El blanco era un color horrible. Isobel miró su reflejo en el espejo de la cómoda y pensó que probablemente no volvería a ponérselo nunca. Para siempre le haría evocar un sentimiento de desesperación.
Comenzó a cepillarse el pelo, su larga melena oscura, casi negra, que le caía por la espalda en ligeras ondas. Sabía que, antes o después, tendría que parar de cepillárselo. Llevaba más de dos horas en el dormitorio, vistiéndose, pero en realidad esquivando lo que inevitablemente estaría sucediendo en el piso de abajo.
Alguien llamó a la puerta y su madre la empujó y entró, sonriendo. Isobel le devolvió la sonrisa. Los músculos de la mandíbula le dolían a causa del esfuerzo, pero no tenía más remedio. Se suponía que las novias debían estar radiantes. ¿Dónde se había visto una novia deprimida?
-Ya casi estoy -dijo Isobel, dándose la vuelta y oyendo el crujir de su vestido a sus pies. Las mangas le quedaban demasiado estrechas y el escote era demasiado bajo, pero no podía culpar a nadie excepto a sí misma. Su contribución a la hora de elegir el vestido había sido casi nula. Había dejado que su madre sacara el diseño de un revista sin siquiera mirarlo. Le habían tomado las medidas, se lo había probado, había dicho que sí a su madre y a la modista, y apenas se había fijado en él. Ahora se daba cuenta de que lo odiaba, pero también de que habría odiado cualquier vestido de novia-. ¿Qué tal estoy? -preguntó, levantándose, y la sonrisa de su madre se hizo más amplia.
-Preciosa, cariño -dijo su madre, con los ojos húmedos.
-Nada de lágrimas... me lo prometiste -se apresuró a decir Isobel con voz firme. <
-Claro, cariño -contestó la señora Chandler-, pero no puedo evitar pensar... bueno, ¿cómo han pasado tan deprisa todos estos años? Hace nada eras una bebé, y ahora vas a casarte.
-Alguna vez tenía que crecer -respondió Isobel, esforzándose para que su voz sonara ligera y despreocupada. No quería que sus padres sospecharan ni por un momento que no encontraba feliz en absoluto. Los quería demasiado. Había sido la ansiada hija de una pareja que había perdido la esperanza de tener niños, y desde el día de su nacimiento se habían volcado en ella. Ambos habían mostrado siempre un desmedido entusiasmo por todo lo que ella hacía, decía o pensaba, e Isobel había correspondido a su cariño con un afecto igualmente profundo.
-¿Y qué tal estoy yo? -preguntó la señora Chandler, dando un pequeño giro, e Isobel sonrió.
-Espectacular. -era verdad. La señora Chandler era tan alta como su hija; tenía el pelo rubio en lugar de oscuro como Isobel, pero ambas poseían los mismos ojos de color azul violeta y las mismas pestañas largas y espesas. Tenía sesenta años, pero su rostro aún era hermoso. El mal de Parkinson que padecía podía haber afectado a sus movimientos, hacer que hablara más lentamente, pero no le había hecho perder presencia-. Papá es un hombre afortunado -dijo Isobel, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta al pensar en su padre.
La señora Chandler se echó a reír.
-Si lo hubieras visto hace una hora -dijo-, no lo habrías descrito como un hombre abrumado por su buena suerte. Estaba enfurruñado intentando meterse en un esmoquin. Insistía en que podía meterse todavía en el que llevó cuando nos casamos, y por supuesto, no puede. Ha tenido que dejarse el último botón desabrochado, pero no creo que nadie lo note, ¿verdad? Todos los ojos estarán fijos en ti, cariño.
La idea la ponía enferma, pero volvió a sonreír e intentó parecer extremadamente dichosa ante semejante perspectiva.
-¿Cómo van los preparativos? -preguntó, cambiando de tema-. Lo siento, debería haber ayudado, pero...
