El invierno se hace presente en Copenhague, reluciendo un cielo gris con un aire frío y húmedo. La ciudad se encuentra envuelta en una densa neblina y el horizonte ni siquiera se puede apreciar. Los faroles de las calles emiten una débil luz amarillenta, parecida a las que tienen las casas. Las personas caminan a pasos rápidos, tratando de esquivar el inminente frío y los copos de nieve que danzan en el aire. El agua del canal se ha convertido en una pista de patinaje, porque a la orilla se puede apreciar las huellas enmarcadas de los patines.
Los cafés tienen una atmósfera acogedora y el aroma a café recién hecho invade las fosas nasales de quienes pasan a su alrededor.
Sin embargo, para Annika estas cosas dejaron de importarles hace bastante tiempo, puesto que algunos días le ha provocado cambiar la rutina por diversión; pero por más que lo ha intentado le resulta imposible. Y sus esperanzas se resumen a cero de que algún día pueda lograrlo, a no ser que ocurra un milagro navideño.
Ella suspira, echando la cabeza hacia atrás, mientras se arropa de forma cómoda en su sábana, no le apetece levantarse de su cálida cama.
Freya: ¡Feliz cumpleaños amiga! Lamento haberme perdido un evento importante en tu vida, pero te mando muchas felicitaciones y espero que todo salga bien. Ha sido un largo viaje a Brasil, y estoy exhausta, pero lo importante es que ya llegué. Supongo que mi trasero se ha quedado en el avión...
PD: Espero que invites a Erik a tu fiesta, y no sabes cuanto he rezado porque al fin dejes claro tus sentimientos hacia él...
Erik ha sido su enamorado desde que empezó la secundaria, pero por temor a ser rechazada, no ha podido ni siquiera hablarle.
Annika: Haré lo que pueda, pero no te aseguro absolutamente nada, sabes que los temas amorosos no son mi fuerte...
Freya ni siquiera se molesta en leer el mensaje, porque tal indica que se ha quedado dormida por el exhaustivo viaje, generando que Annika guarde su teléfono en el bolsillo de su abrigo.
Sus ojos cafés se enfocan en una silueta que está frente a ella.
-¿Cómo amaneció la cumpleañera más hermosa de la ciudad? -corea Henrik, su hermano mayor-. La persona que más admiro en todo el mundo.
Sus mejillas se sonrojan, al mismo tiempo que suelta una carcajada.
Ella lo observa con suspicacia detallando con suma delicadeza cada nimiedades de él, desde su cabello claro, piel de porcelana, ojos azul hielo y sus rasgos faciales finos y atractivos. Henrik se caracteriza por ser amable, relajado y amigable. Lo contrario a ella.
Muchas veces en su ensimismamiento ha sido invadido por miles de incógnitas, por tener diferentes rasgos físicos y un fuerte carácter, pareciera que no perteneciera a esa familia. No obstante, ella no se atreve a preguntarle a sus padres si realmente es adoptada, porque teme a recibir un sermón o una mala respuesta.
-¡Annika! ¿Estás allí? -El rubio chasquea los dedos frente a ella.
Ella sacude la cabeza, retornando a la realidad.
-Oh... ah... uhm... -balbucea, buscando las palabras adecuadas-. Muchas gracias hermano, pero recuerda que eso es nuestro pequeño secreto. -bromeo, dedicándole una cálida sonrisa-. No quiero que Kristine sienta celos de nosotros.
Frunce los labios, al mismo tiempo que pasa una manos por su cabello para despeinarlo.
-Me importa un comino la opinión de Kris -expresa, encogiéndose de hombros-. Peroz quizás tengas razón. Ella cuando se enoja es un completo fastidio.
Ann le propicia un codazo en las costillas. Él se queja, para luego abalanzarse a hacerle cosquillas.
De repente, estrepitosamente se abre la puerta de su habitación, siendo sorprendidos por Kristine, que lleva puesto un abrigo enorme que la hace verse de forma extraña, sus mejillas lucen coloradas. Los observa con el ceño fruncido. Ambos se separan rápidamente.
-¡Feliz cumpleaños número dieciocho! -homenajea, apretando las mejillas de Ann-. Ya te estás envejeciendo. -Finge limpiarse una lágrima, y luego se carcajea.
Su hermano sacude la cabeza, mordiéndose el interior de su mejilla, intentando ocultar la risa.
