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Vendida al hermano equivocado

Vendida al hermano equivocado

Autor: : Paola Ramírez
Género: Mafia
Isabella Beltrán siempre fue una mujer fuerte, decidida a hacer cualquier cosa por su familia... hasta que el destino le juega su peor carta. Su propio padre, el hombre que debía protegerla, la obliga a casarse con un desconocido para pagar una deuda de juego, arrebatándole su libertad en una decisión que no le pertenece. Pero lo que Isabella no sabe... es que alguien más ya ha decidido su destino. Adriano Vercelli. Un hombre frío, calculador y completamente ajeno al amor, dispuesto a reclamar lo que cree suyo. Obsesionado con Isabella desde el pasado, aparece en su vida no para salvarla... sino para cobrar una deuda mucho más personal: el desprecio que ella alguna vez le dio. Isabella no está dispuesta a someterse. Adriano no está acostumbrado a perder. Y cuando el orgullo, el deseo y el poder chocan, solo queda una pregunta... ¿Quién terminará doblegando a quién?

Capítulo 1 Moneda de cambio

Sus manos temblaban, igual que su voz, mientras su mirada recorría una y otra vez las cartas sobre la mesa.

-No puedo perder la empresa... es lo único que tiene mi familia y lo único que me queda -dijo Josué finalmente.

Eduardo soltó una risa baja, cargada de bastante ironía.

-La perdiste en el momento en que decidiste apostar -respondió con frialdad-. Si no quieres perderla... dime, ¿qué más tienes para dar? Por lo que sé, ya no tienes nada que apostar, al menos que...

Josué apretó los dientes, sintiendo cómo todo se le escapaba de las manos.

-Lo único que tengo... es a mi hija.

Titubeó él mientras sus palabras salían sin retorno alguno.

Eduardo lo observó unos segundos, como si ya hubiera esperado esa respuesta. Su hijo mayor siempre había estado enamorado de Isabella, y está era la mejor oportunidad para que su hijo tuviera su mejor juguete.

-Perfecto -dijo al fin-. Tu deuda queda saldada si tu hija se casa con mi hijo mayor... Gael.

Josué alzó la mirada, impactado.

-¿Qué?

-Ya me escuchaste.

Josué se llevó las manos a la cabeza, respirando con dificultad. Era su hija... o perderlo todo.

Y él no estaba dispuesto a quedarse sin nada, y menos sin la naviera, lo único que le quedaba.

-Está bien... -aceptó al final-. Isabella se casará con tu hijo.

Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de Eduardo. Se levantó con calma, caminó hacia el minibar y sirvió un trago de whisky.

-La boda será pasado mañana -anunció-. Y más te vale que tu hija no intente nada...

Se giró apenas, mirándolo con frialdad.

-Porque si lo hace, te doy un tiro en la cabeza, y también a tu linda hijita.

Josué asintió en silencio, no tenía elección. Se levantó y salió de la habitación con el peso de su decisión aplastándolo.

Había perdido todo en una sola noche. Y ahora... también había entregado a su hija.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta... una sonrisa se dibujó en los labios de Adriano Vercelli.

Había escuchado lo suficiente. Sí, habría una boda, por supuesto que sí.

Pero no sería con el hermano que ellos esperaban.

Varios minutos después, Josué detuvo su auto frente a la casa. El motor se apagó... pero él no se movió, sus manos temblaban sobre el volante, su respiración era irregular.

Aún no sabía cómo iba a hacerlo, cómo iba a mirar a su hija a los ojos... y decirle que debía casarse, que ya no tenía elección.

Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera encontrar una salida. Pero por supuesto que ya no había más salida.

La puerta se abrió con lentitud.

Isabella levantó la mirada desde el sofá, frunciendo ligeramente el ceño al ver a su padre entrar.

Algo no estaba bien, lo notó de inmediato, el rostro pálido, la mirada esquiva.

Las manos... temblando.

-¿Papá? -preguntó, incorporándose-. ¿Qué pasa?

Josué cerró la puerta tras de sí, no respondió de inmediato. Parecía buscar las palabras... o el valor.

-Necesito hablar contigo -dijo al fin.

Su voz era distinta. Isabella se puso de pie, sintiendo un nudo formarse en su estómago.

-Me estás asustando.

Josué la miró y por un segundo... dudó. Pero ya era tarde para retroceder.

-Te vas a casar.

-¿Qué? -su voz salió llena de incredulidad.

-La boda será pasado mañana.

Isabella negó de inmediato, retrocediendo un paso.

-No... no, eso no tiene sentido. Yo me iba a casar...

-Ya no.

La interrumpió, con un tono seco, frío, demasiado frío para ser cierto.

-No voy a casarme con nadie -espetó ella, sintiendo cómo la rabia comenzaba a subir-. Mucho menos así.

Josué apretó los dientes.

