El dolor silencioso es el más funesto.
Jean-Baptiste Racine
- No me pegues más, te lo suplico.
- Cállate perra - le gritó el hombre, mientras agarraba por los cabellos a su mujer -eres una basura, no sirves para nada... Que sea la última vez que me preguntas con quién estoy.
A la mujer le dolía el estómago, le dolía el pecho, estaba aterrorizada. El hombre la levantó y volvió a abofetearla con tanta fuerza que ella cayó al piso y la sangre corrió por su boca; su marido no cesó en su ataque y le dio una patada en el estómago.
Theresa gritó instintivamente, se cubrió su vientre con los brazos.
- Detente... No le hagas daño a mi hijo.
El barón de Lexinton estaba enceguecido por la ira y no hizo caso a las palabras de la atormentada mujer y volvió a golpearla sin piedad a tal punto que ella perdió el conocimiento.
En el momento en el que Theresa volvió en sí, se encontraba acostada en su cama, le dolía todo el cuerpo, pero el dolor se incrementaba en el vientre, intentó abrir los ojos mas no pudo, estaban muy hinchados, sintió como unas manos la estaba tocando, esa persona le dijo algo y ella reconoció su voz al instante, era el doctor Cooper quien siempre la atendía cuando su marido abusaba físicamente de ella.
- ¿Milady cómo se siente? - Preguntó con voz tensa.
- Tengo mucho dolor en mi vientre... ¿Mi hijo está bien?
El doctor guardó silencio por algunos segundos.
- ¿Por qué se queda callado? Dígame que a mi bebé no le ha pasado nada... Dígamelo - gritó desesperada.
- Lamento informarle que ha perdido la criatura.
Los golpes que recibió no le habían dolido tanto como la noticia que el médico le estaba dando en ese instante. Su hijo era lo más importante para ella, era su rayito de luz en medio de tanta oscuridad y ahora ese monstruo también le quitaba a su bebé. Desde muy joven ella tuvo una vida muy difícil, creció en hogar marcado por la violencia, Roger Clayton, Vizconde de Weymouth era un hombre duro y cruel, no tenía sentimientos, a Diana su madre le hizo pagar hasta el último día de su vida el que no le diera más hijos sino una inútil mujercita; si bebía descargaba la frustración en la humanidad de su frágil esposa. Theresa nunca vio ningún gesto de cariño del Vizconde de Weymouth hacia su madre y mucho menos hacia ella, de él jamás recibió un abrazo y menos una palabra de afecto, cuando se dirigía a cualquiera de las dos era para insultarlas. Muchas veces intentó golpearla, pero Diana se metía en medio para defenderla y era ella quien llevaba la peor parte. Así pasaron los años y la pobre mujer no aguantó esa vida de sufrimientos y murió.
Theresa tan solo tenía quince años cuando la fatalidad llegó a su vida, fue muy difícil seguir adelante sin su madre. No había enterrado aún el cuerpo, cuando el Vizconde la envió a un internado hasta que cumplió la edad para casarse.
Pasaron dos años y llegó el momento de regresar, a ella le aterraba la idea de encontrarse nuevamente con su padre, pero, por otra parte, estaba feliz porque iba a hacer su debut ante la sociedad y ese era su sueño más anhelado, soñaba con casarse, pero no con cualquiera, sino con Lord Gerard Cockburn uno de los mejores amigos de su hermano Andrew; Theresa estaba enamorada de él desde que era una jovencita y el noble caballero no era indiferente, siempre que podía hablaba con ella, en su debut él asistió al evento y bailaron dos veces. Era cierto que existían rumores de la vida disoluta de Gerard mas no le importaba, pues creía firmemente que el amor de ella lo transformaría y además su hermano no iba a permitir que su mejor amigo le hiciera daño.
Un día su padre la llamó a su despacho, y el terror se apoderó de ella, desde que había regresado del internado tan solo habían coincidido un par de veces y fueron encuentros muy breves.
