El viento rugía como una bestia salvaje, cortante y feroz. Isla Hawke miraba, sin poder apartar los ojos, el cuerpo de su madre extendido en el suelo empapado de sangre. Cada latido de su corazón parecía un eco lejano, como si ya no formara parte de este mundo. El viento aullaba y la luna llena iluminaba la escena con una luz pálida, bañando la explanada donde la manada se desmoronaba. Había gritos, roces de acero, el crujir de huesos, pero nada de eso llegaba a Isla. Todo se desvanecía, como si el mundo mismo se hubiera detenido en ese preciso instante.
La gran líder de la manada, la madre de Isla, había caído de manera violenta y traicionera. El filo de una espada, antes conocida como la de un aliado cercano, la había atravesado sin piedad. La sorpresa y la brutalidad del ataque sacudieron los cimientos de Isla, quien permaneció allí, paralizada por un instante que parecía eterno. ¿Cómo podía ser posible? No podía comprender lo que estaba sucediendo. Su madre, la mujer que había guiado la manada con fuerza y determinación, ya no respiraba.
-¡Madre! -gritó Isla, la voz rota, el grito de desesperación desgarrando su garganta.
Pero su madre no respondió. Y nunca lo haría.
Su mirada se dirigió al cielo, buscando respuestas en la luna llena, buscando una señal de que todo era solo una pesadilla. Pero no había nada. Sólo la tormenta que arremetía con furia y los ecos de la batalla que seguían retumbando a su alrededor. La manada había sido atacada por un enemigo interno, y el traidor ya había logrado lo impensable. Isla estaba sola.
-¡Isla! -una voz conocida la sacó de su abismo mental. Era su hermano Jasper, que corría hacia ella con el rostro pálido y los ojos llenos de miedo. A su lado, algunos guerreros de la manada intentaban mantenerse en pie, luchando aún por defender lo que quedaba de su hogar.
Isla, aún arrodillada junto al cadáver de su madre, alzó la vista, su rostro una máscara de dolor y confusión. No sabía qué hacer, no sabía si debía llorar, gritar o simplemente rendirse. La responsabilidad de liderar la manada le pesaba como un yugo que nunca pidió. Pero la vida no esperaba que alguien estuviera listo. La vida simplemente le había dado ese peso, y ahora debía cargarlo.
-¿Qué vamos a hacer, Isla? -preguntó Jasper, su voz tensa. Parecía querer que su hermana tomara la decisión, pero ella estaba demasiado perdida en su propio dolor para responder.
Isla se incorporó lentamente, sintiendo el peso de la muerte de su madre apoderándose de su cuerpo. Sus rodillas estaban débiles, pero sabía que no podía quedarse allí. No podía permitirse caer. La manada no lo permitiría.
-Tenemos que actuar rápido, Isla -insistió Jasper, casi desesperado.
Isla miró a su hermano. El caos los rodeaba, la manada estaba al borde de la aniquilación. ¿Qué haría? Ella no estaba lista para ser la líder, pero la muerte de su madre la había dejado sin opciones. ¿Cómo podía liderar a los suyos si ni siquiera era capaz de aceptar su propia situación?
De repente, un ruido interrumpió sus pensamientos. Isla levantó la vista hacia la distancia y allí, en medio de la oscuridad, vio a una figura masculina que se acercaba lentamente, como si se estuviera deslizando entre las sombras. La presencia de esa figura era poderosa, inquietante. Era Levi Darnell.
El hombre lobo que había sido conocido por sus ambiciones, su deseo de poder, su sed de alcanzar el trono. Era un nombre que había flotado en los murmullos de la manada, pero hasta ahora, él no había hecho ningún movimiento significativo en su búsqueda. Sin embargo, en este momento, Isla no podía evitar sentir que la situación tomaba un giro aún más peligroso.
Levi se detuvo a unos pasos de ella, observándola en silencio. Su mirada fría, calculadora, no mostraba ni compasión ni sorpresa ante lo que había ocurrido. En sus ojos, Isla pudo ver algo más: una evaluación precisa de la situación, como si estuviera calculando las probabilidades de obtener lo que quería.
-Lo lamento -dijo Levi finalmente, pero su voz carecía de calidez. Era más una formalidad que una verdadera condolencia.
Isla lo miró fijamente, su rostro marcado por la angustia y la rabia contenida.
-¿Lo lamento? -repitió ella con desdén, levantándose completamente ahora, sin apartar la mirada de él. -Mi madre está muerta, Levi. ¿Y tú qué haces aquí? ¿A qué has venido?
Levi no se inmutó, mantuvo la mirada fija en ella, evaluándola, como si estuviera midiendo algo más allá de su dolor.
