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Yo soy mía (Saga Soy)

Yo soy mía (Saga Soy)

Autor: : Liz Por
Género: Romance
Yo soy mía. No pertenezco a ningún hombre. Nadie pondrá un mano sobre mi, y si lo hace.... Entonces, se topará con el fuego de mi ira. Segunda parte de NO SOY DE NADIE saga Soy.

Capítulo 1 A punta de pistola

Desde hace poco más de cuatro años vivimos aparentemente en paz. Digo aparentemente porque siempre vigilamos por encima del hombro, buscando una huella de nuestro mayor enemigo.

Mi hermana, Amira, se ve feliz. Es toda una madraza. Su esposo Amhed siempre está pendiente de su hijo Jasman. Ambos se notan muy enamorados.

Eso del amor no va conmigo. Mi corazón se ha vuelto de piedra. Yo jamás seré de nadie. Yo soy mía.

-¿En qué piensas, tía Basima? Hazme un cuento.

Jasman tira de mi falda, trayéndome de vuelta a la realidad. Estos momentos con mi sobrino son los mejores de mi vida.

-Estaba pensando en que... -sonrío mientras me le acerco muy lentamente- ¡en que te voy a comer!

Entre risas y correrías por el jardín de la mansión se nos va el tiempo. Los guardias que nos observan deben pensar que estoy loca... Pues que piensen lo que quieran.

Cuando ya hemos jugado por un buen rato, me dejo caer encima de uno de los bancos del jardín. Hacerme la muerta es uno de nuestros pasatiempos preferidos. Aunque Jasman sabe que no es cierto, siempre me sigue el juego; pero, esta vez, él ha tardado demasiado tiempo en reaccionar. Algo sucede, algo extraño.

Abro los ojos con lentitud, temerosa de que mis pesadillas más oscuras se vuelvan realidad.

Mi mirada se tropieza con dos hombres vestidos con sucios harapos. Uno de ellos sostiene a mi sobrino por los aires. Con una de sus enormes manos tapa la boca del niño mientras el pequeño se menea sin lograr escapar de su agarre.

Yo debería pedir ayuda, pero la voz se me ha quedado atrapada en la garganta. De todos modos, aunque lograse gritar, dudo que los guardias me escuchen. Nos hemos alejado mucho de la casa.

-¿Y qué hacemos con la chica, Ramiro? -pregunta el hombre, que sujeta a Jasman, a su compañero.

Ambos intercambian una sonrisa burlona. Me recuerdan a aquellos malhechores que abusaron de mí hace ya algún tiempo.

-Se me ocurren muchas cosas divertidas, Pedro -responde el otro bandido mientras se me acerca.

Su mirada me desnuda a pesar de que llevo mucha ropa cubriendo mi cuerpo. Aunque hemos abandonado Arabia y sus costumbres para instalarnos por completo en España, no me he acostumbrado a la ropa occidental. Parezco una monja.

-Se viste como una monja.

Ramiro parece haberme leído la mente. Ha dicho justo lo mismo que yo había pensado.

-Pues vamos a arrancarle su tanto trapo y tengamos sexo con ella hasta que el coño se le rompa en pedazos. Ya se me está poniendo el miembro duro -añade Pedro.

Los ojos me traicionan. Se clavan en el bulto de su entrepierna. Es enorme.

Unas manos jalan mi blusa mientras otras me empujan. Doy un paso hacia atrás, tratando de alejarme, pero pierdo el equilibrio y caigo sobre el banco. La frialdad del mármol se clava en mis heridas recién hechas.

Ramiro se coloca sobre mí y se abre paso a través de la falda.

En vano forcejeo.

En vano clavo mis uñas afiladas en sus brazos.

En vano me revuelvo como fiera en celo.

Su cuerpo pesado aplasta por completo al mío. Me cuesta respirar.

Van a violarme una vez más. Lo peor es que será delante de mi sobrino.

