Isabella me sonrió, una sonrisa que solía confundir con amistad, ofreciéndome agua y un dulce.
Bebí, sin saber que cada trago me arrastraba a una pesadilla, y lo último que recordé fue su extraña sonrisa de triunfo.
Desperté golpeada, mi cuerpo magullado y mi mente en un caos, en un cuarto ajeno que olía a tierra y leña.
Una mujer robusta me reveló la cruel verdad: Isabella, mi mejor amiga, me había vendido para casarme forzosamente con su hijo, Mateo.
Intenté escapar, pero mi cuerpo cedió y fui arrastrada de nuevo, golpeada sin piedad y humillada.
"Pagamos por ti, ahora nos perteneces", me siseó Ramona, la supuesta suegra, mientras las lágrimas de impotencia corrían por mis mejillas.
Mi grito de "¡AYUDA! ¡SOY SOFÍA REYES! ¡LA NIETA DE ELADIO! ¡ME TIENEN SECUESTRADA!" fue sofocado con brutalidad.
Incluso mi primo, Carlos, dudó de mí, y me abandonaron en un oscuro almacén junto a un machete oxidado.
La humillación se redobló cuando un hombre gordo y lascivo intentó llevarme, rasgando mi ropa y mi dignidad ante la mirada de todos.
Pero justo cuando la desesperación me consumía, una voz clara y resonante rompió el aire: "¿¡Ramona!? ¿¡Qué significa este escándalo en tu casa!?"
Era mi abuelo, Don Eladio Reyes.
La pesadilla no había terminado, pero para ellos, apenas comenzaba.
Pronto descubrirían lo que les costaría meterse con la nieta de Don Eladio, y la verdadera Sofía Reyes estaba a punto de desatar su propia justicia.
Isabella me sonrió, sus ojos brillando con una luz que yo confundí con amistad, y me pasó una botella de agua.
"Toma, Sofí, te ves súper estresada con tanto examen. Te va a ayudar a relajarte."
Junto al agua, me ofreció un dulce. Un caramelo de leche, de esos cremosos envueltos en papel de arroz comestible. Mi favorito desde que éramos niñas.
"Y un dulce para la mejor estudiante", dijo con esa voz melosa que usaba siempre.
Confié en ella, como siempre lo había hecho, bebí el agua de un trago y me metí el dulce en la boca, el sabor familiar me tranquilizó por un instante, pero algo en el agua se sentía raro, un amargor casi imperceptible.
No le di importancia, el cansancio de las últimas semanas de estudio me estaba matando, y pronto, una pesadez abrumadora se apoderó de mi cuerpo, mis párpados se sentían como plomo y lo último que recuerdo es la sonrisa extraña de Isabella, una sonrisa que ya no parecía de amiga, sino de triunfo.
El despertar fue un golpe violento a mis sentidos.
No estaba en mi cama, ni en mi casa, el aire olía a tierra húmeda y a humo de leña, una mezcla pesada y desconocida.
Me dolía la cabeza y sentía el cuerpo entumecido, como si no me perteneciera.
Estaba en un cuarto pequeño, con paredes de adobe y un techo de lámina, la única luz entraba por una ventana sin vidrio, cubierta con una tela raída.
Una mujer robusta, de piel morena y gesto duro, entró al cuarto sin llamar.
Me miró de arriba abajo, con una mezcla de desprecio y satisfacción.
"Ya despertó la señorita de la ciudad", dijo con una voz rasposa.
"¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?", pregunté, mi voz sonaba débil y asustada.
La mujer soltó una carcajada seca, sin alegría.
"Estás en tu nueva casa, muchacha, soy tu suegra, y más te vale que te vayas acostumbrando."
"¿Suegra? ¿De qué habla? Esto es un error, un secuestro", grité, intentando ponerme de pie.
"Ningún error", dijo, acercándose a mí con paso amenazante. "Tu amiguita, esa tal Isabella, nos hizo el favor de traerte, te vendió bien y bonito para que te cases con mi hijo, Mateo."
El mundo se me vino abajo, las palabras de la mujer eran un martillo que destrozaba cada una de mis esperanzas.
Isabella, mi mejor amiga, me había traicionado, me había vendido como si fuera un objeto.
La rabia y la desesperación me dieron una fuerza que no sabía que tenía.
Me levanté de golpe, empujando a la mujer a un lado y corrí hacia la puerta.
Tenía que escapar, tenía que volver a casa y hacer que Isabella pagara por esto.
Pero mi cuerpo no respondió, las piernas me temblaban y la cabeza me daba vueltas, apenas di dos pasos antes de caer al suelo de tierra.
La mujer, que ahora supe se llamaba Ramona, me alcanzó en un segundo.
Me agarró del pelo y me arrastró de vuelta al catre de madera.
"¿A dónde crees que vas, estúpida?", siseó en mi oído. "Pagamos por ti, ahora nos perteneces."
Sentí el ardor en el cuero cabelludo y las lágrimas de impotencia corrieron por mis mejillas.
Forcejeé, pataleé, grité, pero era inútil, ella era mucho más fuerte que yo.
Me abofeteó con fuerza, una y otra vez, hasta que mi cara ardió y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca.
"¡Cállate!", gritó. "¡Cállate o te irá peor! Aquí no valen tus gritos de niña rica."
Cada golpe era una nueva capa de humillación, cada insulto me rompía un poco más por dentro.
"Por favor...", supliqué, con la voz rota. "Mi familia tiene dinero, les pagaré el doble, el triple de lo que les dio esa... esa traidora, solo déjenme ir."
Ramona y un hombre mayor, que supuse era su esposo, soltaron una carcajada burlona que resonó en el pequeño cuarto.