-Pero nada. No puedes andar de un lado para otro con ese vestido, asegurándote de que todo va bien. Sé que estás nerviosa; yo estaba terriblemente nerviosa el día de mi boda. Pero hay suficientes manos abajo asegurándose de que nada falle. La comida tiene un aspecto delicioso y los invitados están empezando a llegar. Tu padre los está recibiendo, con la tía Emma y tus primos. Gastando sus chistes habituales. Ya sabes -concluyó, con los ojos llenos de afecto.
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-¿No ha llegado Jeremy aún? -preguntó Isobel, sintiendo que la pregunta casi la ahogaba, pero continuó sonriendo y aparentando felicidad.
-Llegará dentro de poco -contestó la señora Chandler, comenzando a moverse lentamente hacia la puerta-. Cariño, tengo que ir a ayudar a tu padre. Él vendrá a buscarte dentro de poco, cuando todo vaya a empezar. Estoy tan feliz por ti -añadió, deteniéndose junto a la puerta-. Ya sé que los dos dijimos que estábamos un poco desilusionados de que no terminaras tus estudios en la universidad, pero estoy segura, viéndote ahora, de que es lo mejor, y de que sabías lo que estabas haciendo.
Salió e Isobel se sentó sobre la cama. Ahora que no había nadie en la habitación, era libre para dejar de sonreír. Deseaba que su madre no hubiera sacada el tema de la universidad. Ya había tenido que padecer muchos sufrimientos por ese matrimonio, y el asunto de sus estudios era uno de ellos. Se puso unos zapatos de tacón forrados de raso. Le resultaban incómodos. Era una chica alta y estaba acostumbrada a ir con calzado plano, pero ese vestido exigía zapatos de tacón.
Se dirigió a la ventana y contempló el enorme jardín que rodeaba la parte posterior de la casa y que sus padres habían cultivado diligentemente desde que se mudaron allí. Dentro de pocos años necesitarían un jardinero para que los ayudara, o convertir parte del terreno en un padre, pero estaba claro que no lo pospondrían lo más posible. A su madre le habían dicho al comienzo de su enfermedad que su estado empeoraría, pero Isobel sabía que continuaría atendiendo su jardín, con cariño si no tan minuciosamente.
Desde allí no podía ver cómo llegaban los invitados. Éstos estarían entrando por la puerta principal. Parientes, a algunos de los cuales no había visto durante mucho tiempo; sus amigos de la universidad, que probablemente se quedarían boquiabiertos y se sentirían intimidados por las dimensiones de la casa de sus padres, porque ella nunca les había dicho lo rica que era su familia; y por supuesto sus amigos del colegio, los suyos y los de Jeremy, amigos comunes a los que conocían de toda la vida... igual que ellos dos se conocían de toda la vida.
Observó el jardín e intentó imaginarse sus reacciones ante ese matrimonio. Suponía que la mayoría lo vería como una especie de conclusión natural, algo esperado, pero algunos, sus amigos más cercanos, ya ya habían expresado su horror ante la unión. Le habían dicho, con diferentes grados de tacto, lo sorprendidos que estaban de que lo dejara todo, abandonando sus estudios de medicina para casarse y establecerse. Naturalmente, ello no había dicho nada. ¿Qué podría haber dicho?
Sus padres se habían sentido desilusionados también, aunque se habían esforzado por no condenar su elección. El hecho era que ellos le habían inculcado desde la niñez la importancia de la educación, y se habían quedado atónitos cuando ella había llegado seis meses antes, se había sentado y les había anunciado con voz inexpresiva su decisión de casarse con Jeremy Baker.
Su inmediata preocupación había sido si estaba embarazada, lo cual, como Isobel había pensado en aquel momento, había sido la única cosa divertida en esa desagradable historia.
-Es sólo que todo es tan repentino, cariño -le había dicho su madre, frunciendo el ceño e intentando encontrarle sentido-. Ni siquiera pensaba que Jeremy y tú estuvieseis tan unidos. Yo pensaba...
Isobel sabía lo que pensaba, y se había apresurado a interrumpirla, diciendo alguna tontería sobre que había descubierto por fin dónde estaba su corazón.
