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Vendida por Mi Mejor Amiga

Vendida por Mi Mejor Amiga

Autor: : Dan Ruo Tu Mi
Género: Moderno
El sabor dulce de la Coca-Cola se volvió amargo en mi boca. Lo último que recuerdo es la sonrisa de Sofía, mi mejor amiga, pasándome la botella en el camino a una fiesta en un pueblo remoto. Cuando abrí los ojos, el sol me quemaba la cara a través de un techo de lámina y el aire olía a tierra quemada. Una mujer de ojos duros me observaba, su voz arrastrada soltó la verdad: mi amiga me había vendido. Intenté levantarme, pero el mareo y la náusea me tiraron al petate áspero. Mi mejor amiga, la que conocía todos mis secretos, me había entregado como si fuera ganado. Me querían como esposa para su hijo, un muchacho simple. La rabia y el pánico me inundaron. Golpee la puerta de madera intentando escapar de esa pesadilla que gritaba ser real. Las lágrimas de impotencia me quemaban la cara. ¿Por qué Sofía, mi querida amiga, me haría esto? ¿Por celos de mi talento, de mis sueños de estudiar en el extranjero? De pronto, un detalle tallado en el dintel de la puerta me heló la sangre: un águila devorando una serpiente. Era el mismo patrón que había visto en una vieja foto de la casa de mis abuelos. No podía ser una coincidencia. Me habían traído de vuelta a casa, al pueblo de mi abuelo, Don Ramiro, una leyenda viva. Levántate, inútil. No creas que porque eres de ciudad te vamos a tratar como reina. Esa fue la última vez que me verían como la "princesita". Ahora, la verdadera fiesta estaba por comenzar.

Introducción

El sabor dulce de la Coca-Cola se volvió amargo en mi boca.

Lo último que recuerdo es la sonrisa de Sofía, mi mejor amiga, pasándome la botella en el camino a una fiesta en un pueblo remoto.

Cuando abrí los ojos, el sol me quemaba la cara a través de un techo de lámina y el aire olía a tierra quemada.

Una mujer de ojos duros me observaba, su voz arrastrada soltó la verdad: mi amiga me había vendido.

Intenté levantarme, pero el mareo y la náusea me tiraron al petate áspero.

Mi mejor amiga, la que conocía todos mis secretos, me había entregado como si fuera ganado.

Me querían como esposa para su hijo, un muchacho simple.

La rabia y el pánico me inundaron.

Golpee la puerta de madera intentando escapar de esa pesadilla que gritaba ser real.

Las lágrimas de impotencia me quemaban la cara.

¿Por qué Sofía, mi querida amiga, me haría esto? ¿Por celos de mi talento, de mis sueños de estudiar en el extranjero?

De pronto, un detalle tallado en el dintel de la puerta me heló la sangre: un águila devorando una serpiente.

Era el mismo patrón que había visto en una vieja foto de la casa de mis abuelos.

No podía ser una coincidencia.

Me habían traído de vuelta a casa, al pueblo de mi abuelo, Don Ramiro, una leyenda viva.

Levántate, inútil.

No creas que porque eres de ciudad te vamos a tratar como reina.

Esa fue la última vez que me verían como la "princesita".

Ahora, la verdadera fiesta estaba por comenzar.

Capítulo 1

Elena sintió que el mundo se desvanecía en una neblina pegajosa, el sabor dulce de la Coca-Cola todavía en su lengua, mezclado con algo amargo y químico. Lo último que recordaba era la sonrisa de su mejor amiga, Sofía, mientras le pasaba la botella.

"Tómatela toda, Elena. Es para que te dé energía para la fiesta. ¡Verás qué bien nos la pasamos!"

La fiesta. En un pueblo remoto del que nunca había oído hablar. Una aventura, según Sofía. Una oportunidad para despejarse antes de los exámenes finales de la escuela de arte, donde Elena destacaba y Sofía, aunque lo ocultaba bien, siempre parecía estar un paso por detrás, observando con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.

Ahora, la oscuridad. No la oscuridad de la noche, sino una pesada, dentro de su cabeza.

Cuando abrió los ojos, el sol le pegó en la cara a través de las rendijas de un techo de lámina. El aire olía a tierra húmeda, a leña quemada y a algo agrio, como a ropa sucia. No estaba en su cama. No estaba en ningún lugar que conociera.

Una mujer mayor, de piel curtida por el sol y arrugas profundas como surcos en la tierra, la miraba desde una silla de madera. Sus ojos eran pequeños y duros.

"Ya despertó la princesita" , dijo la mujer, su voz rasposa.

Elena intentó sentarse, pero la cabeza le dio vueltas y un mareo nauseabundo la obligó a recostarse sobre el petate áspero.

"¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? ¿Y Sofía?"

La mujer soltó una risa seca, sin alegría.

"Tu amiguita ya se fue. Cobró su dinero y se largó. Buena amiga tienes" .