- Siéntate - le ordenó el vizconde en tono serio.
Ella obedeció, se sentó en la silla y colocó sus manos en el regazo.
- He solicitado tu presencia para informarte que vas a casarte en dos semanas con el Barón de Lexinton.
Un hilo de pánico irracional enfrió la sangre de Theresa.
- ¿El Barón de Lexinton?
- Sí, él te ha visto en el baile de tu debut y le has gustado, desea que seas su esposa cuanto antes.
Theresa lo observó horrorizada, el Barón era un hombre que le triplicaba la edad, ella solo sentía repulsión por él, no le gustaba la forma en que la miraba.
- Padre, no quiero casarme con ese hombre, es muy viejo para mí - dijo intentando controlar su vehemencia.
- ¿Qué has dicho? - El Vizconde se levantó de la silla, caminó hasta ella y la miró furioso.
- No quiero casarme con él - Insistió ella.
- Escúchame bien buena para nada, tú vas a hacer lo que yo te diga... a mí no me importa si tú quieres o no, he gastado mucho dinero en ti pagándote estudios, ropas y comida para que ahora vengas a decirme que no te quieres casar con el Barón que está dispuesto a pagar una pequeña fortuna por ti.
- Padre se lo suplico, no me haga esto -dijo llorando.
- No malgastes tu tiempo suplicando esa es mi decisión y ni se te ocurra desafiarme porque la vas a pagar muy caro... Y ahora lárgate, no soporto tus lloriqueos.
Dos semanas después ella se casó, no le quedó otra alternativa que obedecer. En su noche de boda descubrió que el destino cruel le estaba haciendo la peor de las jugadas, pues si pedirlo ni buscarlo se encontraba viviendo la misma pesadilla de vida que vivió su amada madre.
- Milady le voy a suministrar un poco de láudano para aliviarle el dolor.
- No quiero tomar nada... le ruego que se marche quiero estar sola.
- Cálmese, entiendo por lo que está pasando, pero usted es muy joven y en poco tiempo podrá concebir nuevamente.
Al escuchar esas palabras sintió asco.
- Ni muerta, dejaré que ese hombre vuelva a ponerme un dedo encima.
- Eso lo dice ahora por qué estás herida, pero ya se le pasará.
- Se me olvidaba que usted es un servil de la bestia de su jefe.
- Milady...
- Ya le he dicho que se vaya - gritó llorando.
En ese momento Theresa odiaba su vida, odiaba a su padre por haber convertido su vida en un infierno, odiaba a su marido por todo el mal que le había hecho y se odiaba a sí misma por permitir tanto abuso, por ser una cobarde, pero el perder a su hijo era el último ultraje que iba a permitir. A partir de ese día comenzó a planear su huida.
Pasó una semana cuando ella estaba un poco más recuperada, aprovechó que su marido se había ido de viaje para salir de toda aquella pesadilla y comenzar una nueva vida.
La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.
Anatole France
Sussex 1824
- Este lugar me parece perfecto - dijo Theresa mientras entraba a una pintoresca casita.
- No lo sé... me parece algo modesta para ti - acotó su cuñada mientras observaba la casa.
Para ella el lugar era precioso, al entrar se encontraron con el vestíbulo, paseó su mirada por una escalera que llevaba al piso superior, donde se encontraban dos dormitorios, luego caminó hacia un pequeño despacho decorado con un escritorio de caoba y una estantería llena de libros, también tenía diminuto salón muy acogedor con su chimenea y un hermoso tapiz cerca de la ventana.
Subió las escaleras y entró a cada una de las habitaciones que olían a cerrado y a polvo, mas en ninguna de ellas se apreciaba ningún olor desagradable, necesitaban unos pequeños arreglos, pero por lo demás estaban perfectas.
- Tan solo tiene dos habitaciones... ¿Dónde dormirán los empleados? - Preguntó Danielle.
