El aire viciado de mi diminuta habitación apestaba a desesperación, un olor que se me había pegado al alma durante el último año de miseria y enfermedad.
Afuera, la televisión anunciaba a mi prima Isabella celebrando bajo los reflectores, su vestido rojo, un torbellino de pasión, era el mismo diseño que ella me había robado, el que me costó mi beca, mi futuro en la Academia Sol y Sombra, y mi honor.
Ella, la mentirosa, se había construido sobre mis ruinas, acusándome de agresión con la complicidad de su padre, mi propio tío Ricardo, dejándome sin nada, desterrada, enferma y al borde de la muerte.
Morí con su nombre en los labios, un susurro cargado de odio, preguntándome por qué una injusticia tan vil había destruido mi mundo por completo.
Pero entonces, un rayo de sol me golpeó los párpados, y abrí los ojos en mi antigua habitación, un año antes, el día exacto en que mi vida se fue al infierno, y esta vez, no seré la víctima ingenua; esta vez, la venganza sería mía.
El aire viciado de la pequeña habitación olía a humedad y desesperación, un hedor que se me había pegado al alma durante el último año. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal sucio de la ventana, cada gota un eco del llanto que ya no podía derramar. En la pantalla del televisor viejo, una figura brillante giraba bajo las luces del escenario, su vestido rojo, un torbellino de pasión y triunfo.
Era Isabella, mi prima.
Y ese vestido, ese diseño que le estaba ganando el prestigioso premio "Alma de Fuego", era mío.
Un acceso de tos me sacudió el cuerpo frágil, un dolor agudo me atravesó el pecho. La vi en la pantalla, sonriendo a las cámaras, agradeciendo a su familia por su apoyo incondicional. Mentirosa. Ella me lo había arrebatado todo, no solo el diseño, sino mi beca, mi lugar en la Academia de Flamenco Sol y Sombra, mi honor. Me acusó de agredirla, una mentira tan vil que solo su padre, mi tío Ricardo, pudo hacer que todos la creyeran.
Me expulsaron. Me quedé sin nada. Mi mundo se derrumbó mientras el de ella se construía sobre mis ruinas. La imagen en la televisión se volvió borrosa, los bordes oscuros se cerraron sobre mi visión. Mi último aliento fue un susurro amargo, un nombre cargado de odio.
"Isabella..."
Y entonces, todo fue oscuridad.
Un silencio profundo, pacífico.
Hasta que un rayo de sol me golpeó los párpados.
Abrí los ojos de golpe, desorientada. No estaba en el cuarto miserable y húmedo, sino en mi antigua habitación en la casa familiar, la que no había visto en más de un año. La luz del sol entraba por la ventana, limpia y brillante. El aire olía a lavanda y a cera para pisos.
Me senté en la cama, el corazón martillándome en el pecho. Mis manos, antes delgadas y pálidas, ahora se veían saludables. Mi cuerpo no dolía. Me levanté y corrí hacia el espejo. La chica que me devolvía la mirada era yo, pero una versión más joven, más llena de vida, con los ojos brillantes de ingenuidad y pasión por el baile.
Busqué mi teléfono en la mesita de noche. La pantalla se iluminó. La fecha era el 15 de abril. El día del concurso. El día en que todo se fue al diablo.
Miré hacia el maniquí que estaba en la esquina de la habitación. Allí estaba, colgado y perfecto, el vestido rojo sangre con bordados dorados. Mi creación. El vestido que Isabella me robaría en unas horas.
¿Era un sueño? ¿Una alucinación antes de la muerte? No, se sentía demasiado real. El peso de la tela bajo mis dedos, el calor del sol en mi piel. Había vuelto. De alguna manera, había vuelto al día en que mi vida se partió en dos.
Una oleada de recuerdos dolorosos me inundó, la traición, la humillación, la pobreza, la enfermedad. Pero esta vez, no había desesperación. En su lugar, una furia fría y calculadora comenzó a arder en mi interior. No volvería a ser la víctima ingenua. Esta vez, yo escribiría el final de la historia.