-No tienes opción.

-Claro que la tengo -respondió, alzando la voz-. Es mi vida.

-¡No entiendes! -explotó él de repente.

Isabella lo miró, sorprendida.

-Entonces explícame -dijo, con la voz temblando-. Porque no pienso aceptar algo así sin una razón.

Josué cerró los ojos un instante y cuando los abrió... ya no había forma de ocultarlo.

-Perdí la empresa.

Las palabras la golpearon fuertemente.

-¿Qué...?

-La perdí -repitió, más bajo-. En una apuesta.

El aire se le fue del pecho.

-No... -susurró, negando-. No puedes estar hablando en serio. Esa empresa era de mamá

-Lo estoy.

-¿Y eso qué tiene que ver conmigo? -preguntó finalmente, con un hilo de voz.

Josué dio un paso hacia ella desesperado.

-Tiene todo que ver contigo.

Isabella frunció el ceño.

-No.

-Sí.

Él tragó saliva.

-La única forma de saldar la deuda... es que te cases.

El corazón de Isabella comenzó a latir con fuerza.

-No voy a hacerlo -dijo Isabella sin dudarlo.

Josué tensó la mandíbula.

-Si no lo haces... me van a matar.

El mundo de ella se detuvo.

-¿Qué...?

-No es una amenaza vacía -continuó, con la voz quebrándose por primera vez-. Es real, Isabella. Muy real.

Ella lo miró, sintiendo cómo el miedo comenzaba a mezclarse con la rabia.

-Eso no significa que tengas derecho a decidir por mí.

-No es solo eso -añadió él, más bajo.

-No podré seguir pagando el tratamiento de tu hermana.

Isabella se quedó inmóvil.

-No... -susurró.

-Los medicamentos... las terapias... todo depende de ese dinero -continuó Josué, acercándose un poco más-. Si pierdo todo... ella también lo pierde.

Las manos de Isabella comenzaron a temblar.

-Estás usando eso en mi contra...

-Estoy diciendo la verdad.

-¡No es justo!

-Nada de esto lo es.

-No puedes pedirme esto... -dijo ella, con la voz quebrándose-. Es mi vida.

Josué la miró con algo cercano a la desesperación.

-Eres mi única salida.

Las palabras le dolieron más que cualquier otra cosa.

-Entonces no tienes ninguna salida -respondió ella, con los ojos brillando por la rabia, la indignación-. Porque no voy a casarme con un desconocido.

-Es un Vercelli.

Isabella cerró los ojos un instante.

Sabía lo que eso significaba.

Poder, dinero y peligro

Cuando volvió a abrirlos... ya no había la misma firmeza.

-¿Quién? -preguntó en voz baja.

Josué dudó apenas.

-Gael.

Capítulo 2 Caín y Abel

Gael se observaba en el espejo con una sonrisa satisfecha.

Ajustó ligeramente su corbata, admirando su reflejo, mientras detrás de él Eduardo Vercelli apoyaba una mano firme sobre su hombro.

-Padre... lo logramos -expresó Gael, sin ocultar su orgullo.

Eduardo sonrió, complacido.

-En efecto -respondió con calma-. La naviera por fin nos pertenecerá... y por supuesto, tú te quedarás con esa muñequita.

Gael sostuvo su propia mirada en el espejo, seguro, convencido, había intentado tantas veces conquistar a Isabella sin llegar a nada.

-Sí.

Acomodó una vez más su traje, impecable, y ambos salieron de la habitación.

Afuera, los autos ya los esperaban. Eduardo subió a uno distinto, Gael, en cambio, caminó hacia el suyo y abrió la puerta del conductor.

-Yo manejo -dijo sin mirar a nadie.

Encendió el motor, el vehículo arrancó con suavidad. No sabía que alguien más... ya había decidido su destino.

A varios kilómetros de distancia dentro de otro auto negro, el ambiente era completamente distinto. Adriano Vercelli permanecía sentado en el asiento trasero, con la mirada fija al frente.

Imperturbable, esperando el momento perfecto.

Acomodó con calma el puño de su camisa, luego la corbata.

-Síganlo -ordenó finalmente, con voz baja.

El conductor asintió de inmediato.

-Sí, señor.

El auto arrancó, y ,minutos después el vehículo de Adriano aceleró, acercándose al de Gael hasta quedar peligrosamente cerca, después se atravesó de golpe

El sonido de los frenos rechinando rompió el silencio de la carretera.

-¡Demonios! -gruñó Gael, girando el volante con fuerza para evitar el impacto.

El auto se detuvo bruscamente.

El corazón le latía con violencia.

-¿Qué diablos...?

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del otro vehículo se abrió.

Adriano bajó, tranquilo, acomodó su saco, y luego la corbata. Su expresión era completamente fría.

Caminó hacia el auto de Gael sin prisa... pero sin detenerse.

