Long Island, NYC.
La noche estaba tan fría y oscura como su vida, no podía dar marcha atrás, dio su palabra y la tenía que cumplir, pero:
«¿Valía la pena?»
Llegó a su edificio, mientras subía en el ascensor, a su mente se vino la imagen de ella, aquella joven que le enseñó a ver la vida de manera diferente, a su lado descubrió el verdadero amor. Se cuestionaba una y mil veces si la decisión que tomó días atrás era: la correcta.
«Si cancelo la boda» pensó para sí mismo, llevándose las manos a la cabeza, sin saber qué hacer.
Entró a su departamento. Se sorprendió al verla ahí. Su corazón entristecido saltó de alegría al mirarla. El joven contempló el hermoso rostro de la chica. Se reflejó en el verde intenso de su mirada, sin embargo, notó en aquellos ojos: angustia y tristeza, enseguida él se acercó para abrazarla. Ella, lo detuvo.
-Esta no es una cita romántica, no confundas las cosas -aclaró la joven.
-¿Entonces qué haces aquí? -interrogó él
La jovencita se frotaba las manos con nerviosismo, había pensado mucho antes de hablar con él, lo que tenía que confesar era algo delicado.
-Lo que voy a decir no es fácil, tampoco espero que suspendas tu boda, pero considero necesario que lo sepas -señaló la joven.
Él la miró con intriga, quizás más inquieto que ella.
-¿Qué quieres decirme? -interrogó con curiosidad él.
-Estoy embarazada -pronunció muy nerviosa, clavó su mirada en él, esperando una respuesta.
Él, palideció, se quedó absorto, no podía pronunciar una sola palabra.
Las ilusiones de la chica se fueron al piso ante la actitud de él, ella imaginó que, al enterarse de esa noticia, el hombre se iba a poner feliz, la iba a abrazar y besar, incluso llegó a creer que suspendería la boda, y huirían juntos.
-¿Embarazada? ¿Cómo sucedió? -interrogó desconcertado. La joven frunció el ceño, lo observó con enojo-. Perdón, obvio sé cómo pasó, pero es que no me lo esperaba -confesó él.
-Sí, ya me di cuenta de tu reacción, no espero que te hagas responsable, eres demasiado cobarde como para enfrentar a tu padre, prefieres abandonar a tu hijo, casarte con una mujer a la que no amas y ser infeliz por el resto de tu vida a cambio de dinero -recriminó llena de dolor, sintiendo como su corazón se rompía en miles de pedazos-. Me decepcionaste y si alguna vez te amé, ten por seguro que te voy a sacar de mi alma -afirmó la joven con un nudo en la garganta y todas sus esperanzas perdidas. Tomó su bolso para salir del departamento.
-¡Espera! -exclamó él. Ella giró, aun con la expectativa de escuchar de los labios de aquel hombre, lo que tanto anhelaba-. Perdóname, pero no es posible romper mi compromiso de la noche a la mañana -resopló con tristeza-, entiende mi familia renegaría de mí y no le puedo hacer esto a mi futura esposa -explicó con la voz temblorosa, lleno de confusión.
La chica salió corriendo del departamento, con la mirada nublada producto de las lágrimas, abandonó el edificio, siendo consciente que tenía que ser fuerte para sobrellevar todo lo que se le venía encima. En primer lugar: hablar con sus padres del embarazo, ocultar la identidad del papá de su niño, y sobre todo se preguntó:
«¿Cómo sobreviviría al día de mañana al ver al hombre que ella amaba, al padre de su hijo, casándose con su mejor amiga?»
****
En otra parte de la gran ciudad, los dedos de la chica acariciaban la seda de su vestido de novia. Era muy hermoso, sus padres no habían escatimado en gastos. Se suponía que el día de mañana sería el más importante de su vida, pero ella no lo sentía así, entonces se imaginó enfundada en aquel traje en corte princesa, bordado a mano, adornado con la más fina pedrería, caminando del brazo de su padre, para unir su vida, no precisamente al hombre con el que se iba a casar al día siguiente, sino con...
-¡Vas a parecer una verdadera princesa! -exclamó la voz de aquel hombre, que provocaba en ella un sinnúmero de sensaciones.
La chica se sobresaltó con solo escucharlo, giró su rostro para encararlo.