- Nada de empleados, creo que con una doncella me las arreglaré muy bien, hasta ahora es lo que puedo pagar con el sueldo que ganaré en la escuela.
- Qué testaruda eres... No tienes necesidad de vivir con estrechez, al menos deja que Andrew se haga cargos de esos gastos.
- No, por favor entiéndeme necesito hacer esto sola.
Danielle suspiró y continuó caminando por la casa con Theresa.
- Yo te entiendo, pero no creo que tu hermano lo acepte.
- Para eso te tengo a ti - dijo Theresa sonriendo - Sabes muy bien cómo convencerlo.
- En este caso particular, no creo que mi poder de persuasión sea muy eficaz.
- Mi querida cuñada, tu poder de persuasión sobre mi hermano es enorme, nunca
te niega nada y mucho menos ahora que estás embarazada... y si no... tengo un arma secreta.
- ¿Sí?... ¿Cuál es esa arma secreta?
- Mi hermoso Dominic.
- Ese pilluelo consigue lo que sea con su consentidor padre, pero aun así tengo mis dudas.
- Todo estará bien - afirmó Theresa categóricamente.
- Bueno, ya que al menos tendrás una doncella me gustaría recomendarte a la prima de Rita, es una chica muy eficiente y tan leal como mi doncella.
- Con esas excelentes referencias sería difícil no contratarla, porque si es al menos es la mitad de eficiente y leal como Rita, estaré encantada de recibirla como mi acompañante... Mañana mismo quiero traer mis cosas que tengo en Blackfort, luego iré a Londres por el resto.
- Oh Dios... Te voy a extrañar - dijo Danielle con lágrimas en los ojos.
Ella la abrazó.
- Yo también los voy a extrañar... Los quiero tanto, son lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
- Prométeme que si necesitas algo - su cuñada se soltó del abrazo y la agarró por los brazos- no dudarás en buscarnos.
- Lo haré sin dudarlo... pero ahora tú prométeme que me ayudarás con Andrew, no quiero que se moleste conmigo.
- Te lo prometo... - Danielle se limpió las lágrimas - desde que estoy embarazada todo me da ganas de llorar... Rita dice que es normal.
- ¿Y con el embarazo de Dominic no fue igual?
- Lloré muchísimo, pero se lo atribuí al hecho que Andrew estaba lejos de mí... Pero ahora estoy feliz e igual lloro... En fin, mejor salgamos al jardín es lo que más me gustó de esta casita de muñeca.
- ¡Mi casita de muñeca! - Exclamó Theresa mientras sonreía - Muy graciosa...
Pero es cierto, el jardín es pequeño, pero está hermoso y muy bien cuidado.
Las dos mujeres salieron al exterior de la casa, el pequeño terreno se encontraba cubierto por césped, la cerca estaba formada por una hilera de setos muy bien podados, tenía un banco justo enfrente de una fuente de agua en forma de ángel, además poseía una gran variedad de flores; Danielle se sentó en el banco y Theresa hizo lo mismo.
- No he tenido la oportunidad de preguntarte algo... ¿Qué te pareció la escuela? - Preguntó Danielle con curiosidad.
- Me gustó mucho, creo que encajaré perfectamente en ese lugar, además hay muchos niños y bien sabes que son mi debilidad.
- ¿Y qué piensas de Michael?
Ella recordó a ese hombre y le dio cierto cosquilleo en el estómago, pero no le dio importancia.
- ¿Michael? - Preguntó, aunque ella sabía quien era, por alguna extraña razón su nombre no se borró de su memoria.
- No te has la tonta conmigo, sabes perfectamente de quien te estoy hablando.
- Ah... ¿El maestro de la escuela?
Danielle soltó un resoplido poco femenino.
Ella se hizo la desentendida.
- Me pareció un señor agradable.
- ¿Agradable solamente?
- Si solo eso.
- Aunque estaba un poco distraída, está mañana, la tensión entre ustedes me hizo despabilarme y pude darme cuenta de que fue algo más que agradable.
