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Venganza De La Hermana

Venganza De La Hermana

Autor: : Gabriella Harrigan
Género: Moderno
Mi vida era una postal perfecta: un resort de lujo en Cancún, el sol, la música de mariachi, mi pequeña Sofía Jr. riendo en la piscina y mi esposo, Carlos, con esa sonrisa que me hizo creer en los cuentos de hadas. Todo parecía felicidad. Pero esa perfección se hizo añicos cuando Carlos subió al escenario, su sonrisa transformada en una mueca de dolor. Anunció que Sofía Vargas, o sea yo, era infiel. La pantalla gigante mostró un video granulado: una mujer inquietantemente parecida a mí en la cama con un desconocido. El murmullo de la multitud se convirtió en gritos y acusaciones. Para rematar la humillación, mi propia hija, Sofía Jr., se levantó la blusa, revelando horribles moretones y acusándome: "¡Mami es mala! ¡Mami me pega!". Luego, mi padre, Ricardo Vargas, sumó la traición empresarial: "Sofía ha estado robándonos durante años". Las acusaciones cayeron sobre mí como una lluvia de rocas: infidelidad, abuso infantil, desfalco. La gente me atacó, arañó y golpeó. Caí al suelo, viendo a mi familia observarme con un triunfo frío y calculado. No entendía. ¿Por qué me hacían esto? La oscuridad me envolvió. Pero, de repente, desperté. Era mi cama, mi casa en la Ciudad de México. Miré el calendario: 4 de mayo. El día antes de todo. No estaba muerta. Había regresado. Y esta vez, no permitiría que sucediera. Descubriría la verdad y limpiaría mi nombre, para luego cobrar la venganza.

Introducción

Mi vida era una postal perfecta: un resort de lujo en Cancún, el sol, la música de mariachi, mi pequeña Sofía Jr. riendo en la piscina y mi esposo, Carlos, con esa sonrisa que me hizo creer en los cuentos de hadas. Todo parecía felicidad.

Pero esa perfección se hizo añicos cuando Carlos subió al escenario, su sonrisa transformada en una mueca de dolor. Anunció que Sofía Vargas, o sea yo, era infiel. La pantalla gigante mostró un video granulado: una mujer inquietantemente parecida a mí en la cama con un desconocido.

El murmullo de la multitud se convirtió en gritos y acusaciones. Para rematar la humillación, mi propia hija, Sofía Jr., se levantó la blusa, revelando horribles moretones y acusándome: "¡Mami es mala! ¡Mami me pega!". Luego, mi padre, Ricardo Vargas, sumó la traición empresarial: "Sofía ha estado robándonos durante años".

Las acusaciones cayeron sobre mí como una lluvia de rocas: infidelidad, abuso infantil, desfalco. La gente me atacó, arañó y golpeó. Caí al suelo, viendo a mi familia observarme con un triunfo frío y calculado. No entendía. ¿Por qué me hacían esto?

La oscuridad me envolvió. Pero, de repente, desperté. Era mi cama, mi casa en la Ciudad de México. Miré el calendario: 4 de mayo. El día antes de todo. No estaba muerta. Había regresado. Y esta vez, no permitiría que sucediera. Descubriría la verdad y limpiaría mi nombre, para luego cobrar la venganza.

Capítulo 1

El Cinco de Mayo debería haber sido una celebración, un respiro del ajetreo de la Ciudad de México, un viaje familiar a un resort de lujo en Cancún. El sol era cálido, la música de mariachi flotaba en el aire y mi hija, Sofía Jr., reía mientras chapoteaba en la piscina. Mi esposo, Carlos Mendoza, me rodeó con su brazo, sonriendo con esa sonrisa que una vez me hizo creer en los cuentos de hadas. Todo parecía perfecto, una postal de la felicidad que yo misma había construido.

Pero la perfección era una fachada, un escenario a punto de colapsar.

La música se detuvo abruptamente. Carlos, mi amoroso esposo, subió al pequeño escenario junto a la piscina, sosteniendo un micrófono. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una máscara de dolor y traición. Su voz, amplificada por los altavoces, resonó en todo el resort, helando la sangre de todos los presentes.

"Quiero agradecerles a todos por estar aquí", comenzó, su voz temblando falsamente. "Pero hay algo que deben saber. Algo sobre la mujer que creí que era el amor de mi vida, mi esposa, Sofía Vargas".

Sentí un vacío en el estómago. ¿Qué estaba haciendo? A mi lado, mis padres, Ricardo y Elena Vargas, me miraban con una extraña mezcla de pena y frialdad. No entendía nada.