Cierro los ojos ante lo inevitable, pero el llanto de Jasman me llena de fuerzas para pelear. Entonces, lanzo una patada a la entrepierna del hombre y logro hacerle a un lado. A toda velocidad, me tiro al suelo y corro hacia el bandido que sujeta a Jasman. Ya que mis puñetazos poco podrían dañarle, clavo mis dientes en su brazo, esperando un milagro.

-¡Déjale ir! -Forcejeo con fuerza mientras hablo de manera tropelosa, sin soltar el curtido pellejo del bandido.- Es solo un niño pequeño. Hazlo y te juro que haré lo que deseen.

El hombre que tengo a mis espaldas se levanta del suelo y se aferra a mi cintura. Me aprieta con rudeza, clavando sus enormes dedos en mi piel.

-¡No necesito tu consentimiento, perra! -afirma con furia-. Haré contigo lo que me dé la gana o si no...

El otro tipo coloca un cuchillo cerca del cuello de mi sobrino y yo asiento sin protestar. Temo que, de lo contrario, cumplirían sus amenazas.

Estoy perdida. Como oveja obediente me dejo guiar hacia el banco. Que esos bandidos hagan de mí lo que quieran. Lo más importante es la vida de Jasman.

De repente, un tercer hombre zafa el agarre que sujeta mi muñeca. Es alto, erguido y se mueve con aires de jefe. ¿Estaremos... salvados?

-¿Qué hacen, idiotas? -gruñe él con mal genio.

-Queremos divertirnos un rato con la chica. ¿No se puede? -masculla el sujeto que sostiene a Jasman.

-¡Por supuesto que no! -exclama el tercer hombre sin siquiera mirarme-. Estamos demasiado cerca de la mansión de Amhed Hassim. Los guardias notarán la ausencia de estos dos en cualquier momento y vendrán hacia acá. Nuestro hombre infiltrado no les despistará eternamente. Cuando eso suceda, estaremos en desventaja, pues ellos son más que nosotros. Además, tenemos una misión y hay que cumplirla. Dejen ya de actuar como un par de niños.

Aún no me calmo por completo, aunque ya no siento tanto miedo. Al parecer este sujeto no es un desalmado.

Levanto la cabeza con lentitud. Quiero agradecerle, pero antes de que consiga hablar, él da una orden.

-El objetivo es el niño. ¡Maten a esa mujer y dejen que las auras se alimenten de su cuerpo!

-¿Por qué matarme? -pregunto al instante y sin titubear aunque, por dentro, todo me tiembla-. Podría serles más útil si vivo. Conmigo, el niño no les ocasionará problemas. Prometo no darles trabajo y complacerles en todo lo que deseen.

Ando muerta de miedo, pero no lo demuestro. Por amor a Jasman soy hasta prostituta.

Los dos hombres miran al tercero de ellos, esperando la confirmación.

-Lo que dice tiene cierta lógica -afirma Ramiro-. De ese modo, la perra pagará el daño que me hizo.

El hombre roza la mordida de su brazo, de donde, aún, brota la sangre.

-¡He dicho que la maten cuánto antes! El jefe pidió que le llevásemos al niño. Eso es lo que haremos-insiste el tercer hombre con voz de trueno.

Los dos subordinados se miran entre sí buscando el valor para cumplir la orden. Pasa un segundo, dos, tres... Ninguno de nosotros se mueve. Yo siquiera respiro.

-Hazlo tú, Ramiro -indica el jefe-. Será como aplastar una cucaracha.

Las manos de Ramiro tiemblan. Se ha puesto demasiado pálido. Por un instante, pienso que me defenderá, pero son solo sueños. Él no duda en empuñar la pistola y colocarla en frente de mi rostro.

-¡Dispara, pendejo! -Repite el tercer hombre.

Jasman se tapa los ojos para no ver.

-¡Ponte de rodillas! -me ordena Ramiro.