Se escucharon unos golpecitos en la puerta.
"Sofi, ¿ya estás despierta? Se nos va a hacer tarde para la competencia."
La voz melosa de Isabella. En mi vida anterior, esa voz me habría parecido dulce y preocupada. Ahora, me revolvía el estómago.
Respiré hondo, calmando el temblor de mis manos. Apreté el amuleto de plata que siempre llevaba al cuello, el que mi abuela, la legendaria bailaora, me había dejado. Era un pequeño sol con una luna en el centro, un recordatorio de que incluso en la oscuridad, siempre hay luz.
"Ya voy," respondí, mi voz sorprendentemente firme.
Abrí la puerta. Isabella estaba allí, con una sonrisa falsa pintada en su cara bonita. Sus ojos, sin embargo, se desviaron por un segundo hacia el vestido rojo en el maniquí, y vi un destello de codicia, el mismo que había pasado por alto la primera vez.
"¡Qué nervios!" dijo ella, fingiendo emoción. "Es tu gran día, prima. Ese vestido es una obra de arte, todos quedarán fascinados."
Me quedé mirándola fijamente, sin sonreír. No me moví para dejarla pasar.
"¿Qué haces aquí, Isabella?" pregunté, mi tono era cortante.
Su sonrisa vaciló por un instante.
"Pues... vine a ver si necesitabas ayuda. Ya sabes, los últimos retoques."
"No necesito tu ayuda," dije, mi voz baja y cargada de intención. "Y mantente alejada de mis cosas."
Di un paso adelante, cerrando la puerta de mi habitación detrás de mí, dejándola sola en el pasillo. La confusión en su rostro fue el primer sorbo de una venganza que sería larga y satisfactoria. No iba a esperar a que ella hiciera su movimiento, iba a desmantelar su plan antes de que pudiera empezar.
Caminé directamente hacia el gran salón donde los bailarines se preparaban, con Isabella siguiéndome a unos pasos, desconcertada por mi repentina frialdad. Vi a nuestro antiguo rival, Marco, estirando en una esquina. Sus ojos se encontraron con los míos por un segundo, una chispa de la habitual competencia entre nosotros. Lo ignoré por ahora, mi objetivo era otro.
Encontré a Isabella cerca de la mesa de vestuario, donde su propio vestido, uno azul y bastante soso, estaba colgado. Su mirada seguía volviendo a la funda que yo llevaba, donde mi vestido rojo estaba protegido.
No esperé más. Frente a varios otros bailarines y personal de la academia, me detuve y me volví hacia ella.
"Isabella," dije en voz alta y clara, asegurándome de que todos pudieran oír. "Quiero dejar algo muy claro. El diseño del vestido rojo que voy a usar hoy es mío, creado y confeccionado por mí. Cualquier intento de copiarlo, robarlo o sabotearlo será reportado inmediatamente a la dirección del concurso y a nuestro abuelo."
El silencio cayó sobre el salón. Todos los ojos se posaron en nosotras. El rostro de Isabella se puso pálido y luego rojo de humillación. Su plan, fuera cual fuera, acababa de ser expuesto a la luz antes de nacer.
"Sofía... ¿de qué estás hablando?" balbuceó, intentando parecer herida. "Yo nunca haría algo así."
"Me alegra oírlo," respondí, mi voz gélida como el acero. "Entonces no tendrás problema en mantenerte lejos de mí y de mi vestuario durante el resto del día."
Sin decir una palabra más, le di la espalda y me dirigí a mi puesto de preparación, sintiendo su mirada furiosa clavada en mi espalda. El primer movimiento era mío. El juego acababa de empezar.
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La cara de Isabella pasó del shock a una máscara de inocencia herida en cuestión de segundos, era una actriz consumada. Unas lágrimas de cocodrilo brotaron de sus ojos, y su voz tembló de manera calculada.
