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Venganza de una Mera Sirvienta

Venganza de una Mera Sirvienta

Autor: : Roy Van ness
Género: Romance
Durante ocho años, mi vida giró en torno a Máximo, mi prometido y socio. Yo era la diseñadora que lo hacía brillar, pero en la Feria de Abril, lo descubrí bailando íntimamente con su joven aprendiz, Camila, una imagen que me rompió el alma y confirmó la profunda traición. La situación empeoró cuando, al intentar dejarlo, Máximo no solo minimizó mi dolor, sino que expuso públicamente nuestra relación con mensajes falsos, me humilló en cada oportunidad y dejó claro que yo era una mera sirvienta, demostrando una frialdad y narcisismo insoportables. Me preguntaba cómo pude ser tan ciega, entregando mi vida a alguien que me veía como un objeto desechable, sintiendo una mezcla de humillación, ira y una profunda injusticia por todos los sacrificios hechos en vano. Pero ¿y si esta traición fuera el catalizador para un renacimiento, una oportunidad para tomar las riendas de mi destino y recuperar la voz que había silenciado por tanto tiempo?

Introducción

Durante ocho años, mi vida giró en torno a Máximo, mi prometido y socio.

Yo era la diseñadora que lo hacía brillar, pero en la Feria de Abril, lo descubrí bailando íntimamente con su joven aprendiz, Camila, una imagen que me rompió el alma y confirmó la profunda traición.

La situación empeoró cuando, al intentar dejarlo, Máximo no solo minimizó mi dolor, sino que expuso públicamente nuestra relación con mensajes falsos, me humilló en cada oportunidad y dejó claro que yo era una mera sirvienta, demostrando una frialdad y narcisismo insoportables.

Me preguntaba cómo pude ser tan ciega, entregando mi vida a alguien que me veía como un objeto desechable, sintiendo una mezcla de humillación, ira y una profunda injusticia por todos los sacrificios hechos en vano.

Pero ¿y si esta traición fuera el catalizador para un renacimiento, una oportunidad para tomar las riendas de mi destino y recuperar la voz que había silenciado por tanto tiempo?

Capítulo 1

La música de las sevillanas llenaba el aire de la caseta en la Feria de Abril, pero en mi cabeza solo había un zumbido sordo y punzante. La migraña me golpeaba con fuerza, cada latido de mi corazón era un martillazo contra mi cráneo. Me apoyé en una de las columnas decoradas, intentando que el mundo dejara de dar vueltas.

Busqué con la mirada a mi prometido, Máximo Castillo. Llevábamos ocho años juntos, ocho años en los que yo diseñaba y cosía cada uno de los trajes con los que él brillaba en el escenario. Éramos socios, en la vida y en el negocio. O al menos, eso creía yo.

Lo encontré en el centro de la pista de baile.

No estaba solo.

Bailaba abrazado a Camila Ramírez, su joven y ambiciosa aprendiz. Sus cuerpos se movían juntos con una familiaridad que me revolvió el estómago. La cabeza de ella descansaba en su hombro, y él le susurraba algo al oído que la hizo reír. No me vio, o si lo hizo, no le importó. Yo podría haberme desplomado allí mismo y él no se habría dado cuenta.

El dolor en mi cabeza se intensificó hasta volverse insoportable. Necesitaba irme. Con el poco aire que me quedaba, me abrí paso entre la multitud y salí a la noche más fresca.

Máximo tardó casi una hora en aparecer. Cuando por fin me encontró sentada en un banco, su rostro no mostraba preocupación, sino fastidio.

"¿Qué haces aquí fuera? Estaba cerrando un contrato importante".

"Me duele la cabeza, Máximo. Mucho. Necesito ir a casa".

Él suspiró, un sonido cargado de impaciencia. "Siempre te pasa algo, Luciana. Vamos".