-¿Qué haces aquí? ¿No te quedó claro? -cuestionó sin dejar de mirar a sus ojos-. Te dije que no quería volver a verte. -¡Vete! -ordenó-, o no dudaré en gritar pidiendo ayuda.
-No me pienso ir -respondió con naturalidad-. Vocifera todo lo que quieras, no me importa. -Se encogió de hombros, acomodándose en la cama de ella, como era su costumbre.
La chica frunció el ceño, presionó los puños, indignada por el comportamiento de él.
- ¡No me tientes idiota! -amenazó llena de ira.
-¡Hazlo! -ordenó él, colocando sus brazos detrás de su nuca-. Quiero saber cómo le vas a explicar a tus padres que una noche antes de tu boda, tienes a otro hombre metido en tu cama. -Sonrió con ironía.
-¡Idiota! -exclamó, cruzando sus brazos, resoplando.
-¿Estás segura de casarte mañana? -inquirió él, sin perder de vista un solo segundo a la muchacha.
-Sí, lo estoy -contestó ella sin tener el valor de mirarlo a los ojos.
-Entonces te deseo toda la infelicidad del mundo, eres demasiado orgullosa, para admitir lo que en realidad sientes. Vas a ser infeliz toda tu vida, porque tú no amas a tu novio -aseguró él.
-Si lo amo - mintió ella. -¿Por qué piensas lo contrario? -Interrogó
-¿Quieres que te lo demuestre? -averiguó él.
La chica clavó su mirada en él, observándolo con curiosidad, entonces el joven se puso de pie, caminó hacía ella, la tomó entre sus brazos, y sin darle tiempo a reaccionar, la besó: fue una caricia cálida y dulce, apasionada e intensa y, sobre todo llena de amor.
La muchacha trató de resistirse, pero lo que sentía por él, la rebasaba, su cuerpo respondía a sus besos y caricias, haciendo acopio de sus fuerzas, logró zafarse, colocó su mano sobre el pecho de él.
-Por favor sale de mi habitación -suplicó, con voz trémula.
-Yo vine a darte mi regalo de bodas y no me voy a ir sin cumplir -afirmó él.
-Entonces dame lo que sea y vete -solicitó la joven.
Él se acercó de nuevo a ella y volvió a besarla.
-Vuelve a ser mía -susurró en sus labios -Caso contrario, te aseguro que todas las noches que estés con él, vas a pensar en mí, vas a extrañar mis besos, mis caricias, vas a imaginar que soy yo -afirmó reflejándose en los aceitunados ojos de ella. -Ese será tu castigo por ser tan necia y no admitir lo que sientes -sentenció.
La joven se estremeció al escuchar sus palabras, todo su ser sintió un cosquilleo, su corazón palpitaba con fuerza, inhaló profundo para hablar:
-¿Quién te asegura eso niño bonito? -inquirió. -¿Piensas que soy igual a todas esas mujeres con las que...? -presionó sus labios-. Ni así fueras el último hombre sobre la faz de la tierra -resopló cruzando sus brazos, mirándolo a los ojos.
-Eso lo veremos -bufó él-. Vas a suplicarme porque te haga el amor, ni siquiera vas a recordar el nombre de tu noviecito, porque el único nombre que va a salir de tus labios, será el mío -declaró el joven.
Con lentitud se fue acercando a la muchacha. Ella se quedó sin aliento al escuchar tal afirmación, abrió sus labios para pronunciar una frase, y él aprovechó ese momento para besarla; su lengua fue al encuentro con la de la chica, quién trataba de no ceder ante la tentación, no quería ser una más.
-¿Pretendes burlarte de mí? -cuestionó con voz temblorosa. -¿Qué hice para que me odies tanto? ¿Por qué no me dejas ser feliz? -preguntó, mientras su mirada se nublaba por las lágrimas que amenazaban por salir.
-¡Tú y yo hicimos una promesa! -bramó él-. ¡Juraste ser mi novia y casarte conmigo! -resopló, sintiendo su pecho arder de dolor-. Todo fue una mentira -expresó agitado-, te esperé durante años; no tuve ningún relación formal con otra mujer porque estaba comprometido contigo, mientras tú...-presionó sus puños, lleno de enojo.
-¡Éramos unos niños! -exclamó ella.
-Fue un compromiso para mí - aseguró él -. Y te vas a casar con un muñequito de pastel -bufó-, con un pobre hombre que no da un paso sin pedirle permiso a su padre -increpó con molestia.
