Sofía Vargas, una arquitecta, ha pasado cinco años como la amante secreta de Mateo, amándolo con la esperanza de un futuro, mientras él la ha tratado con una exasperante indiferencia.
Una noche, su mundo se desmorona al escuchar a Mateo confesar a sus amigos que ella es solo su "práctica", su "coche de autoescuela", para un día conducir su verdadero "Ferrari": Isa.
La humillación de ser un mero objeto la impulsa a aceptar un matrimonio de conveniencia con su amigo de la infancia, Javier, y a purgar cada rastro de Mateo de su vida.
Pero la ceguera de Mateo persiste: incluso cuando Sofía cae gravemente enferma, él continúa priorizando a la manipuladora Isa, abandonándola en el hospital por un rasguño de la "princesa".
¿Cómo pudo ser tan usada y desechada por el hombre que amaba? ¿Podrá Sofía sanar y construir una vida nueva lejos de su toxicidad?
Determinada a forjar su propio destino, Sofía corta todos los lazos con Mateo para siempre.
Sin embargo, en un giro del destino, la verdad de Isa sale a la luz, obligando a Mateo a enfrentar sus errores.
Arrepentido y roto, Mateo intenta recuperarla, solo para encontrar a Sofía radiante en el altar, a punto de casarse con Javier, sellando su nueva felicidad y su implacable adiós.
El aire de la discoteca vibraba con la música, una bestia invisible que golpeaba contra mi pecho. Luces estroboscópicas cortaban la oscuridad, revelando fragmentos de cuerpos sudorosos y sonrisas forzadas. Yo odiaba estos sitios. Pero Mateo los amaba. Y yo, estúpidamente, amaba a Mateo.
Lo encontré en el reservado, reclinado en un sofá de terciopelo rojo, una copa de champán en la mano. Me sonrió, una sonrisa perezosa y perfecta que siempre me desarmaba.
Me senté a su lado, y su brazo rodeó mi cintura al instante, atrayéndome hacia él. Su olor, una mezcla de colonia cara y alcohol, llenó mis sentidos.
"Has tardado, arquitecta", susurró en mi oído, su aliento cálido en mi piel.
"Tenía que encontrar a tu hermana", respondí, mi voz apenas un murmullo sobre la música.
Él se rio, un sonido bajo y ronco. "Elena puede cuidarse sola. Tú eres mía esta noche".
Su mano subió por mi espalda, sus dedos trazando círculos lentos. Era un gesto posesivo, una marca invisible que él ponía sobre mí en público, aunque nadie más supiera lo que significaba. Para el mundo, yo era Sofía Vargas, la amiga de su hermana. Nada más.
Llevábamos cinco años así. Cinco años de encuentros secretos, de noches robadas en mi ático con vistas a la Gran Vía, de mentiras a nuestras familias.
"Mateo", empecé, mi corazón latiendo con una mezcla de esperanza y miedo. "Mis padres me llamaron hoy".
Él no apartó la vista de la pista de baile, pero sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente.
"¿Y qué querían los grandes bodegueros de Jerez?", preguntó, con un toque de burla.
Tragué saliva. "Me han dado un ultimátum. O presento a alguien formalmente, o... o tendré que aceptar un compromiso con Javier de la Torre".
El nombre flotó entre nosotros, pesado e incómodo. Javier era un viejo amigo de la familia. Un hombre bueno. Un hombre seguro. Todo lo que Mateo no era.
Mateo finalmente me miró. Sus ojos oscuros buscaron los míos en la penumbra.
"Sofía, ya hemos hablado de esto".
"Lo sé, pero el tiempo se acaba. He preparado una cena especial para nosotros esta noche, en mi casa. Después de que recojas a Elena".
Quería que fuera perfecto. Quería darle la oportunidad de dar el paso. De elegirme.
Él suavizó su expresión, su pulgar acariciando mi mejilla. "Tranquila. Confía en mí. Arreglaremos esto. Te lo prometo".
Sus palabras eran un bálsamo, pero una pequeña parte de mí, la parte que había aprendido a desconfiar, sintió un escalofrío. Era una promesa vacía, una de las muchas que me había hecho a lo largo de los años.
"Voy a buscar a Elena", dije, levantándome. Necesitaba aire.
Caminé por el pasillo hacia los baños, donde había quedado con Elena. La puerta del reservado contiguo estaba entreabierta. Escuché risas, voces familiares. Eran los amigos de Mateo. Y luego, su voz.
"Mateo, ¿cuánto más vas a seguir con la arquitecta? Isa vuelve a Madrid la semana que viene, es hora de ponerte serio". La voz era de Borja, su amigo más imbécil.
Esperé la defensa de Mateo. Esperé que les dijera que me amaba, que lo nuestro era real.
En su lugar, escuché su risa. Una risa displicente, cruel.
"¿Sentimientos? ¿Acaso te encariñas con el coche de la autoescuela antes de comprarte el Ferrari?".
El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, imposible de respirar.
"Sofía es solo la práctica. Con Isa tengo que ser perfecto".
Cada palabra fue un golpe. Práctica. Un coche de autoescuela. Un objeto de usar y tirar antes de conseguir el verdadero premio. Isa. Su amor platónico de la infancia. La razón de nuestro secreto.
Sentí un frío glacial recorrer mi cuerpo. Un dolor físico, agudo, en el centro de mi pecho. Me apoyé contra la pared, luchando por no caerme. Las luces de la discoteca de repente parecían demasiado brillantes, la música demasiado alta.
Di media vuelta y corrí. Corrí sin mirar atrás, empujando a la gente, huyendo de su voz, de su risa, de la verdad que me había destrozado.
El recuerdo de nuestro primer encuentro me golpeó con la fuerza de un tren. Fue en una fiesta, hace cinco años. Yo estaba borracha, triste por una ruptura. Él, joven y descarado, se acercó.
