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Viviendo una Tentacion Insoportable

Viviendo una Tentacion Insoportable

Autor: : HOBBJS
Género: Romance
¿Enamorarse del mejor amigo de su hermano? ¡Mala idea! ¿Mudarse con él? ¡Aún peor! Cuando Scarlett regresa a Boston y se muda con su hermano y los amigos de este, presiente que la cosa no va a acabar bien Si ya no podía quitarse a Nolan Jones de la cabeza a miles de kilómetros de distancia, ¿cómo va a olvidarse de él ahora que está de vuelta y, lo que es más importante, ocupando la habitación justo al lado de la suya? Para colmo, su crush de toda la vida no le da ni un poco de esperanza y la sigue tratando como si fuera su hermana pequeña. Nuestra chica tiene asumido que él nunca la mirará con otros ojos, pero entre que ahora pasan más tiempo juntos, los tonteos, las bromas en el sofá y la nueva chispa en la mirada de Nolan, ese «nunca» ya no parece ser tan rotundo...

Capítulo 1 Scarlett

-¡Deja que te ayude!

Edgar me coge la caja de las manos y empuja la puerta

entreabierta con el pie. Con una mochila inmensa colgada del

hombro, intento arrastrar una maleta de al menos veinte kilos

por el parqué del apartamento. El característico y familiar olor

a lilas y abeto de este lugar me embriaga. Hace un año exacto

que me marché de Boston para pasar el segundo año de la

carrera en París con mi mejor amiga, Paige. Por eso, hace once

meses desde la última vez que pisé este piso que mi hermano

mayor comparte con sus mejores amigos y a quienes conozco

desde que era niña. Pasé mi primer año de universidad en una

residencia de estudiantes que solo tenía habitaciones dobles de

diez metros cuadrados. Iba un poco justa de presupuesto, pero

Edgar ya se había instalado en su apartamento en el sur de la

ciudad y yo no me veía colándome en su piso con otros tres

tíos. Bueno, hasta hoy.

-¿Piensas quedarte diez años, Scar?

La voz cálida y ronca de Nolan me sobresalta. Mis dedos se

crispan alrededor de la correa de la mochila y me giro hacia la

silueta del mejor amigo de Edgar. Es uno de los chicos con los

que tengo que compartir piso y por el que, además, he estado

colada toda la vida. Estoy enamorada de él desde que tengo

edad de fijarme en tíos, pero él no me ve como nada más que

una hermana plasta e irritante. He estado huyendo de él los

once meses que me he ido al otro lado del Atlántico y, cuando

lo veo de pie en la sala de estar, sé que estoy más que jodida.

Sí, mi intento por olvidarlo ha fallado estrepitosamente. Y lo

que es peor, la perspectiva de vivir bajo el mismo techo hace

que el pánico que había estado ignorando crezca de nuevo.

Es que no ha cambiado nada: su sonrisa es igual de

deslumbrante; su presencia, igual de magnética... Y mis

sentimientos, igual de arrolladores. Sin embargo, la mirada

llena de reproches que le dirige a mi hermano me dice que no

está muy entusiasmado con mi llegada.

-Buenos días a ti también, Nolan. Es un gusto volver a

verte -le digo con sarcasmo.

Hace casi un año desde la última vez que le vi y mi

corazón, mi cuerpo y todos mis sentidos siguen reaccionando

como un tsunami de emociones. Las mariposas revolotean por

mi estómago y otra parte de mi anatomía empieza a despertar

cuando poso los ojos en la mano que se pasa distraídamente

por sus abundantes cabellos. Lleva los rizos cortos con un aire

despeinado y le quedan increíblemente sexis. Siempre he

sentido debilidad por los tíos con el pelo ondulado y Nolan

Jones lo luce como nadie.

Por supuesto.

-Para mí sería un gusto aún mayor que no te acoplaras en

el piso. Pero ¿qué le voy a hacer? Así es la vida.