-¡Es mi vida! -gruñó ella-. Tú no tienes ningún derecho a cuestionar mis decisiones -afirmó, arrugando el ceño.
-Lo tengo porque te amo -confesó él. En ese momento, ya nada le importaba, solo tenían en mente hacerla desistir de ese absurdo matrimonio.
El rostro de la jovencita se llenó de confusión, sus verdes ojos se abrieron de golpe al escucharlo, pero eran tantas las cosas que habían pasado, que ya no creía en él.
-No confío en tus palabra -declaró ella con los labios temblorosos.
Él, inclinó su rostro, se llevó la mano a la frente, avergonzado de su proceder, entonces al verla tan frágil, sintió su corazón estremecerse, se acercó a ella, y tomó su delicado rostro en las manos.
-Tú fuiste la primera que me restregó a la cara a tu novio -confesó con la mirada llena de dolor-. ¿Cómo piensas que me sentí? ¿Cómo crees que me siento al pensar que te vas a casar con él? -cuestionó con la voz fragmentada. -¡No soporto verte con otro! -exclamó, lleno de angustia; no podía perderla, había esperado toda su vida por esa mujer.
Los labios de la chica temblaron, su ser vibró al escucharlo.
-Yo...
Él colocó sus dedos sobre la boca de ella, para no dejarla seguir.
-Dime ¿cómo vas a hacer para vivir sin mí? -inquirió susurrando, mientras unía su frente con la de chica-. Responde -suplicó, sintiendo un profundo dolor en su pecho.
Ella estaba igual o peor que él, tenía claro que no amaba a su novio, pero había dado su palabra, y arrepentirse a estas alturas era imposible.
-No podré... vivir sin ti -confesó, elevando su mirada para verlo a los ojos, entonces sin dudarlo un segundo, se lanzó a los brazos de él, tomó los labios del chico en un desesperado beso, como si fuera el último de sus vidas. -Yo no me puedo hacer para atrás, di mi palabra y la tengo que cumplir -afirmó ella.
-Si puedes -propuso el joven-. ¡Huyamos juntos! -exclamó, con brillo en su mirada-. No voy a permitir que te cases con él -sentenció.
****
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Madrid- España.
Meses antes.
Las largas piernas de Isabella reposaban encima de una pequeña escalera metálica, bajaba varias cajas de los gabinetes de la parte superior del closet. Debía dejar aquel apartamento limpio, en un par de días regresaba a New York, y mientras sostenía una antigua caja de zapatos dio un leve suspiro, la nostalgia la invadió. En ocasiones, cuando hablaba con su familia, se arrepentía de haber dejado su hogar para instalarse en un continente nuevo, alejada de ellos por miles de kilómetros.
Entonces destapó aquella caja en donde guardaba antiguos recuerdos, y de pronto una imagen le llamó la atención, y de forma involuntaria el corazón se le agitó. Sacó la vieja fotografía: Ahí estaba ella a la edad de cuatro años, y a su lado dándole un beso en la mejilla: Nando, su primer amor; en la parte de atrás había una leyenda:
«Cuando sea grande me casaré con Isabella»
Entonces los dolorosos recuerdos que creía olvidados vinieron a su mente, y de pronto unas fuertes manos la tomaron por la cintura, de la impresión dejó caer la caja que sostenía entre sus manos, y solo se quedó con la fotografía.
-¿Qué es eso? -indagó Enzo, su prometido, enfocando sus azules ojos en los de su novia.
Llevaban un año juntos. Ella había viajado a Italia, y en una disco, intercambiaron teléfonos. A la siguiente semana Enzo Ferreti, italiano de pura cepa, la invitó a la Toscana, y compartieron un par de besos. Siguieron saliendo cada vez que él visitaba Madrid, y ella viajaba a Roma, hasta el día que le propuso ser su novia, Isabella aceptó.
-No es nada importante -dijo Isa, y escondió en su espalda la foto.
-Y si no es algo relevante, ¿por qué la ocultas? -indagó, y empezaron a forcejear, entre risas y juegos, la imagen cayó al piso.
Sin embargo, el cuerpo de Isa, también resbaló de la escalera, y las fuertes manos de Enzo la sostuvieron de la cintura. Al instante que el sonido metálico golpeó el parquet, Isa se aferró con sus piernas a las caderas de su novio.
-Casi me mato por tu culpa -recriminó ella haciendo un puchero.