-¡Qué graciosa, Kris! -Rueda los ojos, soltando un resoplido-. Supongo que tú vivirás la eterna juventud.
La pelinegra recuesta la cabeza en el hombro de Ann, frotándose las manos para calentarse.
-Al parecer alguien se ha levantado con el pie izquierdo -ironiza ella, mirando al techo-. Ni siquiera en su cumpleaños muestra una pizca de felicidad. Annie es pariente lejana del Grinch. -Hace una mueca-. Deberías consumir más azúcar.
Le dedica una mirada fulminante.
-No quiero sufrir de diabetes a temprana edad, tampoco quisiera convertirme en una empalagosa -comenta, enroscando un mechón de cabello en su dedo-. Además, esto es temporal, cuando deguste algún delicioso bocado desaparecerá como por arte de magia.
-Rezaré para que el chófer llegue pronto, no quiero seguir aguantando tu humor de perros -exhorta, rascándose la nuca-. Y debería hablar con nuestros padres para que te compren una medicina para tus cambios de humor.
Ann mira hacia todos lados, en busca de algún objeto que lanzarle a su hermana. Así que lentamente alcanza una almohada, arrojándosela, dándole justo en la cabeza.
Su hermano se sacude de la risa, al observar a Kris estática por el golpe que le propició.
-Gracias a tus insultos, allí tienes tú merecido. -Sonríe satisfecha, mientras ella la observa fingiendo estar indignada.
-¡Oh por Dios! ¡Sólo esto nos faltaba! -exclama, poniendo los brazos en su cintura-. Ahora tenemos una asesina serial. ¿Cuántas personalidades tienes?
-¡Ahora soy una psicópata! ¡Esto es el colmo del descaro! -Le da otro almohadazo.
Henrik intercede ante nosotras, pero también recibe unos cuantos almohadazos. Por lo que termina alejándose de ellas.
Para Annika su cumpleaños debería ser importante, pues ya es momento de que empiece a tomar decisiones por su cuenta. Convirtiéndose en una mujer empoderada, que empezará una nueva vida alejada de su familia, para estudiar medicina en la universidad que siempre ha anhelado. Porque algún día espera devolverles el sacrificio que han hecho sus padres por darles lo que merecen. Sin embargo, Annika siente que no es necesario haber realizado varias reservaciones para cumplirles los caprichos a su hija. O eso es lo que se ha repetido desde que accidentalmente escuchó una conversación de sus padres, donde al parecer le realizarían una fiesta de cumpleaños sorpresa en algún lugar de la ciudad, disfrutando de unas merecidas vacaciones de invierno en su acogedor hogar.
La puerta se abre por tercera vez, maldice para sus adentros cuando Ann se topa con la mirada asesina del mellizo de Henrik, Harald. A diferencia de su hermano, éste tiene un fuerte temperamento y con el cual sus relaciones familiares no son muy placenteras. Harald la detesta a muerte. Nunca le ha brindado una mano, Ann puede estar en las peores condiciones y él ni siquiera se molesta en ayudarla, sólo lo hace delante de sus padres por capricho.
-¿Qué tanto hacen? -reprocha soltando un resoplido-. El chófer tiene horas esperando por ustedes, deberían darse prisa, ineptos.
Su actitud es arrogante, ignora completamente a Annika, porque no la felicita por su cumpleaños.
-¿Cuál es la prisa? -inquiere su mellizo, mientras lo desafía con la mirada-. ¿Acaso no olvidas algo? -Señala a Ann.
Harald ignora las señales de su hermano.
-¡No piensas felicitar a Anni! -espeta Henrik, sujetándolo por el abrigo-. No entiendo cuál es tú repulsión hacia ella. Es nuestra hermana.
-¡Basta! -interviene Kristine, colocándose en medio de los dos-. Ni siquiera te molestes en gastar aliento. Él nunca entenderá, además la violencia no resuelve los problemas. Hoy es un día especial para Anni, por favor no lo arruinen.
-Es cierto -afirma Henrik, acomodándose el abrigo mientras pasa por un lado de su hermano.
Annika desliza la cobija hacia un lado, levantándose de la cama con ayuda de su hermana.
-Debemos irnos nos espera un largo viaje -comenta la pelinegra.
