El día de mi boda, mi prometido organizó deliberadamente nuestra boda junto a un funeral con el único propósito de convertirme en el hazmerreír de todos.
Aun así, por los diez años que habíamos compartido, opté por tragarme el orgullo y soportar la humillación.
Sin embargo, mientras esperaba para intercambiar votos con él, este se encontraba encerrado en una habitación de hotel con quien alguna vez fue mi mejor amiga.
Fue entonces cuando mi paciencia se agotó.
Entré sin dudar en la iglesia de al lado, apoyé la mano sobre el ataúd de un desconocido y dije: "¡Si estoy destinada a casarme, prefiero hacerlo con un hombre decente, aunque esté muerto, que pasar mi vida con uno que está vivo pero podrido hasta la médula!".
Pero nunca imaginé que el hombre en el ataúd abriría los ojos. Y no era una persona cualquiera, sino una de las figuras más influyentes y temidas de todo el país.
...
En el hotel Corona Imperial de Oqruron, Alina Riley estaba sentada frente al espejo del tocador, en silencio.
Su vestido de novia se amontonaba con elegancia alrededor de sus pies y su maquillaje estaba aplicado a la perfección.
Su reflejo era sin duda hermoso, pero en el fondo de sus ojos se percibía un rastro de ansiedad.
Llevaba esperando mucho más tiempo del debido.
Ya había pasado la hora prevista para la ceremonia, pero aún no había ni rastro del novio, Alan Hopkins.
Las conversaciones llegaban desde el pasillo, y cada frase la hería profundamente.
"No puedo creer que estén celebrando una boda aquí hoy. ¿No saben que el funeral de Kellan Gilbert se está llevando a cabo justo al lado? Su ataúd está en la iglesia contigua".
"Escuché que la novia no es más que la hija de una sirvienta que de alguna manera consiguió atrapar a Alan Hopkins. La familia Hopkins probablemente eligió esta fecha a propósito para avergonzarla".
"¿Una chica de su clase casándose con alguien de la familia Hopkins? Por favor. No me sorprendería que hubiera recurrido a algún método deshonesto para llegar hasta ahí".
Alina sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Kellan era el heredero de la familia Gilbert, la más poderosa de las cuatro familias de élite de Oqruron. Su nombre se había convertido en una leyenda en los círculos empresariales.
Antes de cumplir los veinticinco años, ya había tomado el control del Grupo Gilbert y se había forjado una reputación que inspiraba tanto admiración como temor.
Sin embargo, un grave accidente automovilístico lo había dejado al borde de la muerte y acababan de confirmar que no había sobrevivido.
El hecho de que su boda se celebrara el mismo día que el funeral de un hombre tan notable no le parecía una coincidencia, sino una broma cruel.
Alina apretó los puños con tanta fuerza que el encaje de su vestido se hundió en su piel y le dejó marcas rojas en las palmas.
El dolor la sacó de sus pensamientos. Entonces tomó su celular para llamar a Alan.
El teléfono sonó varias veces, pero nadie contestó.
Frunció el ceño. Luego, se recogió la falda del vestido con las manos y se dirigió al vestidor del novio.
La puerta no estaba del todo cerrada.
Justo cuando iba a tocar la manija, oyó un sonido sugerente desde el interior que la dejó paralizada por la conmoción.
Una voz de mujer murmuró desde el interior con tono coqueto: "Ay, Alan, qué malo eres...".
"Tú eres la que me hace perder el control", respondió él, con la voz cargada de afecto.
Alina se quedó inmóvil, temblando de pies a cabeza. Poco a poco, se asomó por la estrecha abertura de la puerta.
En el sofá, un hombre y una mujer estaban abrazados en una postura comprometedora.
Sintió una oleada de repulsión tan abrumadora que casi perdió el equilibrio.
Reconoció a la mujer de inmediato. Era Jessica, la hija de la adinerada familia Hayes, que había empleado a su madre como sirvienta durante la última década.
Alan rodeaba con un brazo la cintura de Jessica Hayes mientras le susurraba al oído: "Cariño, una vez que ese video se proyecte en la pantalla grande, la reputación de Alina quedará destruida. Solo es la hija de una sirvienta. Ni siquiera es digna de estar a tu lado".
Jessica soltó una suave carcajada. "¿Algo así el mismo día que se supone que te casas con ella? Si alguna vez se entera, probablemente se volverá loca".
La expresión de Alan se ensombreció. "Ni la menciones. Si no hubiera necesitado su ayuda para organizar los materiales del proyecto, no le habría prestado atención en absoluto. El objetivo de esta boda siempre fue desenmascararla y ponerla en su lugar".
Alina sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
Así que, al final, eso era todo lo que había sido para él: una herramienta útil de la que aprovecharse y luego desechar.
