Hoy, mi cuento de hadas se desmoronó con una sola llamada: la "luz de luna blanca" de mi esposo había regresado y estaba con él en Mendoza.
Mi corazón se apretó, sabiendo que mi abandono de la danza y mi pasión por la enología solo por él habían sido en vano; mis llamadas y mensajes habían quedado sin respuesta.
La ironía de verme, ahora con el sobre de fertilidad en mi mesilla, me quemaba mientras recibía el mensaje "De acuerdo" a mi propuesta de divorcio.
Pero el golpe fatal llegó al intentar viajar a Mendoza: el jet que regalé a Iván, "El Cierzo", había despegado con él y Tessa Dawson a bordo, confirmando mi mayor temor.
No. No otra vez.
Entonces, el olor a cera, el lamento de una guitarra flamenca, y la imagen de mi yo más joven, vestida de rojo, bailando en la Feria de Abril, me indicaron que el destino me había dado una segunda oportunidad.
Con el dolor de una vida entera en mis ojos, lo miré, sabiendo que el sol de Triana no me quemaría esta vez, porque ahora, yo era el sol.
Tenía la vida que todas envidiaban.
Casada con Iván Castillo, el heredero prodigio de las Bodegas Castillo de La Rioja, mi vida en Sevilla parecía un cuento de hadas.
«Luciana tiene tanta suerte», decían las otras. «Ha conseguido al hombre que todas queríamos».
Sonreía, pero solo yo sabía el precio de esa "suerte".
Hoy había decidido dejar mi puesto en la empresa familiar de aceite de oliva. Quería formar una familia, darle a Iván el heredero que su implacable padre tanto deseaba.
Pero cuando se lo dije, él ni siquiera me miró.
«Me voy a Mendoza por un mes», dijo, ajustándose el reloj suizo que siempre llevaba. «Un viaje de negocios importante».
Mi corazón se encogió. Un mes.
Durante la primera semana, intenté llamarlo, enviarle mensajes. Le hablaba de mis días, de cómo lo extrañaba, de mis planes para cuando volviera.
No hubo respuesta. Ni una sola.
La llamada que lo cambió todo llegó una tarde, mientras el sol de Sevilla caía a plomo. Era Sasha, mi mejor amiga desde la universidad.
«Luci, ¿estás sentada?».
Su voz era tensa, extraña.
«¿Qué pasa, Sasha? Me estás asustando».
«Tessa Dawson ha vuelto de Estados Unidos. Y no solo eso, la han contratado en Bodegas Castillo. Como enóloga principal».
El aire se me escapó de los pulmones. Tessa. La "luz de luna blanca" de Iván, su amor platónico de la adolescencia.
De repente, todo encajó. El viaje de negocios a Mendoza. Su silencio. El regreso de Tessa.
Una náusea amarga me subió por la garganta. Mi mano temblaba mientras marcaba el número de Flynn Potter, uno de los amigos de Iván.
«Flynn, soy Luciana. Una pregunta rápida, ¿Iván está solo en Argentina?».
Hubo una pausa incómoda.
«Eh, Luciana... no. Tessa Dawson está con él. Es un viaje de la empresa, ya sabes».
Colgué antes de que pudiera decir más. Mis ojos se llenaron de lágrimas que me negué a derramar.
Recordé la primera vez que supe de ella. Había encontrado un perfil antiguo de Iván en una red social olvidada. Estaba lleno de fotos de una joven Tessa, con pies de foto que hablaban de una admiración que rozaba la obsesión.
Él nunca la había olvidado. Y yo, en mi ceguera, había creído que mi amor sería suficiente. Había abandonado mi pasión, el flamenco, para estudiar enología en La Rioja, solo para estar cerca de él. Había soportado su frialdad, su distancia, su obsesión por el trabajo, creyendo que un día me vería a mí.
Qué ingenua.
Esa noche, una tormenta feroz azotó Sevilla. Los truenos retumbaban como cañones. Siempre me habían dado miedo. En el pasado, Iván me abrazaba hasta que me calmaba.
Lo llamé, desesperada. Una, dos, diez veces. El teléfono sonaba y sonaba, hasta que saltaba el buzón de voz.
No contestó.
Recordé un dicho que mi abuela solía repetir: el primer amor de un hombre es una herida que nunca cicatriza. Yo nunca podría competir con un fantasma.
Mi mirada se posó en la caja de suplementos de fertilidad sobre la mesilla de noche. Vitaminas, ácido fólico... todo para concebir al hijo que él ni siquiera parecía desear conmigo.
La ironía era tan cruel que me quemaba por dentro.
La empleada de la casa, Carmen, entró con una taza de leche caliente con miel, como solía hacer en las noches de tormenta.
«Señora, para que duerma mejor».
«Llévatela, Carmen», dije, con una voz que no reconocí como la mía. «Ya no la necesito».
Cogí el teléfono y le envié un último mensaje a Iván.
«Divorciémonos».
No hubo respuesta.
Me quedé dormida entre sollozos, agotada. Una pesadilla me despertó de madrugada, el corazón latiéndome con fuerza. El teléfono vibró en la mesilla.
Era un mensaje de Iván. Una sola palabra.