El miedo no me controlará. Si ha llegado mi hora de morir, lo haré con la frente en alto.

-¡Dispara! -le digo-. Jamás me arrodillaré delante de un bandido.

El hombre acerca aún más el arma y chilla:

-¡Es una pena que tenga que matarte, maldita perra! Me encantaría quitarte las malas pulgas, esas que tienes, pero lo ha ordenado Gustavo, y las órdenes siempre hay que cumplirlas. ¡Adiós! ¡Nos vemos en el infierno!

Capítulo 2 Secuestro

Aprieto los puños y espero. Trato de relajarme, con los ojos cerrados, mientras escucho el disparo. Sin embargo, no siento dolor. Todo sigue exactamente igual: el viento que azota mi cara, el llanto de Jasman, el miedo... ¿Dolor? Dolor no.

Abro los ojos como dos platos y pregunto con ira:

-Idiotas, ¿están jugando a la ruleta rusa? Si van a deshacerse de mí, ¡acaben de una vez!

Estoy a punto de golpear a Ramiro, porque los nervios me dominan, cuando escucho que él suelta un grito de dolor.

El bandido arroja la pistola a mis pies y se revuelca en el suelo, como un perro con bichos. De la mano con que ha empuñado el arma sale sangre, mucha sangre. Él está herido, pero sus rugidos no me causan pena.

-¿Se puede saber qué coño están haciendo?

Solo después de escuchar la pregunta me percato de la presencia de un cuarto hombre, que recién ha llegado. Él aún no se ha bajado del caballo, pero me sostiene la mirada con fuerza.

Y yo no bajo la mía.

Eso, ¡jamás!

-¿Quién es esa mujer y por qué iban a dispararle? -ruge el recién llegado como fiera.

A pesar del estrés del momento, no tardo en detallarlo. Él no anda sucio ni harapiento, como el resto de los bandidos. Viste jeans de color oscuro y una camisa blanca, perfectamente alisada, como si estuviese acabada de planchar. Lleva una mochila colgada en la espalda y zapatillas Nike.

Su enorme estatura y su cuerpo bien formado, con músculos definidos, hacen lucir a su caballo como un pequeño poni. Los ojos verdes refulgen, con destellos de ira. Su cabello ensortijado y rubio le cuelga hasta los hombros. Siempre me han desagradado los hombres con coleta, pero juraría que a este se le ve fenomenal. Desconozco qué edad tiene. Aparenta entre unos veinticinco y treinta años, pero por la firmeza de su voz, apuesto a que son más.

Aunque admiro su físico, no dejo de pensar en el parecido que tiene con el hombre del que me enamoré hace algunos años. El mismo hombre que me violó y le entregó mi cuerpo a sus secuaces. También, me recuerda a su hermano, aquel falso médico que me mantuvo drogada para que no le reconociera.

Trago en seco mientras levanto el mentón, en una pose desafiante que le saca una media sonrisa burlona.

-No lo sé, señor. Ella estaba con el niño. Será la madre -susurra uno de los bandidos.

-No -niega el recién llegado-. Amira, la madre del pequeño, posee los ojos azules y una belleza sobrenatural. En cambio, esta chica tiene un rostro muy común.

Estoy de acuerdo en que no parezco una top model, pero tampoco me considero fea. Soy una joven árabe de veinticinco años de edad. Mi pelo sedoso, negro como la noche, brilla con un tono azulado cuando los rayos del sol inciden en él. Me llega hasta la cintura. Se vería mucho mejor si lo llevase suelto y dejase que el viento jugase a despeinarme.

A mis ojos color azabache les vendría bien un poco de maquillaje. Son grandes sin llegar a parecer saltones.

Además, el bronceado natural de mi piel produce la envidia a los turistas que se desnudan para solearse en las playas tropicales.

No le saco la lengua al recién llegado porque mi vida y la de Jasman están en juego. De lo contrario, ya le diría unos cuantos insultos.

