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Venganza De La Esposa Helada

Venganza De La Esposa Helada

Autor: : Lan Diao Qing Cheng
Género: Urban romance
Mi restaurante, "Alma Cocina", era mi orgullo, mi santuario. Pero una conversación susurrada, una risa ajena, lo derrumbaron todo. Era mi esposo, Mateo, el arquitecto al que todos admiraban, con Daniela, la becaria a la que habíamos ayudado. En vez de ir a la emergencia de la gala, corrí directo a la traición. Los encontré. No era un malentendido, era la verdad desnuda. "Mateo. ¿Qué demonios están haciendo?" Mi voz fue un cuchillo, pero su descaro fue peor. Daniela, la niña inocente, se convirtió en una actriz barata, fingiendo mareos para manipularlo. Mateo, mi esposo, no mostró arrepentimiento. Me acusó de hacer drama y de descuidar mi trabajo. "Madura, Sofía. Esto es una nimiedad", me dijo. Y luego, el golpe final. Un mensaje de Daniela con una foto de ellos en la cama. Y un audio, la voz de Mateo: "Sofía es fría, aburrida. Un bloque de hielo". El hombre al que amaba, me veía como un objeto sin vida. Las lágrimas se secaron, dejando solo una furia fría. Pero la verdadera puñalada llegó de la escuela de mi hija. Daniela era su maestra de arte, envenenando las mentes de los niños contra Valentina. "La maestra Daniela dice que su mamá es mala y aburrida". Vi a mi hija aislada, humillada. Y luego, supe lo que tenía que hacer. "Quiero el divorcio". La batalla apenas comenzaba, pero esta vez, yo no sería la víctima. Esta vez, no me importaba destruir su perfecta fachada. Esta vez, mi hija y yo seríamos libres.

Introducción

Mi restaurante, "Alma Cocina", era mi orgullo, mi santuario.

Pero una conversación susurrada, una risa ajena, lo derrumbaron todo.

Era mi esposo, Mateo, el arquitecto al que todos admiraban, con Daniela, la becaria a la que habíamos ayudado.

En vez de ir a la emergencia de la gala, corrí directo a la traición.

Los encontré.

No era un malentendido, era la verdad desnuda.

"Mateo. ¿Qué demonios están haciendo?"

Mi voz fue un cuchillo, pero su descaro fue peor.

Daniela, la niña inocente, se convirtió en una actriz barata, fingiendo mareos para manipularlo.

Mateo, mi esposo, no mostró arrepentimiento.

Me acusó de hacer drama y de descuidar mi trabajo.

"Madura, Sofía. Esto es una nimiedad", me dijo.

Y luego, el golpe final.

Un mensaje de Daniela con una foto de ellos en la cama.

Y un audio, la voz de Mateo: "Sofía es fría, aburrida. Un bloque de hielo".

El hombre al que amaba, me veía como un objeto sin vida.

Las lágrimas se secaron, dejando solo una furia fría.

Pero la verdadera puñalada llegó de la escuela de mi hija.

Daniela era su maestra de arte, envenenando las mentes de los niños contra Valentina.

"La maestra Daniela dice que su mamá es mala y aburrida".

Vi a mi hija aislada, humillada.

Y luego, supe lo que tenía que hacer.

"Quiero el divorcio".

La batalla apenas comenzaba, pero esta vez, yo no sería la víctima.

Esta vez, no me importaba destruir su perfecta fachada.

Esta vez, mi hija y yo seríamos libres.

Capítulo 1

Las conversaciones en voz baja siempre eran una mala señal en mi restaurante, "Alma Cocina".

Dos de mis meseros, los más nuevos, cuchicheaban cerca de la estación de servicio, creyendo que el bullicio del comedor ahogaría sus palabras.

Me equivoqué al pensar que no los escucharía.

"...el arquitecto Vargas otra vez..."

"¿Con la misma chica?"

"Sí, la becaria esa, Daniela. Siempre tan pegada a él."

Mi cuerpo se tensó. El arquitecto Vargas era mi esposo, Mateo. Y Daniela, la joven a la que apoyábamos económicamente para que estudiara diseño de interiores.

Me acerqué a la cocina, ignorando la punzada en mi pecho.

Vi a uno de los cocineros jóvenes, a punto de enviar un plato de mole de olla con la presentación equivocada.

"Detente," le dije con voz firme pero calmada.

El chico se sobresaltó.

"La hoja de aguacate va al lado, no encima. Y falta el toque de sal de gusano. Los detalles importan, Luis. Eso es lo que nos diferencia."

Él asintió, avergonzado, y corrigió el plato bajo mi supervisión.

Era mi refugio, mi mundo ordenado donde todo tenía sentido. Un fuerte contraste con el caos que empezaba a arremolinarse en mi vida personal.

Justo cuando volvía a la oficina para revisar las cuentas, mi celular sonó con estridencia.

Era el organizador de la gala anual de arquitectos, un evento para el que mi restaurante proveía el catering. Mateo sería uno de los homenajeados de la noche.

"Sofía, soy Ricardo. Necesito que vengas de inmediato al hotel. Un invitado tuvo una reacción alérgica grave."

Mi corazón dio un vuelco.

"¿Qué comió? ¿Saben qué fue?"

"No estamos seguros, por eso te necesitamos. Está en la suite 305. Por favor, date prisa."

Colgué, tomé mi maletín de chef con mis notas de alérgenos y salí corriendo. La reputación de mi restaurante estaba en juego.

Corrí por los pasillos alfombrados del lujoso hotel, el sonido de mis tacones ahogado por la música distante de la gala.

Al doblar una esquina hacia el ala de las suites, pasé junto a una puerta entreabierta.

Escuché una voz. La voz de Mateo.