«De acuerdo».
El sudor frío me recorrió la espalda. Las lágrimas que había contenido antes ahora brotaban sin control. Así de simple. Años de mi vida, de mi amor, borrados con una sola palabra.
No. No podía terminar así. Necesitaba respuestas. Necesitaba mirarlo a los ojos y preguntarle por qué. ¿Por qué casarse conmigo si nunca me amó? ¿Por qué darme falsas esperanzas?
Decidí ir a Mendoza. Confrontarlo.
Llamé a la torre de control del aeropuerto privado para preparar el jet de la compañía. Era un regalo que le había hecho a Iván por nuestro aniversario, un jet al que había bautizado "El Cierzo", como el viento de su tierra.
La voz del controlador aéreo fue profesional, pero sus palabras me destrozaron.
«Lo siento, señora Castillo. "El Cierzo" no está disponible. El señor Castillo lo usó para su viaje a Mendoza. Despegó la semana pasada con la señorita Tessa Dawson a bordo».
El teléfono se me cayó de la mano. El mundo se volvió negro.
El olor a cera de abejas y a incienso quemado me llenó las fosas nasales. El murmullo de voces y el rasgueo lejano de una guitarra flamenca me envolvieron.
Abrí los ojos. La luz del sol se filtraba a través de los toldos de lona de una caseta, pintando rayas de luz y sombra sobre el albero. Estaba sentada en una silla de enea, vestida con un traje de flamenca rojo que pesaba una tonelada.
Confusión. ¿Dónde estaba? Esto parecía... la Feria de Abril.
«¡Ahí está! ¡Luciana por fin se va a declarar!».
«Ya era hora, lleva detrás de Iván Castillo desde que empezó la carrera».
Reconocí las voces. Eran mis compañeras de la universidad. Miré a mi alrededor. Sasha estaba a mi lado, sonriendo nerviosa, dándome ánimos con la mirada.
Y entonces lo vi.
Iván.
Estaba de pie junto a la barra, más joven, con la misma arrogancia en la postura. Llevaba una guayabera blanca impecable. En su muñeca, el mismo reloj suizo. El que representaba la tradición, la presión familiar, todo lo que lo había alejado de mí.
Había vuelto.
Había vuelto al día en que mi vida se desvió. El día de mi declaración.
El recuerdo del rechazo, de la humillación pública, me golpeó. Pero fue eclipsado por el dolor más reciente: el avión, el mensaje de divorcio, la traición con Tessa.
Toda mi vida anterior desfiló ante mis ojos. Los sacrificios, las esperanzas rotas, el amor no correspondido que me había consumido hasta no dejar nada de mí. Morí en un accidente aéreo intentando buscar una explicación que nunca llegaría.
No.
No otra vez.
Esta vez, el sol de Triana no me quemaría.
Me levanté, alisando mi vestido. La determinación era un fuego frío en mi interior.
Caminé hacia él. Las miradas de todos estaban puestas en mí. Sasha me sonrió, creyendo que iba a cumplir mi plan.
Me detuve frente a Iván. Su expresión era de aburrimiento, casi de fastidio. Esperaba mis palabras de amor.
Me incliné hacia él, como si fuera a susurrarle un secreto.
«Tienes un trozo de jamón entre los dientes».
Su rostro se transformó. La sorpresa dio paso a la incredulidad, y luego a una ira contenida.
Las risas ahogadas se extendieron por la caseta.
«¿Qué ha dicho?».
«¡Le ha dicho que tiene algo en los dientes! ¡Qué corte!».
Iván se acercó, su espacio personal invadiendo el mío. Su voz fue un siseo bajo y furioso.
«¿A qué estás jugando, Luciana?».
«¿Jugar?», respondí, mi voz clara y firme. «No tengo tiempo para juegos. Algunos tenemos cosas más importantes que hacer».
Justo en ese momento, un camarero se acercó con un enorme ramo de claveles rojos. Llevaba una tarjeta. Mi tarjeta. La que había escrito con el corazón en un puño esa misma mañana.
«Para el señorito Iván, de parte de la señorita Luciana».
La tensión se cortó con un cuchillo. La "prueba" de mis verdaderas intenciones estaba allí, para que todos la vieran.
Iván sonrió con suficiencia, una sonrisa cruel que conocía demasiado bien.
Cogí el ramo. Arranqué la tarjeta sin leerla. La rompí en pedazos diminutos y los dejé caer en una papelera cercana. Luego, le ofrecí el ramo al camarero.
«Para tu madre», le dije con una sonrisa. «Seguro que a ella le gustan más».
Me di la vuelta. La cara de Iván era un poema.
«Vaya, parece que a Castillo no le gusta que le den calabazas», escuché decir a alguien.
Él me agarró del brazo, su agarre era fuerte.
«Te vas a arrepentir de esto, Luciana».
Sus ojos buscaron los míos, esperando ver lágrimas, vergüenza. Pero solo encontraron mis ojos secos, aunque enrojecidos por el dolor de una vida entera.
«Ya me he arrepentido de demasiadas cosas, Iván», dije, soltándome de su agarre. «Llorar por ti no será una de ellas. Nunca más».