Entonces, la pantalla gigante que antes mostraba paisajes tropicales parpadeó y cobró vida. Era un video. Un video granulado, filmado en una habitación de hotel que no reconocí. En él, una mujer que se parecía inquietantemente a mí estaba en la cama con un hombre desconocido. La imagen era borrosa, las caras no se distinguían con claridad, pero la silueta, el cabello... era suficiente para sembrar la duda. Era suficiente para destruir una reputación.

Se escucharon jadeos y murmullos entre los invitados. Sentí cientos de ojos sobre mí, juzgándome, condenándome.

"¿Sofía? ¿Qué es esto?", pregunté, mi voz apenas un susurro.

Carlos no me miró. Siguió hablando a la multitud. "No solo me ha sido infiel. Hay algo peor".

Fue entonces cuando mi hija, mi pequeña Sofía Jr., a quien había arropado la noche anterior, se soltó de la mano de mi madre y corrió hacia Carlos. Lo señaló y luego a mí, sus pequeños labios temblando mientras gritaba con una voz llena de miedo y acusación.

"¡Mami es mala! ¡Mami me pega! ¡Me duele aquí!".

Se levantó la blusa y mostró su pequeño torso, cubierto de moretones horribles, morados y amarillos.

El mundo se detuvo. El aire abandonó mis pulmones. No. No, eso no era posible. Yo nunca, jamás, le haría daño a mi hija. Era mi vida entera.

"No... no es verdad...", balbuceé, mirando a mi alrededor en busca de ayuda, de alguien que me creyera. Mis ojos se encontraron con los de mis padres. Esperaba ver apoyo, defensa. En cambio, vi una condena de hielo.

Mi padre, Ricardo Vargas, el pilar de nuestra familia, el hombre que me enseñó a ser fuerte, tomó el micrófono de las manos de Carlos.

"Lamentamos profundamente el comportamiento de nuestra hija", dijo, su voz grave y solemne. "No solo ha deshonrado a su familia y a su esposo, sino que también ha traicionado a nuestra empresa. Hemos descubierto un desfalco millonario. Sofía ha estado robándonos durante años".

Traición empresarial. Fraude fiscal. Abuso infantil. Infidelidad. Las acusaciones caían sobre mí como una lluvia de rocas, aplastándome, enterrándome viva. La multitud, antes festiva, se había transformado en una turba enfurecida. Sus rostros estaban torcidos por la ira y el desprecio.

"¡Bruja!"

"¡Abusadora!"

"¡Ladrona!"

Los gritos me envolvían. Me encogí, tratando de protegerme, pero no había a dónde huir. La gente se abalanzó sobre mí. Sentí tirones en mi cabello, golpes en mi espalda, arañazos en mis brazos. Caí al suelo, el duro pavimento raspando mi piel. En medio del caos, vi los rostros de mi familia: Carlos, mis padres, incluso mi pequeña hija, observando desde una distancia segura mientras la multitud me destrozaba.

Sus ojos estaban vacíos de amor, llenos de un triunfo frío y calculado.

No entendía. ¿Por qué? ¿Por qué me hacían esto?

La oscuridad me envolvió mientras el dolor se desvanecía, llevándose mi último aliento y mi pregunta sin respuesta.

...

Un grito ahogado me devolvió a la vida. Abrí los ojos de golpe, mi corazón latiendo a un ritmo frenético, el sudor frío empapando mi pijama. Estaba en mi cama, en mi casa de la Ciudad de México. A mi lado, se escuchó una tos débil.

Era Sofía Jr.

Me giré para mirarla. Estaba acurrucada a mi lado, su frente caliente al tacto. Tenía fiebre. Recordé este día. Era el 4 de mayo, el día antes de nuestro viaje a Cancún. El día en que la pesadilla había comenzado a gestarse.

Miré el calendario digital en mi mesita de noche. 4 de mayo.

No estaba muerta.

Había vuelto.

Había renacido en el día de la fiebre de mi hija, un día antes de que mi vida fuera destruida. Y esta vez, no iba a permitir que sucediera. Esta vez, descubriría la verdad y limpiaría mi nombre.

Capítulo 2

El shock inicial de la resurrección dio paso a una claridad helada. Me levanté de la cama, mis piernas temblaban, pero mi mente estaba más afilada que nunca. Fui al baño y me miré en el espejo. Era yo, sin las heridas, sin la sangre, sin la humillación grabada en mi rostro. Pero mis ojos eran diferentes. La confianza inocente había sido reemplazada por una cautela endurecida, la de alguien que ha visto el final y conoce el rostro de sus verdugos.

