LA CACERÍA
.
El eco distante de cascos al galope perturbó el profundo silencio que inundaba la pradera. Aquel vasto mar de hierba ondulaba en el frío viento del norte, que inclinaba las briznas en ondas continuas hacia los primeros árboles. El bosque descendía de las colinas que acotaban la entrada al valle, atravesando la elevada planicie como un muro de sombras impenetrables. Las nubes flotaban sin prisa sobre la pradera, ocultando la luna y las estrellas.
Poco después, dos docenas de sombras superaron la última cuesta que llevaba a la pradera, figuras oscuras y tambaleantes corriendo a los tumbos en dirección al bosque.
-¡Allí está! -gritaron.
-¡Un esfuerzo más!
-¡No se detengan!
El grupo se precipitó hacia el extremo opuesto de la pradera, donde las sombras del bosque prometían refugio. Eran hombres y mujeres, al menos media docena de niños, todos ellos sucios, lastimados, descalzos, el terror pintado en sus rostros. Los que iban solos se adelantaron en una carrera desesperada hacia los árboles. Las familias intentaban mantenerse unidas, llevando a los más débiles y jóvenes de la mano para que no quedaran atrás. Entre ellos, el herrero sujetó con fuerza los dedos de su esposa, que jadeaba con un brazo en torno al abultado vientre.
Tras ellos, el sonido inconfundible de los cascos subía por la cuesta, impidiéndoles detenerse.
Los jinetes no tardaron en irrumpir en la pradera. Eran una veintena, protegidos del frío por pesados mantos de lujosa confección, las claras cabelleras recogidas, para que el viento no las echara en sus rostros pálidos de belleza etérea. Sofrenaron sus cabalgaduras, llevándolas al paso hasta que los fugitivos llegaron a mitad de camino del bosque. Entonces, todos a una, empuñaron largas lanzas de plata y espolearon sus caballos.
Los fugitivos los oyeron e intentaron apresurarse, soltando gritos de alarma. Algunos tropezaron y cayeron, desapareciendo en el ondulante mar de hierba. Nadie se detuvo a ayudarlos. Ya no había tiempo. Los demás siguieron corriendo hacia el bosque sin mirar atrás, el terror atenaceándolos, los corazones a punto de estallar en los pechos, donde el aire helado de la noche parecía quemar sus pulmones.
Los jinetes se lanzaron sobre ellos como una exhalación. Algunos se entretuvieron ultimando a quienes cayeran, que intentaban ocultarse entre la hierba o incorporarse para seguir corriendo. La mayoría de ellos continuó la persecución. Sus lanzas alcanzaban a los fugitivos, derribándolos aún con vida. Entonces, los jinetes saltaban de sus monturas sin molestarse por sofrenar sus caballos y se abatían sobre los caídos. Los gritos de agonía se mezclaron con los chasquidos de filosos colmillos hundiéndose en la carne que aún palpitaba.
De pronto, una docena de sombras enormes surgieron bajo los árboles. La luna asomó entre las nubes por un momento, iluminando los grandes lobos, del tamaño de toros, que corrían a largos saltos hacia la carnicería en medio de la pradera.
Algunos fugitivos vacilaron al verlos, y su vacilación los hizo presas fáciles de los perseguidores. Los lobos los ignoraron para saltar sobre los caballos, derribándolos antes de entenderse con los jinetes.
En medio de aquella matanza, el herrero tironeó de la mano de su esposa para instarla a hacer un último esfuerzo. La leyenda era cierta: el bosque embrujado protegía la entrada al Valle de los Lobos, enemigos jurados del clan que acababa de masacrar a toda su aldea. Y la leyenda decía que quienes cruzaran el límite hallarían refugio, y la rara oportunidad de una vida pacífica a salvo de los inmortales.
Un paso tras él, su esposa soltó un gemido ahogado y trastabilló. Sabía que no llegaría mucho más lejos. Sus pies descalzos y lastimados resbalaban en su propia sangre, sus piernas se negaban a seguir sosteniéndola, el aire parecía no llegar a su pecho. Lo único que la empujaba a continuar era el bebé en su vientre, que nacería en cualquier momento. Entonces sintió que un ardor lacerante le atravesaba el hombro derecho, y vio con incredulidad alucinada la pálida vara que surgió de su propia carne, yendo a clavarse en la tierra frente a ella y deteniéndola con un tirón desgarrador.
