfecta profesional. Con su bata blanca y su cabello estrambótico se pasea por los pasillos del hospital general como la puta diosa del departamento de psiquiatría que es, lo que le trae más de una mirada de desprecio y envidia, pero muchas más de admiración. ¿Le importa? Ni una mierda ella sabe su valía y ser la amiga del flamante director del hospital lo avala. Pero de noche, nuestra linda terapeuta tiene una afición que ni sus mejores amigos saben... Su traje de cuero negro y el antifaz que cubre sus hermosos rasgos la transforman en The Queen y el club Shine es la manera que tiene para soltar todo el peso de su trabajo y... La forma en que le gusta disfrutar. No le gusta ser dominada, solo dominar... No le gusta que la manden, solo mandar... Ella, es el pecado hecho mujer y lo sabe... James O'Connor Jr. Es un maldito controlador en todos los aspectos de su vida. Un arquitecto que vive cada día como el perfecto hijo mayor de la familia O'Connor y que le gusta vivir su vida en absoluta soledad. Un tipo que no cree en el amor y que odia a las mujeres... Salvo a su querida prima, la cual junto a su padre y su hermano han buscado por todo el mundo y por fin la encontraron. Ese hombre serio y "virgen" que a sus 30 años solo desea dos cosa en la vida, poder y estabilidad, una que se cae como castillo de naipes al conocer a The Queen... ¿Qué pasará cuando James sepa quién es realmente su musa inspiradora y la que le quita hasta el aliento? ¿Podrán lidiar ambos con sus propios demonios? ¿Existirá el amor o solo será un juego sexual que los dominará hasta que uno de los dos caiga? Este es el segundo libro de la saga O'Connor y aunque se trate ¨solo de ellos, nuestra familia favorita estará presente para hacerles la vida de cuadritos o eso es lo que todos piensan... Seducción, traiciones, secretos, intrigas, mentiras y sospechas, entre giros y más giros, es lo que puedes esperar de una original, divertida y un poquito, solo un poquito oscura historia de amor en la que nada es lo que parece.

Capítulo 1 Terapia de shock.

Seis meses en el futuro...

¿Qué dirías si tu cuerpo es golpeado solo para sentir placer?

¿Qué pensarías si maltratar a alguien es una necesidad para mantener tu adrenalina a tope y llegar a un orgasmo satisfactorio?

¿Cómo haces que esto pare si necesitas con urgencia descargar tus instintos animales más primitivos para ser feliz?

¿Cuál es la manera de actuar frente a todos esto, doctora? Dígame, ¿Usted tiene una respuesta a todo esto? Me gustaría saber que piensa- respira hondo y luego de darme una mirada lasciva continúa.

-Todo eso es lo que siento aquí dentro-el hombre tras el cristal se golpea el pecho una y otra vez, como si eso lo liberara de toda la mierda que lo tiene tras las rejas-, no pude dejar de inflingir dolor a mis parejas para sentir mi propia felicidad, no quise dejar de hacerlo, era mi placer culpable y aquí estamos, doctora...

Estoy en la cárcel de máxima seguridad del estado de Nueva York, el Metropolitan Correctional Center, New York o MCC New York como le dicen, sentada frente a frente con uno de los más desquiciados asesinos en serie de los últimos tiempos.

¿Qué hago aquí frente a este loco desalmado?

¿Cómo es que lo estoy escuchando tan tranquila después de toda esta mierda que me está lanzando?

¿Debo de estar más loca que él para seguir aquí sin un ápice de sentimientos por lo que escucho?

Preguntas que suelto en mi cabeza y apunto en mi libreta que, por ahora, no tienen respuesta.

Ah, sí ya lo recordé. Estoy sentada aquí frente a este tipo por el maldito editor del programa de televisión en el cual me he metido debido al éxito de mi podcast, maldita la hora en que le hice caso a Val.

Anoto en mi libreta "recordar matar al imbécil que me metió en esto"

Aunque... Hay algo más que me tiene sentada aquí frente a él...

Pero bueno, volviendo al punto el tipo pidió verme antes de ser llevado a la silla eléctrica, cuestión hasta tragicómica, porque en Nueva York no se ha aplicado la pena capital y no han ejecutado a nadie desde 1963. La última vez que se ejecutó a una persona por un delito federal en Nueva York fue en 1954 o hasta que este tipo termine con los sesos fritos en veinticuatro horas más...(sic. Sí, lo busqué en Wikipedia)

-Doctora... ¿Me está escuchando? - me pregunta Ariel Cisco, un empresario de metro noventa, pelo rubio hasta los hombros, cuerpo de dios infernal, forrado en billetes, de baja California que fue condenado a muerte por matar a sus parejas en el acto sexual.