La sonrisa se me borra de un plumazo y se me retuerce el

estómago. Su pulla no me sorprende en absoluto. Me ha

hablado como a una cría toda la vida, como si fuera su

hermana de pega. Esa hermana que yo nunca tuve, ya que

crecí con no uno, sino tres hermanos, y con todo lo malo que

eso conlleva. Para Nolan, soy la rara del grupo de colegas y, a

pesar de que solo me saca un año, me trata como a una

adolescente molesta.

-Qué lástima. Pues, por si no te habías dado cuenta, me

quedo diez años.

Mientras cruza sus musculosos brazos, suelta una risa

ahogada y me mira de arriba abajo por el rabillo del ojo. Las

venas de sus antebrazos se hinchan y el tono bronceado de su

piel contrasta con el blanco del polo que lleva puesto. Otra

cosa que añadir a la lista de ropa con la que Nolan está

buenísimo, y eso que no han pasado ni cinco minutos.

-Mueve tu culo, Jones -suspira mi hermano, saliendo del

pasillo-. Todavía tenemos que subir dos cajas; Léo te espera

en el coche.

-¿Dos cajas? ¡Pero si esas las puede subir solo! A menos

que Scar las haya llenado de ladrillos y piedras...

Hago una mueca. Me niego a darle la satisfacción de

corregirle ese mote ridículo con el que me llaman los tres.

¿Que de dónde viene? De la película de dibujos El rey león

que, por desgracia, vieron una vez. Y, claro, se les encendió la

bombilla. Les pareció que el personaje de Scar representaba

toda mi dulzura y así me he quedado por los siglos de los

siglos. Al principio me ponía enferma, porque se partían de la

risa cuando me enfadaba con ellos para que parasen de

llamarme así. Cuanto más se lo pedía, más seguían

diciéndomelo. De modo que al final me resigné y paré de

luchar, pero el mote todavía no se ha ido.

Scarlett 0 – Edgar, Nolan y Léo 1.

-Nada, son dos o tres cosillas que me pueden servir si me

entran unas ganas repentinas de meterte un puñetazo.

Edgar suspira y Nolan se parte de risa mientras viene a

cogerme la maleta de las manos.

-Ya me estoy arrepintiendo de haber venido aquí -

murmura mi hermano-. Scar, tu habitación es la del fondo a

la izquierda.

-Sí, me acuerdo.

Dejo que Nolan avance por el pasillo, haciendo rodar mi

maleta por el parqué encerado, y le sigo en silencio hasta mi

nueva habitación. Las paredes blancas absorben la luz que se

filtra por el ventanal del fondo y los muebles de madera que

decoran el cuarto lo hacen encantador. Esta solía ser la

habitación de Milo, que se ha mudado con su novio, al que

conoció mientras yo estaba en el extranjero. Mi hermano me

contó que empezaron a salir tras un malentendido en una

fiesta. Si ya me había sorprendido descubrir que Milo era gay,

aún más increíble me parecía que hubiera dado un paso más

allá con Gabriel. La última vez que lo vi, solo le divertía estar

con chicas y no salía con nadie. Vaya, el estereotipo de jugador

de hockey.

-Milo te ha dejado la alfombra, pero la puedes tirar si no

la quieres.

Nolan deja mi maleta en una esquina de la habitación y yo

bajo la mirada a la alfombra azul marino que hay entre la cama

y el gran armario.

-No es que me moleste...

-También puedes poner cosas en las paredes, si te apetece.

Le echo un vistazo rápido y, efectivamente, tiene una

expresión socarrona a pesar de lo poco especial que son

nuestras interacciones. Es como si mi presencia bastase para

que la conversación le tuviera distraído.

-Perfe, traigo algunas fotos. Eso me va a venir genial.

Inspecciono la habitación en unos segundos y me encamino

hacia la ventana con mucho cuidado de no tocar a Nolan al

pasar. Soy muy consciente de su presencia: su respiración

entrecortada, el suave olor de su champú, el aroma especiado

de su colonia, el calor que exuda su cuerpo mientras está de

pie en medio de la sala. Fijo la vista en un punto imaginario

frente a mí, con tal de calmar los latidos bruscos que agitan mi

corazón y que retumban en mi pecho.