El herrero advirtió que la mano de su esposa se escapaba entre sus dedos y oyó su grito de dolor. Retrocedió horrorizado, hallándola prisionera en la lanza del jinete, que saltó sobre ella antes que él llegara a su lado.
Su esposa había caído de rodillas, todavía aferrándose el vientre, los ojos turbios alzados hacia él, el rostro descompuesto en una mueca de dolor y desesperación. El jinete se situó tras ella con sonrisa aviesa. Le aferró la larga melena enredada y jaló violentamente hacia atrás, exponiendo el cuello a sus filosos colmillos, que se clavaron en la carne con fuerza.
-¡No! -gritó el herrero-. ¡Auxilio!
El espanto lo paralizó mientras el jinete bebía la sangre de su esposa, al mismo tiempo que el veneno de sus colmillos la paralizaba.
Hasta que un gemido de su esposa lo hizo reaccionar. Entones se abalanzó enloquecido sobre el jinete, empujándolo hacia atrás con todas sus fuerzas. Los colmillos desgarraron la carne de su esposa y la sangre manó de su herida, bañándole el pecho y los harapos que la cubrían. El jinete se irguió con una carcajada malévola y aferró al herrero por el cuello, alzándolo hasta que sus pies no tocaban el suelo. El herrero no se resistió. Sabía que era en vano.
Cerró los ojos esperando el golpe de gracia. En cambio, cayó al suelo junto a su esposa agonizante.
El lobo más grande de la manada peleaba con el jinete, que había desenvainado una espada corta.
El herrero se arrastró hacia atrás aterrorizado, intentando proteger a su esposa.
El lobo esquivó los lances y saltó sobre el jinete, cerrando las poderosas mandíbulas en torno a su cuello. Sacudió varias veces el cuerpo inerte entre gruñidos guturales, hasta que la cabeza del jinete se desprendió y cayó al suelo. Entonces soltó el cadáver, que se desplomó cubriendo a medias a la mujer y bañándola en su sangre.
El terror paralizó al herrero al ver que la gigantesca criatura se acercaba, la sangre del jinete aún goteando de su hocico. No se atrevió a resistirse cuando el lobo apartó el cadáver del jinete con su pata y bajó la cabeza hacia su esposa, que por algún milagro aún respiraba con estertores entrecortados.
La olió y gruñó, retrocediendo un paso. Entonces echó la gran cabeza hacia atrás y soltó un aullido largo, poderoso, que pareció golpear en el pecho al herrero. Cayó sentado hacia atrás y eso lo hizo reaccionar. Se echó de rodillas, la cara contra la tierra húmeda de sangre, las manos juntas en alto.
-¡Sálvalos, mi señor lobo! ¡Te lo ruego!-gimió.
Algo frío y húmedo tocó su sien y alzó apenas la cabeza. El lobo lo observaba con una mirada de inteligencia sobrenatural en sus ojos dorados.
-¡Por favor! -suplicó-. ¡Toma mi vida! ¡Pero salva a mi esposa y a mi hijo!
Mientras hablaba, un nutrido grupo de hombres se acercó desde el bosque a todo correr. No quedaban rastros de los jinetes, más que un puñado de cuerpos decapitados y caballos que se alejaban solos al galope.
Los lobos se habían diseminado por la pradera, señalando la ubicación de los fugitivos que sobrevivieran la carnicería. Los hombres del bosque se separaban para ir al encuentro de los lobos, y pronto tres llegaron junto al herrero. Uno de ellos lo ayudaba a incorporarse cuando otro retrocedió, alejándose de su esposa amedrentado.
-¡Esta mujer fue mordida, mi señor! -exclamó-. ¡No podemos salvarla!
El lobo se volvió hacia él y emitió un gruñido profundo. Los hombres inclinaron la cabeza de inmediato y se apresuraron a levantar a la mujer moribunda. No retiraron la lanza que le atravesaba el hombro, para no provocar una hemorragia que la mataría de inmediato. El herrero los siguió a los tumbos, aturdido, incapaz de hablar o tan siquiera pensar, un temblor incontenible sacudiéndolo de pies a cabeza.
Tardaron lo que pareció una eternidad en atravesar el bosque. Al otro lado, a la sombra de los últimos árboles, se alzaba una aldea iluminada por antorchas, las callejuelas llenas de gente que iba y venía apresurada para recibir a los sobrevivientes.