Gael abrió la puerta con brusquedad y salió.

-¿Qué demonios crees que haces, Adriano? -espetó-. ¿Acaso intentas matarme?

Adriano sonrió. Pero no fue una sonrisa amable, fue calculada. Dio dos pasos más hasta quedar frente a él.

-Por supuesto que no -respondió con calma-. Al contrario... solo quiero evitar que cometas el peor error de tu vida.

Gael frunció el ceño confundido, molesto.

-¿De qué hablas?

Adriano no respondió de inmediato. Alzó ligeramente la mano, e hizo un ademán, un simple gesto.

Las puertas del vehículo detrás de él se abrieron. Varios hombres comenzaron a bajar.

Gael retrocedió medio paso, sorprendido.

-¿Qué estás haciendo?

Adriano lo miró fijamente sin emoción.

-Simplemente... tomo el control.

Luego giró apenas el rostro hacia sus hombres.

-Llévenlo a la bodega -Hizo una pausa mínima-. Y procuren que no se lastime.

Los ojos de Gael se abrieron de par en par.

-¿Qué? ¿Te volviste loco?

Los hombres se acercaron sin dudar, y lo sujetaron por los brazos.

-¡Suéltenme! -él forcejeó-. ¡Adriano, ¿qué diablos haces?! ¡Hoy es mi matrimonio!

Adriano se detuvo frente a él.

Lo observó, con calma, y con bastante superioridad.

-Lamentablemente, hermanito... tu boda no se llevará a cabo.

Se inclinó apenas hacia él.

Lo suficiente para que sus palabras pesaran más.

-Hoy se celebrará la mía, mi boda.

Gael dejó de resistirse por un segundo, incrédulo.

-Estás bromeando...

Adriano sonrió de lado.

-No -respondió Adriano. Se enderezó y añadió, con total tranquilidad-. ¿No piensas felicitarme?

-Eres un imbécil, Adriano... me las vas a pagar.

Adriano sonrió apenas, sin molestarse en responder. Cerró la puerta del auto y subió con total calma, como si nada pudiera tocarlo.

A kilómetros de ahí... El vestido se adhería al cuerpo de Isabella Beltrán como una segunda piel.

Estaba hermosa, más que nunca. Pero sus manos temblaban... al igual que su cuerpo.

Solo quería una cosa, salir de ahí.

-Hija, por favor... camina -dijo Josué, con la voz tensa, intentando mantener el control.

Isabella se giró hacia él, mirándolo con incredulidad.

-Papá... él no va a venir -susurró-. ¿Cómo pretendes que siga? Ya pasó media hora.

Josué no respondió. A unos metros, Eduardo Vercelli miró su reloj y luego hizo una leve seña, acababa de recibir un mensaje de uno de sus hombres, su hijo acababa de llegar.

-Empieza -ordenó.

Josué tragó saliva y sujetó el brazo de su hija con más fuerza y la marcha nupcial comenzó a sonar.

-Vamos... camina.

-Papá, no me hagas esto -dijo ella, resistiéndose.

-Camina.

-Vamos, señorita Beltrán

Una voz detrás de ella, hizo que Isabella se quedara helada... esa voz grave, sus ojos se abrieron lentamente mientras giraba su cuerpo

Ahí frente a ella estaba Adriano Vercelli, impecable, frío. Mirándola como si ya le perteneciera.

Incluso Eduardo pareció tensarse un segundo. Pero no podía hacer nada, al menos no todavía.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Isabella, sin poder ocultar la confusión.

Adriano dio un paso hacia ella.

-Vamos a casarnos.

El aire se le quedó atrapado en el pecho de Isabella, ¿Cómo Adriano pretendía casarse con ella, cuando ella se casaría con su hermano Gael?, ¿Acaso se había vuelto loco?.

-Pero tú y yo no...

-En eso te equivocas -la interrumpió.

Se acercó lo suficiente para que solo ella lo escuchara.

-Esta noche te casas conmigo...-él hizo una breve pausa. Y añadió, sin cambiar el tono- O al idiota de tu padre le meto una bala en la cabeza.

Capítulo 3 Ahora me perteneces

Las palabras de Adriano aún flotaban en el aire, mientras tanto, Isabella no pudo responder.

Su respiración se volvió irregular. Su mirada pasó de Adriano... a su padre.

-¿Qué significa esto?

La voz de Eduardo Vercelli cortó el momento. Avanzó un paso, con la mirada fija en su hijo.

-Aléjate de ahí, Adriano.

Los pocos invitados intercambiaron miradas nerviosas.

Adriano giró apenas el rostro hacia su padre, sin prisa, sin respeto.

-Llegas tarde -dijo con calma.

Eduardo apretó la mandíbula

-Esta boda no es tuya. Es de tu hermano Gael

Adriano acomodó lentamente el puño de su camisa. Luego alzó la mirada y lo observó directo a los ojos.