Jessica sonrió con arrogancia. "Alina nunca fue competencia para mí".
Alan la besó con cariño antes de decir: "Por supuesto. Estás en el Instituto de Investigación Oqruron. Comparada contigo, Alina es insignificante. ¿Cómo podría estar a mi altura?".
Alina se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre. Se dio cuenta de que a Alan no le bastaba con humillarla, sino que quería destruir por completo su futuro.
Una leve sonrisa fría se dibujó en su rostro.
Luego, dirigió la mirada hacia la alarma de incendios cercana.
Sin dudarlo, extendió la mano y la jaló.
El estridente sonido de la alarma resonó de inmediato en todo el piso.
"¿Qué está pasando?", gritó alguien.
"¡La alarma parece venir del vestidor del novio!", exclamó otra persona.
"¡Rápido, comprueben qué pasó!", ordenó alguien más.
Se escucharon pasos apresurados por el pasillo mientras la gente corría hacia la fuente de la conmoción.
Los empleados del hotel y los huéspedes se agolparon rápidamente frente al vestidor antes de que alguien empujara la puerta para abrirla.
Alguien encendió de inmediato las luces del interior.
Todos vieron a Alan y Jessica sentados en el sofá, completamente desaliñados, y su aspecto no dejaba lugar a dudas sobre lo que habían estado haciendo momentos antes.
El silencio se apoderó de la sala y los invitados, conmocionados, quedaron inmóviles.
"¡Dios mío! ¿No es Jessica Hayes?", exclamó alguien entre la multitud.
"Espera, ¿no iba Alan a casarse con la hija de una empleada doméstica? Entonces, ¿qué hace aquí con Jessica a su lado? ¡No puedo creerlo!".
"Y todo este tiempo Jessica había estado fingiendo ser la dama perfecta. Parece que no es más que una rompehogares".
"Bueno, debo admitir que está buenísima".
"¿Así que la familia Hopkins tolera este tipo de comportamiento? La boda ni siquiera ha terminado y ya hay un escándalo. Mi hermana no tendrá nada que ver con esta familia a partir de ahora".
Todas las miradas críticas cayeron sobre Jessica como una bofetada.
Jessica se escondió instintivamente detrás de Alan. Tenía el rostro pálido.
Alan permaneció inmóvil, con la ropa desordenada y la furia reflejada en el rostro. En ese momento, solo deseaba que se lo tragara la tierra.
Adrian Hopkins, el abuelo de Alan, tenía el rostro sombrío. A duras penas se contuvo antes de dirigirse a la multitud. "Señoras y señores, creo que ha habido un malentendido. Mi nieto nunca se comportaría de esa manera".
Luego se volvió hacia el mayordomo y le ordenó: "Por favor, escolte a nuestros invitados hasta la salida".
El mayordomo se apresuró a obedecer. Aunque los invitados deseaban quedarse para ver qué sucedería después, ninguno se atrevió a desafiar a los Hopkins, así que se marcharon a regañadientes.
En cuanto la sala se vació, Adrian le dio una fuerte bofetada a Alan. "¡Pedazo de inútil! ¿Acaso quieres manchar el apellido de los Hopkins?", rugió.
La cabeza de Alan se sacudió hacia un lado por el impacto y pronto un hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de su boca.
Se quedó callado, sin atreverse a defenderse. Su mirada recorrió instintivamente la habitación en busca de Alina, y entonces se dio cuenta de que ya no estaba.
Lo invadió una breve sensación de alivio, pero se desvaneció al instante y dejó en su pecho un vacío inquietante.
Emerie Hopkins, la madre de Alan, se adelantó y agarró a Adrian del brazo. "Perder la calma no solucionará nada. Ahora mismo, lo más importante es la boda".
"Tienes razón", respondió él. Sus ojos recorrieron la habitación mientras su rostro se endurecía. "¿Dónde está Alina?".
Emerie les gritó a los empleados cercanos: "¡Ya no está aquí! ¡Todos ustedes, empiecen a buscarla de inmediato!".
...
Mientras tanto, Alina ya se encontraba lejos del hotel.
Al pasar junto a la iglesia contigua, un impulso inexplicable la llevó a detenerse.
El lugar estaba en silencio y hacía frío. Un ataúd yacía en medio del pasillo.
Kellan, quien alguna vez había estado en la cima del poder y la influencia, ahora descansaba allí, sin nadie a su lado que llorara por él.
En su afán por salvar a su hijo, Pamela Gilbert había buscado a una mujer dispuesta a casarse con él con la esperanza de cambiar su destino. Sin embargo, ni una sola joven de familia prestigiosa había estado dispuesta a aceptar la propuesta.
Antes de la tragedia, las jóvenes de la alta sociedad se peleaban por estar a su lado. Pero después todas desaparecieron sin dejar rastro.