Su risa era suave, melosa, la misma que usaba conmigo en nuestros mejores momentos.

Luego, una risita femenina, aguda y familiar.

Mi estómago se contrajo. Era la risa de Daniela.

Me detuve en seco, una sensación helada recorriendo mi espalda. La emergencia en la suite 305 se desvaneció de mi mente.

Con un impulso que no pude controlar, empujé la puerta.

La escena me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

No estaban simplemente hablando.

Mateo estaba de espaldas a la puerta, acorralando a Daniela contra un escritorio. Una mano de él estaba en su cintura, la otra acariciaba su mejilla. Ella lo miraba con una adoración descarada, sus labios a centímetros de los suyos. No había ninguna emergencia médica allí. Eran solo ellos dos, en un momento de íntima traición.

El mundo pareció detenerse. El aire se volvió denso, pesado. Solo podía escuchar el latido furioso de mi propio corazón.

Mi voz salió como un susurro roto, cargado de una furia que apenas comenzaba a nacer.

"Mateo. ¿Qué demonios están haciendo?"

Capítulo 2

El silencio que siguió a mi pregunta fue absoluto y pesado.

La música lejana de la gala parecía haberse detenido.

Mateo se giró lentamente, la sorpresa en su rostro fue rápidamente reemplazada por una irritación mal disimulada.

Daniela, por otro lado, se apartó de él con un pequeño chillido, como si la hubieran descubierto haciendo una travesura infantil.

Se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar suavemente.

"Señora Sofía, lo siento tanto. No es lo que parece, de verdad. Yo... yo solo le estaba agradeciendo al arquitecto Vargas por todo su apoyo."

Sus palabras eran una actuación barata.

Los hombros temblorosos, la voz quebrada. Todo era un teatro diseñado para hacerme ver como la villana.

Mateo frunció el ceño, su mirada no se dirigió a mí, sino a Daniela, con una falsa preocupación.

"Ya, ya, tranquila, Daniela. No tienes que disculparte por nada."

Luego, finalmente, sus ojos se posaron en mí. Fríos, calculadores.

"Sofía, por favor. No empieces con tus dramas. Estamos en un evento público."

La forma en que lo dijo, como si mi dolor fuera una inconveniencia, me hirió más que la escena que acababa de presenciar.

"¿Dramas? ¿Llamas a esto dramas?" mi voz temblaba.

Él suspiró, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado.

"Ricardo me llamó. Hay un invitado con una reacción alérgica. ¿No deberías estar ocupándote de eso? Es tu trabajo, después de todo."

Me quedé mirándolo, incrédula.

En medio de la traición más profunda, su única preocupación era mi deber profesional, la imagen pública. Mi corazón, mi matrimonio, no significaban nada.

Luché por mantener la compostura.

Mi mente era un torbellino de dolor y rabia, pero una parte de mí, la chef profesional, se negaba a derrumbarse.

"Tienes razón," dije, con una voz que sonó extrañamente distante, como si perteneciera a otra persona. "Tengo que atender la emergencia."

Me di la vuelta, lista para irme, para huir de esa habitación sofocante.

"Sofía," la voz de Mateo sonó fuerte y autoritaria detrás de mí, deteniéndome en seco.

"¿Realmente vas a hacer una escena aquí? ¿Delante de todos? Sé madura, por el amor de Dios."

Su acusación pública, su intento de pintarme como una histérica, fue la gota que derramó el vaso.

Varios curiosos que pasaban por el pasillo se detuvieron, sus miradas indiscretas clavándose en nosotros.

Un colega de Mateo, un hombre mayor y amable que nos conocía desde hacía años, se acercó con cautela.

"Mateo, Sofía, ¿está todo bien? Quizás deberían hablar en privado."

Su intención era buena, pero solo sirvió para aumentar mi humillación.

De repente, Daniela emitió un gemido lastimero.

"Me siento... mareada," susurró, llevándose una mano a la frente y tambaleándose teatralmente.

"Creo que... creo que voy a desmayarme."

Era una manipulación tan obvia, tan descarada, que me dejó sin aliento.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo, forzándome a reaccionar, a cuidarla.

Mateo la sostuvo al instante.

"¡Daniela! ¿Estás bien?" Se volvió hacia mí con una mirada de reproche. "¿Ves lo que provocas? Es solo una niña. Está asustada."

Sentí una oleada de náuseas.

Yo era la esposa traicionada, y de alguna manera, me habían convertido en la agresora.

Me vi obligada a acercarme, a tomarle el pulso, a jugar mi papel en su farsa.

"No se va a desmayar," dije con voz gélida, después de comprobar su pulso fuerte y regular. "Solo necesita un vaso de agua y sentarse un momento."

Me aparté de ella como si quemara.

Mateo no soltó a Daniela. En cambio, me agarró del brazo cuando intenté irme de nuevo. Su agarre era firme, posesivo.

"Hablaremos de esto en casa, Sofía."

Era una orden, no una promesa. Una amenaza velada.

Aparté su mano de mi brazo con un movimiento brusco.

Le dediqué una sonrisa helada, una mueca que no llegó a mis ojos.

"Por supuesto, mi amor. Después de todo, tenemos que mantener las apariencias, ¿no es así?"

Mi sarcasmo era tan afilado que pareció sorprenderlo por un momento.

No esperé su respuesta.

Me di la vuelta y caminé por el pasillo, con la cabeza en alto, sintiendo las miradas y los susurros de los curiosos sobre mi espalda.

Cada paso era un esfuerzo, cada respiración un acto de voluntad.

Salí de esa ala del hotel sintiéndome desnuda, humillada y completamente sola.

El sonido de mis tacones en el mármol era el único eco de mi dignidad rota.

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