-Oh, si. Claro que lo estoy escuchando fuerte y claro, señor Cisco. Continúe, por favor- digo para sacarme del paso, es que estar en este lugar me tiene un tantito mal.

-Siempre me he preguntado ¿cómo lo hacen los psiquiatras para liberar toda la tensión acumulada con sus pacientes? Escuchar a cada loco como yo debe ser un poco- meditó unos segundos-. Agotador.

«si supieras como lo hago, cariño»

-Puede que sí como puede que no, solo es un trabajo- respondo encogiéndome de hombros y siendo lo más políticamente correcta.

-Esquivas bien mis preguntas, preciosa...- y ahora me tutea el muy imbécil, mientras sisea como una víbora las palabras que me dice.

«Tranquila, Vannah, cuenta hasta un millón »

-Señor Cisco, solo he venido aquí porque usted me mandó a llamar para una consulta, no para hablar de mí y mi desfogue.

-Eres dura de roer, mujer. Cómo me gustaría enterrar mis dientes en es cuello divino que tienes...

Seguía contando hasta... creo que ya voy en mil internamente, aunque quería mandar al tipo a la mierda, había algo en su forma de pensar que me mantenía sentada frente a él en esta celda de vidrio. Ese algo oscuro que se hacía entre ver en sus ojos negros como su alma podrida y que lograban llamar mi atención, más de lo debido y quería averiguarlo.

No me dejaría embaucar por este ser despreciable, llevaba años instruyendo a mi cuerpo y a mi mente para no flaquear así. Además, el vidrio que dividía nuestra extraña conexión me hacía sentir segura y poderosa.

Eran las palabras del tipo las que me lograban desestabilizar, se sentía tan parecido a... mí, pero no se lo demostraría. Yo era mejor que él, yo era más fuerte que él, yo no era una asesina como él...

Veintidós mujeres debieron sufrir antes, bajo su dominio. Veintidós almas que se perdieron en esos ojos cubierto de una maldad angelical. Veintidós latidos que pararon ante sus palabras y sus actos.

Veintidós... Un número interesante...

-¿Doctora? Nuevamente se ha perdido, ¿A dónde se fue? - a mi palacio mental, estúpido, pero eso no era lo que iba a decir. No por ahora...

-Estaba aquí, señor Cisco, sólo escuchándole, pero me atrevería a decir que su petición va más allá de que sea su última terapia antes de la silla.

-Oh, no, no, no, por el contrario hermosa, tú eres el bálsamo para aplacar mi deseo, ya tengo claro que dejaré este mundo, pero necesitaba alguien, que no fuera un cura, para expresarle mis más íntimos pensamientos antes de partir, mi alma ya está podrida y no le tengo miedo a morir.

-¿Y eso para qué?- pregunto de la nada, estoy a un tris de levantarme de mi silla cuando...

-Porque tú eres igual que yo mi, querida Queen...

Trato, por dios que trato de mantenerme tranquila e inmutable, pero esas dos palabras me desestabilizan ¿Cómo lo sabe? ¿De dónde lo supo? O peor aún ¿Qué es lo que verdaderamente sabe de mí?

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Capítulo 2 Una vida sin deseo

Manchester, Inglaterra.

Hace unos meses atrás...

-¡Eres un maldito imbécil, James O'Connor! No sé para que sigo contigo si ni siquiera quieres tocarme ¿Tanto asco te doy? ¿no soy lo suficientemente atractiva como mujer para que tengamos sexo? Llevamos ocho meses ¡Ocho meses saliendo y todavía no me tocas, James!- me grita la chica frente a mi, paseándose en el medio de la sala de mi departamento, semidesnuda, pareciendo una desquicida.

Bueno, en realidad lo era...

Esa era mi "novia", con la que he estado saliendo el último tiempo para aplacar las inquietudes de mi padre.

La verdad es que estoy abocado en terminar mis estudios de post grado y una novia no es lo que tenía en mente para mi, en estos momentos, pero ella era la chica que querían para ser mi futura esposa. Mi padre y el suyo tenían varios planes en común y uno de sus grandes proyectos era unir a sus queridos hijos.

Lo malo es que ella o mejor dicho ninguna mujer me atrae y no es que sea homosexual u otra cosa, es que de verdad no siento absolutamente nada por el sexo opuesto o por mi mismo sexo.