La esposa del herrero fue conducida a una casa de techo bajo que apestaba a humo y hierbas medicinales. Una mujer desaliñada, la cabeza envuelta en tiras de tela de colores brillantes, los guió a depositarla en una pesada mesa de madera y luego los empujó hacia la puerta que acababan de cruzar.
-¡Fuera! -ladró.
Los hombres sujetaron al herrero y lo obligaron a ir con ellos. El gran lobo negro de ojos dorados entró cuando se disponían a salir. Los hombres inclinaron la cabeza con respeto y arrastraron al herrero de regreso a la calle.
-¡Quieto ahí! -lo regañó uno de ellos, deteniéndolo cuando intentó apartarlos para volver a entrar a la casa-. Tu esposa no verá la luz del día, pero tal vez la bruja y el Alfa puedan salvar a tu hijo.
LIBRO 1 - INVIERNO
.
- 1 -
Las mujeres iban y venían por la plaza, saludando al pasar a las viejas tejedoras, que sacaran sus telares para trabajar bajo el sol apenas tibio de noviembre. Más allá, ignoraban los comentarios galantes de los cazadores que bebían cerveza en la esquina de la plaza, sentados en gruesos troncos tallados en forma de bancos.
Ningún niño a la vista. Bien, tal vez pudiera ir hasta el pozo en el centro de la plaza y regresar con agua para Tea sin incidentes. Por las dudas, bajé mis mangas cuanto pude y ajusté el chal que me envolvía la cabeza, ocultando mi cabellera blanca y proyectando sombra sobre mi cara pálida y mis ojos rosáceos.
Respiré hondo, fijé la vista en el pozo y apreté el paso. Sin embargo, no importaba cuánto me tapara. Las voces que llenaban el aire no tardaron en convertirse en murmullos hostiles. Por eso siempre insistía en venir al pozo al amanecer, cuando no tenía que cruzarme con nadie. Pero los experimentos de Tea la habían dejado sin agua para la cena, así que aquí estaba, con sus dos cubetas vacías, obligada a exponer mis rarezas al resto del pueblo. Como si hubiera elegido ser como soy o haber nacido como nací.
Llené las cubetas apresurada, manteniendo la vista baja.
En ese momento aparecieron corriendo diez o doce niños, jugando y alborotando con sus espadas de madera. Recogí las cubetas y me alejé con tanta prisa como me era posible sin derramar el agua. A mis espaldas, los murmullos de los adultos se hicieron más audibles. Uno de los niños me arrojó una piedra, que por suerte no me alcanzó.
-¡Muérete, demonio! -gritó.
Seguí caminando sin mirar atrás. Dos piedras más volaron junto a mis brazos sin tocarme.
-¡Abominación!
-¡Chupasangre!
Varias piedras me golpearon en la espalda. Los oía acercarse. Sabía que si me alcanzaban, me rodearían para golpearme con sus espadas de madera y darme puntapiés. Sus pasos en la plaza de piedra sonaron como una estampida. Solté las cubetas y huí a todo correr hacia el bosque.
Trastabillé a pocos metros del límite de la aldea y caí de rodillas. Los niños se precipitaron sobre mí mientras yo luchaba por ponerme de pie a pesar del dolor en uno de mis tobillos. Logré alejarme antes que me cayeran encima y superé la última casa. Volvieron a apedrearme, obligándome a buscar refugio en el bosque mientras seguían insultándome a voz en cuello.
Me interné entre los árboles renqueando, la espalda dolorida donde me alcanzaran sus piedras. Sabía que se demorarían allí hasta que los llamaran a cenar, recogiendo una buena provisión de piedras para recibirme si me veían regresar.
De modo que ni siquiera lo intenté. Ya volvería a casa de Tea cuando se hiciera de noche y nadie me viera.
Me alejé hacia el sur, buscando el sonido de agua. Pronto llegué a la orilla del río, que remonté hasta el claro a los pies del barranco. El agua se precipitaba allí por encima del ancho muro natural de piedra que se desprendía de las colinas, y la alta cascada caía en un estanque poco profundo antes de encauzarse en el estrecho río para fluir hacia el pueblo, alimentando el canal de riego de los cultivos y el pozo de la plaza.