El camino a casa fue en silencio. Yo me acurruqué contra la ventanilla fría, intentando aliviar la presión en mi sien. Cuando el coche se detuvo en un semáforo, mi mirada se posó en el asiento del copiloto. Algo brillaba bajo la tenue luz de la farola.

Era un par de pendientes. Unos pendientes de filigrana con pequeñas borlas rojas, de estilo flamenco. No eran míos.

Los cogí. Eran delicados y caros.

"¿Qué es esto?", pregunté, con la voz apenas un susurro.

Máximo me los arrebató de la mano con un movimiento brusco. Su mandíbula estaba tensa.

"No es para ti".

Esas cuatro palabras fueron suficientes. El dolor de mi migraña se desvaneció, reemplazado por un frío vacío. Años de esfuerzo, de noches sin dormir, de sacrificar mis propios sueños por los suyos, todo se redujo a eso. "No es para ti".

"Para el coche", dije, con una calma que me sorprendió a mí misma.

"¿Qué?"

"He dicho que pares el coche. Ahí, delante de esa tienda".

Era una tienda de novias. La misma donde habíamos encargado mi vestido, un traje de flamenca tradicional que yo misma había diseñado para nuestra boda. Máximo, confundido pero obediente por una vez, aparcó junto a la acera.

"Bajo a cancelar el vestido", le informé, abriendo la puerta.

"¿Estás loca? ¿Cancelar qué? No digas tonterías, Luciana".

No le respondí. Simplemente salí del coche y caminé hacia el escaparate iluminado. El corazón que había estado roto durante tanto tiempo, finalmente, se había hecho polvo.

Capítulo 2

La dueña de la tienda, una mujer mayor llamada Inés, me miró con sorpresa al verme entrar a esas horas. Le expliqué con voz monótona que venía a cancelar mi pedido.

Máximo entró detrás de mí, furioso. "¿Se puede saber qué te pasa? ¡Deja de hacer el ridículo!".

Justo en ese momento, vio un mantón de manila bordado sobre una silla. Era de un rojo intenso, el color favorito de Camila.

"¿Esto es tuyo?", me espetó, cogiéndolo con rabia. "¡Te he dicho mil veces que no dejes tus cosas por ahí tiradas! ¡Pareces una niña!".

Lo miré sin expresión. "No es mío".

Su ira se desvaneció tan rápido como había llegado. Miró el mantón, lo dobló con un cuidado casi reverencial y lo guardó en el interior de su chaqueta. Era de Camila. Lo supe sin necesidad de preguntar.

"Pruébate el vestido, anda", dijo Inés, intentando calmar la situación. "Seguro que cuando te veas, se te pasan las tonterías".

Accedí, más por agotamiento que por otra cosa. Entré en el probador y me puse el vestido. Era una obra de arte, con volantes de seda y encajes que yo misma había elegido. Representaba ocho años de mi vida.

Salí y me miré en el gran espejo. Máximo me observó con el ceño fruncido.

"Es demasiado tradicional", sentenció. "No tiene chispa. Te hace parecer mayor".

En ese preciso instante, su teléfono sonó. Era Camila. Su voz, incluso a través del teléfono, sonaba lastimera y urgente. Había perdido su mantón.

"Tranquila, mi vida, no te preocupes. Voy para allá ahora mismo", dijo Máximo, sin apartar la mirada de su reflejo en el espejo, vestido con su traje de noche hecho a medida.

Colgó y se giró hacia mí. "Tengo que irme. Camila está muy disgustada".

Y sin más, se fue. Me dejó sola, en medio de la tienda, vestida de novia.

Miré mi reflejo. La mujer del espejo parecía una extraña, una tonta vestida para una fiesta a la que no había sido invitada.

"Inés, ¿me prestas unas tijeras?", pregunté con calma.

Ella me miró, horrorizada, pero me las dio.

Cogí la tela del primer volante. El sonido del metal cortando la seda fue el más liberador que había escuchado en mi vida. Corté y corté, hasta que el vestido que representaba mi futuro con Máximo no fue más que un montón de jirones de seda a mis pies.

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