- ¿De qué hablas? - Preguntó.
Era cierto que cuando lo vio, algo se removió dentro de ella, nunca antes se había sentido así, aunque sus acercamientos a los hombres se limitaban a su esposo y él no le hacía sentir nada más que repulsión, tal vez era posible que al conocer a alguien tan apuesto y joven, ella sintiera cierto desasosiego, mas eso fue cosa del momento.
- Vi cómo se miraban.
Theresa se levantó del banco y le dio la espalda.
- Te equivocas, lo miraba como lo hago con otras personas. -Si lo había mirado un poco más de lo normal, más no podía negar que era un hombre muy apuesto, cualquier mujer se quedaría obnubilada al verlo, pero eso no se lo diría a Danielle, para que no se hiciera una falsa expectativa.
- Si tú lo dices - dijo su cuñada con poco convencimiento.
- Soy una mujer casada, sería indecoroso posar mis ojos en otro hombre, yo soy una dama.
- Es una desgracia que estés atada a Lexinton de por vida.
- Es una cruz muy pesada la que me tocó llevar, pero ya lo he asimilado.
- Tiene que haber una salida.
- No hay nada que podamos hacer, el Barón tiene mucho poder y solo comprobando un adulterio y gastándome una fortuna que no tengo, podría hacer que el Parlamento me escuchara, pero quedaré expuesta al repudio y al exilio social, aunque ahora que voy a ser una mujer emancipada mi reputación sufrirá considerablemente, mas no me importa porque me siento libre y feliz.
- Es injusto que una mujer tan joven y hermosa como tú, no pueda volver a casarse ni tener una familia.
- Ya he tenido mucho tiempo para aceptar mi destino, y no me importa, con lo que tengo ahora me basta y estar lejos de ese hombre para mí es más que suficiente.
- Todos necesitamos del amor en nuestras vidas.
- Yo estoy bien así, no necesito de un hombre para ser feliz, estuve en un matrimonio y lo que viví no se lo deseo a ninguna mujer y realmente no deseo estar atada a un hombre nunca más.
- Eso lo dices porque no te has enamorado, pero cuando llega esa persona ideal a tu vida todo cambia y permanecer lejos de él se te hace imposible, y lo único que te da placer es ver a la persona amada, feliz, amar es una delicia, es una ternura ilimitada y es un fuego incansable que está dentro de ti.
- Me encantaría sentir eso alguna vez, pero no me hago falsas ilusiones, no todas tenemos la suerte de conocer el amor como tú lo has conocido, ese tipo de amor no se hizo para mí - su tono de voz estaba lleno de pesar. - Ya he aceptado mi realidad.
- Eso lo dices ahora por qué todavía estás herida y me imagino que debe ser normal en estos casos, pero el tiempo lo borra todo y tu corazón va a sanar... Y estoy completamente segura que Dios te va a dar la oportunidad de conocer al verdadero amor.
********
- ¿Qué es eso tan urgente que tienes, que no pudiste esperar para reunirnos en Londres y exponernos aquí en Sussex? - Preguntó Michael al hombre que tenía al frente.
- Ha surgido algo nuevo.
- ¿Qué ha pasado Wadlow?
- Se ha descubierto que agentes españoles encubiertos se encuentran en Londres y están pagando mucho dinero para obtener todo tipo de información sobre nuestra flota naval y estamos casi seguro que hay miembros de la nobleza involucrados.
- ¿Tienes algunos nombres de los sospechosos?
- El Conde de Rochford, el Vizconde Bromwell y el Barón de Lexinton.
- ¿El Barón de Lexinton?
- Sí, es el más peligroso de todos, porque es muy ambicioso, tiene una casa de juegos que solo es una fachada para ocultar sus sucios negocios.
- Ayer contraté a su esposa para que diera clase en la escuela.
- ¿Y qué hace la esposa del Barón pidiendo empleo, si el marido tiene mucho dinero? -Preguntó el hombre sorprendido.