-¡No aproveches para volver a colgar tus pósteres de

Justin Bieber!

Esbozo una sonrisa.

No puede contenerse.

-¿Qué, te da miedo que se te pegue la Bieber fever?

Él se ríe y yo ignoro los escalofríos que me recorren los

brazos cuando veo su boca perfecta transformándose en una

sonrisa de la que solo él conoce a la perfección. Unos labios

capaces de provocar un accidente múltiple en la Interestatal

95 de Massachusetts. El caso es que yo estoy que me subo por

las paredes. Sobre todo porque sé cuál es la habitación de

Nolan: la contigua a la mía... justo detrás del cabecero de mi

cama.

-Estoy de broma, Scar, me alegro mucho de verte. No has

cambiado nada. ¡Siempre tan insoportable! ¡Va a estar

gracioso el año!

Cuando me giro, me doy cuenta de que se ha acercado a mí.

Nos separan unos centímetros; estoy a punto de apoyarme en

su torso. Y si eso no fuera suficiente, una de sus manos se posa

detrás de mi cabeza y me revuelve el pelo, como si fuera una

cría con la que estuviera bromeando. O un cachorrito.

Le empujo con brusquedad y se ríe a carcajadas.

-¡Fuera de mi habitación, Nolan!

-Jones, ¿sigues tocándole las narices a mi hermana?

Edgar entra en el cuarto con una de mis cajas, seguido de

cerca por Léo, la cuarta y última persona que vive en este

apartamento. Dejan mis cosas en el suelo, junto a las que ya

están apiladas contra la pared. Me muevo, poniendo distancia

entre Nolan y yo, y me paso las manos por el pelo para

peinármelo.

-Ya estaría hecho; hemos subido todo -dice Léo.

-Gracias por echarme una mano y dejar que viva con

vosotros.

-Es un placer que estés de vuelta -me responde Léo con

una sonrisa sincera.

Así que al único al que le molesta mi presencia es a Nolan.

Tras dirigirles una mirada a todos, los chicos salen del

cuarto y me dejan sola. Justo después de cerrar la puerta, me

tiro a la cama y suelto un largo suspiro, con los ojos clavados

en el techo y las fosas nasales aún impregnadas de un olor

familiar.

Estoy de vuelta.

Capítulo 2 Nolan

Nolan

Scarlett sale de la habitación después de más de una hora.

Supongo que ha estado sacando las cosas de las cajas que

pesaban quince kilos cada una.

¡Y no es broma!

A juzgar por la etiqueta, en una de ellas había más de una

treintena de libros. ¡Qué montonazo!

Recuerdo que le encantaba leer en el jardín cuando íbamos

al instituto. Devoraba After y todas esas historias tan ridículas

durante horas. Los ha leído todos por lo menos diez veces y

aun así se los ha traído. ¿Utilidad? Ninguna. Pero no voy a

darle muchas vueltas al funcionamiento supercomplejo del

cerebro de Scarlett Martin.

Es un poco incordio, ¡pero la adoro!

Me encanta tocarle las narices porque se enfada con

facilidad y eso me hace reír. Tiene esa manera de picarme, de

marearme. Decir que me alegra que esté de vuelta es quedarse

corto. Claramente la he echado de menos. Pero ¿verla llegar a

nuestro piso? No me ha hecho mucha gracia, porque va a

cargarse el rollo que tenemos en nuestro grupo. ¿Y por qué?

Porque meter a una niñera en un piso con tres tíos es una mala

idea, aunque en este caso la chica sea asexuada para nosotros.

Jamás hemos aceptado chavalas en el piso; pura cuestión de

principios. Edgar insistió y debo confesar que terminé

aceptando precisamente porque se trata de Scar. Nuestra

hermanita, la rubia molesta y picajosa que ha llevado aparato

en la boca durante medio instituto. La cría que se pasaba el

tiempo arruinando mis intentos de ligar en las fiestas y a la que

le divertía hacer creer a todos los tíos que se nos acercaban

que éramos gais.