"¿Dinero?", se mofó el hombre. "¿Crees que con tu dinero vas a comprar tu libertad? Aquí las cosas no funcionan así, el dinero se acaba, pero una buena esposa para mi hijo, eso dura para siempre."
Me sentí atrapada, sin salida, un animal en una jaula.
Lloré en silencio, mientras ellos seguían burlándose de mí, de mi desesperación.
Pero en medio de la oscuridad, algo llamó mi atención.
El patrón de los bordados en una servilleta que cubría una canasta en un rincón, era idéntico a los que mi abuela hacía.
Y el olor... ese olor a copal quemado, el mismo que mi abuelo usaba para limpiar la casa de las malas vibras.
Miré por la ventana de nuevo, y a lo lejos, vi la silueta de un cerro, un cerro que conocía perfectamente por las fotos viejas de mi familia.
El corazón me dio un vuelco.
El horror y la incredulidad me invadieron.
No podía ser.
No podía estar en ese lugar.
Este pueblo remoto en Oaxaca, este lugar olvidado por el mundo... era el pueblo de mis abuelos.
El lugar donde mi abuelo, Don Eladio, era el hombre más respetado, una leyenda.
De repente, el miedo se transformó.
Una chispa de furia y de una extraña seguridad se encendió en mi pecho.
Ellos no sabían a quién tenían encerrada.
No tenían ni la más remota idea del infierno que estaban a punto de desatar.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y los miré fijamente, mi voz ya no temblaba.
"Ustedes van a lamentar esto", dije, con una calma que los sorprendió. "Van a lamentar el día en que decidieron comprar a la nieta de Eladio Reyes."
Mi declaración los dejó en silencio por un momento, un silencio cargado de confusión.
Ramona me miró como si me hubiera vuelto loca de repente.
"¿Qué estupideces dices ahora? ¿La nieta de Don Eladio?", preguntó, con un tono que mezclaba la incredulidad con la burla.
"Así es", afirmé, poniéndome de pie lentamente, tratando de proyectar una autoridad que no sentía. "Soy Sofía Reyes, mi abuelo es Eladio Reyes, el líder de esta comunidad."
Un murmullo recorrió a los pocos vecinos que se habían asomado a la puerta, atraídos por los gritos.
Vi sus caras, sus ojos curiosos y desconfiados.
"¡Ja! ¡Ahora resulta!", exclamó Ramona, recuperando la compostura. "Esta chamaca ya no sabe ni qué inventar para salvarse, ¿creen que la nieta de Don Eladio andaría por ahí, dejándose vender como si fuera un animal?"
Su lógica era cruel, pero para ellos, tenía sentido.
"¡No me dejé vender!", grité, la frustración creciendo en mi garganta. "¡Me drogaron! ¡Mi supuesta amiga me trajo aquí con engaños!"
"¡Mentiras!", intervino el padre de familia, un hombre de pocas palabras pero de mirada dura. "La muchacha que te trajo, Isabella, nos dijo que eras una huérfana, que no tenías a nadie, que buscabas una familia."
La red de mentiras de Isabella era más profunda de lo que imaginaba, había pensado en todo para asegurarse de que nadie me creyera.
"Mi abuelo se mudó a la ciudad hace muchos años, por eso no lo ven por aquí tan seguido, pero este sigue siendo su pueblo, su gente", intenté explicar, desesperada por hacerles entender. "Mi padre es su único hijo, él vive y trabaja en la ciudad, ¡por eso no me conocen!"
Pero mis palabras se perdían en el aire, chocaban contra un muro de desconfianza y prejuicio.
Para ellos, yo era una extraña, una mentirosa, una mercancía por la que habían pagado.
"Suficiente de tus cuentos", dijo Ramona, perdiendo la paciencia.
Me agarró del brazo con una fuerza brutal, sus uñas se clavaron en mi piel.
"Te vas a casar con mi Mateo y punto, y si vuelves a decir que eres una Reyes, te juro que te arranco la lengua."
Me sacudió con violencia, mi cabeza golpeó contra la pared de adobe y vi estrellas por un segundo.
El dolor agudo me devolvió a la realidad de mi situación.
No me creían, y no me iban a creer.
La desesperación me hizo gritar, un grito desgarrador que salió desde lo más profundo de mi ser.
"¡AYUDA! ¡SOY SOFÍA REYES! ¡LA NIETA DE ELADIO! ¡ME TIENEN SECUESTRADA!"
Grité y grité, con la esperanza de que alguien, cualquiera, me escuchara y reconociera mi nombre.
Mi voz resonó en el pequeño patio, y por un instante, el silencio se hizo de nuevo.
Los vecinos se miraban entre ellos, inquietos. El nombre de mi abuelo tenía peso, incluso en su ausencia.
Pero mi grito de esperanza fue ahogado rápidamente.
Ramona, enfurecida, me tapó la boca con su mano sucia, su aliento agrio me golpeó la cara.
"¡Te dije que te callaras, maldita loca!", gruñó.
Me golpeó en el estómago con el puño cerrado.
El aire se me escapó de los pulmones en un silbido doloroso y caí de rodillas, tosiendo, luchando por respirar.
El mundo se volvió borroso, el dolor era insoportable y el miedo me paralizó por completo.
Estaba sola, herida y nadie iba a venir a salvarme.
Había pronunciado el nombre de mi familia como un conjuro mágico, esperando que me protegiera, pero solo había conseguido enfurecer más a mis captores.
Me arrastraron de nuevo al cuarto oscuro, la puerta de madera se cerró con un sonido final y desolador, dejándome en la más absoluta oscuridad.