-Pues no tengo idea, señor Leonardo. Si la muchacha no es la madre, debe tratarse de una sirvienta, alguien sin importancia. Bien podemos...

El brillo de la mirada de Pedro me dice claramente lo que él no ha expresado con palabras. Su frase no ha quedado inclusa. Está llena de deseo sexual.

Tengo miedo, pero el recién llegado pone freno a los hombres con un solo gesto.

Ya he descubierto que él se llama Leonardo, a pesar de que aún no sé quién es o para qué quiere a mi sobrino.

-Es mi tía Basima. -Logra decir Jasman mientras se escapa del agarre de Ramiro y se esconde entre mis piernas.

De repente, los ojos de Leonardo brillan y su sonrisa se hace más amplia. Quizás ya sepa quién soy.

-Así que tú eres Basima -murmura-. Sé que eres la hermana de Amira, pero jamás había visto tu rostro.

Ante su intensa mirada me sonrojo.

-El jefe jamás dejaría a un testigo con vida -sugiere Gustavo, el hombre que, hasta ese entonces, había dado las órdenes.

Se hace un silencio demasiado pesado, que solo se rompe, de vez en vez, por las risas maliciosas del trío de bandidos. Hasta que, por fin, el recién llegado dicta mi sentencia.

-Ella irá con nosotros. Ustedes jamás matarán a una persona inocente mientras estén bajo mi mando y, tampoco, pondrán sus manos sobre esa mujer. Ahora, ¡andando!

Al resto de los bandidos no le ha gustado su decisión. Le han mirado con cara de pocos amigos, pero la firmeza de la orden del jefe, les fuerza a obedecer.

-¡Andando! -repite Ramiro, tomándome fuertemente por el codo.

Como puedo, alzo a mi sobrino en brazos y le sigo. Este no es el momento de pelear por la libertad, sino el de continuar con vida.

La maleza cruje por los pasos de Leonardo. Sosteniendo a Jasman, me he perdido el momento en que el joven se ha bajado del caballo. Ahora, se encuentra muy cerca de mí, demasiado para mi gusto.

Permanezco completamente inmóvil, conteniendo la respiración.

-¡Usted y el niño, conmigo!

El aire se queda atrapado en mis pulmones y la cabeza me da vueltas cuando la mano del rubio se cierra alrededor de mis rodillas y me veo levantada por los aires.

-¡Jasman! -grito por inercia.

Aún, de un modo casi milagroso, continúo sosteniendo a mi sobrino.

-Mejor no forcejee. No deseará que la separe del pequeño. Mientras se comporte correctamente y me obedezca sin protestar, le permitiré ir con él -susurra mi captor, muy cerca de mi oído.

Su cálida voz hace cosquillas en la piel de mi oreja. Por mucho que me resisto, se me pone la piel de gallina. Es una nueva sensación que jamás había sentido.

-No pierda cuidado, patrón. La perra muerde y no está vacunada -afirma Gustavo, sin dejar de fijar su mirada en mi trasero.

Bien que le gustaría a ese trío de bandidos poner sus manos cochinas en él. Por el momento, tendrán que conformarse con mirar.

-¿Qué va a hacer con nosotros? El padre de Jasman tiene mucho dinero. ¡Millones! Para él, pagar un rescate no sería un problema. -Trato de negociar con el recién llegado, aunque sospecho que la razón del secuestro va más allá de conseguir una buena suma de dólares.

El hombre se queda en silencio, como si no me hubiese escuchado.

-Usted parece una buena persona. ¿Por qué separa a un niño pequeño de su madre? Eso le dejará un trauma permanente -insisto.

Leonardo nos tira encima del caballo, de modo tal que, con tan solo cruzar la pierna, yo quedo sentada.

Rápidamente, sostengo con firmeza a Jasman y estiro la mano hacia las riendas.