Hay que decir que se le daba bien. De hecho, creo que

nunca tuvo la ocasión de invitar a nadie a su casa. Aunque

Meredith y Arthur, sus padres, siempre han sido muy abiertos

de mente, en el grupo nos gustaba espantar a todos los tíos con

los que quería algo romántico. Ojo por ojo, como se suele

decir.

Cuando la veo entrar al salón con sus mallas rojas y una

sudadera del instituto al que íbamos, los recuerdos me hacen

esbozar una sonrisa. Cuando ella se juntaba con nosotros, los

tíos no eran capaces de acercarse. Era muy gracioso ver hasta

qué punto le molestaba a ella que nos inmiscuyéramos en su

vida privada de esa forma. De todas maneras, consiguió salir

con un chico en primero de carrera: Evan Teryl. A mí y a los

chavales no nos gustaba mucho; se lo tenía muy creído y le

gustaba demasiado escucharse a sí mismo. Supongo que lo

dejó antes de irse a París. Desde luego, no ha vuelto a hablar

de él.

-¿Os apetece pizza para cenar?

Edgar sale de la cocina con dos grandes pizzas congeladas,

metidas en la caja en la que llegaron. Desde mi sitio en el sofá,

giro la cabeza para echar un vistazo a lo que ha traído mi

amigo.

-¿De qué son? -pregunta Léo por mí.

-Boloñesa y barbacoa. Scar, ¿te valen?

-Sí, están bien.

Scarlett se sienta en el suelo con las piernas contra el pecho

y teclea en su móvil. Ha ganado puntos esta noche. Podría

haberse puesto pesada y quejarse de que toda esa grasa no era

la idea que tenía de nuestra primera comida como compañeros,

pero no ha dicho nada. Aunque estoy seguro de que lo tiene en

la punta de la lengua.

-Vale, pues las pongo a calentar y hacemos un repaso de

las normas.

-¿Qué? ¿Normas? -pregunta sorprendida mientras se

pone de pie y se gira hacia su hermano.

-No te creerás que te has mudado a la selva, ¿no?

Tenemos normas.

Me río por lo bajo cuando veo la mueca desengañada de

Scar, que retrocede un poco para dejarse caer contra uno de los

sillones del salón. Claramente no se lo esperaba. Y yo

tampoco. Ed no sé de dónde ha sacado esa gilipollez; aquí no

tenemos normas. Al menos, no las teníamos antes de que

llegara su hermana, supongo.

-¿Tengo que tomar notas? -pregunta, torciendo el gesto.

- No finjas que sabes escribir, Scar.

-Ja, ja. Muy gracioso. Veo que tienes el mismo sentido del

humor que en secundaria, Nolan.

Hace una pausa, fingiendo que reflexiona. Apoya el índice

bajo el mentón y añade:

-Ah, no, pero si tú nunca has tenido sentido del humor.

Sofoco una risa mientras le tiro un cojín a la cara. Ella

gruñe y yo me río aún más fuerte con Léo.

-¿Ya habéis acabado de comportaros como críos? -nos

regaña Edgar, que regresa con papel y boli-. ¿Empezamos

con las normas?

-Así que no era una broma -refunfuña Léo-. Genial.

-Si mi hermana va a vivir aquí, no pensaríais que esto iba

a ser la misma mierda que cuando estaba Sullivan.

Así que al final voy a tener razón. Scarlett ya nos está

cortando el rollo.

Dios, echo de menos a Milo.

-Regla número uno: no traer tíos al apartamento.

-¿Perdona? -se queja Scarlett.

Léo y yo nos reímos a carcajadas.

Esto empieza bien.

-Prohibido traer a cualquier persona de sexo masculino -

confirma Edgar.

-Está bien descubrir que vosotros no contáis como

hombres.

-No, son tus hombres los que se arriesgan a meterse en un

lío si pasan por esa puerta -le replico.

Ella hace una mueca, molesta.

-En ese caso, tampoco entran chicas.

Léo se levanta, frunciendo el ceño.

-¡Ni lo sueñes!

-¡De acuerdo! -la desafío sonriente.

-¡Habla por ti, Jones! ¡Yo no me puedo ir a casa de mi

chica todas las noches!