"Prima, ¿por qué me dices estas cosas tan horribles? ¿Acaso hice algo para ofenderte? Solo he querido apoyarte, celebrar tu talento."
Se acercó a mí, intentando tomar mi brazo, pero yo retrocedí como si su toque quemara. Su actuación era tan buena que algunos de los otros bailarines empezaron a mirarme con desaprobación, cayendo en su trampa.
"Siempre has sido tan buena, tan talentosa," continuó, su voz ahora un sollozo. "Yo solo te admiro. No sé por qué de repente me tratas con tanto desprecio."
"Deja el teatro, Isabella," respondí, mi voz baja para que solo ella la oyera, pero cargada de veneno. "Sé exactamente lo que eres y lo que planeabas hacer. No te va a funcionar, no esta vez."
Su actuación flaqueó, un destello de pánico cruzó sus ojos antes de que lo ocultara de nuevo bajo una capa de victimismo.
"No sé a qué te refieres," susurró, ahora dirigiéndose a la pequeña audiencia que se había formado. "Sofía debe estar muy nerviosa por el concurso, está diciendo cosas sin sentido."
Mi paciencia, forjada en un año de sufrimiento, era infinita y a la vez inexistente para sus mentiras. La fulminé con la mirada.
"No estoy nerviosa, estoy lúcida. Y lo que no tiene sentido es tu presencia aquí, husmeando alrededor de mi trabajo," declaré, levantando la voz de nuevo. "Te di una advertencia. Aléjate."
"¡Basta ya, Sofía!"
Una voz masculina y autoritaria interrumpió la tensión. Me giré para ver a Javier, mi prometido en esa vida anterior, acercándose a nosotras con el ceño fruncido. En mi otra vida, su intervención fue el principio del fin para mí. Hoy, era solo un obstáculo más que aplastaría.
Javier ignoró por completo mi versión de los hechos y fue directamente a consolar a Isabella, poniendo un brazo protector sobre sus hombros. Ella se acurrucó contra él, sollozando dramáticamente.
"¿Qué demonios te pasa?" me espetó Javier, su mirada llena de decepción. "Isabella solo intentaba ser amable y tú la atacas de esta manera. Estás haciendo una escena vergonzosa."
"Tú no sabes nada de lo que está pasando, Javier," le respondí fríamente, sintiendo un profundo asco al recordar cómo este hombre me había dado la espalda cuando más lo necesité.
"¡Veo lo que está pasando!" insistió él, levantando la voz. "Veo a mi prometida actuando como una niña malcriada y celosa. Isabella tiene razón, los nervios te están afectando. Discúlpate con ella ahora mismo."
La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. ¿Disculparme yo? ¿Con ella? La risa que escapó de mis labios fue seca y sin alegría.
"No voy a disculparme por proteger lo que es mío," dije, mi voz resonando con una convicción que lo descolocó. "Y si no puedes ver la víbora que estás consolando, entonces eres más tonto de lo que recordaba."
La mandíbula de Javier se tensó. Su rostro se ensombreció. Se acercó a mí, su tono bajando a una amenaza siseante.
"Cuidado con tus palabras, Sofía. Todavía vamos a casarnos, ¿recuerdas? La reputación de mi familia está en juego tanto como la tuya. Una esposa escandalosa no es lo que mi padre espera. Si sigues con esta actitud, podrías poner en peligro no solo tu futuro en el baile, sino también nuestro compromiso."
Era el mismo chantaje, la misma presión que había usado en mi otra vida para hacerme ceder. La amenaza de arruinar mi reputación y la promesa de un futuro seguro a su lado.
Pero yo ya había vivido el futuro que él me ofrecía. Y sabía que era un callejón sin salida.
Lo miré directamente a los ojos, una sonrisa gélida formándose en mis labios.
"¿Nuestro compromiso?" repetí lentamente, saboreando las palabras. "Créeme, Javier, después de hoy, eso será lo último de tus preocupaciones."
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