Mi mano se posó suavemente sobre mi vientre plano, una sonrisa ilusionada curvando mis labios.
Quince días de casada y la confirmación, un análisis de sangre positivo: gemelos.
Corrí a la oficina de Ricardo, mi distante esposo, con la esperanza de que esta noticia sellara nuestro amor.
Pero al acercarme a su sala privada, risas crueles me paralizaron.
"¡No puedo creer que esa estúpida de Sofía se lo haya creído todo!", escupió la voz de Javier.
Descubrí horrorizada que mi noche de bodas, la que creí el inicio de nuestra felicidad, fue una apuesta, una violación grupal orquestada por Ricardo, grabada en video y compartida entre sus amigos.
Mi mundo se hizo pedazos.
Ricardo no solo me había usado, sino que al enfrentarlo, me empujó con tal fuerza que perdí a nuestros bebés.
Lo peor es que Camila, su amante, planea ahora usar ese video para destruirme públicamente en la gala de la empresa.
El terror me consume, estoy atrapada, acorralada, sola.
¿Cómo iba a sobrevivir a esta humillación pública que se avecinaba?
¿Habría alguna forma de escapar de esta pesadilla y vengar el infierno que me habían hecho vivir?
Mi hermano Daniel fue mi última esperanza, y su voz al otro lado del teléfono, cargada de ira, prometiendo venganza, me hizo ver que este era solo el comienzo.
Sofía se tocó el vientre plano con una mano, una sonrisa suave curvando sus labios. Quince días. Solo habían pasado quince días desde su noche de bodas, y ya tenía la confirmación. El examen de sangre era positivo. No solo uno, sino dos. Gemelos.
La felicidad la desbordaba, una ola cálida que borraba cualquier duda o inseguridad que hubiera sentido. Su matrimonio con Ricardo había sido un acuerdo entre familias, un negocio más que un romance. Él siempre había sido distante, frío, un hombre de pocas palabras y menos caricias. Pero esa noche, la noche de bodas, algo había cambiado.
Ricardo se había mostrado diferente, con una pasión desenfrenada que la sorprendió y la deleitó. La había tomado con una ferocidad que ella nunca había conocido, una noche de intimidad salvaje que la dejó exhausta pero con el corazón lleno de esperanza. En ese momento, ella creyó que él finalmente la deseaba, que quería un hijo para sellar su unión. Y ella, enamorada en secreto de ese hombre imponente, se había entregado con alegría, aceptando su pasión como una promesa de futuro.
Ahora, con la prueba en la mano, sentía que esa promesa se había cumplido. Iba a darle a Ricardo no solo un heredero, sino dos. Esto lo cambiaría todo. Él la miraría con amor, la familia que ambos construían los uniría para siempre.
Con el corazón latiéndole con fuerza, condujo hasta las oficinas de Ricardo. La secretaria le dijo que estaba en una reunión en una sala privada, pero que podía esperarlo. Sofía, demasiado emocionada para quedarse quieta, decidió darle la sorpresa. Caminó por el pasillo silencioso, sus tacones apenas haciendo ruido sobre la alfombra gruesa. Se detuvo frente a la puerta de la sala privada, a punto de tocar, cuando escuchó risas desde el interior.
Eran risas crueles, burlonas.
"¡No puedo creer que esa estúpida de Sofía se lo haya creído todo!"
Era la voz de uno de los "amigos" de Ricardo, Javier.
"Cien mil dólares, amigos, cien mil dólares a que Ricardo no la tocaba ni con un palo en la noche de bodas. ¡Y casi gano!" se jactó otro, Carlos.
El aire se escapó de los pulmones de Sofía. Se quedó paralizada, con la mano suspendida en el aire.
"Pero nuestro Ricardo es un genio", continuó una voz femenina, chillona y familiar. Era Camila, la mejor "amiga" de Ricardo, una mujer que siempre la había mirado con desdén. "Los drogó un poco a ustedes, los metió en la habitación y listo. ¡La pobre ilusa pensó que era la noche más apasionada de su vida con su amado esposo!"
Las risas estallaron de nuevo, un sonido horrible que le taladraba los oídos.
"¿Y la cara de ella? ¿La vieron? ¡Parecía que estaba en el cielo!", se burló otro de los hombres. "Y nosotros turnándonos. ¡Qué generoso nuestro Ricardo, compartiendo a su nueva esposa!"
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Náuseas violentas subieron por su garganta. ¿Qué... qué estaban diciendo? ¿Turnándose?
Entonces, escuchó la voz de su esposo. La voz de Ricardo.
"Tranquilos, muchachos. Lo importante es que la apuesta se pagó. Y hay que admitirlo, para ser tan modosita, no estuvo nada mal. Aunque tuve que poner una cámara para no perderme el espectáculo. El video es una joya".
La risa de Ricardo, la misma risa que a veces creía escuchar en sus sueños, ahora sonaba como el gruñido de un demonio.
"Ay, Ricky, eres terrible", ronroneó Camila. "Pobre Sofía, tan enamorada. ¿Crees que ya se dio cuenta de que solo te casaste con ella por el contrato con su padre y para deshacerte de las presiones de tu abuelo?"
"Esa tonta no se da cuenta de nada", respondió Ricardo con desprecio. "Cree que soy su príncipe azul. Mientras me sirva para los negocios, puede seguir jugando a la señora de la casa. Pero mi corazón, y todo lo demás, te pertenece a ti, Cami".
El mundo de Sofía se hizo añicos. Cada palabra era un martillazo que destrozaba sus esperanzas, su amor, su dignidad. La noche de bodas no había sido un acto de pasión, sino una violación en grupo orquestada por su propio esposo. Una apuesta. Una humillación grabada en video.