El tobillo me dolía tanto que las punzadas llegaban hasta mi rodilla. Me dejé caer a la orilla del estanque, tironeé hasta quitarme las botas y hundí los pies en el agua fría para evitar que el tobillo se me inflamara demasiado.
Recogí mi falda para inclinarme y echarme agua en la cara, tolerando el dolor de mi pierna y tratando de recuperar el aliento. Dejar de llorar me llevó más tiempo. En esos momentos deseaba con todas mis fuerzas haber muerto con mi madre en el parto.
Era de esperar que tras tantos años de ser el escarnio del pueblo, ya me habría habituado al maltrato. Pero había cosas a las que me negaba a acostumbrarme.
El sol ya estaba bajo en el horizonte, pero no me preocupaba que la noche me sorprendiera allí. Estaba en el corazón del Valle. No había nada que temer en aquel territorio seguro. Y mis ojos de demonio, como los llamaban, me permitirían hallar el camino de regreso a oscuras sin inconvenientes más tarde, cuando estuviera segura de que nadie me esperaba emboscado en los callejones para apedrearme y golpearme.
Me tendí de espaldas en la hierba de la orilla, ignorando el frío que se me contagiaba a todo el cuerpo desde mis pies en el agua. Poco a poco logré recuperar la calma. Oscurecía con esa rapidez típica del otoño. Pronto aparecerían las primeras estrellas, hasta que la temprana luna creciente llegara a eclipsarlas en su brillo.
Entonces oí las ramillas que se quebraban, con el ritmo inconfundible del trote ligero de cuatro patas. Me senté sobresaltada, volteando a mirar hacia la huella que descendía del barranco a mis espaldas. ¿Acaso un león de la montaña? ¿Un oso? Moví las manos a mi alrededor, tanteando en busca de una roca o una rama que pudiera usar para defenderme.
Entonces olí la esencia inconfundible de un lobo. Me incorporé con torpeza. Si me hallaba allí sola, a esa hora, mi padre estaría en problemas. Y yo recibiría una buena tunda. Los señores del Valle jamás acotaban nuestra libertad, pero como los encargados de velar por nuestra seguridad, no les gustaba que nadie corriera riesgos innecesarios. Que era exactamente lo que yo estaba haciendo sola de noche junto al estanque, donde todos los animales del bosque venían a abrevar, predadores incluidos.
Lo único que se me ocurrió fue arrancar un puñado de salvia para frotarme las manos y la cara. Sabía que no olía igual a los demás aldeanos, y tal vez así podría disfrazar mi apocada esencia y ocultarla a su agudo olfato. Me arrojé de cabeza tras un arbusto y me encogí allí, contra un árbol.
¡Mis botas! Las había dejado en la orilla, bien a la vista. Aparté las ramas con cuanto sigilo pude y estiré mi brazo. Alcancé a rozarlas pero no logré sujetarlas. Me estiré un poco más, y casi había logrado atrapar una cuando el lobo salió de entre los árboles. Corpulento y de movimientos elásticos, elegantes, su espesa pelambre se veía negra en la noche que se cerraba. La bota resbaló entre mis dedos, yendo a caer de la manera justa para empujar la otra al agua y seguirla un instante después. ¡Maldición!
El lobo volteó la enorme cabeza hacia mí, las orejas tensas. Me eché hacia atrás, aplastándome contra el árbol, y me cubrí la boca con una mano. Se decía que eran capaces de escuchar el latido de un corazón a muchos metros. Si era cierto, el mío debía sonarle como un tambor enloquecido.
El enorme lobo olfateó el aire y agachó la cabeza. Contuve el aliento al verlo arquear el lomo. Se estremeció desde el hocico hasta el extremo de la cola. Su pelambre pareció aclararse y acortarse ante mis ojos atónitos, y un instante después ya no era pelambre animal sino piel humana. Se impulsó para alzarse en sus patas traseras y terminó de erguirse ya completamente transformado en un hombre.
Me cubrí los ojos temblando de pies a cabeza. Estaba prohibido ver a un lobo en su forma humana sin su expresa autorización, ¡ni qué hablar de verlos transformarse! Tea había insinuado que eso se castigaba con la muerte. Intentaba enjugar mis lágrimas cuando lo oí sumergirse en el estanque.
Mantuve la cabeza gacha y la mano sobre mis ojos, el corazón latiéndome en la garganta y mi pecho ardiendo de puro terror. Sin dudas olería mi miedo. No tardaría en descubrirme. Que al menos no me hallara espiándolo.