«Ah... En este momento desearía ser Christian.»

-Erin...-digo, dando patadas de ahogado, pero no me está resultando como otras veces. Necesitaba mantener la compostura, por lo menos por un tiempo más hasta volver a Dublín.

-¡Erin nada! decide, o me follas ahora como un loco desquiciado o me largo de aquí para no volver a verte nunca más.

¡Bingo!

Se abrieron los cielos y recibí una epifanía. Ella dejó las cosas en claro ¿no? Me estaba dando alternativas y yo gustoso las tomaría. Nunca pensé que hoy sería ese gran día, debí aguantar tanto y al final era tan fácil.

Me levanté tranquilamente de mi asiento y me acerqué a ella, como si de un felino se tratara. Esa mujer que con su mirada seductora juraba que la iba a follar en ese mismo instante como ella quería, sonreía feliz de la vida.

¡Qué ilusa!

Lo que no se esperaba era que la tomara del brazo y agarrara sus cosas para luego lanzarla fuera de mi departamento sin ningún remordimiento.

-¡¿Qué... qué haces, James?!

-Lo que me exigiste, Erin ¡Ja! me la hiciste fácil, querida ex novia- sin mediar otra palabra cerré la puerta de mi apartamento y me fui a servir un whisky para pasar el trago amargo o dulce, ya ni lo sé.

-¡Imbécil, abre la maldita puerta! ¡No me puedes estar haciendo esto, James! ¡Nuestros padres, mi padre te va a matar! ¡Maldito desgraciado, me las vas a pagar!- improperios más, improperios menos, me daban lo mismo, ni por todo el oro del mundo me acostaba con esa loca desquiciada, ya sabía la calaña de mujer que era y cuanto pene había pasado por su cuerpo, salvo el de mi hermano, de solo pensar en eso me daba asco.

Yo no deseaba tener sexo con ninguna mujer u hombre y definitivamente nadie me podría obligar. Mi vida no era igual que las de otros, no me interesaban las fiestas ni estar metido de cama en cama. En mi vida había un solo gran objetivo, ser el mejor arquitecto de Dublín y tomar el lugar de mi padre en la empresa. Las relaciones eran demasiado complicadas para meterlas en mi mundo ideal, por ende no las necesitaba.

-Primera parte de mi misión, hecha. ni yo mismo me lo puedo creer-digo riendo a carcajadas-Vamos por la segunda O'Connor- hice un salud al aire y luego bebí de mi vaso el líquido ambarino que dentro de mi garganta raspaba al hacerse paso con cada trago. Luego me encerré en mi estudio a trabajar, tenía mucho trabajo atrasado por estar escuchando a la loca de Erin que no podía seguir postergando.

Días despues...

Esperé pacientemente la llamada de mi padre para reprenderme y hacerme entrar en razón. Uno... dos... tres días y nada, esto era raro y ya me estaba dando mala espina. No podía concentrarme en mis estudios y tampoco había avanzado en mi maqueta para la tesis de grado, ¿Será que esa local realmente no haría nada? ¿qué estará maquinando? Es que tampoco había sabido nada de Erin en todos estos días y eso era más que extraño.

Al cuarto día me decidí por llamar a mi padre, era demasiado extraño que el señor James O'Connor no me hubiese llamado, sobre todo por que era él el que estaba interesado en esta relación. Marqué su número y al segundo ring se escuchó una voz, pero quien me contestó no fue mi padre, era mi hermano menor, por lo que mis alarmas se activaron.

-¡Hola hermanito lindo, qué gusto escuchar tu respiración entrecortada tras la línea! ¿Qué estás haciendo pilluelo?- me saluda el muy imbécil, riendo a carcajadas.

-¿Dónde está papá?

-En una junta con el padre de Erin y debo decir que está bastante molesto ¿Qué hiciste ahora, hermanito?

-Nada que te importe- gruño molesto, esto será peor de lo que imaginaba-, pásale el teléfono. Necesito hablar con él.

-Eres un fastidio, hermanito. A propósito, la loca de tu novia también está aquí- me dice en tono divertido y estoy que exploto.

-¡Mierda!-esto no me lo esperaba, así que por eso era el silencio.

-Sí, mierda hermanito ¿Qué le hiciste para que llore tanto como lo está haciendo ahora? ¿No me digas que eres un abusador, hermanito?

-¡¿Qué?!¡No! ¡Ya cállate, pendejo! ¿Sabes qué? No me des con mi padre, iré hoy mismo para allá.