-Para eso hay que tener novia -se burla Edgar.

-Cierra el pico si no quieres que saque tus trapos sucios

delante de Scar.

-¡Ya vale!

La aludida alza las manos como aceptando su derrota. Nos

callamos, pero ella nos mata con la mirada.

-Si no pueden venir tíos, tías tampoco. Pasemos a la regla

número tres.

Léo suspira y se sienta de nuevo en el sofá. Edgar y yo

tratamos de sofocar nuestras risas. A él tampoco le importa, ya

que prefiere tirarse a las chicas en su propio piso y no tener

que lidiar con ellas por la mañana. Y yo lo entiendo. A mí no

me supone ningún problema porque llevo saliendo con Harriet

casi seis meses y tengo su puerta abierta de par en par.

Ahora que Scarlett ha llegado, intuyo que pasaré allí más

tiempo del que había previsto.

Sobre todo tras la idea de Edgar de poner unas normas

estúpidas en casa.

-Regla número tres -prosigue Edgar-. Nada de fiestas

las vísperas de los partidos, pero sí las noches que ganemos.

-¡Me parece bien!

-Y a mí -confirmo.

-Vale -concede Scarlett-. Siempre que todos

colaboremos en las tareas de la casa y nadie deje ropa u otras

cosas tiradas por las zonas comunes...

-¿Nos tomas por guarros? -pregunta Léo, sorprendido-.

Va a ir bien entonces esto de compartir piso.

-Vale, queda prohibido dejar diez mil botes en el baño o la

ducha -replico.

-¿Me tomas por una diva?

-Y tú te piensas que somos unos guarros... ¡Cada cual con

lo suyo!

Le guiño el ojo y ella me tira el cojín que yo le había

lanzado antes. Riendo, lo atrapo sin problemas.

-La sexta y última regla es la más importante -dice

Edgar, mirando a Scarlett a los ojos-. Nada de tirarse a mis

colegas.

Juraría ver cómo se pone lívida, pero recobra los colores

rápidamente y frunce el ceño.

-¡Eso se lo tendrás que decir a tus amigos que intenten

ligar conmigo cuando estemos de fiesta!

-¿Quién liga contigo? -pregunta Léo.

-Todos los novatos del equipo. Están todos cachondos

perdidos hasta que les digo que soy una Martin.

-También me refería a los que están en esta habitación -

continúa Edgar con calma.

Los tres frenamos en seco y nos giramos hacia el rubio que

está en medio del salón. Con el papel y el boli en las manos,

nos observa en silencio, como si no acabase de decir la mayor

tontería imaginable.

-¿Nosotros? -pregunto.

He entendido perfectamente lo que ha dicho, pero prefiero

asegurarme de que he oído bien y... ¡ha dicho que Léo o yo

podríamos tirarnos a su hermana!

¡Pero si hablamos de Scarlett!

Nuestra hermanita plasta.

-¿Qué te has fumado, Ed? -se mofa Léo-. ¿De verdad

crees que eso podría pasar?

Scarlett no dice nada, su mirada centrada en su hermano,

mientras Léo y yo nos reímos de la estúpida ocurrencia de

nuestro amigo.

-No, pero mantengo la advertencia -remarca.

-Tío, que no nos vamos a tirar a tu hermana. ¡Pero si es

Scarlett!

Le lanzo una mirada divertida a Léo, que se encoge de

hombros.

-En mi cabeza sigue teniendo doce años y aparato en la

boca -bromeo.

-Solo quería dejar las cosas claras para evitar malos

rollos.

-El mal rollo lo has provocado tú -gruñe Scarlett,

levantándose-. Voy a por las pizzas.

Se mete rápidamente en la cocina y desaparece, dejándonos

a los tres en el salón con una lista de normas a cada cual más

estúpida y un inicio de convivencia que va a ser complicada,

además de todo un desastre.

Y solo han pasado dos horas desde que llegó.

Capítulo 3 Scarlett - Tranquilízate, Scarlett.

Scarlett

Miro otra vez la hora en mi teléfono, llena de rabia.