Una sola mirada del líder de los secuestradores me detiene en seco. Tal parece que me está retando a escapar. No soy buen jinete, pero cuando se está desesperado, cualquier cosa parece bien.

En mi mente, me veo huyendo, bien lejos. Pero... ¿A quién quiero engañar? Desafiarle sería un suicidio.

De un salto, Leonardo se acomoda sobre la grupa del animal. Otra vez, hemos quedado demasiado juntos. Hago un esfuerzo sobrehumano por no moverme, porque debo reconocer que su cercanía me acelera el corazón.

-Tranquila, Basima -me dice-. No juegues con fuego, porque saldrás quemada. Puedes comportarte como una niña buena o hacer que yo te obligue.

Desde luego que lo haría. Presiento que lo desea.

-No se preocupe, no pienso hacer algo que le moleste. Mi único objetivo es mantener a mi sobrino a salvo. -Bajo la cabeza y mordisqueo mis labios.

Para él, una primera victoria. Para mí, una derrota.

Su pecho se acerca aún más a mi espalda. La piel me hierve. No deseo esto. No quiero que mis hormonas se acaloren y hagan que mi cuerpo me traicione.

-Creo que te gusta mi compañía, Basima -murmura Leonardo.

-En tus sueños -le contesto malhumorada.

-En tus pesadillas -me responde sin tardar.

Noto en sus ojos una mezcla de burla y desprecio. Sin embargo, existe algo más, algo que no consigo definir.

Una nube de polvo se levanta detrás de nosotros. Es todo lo que me separa de la mansión, de mi pasado. Hacia delante, solo hay maleza y espinos en un viaje a mi incierto futuro.

Capítulo 3 Resiliencia

Si alguien me preguntase cómo es que he mantenido la cordura luego de dos horas de viaje ininterrumpido por el campo, la respuesta es sencilla: resiliencia.

Debo adaptarme y sobrevivir para que también Jasman sobreviva.

Hemos cabalgado en silencio, a través de senderos intrincados, lejos de todo ser humano, hasta llegar a un pueblo fantasma en medio de la niebla. No he visto a los pobladores del lugar a pesar de que todavía los últimos rayos de sol se esconden detrás de las montañas.

-¡Bajando ya del caballo, muchacha! ¿Le has cogido cariño al animal o es que te gusta estrujarte con los hombres? -Los dientes de oro de Gustavo refulgen en la oscuridad del atardecer.

Es cierto que me he acomodado en el pecho de Leonardo. ¡Idiota de mí! Muy pronto me he olvidado de que él es solo un bandido y, yo, su prisionera.

Mientras él sujeta al niño, hago mis esfuerzos para llegar al suelo. Este animal es muy alto y, aunque no soy pequeña de estatura, me falta agilidad para mover mis piernas dentro de la falda. Además, de tanto cabalgar, el trasero se me ha hecho cuadritos.

Cinco intentos más tarde, los bandidos se mueren de la risa. Todos se burlan, menos Leonardo, quien, de un salto, y sin despertar a Jasman, se tira a la tierra. Su destreza me deja con la boca abierta del asombro.

Luego, con la mano libre, él me toma de la cintura, como si, en lugar de una mujer, yo fuese una pluma.

-¡Cada quien a lo suyo! Hagan sus turnos de vigilancia. De los prisioneros, me encargo yo -ordena con voz firme.

Sin protestar, sigo los pasos del jefe hacia dentro de una modesta casa de campo. Está algo más alejada que las demás, lo suficiente como para que no se escuchen mis gritos de auxilio. Dentro de ella, nadie nos recibe; pero los calderos aún se encuentran calientes encima del fogón. Alguien del lugar trabaja para ellos

-¡Come y dale algo al niño! -me grita Leonardo mientras pasa de largo, echando una ojeada alrededor.

Por mi parte, también yo lo hago. Tengo que reunir algunas pistas para cuando se nos dé la oportunidad de escapar.