El cerebro de Elena luchaba por procesar las palabras. No tenía sentido. Sofía, su amiga del alma, la que conocía todos sus secretos. Imposible.

"No... no le creo. Hubo un accidente. ¿Dónde está mi teléfono?"

"¿Teléfono? Aquí no te va a servir de nada" , dijo la mujer, y luego añadió, como si le revelara el secreto más simple del mundo: "Te vendió. Así de fácil. Mi hijo necesita una esposa y tú nos saliste barata. Así que más te vale que te vayas acostumbrando" .

El shock fue como un golpe físico, le robó el aire de los pulmones. Vendida. La palabra rebotaba en su cráneo, absurda, monstruosa. Sofía no haría eso. No podía ser. Pero la crudeza de la situación, la sordidez del cuarto, el olor, la cara de esa mujer, todo gritaba que era verdad.

La rabia y el pánico la inundaron. Se puso de pie de un salto, ignorando el mareo. La puerta era de madera vieja, con un pasador de hierro por fuera. Corrió hacia ella, la golpeó con los puños.

"¡Abran! ¡Sáquenme de aquí! ¡Esto es un secuestro!"

La puerta no se movió. Su cuerpo, debilitado por la droga, temblaba. Sus golpes eran débiles. Se desplomó en el suelo de tierra, las lágrimas de impotencia y furia quemándole la cara. ¿Por qué? ¿Por qué Sofía le haría esto? La envidia. Recordó las miradas de Sofía cuando los profesores elogiaban los lienzos de Elena, el brillo extraño en sus ojos cuando Elena hablaba de sus planes para estudiar en el extranjero.

De repente, la puerta se abrió con un rechinido. Un hombre joven, de mirada torpe y sonrisa simple, entró junto a la mujer. Era su hijo.

"Mamá, está haciendo mucho ruido" , dijo el hombre, mirando a Elena con una curiosidad boba.

"Ahorita la callamos" , respondió la mujer. Se acercó a Elena y la agarró del cabello, tirando de ella con una fuerza brutal.

"¡Levántate, inútil! ¡No creas que porque eres de ciudad aquí te vamos a tratar como reina!"

El dolor agudo en su cuero cabelludo la hizo gritar. El hombre simple solo miraba.

"¡Suélteme! ¡Mi familia tiene dinero! ¡Les pueden pagar lo que quieran, pero déjenme ir!" , suplicó Elena, con la voz rota.

La mujer se rio de nuevo, una risa que le heló la sangre.

"¿Dinero? Tu amiguita nos dijo que eras huérfana, que no tenías a nadie. Por eso nos gustaste. Sin problemas. Ahora cállate y compórtate, que tienes que empezar a aprender tus deberes de esposa" .

La humillación era peor que el dolor físico. La arrastraron fuera del cuartucho hacia un patio de tierra. La luz del sol la cegó. Mientras la llevaban a la fuerza hacia una pila de leña, algo llamó su atención. Un detalle en la construcción de la casa principal. El dintel de la puerta estaba tallado con un patrón específico: un águila devorando una serpiente, pero con un estilo rústico, casi primitivo.

Elena se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco, pero esta vez no era de pánico. Era un golpe de reconocimiento, un eco de un recuerdo lejano.

Ese mismo tallado. Lo había visto antes. En una fotografía vieja, en blanco y negro. La casa de sus abuelos. La casa que su abuelo construyó con sus propias manos en este mismo pueblo, antes de que la familia se mudara a la ciudad.

Se giró para mirar a su alrededor, con los ojos muy abiertos. La forma de las colinas a lo lejos, el tipo de piedra rojiza en los cimientos de las casas vecinas. No podía ser. Era una coincidencia imposible.

Pero entonces, lo supo. Con una certeza que le recorrió todo el cuerpo.

No la habían llevado a un pueblo cualquiera.

La habían llevado a casa. Al lugar de origen de su familia. El lugar donde su abuelo, Don Ramiro, era más que un hombre. Era una leyenda.

La mujer la empujó, molesta por su repentina quietud.

"¿Qué miras, estúpida? ¡Camina!"

Elena tropezó, pero ya no sentía el mismo terror. Una nueva sensación, fría y dura como el acero, comenzaba a formarse en su pecho. La habían traicionado, vendido y humillado. Pero sus verdugos habían cometido un error. Un error garrafal.

La habían traído al único lugar en el mundo donde el nombre de su familia pesaba más que cualquier cantidad de dinero.

Se puso de pie, lentamente. Su rostro, antes lleno de lágrimas y miedo, ahora estaba endurecido por una resolución helada. Miró a la mujer y a su hijo simple, y por primera vez, no los vio como monstruos invencibles, sino como ignorantes que acababan de firmar su propia sentencia.

La verdadera fiesta estaba por comenzar.

Capítulo 2

"Ustedes no saben quién soy" , dijo Elena, con una voz tan tranquila que sorprendió incluso a sí misma.