Las nueve y veintiuno.

Tengo clase en treinta y nueve minutos, más un cuarto de

hora de transporte público para llegar.

Vuelvo a llamar a la puerta del baño, haciendo bastante

ruido, a pesar de que Léo y mi hermano siguen en sus

habitaciones. A diferencia de Nolan y de mí, que tenemos que

estar en la universidad a las diez, ellos empiezan pasado el

mediodía. Y, sin embargo, parece que el señorito ha decidido

monopolizar el cuarto de baño hasta que se me haga

demasiado tarde para ducharme.

¡Joder!

-¡Nolan! -vocifero golpeando la puerta-. ¡Date vida, en

serio, que no vives solo!

La puerta se abre justo cuando iba a empezar a aporrearla

de nuevo. Me paro en seco, con el brazo en el aire y la vista

puesta en el cuerpo medio desnudo que tengo delante. Lleva la

toalla alrededor de las caderas y el pelo mojado le chorrea por

la frente. Todavía tiene el torso un poco húmedo y me cuesta

horrores apartar la mirada de sus abdominales marcados y

bronceados. Trago saliva y alzo la mirada hasta su pecho. Su

metro ochenta y cinco de altura me fuerza a alzar la barbilla.

Una sonrisa burlona se extienda por su cara y mi cólera

aumenta por momentos.

-¡Vete a la mierda!

-Buenos días a ti también, Scarlett.

-Te podrías haber vestido -refunfuño mientras le rodeo.

El calor de su cuerpo recién salido de la ducha me sofoca y

no puedo evitar imaginarlo de pie bajo el chorro de agua. Con

de la idea que tengo de Nolan completamente desnudo, me

hormiguea la piel y se me calientan las mejillas. No soy capaz

de ignorar ese pensamiento; me tiene atrapada.

Tranquilízate, Scarlett.

-Date por satisfecha, que podría haber salido con la polla

al aire.

Le cierro la puerta en las narices y lo escucho reír en el

pasillo. Cierro los ojos y apoyo la cabeza en la puerta antes de

recordar lo esencial: que voy tarde.

Ignorando mis ojeras, me miro el pelo en el espejo y me

doy cuenta de que, por desgracia, está sucio. No tengo tiempo

para lavármelo. Me meto bajo el chorro de la ducha y salgo en

menos de cinco minutos. Me pongo la ropa, con la piel aún

húmeda, y me enfundo los pantalones vaqueros. La ducha no

ha sido lo suficientemente larga como para espabilarme de la

noche agitada que he pasado, pero da igual. Cuando salgo del

baño quince minutos más tarde, ya estoy maquillada y me he

hecho una coleta rápida. La mayoría de los mechones cortos se

han salido de la goma, pero no me queda otra.

Corro a mi habitación para coger la mochila antes de ir a la

cocina. Nolan está de pie en medio de la sala, con unos

vaqueros oscuros y una camiseta color burdeos. Está en el top

cinco de camisetas suyas que más me gustan. Su color, la

manera en la que se pega a su cuerpo, cómo se le remanga en

los bíceps.

Mierda.

El día arranca fuerte.

-¡Te he preparado un termo con café!

Me lo pone en las manos, se acaba el suyo de unos pocos

tragos y coge un plátano del frutero de la encimera.

-¿Estás lista? ¡Yo te acerco!

No espera a mi respuesta y va hacia la entrada. Corro tras él

y cojo una chaqueta fina, que me paso por encima de los

hombros.

Si eso me evita el transporte público, ¡yo encantada!

En la calle ya hace un calor sofocante. Nolan abre su

todoterreno Chevrolet y me subo a su lado. Su olor me invade

en el mismo instante en el que me siento e inhalo

profundamente la esencia de perfume que me envuelve

adentro.

Dios santo, hoy me va a dar algo.

-Toma, come.

