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Vendida al Ceo despiadado

Vendida al Ceo despiadado

Autor: : Hani
Género: Romance
Yia es una joven huérfana que lucha por sobrevivir trabajando largas horas en una cafetería, soñando con un futuro mejor a través de sus estudios universitarios. Sin embargo, su vida da un giro inesperado y aterrador cuando es secuestrada por una red de tráfico de mujeres liderada por la fría y poderosa Madame de la Crow. En ese oscuro mundo, Yia descubre que su destino es ser subastada al mejor postor, junto con otras jóvenes que comparten su desgracia. En la noche de la subasta, Yia siente una conexión inexplicable con un hombre enmascarado entre la multitud. Sus ojos oscuros e intensos parecen ver más allá de su fachada de fuerza, despertando en ella emociones contradictorias. ¿Será este hombre su salvación o su perdición? Mientras lucha por mantener la esperanza, Yia deberá enfrentarse a los secretos más oscuros de quienes la rodean y encontrar la fuerza para cambiar su destino, incluso si eso significa arriesgarlo todo.

Capítulo 1 01

El último giro de la llave resonó en el silencio de la noche. Yia exhaló despacio, intentando espantar el cansancio acumulado en su cuerpo. Se acomodó el bolso al hombro y echó un vistazo a la hora en la pantalla de su celular: pasadas las 12:00 a.m. Su jefa, Ana, le había pedido que cerrara el café esa noche, alegando que tenía un compromiso urgente. A Yia no le quedó más opción que aceptar, a pesar de que necesitaba estudiar para el examen del día siguiente.

"Todo sea por mantener el trabajo", pensó, soltando un suspiro.

Las calles estaban desiertas, sumergidas en una oscuridad silenciosa que solo era interrumpida por el tenue resplandor de las farolas. No era la primera vez que caminaba sola a esas horas, pero eso no lo hacía menos aterrador. Instintivamente, apresuró el paso, abrazándose a sí misma para combatir el frío que erizaba su piel.

"Por no llevarme un suéter..." se reprochó en voz baja, mientras sentía el viento colarse por las mangas cortas de su blusa.

De repente, el sonido agudo de su celular rompió la calma. Yia lo sacó rápidamente del bolsillo y miró la pantalla: era Jenny, su mejor amiga. Un atisbo de alivio se asomó en su expresión. Deslizó el dedo por la pantalla para contestar, pero antes de que pudiera llevarse el teléfono a la oreja, algo la sujetó bruscamente por la cintura.

Unos brazos fuertes la envolvieron como grilletes de hierro y, antes de que pudiera gritar, una mano callosa cubrió su boca. Su celular resbaló de sus dedos y cayó al pavimento, donde su pantalla seguía iluminada, mostrando el nombre de Jenny.

Yia forcejeó con desesperación. Pateó, arañó y trató de morder la mano que sellaba sus labios, pero los hombres que la atacaban eran más fuertes. La arrastraron hacia un auto negro estacionado a unos metros, sus voces roncas mezclándose con el caos en su mente.

-¡Deja de moverte, maldita perra!-gruñó uno de ellos, frustrado.

-No la golpees -protestó el otro, intentando contener a su compañero-. Madame se va a enojar si la entregamos así. Sabes que no le gusta que toquen la mercancía.

"¿La mercancía?"

Yia sintió que el corazón se le encogía en el pecho. Su mente bullía con pensamientos caóticos. No entendía quiénes eran esos hombres ni qué querían, pero la palabra "mercancía" resonó en su cabeza con un eco aterrador. Luchó con más fuerza, negándose a rendirse.

"No... no así..." pensó.

Era una guerrera por naturaleza y no iba a dejar de luchar hasta el último aliento. Sin embargo, un puñetazo seco en la sien hizo que sus fuerzas se esfumaran. El dolor explotó en su cabeza y su visión comenzó a nublarse. Apenas pudo escuchar el sonido de la cajuela abriéndose antes de sentir que su cuerpo era arrojado dentro.

-Arranca -ordenó uno de ellos.

El motor rugió y el auto comenzó a moverse. Yia yacía en la oscuridad de la cajuela, con la cara cubierta y el cuerpo temblando. Las voces se hicieron distantes y todo a su alrededor parecía desmoronarse.