-Pero, ¿no puede esperar? -le había preguntado su padre con expresión preocupada, y ella no había sido capaz de afrontar su mirada.
-Creemos que esto es lo mejor para nosotros -había dicho entre dientes, y más tarde, cuando ellos le preguntaron delicadamente sobre sus estudios de medicina, había murmurado algo de que la sangre y vísceras no habían resultado ser su camino después de todo.
Al final, sus padres lo había dejado, y su madre se había embarcado en los preparativos de la boda con entusiasmo. Su padre era un hombre influyente en la comunidad, y se tiró de todos los hilos necesarios para que todo estuviera listo con la misma perfección que si se tratara de un acontecimiento previsto desde mucho tiempo atrás. Nada era demasiado bueno ni demasiado grande para su hija, Isobel lo había observado todo desde fuera, conteniendo la tristeza que amenazaba con dominarla a cada paso.
Oyó que llamaban de nuevo a la puerta y se puso rígida de alarma. No podía ser su padre. Todavía no. Miró el reloj, que le mostró que todavía le quedaban por lo menos cuarenta y cinco minutos de libertad.
-¿Sí? Adelante -dijo.
Probablemente fuera su madre, con algún detalle que hubiera que resolver, o si no Abigail, la más carente de tacto pero la más íntima de sus amigos del colegio, que no dudaría en lanzarle otro discurso sobre la estupidez que suponía su boda.
-Estupendo -había dicho cuando Isobel le había hablado de Jeremy-. ¡Arruina tu vida! ¡Destruye todas tus esperanzas de convertirte en médico! Y ya que estás en ello, ¿por qué no te arrojas debajo del autobús más próximo también? -exclamó con ademanes teatrales, consecuencia de sus estudios de arte dramático-. ¡No volveré a mencionar el tema!
Pero había continuado hablando de ellos siempre que se había visto, e Isobel supuso que estaba a punto de comenzar otra vez. No era Abigail. No era su madre. Era la última persona en el mundo a la que quería ver, pero le dirigió una mirada desafiante a través de la habitación.
-Vaya -dijo él, entrando en el dormitorio y cerrando la puerta tras sí-, así que la novia está lista.
Su tono era sarcástico, su expresión dura y despectiva.
-¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó Isobel. Le latía el corazón aceleradamente, haciéndola sentirse mareada. Él siempre había producido ese efecto sobre ella, como si su simple presencia bastara para revolucionarla por completo.
-¿No esperabas que viniera? -preguntó Lorenzo, sonriendo si pizca de diversión-. Cómo es posible, Isobel, si soy el padrino.
-Sí -respondió ella, humedeciéndose los labios con la lengua-. Pero deberías estar abajo, como todo el mundo
Lo que realmente quería decir era que él debería estar en cualquier parte, pero no allí, no en su habitación. No podía soportar el juego cruel que había estado manteniendo desde que había descubierto lo de Jeremy, aunque pudiera comprenderlo.
-Nunca creí que lo harías -dijo él, avanzando hacia ella-. Cuando me dijiste hace cinco meses lo que estabas planeando, pensé que era una broma, una broma estúpida.
-No era un broma, Lorenzo.
Él la agarró por los brazos y ella hizo una mueca de dolor.
-¿Por qué? ¿Por qué, maldita sea?
-Te dije que...
-¡No me dijiste nada! -la soltó y se dirigió hacia la cómoda, apoyándose en ella con los puños cerrados. Isobel lo siguió, observó su espalda, la cabeza inclinada, y luchó para no rodearlo con sus brazos. Al poco tiempo, él se dio la vuelta y la miró, con expresión sombría y salvaje-. ¿Por qué estás haciendo esto, Isobel? No estás enamorada de Jeremy Baker.
Hubo un tono de desprecio en su voz, e Isobel se apresuró a contestar para esquivar el tema del amor.
-¿Cómo puedes hablar de él en ese tono? ¡Creía que era tu amigo!