Sus hermanos salen de la habitación, dejando a Annika y Harald juntos. En los ojos azules de él se puede notar la impotencia y rabia hacia su hermana. ¿Por qué ese odio a ella? ¿Qué le hizo? Ella desea saber la verdadera razón para que haya tanto sentimientos negativos en Harald.
-¿Cuándo será el día que desaparezcas de nuestras vidas, maldito escollo? -espeta entre dientes-. Tú has acaparado toda la atención de nuestros padres, y sospecho que no eres hija de ellos. Quizás te han acogido por lástima, adoptada.
Los ojos de ella se aguaron, desatando una furia dentro de sí misma, al propinarle una cachetada. No permitiría que la siguiesen humillando. ¿Quién se creía ese hombre? Ya había aguantando suficiente, debía hacer algo al respecto.
Su mano le arde, pero no se arrepintió de lo que acaba de hacer, sale echa añicos de la habitación, cerrando la puerta de un golpe en la cara de su hermano.
Sus hermanos se encuentra en la escalera platicando, cuando repentinamente desvían la mirada hacia ella. Les dedica una falsa sonrisa, caminando delante de ellos, sin levantar la mirada. Contiene las ganas de llorar, sabe que no puede demostrar debilidad ante nadie.
-¿Está todo en orden? -cuestiona Henrik, frunciendo el ceño.
-Sí -responde débilmente-. Un fuerte viento hizo que la puerta se cerrara de golpe. -Se excusa, bajando rápido por las escaleras-. Ya es tarde, nuestros padres nos mataránsi seguimos en esto, estamos retrasados.
Escucha los murmullos de sus hermanos, maldiciendo para sus adentros, sabiendo que las mentiras no son su fuerte.
-¿Estás segura de eso? -interroga él-. ¿Qué ha pasado con Harald? ¿Qué te ha dicho o hecho ese imbécil? ¿Se ha sobrepasado contigo?
Se detiene en el penúltimo escalón, girándose sobre sus talones para encarar al rubio. No puede ocultar sus ojos llorosos.
-¡No ha sucedido nada! -vocifera, golpeando el escalón con su pie-. ¡Maldita sea! Sólo soy una desgracia para esta familia.
Retorna a su posición, alejándose corriendo hasta la salida. ¿Qué le esperará a Annika?
Desde hace días había comenzado el solsticio de invierno, donde se celebraba en muchos países el nacimiento del redentor; sin embargo, esta festividad se convirtió a lo largo de los años en algo más banal y emocional, tal es el caso de la Navidad.
Las ventanas yacen abiertas a pesar de la baja temperatura que hace en el exterior, lo cual hace que la habitación deje de ser soportable; pero así lo prefiere el hombre sentado en su escritorio con dos pilas de papeles y un montón de trabajo por delante.
El individuo alza la mirada del documento bajo su bolígrafo cuando percibe la presencia de su consigliere con nuevos documentos, desliza su vista hacia los zapatos del recién llegado, que están cubiertos de nieve y se derretía dejando marcas en el piso.
-Per favore, Adriano -murmura, tiritando del frío.
Le dedica una mirada de desconcierto a su jefe, porque no se nota afectado por el inminente clima de la ciudad de Copenhague.
Adriano es el hombre por el cual muchas mujeres suspiran, al quedar impregnadas por sus rasgos varoniles, a pesar de tener un fuerte temperamento.
Aquel hombre lo mira dedicándole un gesto intimidante a través de sus ojos ámbar, esperando que el otro le comente algo más. El Consigliere prefiere quedarse sumido en silencio, sólo coloca los documentos en un espacio libre del escritorio, llevándose consigo los que están listo para ser entregados.
Adriano se aclara la garganta, esperando con ansias lo que aquella persona de cabello castaño oscuro tenía que decirle; puesto que lo conocía como la palma de su mano.
-Hay un asunto que tratar. -Rompe el incómodo silencio, quedándose de pie cerca de los asientos por alguna orden.
-Ve al grano -exige, concentrándose en los documentos.
-Los Kiev han solicitado una reunión urgente contigo -comenta, sintiéndose incómodo al imaginar la reacción de su jefe-. Tus padres han formalizado un encuentro prematrimonial con una de las hijas de esa familia, específicamente con Nathalie, la hija mayor de éstos.
-No me sorprende -dice, sin una pizca de emociones.
-Eso no es todo -continúa-. Con respecto a la carga que llegaría hoy, ocurrió un imprevisto.