Enzo ladeó los labios, y con la una mano retiró un mechón del oscuro cabello de su chica hacia atrás.
-Fue tu culpa, algún secreto, ocultas. -Elevó una de sus cejas.
-Ninguno -respondió ella, y para que no siguiera insistiendo en lo mismo, lo besó y mordió el labio inferior de él.
De inmediato la pasión se encendió en ambos. El top que cubría los pechos de Isabella fue a parar en algún sitio de la alcoba, y las manos de Enzo le acariciaban sus firmes muslos, en cuestión de segundos estaban desnudos retozando en la cama.
Y aunque para Isa, su novio no era el hombre que siempre esperó, con él su corazón se sentía seguro, a salvo: ¿De qué o de quién? Solo ella lo sabía.
Para Enzo: Isabella era sinónimo de estabilidad, era una chica bella, inteligente, de buena familia, millonaria, no podía pedirle más a la vida, excepto que su novia a veces tenía un espíritu irreverente, qué no iba con sus convicciones y la sobriedad con la que fue criado.
Luego de haber compartido ese momento tan íntimo, y después de darse una ducha, Enzo tomó su equipaje.
-Te veo en una semana en New York, cariño -susurró, y le brindó un beso en los labios.
El joven Ferretti a sus veinte y seis años, logró que su padre le diera la presidencia de la sucursal de la empresa informática de su familia en Estados Unidos, y también se mudaba a New York, solo que él debía hacerlo más antes para ponerse al día en los asuntos relacionados con la corporación.
-Allá estaré -aseveró Isa, y correspondió el beso.
Isabella Vidal regresaba luego de cuatro años de ausencia al hogar, se había graduado en administración de empresas, y se iba a poner al tanto del negocio familiar.
-Si necesitas ayuda para finalizar de desocupar este apartamento, solo me avisas -dijo Enzo besando la frente de su chica-, mandaré a alguien.
-Tranquilo, mis compañeras de universidad, vendrán a socorrerme. -Sonrió.
Él negó con la cabeza, y agitó con sus dedos algunos de los rizos de su rubio cabello.
-No bebas demasiado.
Isabella carcajeó al escucharlo, y lo acompañó hasta que tomara el taxi.
Entonces cuando regresó a la alcoba, de nuevo miró aquella fotografía, sin poder evitarlo, subió a su cama y sacó de uno de los cajones de la mesa de noche una caja de chocolates, y empezó a comerlos, uno tras de otro sin parar. Hacía mucho que no había vuelto a sentir esa ansiedad, y luego pensó que al regresar a casa tendría que volver a verlo, y eso la desestabilizaba, entonces corrió al baño, devolvió todo lo que había ingerido, y dejó caer su cuerpo en la baldosa, sollozando con fuerza, abrazándose a sus piernas, recordando aquel evento que destrozó su corazón.
****
New York - Usa.
Semanas después.
El sol brillaba en todo su esplendor en la ciudad. Aquellos rayos se colaban a través de las ventanas de la habitación de Nando, quién aún recostado en su cama, sostenía entre sus manos su móvil. Sus ojos brillaban al ver la fotografía de fondo de pantalla, entonces miró el reloj y de inmediato saltó del lecho para alistarse: «Así que hoy vuelves», dijo en su mente, ya que ella regresaba desde España, luego de cuatro años de ausencia.
Minutos después apareció en el comedor de su casa, enseguida se dirigió a su hermana menor.
-Katherine ¿a qué hora vas a la empresa? -interrogó a la joven, quien era la mejor amiga de la mujer a la que él tanto esperaba.
La chica elevó una de sus cejas, y le brindó una mirada inquisidora.
-Hoy no iré, Isabella llega de Europa, te lo he repetido montón de veces, pareces tonto hermanito -bufó su hermana, burlándose de él.
«Tengo tiempo» se dijo así mismo el joven, y antes de que su madre lo detuviera, salió de su casa, se colocó su casco, y sus guantes, enseguida subió a su Harley Fat Boy; recorrió las mejores floristerías de la ciudad en busca de un arreglo floral, cuando pasó por una de las joyerías, se detuvo a mirar los anillos.
«Tendré que preparar la propuesta de matrimonio» pensó, sonriendo con emoción; esa condición se la había impuesto desde niño y nada iba a impedir que la cumpliera, solo necesitaba reconciliarse con ella.