- Es posible que no tengan muy buenas relaciones- contestó Michael.
- Entonces ella nos puede resultar de mucha ayuda, es un medio excelente para conocer todos los movimientos de ese traidor.
- Si es posible que ella sea de mucha ayuda.
- Por ahora sigue manteniéndote bajo perfil, que nadie sospeche de ti.
- Llevo tres años en esta misión y créeme que nadie sospecha de mí, para todos yo soy Michael Asthon, hijo del vicario del pueblo y maestro de escuela.
- Cuando atrapemos a los españoles y a estos traidores, podrás volver a tu vida.
- Eso mismo dijiste hace tres años.
- Joder, tú tienes la culpa por ser el mejor.
"Yo no busco, yo encuentro"
Pablo Picasso
- Esta será mi última misión, deseo retirarme, quiero recuperar mi vida.
- Estamos en cuenta de eso y respetamos tu decisión... ¿Volverás a América o tomarás el lugar que te corresponde aquí?
- Pienso regresarme a las colonias, allí está mi lugar.
- Tu sitio está en Londres, aunque no lo quieras admitir, es tiempo que pases la página y recuperes todo lo que es tuyo.
- No me interesa, mi primo está haciendo un buen trabajo.
- ¿Él sabe que estás aquí?
- No, él cree que ando en alguna parte del mundo, no quiero involucrarlo en nada de esto.
Wadlow fijó la vista en su reloj y dijo:
- Es hora de irme, debo regresar cuanto antes a Londres... Asthon no pierdas tiempo con la Baronesa, tienes que hacer que confíe en ti y nos revele todo lo que sabe.
- Trabajaré en ello.
Theresa se levantó muy temprano en la mañana, tomó su equipaje y bajó las escaleras de la enorme mansión de los condes de Headfort donde su familia estaba pasando unas pequeñas vacaciones, la noche anterior Danielle la había ayudado a convencer a su hermano para que no se opusiera a que ella se quedara viviendo en Sussex.
- Theresa es una locura lo que planeas hacer. -Le dijo Andrew en tono serio.
- Sussex en un pueblo tranquilo - contestó ella con calma -además me pasaré la mayor parte del tiempo aquí en Blackfort trabajando en la escuela.
- Eso es otra locura... No necesitas trabajar -Insistió él - puedo ocuparme perfectamente de ti.
- Lo sé y te lo agradezco, pero como ya le he dicho a Danielle, esto lo hago por mí, quiero aprender a valerme por mí misma.
Su cuñada había guardado silencio mientras los hermanos hablaban, pero al escuchar su nombre se acercó a su esposo y lo abrazó.
- Mi amor Theresa ya no es una niña, es toda una mujer y si quiere hacer esto, nosotros debemos apoyarla - ella hizo el amago de darle un beso en los labios, pero decidió dárselo en la mejilla y colocó la cabeza en su hombro.
Sin que su hermana escuchara, Andrew le susurró al oído.
- ¿Crees que con tus artimañas de brujita coqueta vas a convencerme? -Preguntó con un tono serio, fingido.
Danielle le dio un beso dulce en la comisura izquierda de los labios y le respondió.
- No lo creo, estoy segura de ello.
La expresión de Andrew adoptó un destello de picardía.
- Oh por favor ustedes no vayan a comenzar de nuevo - Intervino Theresa, que sabía que cuando su hermano y su cuñada comenzaban a coquetear se olvidaban de todo lo que les rodeaba.
Danielle se sonrió y se apartó de Andrew, que después de mirar con absoluta devoción a su esposa se concentró de nuevo en la Baronesa.
- Puedo entender tu punto Theresa, lo que me preocupa es Lexinton, conmigo eres intocable, pero sola eres vulnerable y ese desgraciado lo sabe, si estás lejos de mí no podré protegerte.
- Para ese hombre ya no existo, desde que me fui de su lado, jamás ha vuelto a buscarme.