-Dannazione! ¿Qué ha ocurrido? -impone, apretando el bolígrafo con furia.
El Consigliere expande los ojos, teniendo por su vida que se rompa o lo use de dardo contra él.
-El señor Máximo y su grupo lo habían estado esperando.
Cada palabra escuchada aumenta la furia en decibeles a Adriano, era inminente que alguien los había traicionado, y debía pagar por lo que hizo.
-Espero que lo resuelvan pronto -amenaza, golpeando la mesa con el puño-, o de lo contrario me veré en la obligación de encargarme personalmente. -La temperatura ya empieza a hacer efectos-. ¿Algo más qué quieras decirme Nial? Porque déjame decirte que no tengo todo el puro tiempo para tratar contigo, así que habla o te largas.
-¡Qué aburrido! Pareces un viejo amargado que le corta la inspiración a cualquier -bromea, calmando el ambiente tenso al mismo tiempo que se acomoda en la silla de cuero italiano-. Existen teorías, aunque solo espero los resultados de una exhaustiva investigación sobre la supervivencia de "ella".
Los atisbos de Adriano resplandecen, lo que significa ser una antelación de peligro para mucho, porque despierta a la bestia que se prepara para atacar a su presa.
-Todo está saliendo a la perfección -dice con una sonrisa encantadora, cargada de veneno.
La persona que lo conoce, pensará que es alguien amigable, pero no, sus emociones son de un depredador ansioso por tener entre sus fauces a su presa.
Preparándose para el festín.
-Puedes irte -le ordena, y el Consigliere no lo piensa dos veces, llevándose los documentos que necesitaba.
Este es el momento que ha estado esperando por tanto tiempo, la aparición de esa niña sólo hacia mover los engranes que por tanto tiempo ha estado esperando por cumplir su trabajo.
***
-El señor Di Marco está aquí-avisa Nial a los guardias de seguridad del hotel, donde se llevará a cabo la cita de negocios con la hija mayor de la familia Kiev. Acomodo mi saco de vestir quitándome por fin los lentes oscuros mientras me adentro en el hotel.
Uno de los empleados me guía hasta una de las habitaciones privadas dónde al abrir la puerta se encuentra una dama de veinte y cuatro años de cabello pelirrojo atado en un moño elegante, un vestido rosa pálido acentúa sus caderas y sus grandes pechos.
-Señor Di Marco -saluda extendiendo su mano hacia la mía quien sin dudarlo la acepto depositando un beso en sus nudillos, su perfume floral invade mis fosas nasales de manera desagradable
-Señorita Nathalie, un placer conocerla -esgrimo con una sonrisa galante deslizando por mis labios, las pupilas de sus ojos se dilatan.
-El agrado es enteramente mío, señor Di Marco -acepta.
-Permítame -solicito acomodando su silla.
-Muchas gracias- acomoda discretamente su cabello, inclinando su pecho apenas lo suficiente hacia adelante. No puedo negar que la vista es de lo más agradable -Entiendo que nuestras familias han acordado una reunión cordial para que nos conozcamos mejor y así podamos unir alianzas de ser requerido.
-¿Pero?- la animo a seguir, ella desliza sus manos debajo de su mentón con aquel brillo que tan bien conozco.
-¿Qué prefiere el plato fuerte o el postre? -inquiere, me inclino hacia el frente dando un ambiente de intimidad
-Por supuesto que el postre es mi favorito -pronuncio imponiendo en mis palabras el deseo que busco.
-No perdamos más el tiempo, entonces -estoy de acuerdo con ella, la ayudo a levantarse y juntos salimos del lugar para dirigirnos hacia una de las habitaciones.
Apenas cruzamos la puerta, sus labios ya están sobre los míos, sus manos se deslizan por mis hombros quitándome el saco, mientras que las mías vagan hasta su espalda, encontrando el cierre del vestido, bajándolo lentamente mientras seguimos devorando nuestras bocas, la lujuria siendo el único sentimiento que guía nuestros cuerpos hasta la cama.
Nathalie se despertó cuando me bajaba de la cama. Ella me observa sensualmente, como si deseara algo más. Me levanté para buscar la ropa esparcida por la habitación.