Coloca el plátano sobre mis muslos, rozando sin querer mi

piel al descubierto. En ese momento, doy gracias por ir con

retraso, porque él se concentra en salir del aparcamiento y no

le da tiempo a fijarse en cómo reacciona mi piel. En pocos

segundos, ya estamos de camino a la universidad. Con la radio

encendida y las grandes ventanas del coche abiertas, saboreo

la fruta que me ha dado antes de irnos. No hablamos, solo

disfrutamos del silencio que reina en el ambiente y que no

creemos necesario romper.

Me encanta cuando estamos así, ya que no parece que

llevemos once meses separados. Le observo con sigilo,

admirando los rasgos de su cara: su mandíbula cuadrada, su

nariz respingona y sus labios gruesos y curvados.

Se ha peinado de forma que los mechones se ondulan

ligeramente encima de la cabeza sin caer sobre su rostro.

Mientras admiro su perfil, también estudio la manera en la que

conduce. Está concentrado: frunce el ceño cuando adelanta a

otros vehículos y cada poco tiempo echa un vistazo por el

retrovisor. Inspiro con lentitud, deleitándome con su olor y su

presencia familiar.

-¿Todo bien? -me pregunta cuando suelto el aire.

-¿Aparte de que vuelvo a la uni tras un año? -le digo-.

Todo correcto.

Y que tú arrasas todo en mi vida como si fueras una bala de

cañón: mi corazón, mi estómago, mis hormonas y todo el

autocontrol que me queda. Todo. Va. Genial.

-¿Estresada?

El sonido de su suave risa provoca una sensación cálida en

mi bajo vientre.

Inspiro.

-Sobre todo tengo ganas de ver a las chicas.

Saco el móvil del bolsillo en la parte delantera de la

mochila y leo los mensajes que han mandado por el grupo.

Llegamos al aparcamiento en menos de quince minutos, por

suerte. Cada vez me encuentro más alterada por su presencia y

salgo rápido del coche. En cuanto veo a mis amigas un poco

más adelante, corro hacia ellas por miedo a que sus miraditas

me delaten.

-¿Y esto?

Paige salta a mis brazos como si no nos hubiésemos visto

dos días antes.

-¿Esto qué? -finjo, inocente, abrazando a Carol.

Sé perfectamente lo que quieren saber.

Nolan. El piso. Yo.

-No nos hagas esperar más -se queja Carol-. ¡No nos

has contado nada de anoche!

Me río y las sigo por los pasillos de la universidad. Vamos

hacia el salón de actos, donde tendrán lugar las dos horas de

sesión de acogida. Las tres vamos a empezar el tercer año de

Administración y Comercio Internacional. Sin embargo, solo

Paige y yo nos fuimos de intercambio al extranjero para

mejorar nuestro francés. Aunque, en realidad, mi intención era

alejarme del mejor amigo de mi hermano y de los sentimientos

que me abrumaban. Carol continuó con el curso universitario

habitual. Ahora nos encontramos de nuevo tras meses de

separación y, por segunda vez hoy, me da la impresión de que

nada ha cambiado.

-¡Me he instalado bien! La habitación está bien, mi

hermano ya ha hecho una lista de reglas como si entrase a

prisión y Léo sigue siendo adorable.

Cuando no digo nada más, ellas chillan al unísono. Yo me

río a carcajadas.

-Y Nolan también es el mismo de siempre.

-¡Sigue siendo guapísimo, por lo que he visto! -exclama

Paige.

Suspiro mientras me paso la mano por la coleta.

-¡Es una tortura!

El flechazo que tengo por Nolan Jones no es un secreto para

mis mejores amigas y la perspectiva de que tenga que pasar un

año enterito en su compañía les divierte muchísimo. Han

pillado al vuelo que iba a ser un calvario para mí, sobre todo

porque él está fuera del mercado oficialmente.

Solo de pensarlo, se me hace un nudo en la garganta y me

muerdo el interior de las mejillas.

Hago todo lo posible por ignorar este hecho, del que me

informó mi hermano una noche cuando aún estaba en Francia.

Cuando me enteré de que Nolan se había fijado en una

preciosa rubia de ojos todavía más claros que los míos, me

emborraché como nunca para olvidarlo. ¿Cuál fue el

resultado? De aquella noche no recuerdo nada excepto que

Nolan tiene novia. Y su novia no era yo, porque jamás me

vería de esa forma: como a una chica con la que salir. Soy y

siempre seré Scarlett Martin, la hermana de su mejor amigo.