-Ahora sí lo es.

-No juegues conmigo -espetó Eduardo, dando un paso más-. Sabes perfectamente que ese matrimonio es de Gael, tu hermano.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Adriano.

-Gael no va a llegar.

Eduardo frunció el ceño.

-¿Qué hiciste?

Adriano no respondió de inmediato. Se limitó a mirarlo, con bastante superioridad.

-Está resolviendo un problema.

-Eres un maldito... -murmuró Eduardo.

Adriano ladeó apenas la cabeza.

-Aprendí del mejor.

Los ojos de Eduardo se endurecieron.

-No te voy a permitir esto.

Adriano soltó una leve exhalación, casi aburrida. Luego dio un paso hacia él, acortando la poca distancia que había.

-Recuerda algo, papá... -Su voz bajó-. Todo lo que tocas... me pertenece.

Adriano inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado.

-Así que hazte a un lado.

-Camina -dijo Adriano mirando hacia el lado donde estaba Isabella.

Isabella tragó saliva, sus piernas temblaron. Aún así nadie dijo nada, nadie se movió, y la boda siguió su curso.

El sacerdote levantó la mirada, visiblemente tenso... pero continuó.

-Si no hay impedimento...

Adriano no apartó la mirada de Isabella ni un segundo.

-Entonces... -hizo una breve pausa- los declaro marido y mujer.

Isabella sintió que el aire le faltaba, que todo se cerraba a su alrededor.

No era un sueño. Era real. Adriano tomó su rostro con calma.

Pero sin dejar opción, se inclinó apenas hacia ella... y rozó sus labios en un beso breve, con sus ojos oscuros clavados en los de ella.

-Desde ahora... -murmuró, solo para ella- me perteneces.

El corazón de Isabella golpeó con fuerza.

-No soy tuya... -susurró, sin fuerza.

Adriano no sonrió, pero su mirada se volvió más intensa.

-Lo eres.

**UNA HORA DESPUÉS...

La puerta de la suite se cerró.

Isabella caminaba en círculos, incapaz de quedarse quieta, sus manos temblaban.

Su mente no dejaba de repetir lo mismo, esto no está pasando.

Esto no puede estar pasando. Aún no entendía por qué su padre no había hecho nada.

-Detente.

La voz de Adriano la hizo frenar.

Él estaba de pie, observándola.

Tranquilo, como si todo estuviera bajo su control.

-No puedo -respondió ella, pasando una mano por su cabello-. No puedo estar aquí, y menos contigo.

Adriano avanzó, y en un solo movimiento, rodeó la cintura de Isabella con firmeza, atrayéndola contra su cuerpo antes de que pudiera reaccionar.

-Será mejor que te calmes cariño -murmuró cerca de su oído-. Esto ya no está en discusión... ahora me perteneces.

Isabella intentó zafarse de inmediato, empujándolo con todas sus fuerzas, forcejeando... pero él no cedió. Al contrario, la acercó más, eliminando cualquier espacio entre ellos, inclinándose hasta dejar sus labios peligrosamente cerca de los de ella.

-Desde ahora me perteneces -susurró con frialdad-. Así que no intentes nada... o el viejo decrépito de tu padre sufrirá las consecuencias... -Él hizo una pausa mínima-. O no... mejor tu querida hermana.

La mandíbula de Isabella se tensó, sus ojos ardieron de rabia.

-No serías capaz...

Adriano la soltó de golpe. La observó con una leve sonrisa... oscura.

-Aún no me conoces.

Sonrió y Simplemente se inclinó... y pegó sus labios a los de ella.

Isabella reaccionó de inmediato, lo empujó con fuerza, respirando agitada.

-No vuelvas a tocarme.

Su voz tembló... pero no por miedo.

Sino por rabia, estaba segura que si tuviera un arma en ese momento ya la hubiera descargado toda sobre el cuerpo de Adriano.

Se giró bruscamente, dándole la espalda.

-No pienso quedarme esta noche contigo -espetó-. Necesito ver a mi padre... Necesito hablar con él.

Una sonrisa apareció en los labios de Adriano.

Isabella no esperó respuesta, y caminó directo hacia la puerta, decidida a buscar explicaciones, no podía seguir más tiempo al lado de Adriano, la asfixiaba.

Pero antes de que pudiera abrirla por completo, Adriano la cerró de golpe.

El sonido sonó en toda la habitación. Isabella se giró, furiosa. Adriano apoyó el brazo sobre la puerta, encerrándola entre la madera y su cuerpo.

-Te dije que no intentes nada Isabella.

Él ni siquiera se detuvo.

-Ahora... me vas a conocer.

Sus pasos fueron firmes mientras avanzaba hacia la habitación contigua de la suite.

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