Su único pensamiento claro era el miedo. No sabía a dónde la llevaban ni qué le harían, pero estaba segura de que nada volvería a ser igual.

El celular de Yia seguía en la acera, la pantalla iluminada titilando hasta apagarse por completo.

El auto se detuvo bruscamente, y Yia sintió que su cuerpo temblaba mientras trataba de prepararse para lo que fuera que le esperaba. La cajuela se abrió y los mismos dos hombres volvieron a hablar entre ellos. Aún desorientada por el dolor del golpe, trató de enfocar sus sentidos mientras la bajaban del vehículo.

No iba a rendirse. En cuanto sintió el suelo bajo sus pies, intentó huir de nuevo, lanzando patadas y forcejeando con todas sus fuerzas. Pero su lucha fue en vano. La sujetaron con la misma brutalidad de antes, inmovilizándola rápidamente.

-¿Qué tiene esta? Nadie había luchado tanto como ella -gruñó uno de los hombres, molesto-. Es demasiado molesta.

-Ya cállate y llévala adentro. Yo voy a aparcar el auto -respondió el otro con frialdad.

El hombre que la sostenía comenzó a arrastrarla hacia un viejo edificio que se alzaba como una sombra en la oscuridad. No había ninguna fachada distinguible, solo paredes desgastadas que parecían estar al borde del colapso. Un escalofrío recorrió la espalda de Yia mientras cruzaban la puerta. El aire dentro era pesado, cargado de humedad y un olor a moho que le revolvió el estómago.

La condujeron por un pasillo estrecho y oscuro hasta que llegaron a una habitación. Con un empujón, el hombre la soltó y Yia cayó sobre un desvencijado sofá. La joven respiraba agitadamente, sus ojos recorrían rápidamente el lugar, buscando alguna salida, alguna esperanza.

Cuando volvió la mirada al hombre, lo vio sonriendo de una manera que le heló la sangre. Sus pasos lentos y calculados llenaron la habitación mientras se acercaba a ella.

-Eres realmente molesta, pero... -dijo el hombre con una voz baja y cargada de intención-. También eres demasiado hermosa. Tu cuerpo... es un desperdicio para estos idiotas. Podrías ser más útil conmigo.

Yia abrió los ojos de par en par al escuchar esas palabras. El hombre comenzó a desabrocharse el pantalón mientras la miraba con una sonrisa perversa.

-Va a ser nuestro pequeño secreto -continuó-. Prometo no ser tan brusco.

Yia retrocedió en el sofá todo lo que pudo, sus manos temblorosas intentando cubrirse mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

-Por favor... no lo hagas -suplicó con la voz rota. Cerró los ojos con fuerza, gritando internamente por ayuda, deseando que algo o alguien la salvara.

Capítulo 2 02

Yia sintió cómo algo caliente y viscoso salpicó su rostro. Abrió los ojos lentamente, y lo que vio la llenó de terror. El hombre que había intentado lastimarla tenía una espada atravesada en el cuello. Quiso gritar, pero el sonido se atoró en su garganta. El hombre cayó al suelo, ahogándose con su propia sangre, que burbujeaba por su boca mientras agonizaba.

Fue entonces cuando Yia vio a la mujer que la había salvado. Era una figura imponente, de unos cincuenta años, elegante y muy bien conservada. Su cabello rubio caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos negros y gatunos brillaban con una mezcla de frialdad y determinación. La mujer observó al hombre en el suelo con desdén antes de escupir las palabras:

-Maldita escoria.

Por un momento, Yia pensó que la mujer estaba allí para ayudarla, pero sus esperanzas se desmoronaron con la siguiente frase:

-¡Cómo te atreves a tocar a una de mis chicas!

La desconocida se volvió hacia Yia y le dedicó una sonrisa glacial.

-Eres más hermosa en persona -dijo con un tono casi halagador-. Me presento, soy Madame de la Crow.

Yia miró al hombre que yacía en el suelo mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo. Su mente estaba en caos, y el miedo la paralizaba. Madame la miró con atención y preguntó:

-¿Te encuentras bien? No te lastimó, ¿verdad?

Yia, incapaz de responder, formuló una pregunta con voz temblorosa:

-¿Cómo sabe mi nombre?