Alina se dio cuenta de pronto de la cruel ironía de la situación.
Se acercó despacio al ataúd y se dejó caer de rodillas a su lado. Luego apoyó la cabeza contra la fría madera y por fin permitió que las lágrimas que había reprimido durante tanto tiempo corrieran por sus mejillas.
"Este mundo es realmente horrible. Las personas que más luchan y más dan nunca parecen tener el final que merecen", dijo Alina con voz ronca y un amargo tono de burla hacia sí misma. "Al final, incluso las personas más fuertes y poderosas terminan convertidas en cuerpos sin vida".
Ella nunca había sido de las que expresaban sus pensamientos abiertamente, pero frente a alguien que ya no podía responder sintió deseos de contarlo todo.
Una sonrisa amarga apareció en su rostro mientras continuaba: "Si estoy destinada a casarme, prefiero hacerlo con un hombre decente que esté muerto que pasar mi vida con uno vivo pero podrido hasta la médula".
Apenas la frase salió de su boca, un grito furioso estalló detrás de ella.
"¡Alina!". Alan irrumpió en la iglesia con la familia Hopkins pisándole los talones. A juzgar por su expresión, había oído cada una de sus palabras, y la rabia emanaba de él. "¿Qué se supone que significa eso? ¿De verdad estás diciendo que elegirías a un muerto antes que a mí?".
Adrian la miró fijamente. "Alina, dime la verdad. ¿Fuiste tú quien activó la alarma de incendios?".
Alina se puso de pie lentamente y miró a Adrian a los ojos sin rastro de miedo. "Sí, fui yo".
La expresión de Alan cambió al instante. Ella lo sabía. Había sido testigo de todo lo que había pasado.
Innumerables emociones lo invadieron a la vez. Sentía rabia y vergüenza, pero bajo todo ello acechaba un temor inquietante: la sensación de que algo importante se le escapaba de las manos, algo que no quería perder por nada del mundo.
Jessica se adelantó de inmediato, fingió indignación y dijo: "Alina, ¿cómo pudiste hacer algo así? Tu madre trabajó para nuestra familia durante diez años. Nunca tratamos mal a ninguna de las dos, ¿y así nos pagas nuestra amabilidad?".
Una sonrisa fría se dibujó en el rostro de Alina. "Mi madre trabajaba y se ganaba el sueldo honradamente. No vivía de la caridad de ustedes. Y son ustedes dos quienes se escabullían a mis espaldas. ¿O es que tienen el valor de engañar, pero no de admitirlo en público?".
Jessica se puso roja de ira al instante.
"¡Ya basta!", la interrumpió Adrian con voz autoritaria. "Alina, vas a volver ahora mismo y terminar esta boda". Ella lo miró y, con una calma inquietante, respondió: "De acuerdo. Me casaré".
La familia Hopkins dejó escapar un suspiro colectivo de alivio.
Sin embargo, la mirada de Adrian brilló con desprecio. En su opinión, Alina no era más que la hija de una sirvienta. Ser aceptada en la familia Hopkins ya era más de lo que podía aspirar. Todo ese espectáculo no era más que un intento de hacerse la interesante.
Se dio la vuelta, dispuesto a poner fin a esa farsa.
Pero entonces la voz de Alina resonó de nuevo: "El hombre con el que me voy a casar es... Kellan Gilbert".
"¿Qué demonios estás haciendo, Alina? ¿Te volviste completamente loca?". Alan frunció tanto el ceño que una vena le palpitó en la sien. "¿En serio prefieres a un muerto antes que a mí?".
Jessica salió de su estupor y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. "No me digas que crees que puedes casarte con un miembro de la familia Gilbert solo porque el novio está muerto. No olvides que sigues siendo la hija de una sirvienta. Alguien como él está muy lejos de tu alcance, incluso muerto".
Una oleada de miradas despectivas recorrió la iglesia.
Un instante después, una aristocrática mujer de cabello plateado irrumpió en la iglesia, rodeada de su séquito y vestida con un traje de alta costura.
Su sola presencia irradiaba una autoridad que dominaba toda la sala.
Era Pamela Gilbert.
Parecía agotada, como si no hubiera descansado en días, pero en cuanto vio a Alina, sus ojos se iluminaron con una esperanza renovada. "¿Es cierto? ¿De verdad te casarías con mi hijo?".
Alina miró a Pamela a los ojos y asintió con firmeza, con expresión solemne. "Sí. Lo haré".
Ya lo había decidido. Si estaba destinada al matrimonio, prefería casarse con alguien como Kellan. Incluso quedar viuda sería mejor que verse atrapada con aquel bastardo manipulador.
Y, más importante aún, una vez que formara parte de la familia Gilbert, Alan y Jessica ya no podrían pisotearla a su antojo.
