Nunca me imaginé que el día de mi boda sería también el día de mi muerte.
Sasha, a quien consideraba mi hermana, me lo quitó todo: a Máximo, mi prometido, y la herencia de mi familia.
Fui encerrada, humillada y arrojada a la calle como basura mientras ella ocupaba mi lugar en el altar.
Morí sola, destrozada, traicionada por la persona en la que más confiaba.
La injusticia me carcomía hasta el último aliento.
Pero entonces, mis ojos se abrieron y el destino me dio una segunda oportunidad: desperté el día antes de la boda.
Esta vez, la historia será diferente; no seré la víctima, sino la arquitecta de mi venganza.
En la comisaría de la Guardia Civil, el olor a café rancio y a papel viejo llenaba el aire.
«Quiero denunciarme a mí misma», dije con calma, mi voz sonando extraña en el silencio de la oficina.
El agente levantó la vista de su ordenador, con una expresión de aburrimiento que cambió a confusión.
«He cometido un fraude matrimonial. La familia Castillo me ha transferido tres millones de euros como dote, y me los he gastado todos. No pienso casarme».
El agente se quedó mirándome, parpadeando. Luego miró mi ropa, un simple vestido de verano, y mi aspecto tranquilo. Probablemente pensó que estaba loca.
«¿Tres millones de euros? Señorita, ¿está segura de lo que dice?».
«Completamente segura».
Saqué mi teléfono y le mostré el extracto bancario. Los ojos del agente se abrieron como platos.
El recuerdo de mi vida pasada era una herida abierta. El día de mi boda, Sasha, la hija del capataz, la mujer que yo consideraba mi hermana, me encerró en la bodega de fermentación.
Cuando por fin logré salir y llegué al hotel de lujo de los Castillo, la vi a ella, con mi vestido de novia, junto a Máximo Castillo, mi prometido. La ceremonia había terminado.
«¡Esa es una impostora!», grité, desesperada.
Pero todos los empleados de mi propia bodega, leales a Sasha, se rieron de mí.
«Es solo la hija del capataz, siempre ha estado celosa de la señorita Sasha».
Los guardias de seguridad, contratados por Sasha, me arrastraron fuera. Me arrojaron a la calle como si fuera basura.
Una luz cegadora, el chirrido de unos neumáticos.
Y luego, la oscuridad.
Morí en la calle, sola y humillada, mientras la mujer que me robó la vida se casaba con el hombre que debía ser mi esposo.
Pero el destino me dio una segunda oportunidad.
Desperté esta mañana, un día antes de la boda.
Y esta vez, la historia sería diferente.
El sol entraba por la ventana de mi habitación en la mansión Ramírez, iluminando el polvo que flotaba en el aire. El olor a viñedos maduros, que antes me traía paz, ahora me revolvía el estómago.
Reconocí la fecha en mi móvil: el día antes de la boda. Había renacido.
El grupo de WhatsApp de la empresa vibró. Era un mensaje de Sasha.
«¡Mañana es el gran día! ¡Mi boda con el heredero de los Castillo! ¡Estáis todos invitados a la celebración en la mansión!».
Mi sangre se heló. El mismo mensaje. El mismo plan.
El recuerdo de mi muerte era tan vívido que sentí un escalofrío. El dolor, la traición, la humillación. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.
No. No volvería a suceder.
Me levanté de la cama, mi cuerpo todavía débil por el shock del renacimiento, pero mi mente estaba clara y afilada como un cuchillo.
Bajé las escaleras. La casa ya estaba siendo decorada con flores blancas y lazos de seda. Los empleados, los mismos que en mi vida pasada me habían dado la espalda, sonreían y trabajaban con entusiasmo para la boda de su "verdadera jefa".
Sasha estaba en el centro de todo, dando órdenes con una sonrisa radiante. Llevaba un vestido caro, uno que yo le había regalado.
Al verme, su sonrisa se hizo más amplia, más falsa.
«¡Luciana, querida! Justo a tiempo».