-Los dos lo conocemos -replicó Lorenzo-. Es inestable, imprudente. Tú misma me lo dijiste. ¿No es esa una de las razones por las que dejaste de verlo, incluso como amigo, después de que empezó a trabajar para tu padre? Te daba miedo. Estabas contenta de estar en la universidad.
-Tú también me das miedo -dijo ella-, cuando te pones así.
Se miraron mutuamente. Él estaba furioso, y su furia, ella lo sabía, venía dada por su frustrante desconcierto ante la situación. Ella lo miró, observando su fuerte cuerpo, las atractivas facciones que habían hecho que las cabezas de todas las chicas se volvieran a su paso cuando llegó al colegio años atrás. Tenía sólo dieciséis años entonces, pero en su cara estaba ya la promesa del impresionante hombre en el que se convertiría.
-Estoy intentando ser razonable, Isobel -dijo él en un tono de voz que no sonaba razonable en absoluto-. Estoy intentando descubrir si aquí hay algo que ignoro o si hace falta que te internen en el manicomio más cercano con una camisa de fuerza.
La observó entornando esos ojos claros que eran especialmente impresionantes dado el tono oscuro de su pelo y de su piel. Era Italiano, hijo de unos emigrantes que se había establecido en Inglaterra, escogiendo el sitio cuidadosamente para que su brillante hijo único pudiera acudir a uno de los mejores colegios privados del país. Había conseguido fácilmente una beca y había destacado entre los estudiantes, bastante brillantes en general pero en su mayoría de familia rica, como un leopardo en medio de un rebaño de ovejas.
Era diferente de todos ellos, y nunca había parecido importarle en absoluto. No tenía por qué. Su cerebro le bastaba para garantizarle el respeto de todos. A los dieciséis, poseía un formidable intelecto que, según se murmuraba, superaba a algunos de los profesores. Su mente era brillante y creativa, y sus posibilidades de tener éxito era formidables. Nada de eso había cambiado.
-Sé lo que estoy haciendo, Lorenzo -susurró Isobel, clavando los ojos en sus propias manos, que tenía apretadas delante de ella.
-¡Sabes de sobre que no! -rugió él, y ella lanzó una mirada nerviosa primero hacia él y luego en dirección a la puerta.
-¡Vas a conseguir que suban a ver que está pasando!
-¡Y les diré exactamente lo mismo que te estoy diciendo ahora! ¡Qué te has vuelto loca!
-¡Tú no comprendes! -replicó Isobel, y Lorenzo avanzó hacia ella.
-¿Qué es lo que no comprendo? -preguntó, deteniéndose frente a ella y mirándola fijamente.
Por un segundo, ella no tuvo ni idea de qué decir. Desde el comienzo había habido una ligera sospecha bajo la ira que Lorenzo sentía ante su decisión, e Isobel se dio cuenta de que sus palabras, pronunciadas espontáneamente, habían avivado esa sospecha. No podía permitir que eso pasara. Él era demasiado inteligente como para dejar que atisbara algo de la verdad que había detrás de esa oscura farsa.
-Le tengo afecto a Jeremy -dijo, sin afrontar su mirada, y él le hizo levantar la barbilla en un gesto rudo.
-No te lo crees ni tú -dijo él, y su mano se movió de su barbillas para hundirse en su pelo, de forma que ella se vio obligada a mirarlo-. Sólo hay una persona por la que sientes algo. ¿Quieres que te lo demuestre?
Su boca se curvó en una sonrisa, pero no había nada amable en ella.
-¡Lorenzo, no!
-¿Por qué? ¿Tienes miedo?
-¡No, claro que no tengo miedo! -replicó ella intentando reír, pero sólo consiguió producir un sonido ahogado-. Voy a casarme con él -dijo, apoyando las palmas sobre el pecho de él y sintiendo su energía masculina que se traspasaba a ella como una corriente eléctrica-. Puede que no te guste la idea, pero es así y no tiene sentido intentar nada al respecto.
-Fuiste mi amante -dijo él en voz baja y ronca-. ¿Estabas con él a mis espaldas? ¿Es eso?