A cada instante miraba su reloj, parecía que el tiempo pasaba con lentitud. Llegó al aeropuerto con media hora de anticipación. A medida que los minutos transcurrían su corazón empezaba a acelerarse en el pecho, entonces se puso de pie y empezó a caminar impaciente. Observó a los lejos a los padres de Isabela, esperándola, sacó su móvil, y de nuevo marcó a su hermana.
-Katty, ¿cuál es el número de vuelo que llega Isa? -preguntó a su hermana.
La joven rodó los ojos, y se lo dijo.
-Nando, deja de molestarme, estoy arribando al aeropuerto -Se quejó, y resopló ante la insistencia de su hermano
-¿En dónde estás? -averiguó él-. El vuelo ya llegó -regañó el joven.
-Estoy cancelando el servicio de taxi -respondió-. Voy corriendo.
Katty, al cruzar la calzada presurosa, no miró el auto que venía por la avenida, hasta que el chillido de los neumáticos la sobresaltó, cayó al piso de la impresión, al observar aquel vehículo a escasos centímetros de ella.
El hombre que conducía el auto, bajó de inmediato, con las manos temblorosas se acercó a la jovencita, quién tenía el rostro cubierto con sus dedos, y sollozaba.
-Señorita, ¿se encuentra bien? -cuestionó el amable caballero, sin atreverse a tocarla.
Katty con lentitud descubrió su rostro, sus cristalinos y verdes ojos se posaron en los azules de aquel caballero, una gran O se formó en sus labios al mirar lo apuesto que era ese joven, observó como su rubio cabello brillaba con los rayos del sol, se quedó sin poder pronunciar una palabra.
Él, extendió su blanca mano hacía ella, entonces sus azules ojos se clavaron en la tierna mirada color esmeralda de la chica, varios mechones de su castaño cabello cubrían su dulce rostro. La joven con timidez y nerviosismo, tomó la mano del hombre, quién la ayudó a ponerse de pie.
-Gracias -balbuceó con temblor-. Lo lamento, fue mi culpa, yo crucé la calzada, sin ver -se disculpó, inclinando su mirada.
-También yo venía algo distraído -mencionó él sonriendo. -¿Desea que la lleve a un hospital?
La muchacha con su mano limpió la falda del acampanado vestido verde que lucía aquel día, y luego con recelo, dirigió sus ojos a él.
-Estoy bien -respondió, entonces miró el reloj-. Es tarde, debo irme -mencionó con premura-, gracias.
Enseguida la chica giró en sus tacones y corrió hacia el interior del aeropuerto, él se quedó estático, contemplándola.
«¡Qué hermosa mujer!» pensó.
****
En el interior del aeropuerto Isabella, apareció, caminando con ligereza al encuentro con sus padres.
Nando, quién aún no se acercaba, se quedó en su sitio, impresionado al verla; a pesar de que no se hablaban, él de incógnito la seguía en las redes sociales, y veía sus fotografías, sin embargo, no fue lo mismo que verla en persona. Su corazón se agitó amenazando con salir de su pecho, al darse cuenta de que ella estaba más hermosa que la recordaba. Su hermoso cabello oscuro caía en ondas por su espalda. Estaba enfundada en un elegante pantalón de vestir blanco, y una blusa de seda roja, pero lo que derritió al joven, fue la sonrisa de la chica; entrecerró sus ojos, suspiró profundo.
Isabela abrazó a sus padres y hermanos, feliz de volver a estar con ellos, cuando Fernando, se disponía a acercarse a ella un caballero se aproximó la abrazó y la besó.
-Mi amor te extrañé tanto -dijo aquel hombre, muy bien vestido y bastante apuesto.
La sorpresa fue como un balde de agua fría para el joven García.
Fernando enfureció, dio vuelta sin ni siquiera regresar a ver a la muchacha, tiró las flores al primer bote de basura que encontró en el camino, no sin antes propinar algunos golpes al mencionado objeto.
-¡Idiota eso eres, Nando! -gruñó, sin importarle que la gente lo estuviera mirando. Salió del aeropuerto con todas sus ilusiones y esperanzas rotas.
-¡Katty! -exclamo Isabela, al ver a su mejor amiga frente a ella, se abrazaron y se pusieron a dar saltos de felicidad.
-¡Estás hermosa, amiga! -exclamó Isabela observando a Katherine.
-Tú estás bellísima -afirmó la joven García.