-Uy, me quedaré en casa entonces, esto se pondrá buenísimo.

-Idiota.

-Nos vemos, hermanito.

Corté la llamada y comencé a preparar mis cosas, lancé unas cuantas prendas a la maleta, eso no importaba, solo quería terminar con todo esto. El viaje de Manchester a Dublín no era tan largo, pero debia cerrar este desastroso capitulo de mi vida y la única forma de hacerlo, era volviendo a casa.

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Capítulo 3 Non rien de rien. Non, je ne regrette rien

"Non rien de rien. Non, je ne regrette rien..."

(No, nada de nada, no, no lamento nada)

Si Edith Piaf me escuchara cantar en estos momentos esta bella canción, dentro de mi auto, de seguro me descarga un certero disparo entre mis hermosos ojos.

Modestia a parte, manejo rumbo al mejor trabajo que tengo en todo el mundo mundial.

Ser terapeuta y trabajar con personas trasplantadas me ha servido mucho, después de tanto tiempo de andar vagando en el mundo del psicoanálisis.

«Sí, Freud ya me cansó»

El haber conocido a Val Scott, en un simposio en Londres, sobre estabilidad emocional y duelo, fue la gran puerta a este nuevo mundo clínico, donde me he encontrado con casos sumamente fuertes y delicados y otros que son dignos de manicomio, pero de eso se trataba la vida de un psiaquiatra ¿no?

Me estaciono en mi lugar, como todas las mañanas, saco mi maletín y bata de la parte trasera y cierro mi auto. Este mes, estaba indecisa con mi aspecto, así que volví a hacer un cambio en mi color de cabello y lo había pintado de rosa chicle, aunque aún estoy buscando el chicle en la historia y no me gustó, creo que buscaré otro color (algunas me entienden ¿no?)

Bueno, como iba diciendo, tomé mis cosas y enfilé mis pasos al lugar donde la magia se hace.

Entro al vestíbulo del hospital y todo aquí es un mundo distinto, la gente va de un lugar a otro pidiendo respuestas. Otros corren de camino a urgencias pues se han escuchado las sirenas y yo, camino directo al ascensor para dirigirme a mi piso, mi santuario.

Llego a mi lugar y en la estación de enfermeras se encuentra mi linda secretaria.

-Buenos días doctora Lewis- me saluda mi secretaria con toda esa amabilidad y deferencia que siempre muestra a todo aquél que llega al lugar.

-Buen día, Esperanza- hasta su nombre era acorde con el lugar donde trabajábamos ¿no?- ¿Mi agenda para el día de hoy?

-Ya está en su escritorio y recuerde que hoy viene el doctor Malory, ya sabe- me mira y sugiere con esos ojitos soñadores. ¡Ay! Si supiera.

-Ya veo, gracias por recordármelo.

-¿Necesita algo más?

-Café negro a la vena, por favor.

-Entendido- me guiña un ojo y yo le sonrío, su cara me provoca tanta paz que por eso me cae tan bien...

Comienzo mi día con una jarra de café humeante, que la dulce Esperanza ha traído y tomo los expedientes de los pacientes que me tocará ver hoy.

Trabajo toda la mañana, recibiendo a mis pacientes y escuchando sus problemas. Si algo había aprendido de trabajar con trasplantados era su necesidad de darle un motivo a sus cambios de ánimo y sensación, producto del transplante.

Me he dedicado a estudiar el tema y según varios estudios los receptores de órganos han cambiado incluso su forma de plantearse la vida o sus relaciones.

Por ejemplo, después de la cirugía, algunos pacientes dicen que se sienten menos como ellos mismos y más como su donante. Otros receptores de trasplantes dicen que desarrollaron nuevos gustos en cuanto a comida, arte, sexo o carreras después de las cirugías. Algunos incluso afirman que les implantaron nuevos "recuerdos".

Si estos síntomas pueden vincularse directamente con los trasplantes de órganos, tal vez eso significa que nuestro "sentido del yo" está contenido en cada célula de nuestro cuerpo, no sólo en uno o dos órganos. Cuestión que sería maravillosa o peligrosa a la vez, uno nunca sabe ¿se imaginan lo que podría pasar si el corazón de un asesino le es trasplantado a una persona normal?

Recuerdo un caso que me llamó la atención, se trataba de un profesor universitario de 56 años que recibió el corazón de un policía que había muerto de un disparo en la cara. Unas semanas después del trasplante, el receptor dijo que había tenido sueños en los que "vi un destello de luz justo en mi cara... Justo antes de que eso sucediera, vislumbré a Jesús".