Ella se sienta en el borde la cama. Era obvio que solo había sido un simple capricho, del cual no me arrepentía. Pero no tenía sentimientos encontrados hacia Nathalie, parece demasiado caótica como para querer perder el tiempo en lidiar con ella y sus sentimientos tediosos. Le había dejado claro que solo por placer, dejando a un lado toda clase de emociones.
-Espero que se vuelva a repetir -murmura, pero él no le presta importancia-. ¿Cuándo volveremos a repetirlo?
Él ríe mentalmente. En tus sueños, querida. He estado con mujeres mucho mejores que tú.
-No lo sé -me limitó, encogiendome de hombros-. Pero debo irme, tengo asuntos pendientes que resolver.
-Te entiendo. -Hace pucheros-. Espero que lo hayas disfrutado.
-Lo disfruté como no te imaginas -mentí, fingiendo una sonrisa-. Nos vemos pronto, cariño.
Me aliste lo más rápido que pude, salí del dormitorio, cerrando la puerta con un ligero portazo.
Mientras caminaba hacia el elevador encendí un cigarrillo inhalado hondo dejando que el efecto de la nicotina surta sus efectos dentro de mi sistema, logrando así relajarme.
***
Criatura perfecta.
Arma letal diseñada para odiar y arrasar contra todo aquello que te impida avanzar
Pero dime algo
¿De dónde aprendiste amar si te enseñaron que eras un ser de oscuridad?
¿De dónde salió la luz si apagaron todas las velas?
Dime.
-Que magnífica coincidencia encontrarnos al fin, Ksenia -esgrimo con una sonrisa de suficiencia observando con deleite como lucha unos segundos contra las cuerdas que la sujetan contra la silla, el miedo palpable.
"Exquisito"
Saliendo del hotel mi celular suena dentro del bolsillo de mi pantalón, lo saco antes del tercer tono, el nombre familiar aparece en la pantalla. Lo cual me esperaba, se había tarado.
-¿Cómo te fue con la hija de los Kiev?
Es la primera pregunta que dice mi madre del otro lado de la línea, mientras el auto se estaciona frente a mí, el ballet abre la puerta, una vez dentro él la cierra y el carro arranca adentrándose entre las calles.
-Bien.
Es lo único que digo, podría decirle más cosas como el magnífico intercambio que decidimos tener.
-Eso es perfecto ¿Conversaron acerca del matrimonio?
¿Hablar? No tuvimos tiempo para eso.
-En efecto, llegamos al acuerdo.
Aunque ella quedó más que satisfecha por el resultado.
-Bien. Colgaré, tengo otras cosas que hacer.
Dando por terminada la llamada.
Guarde el celular en mi bolsillo.
No había ninguna razón para volver a encontrarnos de nuevo, no necesita casarme con una niña hija de papis, no quería nada más allá de su cuerpo en mi cama.
Pero había algo molestando desde hace un rato.
La idea de que podía errar en su papel, lo aterraba. Su familia le había inculcado un cariz de perfección en todo lo que ejecutaba y la mínima idea de errar le parecía una traición. Se sentía como si su vida dependiera de lo que decidiera hacer en los próximos días, y esa presión era insoportable.
Descanso la cabeza y empezó a planear cada paso en su mente, cada acción, todo tiene que ser perfecto, sin errores.
Pero primero debía resolver ese problema que lo ha estado molestando durante un rato.
-Donatello -llamo a mi chófer quién me mira a través del espejo retrovisor esperando la orden -Detente aquí y vete a tu casa -digo, el hombre asiente haciendo lo que le digo, pero antes de bajar pregunta.
-¿Estará bien señor?
-Sí, tu esposa debe encontrarse preocupada-y dicho eso él sale, yo tomo su lugar, necesito hacer esto solo por mi cuenta.
Doy vuelta al auto conduciendo sobre la velocidad.
Al hallarme en el sitio que no es más que unas bodegas cerca del puerto, camino entre cargamentos, y más chatarra, hasta llegar al contenedor que busco, la puerta de metal se encuentra semiabierta donde voces en mi lengua paterna hablan seguida de risas que cesan cuando me ven de pie con los lentes de sol negros puestos.
-Vaya, La Parca nos honra con su visita esta noche -susurra entre risas desdeñoso, soltando una tos con sangre, me mira con odio aun desde su posición en el suelo, sendas de moretones le surcan el rostro y por la cantidad de sangre que yace debajo de él necesita atención médica.