Ambas, sonrieron felices de volver a estar juntas, entonces Isabela, tomó de la mano al joven que tenía a su lado, y enseguida Enzo saludó con los padres de su novia, quienes con cordialidad respondieron el gesto.
-Enzo, quiero presentarte a mi mejor amiga y casi hermana -comentó Isabella-. Ella es Katty, de quien tanto te he hablado -mencionó Isa, sonriendo.
La joven García parpadeó sin poder creer que hace unos minutos el novio de su mejor amiga casi la atropella.
Enzo, no hizo ningún comentario al respecto, le brindó una pequeña sonrisa que provocó que el rostro de la chica, enrojeciera.
-Mucho gusto Katherine -se acercó a ella-. Soy Enzo, un placer - sonrió, entonces la jovencita con timidez, extendió su mano al apuesto caballero, él besó su dorso, y ella sintió que las piernas le temblaron.
Entre tanto Isabela, con su mirada buscaba en medio de las personas del aeropuerto a alguien, frunció el ceño, al ver que no estaba por ningún lado a quién ella esperaba.
-¿Solo viniste tú a recibirme? -cuestionó Isabela, intentando no delatarse.
-¡Qué raro! -exclamo Katty frunciendo el ceño. -Nando estaba aquí esperando, tal vez tuvo que atender algún asunto importante, como trabaja con mi papá -comentó.
Isabela sintió que su corazón retumbaba con fuerza, pero al ver que no apareció de nuevo asomó ese mismo vacío en su pecho, que siempre se transformaba en tristeza cuando se trataba de él. «Imagino que alguna de sus amiguitas lo debe haber llamado», pensó con molestia.
-No importa Katty -pronunció Isabela, fingiendo una sonrisa.
Después de una hora de viaje, todos llegaron a la hermosa residencia Vidal, los padres de la joven, organizaron un almuerzo de bienvenida.
-¡Abuelitos! - exclamó Isabela y corrió a los brazos de Don Roberto, el papá de Rodrigo-. Los extrañé mucho -afirmó la joven dándole un fuerte abrazo al hombre, para luego correr a los brazos de su abuela, y estrecharla con fuerza.
Isabela presentó a sus abuelos, con su novio, y después todos tomaron asiento en los sillones del amplio salón; mientras les servían varios cocteles, el padre de la joven se dirigió al novio de su hija.
-Enzo -mencionó Rodrigo. -¿Supe que abrirán Macromedia aquí en New York?
-Si, señor Vidal, yo estaré a cargo, y mi padre dirigirá todo desde Italia -indicó el joven.
-¿Y ustedes ya pusieron fecha a la boda? -preguntó Diana, la madre de Isabela.
Enzo se aclaró la garganta, y de inmediato entrelazó sus dedos con los de Isabella.
-Yo deseo pedirles formalmente la mano de su hija -explicó y besó la mejilla de la joven.
Rodrigo observó a Diana, y ella asintió.
-Llevan apenas un año juntos, es muy poco tiempo -advirtió el señor Vidal-. Casarse no es un juego -comentó.
-¡Papá! -exclamó Isabela, con el rostro carmín-. Nos conocemos bien.
-Llevamos más de un año saliendo juntos, señor Vidal, le aseguro que mis intenciones con su hija son las mejores -intervino el joven-. Mi padre me ha enseñado a ser un caballero -aseveró Enzo
-No tengo dudas de eso -expresó Rodrigo con seriedad.
Después de esa charla pasaron al comedor en donde los platillos favoritos de Isabella, la estaban esperando.
-¡Coctel de camarones! -exclamó, aplaudiendo -lasaña, y postre de tres leches -mencionó con una amplia sonrisa-, debo ausentarme más seguido -carcajeó.
Luego de compartir aquel almuerzo Enzo, se disculpó por no poder continuar en la reunión, al mismo tiempo Katty, se puso de pie, también debía retirarse.
-¿En dónde vives? -preguntó Enzo-. Te puedo dejar cerca de tu casa -sugirió.
La chica esbozó una tímida sonrisa, entonces dirigió su dulce mirada a él.
-No te preocupes, gracias, vivo en la casa de al lado desde hace un par de años -afirmó la joven nerviosa.
Enzo, asintió con la cabeza, se acercó a su novia y se despidió de ella con un beso en los labios.