-¡No!
-Apenas lo viste cuando estabas en la universidad. Casi no viniste a casa, y los fines de semanas estaba conmigo. Es difícil que viniera a verte durante la semana. Su trabajo no se lo permitía.
-Me escribía -admitió ella. Era una pequeña concesión y era verdad. Jeremy había escrito.
-¿Arreglasteis la boda por correspondencia? -se burló Lorenzo, y la agarró con más fuerza por el pelo-. No me hagas reír. Salias con él cuando tenías dieciséis años, pero, ¿fijasteis la fecha de la boda en virtud de unas pocas cartas?
-Eso no tiene importancia -susurró ella, y la furia de él se acrecentó.
-Has sido mía desde que tenías dieciséis años -dijo con rabia-. Ahora tienes viente y hemos sido amantes durante un año. Jeremy nunca ha contado en esta historia. Siempre me has pertenecido.
Sus palabras invadieron la mente de ella y conjuraron imágenes de Lorenzo rodeándola con sus fuertes brazos, explorando su cuerpo con sus labios. Había sido su primer y único amante.
-Me pertenezco a mí misma -murmuró ella, intentando soltarse.
-Dime que estás enamorado de él -le murmuró él al oído salvajemente-. Quiero oírtelo decir -estaba tan cerca de ella que Isobel podía sentir los latidos de su corazón, oler la ruda dulzura de su piel. Desde que había sabido que iba a casarse con Jeremy, había evitado a Lorenzo Cicolla, porque su proximidad era lo que más temía y, al tenerlo a su lado, comprendió que había tenido razón-. No puedes, ¿verdad? -se burló él-. Entonces, ¿por qué? ¿Te ha amenazado? ¡Respóndeme!
-Claro que no -se oyó ella responder rápidamente, demasiado rápidamente-. Lo conozco desde que éramos niños. Jugábamos juntos. Teníamos el mismo círculo de amigos.
-Yo jugaba a las canicas con una niña que se llamaba Francesca cuando tenía diez años, y eso no significa automáticamente que estuviéramos destinados el uno al otro. En cualquier caso, estás hablando en pasado. El pasado es historia.
-¡La historia nos condiciona!
-Olvidas que yo también lo conozco bien. Lo bastante bien como para saber que puede ser peligroso. Siempre ha corrido riesgos, riesgos estúpidos, y la única razón por la que siempre se sale impune es porque sus padres tienen suficiente dinero para sacarlo de cualquier situación.
-¡Tiene un trabajo!
-Eso no significa nada.
-¿Por qué eres su padrino si lo odias tanto? -le preguntó ella con amargura-. ¿Por qué? ¿Por qué has tenido que venir?
-¿No lo sabes? Él lo ofreció como desafío, Isobel, y yo nunca rechazo un desafío.
-Eres tan malo como él.
-Soy más inteligente que él -respondió Lorenzo con voz baja y controlada-. Cualquier riesgo que afronto nace de un frío cálculo. Jeremy me vio como una una amenaza en el mismo instante en que puse un pie en el colegio, y cuando descubrió que no podía obligarme a obedecer sus órdenes, hizo lo único que podía hacer. Decidió ser amistoso conmigo, y francamente, a mí no me preocupó ni lo uno ni lo otro. ¿No sabes que por debajo de esa amistad ha habido siempre una corriente de envidia y resentimiento?
-Lo sé -murmuró Isobel-. Pero a él le gustabas.
-Me respetaba -dijo Lorenzo sin el menor rastro de vanidad-. Cuando me pidió que fuera su padrino, ambos sabíamos la razón. La razón eras tú -ella se dio la vuelta, sin querer oír nada más. Sus palabras la estaban destrozando-. Tú eras el premio -se burló él-. Siempre has sido el premio. En esta comunidad pequeña y cerrada, eras la luz que eclipsaba a todas las demás. Deslumbrabas a todo el mundo. Eras el mayor trofeo.