- Yo no estoy seguro de eso, pero para mi paz mental hablaré con Gabriel para que ponga a tu disposición dos de sus empleados que te cuiden de día y de noche.
- No es necesario, voy a estar bien, además Lexinton no sabe que estoy aquí y tú no se lo vas a decir.
- Por supuesto que no... Eres una mujer muy terca ¿Lo sabías?
- Igual que tú, cariño - respondió Danielle que estaba doblando uno de los vestidos de Theresa.
Por más que Andrew insistió, no logró hacerla cambiar de parecer, por lo que no le quedó otro remedio que aceptar su decisión y darle todo su apoyo.
El recorrido de la mansión de los condes hasta su nueva casa le pareció eterno, se encontraba ansiosa por llegar, cuarenta minutos después ella estaba parada enfrente de su nuevo hogar, el cochero la ayudó a bajar todo su equipaje y se marchó; una vez adentro subió las maletas a su habitación y comenzó a acomodarlas dentro del armario, su cuñada le había dicho que la nueva doncella llegaría en el transcurso de la mañana. Luego de dejar todo en orden, se cambió de ropa para poder comenzar a asear el lugar, ella era una mujer totalmente inexperta en las labores domésticas, pero eso también tenía que cambiar, ahora su vida adquiría nuevos matices.
<< Nunca más volveré a depender de nadie>> - Pensó.
Estaba sumergida en sus labores domésticas cuando tocaron la puerta.
Ya sabía de quién se trataba.
- ¿Hola, tú eres Jenny? -preguntó a la chica.
- Si Milady, la prima de Rita.
- ¿Ella te contó sobre mí?
- Sí, me dijo que usted es la Baronesa de Lexinton y seré su doncella.
Theresa la observó por un momento, era una joven muy bonita, de melena pelirroja y con unos enormes ojos azules llenos de inocencia, de inmediato supo que se la llevarían muy bien.
- Excelente... pasa te estaba esperando.
- Aquí estoy mi señora para todo lo que me necesite - contestó Jenny emocionada.
- Ven, sígueme, te llevaré a tu recámara.
La chica entró en la habitación y miró a su alrededor, sus ojos brillaban de alegría.
- Es enorme - Dijo emocionada.
- ¿Te gusta? - preguntó Theresa.
- Si - contestó ella sonriendo.
- Me alegra que te guste... Cuando estés lista te reúnes conmigo.
- Si Milady, no tardaré.
- Tomate tu tiempo... ¿De acuerdo?
- Si mi Señora.
Minutos después, Jenny se reunió con Theresa en el salón.
- ¿Sabes cocinar? - preguntó Theresa con curiosidad.
- Sí, mi abuela me enseñó hacer platos muy ricos.
- Eso es estupendo, quiero que me enseñes a hacer todo lo que sabes, pero primero debemos comprar alimentos, porque no tenemos absolutamente nada... vamos a darnos prisa arreglando lo que falta, para ir de compras al pueblo.
- Como usted diga.
Limpiaron el polvo de las ventanas, muebles y estantes; tres horas después el lugar se encontraba reluciente. Theresa estaba agotada pero satisfecha con los resultados.
- Creo que hemos terminado - le comentó a su doncella
- Si está todo impecable.
- Voy a darme un buen baño y a cambiarme para irnos al pueblo, tú has lo mismo, Jenny.
- Le voy a preparar el baño.
- Nada de eso, yo puedo hacerlo... Quiero aclararte algo, no estás en esta casa para ser mi sirvienta, estás aquí conmigo como mi acompañante, deseo que me enseñes las cosas que yo no sé y yo también te enseñaré lo que tú desees.
La chica la miró extrañada.
- Eso no fue lo que me dijo Rita.
- ¿No te gusta mi idea?... Contéstame con sinceridad.
- Si me gusta, aunque me voy a sentir extraña.