Intocable.

Eso tendría que haberme disuadido, pero desgraciadamente

no era el caso.

-¿Y qué es eso de las normas? -se sorprende Paige.

-Del tipo de nada de tíos en casa, ya sea del piso o de

fuera.

-¿Te ha dicho que no te tires a sus amigos?

-Más bien lo ha «prohibido», que es el término que

utilizó.

-Pues qué coñazo -se queja Carol-. ¡Ed y sus cosas!

Y sigo con la estúpida idea en mi cabeza de organizarlo

todo, como si no trastocara ya su rutina el hecho de que yo

esté allí. Por lo que había entendido, aparte de mi hermano -

que había insistido en que me mudase con ellos-, los demás

no tenían ni pizca de ganas de compartir piso con una tía. ¡Ya

no sé si vivir con los chicos es una buena idea! Al inicio, la

idea de volver a verlos me emocionaba, aunque fuésemos a

pasar de un extremo a otro. Acababa de llegar de Francia, tras

once meses de ensueño creyendo como una tonta que mi

enamoramiento disminuiría. Menuda gilipollez. Desde el

principio, estaba jodida por el hecho de irme a vivir con

Nolan; antes solo pasaba de él y no quería ni verlo. No solo es

que esta convivencia no vaya a cambiar en nada nuestra

relación, es que además me recuerda cada día que mi amor por

él es imposible. Y para más inri, vengo acompañada de un

montón de reglas que los chicos tienen que respetar, así que

probablemente me acabarán odiando.

¡Ma-ra-vi-llo-so!

***

Léo ya está en casa cuando llego por la tarde. Hay bolsas

desperdigadas por el suelo de la cocina y está metiendo un

montón de cosas en la nevera.

-¿Te ayudo?

-No me vendría mal que vaciaras esas dos en los armarios.

Me señala con el dedo las bolsas de la compra y me pongo

manos a la obra. Dejo mi mochila por en medio mientras me

dirijo hacia allí.

-¿Cómo te ha ido el día? -me pregunta.

-Un inicio de lo más normal. ¿Y el tuyo? ¿Dónde está

Edgar?

-Escaqueándose, como de costumbre -se queja-. Está

en la ducha. Se moría de calor.

Me río mientras coloco un paquete de cereales.

-Pensaba cocer pasta esta noche. ¿Os hace?

-Por mí guay. Pero haz para tres, que Nolan no va a estar.

Me paro un instante, asimilando con dificultad la

información que Léo me acaba de dar.

Nolan no está esta noche.

-¿Dónde va? -pregunto con voz firme.

Sé que voy a arrepentirme de haber preguntado, pero una

parte de mí necesita saberlo. Necesito poner todos estos

sentimientos descontrolados a raya. Once meses más tarde, he

vuelto a la casilla de salida. Las mismas reacciones en la piel,

las mismas emociones, los mismos sobresaltos en mi pecho

desde que él está aquí. Sin embargo, venir a vivir aquí me ha

hecho consciente de algo: las cosas han cambiado. Nolan tiene

novia. Podía intentar ignorar ese hecho mientras estaba en

Francia. ¿Pero ahora? Tengo que pasar página o el daño podría

volverse irreversible.

-Duerme en casa de Harriet. No pasa aquí la noche con

frecuencia y, ahora que tenemos nuevas normas, no creo ni

que toque su propia cama.

Léo se queja guiñándome el ojo y yo me fuerzo a sonreírle

aunque, en el fondo, se me rompe el corazón un poquito más.

Al menos, de tanto desquebrajarse, no podrá seguir latiendo

por él ni por mi amor. Hay que ver el lado bueno de las cosas.

Está decidido: de aquí hasta que dejemos de compartir piso,

mi debilidad por Nolan es cosa del pasado y tomará su lugar el

tipo de afecto que siempre debería haber sentido por él. El de

un hermano.

Ni más, ni menos.

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