Madame sonrió nuevamente, aunque esta vez con un toque de malicia. Antes de que pudiera responder, el otro hombre que había llevado a Yia al edificio entró en la habitación. Su mirada se posó en el cuerpo inerte de su compañero, y luego se dirigió a Madame.

-Madame... -comenzó a decir, pero ella lo interrumpió con un gesto de la mano.

-Saca el cuerpo de aquí. Y recuerda: sabes que no me gusta que toquen a mis chicas.

El hombre asintió sin decir nada y arrastró el cuerpo fuera de la habitación. Una vez solos, Madame se acercó a Yia, quien seguía temblando. Le ofreció un pañuelo con elegancia.

-Límpiate la sangre, linda. Ahora tu vida va a cambiar por completo. Serás parte de mi organización y harás exactamente lo que yo diga.

Yia tomó el pañuelo con manos temblorosas, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Su voz salió entrecortada:

-¿A qué se refiere?

Madame se cruzó de brazos y la miró con una franqueza cruel.

-Mis hombres secuestran jovencitas hermosas, jóvenes y vírgenes, para venderlas al mejor postor. ¿Y sabes qué? Tú eres una de ellas.

El corazón de Yia se heló. Su sangre parecía haberse detenido mientras procesaba aquellas palabras. Sacudió la cabeza con incredulidad.

-Yo no puedo hacer eso -dijo con firmeza, aunque el miedo era evidente en su voz.

La sonrisa de Madame desapareció, reemplazada por una expresión fría y despiadada.

-Oh, claro que lo harás. Porque si no lo haces, no tienes idea de lo que soy capaz de hacerte.

La amabilidad inicial había desaparecido por completo, dejando al descubierto una mujer calculadora y cruel. Yia retrocedió instintivamente, pero no tenía a dónde ir. En ese momento, el hombre que había sacado el cuerpo volvió a entrar. Madame lo miró y dio una órden con frialdad.

-Lleva a Yia con las demás.

Yia comenzó a forcejear nuevamente, pero fue en vano. El hombre la sujetó con fuerza y comenzó a arrastrarla fuera de la habitación. Sus gritos y pataleos se apagaron mientras la llevaban hacia su destino, y una desesperación sin fondo se apoderaba de su corazón.

La llevó a un cuarto, el cual abrió rápidamente antes de lanzarla al suelo. Yia soltó un gemido por el impacto, mientras el hombre se burlaba de ella, diciéndole que eso y más se merecía por haber causado la muerte de su amigo. Después de eso, cerró la puerta con un portazo, dejándola sola. Yia se incorporó lentamente y miró a su alrededor. La habitación estaba llena de mujeres, más de una docena, con expresiones que oscilaban entre el miedo y la resignación.

Una chica de cabello rubio se acercó a ella y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

-¿Estás bien? -preguntó la chica.

-¿Ustedes...? -comenzó Yia, pero fue interrumpida.

-Estamos aquí como tú -respondió la rubia, antes de presentarse-. Me llamo Susan.

Yia intentó contener las lágrimas, pero estas comenzaron a caer por su rostro. Susan la miró con compasión, pero antes de que pudiera decir algo más, una voz firme se escuchó desde el otro lado del cuarto.

-Deberíamos dormir. Mañana tendremos que levantarnos temprano para el ensayo -dijo una chica de cabello castaño, que luego agregó-: Por cierto, soy Sol.

Yia, confundida, preguntó:

-¿Ensayo?

Sol suspiró y la miró con seriedad.

-Dentro de una semana, Madame de la Crow hará una subasta con nosotras. Nos venderá al mejor postor.

-¿Pero cómo es posible que haga algo tan horrible con nosotras? -cuestionó Yia, incrédula.

-Todo se reduce al maldito dinero. Esa vieja bruja solo busca hacerse rica a costa de nuestro sufrimiento -dijo Sol con amargura-. Yo solo estoy esperando a que alguien me compre y salir de esta maldita cárcel.

Susan, tratando de calmar el ambiente, se dirigió a Yia nuevamente.

-Ven. Dime cómo te llamas.

-Yia -respondió, casi en un susurro.

-Yia, debemos dormir juntas. Hay pocas camas, así que es mejor compartir.