Los minutos pasaron y no ocurrió nada. Oí al hombre nadar en el estanque, y luego el rumor de la cascada cambió. La curiosidad pudo más que el miedo y atisbé entre las ramas del arbusto.
Estaba de pie directamente bajo la cascada, con el agua a las caderas. Me daba la espalda, que bajaba como un triángulo desde los anchos hombros a la cintura esbelta, los brazos musculosos flexionados mientras se frotaba la cara y la corta cabellera oscura, indiferente a la fuerza con que la cascada caía sobre él.
Lo contemplé boquiabierta. No tanto porque estuviera desnudo, sino porque era el cuerpo más fuerte, más sano, más hermoso que viera jamás. Su piel era casi tan pálida como la mía, y en la penumbra de la noche parecía tersa como la seda. Entonces el primer rayo de luna tocó las copas de los árboles y la cima del barranco. Y mi sangre impura permitió que mis ojos percibieran más detalles, no sólo de mi entorno, sino del hombre frente a mí, a escasos veinte metros.
Mi corazón pareció detenerse en mi pecho al descubrir el tatuaje apenas visible, como si hubiera sido hecho en tinta plateada, que le cubría la espalda: una cruz de extremos ornamentados superpuesta a un cuarto creciente.
Sofoqué un gemido. Tea me había hablado de esa marca.
Aquél no era cualquier hombre, cualquier lobo: era el Alfa.
Ésta era mi mala estrella en su máxima expresión. Tenía que toparme con el lobo más poderoso y temido del Valle, ante quien hasta los inmortales retrocedían.
Luché por contener las lágrimas, lamentando mi suerte sin darme cuenta que seguía observándolo, como si pidiera a gritos que me descubriera y me matara en el acto. Se había apartado de la cascada para volver a nadar por el estanque. Agaché la cabeza una vez más al verlo encaramarse a la orilla para salir del agua. Cerré los ojos con fuerza, segura de que sentiría sus filosos dientes cerrarse en torno a mi cuello de un momento a otro.
Desde que su padre muriera en batalla tres años atrás, había asumido el liderazgo de la manada con puño de hierro. Se decía que era joven e impetuoso, huraño, y que lo único que contenía su temperamento irascible era su madre, la reina Luna, porque no tenía compañera ni se preocupaba por buscarla. Se decía que en la guerra era violento y temerario. Bajo ninguna circunstancia toleraba la menor desobediencia, ni de sus hermanos ni de sus súbditos humanos, y no vacilaba en aplicar castigos ejemplares a cualquiera que desafiara su autoridad, o intentara burlar las estrictas leyes seculares que regían a la manada.
Para mi gran sorpresa, lo oí recuperar su forma animal y alejarse por la huella. Aguardé a que sus pasos se perdieran bajo los árboles. Sólo entonces me atreví a alzar la vista y espiar el estanque. Ni rastros del Alfa. Me erguí un poco, confundida. No lo oía ni lo olía. ¿En verdad se había marchado sin advertir mi presencia? Dejé pasar varios minutos eternos para asegurarme y recuperar tanta calma como pudiera.
Cuando me convencí que estaba sola salí con cautela de mi escondite, todavía agitada. Sabía que tenía que largarme de inmediato. No podía arriesgarme a que otro lobo me descubriera allí. Pero no podía regresar sin mis botas. Mi padre me las había regalado sólo el invierno anterior. Si regresaba sin ellas, además de azotarme, me haría pasar el invierno en sandalias.
Me recogí el vestido en torno a la cintura y me deslicé en el agua fría del estanque. Si me duraba la buena suerte, las malhadadas botas habrían quedado atrapadas entre las rocas y raíces de la orilla, y la corriente no las habría arrastrado río abajo.
Busqué y rebusqué hasta mis dedos tropezaron con las correas de cuero enredadas en una raíz. Moví las manos alrededor y comprobé que las dos botas estaban allí, retenidas por las raíces, flotando a merced de la corriente.
La primera fue fácil de liberar, y la arrojé a la orilla antes de recuperar la otra. Por supuesto que la segunda bota tenía las correas enredadas en una raíz y se resistía a soltarse. Porque nada puede terminar de salirme bien.