La mujer, a la que ahora Elena llamaría mentalmente "la bruja", frunció el ceño. Su hijo, el simple, solo parpadeó.

"¿Y quién se supone que eres, eh? ¿La hija del presidente?" , se burló la bruja.

Elena levantó la barbilla. El miedo seguía ahí, un nudo frío en su estómago, pero la certeza de su linaje era un ancla.

"Soy Elena. Nieta de Don Ramiro" .

El nombre cayó como una piedra en un pozo silencioso. Por un instante, el rostro de la bruja se contrajo en una mueca de sorpresa. El nombre de Don Ramiro era conocido por todos en ese pueblo y en los alrededores. Era sinónimo de respeto, de poder, de una rectitud que rayaba en lo temible.

Pero la sorpresa duró poco. La bruja la examinó de arriba abajo: el cabello revuelto, la ropa de ciudad sucia y rasgada, la cara manchada de lágrimas y tierra. Soltó una carcajada estridente.

"¡Ja! ¡Qué buena broma! ¿Tú? ¿Nieta de Don Ramiro? ¡No me hagas reír, escuincla mentirosa!"

Un par de vecinos que habían salido a curiosear por los gritos anteriores también soltaron risitas.

"Todo el mundo sabe que Don Ramiro y su esposa no tienen familia aquí" , continuó la bruja, recuperando su compostura y su tono de matona. "Se fueron hace años. Sus hijos y nietos están en la ciudad, son gente importante, no una mugrosa como tú que se deja vender por tres pesos" .

Elena sintió una punzada de frustración. Era verdad. Su abuelo había mantenido su linaje en el pueblo en secreto precisamente para protegerlos. Había enemigos, gente que le guardaba rencor por su poder y su justicia inflexible. Nadie sabía que sus nietos a veces venían de visita, de incógnito, cuando eran niños.

"Nos mudamos" , intentó explicar Elena, la voz temblándole un poco. "Mi padre es su hijo. Nos fuimos a la ciudad cuando yo era pequeña, pero... pero esta es su tierra. Esta casa..."

"¡Cállate!" , gritó la bruja, y esta vez su voz tenía un filo de nerviosismo. ¿Y si la chica decía la verdad? Desechó la idea de inmediato. Era imposible. "¡Seguro te lo inventaste para asustarnos! ¡Pero a mí nadie me ve la cara de estúpida!"

Para demostrar su punto, la agarró del brazo y la sacudió con violencia.

"¡Ya te dije que te comportes! ¡Vas a ser la mujer de mi Tonio y punto!"

El hombre simple, Tonio, sonrió, como si la idea de tener una esposa fuera un juguete nuevo. Se acercó y trató de tocarle la cara a Elena. Ella se apartó con asco, el corazón latiéndole con fuerza renovada por el terror.

"¡No me toques!" , gritó. "¡Si mi abuelo se entera de esto, los va a matar! ¡A todos ustedes!"

La mención de la muerte pareció divertir a la bruja.

"¡Uy, qué miedo! ¡La nieta fantasma de Don Ramiro nos va a mandar a sus ejércitos celestiales!" , se mofó, y los vecinos rieron con ella. La humillación era un fuego que le quemaba las mejillas.

Desesperada, Elena empezó a gritar con todas sus fuerzas, dirigiendo su voz no a sus captores, sino hacia la calle, hacia las otras casas, hacia el cielo.

"¡Auxilio! ¡Soy Elena, la nieta de Ramiro! ¡Me tienen secuestrada en la casa de los Martínez! ¡Auxilio!"

Su grito fue tan potente y desesperado que por un momento todos se quedaron quietos, incluso la bruja. El silencio que siguió fue tenso. Se oía el zumbido de una mosca, el ladrido lejano de un perro.

Luego, la reacción de la bruja fue instantánea y brutal.

Le soltó una bofetada que le volteó la cara y la hizo caer al suelo. El sabor a sangre llenó su boca.

"¡Te dije que te callaras, perra mentirosa!" , siseó la mujer, su rostro transformado por la furia. "¡Ahora vas a ver lo que te pasa por hacerte la importante!"

Pateó a Elena en las costillas. El aire salió de sus pulmones en un gemido ahogado. El dolor fue agudo y la dejó sin aliento. El mundo empezó a girar de nuevo, los rostros de sus torturadores se volvían borrosos.

Mientras Tonio y su madre la arrastraban de vuelta al cuartucho oscuro, Elena solo podía pensar en una cosa: su grito. Alguien tenía que haberla oído. En un pueblo tan pequeño, las noticias volaban.

Su única esperanza era que el nombre de su abuelo, aunque fuera pronunciado por una "loca mentirosa", fuera suficiente para encender una chispa de duda en alguien. Una sola persona que se atreviera a preguntarse: ¿Y si es verdad?

Pero mientras la puerta se cerraba de nuevo, sumiéndola en la oscuridad y el dolor, esa esperanza parecía tan frágil como un hilo de telaraña.

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