- Luego te explicaré mis razones, ahora no tenemos tiempo, no quiero que nos agarre la noche en el pueblo, además me muero de hambre.
- Está bien Milady.
Las dos mujeres salieron de la casa y tomaron el camino al pueblo, Sussex era un lugar precioso, Theresa contempló el paisaje, era una vasta llanura de hierba que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, salpicada aquí y allá por ovejas y a lo lejos se veía el pastor que las cuidaba.
- ¿Falta mucho para llegar al pueblo? - Preguntó la doncella.
- No, estamos cerca... ¿De dónde eres Jenny?
- De Devonshire.
- ¿Trabajabas para alguien allá?
- No, vivía con mi abuela, pero murió hace un mes y me quedé sola, ella era mi familia más cercana, gracias a Dios Rita que fue a visitarme y prometió ayudarme.
- Siento tanto lo de tu abuela.
- Todavía no logro superar su partida.
- Te entiendo perfectamente, me pasó lo mismo cuando mi madre murió, pero el dolor pasa, aunque el recuerdo siempre queda en nuestro corazón.
Llegaron al bullicioso pueblo que era más grande de lo que creía. Disponía de una gran tienda de alimentos, un pequeño consultorio médico, un teatro de dos plantas, una panadería y una oficina de correo, dos tiendas de ropa y una pequeña posada. Entraron a la tienda de alimentos y compraron todo lo que necesitaban, luego fueron a la posada, tomaron un pequeño refrigerio. Al salir del lugar, Theresa estaba de mucho mejor ánimo y emprendieron el camino de regreso a la casa, cuando escuchó que alguien la llamaba, se giró, vio a Michael.
Verlo de nuevo hizo que su corazón palpitara de manera diferente, es que realmente era un hombre imponente, con su enorme estatura, su cabello rubio, su inflexible mandíbula, sus penetrantes ojos azules... y algo que no había visto antes un hoyuelo en su mejilla izquierda, absolutamente perfecto. El hoyuelo apareció fugazmente cuando él saludó a alguien con la cabeza y volvió a desvanecerse entre los tersos contornos de su rostro.
Él se acercó a ellas.
- Lady Lexinton que placer volver a verla.
Theresa tardó un poco en reaccionar, se lo atribuyó al cansancio y al hambre que tenía y no porque él la perturbara con su presencia.
Michael le cogió la mano y la rozó con sus labios, mientras le obsequiaba una amplia y deslumbrante sonrisa.
- Señor Asthon qué agradable sorpresa - dijo ella conteniendo un poco el aliento.
- He esperado ansioso su incorporación en la escuela.
- No he podido ir porque me estaba mudando, pero mañana comenzaré si usted no tiene problema.
- Por supuesto que no... Permítame ayudarla con esa cesta.
- No se moleste, yo puedo llevarla.
- Para mí, no es ninguna molestia.
Theresa le entregó la cesta.
- ¿Me ha dicho que se ha mudado?
- Si he comprado la propiedad del Señor Axwell.
- Ah que bien, no es muy lejos de aquí.
A Theresa le resultaba difícil prestar atención, se sentía nerviosa.
- ¿Piensa quedarse mucho tiempo en Sussex?
- Sí, me encantó este lugar.
La mirada de él era intensa como si la escudriñara por dentro.
- Puede contar conmigo para lo que necesite.
- Muchas gracias lo tendré en cuenta.
El trayecto de regreso se hizo muy corto para los dos.
Jenny tomó la cesta que Michael tenía en sus manos y entró a la casa.
- Gracias Señor Asthon por su amabilidad de acompañarnos.
- No ha sido nada - Apareció el hoyuelo cuando sonrió - espero verla mañana en la escuela.
- Allí estaré sin falta.
Él se quedó mirándola y luego se fue sin decir nada más, deseaba despedirse de una manera más cortes, pero todo su cuerpo estaba en tensión, desde que salió del pueblo notó la presencia de alguien que los seguía, tenía que averiguar de quien se trataba.