"Así es exactamente como murió mi esposo", dijo la mujer del donante y agregó que el principal sospechoso se parece "un poco a algunas de las imágenes de Jesús".

Esta anécdota, que puede rayar en lo increíble,es posible , lo veo cada día, pero no solo con trasplantados de corazón, también con otros trasplantados, en los que el nuevo órgano parece desencadenar cambios tan fundamentales en su personalidad que ni ellos mismos se lo explican. Y por esa misma razón es que estoy indagando y metiéndome "donde las papas queman" como dicen por ahí.

Uno de los estudios más completos en este tema es el de la Universidad de Colorado, ya que fue uno de los primeros en cuantificar los cambios de personalidad que se producen tras una amplia variedad de trasplantes de órganos. Los estudios de otras instituciones se habian centrado en los trasplantes de corazón, pues se cree que estas anécdotas son las más extremas y duraderas.

En el caso de trasplantes de hígado o riñón, los pacientes en estudios previos tienden a reportar cambios en sus sentimientos de estrés, ansiedad, depresión u otros problemas de salud mental.

Y aquí va la discusión médica, algunos investigadores han explicado estas diferencias argumentando que hay un " pequeño cerebro en el corazón ". Sin embargo, estas posibles explicaciones no tienen en cuenta otros órganos trasplantados además del corazón. En cambio, en los casos de trasplante de otro órgano, tal vez los fármacos inmunosupresores sean los responsables de los cambios de personalidad, o puede que tal vez los "recuerdos" de una persona se almacenan en todo el cuerpo y no sólo en unos pocos órganos cruciales.

La "hipótesis de la memoria sistémica" predice que todas las células vivas poseen "memoria" y que un receptor de trasplante puede percibir la historia de un donante a través de su tejido.

Aunque se cortan las conexiones nerviosas de un órgano trasplantado, los nervios pueden seguir funcionando dentro del órgano. Algunas evidencias sugieren que las conexiones nerviosas pueden restaurarse parcialmente un año después de la cirugía de trasplante. Las interacciones de neurotransmisores basadas en los recuerdos del donante pueden causar una respuesta fisiológica en el sistema nervioso del receptor que afecte su personalidad.

Otro punto a destacar es que los científicos han descubierto que las células de los donantes circulan en los receptores hasta dos años después del trasplante . No está claro adónde van esas células ni qué sucede con su ADN. El ADN, una vez que se escapa de las células, parece desencadenar una inflamación , y se ha demostrado que la inflamación crónica de bajo grado altera los rasgos de la personalidad.

Son muchas las preguntas y pocas las respuestas y por eso estamos trabajando en ello.

Loco ¿no?

Pues varios de mis casos se traducen en ese pequeño estudio que me sirvió de base para plantear una nueva forma de trabajar con mis pacientes y era escucharlos a través de su "nuevo yo".

Termino de grabar mi podcast y me siento nuevamente en mi escritorio, estiro mi cuerpo y me preparo para la última consulta del día...

Una hora después...

Estoy en mi consulta, con mi último paciente y, a duras penas, aguantándome la risa, escuchando las locuras de Nathan Malory. Uno de los doctores más querido en el hospital (por obvias razones que no voy a reproducir, ya saben dónde ir si quieren saber) y uno de mis primeros pacientes. En una consulta un tanto atípica y que pone todo mi proceso de aprendizaje a prueba.

-Déjame ver si te entiendo, Nathan. Lo que me estás diciendo es que después de años de pelear con el sexo opuesto porque creías que nadie llenaba tus expectativas, ¿te has enamorado de la mamá de tu paciente y culpas a tu corazón trasplantado? Vamos hombre, ya llevas más de cinco años con él y seguiste siendo el mismo picaflor.

-Es que no encuentro otro motivo lógico, Savannah. Tú sabes muy bien que yo no me enamoro, follo y listo, pero... pero cuando la vi, el mundo se paralizó y ese pequeñajo, si lo vieras, es una ternurita y se ve tan desvalido...

-Nath. Te estas saliendo del enfoque. La pregunta es clara y ya sé que te gustó la chica, ¿pero culpar a tu corazón?- ya tenía claro que podía pasar algo así, pero a ese extremo, jamás.

-Bueno y entonces ¿a quién culpo? Porque no puedo sacarlos de aquí-se toca la cicatriz y hace una mueca de dolor- esos dos se metieron aquí dentro y ahora tampoco puedo sacarlos de mi cabeza. Necesito obtener una respuesta a esto que siento.