"Una mujer como tú no debería beber sola", me dijo.
Me hizo reír. Me cuidó esa noche. Me llevó a casa. Y luego, no se fue.
Empezó como algo casual, prohibido. Él era el hermano pequeño de mi mejor amiga. Yo era mayor, más experimentada. Pero su persistencia me desgastó. Me persiguió con flores, con mensajes, con esa sonrisa arrolladora. Y yo, tontamente, caí.
Pensé que nuestro amor era una batalla ganada contra las convenciones. Ahora veía la verdad.
Durante cinco años, yo había estado construyendo un futuro sobre cimientos de arena. Él había estado practicando.
Llegué a la calle, el aire frío de la noche madrileña golpeando mi cara. Saqué el teléfono, mis dedos temblaban tanto que apenas podía marcar.
"Mamá", dije, mi voz rota. "Acepto. Acepto casarme con Javier".
Colgué antes de que pudiera responder.
"Se acabó, Mateo", susurré al viento. "Se acabó para siempre".
"¿Estás segura, hija? Ayer mismo decías que necesitabas más tiempo". La voz de mi madre sonaba sorprendida al otro lado de la línea, con un matiz de alivio.
"Estoy segura, mamá. Completamente segura". Mi voz era un hilo, vacía de toda emoción.
"Bueno, es una noticia maravillosa. Tu padre estará encantado. Javier es un buen hombre, Sofía. Te mereces a alguien así. ¿Cuándo vuelves a Jerez?".
"Pronto. Tengo que arreglar unas cosas aquí primero".
Colgué. "Arreglar unas cosas" significaba borrar cinco años de mi vida.
La noche siguiente, Mateo apareció en mi ático. No había cancelado la cena. Simplemente no me presenté. Él usó su propia llave, la que yo le había dado estúpidamente en un arrebato de amor.
Entró sonriendo, ajeno a la tormenta que se había desatado en mi interior.
"Sofía, ¿dónde te metiste anoche? Me dejaste plantado".
Yo estaba en el sofá, envuelta en una manta, aunque no sentía el frío. Lo miré, y por primera vez en cinco años, no sentí nada. Ni amor, ni deseo. Solo un asco profundo.
"No me encontraba bien", mentí. Era más fácil que la verdad.
Él se acercó, su sonrisa se desvaneció al ver mi cara. "¿Estás pálida? ¿Qué te pasa?".
Intentó tocar mi frente, pero me aparté. Su mano quedó suspendida en el aire, una pregunta sin respuesta.
"Solo estoy cansada".
"¿No has ido a trabajar? ¿Tan a menudo te pones enferma últimamente?", preguntó, con un deje de irritación. No era preocupación, era fastidio. Mi enfermedad era un inconveniente para él.
"Te he echado de menos", dijo, intentando besarme.
Giré la cabeza. Sus labios rozaron mi mejilla. Se sintió como el contacto de un extraño.
"No me apetece, Mateo".
Él frunció el ceño, confundido. "¿Qué te pasa? Estás rara".
Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó. Lo sacó del bolsillo. Vi el nombre en la pantalla. "Isa".
Su rostro se iluminó. Se olvidó de mí al instante.
"¿Isa? ¿Ya has llegado? ¿Qué pasa?". Su tono era pura preocupación. "Tranquila, princesa, no te muevas. Estoy en Barajas en veinte minutos".
Colgó y se giró hacia mí, ya cogiendo las llaves de su coche. "Tengo que irme. Isa ha tenido un problema con su equipaje, está sola y asustada en el aeropuerto".
Ni siquiera esperó mi respuesta. Salió por la puerta, dejándome sola en el silencio de mi apartamento. Sola y asustada. Como Isa. Pero a mí nadie venía a rescatarme.
Recordé todas las veces que había hecho algo así. Las cenas canceladas, los planes de fin de semana rotos, las promesas vacías. Siempre había una excusa. Y yo siempre lo había perdonado.
Esa noche, la fiebre me consumió. El dolor en mi corazón se había convertido en un dolor real en mis pulmones. Salí al balcón, sin importarme la lluvia que empezaba a caer. Dejé que el agua fría empapara mi pijama, mi pelo, mi piel. Quizás si me lavaba lo suficiente, podría borrar el tacto de sus manos, el sonido de su risa.
Al día siguiente, apenas podía respirar. Mateo volvió por la mañana, encontrándome temblando bajo un montón de mantas.
"¡Dios, Sofía, estás ardiendo!", exclamó, esta vez con genuina alarma.
Me llevó al hospital. El diagnóstico fue neumonía. Mientras esperaba en una camilla en urgencias, con una vía en el brazo, lo vi.
Mateo estaba en la sala de espera, hablando animadamente con Isa. Ella tenía un pequeño vendaje en el dedo. Un rasguño. Él la trataba como si fuera de cristal, su atención completamente centrada en ella.
Se acercó una enfermera. "Señor Reyes, ya pueden atender a la señorita Vargas".
Mateo la detuvo. "No, atienda a Isa primero. Su herida parece más delicada".
La enfermera miró el dedo de Isa, luego me miró a mí, que apenas podía mantenerme consciente. Frunció el ceño, pero Mateo insistió.
"Por favor. Ella es más frágil".
Me abandonó allí, en el pasillo del hospital, para asegurarse de que la "princesa" recibiera atención por un corte insignificante.
Tuve que llamar a Elena para que me ayudara con los trámites. Cuando Mateo finalmente volvió, horas después, yo ya estaba instalada en una habitación privada.
"Siento la tardanza", dijo, con una excusa vaga sobre el papeleo de Isa.
No respondí. Solo cerré los ojos, deseando que desapareciera.