Su matrimonio era una farsa. Ella no era una esposa, era un objeto, una broma.
El informe médico en su bolso se sintió como plomo. Los dos pequeños latidos que crecían dentro de ella, fruto de esa noche de horror, ahora se sentían como una marca de su vergüenza.
El sonido de sus propias arcadas la traicionó. Ahogó un sollozo con la mano, pero ya era tarde. La puerta se abrió de golpe.
Ricardo la miró, su expresión pasando de la sorpresa a la irritación. Detrás de él, los rostros sonrientes de sus cinco "amigos" y de Camila la observaban como si fuera un bicho raro.
El shock en el rostro de Sofía era inconfundible. Lo había escuchado todo. El aire en el pasillo se cargó de una tensión insoportable.
Sofía, con los ojos llenos de lágrimas de horror, solo pudo retroceder, paso a paso, hasta que su espalda chocó contra la pared. Se sentía sucia, rota, como si su cuerpo y su alma hubieran sido profanados de la peor manera posible. Su vida, en un instante, se había convertido en una pesadilla de la que no podía despertar.
"Sofía, mi amor, ¿qué haces aquí?"
La voz de Ricardo sonaba falsamente preocupada, pero sus ojos eran fríos, calculadores. Se acercó a ella, intentando tomarla del brazo.
"Solo era una broma, ¿verdad, muchachos? Una broma de mal gusto", dijo Ricardo, mirando a sus amigos con una advertencia en los ojos.
Ellos asintieron, sus sonrisas burlonas apenas disimuladas.
"Claro, Ricky. Solo estábamos bromeando", dijo Javier, acercándose a Sofía con una familiaridad repugnante. "¿No aguantas una bromita, cuñada?"
Intentó tocarle el hombro, pero Sofía se estremeció y se apartó como si su toque quemara. El olor a alcohol y a colonia barata de esos hombres la asfixiaba.
"No... no me toques", susurró ella, la voz rota. Miró a Ricardo, buscando una pizca de remordimiento, de humanidad. No encontró nada. Solo una fría advertencia.
"Sofía, no hagas una escena", siseó él en voz baja, su agarre en su brazo ahora más fuerte, doloroso. "Vámonos a casa y hablemos".
Camila se rió suavemente. "Parece que la princesita es un poco sensible. Quizás no está hecha para nuestro mundo, Ricardo".
Sofía miró a Camila, y luego a Ricardo. Vio la complicidad entre ellos, la forma en que él la miraba a ella, una mirada que nunca le había dedicado a Sofía. Todo era verdad. Cada palabra horrible que había escuchado.
Ella recordó todos los sacrificios que había hecho. Había dejado su carrera, sus amigos, su vida, para convertirse en la esposa perfecta para él. Había soportado su indiferencia, excusado su frialdad, creyendo que con el tiempo y el amor, él cambiaría. Qué ilusa había sido. La habían arrastrado a un pozo de suciedad y mentiras.
Sin decir una palabra, se soltó del agarre de Ricardo con una fuerza que no sabía que poseía y salió corriendo del edificio. Corrió sin rumbo, las lágrimas cegándola, el sonido de sus risas persiguiéndola.
Cuando finalmente llegó a la casa que compartían, que ahora se sentía como una prisión, subió directamente a su habitación. La habitación donde había ocurrido todo. La cama, las sábanas, todo le daba asco. Sus ojos recorrieron el cuarto frenéticamente, buscando. Y entonces la vio.
En una esquina del techo, disfrazada como un detector de humo, había una pequeña lente negra. La cámara.
Un grito ahogado escapó de sus labios. Tomó la lámpara de la mesita de noche y, con toda la furia y el dolor que sentía, la arrojó contra el techo. El plástico se hizo añicos, y la cámara cayó al suelo. La pisoteó una y otra vez, hasta que no fue más que un montón de circuitos rotos.
Luego se derrumbó en el suelo, llorando desconsoladamente. Se sentía sucia, manchada, sin valor. La vida que había soñado se había evaporado, dejando solo una verdad nauseabunda. Ya no tenía ganas de vivir.
Horas después, Ricardo llegó a casa. Encontró a Sofía en el suelo, rodeada de los restos de la cámara.
"¿Qué diablos pasó aquí?", preguntó, su tono más molesto que preocupado. "¿Estás loca?"
Sofía levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados. "¿Una broma, Ricardo? ¿Grabarme mientras tus amigos me violaban era una broma?"
Él suspiró, pasándose una mano por el pelo con frustración, como si ella fuera un problema molesto. "No exageres, Sofía. Te lo dije, fue un malentendido. Estábamos borrachos, diciendo tonterías. Te amo, ¿entiendes? Por eso me casé contigo".
La palabra "amor" saliendo de su boca era el peor de los insultos.
"¿Me amas?", repitió ella con una risa amarga. "Nunca me has tocado desde esa noche, Ricardo. Ni un beso, ni una caricia. ¿Por qué? ¿Porque te doy asco después de que tus amigos me usaron?"
La pregunta lo tomó por sorpresa. Su rostro se tensó.
"Claro que no. Es solo que... he estado ocupado con el trabajo", mintió torpemente. "Además, mira, ¡lo logramos! Estás embarazada. ¿Ves? Todos mis 'esfuerzos' de esa noche valieron la pena".
Su sonrisa era cínica, cruel. Reducía el milagro de la vida que crecía en ella a una simple consecuencia de su plan perverso.
Sofía lo miró, y por primera vez, no vio al hombre del que se había enamorado, sino a un monstruo. Un monstruo que la había engañado, utilizado y destruido. Y se dio cuenta de que la pesadilla apenas estaba comenzando.