-Mira Nath. El órgano que llevas no tiene porqué influir en tus decisiones, eso es simple y como médico lo sabes, el tema aquí radica en que te estás involucrando sentimentalmente con un paciente y con su madre y, como entenderás, esto raya en lo ético y profesional. Como tu consejera y amiga espero que entiendas eso y le entregues el caso a otro colega. Será mejor que hables con Bruno, sino lo haré yo. No puedes nublar tu juicio por estos "sentimientos que estás empezando a alojar" hacia ellos ¿me entiendes?

-Pero ¿cómo le digo eso a mi nuevo corazón? Esto es imposible, quiero salvar a ese niño y de paso, en el camino, conquistar a su madre ¿se entiende?

Lo que acabas de decirme es la solución lógica y la entiendo, pero dame más motivos para no salvar a ese niño.

-No te estoy dando motivos para hacerlo o no hacerlo, mi papel como tu terapeuta es escucharte y acompañarte en tu proceso de asimilación de tu nuevo órgano y las implicancias que eso conlleva, te estoy dando la respuesta lógica mirando desde el punto de vista del profesional que eres, si no te sientes a gusto con cómo lo estás tratando es una cuestión distinta y como te digo, culpar a un órgano no es la respuesta. Asume que eres tú, Nathan Malory quien no es capaz de distinguir entre lo lógico y lo emocional, esa será tu nueva tarea frente a esta situación.

Has pasado por dos trasplantes y me imagino que con el corazón de tu hermana no pensabas igual ¿O me equivoco?

-Bueno... ay Vannah, no sé. Nunca me planteé eso. Siempre he sido escurridizo en las cosas del corazón, cuando me sentía atraído por Val, era distinto. En ella vi más allá de una cara bonita, me gustaba su forma de ser y lo que me precedía estar junto a ella, aunque sabía que era un imposible.

En cambio con esta chica, todo me molesta, quiero sentarla en mis piernas y darle unas buenas nalgadas para que entienda la gravedad de la situación de su hijo, pero a la vez me nace querer consolarla y apoyarla. Eso jamás se me había pasado por la mente con nadie.

-Mmm...

-¿Qué tanto Mmm?

-Es interesante tu forma de ver las cosas.

-No empieces Vannah. No soy tu conejillo de indias para que vengas a hacer un estudio o saques uno de tus brillantes tratados sobre la locura.

-No he dicho eso, lo que te digo es que tu parte racional y la emocional están en conflicto. Ahora, lo que debemos trabajar es ¿cómo compatibilizar ambas?- era lo más lógico, si de verdad su corazón era, en parte, el que provocaba sus cambios debía enfocar bien sus prioridades y me serviría para comprobar mis hipótesis.

-¿Una hora para que me digas lo que ya sé? - pregunta molesto y yo estoy a un tris de mandarlo a buena parte, pero es mi amigo y la verdad su caso es fascinante-, es que no sé que hago aquí entonces, no me estás sirviendo Vannah.

-Idiota.

-Hey, soy tu paciente en este momento y no tu amigo.

-Pues te estás comportando como un amigo - respondo, sin mirar y anotando algunos garabatos en mi agenda.

-Bien, entonces gracias por nada, Savannah Lewis.

-No seas pendejo, Nathan Malory. Sabes que siempre estaré para escucharte y que lo que necesites para eso estoy.

-Entonces ¿Qué hago?- me pregunta con ojos compungidos y cierta desazón en la voz.

-Deja de tratar al niño, es mi mejor opción y luego disfruta de lo que sientes por ellos, si verdaderamente estás enamorado los síntomas no pasarán, es más se intensificarán. Si es lo contrario, por lo menos no te quedarás con la incertidumbre de no haberlo intentado.

-¿Y qué hago con este corazón?

-Usa tu cerebro y contrólalo.

-Eres genial, Vannah -¿Quién lo entiende?- me voy, tengo que ver a Niccola.

-Ve con dios, hijo mío- su risa sonora inunda mi consulta, pero por fin puedo sacar la mía y ambos reímos a carcajadas.

-Bruja.

-¡Ya, vete!

Otro día más termina, otro día menos de vida ¿Qué hare hoy?

Esta noche descansaré, Nathan me estruja hasta la última gota de energía cada vez que tenemos terapia.

-Y yo que pensaba ir hoy a Shine, pues ni modo Vannah, hoy te irás a la camita a descansar que mañana será otro gran día.

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