Sin saber cómo reaccionar, Yia siguió a Susan hacia una de las camas. Mientras se acomodaban, su mente seguía llena de preguntas. Estaba claro que quería escapar, pero ¿cómo? Y ¿por qué algunas de las chicas parecían tan tranquilas, como si estuvieran acostumbradas a esta situación?

Cuando ya estaban acostadas, Susan se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

-No solo deberías tener cuidado de Madame. Algunas de las mujeres están aquí por elección. Ellas no son subastadas, solo rentadas. Pero el resto..., nos obligaron a estar aquí. A veces pueden estar celosas por la llegada de las nuevas. Solo Dios sabe qué harán con nosotras.

Yia fijó su mirada en el techo, incapaz de dormir. Su corazón latía con fuerza mientras una única pregunta resonaba en su mente: ¿Qué sería de su vida de ahora en adelante?

Capítulo 3 03

Había pasado una semana desde que Yia fue llevada a ese lugar, y las cosas no habían mejorado. Cada día era una lucha constante por mantener su dignidad, aunque no siempre lo lograba. Las mujeres que, como ella, estaban atrapadas allí por la fuerza, la trataban con desprecio, especialmente aquellas que habían sido rentadas por Madame de la Crow. Yia no se dejaba pisotear, siempre devolvía los insultos y las provocaciones, pero eso solo terminaba en castigos más severos. Cada vez que le daban una paliza o la humillaban, Yia se preguntaba cuánto más podría resistir.

Una tarde, después de un castigo particularmente doloroso, Yia se acercó a Susan, buscando respuestas. A pesar de su determinación por mantenerse firme, ya no entendía por qué las mujeres rentadas la trataban tan mal.

-¿Por qué me odian tanto? -le preguntó, con los ojos llenos de frustración.

Susan la miró con una expresión triste, casi resignada.

-Es más que obvio -respondió, sin rodeos. Yia frunció el ceño, sin comprender del todo.

Fue entonces cuando Sol, la chica de cabello castaño y actitud ruda, se acercó a ellas, escuchando la conversación con atención. Era evidente que todas las mujeres que vivían allí compartían una sensación de celos, pero Yia no podía entender por qué ella era el objetivo.

-Lo que pasa, Yia -dijo Sol con voz grave-, es que todas están celosas de ti. Celosas de que tú puedas ser comprada. Ellas no tienen esa opción. Son las que quedan, las que nadie quiere.

Yia no entendía. No podía comprender cómo algunas de esas mujeres, que aparentemente tenían la opción de quedarse o irse, seguían en ese lugar.

-¿Por qué están aquí entonces? -preguntó, desconcertada.

Sol suspiró, como si le costara hablar de ello, y luego miró a la mujer que estaba en una esquina, apartada de todas las demás.

-Ellas son las mujeres que no vendieron en el pasado. Ahora tienen que vender su cuerpo todos los días. Nosotras somos mercancía, Yia, pero ellas... ellas son las que no lograron escapar, las que no consiguieron un comprador en la última subasta. Ahora tienen que vivir vendiendo su cuerpo a quien se les ofrezca.

Yia se quedó en shock. No podía creer lo que estaba oyendo. Nunca imaginó que las cosas pudieran ser tan horribles.

-Pensé que ellas estaban aquí por decisión, por dinero -murmuró, mirando hacia donde Sol había señalado a la mujer, Clara, que estaba perdida en sus pensamientos.

Sol negó con la cabeza, y su rostro se endureció.

-No. Clara, la de ahí -dijo, señalándola de nuevo- me lo advirtió. Si no nos venden con algún magnate, seremos rentadas el resto de nuestras vidas. No tenemos opción. Es un ciclo del que no se puede salir.

Yia sentía que su mundo se desplomaba. El horror que ya había experimentado hasta ese momento parecía empeorar con cada palabra.

-No sé cuál de los escenarios es peor -respondió Yia, con un nudo en la garganta. No podía imaginar una vida como la de esas mujeres.

-Llevo dos meses aquí -dijo Sol, con una mirada sombría-. Esta es mi primera subasta. Ojalá alguien me compre, o acabaré como todas ellas, pasando de un hombre a otro, vendiéndome, sin poder salir jamás.

Susan suspiró, y su voz tembló un poco cuando habló.