Forcejeaba, rezongando para mis adentros, cuando un gruñido a mis espaldas me provocó una avalancha de escalofríos. Volví la cabeza con lentitud, aterrorizada. Ése no era un lobo: era un león de la montaña. Vi el pálido destello de la luz de la luna en los ojos de la bestia. Estaba encaramada en una rama baja que se tendía sobre el agua desde la orilla opuesta.
Me abalancé hacia la orilla sin soltar la bota, que se liberó con el brusco tirón que le di. Atisbé hacia atrás mientras trepaba apresurada. El león se había agazapado, las orejas gachas, y soltó un gruñido amenazante.
Apenas había hecho pie en la hierba cuando el crujido a mis espaldas me hizo volverme. El espanto me paralizó, y vi con ojos alucinados el arco que el gran felino describía en el aire, las garras delanteras tendidas hacia mí.
Entonces todo pareció suceder al mismo tiempo. Oí un gruñido profundo y gutural a mis espaldas y algo me golpeó con violencia, empujándome hacia adelante al mismo tiempo que el león alcanzaba la orilla.
Caí de cara al agua y me hundí, la falda de mi vestido acampanándose a mi alrededor y entorpeciendo el movimiento de mis brazos. De alguna manera logré levantarme y me alcé boqueando por aire. Para ver atónita que el lobo negro había regresado. Tenía atrapado al león por el cuello y lo sacudía de un lado al otro, indiferente a los zarpazos desesperados que le lanzaba el predador. Hasta que el cuello del león se rompió con un chasquido horrible.
El lobo apretó las mandíbulas, sin soltar el cuerpo inerte de la bestia, cuya clara pelambre se cubría de sangre. De pronto volteó la cabeza hacia mí, lanzó el cuerpo del león contra un árbol, y me enfrentó con un largo gruñido.
Incliné la cabeza, cubriéndome la cara sin poder contener las lágrimas. Lo que menos me importaba era que el chal había resbalado hacia adelante, cubriendo buena parte de mi cara.
El lobo volvió a gruñir. Me arriesgué a mirar en su dirección. Debía tratarse del Alfa. Era del mismo tamaño, gigantesco, y su pelambre era negro azabache. Retrocedió varios pasos de la orilla, se sentó sobre sus cuartos traseros y cabeceó hacia abajo, ¿como llamándome?
No iba a desobedecer. Seguramente me haría saber si lo había entendido mal. Pero al dar el primer paso hacia él, mi tobillo lastimado me hizo pisar en falso sobre la roca resbalosa del fondo del estanque, volviendo a torcerse. El dolor me arrancó un gemido y el lobo se alzó a medias, adelantando la gran cabeza hacia mí.
Me mordí el labio y me obligué a renquear hasta la orilla. El lobo volvió a sentarse mientras yo trepaba trabajosamente. No me molesté por tratar de pararme. Caí de rodillas ante él, la cara contra la tierra.
-¡Perdón, mi señor! -exclamé con voz temblorosa-. ¡Todo esto es mi culpa!
Oí que el lobo se acercaba a mí y permanecí inmóvil, agitada, aguantando el dolor que trepaba por mi pierna desde mi estúpido tobillo. Lo sentí olfatearme y soltó otro gruñido gutural, hostil. Entonces, con una delicadeza que jamás hubiera esperado de esos dientes enormes y filosos, me quitó el chal que envolvía mi cabeza, ocultando mi cabellera.
Retrocedió bruscamente, con un gruñido continuo y amenazante. Comprendí que mi olor y el color de mi cabellera lo habían puesto en guardia. Temblando de pies a cabeza, sudando de puro terror, el corazón a punto de estallar, me erguí hasta sentarme en mis talones para enfrentarlo, dejándole ver mi cara y mis ojos. Separó las patas, las orejas hacia atrás y la pelambre erizada, la cabeza tendida hacia mí con el hocico fruncido, descubriendo los peligrosos colmillos.
Sabía lo que veía y olía en mí: la imagen misma de sus enemigos mortales.
Sin molestarme por enjugar mis lágrimas, obligué a mis manos temblorosas a soltar los broches del cuello de mi vestido. Lo abrí cuanto pude, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, ofreciéndole mi garganta en el único signo que se me ocurría para mostrarle que sabía que mi vida estaba a su merced.
El lobo siguió gruñendo un momento más. No me moví ni abrí los ojos. Entonces, para mi sorpresa, retrocedió y se alejó a grandes saltos para desaparecer en el bosque.