-¿A dónde quieres ir a parar, Lorenzo? -preguntó ella, haciendo todo lo posible para que su voz no reflejara la tristeza que sentía.
-Te estás lanzando de cabeza al desastre -respondió él-. Todavía estás a tiempo para rectificar.
Isobel sabía que eso era lo más cerca que el había estado nunca de suplicar, y sintió la irresistible tentación de hacer lo que le pedía. Todo lo que había dicho sobre Jeremy era verdad. Jeremy había estado obsesionado con ella. La había escogido, y nunca se le había ocurrido realmente que su privilegiada posición, que le había servido para comprar todo, no serviría igualmente para comprarla a ella.
Se le había declarado cuando ella tenía dieciséis años y estaba aún en el colegio, mientras que él, cuatro años mayor, estaba ya en la universidad. Ella se había reído. Ahora, ya no era una broma.
-Voy a casarme con Jeremy en menos de media hora -dijo Isobel en un susurro, mirando su reloj-, y no hay nada más que hablar.
Él apretó los labios y su expresión cambió sutilmente de la ira al desprecio. Ella no sabía cuál de las dos cosas odiaba más.
-Nunca te he tenido por una cobarde o una loca, Isobel Chandler, pero estoy cambiando rápidamente de opinión.
-La gente es más compleja de lo que crees -dijo ella en voz baja.
-¿Qué estás intentando decirme?
Lorenzo tenía los ojos brillantes; el sol, que entraba por detrás de él a través del gran ventanal que se abría sobre la bahía, le daba un aire amenazador y peligroso que la asustaba y la excitaba. Se dio cuenta de que él siempre la había asustado y excitado.
Cuando entró en el colegio, ella se había quedado con la boca abierta. Ella y todas las chicas de la clase. Estaban en esa vacilante frontera que separa la infancia del mundo adulto, y empezaban a darse cuenta con emoción de que los chicos no eran tan carentes de interés como ellas habían pensado.
Lorenzo Cicolla, con su piel bronceada y su pelo negro, cuatro años mayor pero mucho más maduro que los otros chicos de su edad, había cautivado su imaginación. El hecho de que él no la mirara, como a ninguna de sus compañeras, ni siquiera con un mínimo de curiosidad, sólo había hecho que su atractivo aumentara.
De hecho, sólo cuando ella tenía dieciséis años, e irónicamente a través de Jeremy, había entablado una tímida amistad y él la había admitido, con diversión ante la reacción de ella, que siempre había notado. Él era muy joven, pero ya se adivinaban en él la fuerza y la personalidad que se acrecentarían con el paso de los años.
-No estoy intentando decir nada.
-¿No? ¿Por qué tengo la impresión de que estás hablando en clave?
-No tengo ni idea -respondió ella encogiéndose de hombros, pero le temblaban las manos, y rápidamente se las llevó a la espalda y las apretó la una con la otra.
-¿Qué decían esas cartas?
-Pues muchas cosas -murmuró ella, incómoda-. ¿A qué viene esto ahora?
-Sé más concreta.
-No puedo. No me acuerdo.
-Ya -respondió él, lanzándole una mirada fría y cruel-. No te acuerdas de lo que decían esas cartas pero decidiste casarte con él.
-¡No! ?No lo comprendes! Estás poniendo en mi boca cosas que no he dicho -dijo ella, confusa.
-¿Y me culpas por ello, maldita sea?
Lorenzo la agarró, y había tal ferocidad en sus ojos que ella tuvo miedo de que hiciera algo terrible. Abrió la boca para protestar, pero los labios de él se unieron a los suyos en un beso lleno de rabia. Isobel se revolvió y lo empujó, y finalmente, él se apartó, observándola.
-¿Qué ocurre, Isobel? -preguntó él-. ¿No puedes soportar darle una despedida afectuosa a tu amante?
-¡Ya basta! -gritó ella. Estaba próxima a las lágrimas. Cuando le había hablado por primera vez de Jeremy, él se había puesto furioso, pero había mantenido el orgullo.