Me adentro pisando sangre y barro, camino con aire amenazador hacia quien desde hace tres meses se ha vuelto un dolor de cabeza.
- Máximo -canturreo dando una seña para que levanten al nombrado del suelo, huesos crujen, emite un quejido de dolor y su cara se deforma por el mismo.
No puedo evitar regocijarme de este, tomo su cabello en un puño alzando aún más su cabeza.
-¿Cuándo vas a aprender a no meterte en mi camino? -le pregunto, deslizando ahora sí, la pistola por su frente. Un sudor frío lo empapa. - Podrías estar en tu casa con tu familia disfrutando estas fechas. Pero no -lo lanzo hacia el lado contrario, todos se aleja-. Decidiste fastidiarme -camino hasta él levantándolo con una sola mano, sus falanges se aferran a mi muñeca-¿Sabes qué les pasa a los que me joden Máximo? -busco que me mire a los ojos y al hacerlo encuentro lo que quiero. Su miedo late fuerte como su corazón cuando mis dedos rodean su garganta y oprimen.
-Eres un cobarde Parca, un miserable...
Lo que sea que iba a decir se cortó cuando lo volví a lanzar contra la pared contraria, haciendo que se escuche un sonido metálico ante el impacto. El hombre se levanta apenas.
Suelto una carcajada que hiela la sangre a los demás, que los hace querer salir corriendo de aquí a esconderse. Los iris de Máximo se encuentran con los míos y es entonces que la valentía huye de él y lo hace preso de la desesperación cuando me vuelvo a posicionar frente a él presionando lo contra la pared.
-Abre el hocico- exijo, pero no lo hace, golpeó su estómago y entonces meto el cañón en su boca. Mientras sonrió, apreciando cada momento, bebiendo como un alcohólico las emociones que me muestra.
Lo sabe.
Disparo.
Su sangre me mancha la cara y la pared de metal, su cuerpo cae en un ruido sordo.
Llevo una mano hacia mi cabello acomodándolo.
Que poco me duro la diversión
-Limpien esto -ordeno antes de salir, apreciando el temblor de todos ellos.
Volví a subirme al lamborghini, limpiando mejor las manchas con unos pañuelos, una vez listo guardo todo en una pequeña bolsa negra que introduzco en la guantera, empezando a emprender el trayecto hacia mi departamento.
Pero, la vida, siempre tan juiciosa, se propuso arruinar mis perfectos planes al colocar en mi camino a una chica.
El semáforo estaba en verde, es cuando ocurre, apenas capto lo que está sucediendo frente a mis ojos, una chica de cabello negro cruza la calle corriendo sin mirar direcciones, varios autos se detienen antes de atropellarla. Pero yo fui quien casi por poco no logro evitar el caos inminente.
La chica choca con el capo del coche y cae apenas unos metros lejos, actuó más por instinto, me bajo del auto sacando el celular del bolsillo empezando a marcar a una ambulancia en lo que me arrodilló junto a la joven cerciorándome de que está despierta, no hay sangre.
Bien, puede haber una pequeña contusión cerebral.
-¿Qué? -emite, colocó una mano sobre su pecho evitando que se mueva, sus ojos se conectan con los míos manteniendose allí impasibles pese a la situación
Tiene una herida en la mejilla, pero la peor parte se la llevó su mano izquierda que se empieza a hinchar cada vez más, existe una posibilidad de ruptura. La pierna derecha también muestra varios hematomas que con el pasar de los minutos se van haciendo más grandes.
-No te muevas -ordeno, me concentro en lo que la operadora me pide, una vez término la llamada me quedo allí esperando con su mano rodeando la mía en un apretón fuerte.
Las posibilidades de un daño cerebral van disminuyendo.
Necesito mantenerla despierta hasta que llegue la ambulancia.
-¿Estaré bien?- me pregunta y por primera vez la duda y el desconcierto de alguien no nutre mi alma putrefacta. Asiento. Cuando la ambulancia aparece frente a nosotros.
-Lo estarás. Te lo prometo.
Sí, como si fuera alguna deidad, pero sabía que ella iba a estar bien. En el fondo quería creer que era así.
Los paramédicos bajan a toda prisa justo a la camilla, me intento quitar del medio, pero ella no suelta mi mano, le colocan un collarín y al no poder hacer nada más me veo dentro de la ambulancia rumbo al hospital.