Los recuerdos de mi muerte eran vívidos, brutales. El video manipulado, la acusación de abuso de mi propia hija, el desfalco inventado por mis padres. Todo era una conspiración. Una trampa perfectamente diseñada para aniquilarme.

Carlos. Mis padres. Incluso mi pequeña Sofía Jr. Todos formaban parte de ello. ¿Pero por qué? La pregunta que me atormentó en mis últimos momentos volvió con fuerza.

Me acerqué a la cama y toqué la frente de mi hija. Estaba ardiendo. La fiebre. En mi vida anterior, había entrado en pánico. Llamé a Carlos, él sugirió que un poco de sol y aire de mar le harían bien, que no canceláramos el viaje a Cancún. Mis padres estuvieron de acuerdo. Fui estúpida, confiada. Caí directamente en su trampa.

El hotel. El hotel era el escenario del crimen. El video fue filmado allí. Las acusaciones se hicieron allí. Si evitaba el hotel, si evitaba el viaje, podría evitar la catástrofe.

"No iremos a Cancún", dije en voz alta, la decisión resonando en el silencio de la habitación.

Tomé el teléfono y llamé a Carlos. Estaba en su estudio, probablemente "trabajando".

"Cariño", dije, forzando un tono de preocupación en mi voz. "Sofía Jr. tiene mucha fiebre. No creo que sea buena idea viajar. Deberíamos llevarla al hospital".

Hubo una pausa en la línea. Pude casi escuchar sus engranajes mentales girando, recalculando.

"¿Al hospital? No seas dramática, Sofía. Es solo una calentura. Dale un poco de paracetamol. El aire del mar le sentará de maravilla, ya verás".

Su insistencia era una bandera roja ondeando furiosamente. En mi vida anterior, su despreocupación me habría parecido protectora. Ahora, sonaba siniestra.

"No, Carlos. Insisto. Su temperatura es muy alta. Voy a llevarla al Hospital Ángeles ahora mismo. Cancela los vuelos. Nos quedaremos aquí".

Colgué antes de que pudiera protestar más. Inmediatamente llamé a mis padres para informarles del cambio de planes. Su reacción fue similar.

"Hija, no exageres", dijo mi madre, Elena. "¿Estás segura? Ricardo y yo ya estábamos listos para salir hacia el aeropuerto. Todo está pagado".

"La salud de mi hija es más importante que unas vacaciones pagadas, mamá. Nos vemos en el hospital".

Su irritación era palpable. Estaba alterando su guion. Bien.

Vestí a Sofía Jr. con cuidado, mi corazón se apretaba al ver su carita sonrojada por la fiebre. ¿Cómo pudieron usar a una niña inocente de esta manera? Mientras la sostenía en mis brazos, la miré de cerca, buscando cualquier señal de coacción, cualquier indicio de que no era ella misma. Pero solo parecía una niña enferma y somnolienta.

Llegamos al hospital y nos asignaron una habitación privada. El médico la examinó y confirmó que era una infección viral fuerte, nada grave, pero requería observación. Sentí una oleada de alivio. Estaba a salvo. Estábamos a salvo. Lejos de Cancún. Lejos del hotel. Lejos de la trampa.

Carlos y mis padres llegaron una hora después. Sus rostros eran una mezcla de fastidio y preocupación fingida.

"¿Ves? Te dije que no era nada", dijo Carlos, tratando de sonar casual.

"El médico dijo que necesita quedarse aquí. Así que aquí nos quedaremos", respondí con firmeza, sin apartar la vista de mi hija dormida.

Observé sus interacciones. Las miradas furtivas entre Carlos y mi padre. La forma en que mi madre evitaba mis ojos. Antes no habría notado nada. Ahora, cada gesto era una pieza del rompecabezas. Estaban nerviosos, su plan se había descarrilado.

Pasaron las horas. La tarde se convirtió en noche. Me senté en el sillón junto a la cama de Sofía Jr., fingiendo leer una revista, pero sin perder de vista a mi familia. Se sentían incómodos en el ambiente estéril del hospital. Su escenario había sido desmantelado.

Cuando la enfermera vino a tomar la temperatura de Sofía Jr. de nuevo, sonreí por dentro. Estaba funcionando. Había cambiado mi destino.

Me recosté en el sillón, el agotamiento finalmente alcanzándome. El hospital era silencioso, un santuario de calma. Por primera vez desde que renací, sentí una pizca de esperanza, una sensación de control.

Me quedé dormida con la creencia de que había logrado evitar la tormenta. Qué ingenua fui. La tormenta no se había disipado, solo había cambiado de rumbo para golpearme con más fuerza.

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