Pamela tomó con fuerza las manos de Alina. "Hija mía, ¿estás completamente segura? Si haces esto, pasarás toda tu vida como viuda".
"Ya tomé mi decisión", respondió Alina, sosteniéndole la mirada sin vacilar. "Sería un honor ser la viuda de alguien tan noble como Kellan".
Cada palabra golpeó a Alan como un mazazo.
La voz de Pamela tembló de emoción. "De acuerdo. Si estás dispuesta a formar parte de nuestra familia, te protegeré el resto de tu vida. Haré que registren el matrimonio de inmediato".
Gracias a la inmensa influencia de la familia Gilbert, un oficial del Registro Civil llegó en menos de una hora.
Poco después, el certificado de matrimonio estuvo listo y se entregó en el acto.
El pánico y el caos estallaron entre las familias Hopkins y Hayes.
Sin importarle el riesgo de ofender a Pamela, Alan agarró a Alina por la muñeca. "¿Te volviste loca? ¡Estás arruinando tu futuro solo para convertirte en viuda!".
La chica se zafó de un tirón y le lanzó una mirada fría. "¡Casarme contigo habría sido el verdadero desastre!".
Alan tembló de rabia. "¡Alina, esto es una traición!".
"Lo nuestro se acabó en el momento en que te acostaste con Jessica", replicó ella, con cada palabra cargada de disgusto.
El odio puro de su mirada dejó a Alan sin habla.
Antes, la mirada que le dirigía estaba llena de calidez y afecto, pero ahora solo quedaba una fría indiferencia.
Sintió una dolorosa opresión en el pecho, como si apenas pudiera respirar.
Una amarga inquietud se apoderó de Jessica. La mujer a la que siempre había despreciado ahora se casaba con un miembro de una poderosa familia de élite.
Pero entonces se dijo que el novio ya estaba muerto y una oleada de alivio sustituyó rápidamente su ansiedad.
Inclinándose hacia Alan, murmuró: "Basta ya. Sabes que Alina siempre le ha tenido miedo a la pobreza. Ahora que por fin tiene la oportunidad de acceder a la riqueza, déjala en paz".
Aunque le hablaba a Alan, en realidad sus palabras también iban dirigidas a Pamela.
Su intención era hacerle creer a Pamela que Alina no era más que una mujer que buscaba dinero y estatus.
Pero la señora ni siquiera se molestó en mirar a Jessica; mantuvo la atención fija en Alina, con una mirada suave pero firme. "A partir de este momento, eres una Gilbert. Si alguien se atreve a molestarte, no te contengas: responde con el doble de fuerza. No dejes que esas manipuladoras piensen que pueden pisotearte".
La expresión de Jessica se endureció al instante.
Una oleada de calidez llenó el pecho de Alina y sus ojos se humedecieron por la emoción. "De acuerdo".
Pamela esbozó una sonrisa de satisfacción. "Considera esto tu regalo de bienvenida. Pronto haré que pongan una propiedad a tu nombre".
Sin dudarlo, Pamela se quitó una valiosa pulsera de diamantes y la colocó en la muñeca de Alina.
Incapaz de rechazarla, Alina la aceptó con cierta reticencia.
Jessica hizo una mueca de celos mientras miraba la pulsera. ¡Maldita sea! Nunca había tenido nada ni remotamente parecido a semejante lujo.
El oficial del Registro Civil entregó respetuosamente el certificado de matrimonio a Pamela.
La expresión de Adrian se tornó tan sombría como una tormenta que se avecinaba mientras se acercaba a Alina. "Ya que elegiste una vida lujosa como viuda del difunto Kellan, nos marchamos. Pero tenlo en cuenta: si alguna vez te arrepientes de tu decisión, nuestra familia nunca volverá a aceptarte".
Agregó un último comentario con tono cortante: "Alina, asegúrate de actuar como una viuda decente. Todo el mundo te estará vigilando".
Dudaba que ella pudiera soportar una vida tan solitaria sin tener sexo. Estaba convencido de que, en cuanto se derrumbara, volvería arrastrándose hacia él, arrepentida.
Los Hopkins y los Hayes se dieron media vuelta y se dispusieron a marcharse furiosos.
De repente, un golpe seco resonó desde el interior del ataúd.
Todos los presentes se quedaron paralizados.
Pamela fue la primera en reaccionar y corrió hacia el ataúd, presa del pánico. "¡Ábranlo! ¡Rápido, abran el ataúd!", gritó.
Los trabajadores se abalanzaron sobre el ataúd y forcejearon, presas del pánico, para levantar la pesada tapa.
Una mano pálida levantó lentamente, con los dedos aferrados al borde del ataúd.
Entonces, una figura alta y delgada se incorporó hasta quedar sentada.