Respondo a todas las preguntas que me hacen, mientas tecleo con una mano a mi Consigliere para que recoja mi auto y dé paso me a mí. Pese a que ella está dormida por la anestesia que le dieron no suelta el agarre, incluso podría decir que este se ha intensificado notablemente.
-Tienes que soltarme -le susurró bajito cuando llegamos al hospital y necesitan hacerle una radiografía metiendo mis dedos entre los suyos buscando que me suelte, aún dormida frunce el ceño. Pero empieza a ceder abriendo los dedos.
Una vez libre se la llevan corriendo, pues hay posibilidades de que exista una hemorragia interna cerebral.
Tal como suponía, Ann tiene el brazo roto al igual que la muñeca, varios moretones y cortes a lo largo del brazo izquierdo y piernas, una posible hemorragia interna también. Su diagnóstico es preocupante, no obstante ella sobrevivirá.
O eso es lo que me dice el médico.
Y por primera vez en toda mi vida me quedo de pie en mitad del hospital sin saber qué hacer o a dónde ir con la sensación de sus falanges aferrados a los míos aún latente en mi piel.
Siento como mi perfecto castillo se ve agrietado por la desviación ocurrida que lleva por nombre Annika, empero lejos de sentirme molesto por ello, no hayo dentro de mí tal sentimiento, tan solo la preocupación por Ann.
¿Cuándo la empecé a llamar Ann?
Necesito volver a mi rutina inalterable.
Salgo fuera del hospital mientras observó como un grupo considerable de personas bajan de un auto a toda velocidad. Pero mi atención se desvía hacia Nial, quien me mira con una sonrisa divertida, apoyado en la puerta del auto.
-¿Quién fue la pobre alma qué choco con tu bebé? -inquiere, suelta una carcajada cuando lo miro con odio.
-Eso no es de tu incumbencia- lo mando a volar quitándole las llaves del coche de un tirón.
-Vamos, cuéntame de las "Flipantes aventuras de la Parca" -se burla entrando al auto del lado del copiloto.
Si, mi Consigliere carece de instinto de supervivencia o conservación de algún miembro, lo cierto es que él no necesita tener cuidado con su boca. Con esa cara angelical es capaz de acabar con veinte hombres reunidos en una habitación y nadie se daría cuenta.
Si ese es Nial Giorgio, el Consigliere de La Parca y una amenaza para la sociedad.
Lo miro de manera amenazadora, aunque esto no surtirá ningún efecto en ese descarado.
-Deberías de dejar de ver esos programas españoles- argumento empezando de nuevo el trayecto por las calles y esta vez cerciorándome de que nadie se atraviese en mi camino o no me va a importar mandarlo a volar sus merecidos dos metros.
Nial a mi lado vuelve a reír, es un caso perdido, siempre lo he dicho, pero es mío a fin y al cabo.
-El evento de año nuevo -empieza informando, colocando algo de música clásica -Se llevará a cabo en la mansión de Alessia.
Le doy una fugaz mirada, no es todo, aprieto el volante entre mis dedos.
-Han encontrado a su heredera-finaliza analizando cada gesto. Una sonrisa de labios cerrados se expande apenas visible con un vistazo rápido, sé cómo se ven mis ojos.
-No podría ser más perfecto
-Estoy de acuerdo
Y juntos nos reímos con malicia del pobre destino de la próxima heredera de Alessia.
No obstante, al llegar a mi departamento creí que aquel sentimiento de plenitud al encontrar todo en orden volvería a mí, pero no fue así.
Sus ojos marrones que no me veían con miedo sino con aquella clase de mirada que jamás había sido dirijida a mi seguís rondando mis recuerdos y por mucho que buscará la manera de desviar o suprimir dicha memoria me veía por primera vez incapaz de hacerlo.
Quería conservar el recuerdo de sus ojos tan fresco como me sea posible.
Porque sabía que Ann y yo jamás nos volveremos a encontrar.
Nuestros caminos se encuentran separados uno del otro, así es como debe ser.
Ese pensamiento no duro lo suficiente, pues allí en el evento de año nuevo en el palco junto a Alessia se encontraba la causa de mi caos.
Ahora lo entendía.
"En este mundo existen dos tipos de personas, los títeres y los titiriteros"
Solo me tocaba sentarme y ver a qué grupo pertenecía.
La heredera de la mafia.