La casa es muy pequeña. Apenas tiene tres habitaciones. Nos encontramos en un recibidor con cuatro sillas de madera, un fogón y unos pocos útiles de cocina. A través de la rendija de una puerta, veo el cuarto de baño. La otra habitación es un dormitorio con una sola cama.

Todos los muebles son modestos. Están cubiertos por toneladas de polvo. Obviamente, nos han traído a un sitio deshabitado. Sin embargo, que estemos aquí es parte de los planes de los secuestradores y, no, un fruto de la casualidad.

Me humedezco, con la punta de la lengua, los labios resecos por el sol y el polvo del camino. No tengo una gota de hambre y, sí, mucho cansancio; pero necesitamos estar fuertes.

Mis ojos, muy abiertos, siguen los movimientos de Leonardo. Él destapa el caldero y, como si fuese la única persona del universo, toma un cucharón y comienza a sorber la sopa. ¡Asqueroso patán que se complace en molestar!

-¡Eso no se hace! ¿No tiene modales? ¿Es que su madre no le enseñó nada bueno? -grito tan fuerte que hago que Jasman se menee dormido y lance un suspiro.

-Pensé que usted no quería. Como lleva media hora parada enfrente del fogón y no ha tocado un plato ni una cuchara, supuse que todo sería para mí. -El patán me contesta sin dejar de comer.

-¿Además de secuestrarnos, nos matará de hambre?

-¡Primer error! No la he secuestrado, señorita -me responde, dejando el caldero de sopa y acercándose peligrosamente-. Mi objetivo era llevarme al chico. Usted se ha sumado a esta aventura por sí misma. Yo tenía dos opciones: Dejarla, para que diese la alarma antes de que nuestros enemigos descubriesen la ausencia del niño o, como querían mis hombres, matarla. Traerla conmigo ha sido lo mejor para usted y, también, para Jasman. Tengo entendido que ambos se llevan muy bien.

Asiento en silencio. Razón no le falta, pero eso no me impide odiarle.

Con besos y caricias trato de despertar a mi sobrino para que entone el estómago con algo caliente. La sopa luce bien aunque al cucharón le haya pegado la baba del patán.

-Jasman, amor, vamos a comer. -Le rozo la trompita con mi nariz.- Un beso de esquimal para mi hombrecito...

El niño apenas lanza un quejido pidiéndome que le deje en paz. Ha sido mucho estrés para un solo día. Primero, se ha cansado jugueteando en el jardín y, después, nuestras vidas se han puesto de cabeza.

-Hay que comerse toda la papa, bebé -insisto.

-Soy un niño grande, no un bebé. -Protesta sin moverse. De repente se incorpora de golpe, abre muy grande sus ojazos azules y chilla: -Tía, tuve una pesadilla muy, muy fea. Unos hombres malos nos hacían daño y nos llevaban lejos de la casa.

Me mira fijamente, esperando que le invente una historia fantástica, pero ni mis palabras más mágicas serían capaces de convertir las paredes de piedra que nos rodean en las de la mansión familiar, ni a los malvados bandidos en nuestros guardias.

-Es que... -Tartamudeo sin hallar una respuesta.

¿Cómo podría mentir a la persona que más amo en este mundo?

El niño echa un vistazo alrededor mientras las lágrimas corren por su rostro. No hay que ser un adulto para comprender que esta pesadilla es real.

-¿Volveré a ver a mi mamá?

El llanto de Jasman saca, fuera de mí, las lágrimas que he tratado de contener durante horas. Abrazados, lloramos juntos hasta que el niño se vuelve a quedar dormido y le llevo cargado a la cama. Allí, le acomodo entre las sábanas y me tiro a su lado.

Prefiero quedarme sin comer. La sopa no me pasaría por el nudo que se me ha hecho en la garganta.

Solo anhelo dormir en paz, cerrar los ojos en busca del descanso.... pero no lo alcanzo.

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