-Yo llevo tres meses aquí. Esta es mi última subasta. Si no me compran, terminaré como ellas, o peor... seré una de las rentadas.

Yia miró a las mujeres que estaban a su alrededor, sintiendo una desesperación creciente. ¿Qué sería de ellas después de la subasta? ¿Y qué sería de ella?

Antes de que pudiera decir algo más, los hombres de Madame entraron en la habitación, interrumpiendo su conversación. Uno de ellos les indicó que se prepararan. El gran día había llegado. Madame de la Crow realizaría la subasta, y no había vuelta atrás.

Yia trató de calmarse, pero la sensación de terror crecía dentro de ella. Sabía que la subasta no solo decidiría su destino, sino que también marcaría el comienzo de una nueva etapa en su vida, para bien o para mal. No podía dejar de pensar en lo que estaba por venir, pero una cosa era segura: no estaba dispuesta a rendirse sin luchar.

Las mujeres se levantaron, temblorosas pero firmes, sabiendo que ese día podría ser el final de su sufrimiento... o el inicio de un tormento aún peor.

Yia se miró en el espejo del pequeño vestidor donde la habían dejado para prepararse. El reflejo que la observaba la hizo sentir una asfixiante oleada de repulsión. El vestido que Madame había elegido para ella era una prenda de seda roja, ajustada al cuerpo, con un escote profundo que dejaba muy poco a la imaginación. La abertura en la falda permitía que sus piernas quedaran expuestas, como si la pieza de ropa no fuera más que una forma de exhibirla ante los demás. El solo hecho de ver su imagen allí, tan vulnerable, la hizo sentir realmente sucia, como si su dignidad ya no le perteneciera.

Quiso gritar, arrancarse ese vestido, borrar la imagen de sí misma que le devolvía el espejo. Pero nada de eso podía cambiar lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué le estaba pasando esto a ella? ¿Por qué tenía que ser su vida la que se desmoronaba de esa manera?

La rabia y la tristeza se mezclaban en su pecho, pero lo que más la atormentaba era la impotencia. Quería luchar, salir de allí, pero algo en su interior le decía que ya no quedaba mucho por hacer. No podía ignorar lo que había ocurrido unos días atrás.

Una nueva chica había llegado al lugar, una joven que, al igual que ella, parecía tener la misma determinación en sus ojos. Era una guerrera, una chica que no se rendiría fácilmente. Yia pensó que, tal vez, podría encontrar en ella una aliada, alguien con quien compartir sus miedos y esperanzas de escapar. Pero Madame no estaba de buen humor ese día, y la chica fue castigada de manera cruel. Los gritos y súplicas de la joven resonaban en los pasillos esa noche, desgarrando el silencio de la casa. Yia y las demás chicas escucharon, aterradas, sin saber con certeza qué estaba pasando.

Al día siguiente, la chica regresó al cuarto, pero ya no era la misma persona. Había algo en sus ojos, algo roto, algo que Yia no podría describir con palabras. La joven ni siquiera decía una palabra. Su mirada estaba vacía, su rostro una máscara de desesperación. Parecía una sombra de lo que había sido, y esa imagen quedó grabada en la mente de Yia como una advertencia de lo que podría pasarle a ella.

Esa misma noche, la chica se quitó la vida.

El golpe fue brutal. Para todas las que estaban en ese lugar, fue un recordatorio doloroso de la realidad en la que vivían. La joven que había llegado con la misma fuerza que Yia, había decidido que no podía soportarlo más. No se podía escapar de ese lugar. La muerte parecía ser la única salida.

Las palabras de Sol resonaron en su cabeza, esas mismas palabras que había escuchado hace un momento: "Si no nos venden, seremos rentadas el resto de nuestras vidas." Y aquella chica que había intentado resistir, había optado por la única libertad que le quedaba.

Yia no podía evitar preguntarse: ¿Era esa la única manera de ser libre? ¿Era esa la única forma de escapar del dolor y la humillación que les esperaba? ¿Morir?

Las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras miraba el reflejo en el espejo, su propia imagen, y se preguntaba si ella sería capaz de soportarlo todo. Podía sentir que la desesperación comenzaba a tomar su lugar en su corazón. Pero una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo en lo más profundo de su ser, aunque no sabía por cuánto más tiempo podría mantenerla encendida.

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