-No soy tu enemigo, Isla. No aún. -Su tono era calmado, sereno, casi inquietante. -Pero es claro que ahora tú estás al mando. Y no puedo decir que eso no sea interesante.
Isla frunció el ceño, desconcertada por la frialdad de sus palabras.
-¿Interesante? -repitió, sin poder evitar el sarcasmo. -¿Y qué quieres de mí, Levi?
El hombre lobo dio un paso hacia ella, sin perder su compostura.
-Nada aún. Pero lo que está claro es que la manada necesita un líder. Y yo tengo mis propios intereses. -Su sonrisa era tenue, pero sus ojos brillaban con una ambición que no se podía disimular.
Isla sentía un hormigueo en la piel. Algo en Levi la incomodaba, pero también lo entendía: era un hombre que, como ella, quería poder. La diferencia era que él no lo disimulaba.
La tensión entre los dos era palpable. Isla, en medio del caos, sabía que en este momento debía tomar decisiones que podrían cambiarlo todo. El futuro de la manada, su futuro, dependía de lo que sucediera a continuación. Pero, en ese instante, ella no tenía respuestas.
-¿Qué harás, Isla? -preguntó Jasper, alzando la voz una vez más, esta vez con una mezcla de esperanza y desesperación.
Isla cerró los ojos por un momento, respirando hondo. Abrió los ojos y miró a Levi una vez más. Sabía que no podía quedarse atrás, que la manada no la perdonaría.
-Haré lo que mi madre habría hecho -respondió, sin vacilar, aunque la verdad le sabía amarga. -Haré lo que sea necesario.
Jasper observó a su hermana, y un destello de duda cruzó su rostro. Pero no dijo nada más.
Levi, por su parte, asintió lentamente, como si todo fuera parte de un juego más grande.
El trono de la manada no era solo un símbolo. Era un campo de batalla, y la guerra acababa de comenzar.
El peso de la luna llena parecía aplastar a Isla mientras caminaba por el pasillo oscuro del gran salón; cada paso resonaba con la gravedad de lo que acababa de suceder. La manada, que antes se unía bajo la figura fuerte y serena de su madre, ahora estaba dividida. Las sombras de la traición seguían acechando cada rincón, e Isla sentía su presencia más fuerte que nunca. En sus venas corría la sangre de la líder, pero en su corazón aún palpitaba la incertidumbre. No había tiempo para el luto, no había espacio para las dudas.
La manada necesitaba respuestas, y ella, aunque temblando por dentro, debía proporcionarlas.
Al entrar en el salón principal, el murmullo de voces bajas la envolvió como una marea. Los líderes de las distintas facciones de la manada se encontraban reunidos, rodeados de sus propios seguidores. Algunos de esos rostros la miraban con desconfianza, otros con indiferencia, pero todos, sin excepción, cuestionaban su legitimidad. ¿Quién era ella para ocupar el lugar de su madre? Algunos lo decían en voz baja, otros, con más descaro, lo dejaban entrever en sus gestos.
-Isla Hawke. -La voz de Marcus, un lobo de gran tamaño y un alto rango dentro de la manada, cortó el aire. Su tono era ácido y su mirada estaba fija en ella. No era un hombre amable, pero su palabra era ley en las regiones del este. Si alguien podía desestabilizar su reinado desde adentro, ese alguien era él.
-Nos han dicho que serías la líder, pero... ¿Acaso crees que eres capaz de seguir los pasos de tu madre? -dijo, y su risa era como un gruñido bajo.
Isla, al escuchar esas palabras, sintió cómo la rabia empezaba a burbujear en su interior. No era la primera vez que alguien ponía en duda sus habilidades como Alfa, pero las palabras de Marcus estaban impregnadas de algo mucho más peligroso: desprecio. Un desprecio que no se limitaba a ella, sino que era dirigido a todo lo que representaba.
-No soy mi madre. -Isla respondió con voz firme, aunque su cuerpo aún estaba tenso por el dolor que no se había ido, que nunca se iría-. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para proteger a la manada.
Marcus se adelantó, dejando que su figura imponente se acercara a la joven Alfa.
-¿A qué costo, Isla? -La provocación en sus palabras era evidente-. ¿A qué costo defenderás a estos lobos? ¿A qué costo sostendrás el trono que no te pertenece?
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Isla no vaciló, aunque su interior se retorciera de dudas. Sabía que si cedía ante la provocación de Marcus, las grietas en su liderazgo se harían más profundas. Si no mostraba fortaleza ahora, perdería todo antes de siquiera comenzar.
-A cualquier costo, Marcus. -La respuesta fue rápida, calculada, pero con una fuerza que, por un momento, pareció silenciar la sala-. Y si tú no estás dispuesto a aceptar eso, puedes irte.