Demasiado orgullo para hacer preguntas. Se había marchado hecho una furia del apartamento de ella y no había vuelto. El tiempo obviamente había avivado su furia. Era un extraño cumplido para ella, pero Isobel preferiría haberlo evitado.
-¿Por qué? -repitió él.
-¡Sabes muy bien por qué! Pertenezco a Jeremy ahora. Y no hay nada que hacer.
Él se dio la vuelta bruscamente, pero no antes de que ella captara el odio que su comentario había despertado en él. Había formulado su acalorada réplica con demasiado tacto, pero justo en ese momento, con sus pasiones amenazando con desbordarse, se había visto obligada a decir algo que desviara la atención de él del poderoso efecto que aún ejercía sobre ella.
Isobel se movió hacia él, pero en ese momento alguien llamó a la puerta. Era su padre. Éste entró en la habitación y les dirigió una mirada confusa, en respuesta a la cual Lorenzo dijo en voz normal, como si no hubiera ocurrido nada entre ellos.
-Estoy deseándole buena suerte a la novia. No creo que pueda verla mucho cuando comience la ceremonia y nos conocemos desde hace tanto que... -se interrumpió para dirigir a Isobel una sonrisa, aunque sus ojos eran tan duros como diamantes-, bueno, que pensé que una última despedida en privado estaría bien -el padre de Isobel entró en la habitación, ajeno a la tensión existente, y asintió con gesto compresivo.
-Claro, muchacho -dijo con calidez. Siempre le había gustado Lorenzo-. Qué tipo tan afortunado el que se lleva a esta preciosa hija mía -Lorenzo la miró con helada cortesía.
-No sé si la suerte tiene mucho que ver con ello. El amor, quizá, ¿no crees, Isobel?
-Sí, claro -respondió ella, tomando la mano de su padre. No pudo mirar a Lorenzo. Eso habría sido superior a sus fuerzas en ese momento.
-Bueno, hija mía, la suerte o el amor no cambian el hecho de que ha llegado el momento. Espero que no estés muy nerviosa. Necesito tu apoyo, o podría desmayarme a causa de los nervios antes de llegar al altar -dijo el padre de Isobel, y luego se volvió hacia Lorenzo con una sonrisa-. Espera a tener mi edad y a que tu hija se case. Pronto descubrirás lo que son los nervios. Me he dirigido muchas veces a auditorios numerosos pero nunca me había sentido tan tenso -explicó, llevándose la mano al estómago-. Viola dice que me duele por empeñarme en meterme en este traje. ¡Mujeres! No saber nada -concluyó, con el mismo tono de tierno afecto que había empleado su mujer al hablar de él.
-Intente decirles eso -respondió Lorenzo-. Mi madre siempre ha mantenido que es ella la que dirige todo... cosa que, por supuesto, es verdad.
Ambos se echaron a reír ante eso e Isobel se obligó a esbozar algo parecido a una sonrisa.
-Bueno, cariño, ¿vamos abajo a hacer tu gran entrada? -preguntó su padre, y luego miró a Lorenzo-. Jeremy ha estado buscándote. Le he dicho que no sabía si habías llegado o no. No sabía que estabas aquí arriba, presentando tus últimos respetos.
Se dirigió hasta la puerta mientras hablaba, así que no vio las reacciones de Lorenzo e Isobel ante el nombre de Jeremy. Isobel le apretó la mano y los dos se apartaron para que Lorenzo pasara primero, cosa que éste hizo, y comenzó a bajar los escalones de dos en dos. Ella oyó sus pasos que se alejaban por el recibidor de mármol y tuvo la sensación de que había envejecido cincuenta años en la última media hora.
La ceremonia de la boda y la recepción iban a tener lugar bajo el enorme toldo blanco y amarillo que había sido conectado a la puerta de atrás. Ni siquiera tendría la impersonal e imponente vista del interior de una iglesia. No, debajo del toldo todos estarían muy cerca, demasiado cerca. Su madre había pensado que era una idea estupenda, y ella la había aceptado con apatía. Ahora deseaba no haberlo hecho.