Katty, aprovechó para agradecerle la invitación a los padres de Isa, se despidió de ellos, y del resto de la familia. Enzo, hizo lo mismo y juntos abandonaron la casa.
-Qué coincidencia, jamás pensé que la chica a la que casi atropello, fuera la mejor amiga de mi novia -comentó Enzo.
Katty, enrojeció al escucharlo, era bastante tímida.
-Gracias, por no hablar de lo sucedido -murmuró.
-Tranquila -respondió él-, ya que eres la mejor amiga de mi novia, también nosotros podemos serlo-. La observó a los ojos.
Katty, no pudo sostenerle la mirada, de nuevo, inclinó su vista.
-Por supuesto -contestó ella, mientras salía del portón de la casa de Isabela, para dirigirse a su residencia.
-Fue un placer conocerte Katty - afirmó Enzo.
-De igual manera -respondió la chica.
La jovencita caminó con rapidez hacía su casa, sintiendo su cuerpo estremecerse al darse cuenta de que Enzo, se quedó de pie, frente a su auto, mirándola.
«Es tan guapo» dijo en su mente la chica, al momento que entró a su residencia, sin embargo, recordó que él, era el novio de su mejor amiga.
****
Isabela ingresó a su habitación, todo estaba tal como la había dejado hace cuatro años; su mirada se enfocó en aquel oso de peluche que reposaba sobre una mecedora, era un recuerdo de esa persona a la que ella esperó ver a su llegada, y no apareció.
«¿Por qué son tan difíciles las cosas contigo, Fernando?», pensaba la joven, mientras se acercaba a acariciar el peluche. De pronto el estruendoso sonido de una motocicleta la sobresaltó. Su corazón saltó en su pecho corrió hasta el amplio ventanal, y miró hacia el estacionamiento de la casa de los García.
Sus ojos brillaron al verlo, suspiró sin poder evitarlo, su cuerpo se estremeció al contemplar el instante en que se quitó el casco y sus castaños risos se agitaron.
-¡Wao! -exclamó.
En ese momento Nando, elevó sus ojos hacia la habitación de Isabela, ella parpadeó y enseguida se escondió tras la gruesa cortina, colocó su mano en el pecho para calmar los fuertes pálpitos de su corazón.
Fernando, tan solo alcanzo a distinguir una silueta moverse, ladeó sus labios y se dirigió a su casa.
Instantes después: «Smells like teen spirit by Nirvana» sonaba en la habitación de Isabela, mientras la chica tomaba una ducha.
-«Hello, hello, hello, how low» -cantaba la joven, entonces su voz se apagó cuando se dio cuenta de que dejó la toalla sobre la cama. -¡Maldita sea! -gruñó; salió desnuda y con las gotas de agua aún en su piel.
-¡Isabela! -exclamó Fernando, con la garganta seca, al verla sin ropa al pie de la puerta del baño.
«Eres hermosa».
-¡Cierra los ojos! -advirtió Isabela, cubriéndose con sus manos su desnudes, sintiendo como sus mejillas ardían y se tornaban carmesí.
Fernando trató de ponerse de pie, de la impresión sus pies se enredaron con el edredón y su cabeza golpeó la duela de la habitación.
La chica corrió a ayudarlo, asustada, entonces se acercó a él, y se inclinó.
-¿Estás bien? -cuestionó, deslizando su mano hacia el cabello de Fernando.
El joven la contempló, dirigió su mirada a sus carnosos y sensuales labios, ansió tanto volver a probarlos, sin embargo, recobró la poca cordura que le quedaba.
-Estoy bien -respondió-, nunca me he sentido mejor -afirmó, recorriendo con su mirada el cuerpo de la joven, rememorando el instante en que fue suya.
-¡Idiota! -exclamó Isabela, enseguida tomó el edredón y se cubrió con él. -¿Qué haces aquí? -cuestionó sin dejar de mirarlo, entonces lo contempló. La mirada aceitunada de la joven recorrió sin reparo el bien fornido cuerpo de él. Suspiró al evocar aquella primera vez, cuando le entregó su cuerpo y su alma, luego rememoró el día de su cumpleaños, sus ojos se nublaron de tristeza al recordar lo sucedido aquella vez.
-Creo que antes de someterme a tu interrogatorio, deberías ponerte algo más decente -sugirió, sonriendo.
-Y sí tú fueras una persona honrada, no ingresarías como un ladrón a casas ajenas -recriminó la joven, dando vuelta para meterse al baño de nuevo.