La tensión en el aire era palpable, pero, sorprendentemente, Marcus no respondió de inmediato. En lugar de eso, su mirada se desvió hacia otro rincón de la sala, donde un hombre solitario observaba todo en silencio. Levi Darnell.
Isla no pudo evitar notar su presencia. Aunque no lo miraba directamente, sentía su mirada penetrante como si estuviera escrutando cada uno de sus movimientos. Aunque Levi no dijo una sola palabra, su cercanía y la forma en que observaba cada interacción en la sala hacían que el ambiente se volviera aún más denso.
¿Qué quería él?
Isla, que siempre había sido astuta, sabía que no debía subestimar a Levi. Sabía que estaba buscando algo. Pero lo que fuera, no lo haría con buenas intenciones. Levi no era alguien que trabajara de manera abierta, no en su totalidad. Había algo en su mirada que decía que estaba esperando el momento perfecto para mover sus piezas en el tablero.
Sin embargo, no era el momento de enfrentarse a él. No ahora, cuando su posición como Alfa aún era frágil. Sin apartar la mirada de Marcus, Isla continuó.
-La lealtad se gana, no se exige. Si eres parte de la manada, entonces actúa como tal. Si no lo eres, entonces sal de este salón antes de que te haga hacerlo.
Marcus resopló, claramente descontento, pero no dijo más. En su lugar, dio un paso atrás y observó a los demás miembros de su facción, como si estuviera esperando una señal. Pero nadie más se atrevió a hablar. Isla había establecido su autoridad, al menos por el momento.
Pero el peligro no terminó allí. Mientras la manada comenzaba a dispersarse lentamente, Isla se sintió más sola que nunca. Sabía que el camino por delante estaría lleno de obstáculos. ¿Cómo podría confiar en alguien si ni siquiera confiaba en ella misma?
Levi aún estaba en la sombra, y su presencia, al igual que una cuerda tensa, se sentía más cercana. Isla había notado cómo algunos de los miembros de la manada lo miraban de reojo, como si esperaran su palabra, su aprobación. Aun cuando Levi no parecía hacer nada, su influencia estaba comenzando a calar hondo.
Cuando, finalmente, la última de las voces se apagó, Isla se retiró al balcón de la torre principal. La noche era fría, la tormenta aún no amainaba, y la luna, llena y despiadada, observaba desde lo alto.
-¿Qué harás ahora, Isla? -se preguntó en voz baja. Su corazón latía fuerte en su pecho, no solo por la rabia, sino también por el miedo. ¿Qué debía hacer? La manada no podía ser gobernada solo con fuerza; necesitaba aliados, pero no confiaba en nadie. Necesitaba consolidar su poder, pero no sabía cómo. La lealtad, pensó, era la moneda más costosa.
El sonido de los pasos la sacó de su ensimismamiento. No volteó, sabía que no podía permitirse distraerse. Pero el olor de Levi, un aroma profundo y terroso, se hizo más cercano.
-Parece que has superado el primer obstáculo. -La voz de Levi resonó desde las sombras, suave e intrigante.
Isla no se giró. Sabía que estaba allí, que observaba desde la oscuridad. Pero sus palabras eran como dagas lanzadas en un mar de incertidumbre.
-Y el próximo será peor. -Levi agregó, con un tono cargado de una amenaza sutil, pero presente.
Isla apretó los puños. Necesitaba respuestas, pero también necesitaba tiempo. Y, por ahora, Levi era un enigma que no podía permitir que la devorara.
-¿Qué quieres, Levi? -preguntó finalmente, sin mirar.
-Lo que siempre he querido, Isla -respondió Levi, y aunque no lo veía, Isla sintió la sonrisa de él en sus palabras-. Poder.
El viento gélido de la madrugada cortaba la piel de Isla mientras caminaba por el patio trasero del castillo. El cielo oscuro se despejaba ligeramente, dejando escapar apenas una franja de luna rota entre las nubes. Las hojas secas crujían bajo sus pies, y la calma de la noche parecía burlarse de la tormenta interna que rugía dentro de ella. Cada paso que daba la alejaba un poco más de su madre, de la seguridad que conocía, y la acercaba más a un destino incierto.
Aun con la sensación de los murmullos de la manada retumbando en sus oídos, Isla no podía deshacerse de la constante sensación de estar siendo observada. Sabía que Levi estaba cerca. No lo veía, pero lo sentía, como una sombra al acecho. Y lo que la desconcertaba aún más era la forma en que su presencia se sentía inevitable.
De repente, se detuvo en seco.
Una figura emergió de las sombras como si la misma oscuridad la hubiera gestado. Levi Darnell. Alto, musculoso, pero con una elegancia inquietante en sus movimientos. Sus ojos brillaban con una intensidad que no dejaba lugar a dudas: estaba allí, con una razón clara y con una determinación aún más clara.
-Isla. -La voz de Levi era baja, pero tenía un poder casi hipnótico. Cada palabra parecía cargada con una intención que no podía entender completamente.
Isla lo observó con frialdad, sin mostrar sorpresa, aunque su interior se agitaba. Sabía que este momento llegaría. Sabía que las palabras que Levi dijera podrían ser cruciales para el futuro de su manada.
-¿Qué quieres? -Isla no dio pie a un saludo o cortesía alguna. Sabía que Levi no era alguien con quien podía perder el tiempo. Su reputación lo precedía, y aunque no confiaba en él, tampoco podía permitirse ignorarlo.
Levi no se acercó más, manteniendo la distancia como un cazador que sabe que su presa está más cerca de lo que parece. La luna iluminaba parcialmente su rostro, revelando una sonrisa que no parecía amable, pero sí enigmática.
-Sabes lo que quiero, Isla. -Su tono era casi un susurro, pero la carga de sus palabras era tan pesada como una espada-. Lo que todos quieren. El trono. El poder. El control de la manada. Tú y yo podríamos... colaborar.
Isla frunció el ceño. Si Levi pensaba que ella se dejaría arrastrar por sus manipulaciones, se equivocaba. Los lobos, como ella, podían oler la codicia a kilómetros de distancia.
-¿Y cuál es tu precio, Levi? -El sarcasmo en su voz era claro. No había forma de que Isla fuera tan ingenua. Las palabras de Levi no eran simples propuestas. Había un juego detrás, algo que no estaba dispuesto a mostrarle aún.
Levi se adelantó un paso, pero se detuvo justo antes de cruzar el umbral que Isla había marcado entre ellos. Su sonrisa se ensanchó levemente, como si disfrutara de su desconcierto.
-Solo negocios. -Dijo con firmeza-. No hay espacio para los sentimientos. Ningún romance. Ningún lazo. Solo poder. Tú me ayudas a obtener lo que quiero, y yo te ayudo a mantener lo que te pertenece. Es simple.
Isla lo observó en silencio, procesando sus palabras. El tono de Levi era directo y frío, pero algo en su mirada le decía que había algo más. La tentación de aceptar su oferta era grande, pero la desconfianza la mantenía firme. Sabía que un trato con Levi no era algo sencillo, y cualquier error podría costarle mucho más que la manada.
-No estoy aquí para hacer alianzas con hombres como tú, Levi. -Su voz salió más fuerte de lo que pretendía, llena de determinación-. No necesitas mi ayuda. Y yo no necesito la tuya.
Levi levantó una ceja, pero no pareció sorprendido. Él sabía, como ella, que las palabras no significaban nada en este tipo de juegos. De todas formas, no insistió. En lugar de eso, su mirada se suavizó ligeramente, como si estuviera evaluando algo más profundo en Isla. Algo más humano.
-Entonces, ¿cómo piensas hacer frente a lo que se avecina? -La pregunta no fue una amenaza, pero el modo en que la formuló hizo que el aire se cargara de tensión-. Tus propios enemigos dentro de la manada, las facciones que ya conspiran para derrocarte. No eres tan invencible, Isla.
Isla lo miró, con rostro impasible, pero por dentro sentía que su corazón latía más rápido. Levi no estaba solo en sus afirmaciones. Ella lo sabía, lo sentía. Había traidores entre ellos; los ecos de la deslealtad ya se podían escuchar en cada rincón del castillo. Pero, ¿aceptar la ayuda de Levi?
No podía.
-Lo resolveré yo sola -respondió sin titubear.
Levi la estudió en silencio, como si estuviera analizando cada palabra que salía de sus labios. Finalmente, dio un paso atrás, pero sin apartar la mirada de ella.
-No serás capaz de hacerlo sola. -El tono de su voz, bajo y desafiante, vibraba en la oscuridad de la noche-. Tarde o temprano, tendrás que tomar una decisión.
La distancia entre ellos se alargó. Isla respiró profundamente, intentando mantener la compostura, pero dentro de ella, el caos de la incertidumbre rugía con fuerza.
-Adiós, Levi -dijo, finalmente, con voz firme, aunque sus palabras sonaron vacías incluso para ella. El rechazo estaba en su tono, pero sabía que, aunque lo deseaba, no podía eliminar la idea que comenzaba a instalarse en su mente: tal vez, solo tal vez, necesitaría su ayuda.
Isla dio media vuelta, pero antes de desaparecer entre las sombras, escuchó las últimas palabras de Levi, que se colaron en su mente.
-No olvides, Isla... la manada no se gana solo con sangre.
El viento helado volvió a soplar, como un presagio. Isla no podía evitar sentir que, de alguna manera, Levi acababa de marcar el principio de algo que aún no comprendía por completo.