Nando, volvió a acomodarse en la cama de Isa, aspiró aquel delicioso perfume a rosas y miel que desprendió del cuerpo de la chica antes de marcharse.
Varios minutos después Isabela, salió enfundada en un pijama de dos piezas, pantalón y camiseta en tono rosa.
-¿Todavía usas esos pijamas de niña? -interrogó bufando.
Isabela observó su atuendo, confundida, luego dirigió su mirada a él.
-Sí -afirmó -¿Tiene algo de malo? -cuestionó cruzando sus brazos a la altura del pecho-. Además, lo que yo utilice para dormir a ti no tiene por qué importarte -resopló.
-No, no tiene nada de malo -ladeó sus labios-, pero ahora que eres una mujer comprometida, pensé que utilizarías otro tipo de atuendo.
Isabela esbozó una sonrisa, elevó una de sus cejas.
-Veo que estás bien enterado de mi vida privada -expresó-, sin embargo, te repito, eso es algo que a ti no te interesa -recriminó. -¿Acaso fantaseas conmigo?-. Lo miró a los ojos.
Fernando se puso de pie, caminó con lentitud hacia ella. Isabela, al verlo acercarse sintió su piel estremecerse.
-Tengo mejores fantasías -susurró caminando alrededor de ella.
Isabela cerró sus puños con fuerza al escuchar su cinismo.
-¿Qué haces aquí? -cuestionó con seriedad.
-Vine a saludarte -respondió con naturalidad, deteniéndose frente a ella, para mirarla directo a los ojos-, no pude ir al aeropuerto, surgió un asunto importante.
Isabela ladeó una sonrisa, bufó sin dejar de reflejarse en los ojos de él.
-Katty, me comentó que estabas ahí, impaciente por mi regreso.
Fernando carcajeó con cinismo.
-Mi hermana exagera -contestó-, no tengo por qué mentir.
-Bueno, ya me saludaste, y estoy cansada del viaje, deseo descansar -expuso la joven, señalando con su mano a la ventana.
-Aún no lo he hecho -murmuró Fernando, acercándose hacia ella.
Isabela se paralizó. Sus piernas temblaron y su corazón galopaba con fuerza, entonces Fernando, acercó sus cálidos labios a la mejilla de ella; cerró sus ojos sintiendo la suavidad de la piel de la joven. Se vio tentado a estrecharla entre sus brazos, besarla como tanto anhelaba, pero era demasiado orgulloso, y el hecho de saber que ella tenía novio, lo alteraba demasiado.
-Me da gusto verte de nuevo -susurró Isabela, conteniendo también las ganas de abrazarlo, pero eran tantas las cosas que ahora los separaban.
-Bienvenida -respondió Fernando -. Descansa.
-Gracias, de igual manera -contestó Isa, con la voz entrecortada.
Nando caminó hasta la ventana para salir de la habitación de ella, como siempre lo hacía saltando de la rama del árbol que daba al patio de su casa; una vez que sus pies tocaron el piso se sobresaltó al escuchar una tierna voz.
-¡Vaya! ¡Vaya! -exclamó-. ¡Qué interesante! -comentó, mientras colocaba sus dedos en los labios. -¿Qué crees que piense mi papá, cuando sepa que te metes a la habitación de Isabella, como un delincuente?
Fernando arrugó el ceño, al escuchar las advertencias de María Paz, la hermana adolescente de Isa.
-¿Serías capaz de delatarme? -inquirió-, tu papá va a regañar a Isabella, también-. Trató de persuadirla.
María Paz esbozó una amplia sonrisa:
-Todo depende de qué estés dispuesto a darme a cambio de no decir nada -respondió la adolescente-. Tengo varias ideas en mente. -Llevó sus dedos a los labios.
-No creo que a tus papás les agrade saber que eres una chantajista -recriminó Nando, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón, resignado a complacerla-, tengo veinte dólares ¿los tomas, o los dejas?
María Paz soltó una gran carcajada.
-¿Veinte dólares? -bufó-. Fernando García es muy poco dinero para guardar tu secreto; pero...-caminó alrededor de él-. Sí consigues unas identificaciones falsas para poder entrar a una discoteca mis amigas y yo, como si fuéramos mayores de edad- expuso con simpleza-. No he visto nada -sugirió, llevándose los dedos a los labios, simulando cerrarlos con llave.